Disclaimer: Los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi. Yo sólo estoy jugando con ellos.
Advertencias: Descripciones gráficas de la violencia y situaciones explícitas de diversas índoles.
Nota: De verdad que agradezco muchísimo los comentarios que me has ido dejando, Agatha. Significan mucho para mí. He estado agarrando a Naraku con pincitas, pero me alegra que te pareciera adecuado mi manejo de él :). Pronto escribiré cosas sobre Kagura y el resto de los engendros, dado que tengo varias ideas rondando mi cabeza.
«When I used to be someone
And I knew there was someone that loved me
As I sit here frozen alone
Even ghosts get tired and go home
As they crawl back under the stones»
Tearjerker by Korn
•Ruinas después del amanecer•
Una gota de sudor corre por la sien de Nimue y se pierde en su cuello.
La habitación es asfixiante, vacía, y Hitomi se pregunta si es el silencio o el repugnante olor a enfermedad y sudor que se ha arrastrado por cada rincón de las paredes, debajo de cada tablón del suelo, de modo que ni siquiera con las ventanas abiertas puede tener un respiro.
Su madre está temblando.
Hay una impotencia al darse cuenta de que se ha acostumbrado, de que ni siquiera se inmuta y le toma la temperatura cada vez que observa al montón de mantas sacudirse y retorcerse. Incluso ese ceño fruncido entre las cejas de Nimue, que marca un sueño inquieto, ya ha destrozado su corazón una y otra vez a medida que se profundiza. Él sabe. No importa cuántas veces lo compruebe, lo sabe: ella está ardiendo.
Y dioses, era sólo un poco de lluvia. No te preocupes, había dicho el sanador, estará bien. Ella estará bien. Y, sin embargo, la medicina que espera en la botella a su lado está medio vacía y la fiebre no ha bajado.
Si va a desesperarse, Hitomi diría que ha empeorado.
Su madre ha estado durmiendo demasiado tiempo.
«¿Ya ha hecho frío?»
«El sol está quemando, mamá».
Como por costumbre, levanta la mano y toca el cuello de la mujer, esperanzado sólo por un momento, hasta que vuelve a sentir el calor y la humedad de su piel, hasta que ve cómo sus mejillas se han enrojecido. La encontraría hermosa en cualquier otro caso.
No cambies la compresa todavía, piensa. Sólo han pasado unos minutos, pero se sienten como siglos. No ha estado haciendo nada más, de todos modos.
Hay un peso en sus hombros como si la preocupación y las dos noches de insomnio se turnaran para derribarlo.
Luego, un gemido.
—Hitomi...
Se sobresalta, levantando la cabeza. Un par de ojos violetas, vidriosos y rojos por la fiebre, lo miran débilmente, desenfocados. Quiere llorar y lo haría porque, oh, había extrañado tanto su mirada. Pero él sabe, recuerda el letargo y los tartamudeos entrecortados que escapaban de los labios de la mujer. Él recuerda. Y se estremece.
En cambio, se acerca a ella y sonríe.
—Estoy aquí, mamá, ¿qué necesitas? —piensa que tal vez su sonrisa es más para sí mismo que para otra cosa, puesto que necesita ganar coraje.
Sin embargo, ella no responde la pregunta. En cambio, saca su brazo de debajo de las mantas y busca la mano de Hitomi casi a ciegas, hasta que la encuentra. Su agarre es tan débil que él quiere llorar. Luego, de nuevo, sus ojos. Grandes y violetas y aterrorizados y suplicantes. Su voz no es nada más que un susurro:
—¿Me dejarás también?
Un sueño, tal vez. O una realidad que se enmascara con demasiada eficacia. Hitomi traga, sacudiendo la cabeza. Aprieta su agarre en la mano de la mujer, sonriendo genuinamente. Luego levanta los dedos sobre sus labios:
—No, mamá —susurra y es cuidadoso, suave como una canción de cuna para arrullarla hasta que descanse. Mientras observa cómo se ilumina el rostro de Nimue bajo la luz de las velas, aunque sea levemente, su corazón late más rápido—. Nunca te dejaré —presiona un beso en sus nudillos, permaneciendo así—. Lo prometo.
Ella sonríe, débil y temblorosa, y cierra los ojos. Algo fluye por su mejilla y Hitomi no está seguro de si es sudor o una lágrima. Él no necesita saber.
—Tengo frío.
Su voz se estremece junto con los temblores que sacuden su cuerpo.
Es un hábito: Hitomi pondrá una almohada debajo de su cabeza, acomodará las mantas y envolverá sus brazos alrededor de su cuerpo febril. Lo ha estado haciendo desde que cayó enferma. Sólo que ahora le arden los ojos y se está tragando las lágrimas que no tardarán en caer. Con un nudo en la garganta, de repente tiene mucho miedo.
Su madre suspira mientras la acaricia. Lentamente, Hitomi le aparta el cabello pegado a su piel sudorosa y se inclina para presionar un beso en su frente.
—Yo estaré aquí, mamá.
Ni siquiera está seguro de si lo escuchó. Sólo sabe que, después de un rato, ella deja de temblar y se duerme, el ceño fruncido finalmente desvaneciéndose.
Es un mentiroso.
-X-
El aire se ha vuelto espeso con sangre, un derrame tan abundante que puede olerlo por encima de los manzanos. Hay salpicaduras vibrantes de bermellón a través del mar de árboles que rodean la finca, como si la fruta hubiese madurado antes de tiempo y ahora exhibiera sus logros. Ese año ciertamente había madurado antes de tiempo.
Sintiéndose intranquilo, aferra el manojo de medicinas envuelto en delgado papel mientras avanza. Son para Nimue. Había tenido que correr al pueblo más cercano para conseguirlas, dado que esa clase de hierbas no se cultivaban en los terrenos del palacio y tampoco había encontrado alguna en el bosque. A su madre le disgustaría que él se hubiera escabullido solo, pero tampoco es que estuviera consciente como para darse cuenta.
Además, ¿quién más lo haría, sino él?
El aire se siente denso.
El castillo está en completo silencio y no oye el eco distante de las charlas y risas que usualmente compensaría la tranquilidad de la atmósfera, así como tampoco huele el agradable aroma a pan horneado y carne asada. En cambio, hay sangre, un hierro tan pesado que casi puede saborearlo en su lengua como si hubiera tomado un bocado propio.
Ese olor demasiado dulce se adhiere a todo, y de repente tiene ganas de vomitar.
No no no no no no no...
Se siente como si hubiera pasado toda una vida desde que ha corrido a través de estos árboles, a pesar de que sólo fueron un par de días. No está Atsushi con las gallinas y los gansos, ni Kazuo o Rumi arrancando las malas hierbas que crecen con demasiada frecuencia en los jardines. Casi vacila por la falta de ellos, helado hasta la médula. Debería haber una masa de cuerpos en los terrenos, apresurándose a terminar las tareas del hogar.
Pero apenas encuentra unas manchas de sangre medio secas en el suelo que le dan la bienvenida.
La cocina está fría, los hornos apagados y las persianas bien cerradas. Hay hollín en el piso con marcas de pies descalzos, al igual que marcas de dedos en la misma mesa que su madre solía usar para hacer sus masas. Huele a sangre incluso aquí, con el aire viciado y la carne agria impregnando cada hueco de la habitación. Es terriblemente nauseabundo.
Deja la cocina atrás para seguir con su búsqueda. No hay otra opción cuando existen tan pocos lugares donde ella podría esconderse. Pero los pasillos son peores, la sangre acumulándose en el suelo como si no hubiera nadie presente para fregarla. Hay cuerpos por doquier. Tal parece que estos pasillos fueron presas de una gran matanza. Con el pánico dificultándole la respiración, atraviesa el palacio como si su vida dependiera de ello.
Debería haber alguien, debería haber sirvientes, debería haber personas cerrando las cortinas y encendiendo velas y regresando del comedor con las bandejas de bocadillos que Atsuko había preparado.
En lugar de eso, hay una mano cubierta de sangre en la esquina de la pared que llama su atención; es pequeña, femenina, de dedos delgados y con óxido marrón debajo de las uñas como si hubiera rasguñado el concreto en su lucha para escapar. De repente, Hitomi no quiere saber a quién está unida, por lo que pasa rápido.
Todo el castillo apesta a muerte. Es una nube densa que se ha instalado en cada rincón, impidiéndole respirar. Jadeando, dobla el pasillo hacia las habitaciones de los sirvientes. No hay charlas, ni Kyoko tratando de guiar a sus hijos, ni Mayu asegurándose de que su anciana madre llegue a la cama. Sangre en vez de conversación, aire viciado en lugar de niños que se precipitan y padres con exceso de trabajo. No se ve a su madre en su modesto cuartito, ni en el armario con un catre que ha sido suyo. Una fina capa de polvo se ha acumulado en los muebles.
No hay nadie aquí, y Hitomi se va tan rápido como llegó. Abandona las dependencias de los sirvientes y atraviesa el pasillo principal, dirigiéndose hacia el gran salón. Tampoco encuentra guardias, y los candelabros yacen apagados.
Nada está bien, pero aún así se abre un camino a través del palacio, corriendo a toda velocidad.
La puerta de la gran sala permanece sin cambios, pesados cortinajes e iluminación mediocre. En la mesa larga, sobre la silla de respaldo alto, está sentado el Lord. Tiene los ojos perdidos y se ve tan pálido como un cadáver. Hitomi traga saliva, decidiendo que lo mejor que puede hacer es preguntar. No le gusta, pero Kagewaki es lo único que yace de pie aquí. Casi siente que el fuego lame su lengua, con la promesa de ennegrecerla.
Capta el brillo febril de sus ojos y el hedor agrio que emana de su persona.
—¿Donde esta ella? —pregunta, desesperado.
Él sonríe, agudo y descentrado y consumido por una locura que Hitomi nunca le ha visto. Su kimono gris está manchado en las axilas, en el cuello con sudor y charcos de óxido. No luce como un noble, sino como un campesino que acaba de salir del infierno. Cualquier imagen pulcra ha sido arruinada por la suciedad en su rostro y los moretones alrededor de su cuello. Pero sonríe como si hubiera extrañado a Hitomi, y una campana estridente resuena dentro de su cráneo.
—Es tu culpa —dice, ignorándolo—. Esos bandidos atacaron y saquearon todo. No queda nada. Atrajiste la desgracia, Onigumo. Siempre supe que serías mi ruina, desde el principio. Fuiste un error.
—¡¿Dónde está mi madre?!
La pregunta hierve a través de sus dientes apretados, el miedo consumiéndolo como una bestia salvaje que le desgarra las entrañas tratando de salir. Se siente como un niño de cinco años y un hombre de quinientos a la vez, enredado en sí mismo y listo para llorar y gritar por la injusticia de todo. Porque sabe la respuesta incluso antes de que se lo pregunte. Sabe lo que ha sucedido, y ese hecho no hace más que avivar el dolor. Su ausencia se convierte en una herida abierta y supurante que florece en su pecho sin importar cuánto intente negarlo. Ella se ha ido y sólo queda sangre, la quietud de la muerte y este caparazón trastornado de un hombre que alguna vez había intentado poseerlo.
—¡Nimue está muerta! ¡¿No he sido lo suficientemente claro?!
Ni siquiera le da tiempo a reaccionar: el hombre se abalanza sobre él y le apresa el cuello. Hitomi siente que se le corta la respiración, las manos presionando su garganta con demasiada fuerza. Hay una carcajada crepitante, discordante y alta que resuena en las paredes del castillo en sintonía con las llamas de la antorcha que alumbra el lugar.
No se ríe por mucho tiempo, no mientras esa oleada de ira cobra vida propia. Es por pura casualidad que Hitomi divisa un pequeño cuchillo de cocina tirado en el suelo y estira los dedos para alcanzarlo. Casi llora cuando lo hace, el alivio inundando sus rasgos por una milésima de segundo antes de clavárselo con fuerza.
Siente que la carne cede bajo el filo, suave y dócil como mantequilla.
El Lord se tambalea lejos de él, quitándose el objeto punzante e intentando detener el sangrado con manos torpes que rápidamente se llenan de rojo. Un gorgoteo sale de su boca, similar al ruido que uno hace cuando se atraganta con jugo de ciruela, pero no es jugo lo que escapa de sus labios esta vez, sino sangre fresca que le mancha las ropas y que gotea hasta el mismo suelo.
La antorcha cerca de las cortinas, esa que había estado iluminando la habitación, se cae al suelo al momento en que el Lord choca accidentalmente contra ella, cegado por su propio dolor y por la vida que se le escapa de la herida en bocanadas rojas.
El fuego comienza a arrasar.
Las cortinas se incendian en sus bases, rápidos lametones que trepan por el pesado terciopelo hasta que devoran también los marcos de madera. La mesa se derrumba sobre sí misma, un cuadro de fuego que alcanza el techo alto, que se engancha en las ropas de Kagewaki como garras incandescentes. Aquello atrapa su piel con el olor característico de la carne cocinada en el lapso de un latido del corazón, los gritos resonando en los recovecos del castillo como un eco funesto cuando el cuerpo del hombre es cubierto por las llamas. La piel burbujea y la ropa se convierte en cenizas, los dientes brillando por el calor mientras sus ojos chisporrotean y estallan dentro de sus cuencas. El sonido es largo y prolongado a medida que Kagewaki corre, extendiendo el fuego a cualquier cosa que puede tocar.
Hitomi debe hacerse a un lado, tapándose las orejas.
Lo que una vez había sido su piel cae al suelo y él la mira por un segundo antes de salir huyendo del salón. Tiene que escapar de aquí lo más pronto posible. Las llamas rojas devoran ese pasillo donde solía fregar las piedras con las manos y las rodillas, luego las habitaciones de los sirvientes. Hay suficiente material inflamable para que lo hagan a una velocidad vertiginosa.
Este incendio... no es natural.
Sigue cada uno de sus pasos, funde el suelo e ilumina el castillo como nunca antes. Las pesadas puertas crujen y se levantan como leña fresca cuando pasa a la cocina, y lo que queda en los hornos de piedra se incendia con un rugido.
Se derrumba justo al saltar las losas manchadas de sangre. Siente que sus rodillas ceden y apoya las palmas desnudas en el suelo, con la cara presionada contra la tierra del jardín mientras se aferra a su propia cordura. Y entonces grita. Un gemido húmedo que desgarra desde lo más profundo de su pecho y que alimenta libremente la tierra que ha hecho todo lo posible por acunarlo. La visión se le nubla por las lágrimas, pero todo arde, un infierno furioso que convierte cada piedra de la mansión en carbones encendidos mientras se acurruca en sí mismo. Siente el calor de las llamas que se enroscan a su alrededor, pero no lo tocan. Es un ardor suave, insignificante en el mejor de los casos, nada comparado con la destrucción que puede sentir más allá de su lugar en la tierra.
Oye el aullido boscoso de los árboles en llamas, huele el néctar ennegrecido de la fruta que se vuelve cenizas y llora sin contención, sintiendo en sus huesos este horror indescriptible que de un momento ha otro se ha apoderado de su vida, arrebatándole cada cosa que amaba.
Es su culpa.
Llora mientras el huerto arde a su alrededor, las llamas casi devorando los campos de trigo en la distancia, y sus lágrimas caen incluso después de que sólo él permaneciera en el remolino de cenizas.
Con la cabeza erguida, el rostro resbaladizo y en carne viva por las lágrimas, se sienta en el epicentro de la carnicería ardiente que ha provocado y contempla el diente de león que se niega a morir, justo como él.
-X-
No hay nada.
El bosque es diferente mientras camina. Ésto tiene sentido, porque él es diferente. Suena diferente, porque sus oídos nunca antes habían sido oídos sólo para él, sin nadie que contara los chismes del viento y las ardillas. Es aterrador. Los animales están cambiando. Las plantas le muestran diferentes colores. Es como un árbol que de repente se queda sin raíces. Él vacila. Su paso puede parecer firme, sus manos parecen seguras, pero todo en su interior se desplaza como esporas de hongos lejos de su lugar esperado.
Los caminos son nuevos y, lentamente, se convierten en caminos más allá de su periferia. Está llegando a un lugar donde su presencia no existe y, sin embargo, existe.
Hitomi se sienta en el suelo en medio de los escombros que quedan de su vida y se mira las manos. Las mira como si nunca las hubiera visto antes, girándolas, escudriñándolas, tanto por delante como por detrás. Nota el color, piel blanca con bordes afilados. Nota las venas y los ligamentos que sobresalen en el dorso. Nota los nudillos sangrantes y los rasguños. Ve la carne más clara donde sus uñas se habían clavado con fuerza.
Voltea las manos y se queda mirando las palmas, notando los callos que aún están allí, que aparecieron por primera vez cuando se unió a su madre en los quehaceres del hogar. Ve las hendiduras, la sangre que emana de ellas, donde sus propias uñas habían dañado la piel. Pequeñas astillas de madera todavía están implantadas en los cortes, pero las deja por ahora, porque no puede sentirlas en ese momento. El dolor en su corazón es demasiado grande como para que se noten heridas tan insignificantes.
Vuelve a girar las manos y las cierra en puños. Las astillas incrustadas en los cortes arden cuando la acción las presiona más profundamente, pero las ignora, como ignora los hilillos de sangre fresca que ha causado apretar los puños. Abre las manos y les da la vuelta, con las palmas hacia arriba de nuevo. Son manos fuertes. Pueden trabajar el huerto, pueden fregar los pisos y cree que podrían manejar una espada. Sólo debe aprender cómo hacerlo. Son manos muy fuertes, pero no lo bastante fuertes para aferrarse al amor, no lo bastante fuertes para aferrarse a lo más importante de su triste vida. No son lo suficientemente fuertes como para salvar lo poco que le queda.
Hitomi llega al pueblo sólo unos días después de la destrucción del castillo, pero nunca se va. Vaga por las callejas sin un rumbo en mente y observa a los aldeanos, pero tampoco pide ayuda, ni dice lo que sucedió. La noticia del ataque de unos bandidos a la propiedad Kagewaki y su posterior incendio se esparce como humo, y algunos curiosos se acercan al lugar para intentar desentrañar el misterio, pero no ven nada excepto los escombros del edificio y los restos humeantes de los campos. Nadie sobrevivió a la masacre, y él no es la excepción.
Hitomi nunca se va del pueblo, pero Onigumo sí.
-X-
La aldea lo pone nervioso. Hay demasiada gente, demasiados ojos. Incluso en la oscuridad de la noche, nunca está realmente tranquilo, realmente quieto.
El sonido de un grito estridente y el estallido de un clamor lo tienen escondido en las sombras por puro reflejo, tirando de la capa hacia abajo para cubrir su rostro. ¡Aún no amanece! Ha aprendido un par de trucos para sobrevivir en las semanas que lleva vagando, pero nada impresionante.
Se vuelve temeroso, medio esperando ver otra horda de aldeanos con horcas detrás de él por haber robado cecina, pero se topa con un hombre arrastrando a una niña por el pelo en la calle.
—¡Maldita rata callejera! ¡Tomaste mi moneda! ¡Devuélvemela o haré que te azoten por ésto! —el guardia tira de su cabello rojo, la niña se retuerce y chilla en su agarre.
Está golpeado por la indecisión. Sería estúpido armar un escándalo. Él no gana nada arriesgando su cuello por esta chica, pero ella está llorando, rogando que la deje ir y pateando. Sólo un monstruo dejaría que una niña pequeña fuera lastimada así. Todavía tiene su humanidad. Todavía puede elegir ser amable. Un monstruo no haría nada. Y él no es un monstruo.
Toma su decisión.
—¡Deténgase!
Su voz sale ronca y áspera por el desuso, y tiene que hacer una pausa para aclararse la garganta. El hombre lo observa y él hace todo lo posible por no vacilar bajo el peso de su mirada. Sus ojos suplican, suplican, pero los del hombre permanecen furiosos y es como si quisieran despellejarlo vivo. Se arma de valor y se prepara para lo que viene.
—Señor, creo que está equivocado. Vi a un niño salir corriendo —hace un gesto por la calle, hacia una multitud de borrachos que se reúnen alrededor de un bardo—, justo en esa dirección. Si se da prisa, es posible que aún pueda atraparlo. Creo que él también metió la mano en sus bolsillos.
El hombre lo mira con sospecha, pero finalmente asiente y deja caer a la chica. Ella aterriza en el suelo con un grito, las manos volando hacia su cuero cabelludo.
—Maldito crío. Ya verá cuando lo atrape...
Da un suspiro de alivio cuando el sujeto corre por la calle persiguiendo al niño imaginario, moviéndose para ayudarla a levantarse. La chica le sonríe, una amplia mueca desdentada y parece aflojar algo dentro de él que había sido herido hasta el punto de romperse. Su sonrisa es tan cálida que no puede evitar disfrutar de ella.
—¡Gracias! Pensé que había terminado. El gran patán no me dejaba ir. ¡Soy Aoi!
—Hito- Onigumo —Onigumo se ahoga con el resto de su nombre justo a tiempo, maldiciéndose a sí mismo. Engañar. ¿Realmente había estado a punto de dar su verdadero nombre de esa manera? Debía ser más cuidadoso, o conseguiría que lo mataran.
—Toma, toma algo de la moneda del idiota. ¡Te lo debo por salvar mi pellejo!
Él la mira extrañado, agitándose para atrapar el pequeño monedero que Aoi le arroja. Parece que no había sido tan inocente después de todo.
—Gracias —ella luce molesta por sus respuestas de una palabra y Onigumo se apresura a disculparse. Una presencia amistosa, una conversación es todo lo que anhela por el momento.
—Lo siento, ha pasado un tiempo desde que... hablé con alguien. Estoy un poco fuera de práctica.
Su estómago de repente gruñe, lo suficientemente fuerte como para ahogar su respuesta y ella se ríe, echando la cabeza hacia atrás con alegría.
—Ah, tú también tienes hambre, ¿eh?
Él asiente, avergonzado. Las ganancias se habían vuelto más escasas cuanto más se acercaba a la civilización. No había otro camino que no fuera la ciudad, pero alimentarse de la basura arrojada apenas había sido suficiente para sustentarlo. El hambre lo carcomía constantemente.
—¡Vamos, sígueme! Hay un lugar al que podemos ir a comer. ¡No es genial, pero es mejor que nada!
Aoi es una extraña. No debería ir con ella, especialmente a una aldea donde no conoce a nadie. Pero él tiene hambre y ella es amable. Cálida. Y él es débil. Podría tomarse un respiro de sobrevivir a la interperie y robar comida.
Él la sigue.
Aoi mantiene un flujo interminable de charlas por toda el pueblo, señalando puntos de referencia con una alegría que lo hace sentir verdaderamente humano de una manera que no se ha sentido en semanas. Su compañía es un bálsamo calmante para una lesión que Onigumo no sabía que tenía, y él anhela más. Tararea y asiente con la cabeza en respuesta, con la esperanza de alentar más charlas. Cada sonrisa lanzada en su dirección lo tiene desplegándose, volviéndose hacia ella como una flor hacia el sol.
Los callejones traseros están sucios, la basura se amontona en las calles y el olor acre se le pega a la nariz. Su sentido del olfato está retrocediendo y Onigumo hace todo lo posible por ignorarlo. Se detienen frente a una choza aislada y destartalada, a calles de distancia de los otros edificios. El olor a podredumbre es fuerte aquí y lucha contra el impulso de vomitar.
Aoi llama a la puerta y una mujer los saluda con una cálida sonrisa, acompañándolos adentro con una palmada en la cabeza. Onigumo frunce el ceño. Todas las demás personas que había visto en los callejones traseros eran delgadas, demacradas. Hablaban de una mala cosecha y la necesidad de sacrificar sus hijos a los dioses para recuperar su favor. Eso era todo lo que había escuchado durante las últimas semanas viajando por el norte. Las cosas sólo habían empeorado en la ciudad, con muy poco que rescatar de los montones de chatarra.
Sin embargo, esta mujer se veía bien alimentada, saludable para todo el entorno pobre en el que vivía. ¿Por qué se ubicaba tan lejos de los callejones principales? ¿Por qué estaba tan dispuesta a alimentarlos? Los aldeanos de aquí parecían tener suficientes problemas para alimentar a sus propios hijos como para acoger voluntariamente a dos perros callejeros.
Ella coloca dos tazones colmados de estofado frente a ellos y los insta a comer. Aoi se sumerge con un alegre agradecimiento, sujeta el estofado, un brazo alrededor del tazón para defenderlo como si tuviera miedo de que se lo lleven en cualquier segundo.
Él es más reacio. El olor de algo amargo, herbal y casi medicinal le hace cosquillas en la nariz mientras revuelve el plato de comida. Se siente incómodo mientras mira fijamente el líquido marrón turbio. La vista de trozos de carne flotando en la grasa es atractiva, pero el olor es a la vez familiar y desconocido. ¿Cómo podía esta mujer permitirse tanta carne en una época en la que muy pocos podían acceder a la harina?
—Onigumo, ¡deja de jugar con eso! ¡Estás siendo grosero! —le susurra Aoi, ojos ansiosos que se lanzan hacia la mujer que aún está en la puerta observándolos.
Él fuerza una sonrisa, sintiendo sus labios estirarse de una manera que resulta tan poco natural ahora. Toma un bocado de estofado y lo traga. Sabe... bien, pero las náuseas se acumulan en su estómago de todos modos. Ugh. Está siendo ridículo. Ésta es una muestra de bondad que probablemente no volverá a ver. Debería aprovechar la oportunidad. Da mordiscos vacilantes al principio, pero su hambre pronto anula sus sospechas.
Comen en silencio, desapareciendo el estofado lo más rápido posible. Ésta es la primera comida caliente que ha tenido en mucho tiempo, y por más que lo intenta, no puede mantener el ritmo. Aoi se recuesta con un suspiro de satisfacción, el tazón vacío, las manos acariciando su estómago. Intercambian una sonrisa, la de ella grande y cálida, la de él pequeña y vacilante.
Ambas conversan en lo alto mientras él termina lo último de su estofado, limpia el tazón y mira con nostalgia la olla burbujeante sobre el fuego. Debería haber saboreado cada bocado mientras pudo. Él también se sienta, relajándose un poco. Está lleno, tiene calor, tiene un techo temporal sobre su cabeza y compañía por un tiempo. Onigumo casi se siente seguro, incluso somnoliento.
Aoi cae hacia adelante con un ruido sordo, desplomándose sobre la mesa.
Se tambalea sobre sus piernas y, presa del pánico, trata de ponerla de pie, sólo para sentir que él también comienza a desvanecerse. Está mareado. Nauseabundo. La habitación se inclina a su alrededor, la forma boca abajo de Aoi volviéndose borrosa.
Sus rodillas ceden y cae al suelo.
-X-
Recupera la conciencia en una habitación oscura, con alguien sacudiéndolo para despertarlo.
Empuja las manos fuera de él, gateando hacia atrás, alejándose de su toque hasta que su espalda golpea una pared. Tiene arcadas, el olor a muerte y descomposición rodeándolo. Ese hedor es espeso en el aire, casi tangible. Tiembla de frío, sus ojos tardan un poco en adaptarse, pero casi puede distinguir el rostro de Aoi.
—¡Onigumo! ¡Estás despierto! Dioses, lo siento. Yo... Ella siempre ha sido amable conmigo, tienes que creerme, ¡no pensé que haría algo como ésto! —la voz de Aoi tiembla, las lágrimas la ahogan.
La ira y el miedo hierven en su pecho, pero duda que Aoi realmente lo supiera. Había estado relajada, contenta en la casa de la mujer, sin señales de miedo o cautela que nublaran su juicio. Él la ignora, empujándose sobre sus piernas temblorosas. Busca a tientas una salida, una puerta, un marco de madera, un asidero en la pared, cualquier cosa. Sus dedos se encuentran con algo suave, firme y gélido, y retrocede con un grito de sorpresa. Se siente como... piel.
Una creciente sensación de pánico comienza a construirse en su pecho.
—¿Onigumo? ¿Qué... qué pasa? —su voz aguda, crispada por el miedo, hace poco para calmarlo.
Él no se atreve a responderle. Tal vez está equivocado. Tiene que ser eso. Los humanos siempre se equivocan, ¿no?
Toca a tientas la pared, buscando desesperadamente alguna grieta. Su palma roza la madera y Onigumo hace palanca en cualquier agarre que pueda conseguir. Un destello de luz. Arrancando las tablas de madera tanto como puede, con todas sus fuerzas, la luz anaranjada de las farolas comienza a filtrarse por las grietas.
Se vuelve lentamente hacia la habitación.
Están rodeados. Los cuerpos de niños en varios estados de carnicería y descomposición se amontonan a su alrededor, colgados de ganchos en el techo, las extremidades desechadas esparcidas por el suelo. Oye a Aoi atragantándose y vomitando a su lado, pero no puede apartar la mirada.
Se siente como si estuviera viendo todo ésto desde una gran distancia. Como si ésto le estuviera pasando a otra persona y Onigumo fuera simplemente un extraño mirando hacia adentro. Débilmente, casi respeta a la mujer. Puede haber escasez de harina, escasez de carne, escasez de arroz, pero nunca habrá escasez de desesperados. ¿Quién extrañaría unas cuantas ratas callejeras? Los orfanatos están llenos, las alcantarillas están abarrotadas. Nadie los extrañaría. Nadie sabría extrañarlos. No tienen familias, ni direcciones. Él y Aoi simplemente desaparecerían sin dejar rastro.
Aoi llora amargamente a sus pies y, sin embargo, Onigumo se siente extrañamente vacío.
Las sombras se mueven y bailan mientras las luces de la calle parpadean, los cuerpos parecen arrastrarse más cerca, los rostros podridos siguen su movimiento. Mantiene los ojos fijos en ellos, respirando rápida y entrecortadamente. Están atrapados. Ese pánico creciente ha regresado, formando un nudo alrededor de su pecho, aplastando sus pulmones. Manchas oscuras bailan en el borde de su visión y, a través del miedo, se llena de una ira repentina e irracional.
No va a ceder. No va a quebrarse.
Se acerca a la sensación de vacío. Se acerca a ese basto espacio. Atrae ese frío desapego y se envuelve en él. Onigumo no está aquí. Ésto le está pasando a otra persona. Es un forastero que mira desde el exterior. Respira entrecortadamente y lo siente silbando en sus pulmones.
—Está bien —no sabe si se está tranquilizando a sí mismo o a ella, pero poco importa—. Aoi, va a estar bien. Sólo déjame pensar en algo.
—¿Algo? —se ríe un poco histéricamente, echando la cabeza hacia atrás de la misma manera que lo había hecho cuando se conocieron, hace apenas unas horas y, sin embargo, parecen años—. ¿Ella es siquiera humana? ¿Qué podrías hacer tú? Estás tan indefenso como yo.
—No lo sé...
Los huecos en los listones dejan pasar el brillo de las farolas y, a medida que el sol sale lentamente, más y más luz se filtra en la habitación.
El piso está manchado casi de negro en áreas con sangre seca. Hay una trampilla en el techo, marcas de clavos a lo largo de la madera por manos pequeñas, rasguños desesperados y arañazos que estropean el material.
El olor miserable y empalagoso del miedo flota en la habitación, y él casi desea que sus sentidos desaparezcan.
Todo lo que siente es resignación cansada.
Onigumo se aleja de la niña, volviendo a las tablas sueltas que habían dejado entrar la luz. Intenta desprender la madera y lo consigue después de un tiempo, cuando sus uñas se rompen y sus manos sangran. Aoi parece animarse un poco. Onigumo arroja las tablas ansiosamente a un lado para llegar a la abertura y, no obstante, el espacio es demasiado estrecho para que incluso ella pueda pasar. Maldice, las palabras estallando como un gruñido confuso y, sin mirar, sabe que Aoi se ha quedado rígida.
Se les está acabando el tiempo. No hay posibilidad de que su alboroto no haya alertado a la mujer. Desgarra frenéticamente la pared expuesta, estremeciéndose ante el sonido de raspado de sus propios dedos. Entonces, escucha movimiento arriba, las tablas del suelo de madera crujiendo cuando alguien camina hacia la trampilla. Se tensan al instante, oyendo los pasos y encogiéndose sobre sí mismos.
Onigumo lleva a Aoi a un rincón de la habitación y le ordena que se quede callada. Sujeta una de las maderas que había arrojado anteriormente y la parte, quitando astillas e intentando darle una forma afilada. No es mucho, pero espera que al menos les sirva para extender sus vidas un poco más. Es lo suficientemente dura como para ser una suerte de arma. Entonces se esconde en las sombras, con el objeto firmemente agarrado mientras se agacha, haciéndose lo más pequeño posible cuando la trampilla se abre.
Una escalera se desliza hacia abajo con un ruido sordo y sus piernas lo lanzan hacia adelante. Ella ni siquiera tiene la oportunidad de gritar al momento en que la punta de la madera se hunde en su garganta. Es bastante desordenado y, si bien Onigumo no posee la fuerza para atravesar su carne por completo, se asegura de cortar una y otra vez para que la mujer no vuelva a levantarse.
Ignora la sangre que le salpica el rostro y que corre por las tablas del suelo.
Aoi huye lo más rápido que puede y, por un segundo, sólo por un segundo, él siente el impulso de perseguirla. Se detiene, la repugnancia hirviendo a fuego lento en su estómago. ¿Qué había hecho? ¿Qué había estado a punto de hacer?
Se ve a sí mismo en un espejo roto que cuelga de la pared. Tiene sangre en la cara, pinceladas rojas que manchan su piel como pétalos carmesíes. Se nota demasiado en sus rasgos pálidos, hundidos por el hambre y en sus ojos violetas, afiebrados y peligrosos como los de un animal salvaje.
Alejándose con un grito irregular, la imagen se graba a fuego en sus retinas incluso después de que rompe el espejo. Él es un asesino, pero no había tenido otra opción.
Era matar o morir.
«I've been hearing it tell me, "Go home"
'Cause the freaks are playing tonight
They packed up and turned out the lights
And I wish there was something
Saturated loneliness»
Tearjerker by Korn
