La tristeza de Amy se debía a una razón entre comprensible e inesperada.

Apenas volver al pueblo, Montre, después de hablar con Shadow por primera vez, se dirigió a la posada donde vivían Sonic, ella y los demás. Era la única posada del pueblo y muchos vecinos pasaban a cenar allí, mientras los escasos viajeros descansaban en las habitaciones. La parte de la casa donde ellos vivían estaba casi siempre abarrotado por la mayoría del grupo, entrando y saliendo sin parar… Habían ofrecido varias veces a Shadow que se quedara allí con todo el grupo, pero el erizo negro apenas pasaba tiempo allí, y la mayoría de las veces solo para descansar tumbado en el jardín que se hallaba tras el edificio de fachada blanca.

En aquella ocasión, la casa estaba oscura y vacía. Amy se sorprendió.

¿Dónde pueden estar?

Entonces oyó voces que provenían de la habitación que servía de pequeño restaurante. Sin embargo, a aquellas horas solía estar cerrado. Al distinguir las voces de sus amigos, abrió la puerta con una sonrisa en los labios.

—…espera a que Amy la vea!

Todo el grupo se hallaba reunido en la parte izquierda de la sala, junto a la barra, en una piña multicolor.

—¡Hola a todos! —saludó ella acercándose. Ellos se dispersaron para mirarla y le devolvieron el saludo. Entonces, Amy notó que había los números no le cuadraban. Había alguien de más en el grupo. En cuanto Knuckles se apartó, la figura elegante se dio media vuelta y le dedicó una enorme sonrisa, haciendo aletear sus largas pestañas.

—¡Amy! ¿Te acuerdas de mí? ¡Soy Coral!

Las largas púas castañas, de un color claro y tostado, le caían en cascada por la espalda, y una flor tropical roja le adornaba el cabello. Tenía los ojos del color de la miel, y cuando sonrió mostró una hilera de dientes perfectos y blanquísimos. Su talle fino era engañoso a primera vista, pero sus movimientos, aunque ligeros, eran fuertes. Vestía con un estilo igualmente tropical, un vestido largo con adornos florales.

Coral. Nunca se habría olvidado de ella…

Hacía muchos años, cuando conoció a Sonic de niños en el pequeño pueblo donde vivía, él y una niña llamada Coral eran mejores amigos, e iban juntos a todas partes, compartían todos los secretos… Con el tiempo, los tres formaron un grupo inseparable. Eran verdaderos amigos, y sin embargo Amy siempre había sabido que entre Coral y Sonic existía una complicidad y una unión que ella jamás podría alcanzar…

Años más tarde, cuando Amy y Sonic se unieron a un grupo dispuesto a rebelarse contra el ataque de Eggman, Coral, que siempre había sido de salud delicada y había contraído una grave enfermedad, no pudo seguirlos. Así se habían separado, mucho tiempo atrás…

Y allí estaba ahora.

Amy había soñado muchas veces su reencuentro. Había echado mucho de menos a Coral, y el aprecio que sentía por ella era muy grande. Y, sin embargo, de pronto algo no marchaba bien… Debería haber saltado de felicidad, pero la sonrisa no acudió a sus labios. De pronto, sintió que estaba de nuevo fuera del grupo, aparte, excluida de alguna manera extraña e incomprensible. Sonic y Coral seguían siendo inseparables, podía verlo en el rostro de él, en su inmensa sonrisa de felicidad, en cómo la miraba. Amy volvía a saber que nunca podría ser igual que ella.

Se obligó a sonreír y se acercó a ellos. Trató de infundirse a sí misma alegría, y se dirigió a Sonic:

—Ey, ¿cuánto tiempo lleva aquí?

El erizo azul se lo pensó un poco.

—Hum… no sé, más o menos desde que saliste tú…

La sonrisa de Amy se borró de golpe.

—Tú sabías dónde estaba —dijo, tartamudeando un poco sin querer—. ¿Por qué no me has avisado antes?

La respuesta no se hizo esperar. Sonic se encogió de hombros y resopló despreocupadamente.

—No sé, Amy… No pensé en ti. No puedo estar acordándome de todos todo el tiempo.

Amy se quedó en silencio. De pronto se sintió muy cansada. Pese a las quejas de sus amigos, insistió varias veces en que le dolía la cabeza y necesitaba dormir. Abrumada por sus pensamientos, había intentado dormir… Después de desahogar sus lágrimas un buen rato con la almohada, se había levantado para salir de nuevo. Esperaba que Shadow no se hubiera marchado aún del acantilado. Si seguía allí, no era tarde para hablar un rato. Podía volver enseguida… Y, en efecto, allí estaba.

No dejaba de darle vueltas mientras volvía por segunda vez a casa. Caminaba rápido, pues ya era noche cerrada. Esperaba que nadie se hubiese preocupado…

Seguramente si alguien lo ha hecho, no es Sonic…

Se le quedó un sabor amargo en la boca. Cuando abrió la puerta el silencio era total. Debían de haberse acostado todos ya. Subió las escaleras en silencio, sin encender las luces, y cuando iba a entrar en su cuarto, la voz de Tails la llamó desde el pasillo. Se dio la vuelta y lo saludó un poco avergonzada.

—Tails… Siento no haber dicho nada. Solo he salido un poco. Espero que no os hayáis…

Tails parpadeó, soñoliento. El gorro del pijama estaba a punto de caérsele. Bostezó.

—¡No, qué va! No nos hemos dado cuenta…Te he oído llegar. Por cierto, tu amiga es muy simpática, Amy. No veía a Sonic tan contento desde que ganó la última carrera con Shadow… —bostezó de nuevo y, sacudiendo la cabeza, murmuró una disculpa y volvió a su cuarto.

Amy se quedó quieta en el umbral de la puerta. La luz de la luna proyectó su sombra sobre la pared del pasillo que tenía delante. Le llegaba desde fuera el arrullo del viento. De pronto, las tinieblas del pasillo parecieron temblar, como si alguien se ocultara, invisible, entre ellas. Sin embargo, Amy no se percató de ello. Antes de volver a su habitación y cerrar la puerta de un golpe, sin preocuparse de despertar a alguien, dejó un pequeño charco de lágrimas frente a su puerta.