Holas!

Bueno, debo aclarar que, en ese fic, solo cuenta lo que pasó hasta quinto curso.

DISCLAIMER: LOS PERSONAJES Y ESPACIOS PERTENECEN A J.K.ROWLING


Volvió a observar su rostro en el espejo. En él, observaba a una bella –aunque terriblemente cansada- chica de veintitrés años, con unos preciosos ojos castaños, bañados por la tristeza y el agotamiento. Unos labios finos, que ocultaban mucho más que unas palabras. Un ondulado pelo castaño, que le caía hasta un poco menos de media espalda, que ahora estaba recogido en una especie de moño, aunque algunos mechones se le escapaban.

Vestía con su habitual pijama castaño de dos piezas. En los pies llevaba unas simples zapatillas a las que les tenía mucho cariño. A su mano izquierda, un viejo reloj de oro que le había regalado la persona que más había amado.

Hermione Granger observó su reloj, y lo acarició con una tristeza infinita. Sin poder evitarlo, una lágrima se escapó de sus ojos. No podía olvidarlo. Quizá no quería. Sabía que no volvería, era un hecho que un día se planteó aceptar y lo hizo. Pero la poca esperanza que te queda en esos casos conserva la ilusión de que vuelvas a verle sonreír. Protección del alma, la denominaba ella. Cerró los ojos y se cogió fuertemente de los bordes de la pica del baño. Cogió aire, y al cabo de unos segundos lo expulsó. Volvió a abrir los ojos y salió de baño, dispuesta a ir a su habitación.

Mientras caminaba por el apenas iluminado pasillo del tercer piso de Grimmauld Place numero 12, no pudo evitar recordar todo lo que había vivido en aquella casa. Hacía ocho años, seis meses y dos días que Sirius Black había muerto, y aún así, no conseguía olvidarlo. Recordó las palabras que Dumbeldore le dijo cuando ella contaba con veinte años. Señorita Granger. Recordó que ella se giró hacia él, que estaba delante de la chimenea de la cocina de esa casa, los dos solos, ella sentada en la mesa con una taza de café y él dando vueltas delante de la chimenea. Cuando una persona ha amado realmente a otra, nunca la olvida. Dumbeldore hizo una pausa de aproximadamente veinte segundos, y después prosiguió. Sólo puede aprender a vivir sin ella. Después salió de la cocina no sin antes guiñarle un ojo a Hermione.

En el fondo lo sabía todo, Dumbeldore. Seguramente desde el primer día, y sin embargo, nunca habló de ello con Hermione. Se limitaba a dirigirle miradas de apoyo o sus típicas sonrisas. Debía ser la única persona que lo sabía, aparte de Mark.

Sirius siempre la había tratado como un caballero. Le abría las puertas para que pasara ella primero, a lo que Hermione correspondía siempre un sonrojo. Era la única chica debajo del mismo techo a la que le abría la puerta al pasar, ni con Tonks, ni la señora Weasley ni con Ginny lo hacía, tan sólo con ella. Una vez, que se quedó dormida en el sofá, Sirius la llevo a su habitación, y cuando se despertó, se lo encontró a su lado.

... Flash back …

Hermione abrió los ojos, y lo último que esperaba encontrarse era a Sirius Black a su lado, tapándola con una gruesa manta. Él, al notar que se había despertado, le dirigió una sonrisa.

-Vas a coger frío.- dijo él sonriéndole.

Ella le sonrió.

-¿Qué ha pasado?- preguntó ella un poco dormida.

-Te has quedado dormida en el sofá, leyendo "La psicología en los hipogrifos." Supongo que debe ser muy aburrido…- dijo él mirándola con una sonrisa que derrite a cualquiera.

-Lo es.- reconoció ella.

Él la miró y sonrió.

-Bueno… a tu lado tienes el pijama, y en la mesita de noche el libro. Buenas noches, Hermione.- dijo él señalando el libro.

-Buenas noches, Sirius.- dijo ella algo sonrojada.

Él se acercó a la puerta y, al abrirla, un pequeño rayo de luz penetró en la habitación. Se iba a ir, pero cuando estaba con un pie en el pasillo, Hermione lo llamó.

-Sirius…

Él se dio media vuelta, y la miró con cariño.

-Gracias.- dijo ella dedicándole una de sus mejores sonrisas.

Él negó la cabeza como diciendo que no había sido nada, le sonrió y salió de la habitación.

Fin Flash back …

Hermione negó con la cabeza, no quería que recordar esos recuerdos. Le dolían, y si quería olvidarlo, no le convenía recordar eso. Pero no se le puede mandar a los recuerdos, y ellos invadieron otra vez la mente de Hermione.

Flash back …

No quería abrir los ojos, tenía miedo. Mucho miedo. Había tenido una pesadilla horrible. Recordó su segundo año en Howgarts, y no quería abrir los ojos, porque había soñado que el basilisco se encontraba a su habitación. Su respiración era fuerte y agitada.

De repente, unos brazos fuertes la rodearon y sintió un cálido aliento en el cuello. Inconcientemente, aunque no sabía quien era, se abrazó a aquella persona, y hundió la cara en su pecho. No sabía quien era, le daba igual, tenía demasiado miedo como para importarle eso. Empezó a llorar.

-Ya está, Hermione, no te va a pasar nada.- le dijo Sirius acariciándole el pelo con dulzura.

-Yo… había el… basilisco… y lo miraba… y… y…- dijo Hermione entre llantos.

- No te va a pasar nada, Hermione, te lo prometo. No te va a pasar nada si yo puedo evitarlo. Nunca van a entrar basiliscos aquí, y nunca más te van a hacer daño.- dijo Sirius besándole el pelo con cariño.

- Ellos venían y… y…-dijo Hermione entre hipidos.

-Es sólo un sueño, nada malo va a pasarte.- dijo él acariciándole la espalda lentamente.

Ella se separó de Sirius y lo miró a los ojos. Él le estaba sonriendo mientras le ponía una mano en el hombro.

-¿Estás mejor?- le preguntó Sirius mirándola directamente a los ojos.

Hermione asintió con la cabeza, incapaz de hablar por el llanto.

-Volvía del baño, y te oí. Es sólo una pesadilla¿me oyes? No le deseo a nadie que le petrifique un basilisco… bueno, a Pettigrew y Snape si. ¿Te imaginas como quedaría Snape petrificado con la cara de haber chupado limón que tiene?- dijo Sirius cambiando de opinión, cosa a la que Hermione esbozó una sonrisa.

Fin Flash Back …

Se apoyó a la pared y cerró los ojos, haciendo grandes esfuerzos para no llorar. Había revivido esos recuerdos miles de veces, y aún así, le dolían como el primer día. El tiempo lo cura todo… le dijeron una vez.

Y una mierda, pensó Hermione amargamente. Había pasado el tiempo y a ella le seguía doliendo como el primer día, y no es que ocho años fuera poco tiempo… En cambio, Harry lo tenía superado. Había rehecho su vida, había sabido apartar el pasado de su mente y vivir el presente. Estaba saliendo con Ginny desde los dieciocho años, se había sacado la carrera de auror a los veinte años y ahora era el jefe de su escuadrón en Londres. Vivía con Ron y Hermione en Grimmauld Place y tenía su propio club de fans, del que Cho Chang era la presidenta. No le iba mal, pensó Hermione.

En cambio, ella no supo apartar el pasado, y lo tenía cada segundo en su mente. No estaba saliendo con nadie, aunque tenía varios pretendientes, pero ella no podía olvidar a Sirius, cosa que dificultaba un poco las cosas; se había sacado dos carreras, una muggle y una mágica. Realmente, no sabía porque se había sacado una carrera muggle, quizá por sus padres. Estudió Ciencias Exactas –osease, matemáticas- y Derecho Mágico, y trabajaba en el Ministerio de Magia como una de las mejores abogadas. Sus padres, cuando se sacó la carrera muggle, le regalaron un coche, o una preciosidad, como decía Ron.

Ron, junto a Harry, se había sacado la carrera de auror, aunque no consiguió una nota tan alta como la de Harry. Salía con Lavander Brown desde los diecinueve años, y parecía que iban en serio, pero Harry era el único que sabía que Ron aún estaba colado por Hermione, aunque él lo negase miles de veces.

Expulsó el aire que tenía guardado y abrió los ojos. Reprendió el camino hacia su habitación, evitando que los recuerdos volvieran a presentarse en su mente. Cuando llego allí, se sentó en la cama y hundió el rostro entre las manos.

Estaba harta de todo eso. Estaba harta de dormir tan sólo seis horas por culpa de las pesadillas; harta de llorar horas cada día por culpa de Sirius; harta de no poder sonreír de verdad. Esa no era la vida que ella había planeado, ni se acercaba un poco.

Dejó de lamentarse y empezó a vestirse con una lentitud más parecida a la de un anciano que a la de un joven. Se decidió por un conjunto de pantalón y chaquetón de color crudo, un jersey de cuello alto negro algo ceñido al cuerpo, y unos altísimos zapatos de color negro. Odiaba los tacones, pero no iba a plantarse en medio de los juzgados con unas bambas, además, ya se estaba acostumbrando a las alturas.

Al estar vestida, se acercó al tocador que tenía en la habitación y se miró en el espejo. Suspiró al ver su imagen. Tenía unas ojeras terribles. Abrió el primer cajón y sacó de él una crema anti-ojeras. No podía presentarse así al trabajo. No quería presentarse así. Cuando se la puso, la cosa mejoró, aunque si Ginny la viera, le haría maquillarse un poco. "Que es justo lo que voy a hacer." Pensó ella. También del primer cajón, sacó un brillo de labios que enseguida se lo pasó por los labios y lo volvió a guardar.

Mejor, pensó ella. Mucho mejor, corrigió. Se deshizo la especie de moño que se había hecho y del segundo cajón sacó un cepillo. Empezó a cepillarse el pelo y, cuando acabó, se lo recogió en una cola. Con no tanta lentitud, se acercó a su armario y sacó un bolso negro, en el que guardó su móvil, su varita, las llaves de su coche, las llaves de esa casa, las llaves de su despacho compartido, su monedero, unas pastillas, una paqueta de pañuelos, su agenda y unas gafas de sol.

Después fue hacia el escritorio que tenía en su habitación y cogió un maletín lleno de papeles. Adoraba su trabajo, admitió para si misma, aunque pocas veces hablara sobre él. Antes de irse de la habitación, se miró por última vez en espejo.

"Me estoy muriendo por dentro, maldita sea."

oOoOoOoOoOoOoOo

Volvió a apartar la vista del Támesis, y la fijó en el cielo aún oscuro. Las cosas habían cambiado, y demasiado, se dijo Hermione. A no ser que fuera fiesta, intercambiaba unas pocas palabras con Harry y Ron, ellos trabajaban y ella también, así que era poco probable que se encontraran en casa. No es que les recriminara ni nada de eso, pero echaba de menos que le preguntaran "¿estás bien, Hermione?" o algo por el estilo. No se habían dado cuenta de que le pasaba algo, o que estaba en una depresión impresionante. Aunque, según Mark, ganaría un Oscar si actuaba tan bien cada vez se encontraba con los chicos.

Siempre hacía lo mismo. Se levantaba a las tantas de la madrugada, iba al baño y se duchaba o se lavaba la cara, volvía a su habitación y se vestía para ir a trabajar, todo eso acompañado por los recuerdos que afloraban la mente de Hermione. Cogía el coche y aparcaba cerca del puente, se bajaba de él y se pasaba mucho rato mirando el Támesis y el cielo. Hasta que amanecía. De vez en cuando pasaba algún que otro coche, moto o ambulancia que hacía que su tranquilidad se hiciera más abrumadora. Si, lo había dicho bien. A Hermione le daba miedo el silencio absoluto. Le bastaba cualquier cosa, el chirrido de un ascensor viejo o los gritos de los niños del vecino, el sonido de los coches que se oyen a través de la ventana de un cuarto piso o el sonido de cada gota que hace al tocar el suelo, cualquier cosa que le recuerde que el mundo no se ha parado, que continuaba con su marcha.

Eso se debía a que, aunque influyeron también otras cosas, cuando tenía diecinueve años, cuando estaba en Berlín sentada en un banco de un parque, le envolvía un silencio sepulcral - que ella agradecía, porque estaba esperando a sus amigos leyendo un libro-, una mujer – rubia, debía tener unos cincuenta años- se paró delante de ella y, en alemán, claro, le preguntó que hora era. Hermione dejó el punto de libro en la pagina que correspondía y miró su reloj, cuando levantó la cabeza para decírselo a aquella señora, se encontró con unos ojos negros y profundos, bañados por la sangre y la muerte, pero al mismo tiempo, por hielo y dureza. Una ola de miedo e inseguridad le invadió por completo, y de repente, aquella mujer le inyectó un mensaje en la mente.

Ya no está Black para protegerte, Granger, tenlo presente.

Bellatrix Lestrange.

La persona que mató a la única persona que realmente había amado le había dicho tales palabras. Y, desde el mismo momento, supo que nunca las olvidaría.

De repente, un pequeño rayo de luz le iluminó la cara y le hizo salir de sus recuerdos. Los recuerdos tienden a exagerarse o a quitarse importancia, señorita Granger. Un hombre de pocas palabras, Dumbeldore. Pensó ella para si misma. Pero claras, corrigió.

Observó su reloj, el reloj de Sirius. Hasta entonces no se había percatado de que ya eran las seis y media, y que aún no había comido nada. Posó por última vez la vista en el río, y, pasados unos diez segundos se enderezó y caminó lentamente hacia el coche.

En el fondo, pensó que Lestrange tenía razón.

Aunque nunca lo aceptara.

oOoOoOoOoOoOo

Abrió la carpeta repleta de papeles y sacó tres pergaminos escritos y cinco en blanco, los cuales ella estaba dispuesta a llenar. En el primer pergamino, en lo alto, estaba escrito con su esmerada caligrafía, "Caso Parkinson". No estaba acostumbrada a defender a antiguos mortífagos, y menos si las personas que habían conseguido ponerlos en Azkaban eran Harry y Ron, pero a lo único que estaba dispuesta a conseguir es a que le rebajaran la pena a Pansy Parkinson. Empezó a leerlo.

"Pansy Parkinson, antigua alumna de la escuela de magia y hechicería Howgarts, ha sido acusada de múltiples asesinatos, utilización de maldiciones imperdonables, y de unirse a las filas de Voldemort. Como bien sabe, señor juez, la señorita Parkinson fue, diversas veces, compañera sentimental del señor Draco Malfoy, acusado de unirse a las filas de Voldemort, múltiples asesinatos, corrupción, utilización de las maldiciones imperdonables, entre otros. Mi cliente asegura que, debido al amor que procesaba al señor Malfoy, se veía incapacitada de razonar debidamente, incluyéndole los efectos de la medicación que…"

Hermione se detuvo de golpe, recordando una cosa. La medicación. "Mierda, mierda, mierda." Se repitió mentalmente enojada consigo misma. Rebuscó en su bolso las pastillas y, cuando las encontró, se levantó de su escritorio y se acercó a la cafetera de su despacho. Cuando ya se había puesto las pastillas en la boca y estaba a punto de tomarse el café, una frase la sorprendió.

-Lo tuyo si que es precisión británica, y no el Big Bang.- le dijo divertido Mark apoyándose en la puerta de madera de roble.

Ella se dio la vuelta, y se encontró con un chico de unos veinticinco años, rubio y con los ojos azules-plateados. El primer día que vio a Mark Ellroy sólo pudo relacionarlo con una cosa. Draco Malfoy, Draco Malfoy y Draco Malfoy. Eran pastados. Los dos vestían trajes caros, eran rubios, tenían los ojos casi del mismo color y estaban dispuestos a hacerlo todo por conseguir lo que querían. Y los dos tenían una sola debilidad, aunque oculta. Draco Malfoy, su madre, Narcissa Malfoy. Y Mark Ellroy, Hermione Granger. Si a alguien se le pasaba por la cabeza insultar a Herms, más le valía que Mark no estuviera presente, porque seguramente acabaría en San Mungo. Mark tenía la sensibilidad, la ternura y la valentía de Harry, y la debilidad de Ron por ella, la sobreprotección y el humor del pelirrojo.

-¿Quieres que me de un ataque al corazón o que me caiga el café encima?- preguntó Hermione mirándolo.

-Mejor la segunda que la primera¿no?- dijo él sonriéndole. Avanzó hacia la mesa de Hermione. Miró el pergamino de Pansy y lo giró para verlo mejor. Leyó las primeras líneas y se sorprendió.- No sabía que ahora te dedicabas a defender a mortífagos.

- Hay muchas cosas que no sabes de mí.- comentó Hermione entre sorbos de café.

-¿Por ejemplo?- preguntó él poniendo su maletín encima de su mesa.

-Bueno… viví a Berlín hasta los siete años, por lo cual se hablar el alemán a la perfección y cada año viajo a esa ciudad para ver a mis amigos; mi primer novio no fue Viktor, como todo el mundo piensa; aprendí a tocar el violín con seis años y el piano con doce; odio el francés y mi ciudad preferida no es Londres ni Berlín, sino La Valletta.- dijo Hermione como si nada yendo hacia su mesa.

-¿Y dónde coño está eso?- preguntó él de sopetón.

- En Malta. ¿Quieres que te señale eso en un mapa?- dijo ella dirigiéndole una mirada sombría.

-No hace falta, hasta allí llego, gracias.- dijo él con sarcasmo.

Vale, a primera vista, parecían de todo menos amigos íntimos, pero eso, para ellos, era un juego. A Mark le encantaba ver cabreada –y cabrear- a Hermione, porque decía que le encantaba el color que se le ponía en las mejillas cuando se enfadaba. Y a Hermione le encantaba la cara que ponía Mark al verla cabreada.

-¿Sabes? Mi autoestima ha sufrido un bajón irreparable.- dijo Mark después de unos minutos de silencio.

Ella levantó la cabeza de un libro que había sacado de su mini biblioteca.

-¿Por qué?- preguntó sorprendida. Normalmente, Mark era la anima de la fiesta y tenía la autoestima por los cielos, como Malfoy. Lo que dije, pastado a Malfoy.

-Pensaba que te conocía, Herms, y de repente, me dices que tienes una doble vida, y que yo no se nada de ella.- dijo él.

Ella negó con la cabeza con una sonrisa en el rostro, murmurando un "exagerado". Él, al verla sonreír, se levantó y fue hacia ella sonriendo.

-Me gusta verte sonreír.- dijo él mirándola fijamente con ternura.

Ella giró la cara hacia él y lo miró fijamente.

-¿Y eso, por?- preguntó ella con curiosidad.

- No se si te habías dado cuenta, pero casi nunca sonríes.- dijo Mark mirándola.

Ella bajó la mirada, sintiéndose culpable.

-Mark… no es que no quiera sonreír, es que…- dijo Hermione intentando explicar sus motivos.

-… no puedes.- finalizó su frase Mark. Continuó.- Hermione, mírame.- con delicadeza, Mark le cogió la barbilla a Herms y le obligó a mirarle a los ojos.- Debes olvidarlo. Me da igual si quieres o no quieres, puedas o no puedas. Tienes que olvidarlo. Te estás muriendo, Hermione, poco a poco, pero te estás muriendo. Y me duele verte así. ¿Y sabes cual es el porque de todo eso? Una persona, Herms. Una persona que está muerta, Hermione, muerta. Y que llores lo que llores, le pidas lo que pidas, no va a volver.

Ella bajó la cabeza, encontrando el suelo de madera muy interesante. Sabía que Mark la estaba mirando, notaba su mirada preocupada taladrándole la frente. Levantó la cabeza y se encontró con los preocupados ojos de Mark.

-Voy a acabar muerta si sigo así¿verdad?- preguntó Hermione temerosa por la respuesta que Mark pudiera darle.

Mark asintió con la cabeza, y le dolió en el alma hacerlo.

-No tengo ninguna vía de escapatoria, sólo olvidarlo¿cierto?

Mark volvió a asentir.

Hermione suspiró y miró el reloj que Sirius le había regalado. "Olvidarlo o morir, Hermione, no hay más opciones." Pensó ella con tristeza. Volvió a suspirar, y entonces tomó una decisión.

-Supongo que es hora de olvidarlo.- dijo Hermione quitándose el reloj lentamente.

Mark sonrió y cogió el reloj que Hermione le dio con todo su pesar.

-Estoy orgulloso de ti.- dijo Mark poniéndole una mano en el hombro.

-Abrázame.- le pidió Hermione al borde de las lágrimas.

A Mark no le hizo falta que se lo repitieran una segunda vez. Atrajo a Hermione a él y la abrazó cálidamente.

oOoOoOoOoOoOoOo

Lo primero que oyó Hermione después de abrir la puerta fue un Me cago en la…de Ron Weasley, seguidos de unos joder, coño y mierda de Harry Potter. Frunció el entrecejo, sin entender a que venían tantas palabras malsonantes juntas.

-¿Hola?- gritó para hacerse oír.

- Me cago en todo lo cagable… Arriba, Hermione, arriba.- oyó que le gritaba Harry con hastío.

Hermione subió las escaleras extrañada. Normalmente, el que se cagaba en todo era Ron y no Harry. Sus finos tacones sonaban entre los imposible, completamente imposible y no es imposible, Harry, no lo es.

Cuando llegó a la habitación dónde estaban los chicos, supo que, si no fuera porque la situación era un poco delicada, nunca se hubiera reído tanto en su vida. Estaban los dos, Harry y Ron, con delantales a cuadritos con un dibujo de una cazuela con zanahorias y pollo; Harry con un pañuelo en la cabeza y Ron con guantes de cocina; Harry con una escoba en la mano y Ron con un plumero.

-Es imposible que haya tanta mierda en una casa.- sentenció Harry como si eso fuera una verdad universal.

Ron miró a Harry cansado, luego miró a Hermione y suspiró.

-Hermione, bonita… ¿nos ayudas?- preguntó Ron poniendo cara de cachorro abandonado.

-Me encantaría quedarme aquí a… limpiar o desinfectar, no se que estáis haciendo, con vosotros. Pero tengo que completar unos informes e ir a recoger unos papeles que me he dejado, aunque me gustaría ducharme antes de volver al Ministerio.- dijo Hermione entrando a la habitación.

- Los que necesitamos una ducha somos nosotros, Herms. Tu estás siempre radiante.- dijo Harry, a lo que Hermione respondió con un "Gracias, supongo."- Además, tendrás que cancelar algunos planes, hoy hay una reunión muy importante de la orden.

- ¿Y de que irá la reunión?- preguntó Hermione mientras que los chicos continuaban limpiando.

-No se, Dumbeldore me dijo que era realmente importante y que era vital que …- empezó diciendo Harry, pero Hermione no lo escuchó.

Lo que captaba toda la atención de Hermione era un viejo piano que Ron había puesto al descubierto quitando una funda que lo cubría. Hermione avanzó hacia él, bajo la mirada de Harry. ¡Un piano! Hacía años que no tocaba al piano, dudaba seriamente de que se acordara de cómo hacerlo. La última canción que tocó fue… el Vals d'Amelie. Y la tocó el verano después de la muerte de Sirius. Hasta entonces nunca la supo tocar correctamente. Ese verano la aprendió.

Cuando se dio cuenta, y estaba delante del piano, su bolso estaba al lado de él y su mano izquierda estaba a punto de tocar unas teclas. Y se preguntó¿Por qué no? Su mano empezó a tocar las primeras notas del Vals d'Amelie, y la mano derecha la siguió. El Vals d'Amelie… la muerte de Sirius. Se obligó a si misma a para de tocar.

-No sabía que había un piano en esa casa…- comentó cogiendo el bolso del suelo.

-No lo sabía ni yo.- dijo Harry apoyándose en la escoba.

Hermione rodó los ojos y se fue hacia su dormitorio, pero antes de salir de esa habitación, una pregunta de Harry la detuvo.

-Hermione… ¿Qué quieres que hagamos con el piano?- preguntó él.

Ella se giró. Miró a Harry. Miró a Ron y por último, miró el piano.

-Lo que queráis. Si necesitáis algo, estaré en mi habitación.- dijo antes de abandonar la habitación.

oOoOoOoOoOo

Dejó que el agua le quitara los restos de jabón de su cuerpo, mientras ella pensaba en todo.

Después de casi media hora intentando concentrarse en poner orden a su maletín, se dio por vencida y recurrió al plan B. Ducha o baño. Y allí estaba, desde los pies hasta la cabeza mojada, pensando en el piano del ático, el reloj de Sirius que ahora yacía en un cajón de su escritorio de su despacho, en O.d.O.d.S.B –Operación de Olvido de Sirius Black- como había calificado Mark en broma y en la reunión de la Orden.

No sabía si funcionaría, eso de olvidar a Sirius. Sólo podía aprender a vivir sin él… como dijo Dumbeldore. Deseaba con todas sus fuerzas que el plan de Mark funcionara. Quería sonreír. Estaba harta de todo eso. Quería que todo volviera a ser como antes. Deseaba que todo volviera a ser como antes.

Toc toc.

Esos golpecitos a la puerta hicieron que Hermione saliera de sus pensamiento se diera cuenta de que hacía cinco minutos que estaba dejando que el agua saliera sin ninguna necesidad.

-¿Si?- preguntó apagando el grifo.

-Hermione… sal ya. Ya están casi todos abajo, date prisa.- le dijo Harry con suavidad.

-Dame cinco minutos.- le pidió Hermione gritando.

-Te doy siete, para que veas lo generoso que soy.- dijo Harry en broma.

Ella sonrió. Le parecía que, después de iniciar la operación de olvidar a Sirius, le era más fácil sonreír. Aunque casi nunca lo recordaba, le encantaban todos los momentos que habían pasado los tres –Harry, Ron y ella- en Howgarts. Echaba de menos esos momentos. El riesgo de ser descubiertos en alguna de sus aventuras. Le gustaría volver a revivir esos momentos.

Sacudió la cabeza y salió de la ducha enroscándose con una toalla blanca. Empezó a secarse, intentando pensar en otras cosas, como en el caso Parkinson. "Tendría que llevar a un testigo para que asegure que Parkinson estaba totalmente enamorada de Malfoy, entonces haré venir a cualquier médico cualificado para que testifique que la medicación que tomaba ella podía causar que la persona estuviera más espesa y que no pudiera pensar completamente, lo cual tendría la oportunidad de que le rebajaran la condena unos veinte años como máximo."

Dejó la toalla y empezó a vestirse con los viejos tejanos, la camiseta de cuello alto y manga larga de color rojo sangre y unas deportivas negras y blancas. Con el pelo, que aún lo tenía un poco mojado, se lo dejó suelto.

Abandonó la habitación y, apartándose el pelo de la cara de vez en cuando, fue bajando hasta la sala de reuniones.

-Hermione…- la llamó una voz detrás de ella.

Ella se dio la vuelta y se encontró con Ron sonriéndole.

-¿Pasa algo?- preguntó ella mirándolo.

-Er… no sabía que sabias tocar el piano.- dijo Ron mientras los dos bajaban las escaleras.

-Bueno… hace años que lo se tocar, pero hacía mucho tiempo que no tocaba ninguna canción. – le confesó ella sonriendo.

- Quería decirte una cosa, Herms…- dijo Ron, y aunque ella no lo viera –Hermione iba delante y Ron detrás-, notó que estaba sonrojado.

-¿Si?- preguntó ella girándose unos segundos para después volver a bajar las escaleras.

-Yo… quería que… yo… buff…yo… Hermione, yo te…- empezó a decir Ron muy nervioso, pero un grito de Alastor Moody lo detuvo.

-Granger, Weasley, vamos, no tenemos toda la noche.- dijo Alastor con su voz fuerte.

Hermione asintió con la cabeza y entró a la sala de reuniones, seguida por un Ron nervioso y enfadado a la vez.

-Después me lo cuentas.- le susurró Hermione a Ron, que se sentó a su lado.

Él asintió con la cabeza, aunque estaba seguro que no sería capaz.

Dumbeldore entró a la sala, y, como si hubiera lanzado un hechizo, toda la Orden se calló. Dumbeldore siempre causaba eso, en Howgarts y en la Orden. Después de él, entró Minerva McGonagall, que seguía tan seria como siempre.

-Hoy es un día muy importante para la Orden del Fénix. Vamos a revelar un secreto que solo pocos miembros saben. Tanto Minerva como yo sabemos los riesgos que corremos haciendo eso, y los aceptamos. Ha llegado el momento de que todos conozcáis la verdad.- dijo Dumbeldore. Y después añadió, mirando a Hermione.- Aunque duela.

McGonagall intercambió unas cortas miradas con Dumbeldore y asintió con la cabeza. Después fue hacia la puerta, la abrió e hizo un gesto a alguien que estaba fuera. Cuando esa persona entró, a Hermione se le cortó la respiración, y Harry habló por ella y por la mayoría de los presentes.

-Sirius…


¿Qué¿Os a gustado? Espero que la espera haya valido la pena…

Gracias a todas las personas que dejaron reviews en el prólogo.

At.

ECDP