¡Nada me pertenece los personajes son propiedad de Stephanie Meyer.
La historia está preservada bajo derechos autor!
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TREINTA Y TRES
Isabella
Todo se había salido de control, pero, joder, no me estaba quejando, había sido el orgasmo más espontáneo, explosivo y espectacular en mucho, mucho tiempo.
Todo quedó en silencio por un segundo, tenía la urgente necesidad de ir al baño, pero estaba segura que no era la única. Nos tomó un par de minutos recomponernos, pero antes que pudiera hacerlo…
—Vas a matarme, Isabella…
—No si antes no me matas tú a mí, poli —se rio—. Qué manera de besar. —A pesar de su barba pude ver cómo sus mejillas se tornaron rojas. Me refugié en su pecho y él me abrazó eliminando la poca distancia entre nuestros cuerpos.
Nos quedamos en silencio escuchando el fuego crepitar, Edward deslizaba su mano por mi espalda y estaba quedándome dormida cuando él se removió.
—Necesito ir al baño.
—Yo también. ¿Continuamos lo que empezamos en la ducha?
—Isabella —negó con la cabeza con evidente diversión—. Aunque me tientas, tengo que declinar.
—¿Por qué? —Un aullido se escuchó no muy lejos, no habíamos escuchado lobos desde que estábamos en la cabaña, pero tampoco podíamos olvidar que estábamos en el bosque.
Edward observó los trozos de madera y suspiró.
—Creo que será mejor que traiga toda la madera adentro, usa la ducha… sola. — Me instó a levantarme.
—Pero…
—Es mejor mantenerlo casto, por ahora…
—¿Cuánto duraría ese por ahora? —No lo entendía estaba ofreciéndole sexo y él se negaba… Jake no dijo que no en la primera oportunidad.
—No lo sé, un par de semanas.
—¡Un par de semanas!
—Bella, llevamos casi dos meses aquí, un par de semanas no es para tanto.
—Te apuesto que no lo vas a lograr.
—Soy bueno con las apuestas —se rio. —Ve al baño ahora.
—Ve tú, pareces necesitarlo más.
Él asintió así que me dejé caer sobre el sofá.
Un par de semanas, sí, como no.
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Edward:
¿Un par de semanas? Me había corrido en mis pantalones y todavía podía sentir mi miembro a media erección y pensaba esperar un par de semanas.
Un par de semanas. ¿En serio podría soportar estar una semana junto a ella, dormir en su cama, pasar las veinticuatro horas del día a su lado y no querer llevármela a la cama?
Me observé en el espejo, inhalé y exhalé calmando las pulsaciones en mi vientre bajo.
Tenía que esperar, era lo mejor, ella debía mantener su brazo inmóvil unas semanas más, me había dejado llevar y montado una magnífica ola.
¿Hacía cuánto tiempo no tenía sexo?
Pasé la mano por mi rostro, limpié el desastre en mis pantalones, Isabella seguía en el sofá, su cabeza metida en un libro. Sin distraerme caminé hacia donde había dejado la madera, en la radio comunicaron que sería una de las más fuertes ventiscas, presentía que la leña que había cortado no sería suficiente; quizá si lograba meter dentro de la cabaña toda la madera podría colocar la camioneta de ese lado de la cabaña eso la protegería de la nieve.
Coloqué la rama más grande en el lugar y tomé el hacha para empezar a cortar.
Era más de media tarde para cuando terminé y había vuelto a nevar, el depósito de madera y la camioneta estaban ahora bajo el amparo de la nieve, al menos eso evitaría que tuviese que salir cada dos horas o más a quitarla de alrededor de las llantas, cuando entré a la cabaña, Isabella estaba sobre el sofá frente a la chimenea con uno de sus libros en la mano, su cabeza se alzó al verme entrar y me dio una sonrisa que calentó mi interior.
—Hola.
Ella bajó el libro, sus ojos mostaza eclipsaron los míos.
—Hola tú, pensé que te quedarías toda la noche fuera. ¿Está todo bien?
Me quité el abrigo y los guantes colocándolos en el perchero, la cabaña estaba cálida gracias a que ella había atizado el fuego, olía a chocolate con clavos y canela y yo necesitaba un baño.
—¿Edward? —Se levantó del sofá y caminó hasta mí—. Hice chocolate .¿Quieres?
—Por favor.
Ella se acercó.
—Estás helado… conozco varias maneras para que entres en calor —dijo meciéndose sin mover los pies.
—¿Ah sí? —pregunté sabiendo a dónde nos llevaría esta conversación.
—Una ducha, el agua tibia y luego el chocolate.
Una carcajada brotó de mi interior, me reí y ella me empujó hacia el baño, antes de entrar dejó un fugaz beso en mi boca y luego cerró la puerta.
Durante el tiempo que estuve bajo el agua no pude dejar de pensar en su reacción, en su beso espontáneo y en cómo se sentía natural, no estaba acostumbrado expresiones de afecto tan abiertas, no las tuve con mi madre, sabía que Esme me quería pero ella era parca en sus acciones y, con Victoria, bueno para Victoria me había tomado todo ese tiempo darme cuenta de que no era su persona favorita, fui más bien el barco que la rescató de su naufragio.
Deslizando las manos por mi rostro no pude evitar sentirme emocionado con todo lo que estaba sucediendo, quería volver a ella, quería verla provocándome, lo que era masoquismo porque sabía que ella tenía que sanar, me enjaboné rápidamente deseando volver a ella, volver a robarle besos en el sofá y…
Dios…
No sabía que anhelaba tanto esas pequeñas cosas, la intimidad de un beso, el anhelo en una sonrisa. Cerré la regadera y anudé una toalla a mi cintura secándome el cabello con otra, el espejo del baño estaba empañado por el vapor, pasé la mano por él observando la barba crecida cubriendo la mitad de mi rostro.
Me debatí entre quitarla o dejarla, era una buena máscara para mí, pero Eva siempre se irritaba cuando mi mentón estaba barbado, ella odiaba que me dejara crecer la barba. Me pregunté si Isabella también lo odiaba.
—El chocolate se enfría —dijo ella del otro lado de la puerta.
Escuché sus pasos alejarse y salí del baño cruzando hasta la habitación que compartíamos, me vestí rápidamente observando la nieve caer con mayor intensidad, lo que significaba que la tormenta había comenzado.
Cuando volví a la sala, Isabella estaba en el sofá justo donde la había encontrado cuando entré a la cabaña, tenía una de las mantas térmicas sobre ella, pero había dejado espacio suficiente para que yo también pudiera colarme debajo, las dos tazas de chocolate reposaban en la mesita y el fuego estaba vivo.
—Hola de nuevo —dijo cuando me vio, tomó su taza sin soltar el libro que acababa de entregarle—. La temperatura bajó, mantuve el fuego, pero igual coloqué la manta por si la necesitábamos. —Tomé mi taza y me senté en el extremo del sofá levantando la manta para cubrir mis piernas.
Lleve la taza a mi boca saboreando la canela en el cacao. Ella volvió a sumergirse en la lectura.
—¿De qué trata? — pregunté cuando la vi pasar una hoja.
—¿El libro? —me miró confundida y asentí—. Es la historia de una mujer a la que un perro mordió cuando era niña contagiándola de rabia, su padre creía que estaba poseída y la internó en un convento, cosas de los años mil seiscientos… ¿Qué pasa?
Sonreí y negué con la cabeza.
—No pasa nada, brillas cuando hablas del libro. Como cuando bailas.
—Este era uno de los libros favoritos de mamá, ella era colombiana, amante de la buena comida colombiana. —se rio—, la lectura no era muy lo mío, pero leer era algo que hacíamos juntas, algunas veces papá se unía, antes de Edmund podíamos pasar todo un día en Central Park leyendo o ellos leían y yo bailaba… Te debes estar aburriendo.
Negué con la cabeza
—Me gusta saber cosas de ti.
—¿Ah, sí? —asentí—. ¿Qué tanto puedes saber de mí?
—Bueno, sé que amas el baile, te gusta leer, amabas a tus padres y tu hermanito, eres fanática de lo dulce, gastaste un buen par de dólares en caramelos la última vez que fuimos al supermercado —su rostro se tornó rosa—, y te gustan las series de televisión de doctores.
—Bueno sabes más de lo que yo sé de ti —reviró.
—Porque no has preguntado.
—Tampoco te he visto preguntar.
—Yo soy policía, manejo el arte de sacar verdades sin hacer una sola pregunta.
Tomó un sorbo de su chocolate y señaló el mío.
—Bébelo antes de que se enfríe.
—Pregunta lo que quieras —dije en un impulso, ni siquiera sabía que lo iba a decir hasta que las palabras salieron de mi boca.
Ella detuvo la taza en su boca unos segundos, sus ojos color mostaza me observaron con serenidad, lamió los restos de espuma de sus labios y dejó el libro que sostenía en la mesa para poder tomar la taza con ambas manos.
—Háblame de ella —murmuró tan bajito que pensé que no había escuchado—, cuéntame de Victoria.
