Amaneció soleado en Montre. Los vecinos de la pequeña aldea de la montaña vecinos de la pequeña aldea de la montaña saludaban al sol e iban a comprar temprano el pan. Los niños aún dormían en su mayoría, pero algunos mozalbetes de diez u once años se habían despertado al alba para jugar corriendo por todo el pueblo.
Y en Fiadora del Risco, posada del pueblo, había una nueva camarera. O mejor dicho, al fin había una camarera. Coral, un tanto avergonzada pero siempre alegre y lanzada, ya era popular en el pueblo a las pocas horas de haber llegado. Tails y los demás podían permitirse albergarla, les sobraban aún muchas habitaciones en un pueblo tan pequeño, con tan pocos viajeros. A cambio, Coral ni siquiera había pedido que le pagasen por su trabajo, pese a que Tails siguió insistiendo después mucho tiempo y logró encasquetarle varios billetes desperdigados como mejor se le ocurría.
Cuando por fin la posada cerró el restaurante, a la hora de la siesta del pueblo entero, Amy, temerosa de algo que no sabía identificar, se acercó a Coral, que aún seguía allí, descansando en una silla, y la saludó alegremente:
—¡Eh, Coral!
La puercoespina giró la cabeza y su rostro se iluminó al instante con una sonrisa perfecta.
—¡Amy, por fin! —exclamó levantándose para abrazarla— Ayer no tuve tiempo de hablar contigo. ¿Te encuentras ya mejor del dolor de cabeza?
—Seh, no fue nada —rió Amy—. Me alegro de verte después de tanto tiempo.
Seguro que Sonic también, pensó una voz maligna en su interior.
—Yo también me alegro de veros. Y por cierto, vuestra fama os precede; no hace falta que me cuentes las mil aventuras maravillosas que habéis vivido en mi ausencia —rió con sorna—. Tienes mucha suerte. Yo he estado sola todo este tiempo.
La sonrisa de Amy se borró, junto con todos los pensamientos que la vocecilla maligna hubiera podido implantar en su cerebro.
—¿Sola? —balbuceó, a partes desconcertada, y frunció el ceño— ¿A qué te refieres?
Coral esbozó una sonrisa triste, de disculpa.
—Lo siento… aún no te lo había dicho… —cogió aire y soltó— Mis padres murieron dos años después de que os marcharais.
Amy se llevó una mano a los labios, afectada. Los padres de Coral habían sido siempre amables, generosos hasta con los que no lo eran con ellos mismos. No había persona capaz de ser enemiga de los padres de su amiga. Jamás habían hecho daño a nadie, ni a ningún animal, y ahora…
—Lo siento muchísimo —susurró, abrazando a su amiga. Coral le devolvió el abrazo y, cuando se separó de ella, una expresión de tristeza nublaba su sonrisa.
—No pasa nada. Ya lo he aceptado. Si yo muriera, no quiero que tú ni nadie se ponga triste.
Charlaron durante un buen rato más de cosas banales, y Amy sintió, inmensamente aliviada, que todas las dudas y rencor que pudiera albergar hacia su amiga del alma se habían desvanecido por completo.
Y, entonces, se abrió la puerta de entrada. Un haz de luz bañó el suelo en una forma rectangular deformada por la silueta que se recortaba contra la luz.
—¡EH, Coral!
Sonic se abalanzó desde la puerta en un sprint rematado con una pirueta y, riendo, estrechó a Coral en un abrazo. Ella le sonrió.
—¡Le he ganado a Knuckles contra todas las predicciones, luce el sol y estás aquí! ¡No sé cómo podría ser más feliz! —mientras daba vueltas por toda la sala reparó en Amy y dijo, sorprendido — ¿Qué haces aquí?
Instantes después tuvo la decencia de avergonzarse. Se acercó y le regaló a ella también un abrazo, con ternura. Ella le sonrió, y el erizo azul guiñó el ojo y devolvió la sonrisa.
—Perdona, Amy. No te había visto —hizo una vez el pino sobre una sola mano y luego saltó corriendo hacia afuera de nuevo cuando el vozarrón de Knuckles lo llamó, sin dejar de decir antes:— ¡Todavía no me he acostumbrado a que estemos aquí los tres juntos de nuevo!
Mientras ambas se quedaban mirando cómo se marchaba sin dejar de hacer piruetas, Amy decidió que no le faltaba nada para ser feliz. Se reprochaba a sí misma no haberse alegrado a su tiempo del regreso de Coral, incluso de haber llegado a sentir… ¿celos? de ella.
Aquel día no se acordó, hasta la tarde, de Shadow the Hedgehog.
Fue cuando ya estaban todos a punto de cerrar la posada por falta de clientela y pasar el rato juntos cuando le vino a la mente. No había venido nadie en toda la tarde excepto Blaze y Silver, aburridos de pescar en la frontera de Francia, y si daban por hecho que ningún viajero llegaría al pueblo caminando de noche, no vendría nadie con seguridad hasta la cena. En aquel momento Tails y Sonic disputaban el final de una partida rápida de ajedrez moviendo los reyes, únicas piezas que quedaban, de aquí para allá con rapidez pasmosa. Los demás estaban alrededor, charlando o animándoles, y Knuckles, Rouge y Blaze terminaban de hacer sus apuestas.
—Eh, Sonic —dijo Amy, llamando su atención.
—¿Qué? —respondió este sin quitar los ojos del tablero y su rey.
—¿Has visto hoy a Shadow?
—Mmmh. No, creo que no, y el hecho en sí no me disgusta. ¿Por qué?
—Pensé que a lo mejor a Coral le gustaría conocerlo. ¿Os parece que vayamos a buscarlo?
Hubo palabras de afirmación revoloteando por la sala. Tails se dio la vuelta para advertirles que tuvieran cuidado si iban por terreno escarpado y, con la distracción, dejó su rey en una casilla equivocada. Coral, curiosa, siguió a Amy tras despedirse fuera de la casa, y aún tuvieron tiempo de oír las risas del interior cuando Sonic imitó la voz de Knuckles:
—¡Jaque Mate! ¡Chúpate esa, Prower!
Caminaron por el pueblo mientras Amy conjeturaba sobre dónde podía estar el erizo negro. Lo habían visto en varias ocasiones en las montañas, aunque las más de las veces no lograban encontrarlo. Sin embargo, dedujo, lo más probable es que eso se debiera a que él no quería que lo encontraran. Sintió un estremecimiento al evocar sus ojos, rojos como la propia sangre. Dudó un segundo, y luego decidió dirigirse una vez más al acantilado. Las últimas veces lo había encontrado allí, y si no lo encontraban al menos habrían dado un paseo agradable.
—¿Quién es? —preguntó Coral con curiosidad cuando salían del pueblo.
—¿Shadow? Oh, es un… bueno, podría decirse que es amigo nuestro… creo. No se lleva bien con Sonic. Pero no te preocupes —se apresuró a decir—, es muy amable.
Atravesaron el bosque pisando agujas de pinos. El olor de los árboles era fresco y muy agradable. Con el ruido del mar de fondo y un aroma lejano a sal y agua marina, el paisaje era perfecto. Cuando salieron del abrigo de los árboles, Amy vio a Coral contemplar extasiada el océano. Recordaba que a ella siempre le había gustado el mar. De niña solía llevarse a jugar alguno de sus libros de postales oceánicas y submarinas. A Sonic le encantaba "pedirse" los peces de colores más vistosos, y cuando iban a su casa, Coral les enseñaba a sus amigos toda su colección de conchas y estrellas marinas.
—Es hermoso —murmuró Coral, con los ojos brillantes. Atardecía.
Amy se adelantó unos metros y buscó a Shadow con la mirada entre las rocas, pero no lo encontró.
—Me parece que no tenemos suerte —murmuró haciendo visera con las manos.
De repente, un rugido de bestia surgió de algún lugar por encima de ellas, desde el bosque que abrazaba la montaña que se extendía a partir del acantilado. Una roca por encima de Amy se desprendió y cayó, partiéndose, cerca de ella, que ya se había apartado a toda prisa y empuñaba su martillo, jadeante y con el corazón desbocado. El rugido feroz resonó en cien ecos diferentes entre las rocas y se fue perdiendo en un lamento prolongado. Pronto, el ruido de las suaves olas rompientes lo taparon.
Amy permaneció unos segundos en silencio, asustada. Después se giró hacia Coral bruscamente.
—¡Tenemos que ir a ver si ha pasado algo! ¡Quizás haya alguien herido!
—¿Qué era eso? —inquirió Coral, nerviosa.
—Posiblemente un oso. No parecía un lobo —los ojos de Coral fueron saliéndose de sus órbitas conforme Amy hablaba. Ésta se dio cuenta y resopló—. ¡Oh, vamos, Coral, nunca baja ninguno de las montañas!
La agarró de la mano y echó a correr por una senda escarpada que subía entre las rocas.
—Pero, ¿para qué iba a subir alguien ahí arriba, incluidas nosotras? ¡Y si llegamos y ese animal nos mata! ¡No has pensado en ello, supongo!
—Tengo el martillo, Coral. Sé pelear.
—¿Qué me dices de mí?
—Te defenderé si hace falta. A veces los leñadores se alejan demasiado. O los niños, jugando al escondite. Dios, por favor, que no le haya pasado nada a nadie.
Ya se habían internado en el bosque. Coral corría atemorizada. Era sensata y no le gustaba la posibilidad de encontrarse con una fiera en mitad del bosque, estando ellas dos solas. Aunque en su lugar hubieran sido diez en grupo habría seguido teniendo miedo por cada uno de ellos, y también por sí misma. Al final, decidió confiar en Amy, y dejarse guiar por ella.
El rugido no se repitió, por lo que no tuvieron más remedio que peinar la zona. Amy iba fijándose en cada detalle del bosque a su alrededor y murmurándolo todo entre dientes para saber encontrar el camino de vuelta. Era algo que había aprendido bien desde que vivía en Montre. Aferró con fuerza el martillo. No era una niñita indefensa, y lo había demostrado sobradas veces. Sabría acabar con cualquier alimaña salvaje que les saliera al paso.
De pronto, un gruñido ahogado surgió desde entre los árboles a su derecha. Amy y Coral, con el corazón en un puño, se alejaron unos pasos instintivamente. Amy retrocedió un poco más, desconfiada, con el martillo a punto para descargar un golpe letal si un lobo agazapado saltaba hacia ellas. Los latidos de su corazón eran ya como el zumbido lento y pesado de una abeja. Echó el cuerpo hacia atrás, plantó los pies en el suelo y súbitamente, una mano fuerte se aferró a su hombro desde atrás, haciendo que le diera un vuelco el corazón. Cerró los ojos e, instintivamente, giró lanzando el martillo hacia quien quiera que fuese. Oyó a Coral ahogar un grito a su lado.
—¿Estás loca? —gruñó secamente una voz conocida. Amy abrió los ojos, sorprendida, y encontró a Shadow sujetando su martillo a dos centímetros de su rostro sin ninguna dificultad. En los ojos carmesí brillaba una chispa de rabia. No quedaba una sombra de la amable tristeza que Amy había visto hilvanada en sus ojos la última vez que le vio. Volvía a ser oscuro. Amy tragó saliva y entonces reparó en una herida que él tenía en un costado. Parecía la marca sangrienta de unas garras enormes.
—¿Qué te ha pasado? —se preocupó.
Coral, entretanto, se acercó de nuevo, pero manteniendo las distancias con prudencia. Shadow rió secamente y espetó:
—Lo que, si hubierais llegado un poco antes, os habría pasado a vosotras; hay un oso moribundo a la derecha… Aunque después de todo, puede que no os hubiera venido del todo mal —pensó después.
Intentaba sonar sarcástico e indiferente, pero había una nota de orgullo herido en su voz. Parecía que le avergonzara haber resultado herido. Y Amy supuso que así era.
—Amy quería ver si alguien estaba herido, si había pasado algo —la defendió Coral, hablando por primera vez—. Sabe luchar.
Shadow le devolvió una mirada divertida.
—Ese era el oso más grande que he visto en mi vida en esta zona, y me ha cogido desprevenido. Era listo. Por ahora, lo superan los de Rusia —pareció reír por un momento una broma privada. Después volvió a la seriedad—. Antes que por los demás, deberíais preocuparos por vosotras mismas. Se llama "sobrevivir". Es la ley de la naturaleza. El débil pierde el juego.
Amy se indignó. Apartó el martillo de un golpe, pero siguió empuñándolo.
—Me extraña entonces que te preocupes por nosotras.
—No he dicho que me preocupara. Solo he expresado de manera amable que eres la criatura más inconsciente que me encuentro en mucho tiempo.
Amy hizo una mueca y luego se volvió con sorna hacia Coral.
—Bueno, Coral, te presento a Shadow, el chico más sensato del universo al que, por cierto, hoy ha herido un oso mientras descansaba en soledad en mitad del bosque.
Shadow entrecerró los ojos, pero después sonrió.
—Acepto el golpe. Pero debes saber que yo tengo más posibilidades que tú de matar a un oso.
—No he dicho que quisiera matarlo. Me gustan los animales.
—Me alegro. Puede que te topes con un par más antes de volver a casa —dijo él dándose la vuelta para marcharse. Amy lo detuvo.
—¡Espera!
El erizo negro se giró hacia ella.
—Estás herido —recordó Amy, preocupada. Él sonrió y, con una mano, limpió parcialmente la sangre de la herida. Amy se quedó boquiabierta: las heridas de la zarpa del oso se habían curado como por arte de magia.
—Algunos por lo menos tenemos ventaja —dijo él a modo de despedida mientras se marchaba. Segundos después, desaparecía entre las sombras de los árboles. Amy y Coral se quedaron en silencio un momento. Luego, la puercoespina castaña respiró hondo y comentó:
—Bueno, es una persona interesante.
