La chica humana tardó unos instantes en responder. Cuando lo hizo, mientras, con un suspiro, volvía a sentarse frente al piano, sus palabras fueron desalentadoras.

―Lo siento. No puedo decirte nada más.

Los ojos de Shadow se estrecharon. Presa de una furia orgullosa, se puso en pie y le gruñó:

―Si no me lo dices ahora mismo…

Antes de que pasara un segundo, el cañón del arma del científico humano estaba contra su nuca. Un disparo, y el nacimiento de la médula espinal se haría pedazos. Shadow no se amilanó. Cruzándose de brazos, siguió diciendo:

―… te mataré. Y un balazo no puede acabar conmigo si tu abuelo decide disparar.

Tal como esperaba, la mano que sujetaba la pistola tembló. Shadow sonrió para sus adentros. María seguía inmutable.

―¿Cómo sabes quiénes somos? ―susurró la voz del humano a espaldas del erizo.

―Fácil. Tú mismo lo pusiste dentro de mi mente.

―Se suponía que no… Tú no deberías saber nada sobre nosotros. No voy a permitir…

Su voz había ido tomando un cariz agresivo, pero calló y volvió a empuñar con fuerza el arma.

―Si te atreves a hacerle daño, te destrozaré. Sé cómo hacerlo, pero supongo que también estás al corriente de eso ―rió sardónicamente.

―Exacto. Como también sé lo que te ocurrirá después… ―Shadow, ni de lejos temeroso, dio media vuelta hasta quedar cara a cara con él. El rostro del científico se quedó lívido, ceroso. Shadow sintió una amarga satisfacción al convencerse de que tenía totalmente controlada la situación. Paladeando su superioridad, terminó: ―…Gérard Robotnik.

El primer chasquido indicó un hueco vacío. Shadow podría haberse apartado si hubiese querido, pero siguió en pie. Con aquella trayectoria, no sufriría daños. Gérard disparó dos veces. El primer tiro acertó a Shadow en el pecho, pero el segundo se desvió, y el erizo lo paró con los dedos de una mano. Se notaba que el humano no estaba acostumbrado a usar una pistola. Shadow siguió sonriente mientras la bala era expulsada por su organismo y la herida se cerraba limpiamente, sin dejar una sola cicatriz. El humano intentó seguir firme, pero le temblaban las manos. Shadow, con la cruel sonrisa de quien juega con la vida de un insecto, avanzó hacia él, concentrando energía entre los dedos de la mano izquierda, dispuesto a acabar con el humano…

Entonces, ocurrió de nuevo. Una angustiosa sensación de ahogo le oprimió el pecho desde dentro, como si alguien estuviera aferrando su corazón. Furioso, con los ojos desorbitados, siguió avanzando. Estaba decidido a soportarlo, a vencer, fuera lo que fuese contra lo que luchase… Gérard Robotnik tensó los músculos y ensombreció el semblante, dispuesto a luchar por su vida. La presión aumentó de un golpe. Shadow emitió un grito ahogado. Sus ojos lucharon por quedarse en blanco y un hilo de sangre le corrió por la comisura de los labios. Al mismo tiempo que se dejaba caer al suelo, se giró hacia un lado, para mirar a María a la cara.

La joven sonreía de manera enigmática, fascinante. Se había puesto de pie de nuevo, y con un leve asentimiento le confirmó lo que ya sabía: ella también podía controlarlo. Sus ojos azules, vastos como un océano sin fondo, parecían los de una diosa. Una diosa que podía pasar el tiempo con su muerte sin inmutar su rostro de marfil. Una diosa peligrosa, pero magnífica. Shadow agachó la cabeza y dejó que la energía se desvaneciera. Con las manos apoyadas en el suelo, intentando mantenerse, jadeó aliviado cuando la presión empezó a desaparecer gradualmente. Sin embargo, ahora definitivamente no le quedaban fuerzas. Sintió la mano de Gérard apoyarse en su hombro. El hombre le habló con una voz grave y agradable, sin rencor.

―Estás confuso. No sabes bien cómo controlar tu fuerza… Pero tranquilo. Te enseñaremos el modo de hacerlo. Podrás dominarla y entenderás mejor los motivos que necesites comprender. Pero para eso debes escucharnos. No sirve de nada luchar, acabas de comprobarlo por ti mismo.

De repente, las pocas realidades que Shadow creía conocer se desmoronaban una tras otra, como fichas de dominó. ¿No era él en realidad la forma de vida perfecta? Entonces, ¿para qué lo habían creado? Ahora, lo más importante era ¿cómo podían controlarlo…? Quizás fuera superior… pero NO era libre. De pronto sintió claustrofobia. Se ahogaba, se cerraban puertas y se levantaban muros a su alrededor, y él necesitaba un desierto infinito… Su poder. ¿Qué era su poder, para qué servía, de dónde provenía? ¿Quiénes eran los humanos? ¿A dónde pertenecía él…? ¿Quién era? Había tantas preguntas sin respuesta aglomerándose en su cerebro… Se suponía que ya sabía cuanto necesitaba, pero ahora le faltaban respuestas.

―¿Quién soy yo? ―volvió a formular la pregunta a la que no habían respondido. Se hizo el silencio. María comenzó a tocar el piano de nuevo, con mucha menos intensidad. Fue Gérard quien respondió.

―Eres Shadow. Shadow the Hedgehog.

Él rió secamente.

―¿Una sombra? ¿Un cobaya experimental? ¿O qué más?

Hubo unos momentos de silencio, solo roto por la suave melodía del piano, plagada de silencios, de frases lentas y hermosas. El humano se puso en pie con un ligero esfuerzo y caminó hasta colocarse junto a su nieta, mientras decía, ya en voz alta:

―Un experimento, en efecto. La primera forma de vida artificial creada por el ser humano… y mi mayor logro ―hizo una pausa, mientras su voz acababa de reverberar en las paredes de la gran sala―. Yo te imaginé. Dibujé todos tus planos y reuní un equipo con el que comencé el experimento. Mi error fue darlo a conocer a una compañía… Bueno, necesitaba que avalaran el proyecto. No andábamos sobrados de fondos. Los primeros intentos siempre fracasaron… Tu predecesor llegó a tener nombre. Se llamaba Mephiles… No sé a dónde fueron a parar sus planos. Creo que los dejamos en el antiguo laboratorio… Espero que nadie los haya encontrado, pero no lo creo ―suspiró―. Murió porque no teníamos todo el material necesario. De todas maneras tenía algunas imperfecciones… pero teníamos muchas esperanzas puestas en él, e incluso llegó a abrir los ojos en dos ocasiones ―Shadow entrecerró los ojos―. Cuando murió, estuvimos a punto de derrumbarnos. Fue entonces cuando pedí ayuda a la Sociedad. Su jefe, Alexander Dalconte, había sido compañero mío en la universidad de Darthmouth. Era brillante, y siguió el mismo camino que yo, con la insignificante diferencia de que era heredero de una fortuna multimillonaria y varias empresas en su mejor momento. No dudó en ayudarme. Me consiguió los fondos para seguir haciendo pruebas, y también para crear todo esto ―hizo un amplio gesto de admiración, abarcando cuanto veía a su alrededor―. Igualmente, para crearte a ti… Como él ha dicho antes, eres la tecnología más avanzada que existe.

―Nada más.

No era una pregunta. Gérard negó con la cabeza.

―Al menos para mí eres mucho más. Eres mi mejor creación, un sueño hecho realidad. Con el sistema de regeneración que hemos desarrollado en ti, sólo perfeccionando los detalles, podría lograr un sistema para curar cualquier enfermedad en la Tierra. No me jacto cuando digo que, con mi inteligencia, puedo hacer mucho bien. Estoy seguro de que Alexander también quiere lo mismo. También busca lograr grandes cosas. Quizás le obsesione un poco… pero aún así, sin su ayuda ninguno de mis proyectos habrían sido posibles.

Sin embargo, hay algo que no me gusta… Los miembros de mi antiguo equipo, poco a poco, han ido marchándose. Yo soy el último… Yo y el más joven del grupo, que ahora tiene treinta y cinco años. Cuando se unió a nosotros no era más que un muchacho. Ahora lidero un equipo más profesional, con más componentes, y en el que la humanidad y la más mera amabilidad parecen fuera de lugar. He trabajado mucho para conseguir que vivieras, Shadow the Hedgehog. Eres una criatura inteligente, con sentimientos, que está viva y que puede morir. No sé si contigo hemos alcanzado la forma de vida perfecta… ―Shadow torció la boca― Pero, como mínimo, hemos de tratarte como a un igual. Si nos vemos obligados a controlarte es solo para proteger nuestras vidas. Mientras no controles tu poder, eres peligroso. Espero que lo entiendas.

La música se desvaneció en su último acorde. Shadow, más calmado por la voz agradable, sincera del científico y recuperado ya, caminó hacia los dos humanos y, en silencio, acarició el ébano del que estaba hecho el piano. Era un objeto hermoso, elegante. Le gustaba su forma. Lanzó una mirada hostil a María, y cuando ella le devolvió un gesto de atención, preguntó:

―¿Cómo has aprendido a hacer música?

Ella sonrió. Ahora parecía más cercana, más amable.

―Se llama tocar el piano. El piano es un instrumento musical. Hay muchos tipos de instrumentos. Muchas personas aprenden a tocarlos, a interpretar música con ellos.

―¿Por qué has escogido éste? ―quiso saber Shadow.

A los ojos de María saltó una sombra de tristeza.

―Es el único instrumento que hay aquí, en la ARK. Antes también tocaba el clarinete. Me gusta mucho el sonido del piano, sin embargo ―pulsó las teclas de manera distraída ―. La música es hermosa. Trata de plasmar la belleza, y dejarla escrita para que otros puedan sentirla. Es como la poesía, o… ―entonces se detuvo, con la boca aún entreabierta. Shadow la miraba sin comprender, y María entendió enseguida lo que sucedía. Continuó más calmadamente― No te han enseñado nada sobre las cosas bellas. Pero yo conozco muchas de ellas, y puedo enseñártelas… si quieres, claro. La música, la poesía, las canciones, la literatura… Los cuadros, el arte, la arquitectura… Puedo explicarte cómo son las cosas buenas. La amistad. La familia.

―¿El amor?

María se mostró sorprendida.

―¿Te han enseñado lo que es el amor?

Shadow desvió la mirada, serio.

―Sólo sé que no debo conocerlo.

María esbozó una sonrisa de compasión. Un mechón de cabello rubio le cayó sobre el rostro. Las mejillas, siempre encarnadas, le daban un aire inocente y feliz. Tocó un solo acorde en el piano, una armonía leve y melancólica, que se desvaneció entre sus propios ecos, danzando y persiguiendo al silencio…

―El amor es el sentimiento más hermoso que existe. El amor es lo que une a unas criaturas con otras. El amor en muchos grados y formas, cada cual más incomprensible. La fraternidad, la amistad, el amor a la naturaleza, a los animales, el apego hacia un objeto, o un simple recuerdo feliz… ―alzó la mirada, soñadora, hacia un cielo invisible― Yo sé mucho de recuerdos. Amo los recuerdos felices de todos los buenos momentos que pasé en la Tierra. Amo el recuerdo del cielo y del mar… De la hierba, de los pájaros y del viento… de la lluvia.

Para Shadow, pocas de las cosas que intentaba expresar María significaban algo para él. Conocía definiciones acerca del mar, de la atmósfera y la biosfera terrestre, poseía conocimientos básicos sobre los seres vivos que la habitaban… Pero no veía en ello nada de hermoso. Solo veía cifras, cantidades, formas e impulsos nerviosos. No había nada más detrás de eso. De repente, se dio cuenta de que Gérard Robotnik se había marchado de la habitación, sin que él lo advirtiera. Se sintió decepcionado consigo mismo: no debería dejarse fascinar por las cosas de las que hablaba una chica humana… Pero no podía, y no quería, evitarlo.

Y todo aquello que él no podía ver, estaba encerrado en los recuerdos de María. Guardado en el cofre que eran sus ojos. Shadow se sorprendió a sí mismo mirándolos abstraído, pensando en todas aquellas cuestiones, en todas aquellas preguntas y aquellas palabras sin significado.

―María… ―dijo de pronto― Tus ojos… ¿son del color del mar?

El rostro de ella se iluminó con una amplia sonrisa. Un hoyuelo le apareció en la mejilla.

―Son como un pedazo de cielo y de mar. Azules. Escucha… Quiero enseñarte algo. Ven conmigo ―se levantó y, con pasos de bailarina, se dirigió hacia la puerta de la sala. Cuando hubo salido al pasillo, se volvió hacia él y le hizo un gesto para que se acercara. Shadow dudó. Luego, la siguió.

María caminó a lo largo del pasillo hasta que llegaron a una zona donde toda la pared, alrededor del frío acero, era un enorme ventanal de grueso cristal. Al asomarse a través de él, Shadow se topó con una imagen extraña y misteriosamente familiar. Creía que había algo sobre aquello entre sus conocimientos… Un planeta luminoso por la luz que recibía de una estrella, un planeta casi plenamente de color azul, con manchas que rozaban el color verdoso. Un planeta con torbellinos de nubes girando por su superficie, cambiantes, y con un satélite más pequeño, de color gris claro, girando en una órbita eterna a su alrededor… Súbitamente, encajó: era el reino de la humanidad…

―La Tierra ―susurró María, anhelante, apoyando una mano en el cristal, como si deseara atravesarlo y alcanzar el planeta en un vuelo soñado. Shadow se sorprendió del sentimiento que cargaba la voz de la chica, y trató de identificarlo sin éxito―. Mi hogar… Sueño cada noche, y hasta de día, con volver algún día a la Tierra, con mi abuelo. Me gusta la ARK, pero no existe ni punto de comparación… Además, quiero dejar los experimentos. Quiero dejar todo esto…

Shadow se incluyó mentalmente entre "los experimentos". Sentía una empatía incomprensible hacia María. Quizás porque era la única criatura viviente que aún no había intentado destruirlo. Quizás porque, de alguna manera, ella daba a entender que no lo consideraba un simple experimento, ni que fuera una bestia peligrosa… Lo trataba como a un igual, con amabilidad, aún sin conocerlo.

―¿Tú crees que soy peligroso? ―murmuró, en voz baja, con la vista aún fija en la Tierra. Oyó que ella dejaba escapar una leve risa.

―No más que quienes te crearon. Sin embargo… nadie puede ser la forma de vida perfecta si no conoce las cosas bellas, si no sabe qué es el amor. No han pensado en eso… Porque eso es lo que hace el amor: que creamos perfectas a aquellas personas a las que amamos, que hagamos insignificantes sus errores y que las sintamos mejores que las demás… No existe, sin embargo, la perfección. Siempre quedará un error, y eso es lo que nos hace humanos. Eso es lo que nos hace iguales… incluso a quienes no pertenecen a nuestra raza. Incluso quienes se consideran a sí mismos inferiores.

―No me gusta la Tierra ―declaró Shadow después de un largo silencio. María rió amargamente, sin alegría.

―¿Es esto lo que han conseguido? ¿Un ser incapaz de conocer la belleza? Han creado entonces alguien condenado a no ver más allá del sufrimiento.

Shadow apoyó las yemas de los dedos en el cristal, frío. Miró de nuevo la Tierra. Luego dirigió la mirada hacia el infinito, hacia el espacio exterior, y una nueva pregunta se hizo hueco para venir a atormentarle.

¿A dónde pertenezco?