EL CANTAR DE LOS DIOSES
1
Octo, ¿cómo estás? Yo bien, ya hace más de un mes desde que vine como escolta a esta expedición y no sabría que más contarte. Todos los días parecen iguales aquí abajo (aunque eso ya lo sabrás de sobra). La verdad, me muero de aburrimiento, los unicos que parecen divertirse son los arqueólogos, tipos muy raros. El Dr. Jones es todo un personaje, se nota que le apasiona lo que hace, pero no me fío de él. En todo caso, me gustaria saber más de vos, hace una semana que te escribo y no respondes mis mensajes, ¿ocurre algo? Escribime, por favor, me estás preocupando. Besos y abrazos.
Apartó la vista del celular, se encontraba dentro de una sencilla carpa que le había servido de hogar en las últimas semanas. Escuchó el agetreo proveniente de afuera, parecía ser que los arqueólogos habían despertado, listos para otro día de ardua labor.
- Llegó la hora de cumplir con mi deber - Se dijo a sí misma con desgano y salió al exterior.
Pudo observar la ancha cámara que constituía el anden central del Metro Abisal, allí donde, tiempo antes, había salvado a Octo y al Capitán de ser triturados por el perfido Tartar y dónde, para vergüenza suya, había quedado inconsciente, a merced del enemigo, permitiéndole manipularla. Nunca se perdonaría por eso, pero no tenía sentido llorar sobre tinta derramada.
Fue directo hacía la carpa principal, cercana a los restos inertes de esa terrorífica licuadora, desde donde se alzaba una rudimentaria escalera hacia el agujero que ella misma había creado.
- Buen día, Agente 3 - Dijo bonachonamente el Dr. Jones, levantando la vista de un extenso mapa (para Tres, era más bien un plano) del metro Abisal.
- Dr. Jones.
- ¿Lista para otro día de faena?
- No es como si tuviera realmente opción, ¿Dónde planeas llevarnos hoy?
El arqueológo esbozó una leve sonrisa y dijo:
- Podrias mostrar un poco más de entusiasmo, ¿no crees?
- Doctor, a mí la arqueología no me interesa, me resulta indiferente, discúlpeme si esta expedición no me genera lo mismo que a usted.
- Eso lo dices porque no tienes verdadera dimensión de lo que tenemos delante.
- Un lugar sucio y desvencijado.
- Es más que eso - Le respondió con cierta irritación en su voz - ven, deja que te enseñe - Y le mostró el enorme mapa - Este lugar es inmenso, ¿sabes? Nunca he visto nada igual. Hasta el momento, he tenido a mi equipo disperso, cartografeando la zona y, gracias a eso, hemos logrado tener una idea de hacia donde dirigir nuestros esfuerzos. ¿Me sigues?
- Sí, por supuesto, continúe.
- Bien, hemos divido a grandes rasgos estas facilidades en tres zonas. La primera, la zona inferior, consiste en esta red de subterráneos que llevan a esos lugares donde sometían a los sujetos de prueba.
- Son víctimas, hable con propiedad - Dijo la Agente 3 conteniendo su enojo, mientras recordaba a Octo y se imaginaba todo lo que debe haber padecido.
- Está bien, disculpe, víctimas. En todo caso, esta zona no es de mucho interés, con las manipulaciones que ha realizado Pastec más los peculiares seres que han transformado este lugar en su hogar, se ha perdido mucho de las antiguas instalaciones que crearon los humanos.
- Entiendo.
- La segunda, la zona Intermedia, consiste en instalaciones industriales de Pastec.
- Dónde sanitizaban a los octarianos y procesaban esa pasta que servía de caldo primordial.
- Correcto; esta zona es un poco más interesante, solo tiene la intervención de Pastec, lo cual puede ser estudiado para entender un poco más sobre el genio de los humanos, quienes concibieron un ente artificial que, a su vez, era capaz de crear. Si bien no son las instalaciones originales, lo cierto es que esta inteligencia... ¿cómo se hacía llamar?
- Tartar.
- Eso es, Tartar, al ser creación de aquellos seres, lleva el sello de sus creadores en su obrar.
- Ya veo, ¿y la tercera?
- La tercera, la zona superior, son archivos y oficinas administrativas, dónde todo indicaría que Pastec realizó pocas o ningunas modificaciones, por lo que es el lugar ideal para investigar.
- ¿Entonces iremos hacia allí?
- Mi idea es salir tan pronto como sea posible.
- En ese caso reuniré a mis hombres para escoltarlos.
- Adelante, Agente 3 - Dijo el Dr. Jones, un poco desanimado, pues esperaba un mayor entusiasmo por parte de la militar, pero a ella no le interesaban en lo más mínimo las cuestiones arqueológicas.
En realidad, para ella, las instalaciones de Pastec no eran más que una prisión infame de la cual pudieron escapar por los pelos la última vez y no le hacía ninguna gracia tener que volver a caminar por aquellos peligrosos recovecos.
Pero órdenes son órdenes y las suyas eran claras, escoltar la expedición a dónde quiera que esta fuera, garantizar la seguridad de los arqueólogos y, más importante aún, vigilarlos.
No olvidaba porque se había autorizado aquella incursión en primer lugar y sabía que Romy estaba interesada en la misma; más aún, que el Dr. Jones la conocía y mantenía contacto con ella.
¿Que pensar de aquel intrépido inkling ya entrado en años? A simple vista parecía un sujeto afable, erudito y apasionado en su disciplina; siempre vistiendo aquel peculiar sombrero y llevando consigo un robusto látigo (lo que resultaba curioso), pero Tres no se fiaba de él, recordaba las palabras que su madre solía repetir cuando era una niña: "Dime con quién andas y te diré quién eres" y el Dr. Jones "andaba" con Romy, por lo qué debía ser, como mínimo, un inmoral; pensó sin caer en cuenta de la contradicción en que incurría.
De modo que reunió a sus hombres y comenzaron a escoltar al equipo de arquelogos, siempre en ascenso, siempre hacia arriba, recorriendo los inmensos pasillos de Pastec; los científicos, con el ánimo tranquilo, puede que hasta emocionados por lo que podrían encontrar y los militares, en alerta, con un ojo en las oscuras esquinas desde donde podría asaltar un enemigo, con el otro sobre el Dr. Jones, expectantes de que pisara el palito, y con el dedo siempre listo en el gatillo, para cuando llegara el momento de abrir fuego.
Solo Tres, en una actitud irresponsable por su parte, poco usual en ella, dejó que la ansiedad le ganase y se permitió bajar la guardia por un segundo, para espiar rápidamente la pantalla de su celular, en busca de un mensaje que nunca iba a llegar.
- Octo - Dijo para sus adentros - ¿Por qué no me respondes? ¿Estás bien?
En ese momento, la Agente 3 no lo sabía, pero Octo no se encontraba bien.
Era por la mañana en Cromopolis, el desvergonzado sol entraba, sin preguntar, por la ventana, directo hacia la habitación de la chica, mientras esta yacía sobre su cama, aún en pijamas, demacrada, abandonada por el sigiloso Morfeo, habiendo podido dormir solamente un poco y despertado hace un par de horas.
Sin ánimos para levantarse, había escuchado recibir un mensaje en su celular, "Seguramente, Bebu", sospechó, pues le había estado escribiendo todas las mañanas y, aunque ella habíase tomado la molestia de leer sus mensajes, no estaba de humor para responderle, no tenía ganas de hablar con nadie, preferiendo la soledad de su departamento.
Pero quiso el burlón destino que sus deseos no fuesen respetados, recibiendo una dura embestida directo a su coraza, destrozándola, cuando escuchó el sonar del inoportuno timbre.
Resistió por unos momentos, pero el insistente artilugio volvió a sonar otra vez, seguido por los secos golpes sobre la puerta de entrada.
Aceptando la derrota, suspiró con hastío y, levantándose, fue hacia la entrada, abriendo la puerta.
- Octo, hola, ¿cómo estás?
- María... mal, en realidad.
- No has estado respondiendo a nuestros mensajes, nos tenías muy preocupadas. Oli incluso se atrevió a contactar con Emi para preguntar por tí y este dijo que no te habías vuelto a pasar por su cafetería desde la última vez que nos vimos.
- Perdón por preocuparlas - Respondió sinceramente - Solo quería estar sola, no he estado con humor para hablar con nadie.
- ¿Qué te ocurre?
- La culpa me ocurre, me carcome, corroe mi alma y no me deja en paz.
- Entremos - Respondió María y Octo estuvo de acuerdo, le dejó pasar y se sentaron juntas en el sofá de la sala de estar - ¿Esto es por lo de la traición? Octo, sé que eso es una falta grave, pero ya has hecho más que suficiente como para redimirte, no te sigas castigando.
- Vos no entendés, María, soy una militar, la traición hacia mi Patria es imperdonable. Hasta hace poco, pensaba que a lo mejor me habían enviado tras las filas enemigas y que, por el percance que sufrí, terminé faltando a mi deber; no creía que fuese verdaderamente mi culpa, sentía que las circunstancias me habían arrastrado, era capaz de excusarme a mi misma. Ahora... Ahora sé que buscaba activamente desertar y, peor aún, ayudé a otra a hacer lo mismo. No tengo todos los detalles, pero cuando analizo mis recuerdos, me doy cuenta que ustedes tenían razón, es evidente, soy una traidora y eso no se puede perdonar.
Y en ese instante, no pudo soportarlo más, se quebró y abrió en llantos, profundos y desgarradores, capaces de compungir al más duro de los corazones.
María tomó a la pobre joven en un fraternal abrazo y la contuvo cálidamente hasta que esta se calmara.
- ¿Mejor?
- Un poco...
- Octo, escucha, sé que lo que has hecho no estuvo bien, pero debes entender que todo ocurre por algo y tus acciones han llevado a una sucesión de eventos que, sin lugar a dudas, tienen las manos del Sacro Cthulhu detrás.
- ¿Quién?
- Cthulhu, sabes quién es.
- Puede que así sea, pero no puedo recordarlo, María.
- Quizás, pero te aseguro que sabes quién es, pues su nombre está grabado a fuego en lo más profundo de tu alma, como pasa con todos los Octarianos. Cthulhu es nuestro Dios, él único y verdadero, el ser supremo que vela por la gloria de nuestro pueblo.
- ¿Es nuestro Dios?
- Así es.
- ¿y el de los inklings?
- Los inklings son unos infieles y desviados, que hace ya tiempo se apartaron de la verdad y con impia malignidad adoran a dioses falsos. Por eso su sociedad es decadente y hedonista y nada bueno hay para rescatar de ella.
Octo, con cierto recelo, pues no compartía las palabras de aquella chica, habiendo tenido sus propias impresiones de los inklings, le dijo con gran seriedad:
- María, no es por ofenderte, pero creo que permites que el rencor y el prejuicio nublen tu mente; he conocido a varios inklings y no todos son tan perfidos como piensas que son. De hecho, algunos incluso son grandes personas.
- Octo - Respondió serenamente - Eres pura e inocente, tu amnesia te ha convertido en algo semejante a una niña y confías en exceso. No tengo autoridad para decirte con quién debes juntarte, has de recorrer tu propio camino. Pero cuidado, los Octarianos que se mezclan demasiado con los calamares, suelen terminar desviándose.
- ¿Te refieres a Emiliano? - Preguntó con ánimo insidioso, mas María no se dejó perturbar, contestandole:
- Tristemente, sí.
Octo, con arrepentimiento por haber realizado tan inoportuno interrogante que buscaba compungir a quién habíase tomado la molestia de ayudarle, quiso enmendar la situación y permitirle a aquella alma que le narrase lo que para ella era tan sagrado e importante:
- Perdóname, tendría que haber sido más medida en mis palabras. Vos tenés tus propias ideas ya formadas, las cuales simplemente no comparto. Pero quiero que me cuentes más de esta deidad.
- ¿Que quieres saber?
- Todo, empezando por qué piensas que es el dios verdadero, despreciando al de los inklings.
- La fé no debería exigir pruebas, Octo, pero lo cierto es que las hay, incluso desde tiempos anteriores a los nuestros...
Y a varios kilómetros de aquella habitación, por debajo del nivel del mar, en antiguas cámaras construidas por seres que ya no pisan en la tierra, un grupo de arquelogos, inklings de ciencia todos ellos, le daba la razón.
La excitación, el asombro y el terror se confundían y mezclaban todos ellos, en un poderoso enjambre que aturdía los oídos. La Agente 3, presa de la curiosidad, acercose a ellos y confrontando a quien debía liderarlos, preguntó:
- Dr. Jones, ¿qué ocurre? - El arqueológo la observó con una expresión de desconcierto en su mirada y, con una voz que infundia desasosiego, contestó:
- En todos mis años de investigación, nunca he visto algo como esto.
Y con sumo cuidado reveló un bajorrelieve de arcilla, reseco y agrietado por el paso de tantos siglos. Mucho de los detalles habían desaparecido ya, devorados por el insaciable Cronos, pero aún sobresalía, con antinatural actualidad, una figura que generaba cierta incomodidad.
Sobre un cuerpo escamoso e imponente se alzaba una cabeza pulposa, coronada por tentáculos, que provocó recuerdos en la Agente 3 de DJ Octavio. Temibles alas, propias de un dragón, se extendian desde su espalda y, detrás de estas, una arquitectura singular, de extraña geometría que la Agente 3 no había visto jamás.
- ¿Pero qué es esa cosa?
- Esto, agente, es una representación de Cthulhu, el dios de los Octarianos.
- Pero no entiendo... ¿este bajorrelieve no debería ser creación humana?
- Lo es, ciertamente es muy antiguo, salta a simple vista y así será confirmado cuando se hagan las pruebas pertinentes.
- ¿Entonces por qué representa a un dios octariano?
- No lo sé...
Pero María lo sabía y así se lo revelaba a una intrigada Octo, al tiempo que le ofrecía un pequeño libro donde, en su portada, podía leerse "La llamada de Cthulhu"
- Hace mucho tiempo, arqueológos octarianos encontraron este libro en lo que fuera un antiguo asentamiento humano, donde uno de ellos que se apellidaba Lovecraft narró sus experiencias, y las de otros como él, con el gran Cthulhu y el pavor y la locura que su divinidad les provocaba, pues eran seres inferiores incapaces de soportar, siquiera tangencialmente, el contacto con la deidad. Por supuesto, este no es el original, sino una copia traducida a nuestro idioma.
- ¿Y los inklings que piensan de esto? - Preguntó Octo, mientras examinaba con curiosidad el enigmático libro.
- No se les ha dicho nada, pues es un secreto celosamente guardado por nuestro pueblo. Ellos creen que nuestra fé se basa solo en sugestiones y habladurías y que aquél libro fue escrito hace hace varios siglos por algún Octariano.
- Ya veo...
- Otros registros han sido también hallados y no nos quedan dudas de la intervención de nuestro Dios y como ha actuado siempre por la gloria de nuestro pueblo.
- ¿Cómo es eso?
- ¿Te has preguntado por qué los humanos se extinguieron?
- La verdad, no.
- Algunas fuentes sugieren que las aguas del mar se elevaron y los ahogaron; otros argumentan que se autodestruyeron en una guerra fratricida. En realidad, ambas tienen razón en cierta manera, pero nos cuentan una verdad a medias, distorsionada. ¿Sabes lo que realmente les ocurrió?
- ¿Qué?
- Las pistas están en ese librito que te pasé... donde podrás leer que "no está muerto lo que puede yacer eternamente; y con el paso de los extraños eones, incluso la Muerte puede morir".
- ¿Y eso que significa?
- Que el Gran Cthulhu es eterno, mi querida Octo y ha permanecido dormido por una cantidad de tiempo tan grande que confundiriamos con la eternidad, soñando pacientemente en la sumergida ciudad de R'lyeh, la de los extraños ángulos, esperando el momento en que las estrellas sean propicias... solo que ese momento hace tiempo que llegó.
- ¿Y entonces?
- El Gran Cthulhu emergió, victorioso, elevando las aguas y condujo a los hombres a la locura. Sus débiles mentes no fueron capaces de soportar la verdad cuando la tuvieron en frente y se dejaron llevar por la extinción. El Gran Cthulhu limpió la tierra de esos indignos seres para que nosotros, los octarianos, sus hijos predilectos, pudiésemos abrimos paso y reclamar el lugar glorioso que nos corresponde en la escala evolutiva.
- ¡Vaya! - Octo no sabía que pensar de aquella historia, su lado racional se resistía a tomarla en serio y, sin embargo, había algo en ella que le resultaba atrapante, algo que no podía explicar - ¿Pero qué fue de nuestro dios?
- No se sabe bien, quizás regresó a R'lyeh, para dormir nuevamente; pero si nos guiamos por ese libro que tienes en tus manos, probablemente ascendió junto con sus semejantes, Los Antigüos, hacia las estrellas, en busca de nuevos mundos que poblar con su semilla. Sin embargo, la fé conduce nuestros corazones y aguardamos el día en qué las estrellas sean nuevamente propicias y el Gran Cthulhu retorne a este mundo para hacer pagar a los inklings por sus iniquidades.
- ¿Y tienen una idea de cuando será eso?
- No lo sabemos, pero esa obra revela la existencia de un libro que podria darnos las respuestas que tanto ansiamos, si solo lo tuviésemos en nuestras manos.
- ¿Qué libro?
Y mientras María narraba aquellas extraordinas historias y revelaba los secretos de su fé, en otro lugar unos arqueológos trabajaban sin descanso, en busca de tesoros cuyo aspecto desconocían, mientras unos militares de serio semblante mantenían la guardia en alto ante la aparición de cualquier posible amenaza.
En tanto, una Agente 3 que consideraba que el verdadero enemigo se alzaba frente a sus narices, en vez de mantenerse escondido tras esquinas sombrías, se acercó disimuladamente hacia el grupo de investigadores y, mientras los vigilaba atentamente, un pequeño brillo que percibió con el rabillo del ojo captó su atención.
Era un pequeño objeto metálico que colgaba de una pared gracias a un clavo que le sostenía a través de un agujerito que tenía en medio.
Impulsada por la curiosidad, se acercó a este y alzó la mano para tomarlo como propio.
- ¿Encontró algo interesante, Agente?
- ¡Doctor! - Se puso a la defensiva, como si la hubieran atrapado comentiendo un acto prohibido, mas un segundo después, tras pensarlo mejor, entendió que no había hecho nada tan grave que excusara su reacción y bajando la guardia, contestó - Encontré esto, nada más.
- ¿Una llave?
- ¿Le interesa?
- He encontrado muchas en mis expediciones, son más comunes de lo que imaginas, quedatela como souvenir si lo deseas.
- ¿Y no la quiere por si hay alguna puerta cerrada?
El arqueológo río profusamente, siempre le divertían las ocurrencias de los legos.
- Agente, los asentamientos humanos tienen más de un milenio de antigüedad, las cerraduras están oxidadas, una llave no serviría de nada. Si hay alguna puerta que necesite ser abierta, tenemos métodos para hacerlo... Ahora, le pido encarecidamente que no toque nada más; está vez fue una simple llave sin valor arqueológico, pero la próxima puede tratarse de una verdadera reliquia y unas manos inexpertas podrían arruinarla.
- Perdone - Dijo la Agente 3 con cierto resentimiento, pues le disgustaba profundamente que un civil le regañase.
Sin embargo, la atención de ambos cambió súbitamente de lugar, dirigiéndose hacia el grupo de investigadores que se agolpaban ante un repentino hallazgo y la histeria cundió entre todos ellos a causa de otro descubrimiento que desafiaba todo aquello que sabían y en lo que creían.
El Dr. Jones, ni lento ni perezoso, fue hacia sus hombres para descubrir el origen de tamaña exaltación y su sorpresa fue tan grande que no pudo evitar soltar un lastimoso alarido, mezcla de sorpresa y terror.
La Agente 3 observaba todo aquello con gran interés, sin atreverse a mover ni un músculo. El Dr. Jones emergió de aquel gentío, sus hombres se hacían a un lado para permitirle el paso, llevando en sus manos, con sumo cuidado, un polvoriento libro, con hojas amarillentas por el inmisericorde paso del tiempo y con un título en su descolorida tapa en un lenguaje antiguo que la militar no pudo descifrar.
- Agente, se termina la expedición por hoy, volvamos al campamento...
Y mientras la Agente 3 debería aguardar para poder obtener respuestas a sus interrogantes, Octo tenía mejor suerte, pues bastaba con formular la pregunta correcta para que María, solícita, despejase todas sus dudas.
- María, realmente es muy interesante todo esto que me cuentas y te agradezco que me hablases del dios de nuestro pueblo, pero hay algo que no termino de entender.
- ¿Que es, Octo?
- ¿Qué tiene que ver nuestro dios con todo lo que he hecho y vivido?
- ¿Octo, no lo ves? ¿No ves la intervención divina en todo lo que te ha ocurrido?
- No, realmente.
- Bien te lo explicaré. Sé que te sientes culpable por tu traición, pero (aún sin tener todo el detalle), no tengo dudas que esto te llevó fuera de los límites de nuestra Patria, lo que permitió tu secuestro. ¿Me sigues?
- Sí.
- Fuiste llevada a profundidades abisales, aguas frías y oscuras, dónde moran seres de particular aspecto que pocos han visto alguna vez y desde allí, empujada por un ansia inquebrantable, emergiste victoriosa hacia la superficie, derrotando a un perfido ser que amenazaba no solo a nuestro pueblo, sino al mundo como lo conocemos.
- Sí, ¿pero qué tiene que ver eso con nuestro Dios?
- Todo, sin lugar a dudas. Él fue quien insufló en tí el deseo de abandonar la Patria y emerger a la superficie, para que te llevaran a las oscuras profundidades, dónde estuviste más cerca que cualquier otro octariano de la sagrada ciudad de R'lyeh. Vos no te diste cuenta, porque la deidad obra sutilmente, pero escuchaste la llamada de Cthulhu, tal como hizo aquel humano, Lovecraft, hace tantos siglos ya, y que le permitió plasmar en papel todo lo que nuestro Dios quería que plasmara. Fue su llamado el que te condujo al Metro Abisal, el que te llevó a buscar la superficie y la libertad, todo para que pudieras destruir a ese mal nacido de Tartar y defender el mundo que él había moldeado para la gloria de los octarianos - Octo se quedó mirando fijamente en silencio y María debió percibir cierta incredulidad en su mirada, pues le dijo - Octo, linda, hay cosas para las que debes tener fé, pues la deidad obra muchas veces en modos misteriosos y sutiles y no todos pueden ver el suave mover de sus finos dedos.
- Pero vos sí puedes verlo, ¿no?
- Octo,yo soy una iniciada, algún día seré sacerdotisa, tengo la vista entrenada para ver, justamente, la intervención del Gran Cthulhu en el tejido mismo de la realidad y, en tu caso, se nota fuerte y claro.
Octo desvío la mirada, no estaba segura de que pensar, quería creer las palabras de aquella mujer, sentir que todo había sido un plan finamente ejecutado, dónde ella no hubiera sido más que un peón, eso descomprimiría su alma y haría de su culpa algo llevadero. Pero eso no era más que un subterfugio para evadir su responsabilidad, un engañarse a sí misma...
- María, quisiera creer lo que me cuentas - Finalmente dijo - Pero no soy menos culpable aunque esté dios hubiese manipulado mis pensamientos y mis acciones.
- No se trata de si eres menos culpable o no, tus pecados son tuyos y de nadie más, sino de que reconozcas que has obrado como el Gran Cthulhu quiso que lo hicieras; mira la verdad a la cara y acepta todo lo que has hecho sin temor ni medias tintas, solo entonces podrás perdonarte a tí misma y tendrás paz.
- Me dices todo esto y te lo agradezco, pero me hablas de nuestro dios y no puedo sentirlo como propio.
María pudo haberse indignado en ese momento y abandonado de un portazo la habitación, pero no quiso hacerlo, entendió que la amnesia le impedía conectar con su pueblo y que muchas cosas aún se le presentaban como extrañas, incluyendo la verdad.
En lugar del rechazo y la censura, optó por la tolerancia y la comprensión. Tomó a Octo por sus manos y está elevó nuevamente la mirada, quedando frente a frente.
- Octo, eres una octariana, lo sabes pero no lo sientes. Ha llegado el momento de que entres nuevamente en comunión con nuestro Dios y nuestro pueblo. Yo puedo ayudarte a conseguirlo, pero debes confiar en mis acciones y dejarte guiar por la fé. ¿Estás dispuesta a hacerlo?
Y tan fuerte era el aura que irradiaba esa chica, que Octo no pudo negarse.
- Estoy dispuesta a hacer lo que me digas.
- Entonces, quiero que hoy estudies ese libro que te he dado, léelo atentamente y estate lista para mañana, porque abriré tu mente y tus oídos para que escuches claramente la llamada del Gran Cthulhu.
2
Noche, tranquila noche, telón de sombras que cobija a la ciudad extensa, colonia de luciérnagas que se resiste a desaparecer. Hacía horas que los grillos dieron rienda suelta a la función sinfónica que les caracteriza y, en un solitario departamento, de los cientos que hay en aquella populosa urbe, una joven Octoling se sumía en la bella contemplación que trae aparejada la amena lectura.
Sentiase atrapada cada vez más conforme su mirada devoraba una a una las incesantes palabras y los secretos de los dioses se revelaban ante ella, aunque solo fuera en un sentido intelectual mas no emocional.
Aprendió de los Antiguos, mas no le quedó claro si Cthulhu era su semejante o solamente su sumo sacerdote. Aprendió de su forma inmaterial, capaz de ocupar un lugar en el cosmos, mas no comprendía cómo un ser podía existir en el plano físico sin un cuerpo de carne que le contuviere. Aprendió del terror y la locura que Cthulhu infringia en los hombres, mas no entendía como pudo ser retrasado (¿derrotado?) por uno de ellos.
Volvía a las antiguas páginas, ya leídas, una y otra vez, en busca de cualquier pista que diese un poco de luz sobre aquellos interrogantes formulados, pero lo único que consiguió fue el agotamiento mental fruto del esfuerzo.
Rindiéndose, dejó el pequeño libro a un lado y apoyó la cabeza sobre la almohada. Por primera vez en varios días, Morfeo la visitó a tiempo y con voz suave y tranquila, le susurró hermosas melodías que relajaron sus párpados y, aunque ella intentó resistir en vano ante tal maravilloso hechizo, pronto sus ojos se fueron cerrando, mientras las jóvenes preguntas se sucedían unas a otras, con una en particular que destacaba: ¿Qué contendrá aquel libro mencionado en la obra que hace poco había leído? ¿Qué misterios guarda?
Similares preguntas se hacía la Agente 3, cuando ingresó a la carpa del Dr. Jones. Era de noche, así prometían los relojes y el silencio profundo que sobre aquel campamento se cernía, pues en aquellas edificaciones subterráneas, todos los momentos del día son iguales.
- Dr. Jones - Dijo con tranquilidad absoluta.
- Agente, ¿qué le trae a estas horas a mi carpa? - El arqueológo parecía sorprendido. No esperaba recibir visitas y así lo sugería el escritorio que tenía adelante, dónde aquel intrigante libro y el curioso bajorrelieve descansaban.
- Solo el sueño que no llega, la necesidad de una conversación amena y el placer de compartir una botella - Mostrando al académico la tentadora aguardiente, lo que pareció relajarlo bastante.
- Bueno - Dijo con una sonrisa - Realmente me encontraba estudiando estos interesantes objetos - Señaló los mismos - Pero sería descortés negarle tan gentil ofrecimiento. Venga, acérquese, tome asiento, yo buscaré un par de vasos (desgracia, no tener un par de copas).
Y la Agente 3 obedeció con gusto, sentándose de frente al erudito, quien rápidamente trajo un par de sencillos vasos donde sirvió el espirituoso brebaje.
- ¿Y por qué brindamos? - Preguntó el arqueológo.
- Por esta expedición, que ojalá nos traiga un poco de gloria a todos.
- Puede apostar que así será - Respondió con una intensa risa.
Y bebieron rápidamente hasta el fondo. Acto seguido, la Agente 3 sirvió nuevamente los dos vasos y, en esta ocasión, fueron más pausados en el arte del buen beber.
- Sabe, Agente, realmente no me imaginaba que terminaría tomando un par de copas con usted.
- Me tomo mi deber muy en serio, Doctor. Pero siempre hay un momento en el día para relajar un poco y aprovechar unos buenos tragos que permitan conocer mejor a quién tantos días y tantas noches he acompañado.
- Totalmente de acuerdo - Y brindaron por segunda vez.
Así, con el regalo que el bello Dionisio entregó a los mortales, aquellos que pecaban de serios se fueron distendiendo y la melodía de la conversación amena y el estruendo de las risas sonoras se hicieron presentes.
De cuantos temas bellamente triviales conversaron, se contaron de sus vidas, sus anhelos, sus victorias y sus fracasos. Bromearon de como el amor por las discotecas y las noches eternas dió paso al dejarse deslumbrar por los bazares.
- A mi, todavía no me pasa - Acotó, jocosa, la Agente 3.
- Dale, ¿me vas a decir que no pasas frente a un bazar y te quedas mirando aunque sea un ratito? - La Agente 3 pensó bien en que responder, mientras el Dr. Jones hacía grandes esfuerzos por contener la risa.
- Quizás, pero solo un ratito - Y ambos estallaron en carcajadas.
- ¿No te digo yo? A medida que te acercas a los 30, te interesan más y más. Es ley y los boliches se acaban.
- Bueno, pero siempre nos quedarán los bares.
- Por supuesto, tampoco la pavada.
Y continuaron riendo, charlando y disfrutando y, por un momento, aquellas desvencijadas instalaciones fueron testigos de una bella amistad, corta, de una noche, pero amistad al fin.
Transcurrió un tiempo, ¿minutos? ¿horas? Quién sabe, a quién le importa. Los dos reían plácidamente y, poco a poco, fueron calmandose y, entonces, tras un breve silencio...
- Doctor...
- ¿Qué pasa, Agente?
- Le pregunto, por curiosidad, ¿qué es ese libro?
- ¿Por qué quieres saber?
- Solo curiosidad, ví que usted y su equipo se pusieron muy nerviosos cuando lo encontraron y, perdóneme, pero ver a inklings de ciencia asustados por un libro no me tranquiliza.
- No, obvio. Lo puedo entender, Agente. No tengo problema en contarle... Este libro es "El Necronomicón".
- ¿Necro, qué?
- Necronomicón. ¿Se acuerda que le conté de Cthulhu, el dios de los Octarianos?
- Sí, ese bajorrelieve, realmente me dejó anonadada.
- A mi también y este libro aún más. Verá, nuestros vecinos tienen un libro sagrado, "La Llamada de Cthulhu"... supuestamente es una narrativa de un humano llamado Lovecraft, quien describe todo lo que pudo averiguar de dicha deidad.
- ¿Pero el libro es verídico?
- Pensábamos que no, que fue escrito por Octarianos hace mucho, mucho tiempo y que después la fé le dotó de la mística que le rodea.
- Sin embargo, encontraron ese bajorrelieve.
- Es prueba que sugiere que los humanos tenían conciencia de Cthulhu y este libro - Dijo señalando "El Necronomicón" - Lo corrobora.
- ¿Por qué?
- En "La Llamada de Cthulhu" se lo menciona y los octarianos creen que el mismo les revelara cierto secretos sobre su deidad.
- ¿Por ejemplo?
- Por ejemplo, sobre el momento en que esta regrese a nuestro mundo para tomar venganza sobre nosotros.
- ¿Y usted cree que esto es una posibilidad? - El Dr. Jones río.
- No Agente. Admito que, al principio, me asusté, no entendía nada. Pero tras meditarlo, he llegado a hipótesis más lógicas.
- ¿Qué se le ocurrió?
- Bueno, lo evidente es que "La Llamada" sea un libro escrito por humanos, quizás por el propio Lovecraft. Los Octarianos descubrieron el mismo y lo tradujeron, pero guardaron el secreto de su hallazgo.
- ¿Por qué?
- Cuestiones religiosas, seguramente.
- ¿Y los Octarianos habrán encontrado también una copia de "El Necronomicón"?
- Hasta donde sé, nunca lo encontraron... En todo caso, quizás los humanos tenían un culto a Cthulhu, es sabido que adoraban muchos dioses o, quizás, se trate de una historia de ficción, a esa especie le encantaba crear historias, se divertían con las mismas. Los Octarianos solo tomaron lo que estos crearon e hicieron una religión en base a ello.
- Ya veo, eso me deja más tranquila.
- Descuide, Agente. He podido estudiar un poco "El Necronomicón" y las primeras impresiones no sugieren nada sobrenatural, nada se sale de lo que cabría esperar de la imaginación humana... Aunque el autor estaba bastante perturbado, sin duda.
- Aún así, supongo que es un gran hallazgo.
- Esto será el culmen de mi carrera, lo llevaré al Museo del Pargo, dónde podremos estudiarlo más a fondo, lo mismo por el bajorrelieve.
- Supongo que para los Octarianos, ese libro significa mucho.
- Sin duda, pero es propiedad del museo por derecho. Con gusto aceptaremos el apoyo de arqueólogos Octarianos, pero deberá quedarse en nuestro museo.
- Es ahí donde te equivocas, Doctor, ese libro no irá a ningún museo - Y rápidamente, el frío cañón de su rociador emergió de entre las sombras, apuntando amenazadoramente al Dr. Jones, quién no entendía que pasaba - Entregamelo.
- Pero... ¿se trata, acaso, de un chiste de mal gusto?
- ¿Tengo cara de estar bromeando? Ahora te pido que me entregues ese libro o lo tomaré por las malas.
El erudito se dió cuenta, con pavor, que aquella militar no mentía sobre sus pretensiones. Pudo notar como, detrás de ella, emergiendo desde la entrada de la carpa, inklings armados le apuntaban a su propia persona, dándole apoyo a ella.
Acto seguido, escuchó los altercados que se producían afuera; como su equipo, sin entender lo que ocurría, se veían impedidos de acercarse dónde él estaba, mientras eran increpados por los mismos inklings que, supuestamente, debían protegerlos.
- Arpía traicionera - Fue todo lo que le dijo a la Agente 3 y le entregó, a desgano, aquel libro diabólico.
- Solo actuo en nombre de mi deber.
- ¡¿Tu deber?! ¡Ese libro pertenece a todas las criaturas marinas! ¡Debe estar en un museo para ser estudiado en nombre de la ciencia!
- Eres tan necio y corto de miras como todos los científicos. Demasiado enfocados en su propio objeto de estudio que no pueden ver más allá. Destruirían el mismo tejido de la realidad con tal de descifrar unos pocos acertijos.
- ¿Qué quieres decir?
- ¿No te das cuenta que no estamos en los mejores términos con los Octarianos? Llevamos mucho tiempo negociando para llegar a un acuerdo que satisfaga a ambas partes, buscando evitar un conflicto armado, mientras sus ciudadanos continúan emigrando a nuestras tierras. ¿Y a vos se te ocurre llevar un libro sagrado para ellos a un museo, de modo que lo puedan estudiar inklings como nosotros y que ellos solamente puedan venir a visitarlo? ¿Vos te pensas que se lo van a tomar bien? Porque yo, no.
- Terminará guardado en un depósito en una base militar, juntando polvo, un desperdicio.
- Mejor eso que la guerra.
- Tú vives de la guerra, no te hagas la patriota, que muy elevadas parecen las excusas que pones para justificar tus acciones, cuando ambos sabemos que ese libro será explotado por generales corruptos y políticos necios, no van a salvar a nadie, solo buscarán su propio beneficio.
- Entrégame también el bajorrelieve - Dijo la Agente 3, ignorando las acusaciones del arqueológo.
- Es tuyo, disfruta entregando tan bellos tesoros a fines egoístas y espurios - Pero la agente 3 no atendió a tan venenosas palabras, sino que dió media vuelta y entregó las reliquias a uno de sus subordinados.
- Llévalos a la superficie y vos, acompañalo, tomen la ruta más rápida a la superficie. Díganle al Capitán Jibion que esos objetos son tema de seguridad nacional.
Los soldados obedecieron sin reclamos y marcharon rumbo a la superficie.
- ¿Sabes? - Habló el académico - Realmente pensé, por un segundo, que entre nosotros se forjaba una incipiente amistad, pero has resultado ser una simple traidora. Ojalá la cosmovisión de aquellos humanos que se hacían llamar cristianos fuera cierta, pues la traición era para ellos el peor de los pecados, entonces te aguardaría un dolor eterno como justo castigo.
- Dile a tus cristianos que, por evitar la traición y mantenerme fiel a mis principios, ya he sufrido bastante dolor que se aproxima a lo eterno. No soy yo quien ha traicionado aquí, Doctor, sino Romy, de la que sin duda eres muy amigo - El académico guardó silencio - Pero no te preocupes, me trae sin cuidado si robas ciertos artefactos para ella, mientras no supongan un riesgo para Cromopolis. Haz lo que quieras, hurta mientras me juzgas hipócritamente, la verdad me importa una mierda.
Y se retiró de aquella carpa, seguida por los suyos, mientras el devastado Doctor se consternaba en silencio.
3
El siguiente día transcurrió con cierta normalidad, la espera por aquella octoling que le ayudaría a conectar con la deidad que venera su pueblo fue suficiente para sacarla del letargo al que había estado sometida en los últimos días.
Levantose temprano, se asió cómo es debido y desayunó tranquilamente. El timbre no sonó. Limpió la vajilla, barrió el piso y pasó el trapo. El timbre no sonó. Procedió con la limpieza del baño, los vidrios y la alacena. El timbre no sonó. Sacó la basura, tendió la cama, lavó, tendió y planchó la ropa. El timbre no sonó. Sintió el hambre, cocinó, almorzó y la vajilla nuevamente limpió. El timbre no sonó. Volvió a leer aquel libro prestado, atentamente lo estudió. El timbre no sonó. Miró la hora, se impacientó, a María mensajeó y, al rato, esta le respondió: "Voy a la noche", en cinco idiomas la puteó, pero se calmó y, por supuesto, el timbre no sonó.
Y continuó sin sonar, hasta bien entrada la noche, cuando María finalmente llegó. Se saludaron y esta le preguntó por el baño.
- Por el pasillo, frente a la habitación.
- Gracias, dame unos minutos que preparo todo.
Y esperó y por varios minutos lo hizo y se preguntó si por "preparar todo" se refería a evacuar los intestinos. ¿Sería algún tipo de purificación exigida por su díos? ¿O solo un llamado de la naturaleza?
Esas eran las preguntas que se hacía y tal fue su extrañeza cuando María le avisó que estaba todo listo y que por favor entrara al baño.
Esto, por su puesto, la preocupó sobremanera, pero siendo una altamente entrenada y experimentada militar, tenía siempre a mano el equipo necesario para hacer frente a toda adversidad que tuviera delante; por lo que, abriendo un cajón, sacó del mismo un desodorante de ambiente y estando armada únicamente con el dulzor de la lavanda, entró a aquél terreno inexplorado.
No estaba preparada para lo que allí encontró. La primer bofetada a sus sentidos, por supuesto, vino del olfato, al ser inundada su nariz con tan intenso aroma, aunque no fuera el que esperaba, ya que se trataba de un olor fino y agradable proveniente de las decenas de velas aromáticas que cubrían la escena y cuya luminiscencia hacían innecesarias las luces eléctricas, las cuales estaban apagadas.
Las pequeñas llamas repartidas aquí y allá provocaban un cúmulo de sombras danzantes, que daban un aire místico a aquél ordinario lugar.
Al lado de la bañera se encontraba María, quien se había cambiado de vestimentas, llevando ahora un ropaje llamativamente singular, holgado y ornamentado, no se parecía a nada que Octo hubiera visto jamás (o al menos no recordaba haberlo hecho). Se trataba, sin lugar a dudas, de un atuendo religioso, requerido para realizar sacras ceremonias en honor de aquellos seres que escapan a toda comprensión y cuyo poder empequeñece al más dotado de los nuestros.
- Octo, ¿estás lista?
- Creería que sí.
- ¿Que tienes en la mano? - Octo, en ese entonces, recordó lo que llevaba.
- Un... Desodorante de ambiente.
- ¿Y para qué lo trajiste? - No tuvo el valor para responderle - Vamos, déjalo por ahí y acércate, debes prepararte.
Así lo hizo, deshaciéndose del mismo y acercándose dónde ella se encontraba.
- María, estuve leyendo el libro y tengo algunas...
- Calla, Octo, no es momento para la duda, sino para la fé. Si hay algo que no te ha quedado claro, eso se debe a qué no eres una iniciada y te falta la revelación que te ilumine en el estudio de las santas escrituras. Por eso estoy yo aquí, para guiarte en el camino a la verdad, pero requiero que en mí confíes y, sobre todo, que tengas fé, fé en el Gran Cthulhu, que no dudes ni de su poder ni de su voluntad. ¿Estás dispuesta a confiar y a tener fé, Octo?
- Estoy completamente dispuesta - María sonrió con gusto.
- Entonces déjame ponerte estos - y le colocó unos audífonos inalambricos, uno en cada oreja - Ahora, así como el Gran Cthulhu permaneció sumergido por tantos milenios en la angulosa R'lyeh, bajo frías y oscuras aguas, así debes hacerlo tú para encontrarlo; pero siendo que hace tanto nuestra especie abandonó el lecho marino, hasta el punto que el exceso de agua nos resulta hostil, es preciso emular a la gloria eterna sumergiendonos en nuestro propio elemento.
Entonces Octo miró a la bañera, llena de tinta y comprendió a lo que María se estaba refiriendo.
"Confía, ten fé" se dijo a sí misma y se sumergió en la bañera, cuidándose de mantener su forma humanoide.
Un potente frío recorrió su cuerpo en la medida que se hundía más y más en la helada tinta, hasta que esta le cubrió por completo. Entonces, todo se oscureció y los audífonos se encendieron; un rítmico sonido, semejante a un golpeteo, se hizo presente. El tempo se fue acelerando, el ritmo fue variando, Octo descubrió que se trataba de música electrónica, la pieza artística por excelencia que caracterizaba a su especie.
Mantuvo la concentración en aquella sucesión de notas, mientras podía escuchar, de fondo, a lo lejos, la voz de María, repitiendo una y otra vez palabras incomprensibles, en un idioma extraño, de las que solo pudo captar claramente "Cthulhu" y "fhtagn", comprendiendo entonces lo que esta recitaba.
Pronto, las repetitivas notas se fueron acelerando, cada vez más rápido y, junto a ellas, lo hizo su propio ser, jalado hacia abajo, más allá de lo que podría haber imaginado, hasta encontrarse en las oscuras aguas cercanas al fondo marino.
La música descubrió un ritmo misterioso, que alimentó su curiosidad y la llevó a explorar aquellos parajes nunca antes visitados, hasta que pudo escuchar, dentro de la melodía y fuera de esta, una respiración potente, una voz aguda, gutural, que la llamaba y, aunque esta parecía venir de todos lados, supo hacia donde debía dirigirse.
Nadando incansablemente, llegó a la entrada de una gran urbe, con una geometría sin igual, confusa, incomprensible, dónde todo parecía estar amontonado y ordenado a la vez, dónde el arriba y el abajo se confundían y dónde no era posible mantener la perspectiva, pues aquello que en un momento parecía estar a su derecha, pronto se descubría a su izquierda y, finalmente, en su frente.
Recordó, entonces, las palabras de María y el mensaje que aquel libro le había brindado. Extraños ángulos; no cabía duda, aquella era la ciudad de R'lyeh.
Continuó con su trayecto, ahora caminando, con dificultad inusitada, chocando y trastabillando, engañada una y otra vez por aquellos ángulos que no se comportaban como cabría esperar que lo harían, hasta que finalmente pudo llegar a un imponente monolito sobre el cual se erigía una puerta de piedra, en la cual descansaba la imagen de un pulpo con alas de dragón, el Gran Cthulhu, su Dios.
Aunque no podía determinar con seguridad la posición de aquella puerta, inclinada o en horizontal, tal como, según hubo leído, les ocurrió a los desdichados marineros milenios atrás, un hasta entonces ignorado conocimiento, casi instintivo, le permitió realizar los movimientos correctos para abrir el gran portón; el cual se apartó de su camino en dirección diagonal, revelando una poderosa oscuridad en la cual entró sin dudar.
Toda preocupación se desvaneció de pronto, nada podía ver y, aún así, todo le parecía tan claro. La dicha eterna y la verdad le rodeaban, nada importaba ya, por fin estaba completa, por fin era una con la deidad, con Cthulhu, el santo Padre; y ella, una octariana, la hija que con él debía estar.
Pero entonces, el rítmico sonido que hasta entonces escuchaba cambió y dió paso a una canción pagana que había escuchado últimamente en una recurrente pesadilla y al compaz de tan inesperada melodía, se vió a sí misma expulsada de la dicha divina y ubicada otra vez en aquel maldito cuadrilátero dónde una impiadosa Agente 3 le presentó batalla.
Diestra como siempre, casi imparable, la tuvo contra las cuerdas unas cuantas veces y, aún así, logró salir airosa en todas aquellas ocasiones, hasta llegar al momento de los clavados, cuando el cuadrilátero se llenaba de tinta enemiga y no podía moverse con soltura. En ese momento, las cosas se pusieron verdaderamente difíciles y, aún así, sintió que estuvo cerca de vencerla; pero el destino es caprichoso y, con un solo tropiezo, un error minúsculo, fue la Agente 3 quién volvió a salir victoriosa.
Pensó que iba a rematarla, creyó decir unas palabras pero, si alguien le preguntara, diría que no podía recordarlas... pero la Agente 3 se tardaba, le apuntaba, pero se tardaba; podía ver el ojo negro que podía acabarla, podía sentir a la tinta a presión salir por dicha abertura, podía sentir a la muerte soplandole en la nuca...
- ¡NO! - Gritó, saliendo rápidamente de la tinta; se encontraba en la bañera y podía ver a María a su lado, preocupada, intentando calmarla.
4
La Agente 3 también se encontraba aterrada, sudando frío, en su cama. Había tenido otra vez aquella pesadilla, dónde se veía a sí misma batallando con Octo, derrotandola y esta pidiendo clemencia.
Dudaba, ¡¿Por qué dudaba?! ¡¿No era acaso su amiga?! Estaba segura que, finalmente hubiera tomado la decisión correcta si no fuera porque, justo en ese momento, por casualidad, levantó la vista y entonces la vio, impotente, amenazante, maligna, aquella entidad perversa que estaba presente en el bajorrelieve de arcilla, observandole amenazadoramente, mientras batía sus alas de dragón.
- Cálmate, por favor, cálmate - Se dijo así misma - Fue una horrible pesadilla, nada más.
Y lo mejor fuera convencerse de ello, antes de aceptar lo visto como real y enfrentar las trágicas consecuencias que eso implicaría.
Afortunadamente, no tuvo tiempo para divagar más sobre aquello, pues se vió asaltada por un extraño ruido, un sonido seco, que no debería estar allí.
Tomó su rociador y con valentía salió de la carpa. De acuerdo a los relojes, era pasada medianoche, la hora más oscura, donde aquél viejo andén se transformaba en una enorme cripta cuyos habitantes no debían ser perturbados.
¿Dónde estaban los guardias? ¿Por qué no había cundido la alarma ante semejante ruido, tan audible? En lugar de ello, aquel lugar se veía solitario, sepulcralmente solitario. Solo eran ella y el causante de aquel sonido.
Fue hacia el extremo del andén desde el cual, estaba segura, aquél estrépito había tenido lugar.
Creyó ver algo frente a los casilleros, estaba segura de que allí había algo o alguien. Se acercó lentamente, intentando no llamar la atención y, cuando estuvo lo bastante cerca de aquella silueta...
- ¡Manos arriba! ¡Identifíquese!
Pero aquel incógnito ser no obedeció y la Agente 3 abrió fuego sin dudarlo. Todo fue muy rápido, creyó ver una piel verde y unos tentáculos azulados, mas no pudo captar mayor detalle, pues esta sombra escapó sin mediar palabra, adentrándose en la negra sombra de los extensos túneles del Metro Abisal.
Alertados por aquella escaramuza, los guardias finalmente hicieron acto de presencia.
- ¡Agente 3, señora! ¿Qué ocurre?
- ¡Ocurre que teníamos a un sospechoso en las cercanías de nuestra base y debí enfrentarlo yo sola! ¡¿Dónde carajo estaban?! - Uno de los soldados, con extrañeza pero sin perder el respeto, le respondió.
- Estábamos manteniendo nuestra guardia, señora, en el lugar que usted nos asignó.
- ¡¿Y no se les ocurrió venir a investigar que era ese sonido?!
- No escuchamos nada, señora.
- No debes ser tan dura con ellos, Agente 3. Fue un único y singular golpe y, posiblemente, lo pudiste escuchar gracias a tu posición relativa.
Todos voltearon hacia la voz que les hablaba, desconocida para ellos; y allí estaba, un pequeño ser azulado, de cuerpo pequeño y gelatinoso.
- ¿Quién eres?
- Mi nombre es Pepin, trabajo para Pastec, revisando que todo pasajero del Metro Abisal tenga su respectivo boleto. 10.008, tu amiga, me conoce bien.
- ¿10.008? ¿Te refieres a Octo?
- ¿Con que así la llaman? Que curioso. En todo caso, quisiera pedirte que mandaras a tus tropas de vuelta a sus puestos, quisiera conversar contigo en privado.
Realmente, aquella criatura que, a todas luces, era un pepino de mar, no le parecía peligrosa en absoluto, por lo que accedió a sus pedidos y, con una seña, envío a sus soldados de vuelta para la base.
- Gracias - Le dijo Pepin, acercándose a ella - Tuviste un verdadero altercado aquí.
- ¿Quién era?
- ¿La persona a la que disparate? Su nombre (artístico, supongo) es Dedf1sh, una octariana sanitizada. En vida, tengo entendido, fue una DJ. Algo de su esencia ha quedado desde entonces y aún compone temas musicales que suelen sonar por aquí.
- ¿Qué buscaba una sanitizada en nuestra base? Pensé que no tenían voluntad. ¿Pastec se lo ordenó?
- No creo, las cosas han ido muy mal desde "el incidente". De todos modos, aunque no tengan voluntad, todavía repiten ciertos comportamientos que tenían en vida.
- Como componer música.
- Correcto y, también, anhelar objetos que perciben como propios.
- ¿Eso es lo que buscaba en los casilleros? ¿Hay algo de ella ahí?
- No exactamente...
- Mira, Pepin - Suspiró - Quizás es algo que has aprendido tras tantos años de llevar a gente inocente a la tumba, pero tus evasivas me están cansando, dime lo que quieres decirme sin rodeos o me voy ya mismo... y vos también.
No había rostro en el azulado cuerpo del pepino marino que le hubiese permitido, a la Agente 3, leer emocionalidad alguna, pero por la pequeña pausa que este había tomado, supuso que se tomaba en serio sus amenazas.
- Discúlpame - Dijo finalmente - Es la costumbre. No hay nada en esos casilleros que pertenezca a Dedf1sh, pero ella ha estado vigilando sus pasos; como exploran nuestras instalaciones y como han tomado preciados tesoros, tesoros tan sagrados para su pueblo, que es normal que los considere como propios.
- El Necronomicón...
- Y el bajorrelieve con la imagen de su dios. Tras años de trabajo, he aprendido algunas cosas de la cultura octariana, puedes apostarlo.
- ¿Sabías de esas cosas? ¿Pastec se las robó a algún Octariano secuestrado?
- Hasta donde sé, siempre estuvieron ahí, pero nunca me llamaron mucho la atención.
- ¿Y qué buscaba ella en los casilleros? ¿No vió, acaso, cuando mis subalternos se las llevaron a la superficie?
- Ah, lo hizo y puede que sea tarde para recuperarlos. Pero seguramente ella quiso prevenir que tomaran más preciados tesoros.
- ¿Qué tesoros guardan estos casilleros?
- Estos, y muchos otros repartidos por todo el subterráneo, guardan los objetos que los miles de sujetos de prueba llevaban consigo... como tu amiga, 10.008.
La sorpresa se dibujó en las facciones de la Agente 3.
- ¿Estás sugiriendo que aquí se encuentran objetos que pertenecen a Octo?
- Exactamente y tú, agente, tienes la llave maestra que abre todos ellos.
La Agente 3 recordó el pequeño objeto que había tomado. Buscó dentro de su bolsillo y lo reveló para que su interlocutor pudiera observarlo, pequeño y brillante.
- Esa es... Aunque antigua, la habitación donde la encontraste era utilizada, pues es dónde me tomaba mis descansos y dónde dejaba la llave que tienes en tus manos, para prevenir perderla (que curioso, por dejarla allí, terminó ocurriendo de todos modos). Ahora puedes, si quieres, abrir el casillero correspondiente y tomar lo de tu amiga, pero esos simpáticos arqueológos y, posiblemente, tus superiores, pondrán reparos a tus deseos de llevarte algo de estas instalaciones para dárselo a otra persona que no sean ellos mismos. Quizás, lo conveniente, sería que trajeras a 10.008 aquí, cuando toda esta expedición haya terminado y el andén vuelva a ser un lugar tranquilo, para que ella misma pueda retirar lo que le es propio.
- ¿Y si Dedf1sh u otro sanitizado volviera a intentar abrirlos? ¿O si al Dr. Jones y su gente se les ocurriese hacer lo mismo?
- Los primeros no podrán, los casilleros están reforzados y, los segundos, si tuvieran interés, ya lo hubieran intentado... Fíjate bien, ¿te parece que pudieran ser dignos de la atención de un arqueológo?
Y la Agente 3, entonces, observó a los mencionados casilleros, ahora con un mayor interés y los notó impactantemente limpios, relucientes en comparación con todo lo que les rodeaba y comprendió que el aura de modernidad que emanaban era lo suficiente como para extinguir la curiosidad científica de todo cazador de tesoros lo bastante pomposo como para preferir un término mucho más erudito y respetuoso.
- ¿Entonces? - Preguntó Pepin - ¿qué vas a hacer?
- Volveré con mi amiga cuando las aguas sean más calmas - Y revisó su celular, aún sin respuestas, mientras pensaba en la única persona en la superficie en la que podía pensar.
5
En tanto, aquella persona se encontraba sentada en su sofá, aún temblando. Tomó con gusto la taza de chocolate caliente que María le ofrecía y bebió de un sorbo todo su espeso contenido.
El calor reptante que se deslizaba por su garganta y esófago, para encontrar reposo, finalmente, en lo profundo de su estómago, dió el resultado esperado, calmando un poco sus ánimos.
- ¿Estás mejor? - Le preguntó su acompañante.
- Sí, gracias.
- Octo, no quiero apurarte, si no estás lista, puedes no contarmelo, ¿pero qué viste que te aterró tanto?
- Lo ví todo, María, todo lo que me habías comentado, todo lo que había leído, ví la ciudad sumergida, con sus extraños ángulos alzándose desde el lecho Marino, el verduzco monolito, imponente y majestuoso y la sacra puerta que se abre en una dirección que aparentaba ser diagonal. Entonces ingresé a la negra oscuridad y aunque nada podía ver, todo percibí, fui una con el Gran Cthulhu, nuestro Dios y, entonces, fuí verdaderamente felíz... Pero me ví cruelmente expulsada de la gloria eterna para revivir una terrible pesadilla, una pesadilla que me persigue, que me atormenta, que no me deja en paz.
- ¿Qué pesadilla, Octo?
Y se lo contó; con lujo de detalles se lo contó; de la música, la plataforma, el combate extenuante y la derrota invariante, seguidas por las dudas de una Agente 3 que hasta entonces le había tratado como enemiga. María escuchó atentamente todo aquello y entonces exclamó:
- Octo, quiero que entiendas que el Gran Cthulhu te ha mostrado el camino a la gloriosa R'lyeh y te ha permitido el acceso a su sagrada cámara, para que pudieras entrar en comunión con él. La Divinidad ha perdonado tus pecados y te ha aceptado nuevamente en su seno.
- ¿Entonces por qué me ví expulsada del mismo?
- Porque aunque el Dios Todopoderoso te ha perdonado, Octo, eres tú quien todavía no ha podido hacerlo. Es esa culpa que te oprime el corazón la que te aparta de la Verdad y se relaciona con un conflicto interno que debes resolver.
- ¿Qué clase de conflicto?
- Eres una octariana, buscas recordar tus orígenes, conectar con tu Dios, con tu pueblo, redimirte de tu traición y, sin embargo, continúas codiandote con los inklings, con La Familia, con el Escuadrón y con la Agente 3, nuestros enemigos.
- No me gusta lo que estás queriendo decir, María, pero te digo algo: Prefiero vivir atormentada por la culpa antes que dejar de verla a ella.
Quizás aquella joven hubiera mostrado en el pasado cierta desconfianza y cierta falta de fé, pero era la primera vez desde que entabló conversación con ella que esta había mostrado una negativa tan fuerte y decidida.
Puede que haya sido por ello que, a pesar de que Octo había malinterpretado lo que quiso decirle, quedó descolocada y le tomó un par de segundos retomar el hilo de la conversación.
- Octo - Dijo finalmente, pudiendo articular palabra - No estoy sugiriendo que dejes de ver a la Agente 3, entiendo que seas su amiga y que la quieras. Perdóname si entendiste eso.
- Está bien, te perdono - Le respondió, calmando los ánimos - ¿Que querías decir entonces?
- Mira, es evidente que tenés un dilema interno respecto al lugar que ocupas como una octariana amiga de los inklings. No quiero decir con esto que debas enemistarte con ellos, después de todo, en tu sueño la Agente 3 termina dudando en aniquilarte, es capaz de verte como persona. Pero aún así, debes pensar que posición deseas ocupar entre ellos y nosotros, porque por un lado deseas su amistad, al menos de la Agente 3; pero por el otro, la culpa por la traición te carcome y, aunque no lo quieras aceptar, ser parte del Escuadrón, codearte y hacer tratos con La Familia, te pone en una situación que, tarde o temprano, te llevará a la necesidad de traicionarlos a ellos o, nuevamente, a nosotros. Te lo repito, no quiero decir con esto que debes elegir uno u otro bando, quizás haya una tercera opción, pero fíjate cómo querés situarte entre ambos; de lo contrario, el riesgo de pecar nuevamente de traición se mantendrá patente y tu culpa no te dejará en paz - Calló una vez hubo terminado su discurso, mas la joven Octoling permanecía en silencio, desviando la mirada hacia la pared del fondo - Octo, ¿entendés lo que tenés que hacer?
- Sí... - Respondió al fin - Pensaré que lugar quiero tomar, buscaré conocerme a mí misma para lograrlo.
Y ella, con gran gentileza que enternece al corazón, tomó sus manos y mirándola fijamente a los ojos, le dijo:
- Y Olí y yo estaremos ahí para ayudarte, no importa cuál sea la respuesta a la que llegues. No lo olvides, en esta inmensa y hostil ciudad, nosotras siempre velaremos por tí.
- Gracias, María, aprecio todo lo que han hecho por mí, de verdad - Y se abrazaron fraternalmente.
- Ahora, quiero que descanses, es tarde y has pasado por mucho. Mañana ya será otro día.
- Lo haré...
Y con esto, todo había terminado. María no tenía nada más que hacer en esa jornada, solamente cambiarse de ropas, tomar todo lo que era suyo y despedirse apropiadamente... y así lo hizo.
Cuando hubo partido y Octo se encontró nuevamente con su soledad, mas con el ánimo recobrado y el espíritu envalentonado, pensó en todo lo que había dicho, vivido y escuchado; entonces tomó su celular y, dándose cuenta de su error, comenzó a pulsar las teclas carentes de relieve.
Y fue poco después de eso que, en un lugar profundo y oscuro, una pensativa Agente 3, atormentada por el insomnio, escuchó el ansiado aviso, tomando el pequeño celular ipso facto y leyendo en la etérea pantalla el escueto pero cálido mensaje:
Hola, Bebu, estoy bien. Perdona no te haya respondido, he pasado por mucho y aún tengo que pensar muchas cosas. Te quiero. Besos.
Y con esas palabras, se le conmovió corazón:
Yo también te quiero, cuando quieras, hablamos.
Escribió, pudiendo finalmente descansar en paz.
CONTINUARÁ...
