Capítulo 34: Paz en medio de la oscuridad
I'd rather be a lover than a fighter,
'Cause all my life, I've been fighting
Never felt a feeling of comfort,
And all this time, I've been hiding
And I never had someone to call my own,
I'm so used to sharing
Love only left me alone
But I'm at one with the silence.
I found peace in your violence
Can't tell me there's no point in trying
I'm at one, and I've been quiet for too long.
(Prefiero ser un amante que un luchador,
Porque toda mi vida, he estado luchando.
Nunca sentí un sentimiento de comodidad,
Y todo este tiempo, me he estado escondiendo.
Y nunca tuve a alguien a quien llamar mío,
Estoy tan acostumbrado a compartir
El amor solamente me dejó solo
Pero soy uno con el silencio.
Encontré la paz en tu violencia
No puedes decirme que no tiene sentido intentarlo.
Estoy en armonía, y he estado callado por mucho tiempo.)
Marshmello, Khalid – Silence
El pasadizo que conectaba la Casa de los Gritos con el castillo de Hogwarts había sido construido generaciones atrás, y aunque los rumores en torno a la casa embrujada eran múltiples, nadie sabía bien qué había sucedido allí. Hacía ya mucho tiempo que no se escuchaba a los fantasmas aullar por las noches, pero la Casa de los Gritos seguía siendo un lugar tabú entre los habitantes de Hogsmeade, y un motivo de aventurera excursión para los alumnos de Hogwarts.
Amadeus nunca había entendido el atractivo. Para él, era evidente que aquella casona destartalada se encontraba deshabitada, y de haber fantasmas peligrosos allí, las autoridades habrían tomado cartas en el asunto. Pero Amadeus nunca había sido como el resto de los chicos. Siempre había visto el mundo con otros ojos, unos más analíticos y menos creativos. Lo que atraía a la mayoría de los adolescentes era aburrido para Amadeus. Y lo que atraía a Relish habría asustado al resto de su generación.
Así que cuando Lily le comentó la existencia de ese túnel secreto, Relish lo consideró su mejor opción. El terror que inspiraba la Casa de los Gritos significaba que no habría testigos en la cercanía cuando él se introdujera sigilosamente en el pueblo durante la noche.
Albus había inspirado un terror abismal en los estudiantes que traficaban con pociones en Hogwarts, haciendo prácticamente imposible que Amadeus pusiese comprar lo que Lily necesitaba para controlar sus visiones. Fabricar sus propias pociones era la mejor alternativa, pero incluso conseguir los ingredientes necesarios se había complicado ahora que el Ministerio de Magia había limitado las fronteras del país, en un desesperado intento por atrapar a Harry Potter.
Como era de esperar, Lily había vuelto a presionar con la poción potenciadora para sus visiones, más convencida que nunca que allí encontraría una forma de ayudar a su padre. Amadeus no había sabido cómo disuadirla de lo contrario. No había encontrado argumentos con los que contradecir su lógica. Nunca antes había visto a alguien como ella. Un poder como el que Lily poseía solo existía en los libros. Era imposible dimensionar el impacto que un don como ese podía tener si lograba dominarse. El futuro de todos ellos nunca volvería a ser el mismo. Amadeus y Lily tenían la oportunidad de hacer historia. El abanico de posibilidades era infinito.
Pero para eso, necesitaban los hongos somníferos. La cosecha de Hogwarts había quedado destruida durante su último intento por de hacerse con ellos. Relish había agotado todos sus proveedores intentando conseguir una nueva tanda. No lo había logrado.
Así que había decidido ir personalmente en busca ayuda.
Por supuesto que Lily había insistido con acompañarlo. Por supuesto que Amadeus había rechazado la propuesta con un no rotundo. Era imposible que Lily Luna Potter pasara desapercibida en un lugar. En cambio, él llevaba una vida perfeccionando el arte de ser ignorado por el mundo. Había aprendido a muy temprana edad a difuminarse entre las multitudes, a retraerse a las sombras y pasar inadvertido. Era un instinto de supervivencia para Amadeus, algo que le salía más natural que sonreír o establecer conversaciones educadas y banales con las personas.
Así que la última noche en Hogwarts, mientras el colegio se sumergía en la locura de armar sus equipajes y despedirse de sus amigos, Amadeus desapareció sin que nadie notara su ausencia. El camino hasta la casa de los Gritos se le hizo sencillo, salvando el detalle del sauce boxeador que estratégicamente habían colocado sobre la entrada. A partir de allí, no era más que un túnel bajo, húmedo y oscuro, que le recordaba un poco a las mazmorras donde se dictaba pociones.
Como era de esperarse, la Casa de los Gritos estaba vacía. No había fantasmas allí, y más importante, no había humanos. Nadie que pudiese reconocer a un muchachito delgado y de aspecto nervioso paseándose por donde no debía. Amadeus se ajustó la capucha de su capa negra ocultando su rostro antes de salir de la casa y encarar hacia el pueblo.
Recorrió a paso veloz las callejuelas de Hogsmeade hasta llegar a su objetivo. La puerta del local se encontraba trabada y un cartel sobre su cristal frontal indicaba que ya habían cerrado. Pero Amadeus golpeó de todas formas.
Reconoció a una figura avanzando con parsimonia desde el otro lado. La mujer se asomó por el vidrio, observándolo con el ceño levemente fruncido. Amadeus se bajó la capucha para que pudiera reconocerlo. Detectó el momento exacto en que Dakota Davis lo identificó, porque sus ojos se dilataron y su rostro se suavizó.
—Necesito su ayuda —confesó Amadeus, contemplándola desde el otro lado del cristal, expectante.
La puerta de la biblioteca de Alejandría se abrió y Dakota se hizo a un lado para dejarlo pasar.
El expreso de Hogwarts avanzaba a un ritmo constante, una serpiente escarlata que zigzagueaba entre los Tierras Altas, haciendo su camino de descenso hacia Londres.
Lysander inspiró profundamente, succionando todo el aire que era capaz de introducir en sus pulmones, y lo soltó de a poco. Estaba reclinado sobre la barandilla del último vagón, el viento revoloteándole el cabello crecido, su mirada perdida en la distancia, allí donde creía que se ocultaba Hogwarts.
Escuchó el sonido de la puerta detrás de él al abrirse, y se preparó para encontrarse con Eli, o talvez Albus… o cualquiera de sus amigos, en realidad. Después de todo, se había excusado en que necesitaba un poco de aire para poder estar un tiempo a solas, y no había regresado desde entonces.
Pero no era ninguno de sus ellos.
—Lo siento, no sabía que tú estabas aquí… —masculló Keith, rascándose nerviosamente la nuca y evitando de manera intencional el contacto visual.
—Ya me iba —mintió Lysander, despegándose de la barandilla.
—Puedes quedarte —sugirió Keith, atolondrándose con las palabras antes de que Lysander saliera por la puerta—. Quiero decir… Hay lugar para ambos.
Lysander no respondió, pero regresó a lugar de antes. Silenciosamente, Keith apoyó las manos sobre la baranda junto a él, y durante los siguientes minutos, permanecieron allí sin hacer o decir nada.
Las manos de ambos estaban tan cerca que habría bastado con que Lysander moviese tan solo unos centímetros su dedo meñique para que se tocaran. Ansiaba ese contacto, ansiaba enrollar sus manos y sujetarlo con fuerza, sentir el calor reconfortante de Keith junto a él. Pero era un espejismo, porque la distancia entre ellos seguía siendo inmensa.
—¿Volverás a tu casa en Ottery? —preguntó repentinamente Nox. Lysander suspiró.
—No creo que ese lugar siga siendo mi casa —confesó Scamander. Era un sentimiento que lo había asaltado tan pronto como había dejado Hogwarts: la sensación de que su hogar ya no existía, no sin su familia—. Mi hermano ha decidido viajar a Alemania, así que pasaré el verano en la casa de Rose y Hugo.
—Oh —balbuceó Keith, lanzándole una mirada de reojo—. ¿No viajarás con él? —inquirió tras una breve vacilación, la sorpresa evidente en su tono. Una sonrisa triste apareció en la boca de Scamander.
—El Ministerio de Magia ha bloqueado todas las fronteras. Nadie entra o sale del país, ¿recuerdas? —comentó con cierta amargura. Keith se removió incómodo en su lugar, su mirada enfocándose nuevamente en el horizonte—. Lorcan planea conseguir una autorización como corresponsal de guerra, pero no cree que le concedan otra para mi… De todas formas, dice que es más seguro que me quede aquí.
—Tu hermano tiene razón —coincidió Keith—. ¿No has leído las últimas noticias? Alemania ha entrado en la Guerra de la Frontera… Dicen que Berlín caerá en breve.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Lysander súbitamente.
—¿Cuánto tiempo hasta que caiga la ciudad? —se desorientó Nox. Lysander giró a mirarlo, sus ojos azules posándose con intensidad sobre él.
—¿Por cuánto tiempo crees que estaremos a salvo aquí? —repitió Scamander.
Sus palabras no habían sido pronunciadas con ánimos de desafío, y sin embargo… El aire entre ellos se volvió espeso y difícil de respirar, la tensión emanando entre ambos. Esta vez, Keith no desvió la mirada.
—Supongo que no estás de acuerdo con las últimas decisiones por parte del gobierno —barajó el chico de Hufflepuff de forma sumamente diplomática. Pero el tono en que lo dijo se escuchó mucho más distante que antes.
—¿Y tú si? —inquirió Scamander, arqueando las cejas.
Todavía le costaba aceptar que el muchacho tímido y gentil del que se había enamorado alguna vez se hubiese convertido en un hombre sediento de venganza. Necesitaba creer que todavía resistía dentro de él esa dulce humanidad que lo había maravillado. Que su inocente moralidad no se había torcido de forma irreparable. Que debajo de toda ese dolor que lo envolvía, aún existía una noción sobre lo que era correcto. La capacidad para diferenciar el bien y el mal. La paz y la guerra.
—Entiendo que tu familia se ha visto perjudicada en el último tiempo y eso dificulta tu capacidad de mirar los hechos con objetividad… —comenzó a decir su ex pareja, con una fría seriedad que dejó a Lysander entumecido.
—¿Perjudicada? ¿En serio, Keith? —lo interrumpió, atónito.
—… Pero debes verlo como una oportunidad para progresar como sociedad —continuó Keith, ignorando la interrupción. El discurso se escuchó forzado en sus labios, como alguien que repite algo que ha escuchado tantas veces que ha terminado por aceptarlo como verdad.
—¿Progresar cómo? —seguía presionándolo Lysander, abrumado por lo que estaba escuchando.
—Mediante un nuevo gobierno, Lysan. Uno que priorice los intereses de los magos y nuestra libertad —la voz de Keith tembló con la emoción de una perspectiva que Lysander encontraba escalofriante.
—Y cuando tengas esa libertad que tanto deseas, ¿qué harás con ella, Keith? ¿Volverás a tu pueblo a buscar a los muggles que te lastimaron? —no pudo esconder la tristeza y la decepción de su voz. Keith reaccionó retrocediendo y adquiriendo una expresión instintivamente defensiva.
—Solo quiero un mundo más justo, Lysander. ¿Es eso algo tan malo? —se defendió Nox, herido.
—Tu justicia destruirá el mundo —sentenció el chico de Gryffindor. Keith alzó el mentón con una arrogancia poco habitual en él. Si el adolescente que había hechizado su corazón seguía allí, era difícil reconocerlo en ese momento.
—Entonces construiremos uno nuevo. Uno mejor —prometió con una convicción febril que preocupó aún más a Lysander.
—¿En qué te han convertido? —le preguntó Lysander con pesar, su voz un hilo casi inaudible por encima del traqueteo del tren. Su dolor era algo tan palpable que incluso Keith bajó sus defensas, desarmándose por primera vez en lo que iba de la charla—. El Keith del que yo me enamoré nunca elegiría algo así.
—El Keith del que te enamoraste era demasiado débil, Lysander —refunfuñó Nox, aunque su mirada volvía a estar baja y cierto rubor pigmentaba su rostro, evidenciando que no era indiferente a las palabras de Scamander.
Fue un pequeño destello de esperanza. La primera señal de que aún resistía en él ese joven adorable y risueño de Hufflepuff que alguna vez se había estremecido con cada beso que Lysander le había dado. Tenía que estar allí, en algún rincón. Lysander no estaba dispuesto a creer lo contrario.
—Él era bueno —lo corrigió, y dio un paso hacia Keith, acortando la poca distancia que los separaba y colocando su mano finalmente sobre su pecho.
El solo contacto con la tela de su camisa le provocó una descarga eléctrica que se extendió desde sus dedos hasta el resto de su cuerpo, erizándole los cabellos. Podía sentir el corazón de Keith latiendo desbocadamente debajo de su mano, golpeando como un tambor contra sus costillas, delatándolo. Nox se mantuvo estático, sin parpadear, sin siquiera respirar, la mirada paralizada en Lysander y en cómo su mano reposaba cómodamente sobre él. Como si siempre hubiese estado allí. Como si ese fuese el lugar que le correspondía.
—Aquí adentro todavía eres bueno. Lo sé —repitió Lysander, susurrándole las palabras como un secreto íntimo, algo que sólo les pertenecía a ellos dos. Fue el turno de Nox de estremecerse y cerrar los ojos, resistiéndose a la tentación de tenerlo tan cerca.
—¿Cómo lo haces, Lysan? ¿Cómo puede ser que sigas buscando lo bueno en este mundo de mierda? —rió Keith con amargura, sin humor y sin energía, llevándose una mano a la frente y deslizándola hacia atrás por entre sus cabellos. Lucía brutal, absolutamente atormentado y confundido. Scamander sintió pena por él.
—Tú solías pensar como yo —le recordó con gentileza.
—Y mira a dónde me llevó pensar así —estalló Keith, una nueva ira haciendo temblar sus palabras, mientras el recuerdo de los abusos que había sufrido un año atrás revivía en su memoria, reabriendo una herida que aún no sanaba, y que Lysander comenzaba a preguntarse si aún día lo haría.
—La venganza no te ayudará a sanar —intentó hacerle comprender Lysander—. Lo único que harás será convertirte en un abusador más, que se impone a la fuerza sobre los más débiles —eran palabras duras y lo sabía. Pero también eran necesarias.
El efecto fue instantáneo, como una bofetada. Keith se alejó, encuadrando los hombros y recuperando su actitud defensiva. La mano de Lysander perdió el anclaje que tenía sobre su pecho. Volvían a estar lejos, demasiado lejos.
—No puedo volver a ser la persona de la que te enamoraste, Lysander. No sobreviviré siendo él. No hasta que cambiemos el orden en que vivimos en este mundo —jadeó Keith con voz ronca, como si las palabras lastimaran al avanzar por su garganta.
La puerta volvió a abrirse, otro muchacho con el uniforme de Hufflepuff asomando su cabeza por la misma.
—¡Aquí estás! ¡Te he buscado por todos lados!—exclamó al detectar a Keith.
La sonrisa que decoraba su rostro se disolvió en cuánto comprobó que no estaba solo. Lysander también lo reconoció. Era Robert Brigton, cazador del equipo de Hufflepuff y un año más joven que ellos. No fue su expresión de pocos amigos lo que más impactó a Scamander, sino que sobre la pechera de su camisa resaltaba una cinta roja, símbolo de aquellos que seguían al Partido por el Cambio. Y a la Rebelión.
—Oh… No sabía que estabas ocupado —fue todo lo que llegó a decir Robert, intentando disimular la amargura de su voz.
—No. Ya hemos terminado aquí —respondió Keith dedicándole una última mirada de despedida a Lysander, antes de girarse hacia Robert—. Vámonos —le pidió.
Una sonrisa volvió a iluminar el rostro del cazador mientras él y Keith volvían al interior del vagón. Lysander los observó partir preguntándose en qué momento el mundo se había vuelto tan despiadado como para que personas como Keith y Robert eligieran el camino de la violencia.
Cuando el Expreso de Hogwarts finalmente se detuvo en el andén 9 ¾, Elektra experimentó una serie de sentimientos encontrados, una mezcla de alegría por volver a casa y temor por lo que pudiera esperarle allí.
Un mes había transcurrido ya desde la muerte del jefe del departamentos de Accidentes y Catástrofes Mágicas y la fuga de su presunto asesino, el padre de su amigo Albus. Muchas cosas habían sucedido desde entonces.
El Ministro de Magia se había visto obligado a presentar la renuncia, el poder del puesto recayendo transitoriamente en el Comité de Jefes, en tanto se organizaban unas nuevas elecciones.
Las manifestaciones habían estallado por todo el país, el pueblo dividiéndose de forma veloz en dos polos puestos: aquellos que defendían a Harry Potter y aquellos que lo creían un criminal peligroso que debía de ser detenido a toda costa.
Culpable o inocente, el gobierno había puesto en marcha un ambicioso plan para capturar al señor Potter. Las fronteras del mundo mágico se habían sellado. Las grandes ciudades tenían toque de queda durante la noche. Todos los periódicos estaban empapelados con la foto del sospechoso y sus presuntos colaboradores. El cuartel de Aurores respondía ahora a un nuevo jefe, el auror Tennesse, y la mayor parte de sus antiguas tareas habían sido traspasadas a la unidad especial ERIC.
Hogwarts no había permanecido indiferente a todos estos cambios. Los Hijos de la Rebelión se pavoneaban nuevamente con sus escarapelas rojas por los pasillos, más aireados que nunca antes. Le hablaban a quién estuviese dispuesto a escuchar sobre el nuevo partido político que defendía los intereses de los magos y priorizaba sus necesidades. Prometían un futuro brillante para quienes los apoyaran, donde el gobierno se aseguraría de que la magia (y por ende, los magos) no conociesen límites.
Día a día, el número de alumnos que les prestaban oídos crecía.
Pero ellos no habían sido los únicos que habían estado activos durante ese último mes. Lejos de acobardarse o desmoralizarse, Albus había redoblado la apuesta. Con Scorpius nuevamente a su lado, el segundo hijo de Harry Potter se mostraba más seguro de sí mismo de lo que Elektra nunca antes lo había visto.
Había llamado a una reunión urgente de la Hermandad la misma semana en que la noticia de la fuga de su padre golpeó los noticieros. Les había dejado a todos en claro sus intenciones: no iban a permitir que los Hijos se quedaran con Hogwarts tan fácil. Iban a plantarles pelea.
Duplicaron los entrenamientos y comenzaron a reclutar gente nueva, buscando primero a aquellos que creían en la inocencia de Harry, para luego intentar convencer a los que dudaban. Albus quería que la existencia de la Hermandad de Hogwarts llegara a oídos de todos los que estudiaban en Hogwarts. Había cambiado radicalmente su estrategia, dejando de ser un grupo exclusivo y secreto para convertirse en una amenaza. Estaba dando así un mensaje: le hacía saber a sus enemigos que él todavía estaba allí.
Había algo que no podía negársele: Albus imponía autoridad. El solo rumor de que Potter estaba armando un ejército dentro del castillo hizo que muchos se replantearan usar públicamente la cinta roja que los identificaba como seguidores del Partido por el Cambio. Elektra se había percatado de cómo las conversaciones se apagaban cuando algún miembro de la Hermandad aparecía en un lugar. Incluso los Hijos de la Rebelión se mostraban menos fanfarrones en sus discursos si creían que Albus podía estar cerca. Ya fuese a través del respeto o del miedo, Albus había conseguido contener la expansión de los Hijos.
Sin embargo, todo aquello resultaba abrumador para Elektra la mayoría del tiempo. El castillo entero se encontraba pendiendo de un hilo de seda en tensión, a la espera de que algo sucediera para que finalmente se rompiera el inestable equilibrio que mantenía una paz ficticia entre los dos bandos. Una opresión desagradable la acompañaba de forma constante, un aura de miedo palpitante que se respiraba de manera viciosa.
La certeza de que, tarde o temprano, algo terrible sucedería.
Pero los días se habían sucedido uno tras otro, sin que los Hijos se atrevieran a dar ningún paso en falso. El terror que sentían hacia Albus y su Hermandad los había mantenido a raya durante el resto del curso. Habían logrado subir al Expreso de Hogwarts de regreso a Londres sin que hubiese tenido lugar ningún incidente. Y mientras Elektra bajaba del vagón, lo único en lo que podía pensar era en que quería volver a casa y abrazar a sus padres de nuevo.
Bajó apresurada del tren, tambaleándose bajo el peso de su baúl. Tropezó con el último escalón, su varita deslizándose fuera del bolsillo de sus vaqueros y comenzando a rodar por el andén.
Una puntada de desesperación invadió a Eli cuando la varita se acercó peligrosamente hacia la cornisa, a punto de caer entre las ruedas. Pero una zapatilla se posó sobre la vara, deteniendo su rodar, rescatándola de caer.
El suspiro de agradecimiento se atragantó en la boca de Cameron al comprobar que su presunto salvador no era otro que Portus Cardigan.
Cardigan se inclinó para tomar la varita de Eli entre sus manos, examinándola con lentitud, como si hubiese algo curioso en ella que atraía su atención.
—¿Tienes prisa por irte de aquí, Cameron? —le preguntó Portus con fingida inocencia, curvando sus cejas y haciendo girar la varita de Elektra entre sus dedos.
—Devuélveme mi varita —demandó Elektra, intentando que su voz no temblara. Solo consiguió que una sonrisa felina y desagradable creciera en los labios de Portus.
—Deberías ser más cuidadosa —comentó en un tono casual, mientras daba un paso hacia ella—. Las varitas son bienes muy preciados… No te imaginas lo que la gente está dispuesta a hacer para conseguir una —le susurró a corta distancia.
Las palabras de Portus rozaron las mejillas de Eli provocando que todos sus músculos se contrajeran. A pesar de que estaban en un lugar público y repleto de gente, ella se sintió espantosamente vulnerable. Portus pareció sentirlo, porque inhaló profundamente, como si estuviese respirando su miedo, y sus ojos brillaron con malicioso placer.
—Aunque es lógico que una sangresucia como tú no lo comprenda —chasqueó la lengua, sus palabras impregnadas de desprecio.
Elektra levantó el mentón, ignorando el terror que adormecía su cuerpo, la indignación siendo más fuerte que cualquier instinto de supervivencia. Estiró su mano para tomar la varita que Portus todavía sostenía frente a ella y tiró para arrebatársela. Cardigan no opuso resistencia, permitiéndole a Elektra recuperar su varita con facilidad. En cambio, aprovechó que ahora ella estaba lo suficientemente cerca para tomarla por el brazo con la mano contraria, acercándola a él todavía más.
—No perteneces aquí —le susurró al oído, sus palabras ácidas como veneno contra su oreja.
—Suéltame —jadeó Elektra, sacudiéndose del agarre de Portus con brusquedad.
Cardigan la dejó ir con la misma rapidez con que la había sujetado. Su rostro se había mantenido inmutable durante todo el intercambio. Solo sus ojos delataban el odio contenido que albergaba hacia ella. Eli, en cambio, sentía que el corazón estaba a punto de escapársele por la boca.
—¡Eli! —la voz de Albus se alzó por encima del estruendo del andén mientras el muchacho de cabello azabache se abría paso entre la multitud para llegar hasta donde estaban ellos.
—Envíale saludos a tu familia de mi parte —se despidió de manera provocadora Cardigan, sabiendo que esa sola frase cortaría más profundo en Elektra que cualquier otra amenaza que pudiese hacer. Y efectivamente, ella empalideció ante la sola idea de que Cardigan pudiese cruzarse en el camino de sus padres.
Portus se perdió entre la gente antes de que Albus pudiese llegar hasta donde estaban. Eli, sin embargo, se mantuvo estática en el sitio, con la varita todavía una de sus manos y el brazo contrario escociéndole ahí donde Portus la había sujetado.
—¿Eli? ¿Te encuentras bien? —intentó hacerla reaccionar Potter. Sus ojos verdes la examinaron de pies a cabeza, buscando alguna señal de herida. Pero el daño que Cardigan había provocado en ella no podía verse a simple vista.
—Necesito salir de aquí —balbuceó Cameron, sintiéndose asfixiada entre tanto ruido y movimiento.
Albus tomó a Eli de la mano mientras con la otra arrastraba su vagón, abriéndose camino por el andén, intentando buscar un sitio tranquilo donde pudiesen respirar un poco de aire fresco. La confianza con que Albus se movía era reconfortante para Eli: caminaba sin miedo, con la cabeza en alto y la mirada alerta. Se aferró con más fuerza a su mano, con la esperanza de que así le transmitiera un poco de su fortaleza y seguridad. Albus lanzó una mirada de reojo hacia ella, preocupado.
Atravesaron el portal mágico del andén ingresando al lado muggle de King's Cross. El corazón inquieto de Elektra comenzó a ralentizarse al reconocer su viejo mundo.
Albus se detuvo en un banco y la obligó a sentarse allí. Se arrodilló frente a ella, y colocando ambas manos sobre sus hombros, la obligó a mirarlo a la cara.
—Si ese hijo de puta te hizo algo… —amenazó Albus, su voz vibrando de manera peligrosa.
—No me hizo nada —se apresuró a contenerlo Elektra—. Solo me insultó y… —se atragantó con sus propias palabras—. Quería asustarme —agregó avergonzada, desviando la mirada.
—Eli, mírame —la llamó Albus, su voz más apaciguada. Una de sus manos rozó gentilmente la mejilla de Cameron, torciéndole el rostro para que volviera a posar sus ojos negros sobre él—. Está jugando contigo. No lo dejes meterse en tu cabeza.
—Me amenazó con mi familia, Al —Elektra exteriorizó su mayor temor. Albus frunció el ceño, una sombra oscureciendo su mirada verde al escucharla.
—Quiero que tengas tu varita todo el tiempo contigo, Eli. Has entrenado todo el año. Sabes lo que tienes que hacer —le dijo Potter con firmeza.
El recuerdo de la última batalla en la que había participado volvió a su memoria: si cerraba los ojos, todavía podía ver Hogsmeade bajo asedio, el rostro sádico de Zabini, la sangre de Scorpius por todos lados, sus propios brazos marcados por los latigazos que había recibido.
Ella no estaba hecha para eso. No era una guerrera. Aun así, asintió con un gesto inseguro.
—¿Tienes el Amuleto contigo? —le preguntó Albus, aunque conocía la respuesta. Albus siempre sabía si ellos llevaban los Amuletos puestos o no.
Elektra hurgó en el cuello de su camisa hasta dar con la cadena de oro. Tiró de ella hacia afuera para que Albus pudiese verlo. Danzando sobre la cadena, delante de sus ojos, quedó el fragmento del Amuleto que le pertenecía a Elektra.
—Prométeme que no te lo sacarás en ningún momento, Eli —le rogó Albus en un tono apremiante. Ella asintió, pero Albus no se relajó—. Úsalo para avisarme de cualquier anormalidad o si algo te preocupa —insistió.
—De acuerdo —aceptó ella.
Notó que su cuerpo estaba temblando sin que ella pudiese contenerlo. Albus la abrazó y Elektra hundió su rostro en el hueco de su cuello, escondiendo las lágrimas que amenazaban con caer de sus ojos negros.
—Siempre que lleves el Amuleto contigo, yo sabré de cualquier peligro —le susurró Albus al oído, intentando reconfortarla—. Sin importar dónde estés, iré por ti.
—¿Lo prometes? —masculló ella. Albus la abrazó con más fuerza.
—Siempre —le prometió.
El Mago se incorporó de su butaca, prolongando intencionalmente el silencio que envolvía la sala, y en ella, a sus seguidores más selectos. Caminó hasta la ventana más cercana de Aquilanest contemplando pensativamente el paisaje que se extendía fuera.
Podía sentir la energía expectante que sobrecargaba la sala mientras aguardaban su reacción a la reciente información que Linus Cavenger había traído.
—Dices que no hay señales del collar —repitió el Mago con calma.
—No que hayamos detectado, señor —respondió expeditivamente Cavenger, con la seguridad propia de alguien que se dedica a las leyes.
—Y dices que han revisado toda la fortaleza —insistió.
—Eso creemos, señor —confirmó Linus. El Mago giró el tronco lo suficiente como para poder tener una visión del abogado. Percibió cómo Cavenger encuadraba los hombros y se tensaba bajo su mirada.
—¿Lo crees o lo sabes? —volvió a preguntar, la pregunta extendiéndose como una amenaza latente.
—Hemos recorrido todos los sitios que figuran en los planos y los lugares secretos de los cuales Tennesse estaba al corriente, pero es posible que aún queden algunos escondites de los que no estamos al corriente —se explicó mejor Linus. El Mago asintió.
—¿Tú qué opinas, Stefano? —el Mago giró su atención hacia el Camaleón, su especialista en barreras y escondites.
—Un objeto con tanto poder como ese es difícil de ocultar —el Camaleón coincidió con Cavenger, encogiéndose de hombros—. Si estuviese en Camelot, tendríamos que ser capaces de rastrear algo de su magia.
—Ya veo —comentó el Mago, volviendo a su asiento. Naomi chasqueó la lengua con irritación.
—Hemos estado perdiendo el tiempo cuando podríamos haber atacado Camelot hace meses, como sugerí desde un principio —se quejó la guerrera japonesa. Duncan Ford rió desde uno de los extremos de la mesa.
—Cariño, si hiciéramos caso a todas tus sugerencias, ya habríamos destruido la mitad de la isla —bromeó el hombre. Ella le dedicó una mirada gélida.
—Eso que tú llamas "perder el tiempo" nos ha permitido tomar el control del gobierno, Naomi —le recordó Cavenger en un tono diplomático pero severo, como un padre que reprende a una niña caprichosa.
El Mago alzó una mano, deteniendo la conversación. Todos obedecieron de inmediato, ni siquiera Naomi atreviéndose a desafiarlo a pesar de que era evidente que todavía tenía cosas para decirle a Cavenger.
—¿Y Potter? —continuó interrogando el Mago. Como era de esperarse, Linus tenía una respuesta preparada.
—Aún no hemos dado con su paradero. Pero tengo vigiladas a todas las personas cercanas a él. Si intentan contactarse, nos enteraremos —aseguró Linus.
—No, no lo hará —lo contradijo el Mago—. Sabe que estamos buscándolo, no se arriesgará a contactar a la Orden del Fénix. ¿Qué hay de Ronald Weasley?
—Ha accedido a colocarse el Rastreador —confirmó orgulloso Linus. El Mago asintió.
—Al menos es algo. Él tampoco se atreverá a actuar con el Rastreador encima —le concedió esta vez—. Eso nos da un poco más de tiempo para organizarnos antes de que contrataquen.
Hizo un gesto con la mano para indicarles que ya podían retirarse. Necesitaba pensar el siguiente movimiento.
Cavenger tenía razón: habían logrado despejar el camino en el Ministerio, eliminando a las principales resistencias y reemplazándolos con peones de la Rebelión. Ahora, solo bastaba allanar el terreno para que Linus ganara las próximas elecciones para Ministro de Magia, y entonces podrían poner en marcha la siguiente parte del plan.
Pero la fuga de Harry Potter había sido un efecto colateral no previsto en su plan. El Mago sabía que no bastaba con desacreditarlo y humillarlo. No podía permitirse el lujo de dejar libre al Elegido. Debían localizarlo, y en lo posible, eliminarlo de una vez y por todas.
—¿Crees que Potter tiene el collar con él? —inquirió Octavius, interrumpiendo sus pensamientos. El resto de la Guardia había abandonado el salón, pero el ruso había permanecido, sentado en la butaca a su derecha, su rostro curtido observándolo con evidente consternación.
—No, Potter jamás usaría magia como esa —respondió con absoluta convicción el Mago.
Inconscientemente, se llevó la mano a la frente, por debajo de la capucha roja que le cubría la cabeza y le ocultaba el rostro. Sus dedos acariciaron reverencialmente el halo plateado que reposaba sobre su cabello plateado.
Sintió la magia palpitar dentro de la corona, como un ente con vida propia. Incluso después de tanto tiempo, todavía seguía sorprendiéndole la brutal energía que encerraban esas Joyas. Era abrumadora y al mismo tiempo, nunca era suficiente. Cada vez que se colocaba la corona podía sentir una corriente de poder recorriéndole el cuerpo, rejuveneciendo sus huesos cansados, recargando sus fuerzas debilitadas por los años, haciéndolo sentir invencible. Pero los años y la experiencia le habían enseñado que una magia como esa debía de manejarse con extremo cuidado, porque así como daba, también podía quitar. Era fácil hundirse en ella, y si no se era lo suficientemente cauto, un poder como ese podía terminar consumiéndote.
Era el precio de la grandeza. Y no todos los magos estaban destinados a ella.
—Estaba convencido de que lo había escondido en Camelot —masculló más para sí mismo que para Genrich.
Había tenido absoluto sentido para el Mago. Un objeto tan valioso como el collar de Marguerite no podía ocultarse en cualquier sitio. Debía de estar custodiado en un sitio igual de poderoso. Custodiado por un ejército de elite, entrenado en combate y defensa contra las artes oscuras.
Pero su lógica había estado errada desde un principio. Porque a lo largo de su historia, las Joyas de la Corona siempre habían estado escondidas a simple vista, protegidas por familias comunes, en viviendas comunes. Un intento por parte de Marguerite para enmendar el daño que su codicia había causado.
Si Potter no tenía el collar, entonces solo había una opción posible.
—Vamos a tener que hacer una visita a Francia —cayó en cuenta el Mago.
Llevaban varias semanas sin poder dormir. El constante bombardeo de maleficios hacía difícil que los soldados pudieran conciliar el sueño. Sin embargo, lo peor había sido la llegada de las Sombras.
La frontera entre Alemania y Polonia se había sumido en una oscura bruma de desamparo. Morgana ya no recordaba cuándo había sido la última vez que había vislumbrado la luz de sol. Y la deprimente negrura comenzaba a afectar los ánimos de su ejército.
Era difícil sostener ese estado en el tiempo. Ella ya lo había experimentado durante el sitio de Mahiyamist. Había visto caer a ejércitos enteros bajo el efecto devastador de las Sombras.
Así que cuando Gabrielle Delacour llegó una madrugada al campamento de la Resistencia, Morgana lo tomó como una señal. No estaba segura de si era una buena o una mala señal, pero sí sabía que significaba que algo estaba a punto de cambiar. Y ella siempre había preferido estar en movimiento que estática, esperando.
—¿Traes noticias de Londres? —preguntó Morgana, saltándose los buenos modales de darle la bienvenida a la francesa. Gabrielle negó con la cabeza.
—No de las que quieres escuchar —aclaró Delacour, mientras se quitaba la capa—. Harry sigue desaparecido. Planean llamar a elecciones en los próximos días… Y han anunciado a Linus Cavenger como nuevo candidato para el Partido por el Cambio.
—Definitivamente no era lo que quería escuchar —confesó Winchester, golpeando con el puño la mesa y haciendo temblar las tazas de café que yacían sobre la misma.
—¿Qué hay de Francia? —intervino Bastian con practicidad. La mitad de sus tropas eran francesas. Si el gobierno francés decidía retirarse de la guerra, asustado por los sucesos que habían sacudido a Inglaterra, entonces el ejército de Razin se vería obligado a retroceder, cediendo el poco terreno que habían conseguido de regreso de las Sombras.
—No creo que podamos sostener esta guerra por mucho tiempo, Bastian. Si la Rebelión toma el control de Inglaterra, no tardarán en intentar algo contra mi país —razonó Gabrielle—. Si van a actuar… Éste es el momento —agregó lanzándoles a ambos una mirada significativa.
En las primeras semanas luchando contra el ejército de Romanoff, las fuerzas unificadas que comandaba Bastian Razin habían logrado presionar al enemigo haciéndolo retroceder, dándole un respiro a la ciudad de Berlín que se había visto peligrosamente amenazada por la cercanía de las tropas.
Pero la guerra de la Frontera llevaba varias semanas estática en el límite con Polonia, sin que ninguno de los dos bandos lograse avanzar por sobre el otro. Los recursos comenzaban a escasear, los soldados mostraban signos de cansancio, y las Sombras crecían exponencialmente conforme pasaban los días. En el interín, habían comenzado el entrenamiento de un grupo de soldados en el encantamiento Anima Solaris, pero Harry le había dejado en claro a Morgana que esa magia era peligrosa y que sólo debían de recurrir a ella como último recurso. La aurora había tenido la esperanza de que, con el entrenamiento adecuado, los soldados podrían finalmente usar el encantamiento de forma segura. Pero el enemigo presionaba cada vez más y se habían quedado sin alternativas.
—Lo que tú decidas, te apoyaré —le dijo Morgana a Bastian cuando él torció el rostro buscando su opinión.
El soldado ruso se pasó una mano por la barba crecida que cubría su mentón, debatiéndose con la decisión. Habían tenido esa conversación cientos de veces, intentando encontrarle una salida al laberinto en el que estaban atrapados. La balanza, sin embargo, nunca se había terminado de inclinar hacia ningún lado. ¿Debían atacar con todo el armamento con el que contaban, haciéndole saber al enemigo que conocían la forma de vencer sus Sombras? ¿Ganar finalmente la frontera y recuperar Polonia, aunque eso supusiera exponer a todo un batallón de soldados a una muerte segura?
Habían postergado la decisión todo lo que les había sido posible. Pero la última jugada del Mago de Oz los obligaba finalmente a tomar una decisión. Y era una que, sin importar lo que eligiesen, dejaba un sabor amargo en la boca.
—Avisa a los ejércitos: atacaremos con el alba —anunció finalmente Bastian.
Morgana asintió, sin cuestionarlo. Se posicionó frente a la radio que utilizaban para comunicarse entre las unidades del ejército, y comenzó a transmitir el mensaje con carácter urgente.
—Será mejor que salgas de aquí cuanto antes, Gabrielle —comentó entre transmisión y transmisión al comprobar que la francesa seguía allí.
—Pensé que talvez querría darme algún mensaje… Por las dudas —aclaró Delacour, desviando la mirada con cierta incomodidad, sin atreverse a poner en palabras lo que era evidente para ambas: era poco probable que Morgana saliera con vida de allí.
—No tengo tiempo para escribir cartas sentimentales —fue la respuesta seca de Winchester, pero sus dedos se habían paralizado momentáneamente en los comandos, las palabras de Gabrielle trayendo al plano consciente algo en lo que Morgana intentaba no pensar.
—Buena suerte, entonces —suspiró Gabrielle, dedicándole una débil sonrisa de aliento mientras se giraba para irse.
—Espera —la retuvo, sus manos finalmente reaccionando y moviéndose hacia uno de los bolsillos de su chaqueta.
Extrajo lo que parecía ser un trozo de papel plegado por la mitad y lo sostuvo entre sus dedos con una expresión reverencial. Una fotografía desgastadas y sucia, plegada tantas veces que comenzaba a romperse. Era el único objeto personal que tenía. Tras largos segundos contemplándola, finalmente se la tendió a Gabrielle.
—Entrégasela a Kevin —le pidió de manera seca. Su voz incluso se escuchó más ronca de lo habitual.
—¿Quieres que le diga algo? —sugirió Delacour con suavidad. La conocía lo suficiente como para saber que Morgana no era una persona particularmente afectiva.
—Él lo entenderá —aseguró Winchester, la garganta un nudo que le dificultaba hablar. Le habría gustado decir muchas cosas, pero temía que si lo hacía, se quebraría en el proceso. Así que se conformó con hacerle llegar esa simple fotografía. —Adiós, Gabrielle —se despidió Morgana, extendiéndole una mano para que la estrechara.
Delacour le dio una sacudida firme y sonrió, una despedida silenciosa entre dos mujeres de pocas palabras, y todavía menos emociones. No podía decirse que fuesen amigas. Su vínculo había estado siempre rodeado de demasiada violencia y destrucción como para poder llamarse amistad. Pero habían transitado los últimos años peleando en el mismo bando, primero con la Orden del Fénix, y ahora en la Frontera. Y eso era mucho más de lo que Morgana podía decir de la mayoría de las personas que se habían cruzado en su camino a lo largo de su vida.
El alba llegó demasiado rápido, las horas escurriéndose veloces mientras se sumergían en los preparativos para la guerra. No hubo ningún sol que augurara la llegada de un nuevo día, sin embargo. La oscuridad que los rodeaba se había vuelto demasiado densa en los últimos días, impidiendo que la luz penetrara hasta esas tierras.
Repasaron el plan con los otros capitanes del ejército, delegando las respectivas tareas a cada uno de los escuadrones. Morgana comandaría el avance del primer escuadrón, introduciéndose en la ciudad de Poznan para forzar la retirada de una vez y por todas del ejército de Romanoff. Bastian, por su parte, se encargaría de supervisar la unidad que llevaría adelante el Anima Solaris. Sin la protección de las Sombras y bajo asedio por parte del ejército de la Resistencia, los hombres de Romanoff no tendrían más opción que abandonar la ciudad o morir.
Las apuestas eran altas: avanzarían con todas las tropas y todo el armamento que les quedaba, una última jugada a todo o nada. La victoria significaría un importante avance en el camino hacia recuperar Polonia y contener a Rusia. La derrota implicaría que el lado este de Alemania quedaría completamente expuesto y vulnerable.
—Cuando todo esto termine, te invitaré a cenar —le dijo Bastian repentinamente, mientras se preparaban para salir. Morgana sonrió divertida.
—Es la primera vez que me invitas a salir formalmente —señaló ella, su voz burbujeando con la risa contenida.
—Lo digo en serio —insistió él, abrochándose a la cadera un cinto cargado de armamento.
—¿A uno de esos lugares bonitos con velas, donde sirven el vino en copas de cristal y tienen un piano tocando de fondo? —le siguió el juego ella, mientras repasaba una última vez el mapa de la ciudad.
Él se sonrojó levemente debajo de la tupida barba. Estiró una de sus inmensas manos para colocarla sobre la de Morgana.
—A donde tú quieras —aceptó Bastian, sus ojos relampagueando con todas esas emociones contenidas que ninguno de los dos sabía poner en palabras.
—Suena encantador —reconoció Morgana, y esta vez no se rió. En cambio, estrechó con fuerza la mano de Bastian, y él se inclinó para depositarle un suave beso sobre los labios—. No nos despedimos, ¿recuerdas? —susurró ella, cerrando los ojos y apoyando su frente contra la de él.
—Nunca —coincidió Bastian, dándole un último estrujón a su mano antes de soltarla.
La ciudad de Poznan había quedado reducida a escombros. Meses atrás, el gobierno mágico de Polonia había informado al Primer Ministro muggle del inminente ataque sobre la ciudad, y éste había ordenado la evacuación de la misma bajo la excusa de un alerta meteorológica que anunciaba fuertes temblores con riesgo de derrumbes. Muchos se habían resistido a abandonar la ciudad. La mayoría había muerto durante la primera semana, víctimas del fuego cruzado y de las matanzas que llevaban adelante los hombres de Romanoff a medida que tomaban los diferentes barrios de Poznan. Los pocos que quedaron con vida, comenzaron a perder la cabeza cuando las Sombras llegaron.
Morgana había comandado varios avances sobre la ciudad. Se había acostumbrado al desalador paisaje que suponían las casas destrozadas y los cadáveres abandonados. Pero era imposible acostumbrarse a la sensación opresiva y el desasosiego que la invadía cada vez que se introducía en las profundidades de las calles controladas por las Sombras. Y aquel día en particular, mientras caminaban en sepulcral silencio, la fría oscuridad se sentía más ominosa que nunca. Esta vez no los acompañaban sus patronus, tampoco. El brillo de los guardianes mágicos demasiado llamativo para arriesgarse. Con cada paso que daban, las inseguridades que flotaban en el fondo de su cabeza cobraban mayor tamaño.
Atacaron bajo el manto de oscuridad que sus propios enemigos habían invocado. La ciudad se encendió con el resplandor de miles de hechizos, en una lluvia de luces de colores y confusión.
Habían obligado a retroceder al bando contrario varias manzanas cuando el primer maleficio finalmente la golpeó. La tomó desprevenida y por la espalda, mientras Morgana luchaba con otros dos soldados de Romanoff al frente. Pero se obligó a seguir, impulsada por la cruda determinación de que cada paso valía. Cada metro que avanzaban era uno que su enemigo retrocedía.
El segundo golpe impactó sobre su pierna mala. El hueso nunca había curado del todo después de la batalla de Mahiyamist, y el impacto de aquel maleficio logró partirle el fémur con un chasquido seco. Cayó al suelo con la visión ennegrecida a causa del dolor, y durante vario segundos, permaneció allí tendida, jadeando con dificultad.
Uno de los sanadores de su batallón la encontró a tiempo para arrastrarla fuera de la línea de fuego. Morgana le ordenó que le entablillara la pierna para poder seguir.
Pero dos manzanas más tarde, Morgana recibió un tercer maleficio que terminó por derribarla, y esta vez ya no pudo levantarse. El maleficio le atravesó el abdomen del lado derecho, la sangre brotando de la herida a una velocidad imposible de contener.
Se arrastró hacia un costado de la calle, recostándose contra la pared y presionando contra la herida inútilmente. Recorrió el perímetro con la mirada, intentando localizar al sanador que la había asistido recientemente.
La imagen que se encontró fue desoladora. Allí a donde mirara, sólo veía muerte. Cuerpos apilados unos sobre otros a medida que caían en el combate. Gritos de agonía y miedo que inundaban el aire. El humo y el polvo de las explosiones dificultándole la visión y quemándole la garganta.
Era inútil. No tenía sentido salvar la ciudad. No quedaba nada allí para salvar. Incluso si ganaban, no podrían nunca compensar toda aquella destrucción.
En esos últimos minutos, mientras se desangraba en las calles de Poznan, Morgana recordó a Jacob Malone, un muchacho bueno a quien habían asesinado cruelmente. Recordó a Kevin Smith, su amigo que todavía vivía en una casa acechada por los fantasmas de su pasado. Recordó a los ocho aurores que la habían acompañado a Rusia y habían muerto inútilmente en Mahiyamist. Recordó a Sigmund Razin, el hermano atormentado por la culpa que había preferido inmolarse en una explosión a enfrentar las consecuencias de sus malas decisiones.
Y recordó a Bastian, con quien nunca tendría esa cena a la luz de las velas.
El mundo era un lugar demasiado oscuro. Morgana sintió que los ojos se le humedecían, una impotencia insoportable invadiéndola mientras se resignaba morir con la certeza de que todo había sido en vano.
Cuando el primer rayo de sol se filtró en medio de las sombras, Morgana creyó que lo estaba imaginando. Debía de estar alucinando a causa del dolor y la pérdida de sangre, porque empezaba a sentir las manos entumecidas y los párpados pesados.
Pero en cuanto los primeros gritos de júbilo llegaron a sus oídos, supo que no era la única que la había notado. Las expresiones de sus soldados comenzaron a cambiar, las primeras señales de esperanza brillando en sus rostros mientras la luz se abría camino hacia ellos.
Al principio, fueron tan solo unos destellos. Pero luego, la luz llegó como una ráfaga de viento cálido, tan potente que Morgana tuvo que llevarse una mano a los ojos para protegerse. Las sombras fueron expulsadas de todos los rincones, y la pesadez que había agobiado las almas de los guerreros gradualmente empezó a ceder.
Y Morgana comenzó a recordar otras cosas. Recordó sus días en Camelot, los buenos tiempos que había compartido con Jacob y Kevin. Recordó la confianza y la determinación con que habían peleado sus aurores en Mahiyamist. Recordó el coraje con que Sigmund había asumido la tarea de explotar el puente.
Recordó la sonrisa de Bastian, la forma en que sus labios se curvaban tímidamente debajo de su barba y cómo sus ojos se arrugaban en las comisuras cuando reía. Recordó la sensación de su boca sobre la de ella, de sus manos entrelazadas.
Contra todo pronóstico, el sol volvía a brillar sobre la ciudad de Poznan, después de meses de oscuridad.
Morgana cerró los ojos, sintiendo el calor sobre sus mejillas húmedas. Eran esos recuerdos los que hacían que todo valiese la pena. Incluso la muerte.
Un capítulo un poco más corto que los anteriores, que viene a dar algunas respuestas que habían quedado inconclusas.
Esta vez, optaré por no comentar demasiado sobre los distintos fragmentos. Los estaré leyendo a ustedes, en cambio :)
He estado respondiendo algunas de las dudas que me dejaron en los reviews de manera privada... Pero para los que no tienen usuario en FF o no están en el grupo de Telegram, estaré subiendo las respuestas en los próximos días para que todos puedan leerlas.
Gracias, gracias, gracias. Por la paciencia, el tiempo y la compañía.
Nos estamos leyendo.
G.
