Flores de cementerio.

[El amor no tiene cura, pero es la única cura para todos los males]


XVII.

Lavanda.

Dio un pesado suspiro con el que intentó desechar todo el cansancio que sentía sobre sus hombros, echó un vistazo por la ventana de su choza de madera pudiendo notar como el oscuro profundo del cielo comenzó poco a poco a pintarse de gris, entonces decidió que lo mejor, también lo más prudente, era que InuYasha solo viera a una sola persona en cuanto despertara.

Al momento que Kagome la vio levantarse del suelo quiso imitarla, pero la vieja sacerdotisa le pidió que no lo hiciera con un tranquilo movimiento de su mano acompañado de un tono suave en su voz queriendo así transmitirle su comprensión. La joven de cabello negro solo asintió con un movimiento de su cabeza, quizá demasiado agotada para intentar hablar, quizá más interesada en permanecer al lado de InuYasha que en cualquier formalidad hacia una anciana sacerdotisa. Kaede la vio dirigir de nuevo su atención al inconsciente muchacho, aún con su aspecto humano, frente a ella solo para, en un silencioso movimiento, tomar el paño que le había colocado para tratar de disminuir su fiebre, hundirlo en el cuenco con agua fresca para finalmente volver a colocarlo en su sitio.

Cuando Kaede la vio tratar la fiebre de InuYasha con tanta devoción, se dio cuenta que solo en esos momentos Kagome no parecía exhausta, sacando fuerzas de quién sabía dónde.

Era admirable.

Una suave brisa la recibió cuando salió silenciosamente de su hogar, invitándole a tomar una gran bocanada de aire antes de soltar de su pecho una profunda exhalación y comenzó a caminar, primero sin saber con exactitud a donde ir, después fue bastante claro.

El cementerio de la villa siempre fue silencioso, pero esa mañana en específico parecía incluso detenido en el tiempo. Caminó con cuidado, procurando no alterar la solemnidad del lugar con su presencia.

Cuando estuvo frente al pequeño sepulcro del cual se erguía un pilar de media estatura construido en madera, pasó sus dedos por los tablones del reconstruido pilar donde, hace muchos años, enterró los restos de su querida hermana mayor. Y donde, después del ataque de la bruja Urasue, se hizo una promesa:

Ayudarla a regresar a su sitio de descanso.

Sin darse cuenta se aferró con más fuerza a la madera, ahora esa promesa, tal y como esa misma tumba, ahora estaba completamente vacía.

Eso debía hacerle sentir feliz, ¿no? Después de todo, ahora su hermana estaba de nuevo viva, y no era un ser errante sin sitio en el mundo como Urasue la había condenado, ahora tenía una nueva oportunidad de vivir, de soñar con un futuro, incluso de envejecer.

¿Por qué no podía sentirse del todo dichosa por eso?

Quiso saber si, aún cuando su promesa ya no podía ser cumplida, aún podría ayudar a su hermana de alguna manera.

Se alejó despacio de la tumba sin ser capaz de darle la espalda, aun cuando sabía que no había difunto a quién rendirle tributo debajo.

El sol, que ya comenzaba a asomarse, le iluminó tenuemente el rostro.

Anunciándose como el inicio de una nueva promesa.

-o-

Incluso antes de que InuYasha despertara, entendió de inmediato por qué tanto la sacerdotisa Kaede como sus amigos tomaron la decisión de no estar presentes cuando pasara, se preguntó incluso si era prudente agradecerles aunque eso no hacía que su ansiedad fuera más fácil de disipar, su cabeza dolía tanto que sinceramente pensó que en cualquier momento le estallaría.

Y cómo no sentirse así, después de todo era muchísima información que procesar en tan poco tiempo: las camelias que vio, primero en sus sueños y que luego comenzaron a sorprenderla en la vida real, casi persiguiéndola, después descubrir el origen de éstas y cómo casi matan a InuYasha…

—¿Kikyo te habló de la cura que encontró? —la pregunta que le hizo InuYasha no la sacó de balance, después de todo sabía que tarde o temprano tendrían que hablar de ello.

Cuando Sango le contó sobre esa cura, fue imposible no notar la pelea interna que libraba su amiga para elegir muy bien sus palabras antes de pronunciarlas, como si no quisiera lastimarla.

Pero eso era como intentar cubrir el sol con un dedo. No existía forma de que esa cura no le rompiera el corazón.

Una pesada sensación le bloqueó la garganta, obligándola a tragar con más fuerza de lo habitual. Cerró los ojos y buscó serenarse.

—Fue Sango quien me lo dijo… —contestó con la voz tan quebradiza que se reprochó internamente pero comprendió que era algo, después de todo, inevitable.

¿Le dolía la simple idea de que InuYasha se olvidase completamente de ella? ¡Por supuesto que sí!, le dolía hasta lo más profundo de su alma pero, si eso significaba salvarle la vida, el precio de pronto le sabía demasiado bajo.

Mirarlo de pronto se sintió como algo indebido, así que bajó su vista tan rápido como ese pensamiento llegó a su cabeza.

Pagaría ese precio, una y todas las veces que fuese necesario.

Sin permitir que ella fuese un impedimento para que InuYasha viviera.

Aunque eso terminase por romperle el corazón…

-o-

La enérgica caída de la cascada a unos cuantos metros de ella la motivó a detener el montón de pensamientos que no la dejaban en paz y acercarse al cauce del río. Cuando el agua golpeó la superficie de la piscina natural bajo de ella,salpicó gotas que, en una sensación refrescante, llegaron a las mejillas de la joven sacerdotisa, despertando sus sentidos

Dando antes un pesado suspiro, Kikyo se permitió cerrar despacio los ojos, dejando que el rocío de la cascada, acompañada por la brisa de la mañana, siguieran besándole las mejillas.

Después de dejar su arco y flechas cuidadosamente colocadas justo al lado de su ropa, y dejándose encima solamente su ligero naga-juban, Kikyo entró despacio al cauce del río primero sumergiendo sus pies. El frío de las resbaladizas piedras del fondo hicieron un intenso contraste con el calor de sus pies desnudos que fue casi doloroso pero, aún así, siguió avanzando adentrándose más en el cauce del río que poco a poco hasta que el agua le llegó a cubrir por completo el estómago. El río corría tan enérgicamente que incluso jalaba con la corriente las telas de su ropa y las puntas de su cabello que alcanzaba a cubrir.

Dio un par de bocanadas, cerró los ojos y sumergió el resto de su cuerpo, aguantando la sensación helada que, como pequeñas agujas, se le clavó en toda la piel.

Aguantando tanto como pudo la respiración, comenzó a sentir la presión del agua en sus oídos. Abrió despacio los ojos y vio su largo cabello bailar al suave ritmo que el río marcaba al correr por su cauce.

Con ayuda de sus pies, tomó el impulso necesario para volver a la superficie abriendo su boca para tomar un primer respiro que le enfrió la garganta antes de llevarse ambas manos al rostro para, en un sencillo intento, secar el exceso de agua que le impedía a abrir los ojos.

Distraídamente condujo sus dedos desde sus párpados acariciando suavemente su mejilla, presionando ligeramente sus labios con el índice y anular cuando por fin llegó a ellos, añorando una sensación que jamás volvería a experimentar. Cerró los ojos cuando sintió que un suspiro le inflamó el pecho, exhalando cuando no pudo contenerlo más.

Alejó su mano de su rostro para inmediatamente posarla sobre el lado izquierdo de su corazón y alzó su mirada hacia el cielo, justo donde el sol de la mañana se imponía. Ese mismo sol que hace pocas horas la había visto llorar amargamente, ahora le regalaba el momento más pacífico que había experimentado en muchísimo tiempo.

Sabía que debía atesorar ese momento tanto como pudiera.

Con suerte, podría tratarse de un buen augurio para ella.

-o-

—¡Lo acepté, pero fui un puto cobarde en ese momento! —el escucharlo vociferar con la garganta tan dañada por las heridas le provocó dolorosos escalofríos por todo el cuerpo pero aún así, no se compararon con la demoledora sensación que la atacó al escucharlo continuar—. ¡Pero créeme que mi primera opción era morirme antes que olvidarme de ti!

Sus ojos se abrieron tan violentamente que se sintió mareada. Como náufrago que busca aferrarse a la vida después de ser sacudido por violentas olas, tomó las manos de InuYasha y se aferró fuertemente a ellas.

—¡Perdóname! —No quería llorar, aun cuando su voz sonó muchísimo más aguda de lo normal, no quería que el llanto le ganara y no fuera capaz de pedirle perdón como correspondía, como él se lo merecía, el notar su pasmada expresión a través de su mirada acuosa le dio el valor de continuar—. Llegaste a unos extremos tan dolorosos por mi culpa, ¡yo te permití sufrir así!, tus sentimientos no eran unilaterales, ¡nunca lo fueron!

Sintió su cuerpo entero temblar, ¿hasta qué punto lo había obligado a llegar por su necedad?, ¿por tomar tan malas decisiones?.

Sentía muchísimo temor de solo pensarlo.

Sentía muchísimo dolor.

Casi tanto como sentía amor.

Cuando perdió la batalla contra sus lágrimas, no encontró otra manera de esconder su vergüenza y culpa que agachando la cabeza ocultando su rostro entre las palmas de sus manos.

A pesar de la sorpresa que le ocasionó el sentir sus brazos rodeándola para atraerla hasta su pecho, no se atrevió a levantar la mirada.

Se sentía tan patética en ese momento.

—No fue tu culpa —la serenidad con la que InuYasha le habló se le coló entre los dedos que le presionaban los párpados tratando de detener sus lágrimas—. No debí marcharme con Kikyo. La lastimé a ella, a ti…y me hice daño. No debí abandonarte y dejar que pensaras que no eras importante para mí.

Sus manos temblaron cuando las acercó al pecho de InuYasha después de conseguir apartarlas de su rostro, apenas sintió el roce de la tela de su ropa no pudo evitar aferrarse a ella.

Si alguien le pidiera explicarlo no sabría cómo, pero el sentir las fibras de la tela arrugandose ante la flexión de sus dedos le regalan seguridad, firmeza en que esta vez no estaba soñando con InuYasha.

De verdad estaba ahí.

Y ella estaba entre sus brazos.

—Pensé que era lo mejor —No mintió, además, las palabras salían de su boca sin el mínimo esfuerzo, como si llevaran muchísimo tiempo esperando ser escuchadas—. Pensé que, si salía adelante, si dejaba ir el amor que siento por ti, si al menos lo intentaba, podría llegar a sentirme feliz por ti. Por tu futuro con Kikyo. Si hubiera tenido una idea de lo que esto iba a afectarte, yo…

A pesar de demostrarlo tantas veces como había tenido la oportunidad, esa era la primera vez que le decía directamente que lo amaba. Un amargo sabor se le asentó entre los labios.

Definitivamente no era la forma en la que le hubiese gustado decírselo.

—Oye —Cuando sintió el peso de sus firmes manos sobre sus hombros pensó que se iba a desmayar, así que su cuerpo fue como una hoja ligera cuando él la alejó con cuidado de su pecho para que ambos pudieran verse fijamente—. Ya pasó todo eso. Ahora estoy bien.

Se aseguró de limpiar tan adecuadamente como pudo cualquier lágrima que le estuviera obstruyendo la vista, quería verlo. Había pasado un mes entero sin hacerlo, y aún se preguntaba cómo es que logró salir adelante a ello.

—¿Recuerdas cuando te dije que sabía qué era lo que quería hacer una vez la amenaza de Naraku termine?, ¿la última vez que hablamos en tu dormitorio? —le preguntó con los ojos tan clavados en los de ella que se quedó sin voz, sin tener más recurso que asentir suavemente con un movimiento de su cabeza—. Esa decisión no ha cambiado.

De un momento a otro él se había acercado tanto a su rostro que el aire se le escapó, su primera reacción fue saltar en su lugar y alejarse presa del pánico, con la mente en blanco y con el cuerpo lleno de escalofríos pero, como si se hubiese dado cuenta de eso, le colocó una mano en la nuca empujándola suavemente hacia él.

Cuando la besó, se estremeció tan violentamente que agradeció no estar de pie pues, de lo contrario, probablemente sus piernas se hubieran partido a la mitad. Cerró los ojos casi de inmediato cuando sintió que se le escapaba un suspiro.

Todos los pensamientos en su cabeza se apagaron y su corazón latió tan rápido que pensó que le estallaría.

De verdad estaban ahí.

Él la besó y ella le correspondió.

Los sentimientos de uno por el otro por fin se habían alcanzado.

-o-

Era bastante curioso, pensó abstraída mientras desenredaba su aún húmedo cabello con sus dedos, hasta hace apenas unas horas no podía sentir otra cosa que desesperación por que el tiempo se le escapaba de las manos y, con él, la vida de InuYasha. Pero ahora el tiempo se había ralentizado al punto que perdió su significado. O al menos eso parecía.

Sentada en una de las rocas que bordeaban la orilla del río, el sol le calentó la espalda al mismo tiempo que la ayudó a secar su ropa antes de pensar en vestirse para así continuar con su camino. Esa idea no le causaba tampoco ninguna ansiedad, después de todo sabía que su destino la alcanzaría. Ya fuera ahí, desarmada y vulnerable, o con todas sus defensas arriba listas para toparse con la misma muerte si era eso necesario.

Como si ese pensamiento hubiese llamado a su tan esperado destino, escuchó los galopes suaves de un caballo acercándose a ella. Sin la necesidad de sentirse intranquila, pues su instinto que le ayudaba a detectar presencias malignas no la alteró en ningún momento, dirigió su atención hacia su costado izquierdo.

Cuando vio a su hermana bajando del animal, con la lentitud y cuidados que corresponden a una mujer de su edad, no pudo evitar dejar de jugar con los mechones de su cabello para ponerse de pie sin poder, ni querer, ocultar la sorpresa que le generó el verla ahí.

Quiso acercarse a ella cuando notó que, ajustado a su hombro izquierdo, su hermana menor llevaba un improvisado bolsón cuyo contenido se notaba lo suficientemente pesado para una anciana pero, al final, decidió no hacerlo, quizá temiendo que se tratase de alguna alucinación producto de sus apenas adecuado descanso.

—Me alegra haberte encontrado, Onee-sama —la saludó Kaede antes de que Kikyo pudiese decir o hacer cualquier cosa que no fuera mirarla con intriga.

En el momento en el que Kaede comenzó a acercarse hacia ella, Kikyo se quedó quieta, esperándola, recibió de ella el bolsón de tela rígida cuando estaban una frente a la otra.

Con curiosidad, la sacerdotisa volvió a sentarse en el suelo para poder deshacer el nudo que resguardaba el contenido de la bolsa. Pudo sentir sus ojos abrirse un poco más de la cuenta al ver varios tipos de frutas amontonados hasta el fondo de la bolsa: manzanas, naranjas y, por supuesto, una buena cantidad de melocotones de buen tamaño, propios de la temporada.

De no haber sido porque la mano de Kaede de pronto sujetó la suya, quizá hubiera soltado los extremos de la tela provocando que todas las frutas se regaran por la fría roca donde ahora ambas estaban sentadas.

Fijó su atención en el único ojo de su hermana, tan rodeado de arrugas que sonaba incluso bobo llamarla "menor", maravillándose con el brillo jovial que destellaba.

Sintió su propia mirada ablandarse, incluso se permitió una sonrisa.

—Me alegra que hayas venido a buscarme, Kaede —le respondió por fin.

-o-

La sensación de los rayos del sol regalándole calor directamente en su piel fue lo que la despertó. Instintivamente, Sango llevó ambas manos hasta su rostro, en parte para cubrir sus ojos de la luz del sol que insistía en colarse de entre sus párpados, en parte para tallar los restos de cansancio y así avivarse por completo.

El suave ruido del herbaje debajo de ella cuando su cuerpo se movió al despertarse, así como el alegre cantar de las aves, le recordaron dónde es que había caído dormida después de que el sueño por fin la venciera. La ansiedad golpeó en su corazón por un instante acompañada de la culpa de haberse quedado dormida. Abrió los ojos, levantó su torso de la que había sido su cama durante la madrugada, preparándose para levantarse de un salto y dirigirse hacia la cabaña de la anciana Kaede.

Toda su prisa se interrumpió cuando vio al monje Miroku sentado a su izquierda y a una distancia apenas notable de ella, el semblante del monje, quien hasta entonces no apartaba su mirada del horizonte, le transmitió la paz necesaria para que al final decidiera no levantarse del suelo.

—¿Has dormido bien, Sango? —preguntó Miroku apenas notó que se había despertado, la luz del sol le iluminaba el rostro, o tal vez fue la manera en la que le sonrió, no lo supo con claridad.

—Houshi-sama —le llamó en un tono que no disimulaba su confusión—. ¿C-cómo está InuYasha?, ¿está bien?

—Si te soy honesto, no me he atrevido a ir a verlo —le confesó sin apartar su mirada de la suya—. Pero hace un buen rato que amaneció. Si acaso algo salió contrario a lo esperado, ya nos hubiéramos enterado, ¿no te parece?

Cuando Miroku volvió a sonreírle, Sango sintió su quijada relajarse, siendo consciente sólo hasta entonces que la mantenía tensa; sus hombros y espalda también poco a poco abandonaron la rigidez que la invadió cuando volvió a sentirse preocupada por InuYasha. Entendió que el monje tenía razón, el haber pasado tanto tiempo sin recibir noticias, era definitivamente una buena noticia.

Exhaló un pesado suspiro en el que dejaba ir todo el aire contenido en su pecho al mismo tiempo que cerró los ojos. Esa tranquilidad se sentía tan bien que el darse cuenta que solo era efímera le dolió.

¿Cuándo sería que llegaría la verdadera paz?, pensó molesta. Una que, si no duraba para siempre, por lo menos lo suficiente para disfrutarla de verdad. Ella sabía perfectamente la respuesta del cuándo y cómo llegaría, y eso hacía que doliera todavía más. El propio hombre a un lado de ella, se lo había dicho una vez. El día que InuYasha se marchó con Kikyo. Aquel día que, sin que lo supieran, estaban por enfrentarse a un enemigo invisible pero mortal.

«No nos olvidemos de las razones por las que estamos luchando»

Contuvo la respiración y cerró fuertemente los ojos en un gesto que combinaba su dolor, frustración y tristeza. Quizá la angustiante imagen de su hermano ahogándose en su propia sangre no le atormentó más el sueño pero, mientras no pudiera arrancarlo de las garras a Naraku, la idea de perderlo seguía siendo su mayor miedo.

Su más grande pesadilla.

No pudo evitar dar un pequeño salto en su lugar ante la sorpresa cuando sintió la mano del monje posarse sobre la suya, cubriendo sus dedos casi por completo con su palma para así aferrarse con firmeza a ella, la sensación del rosario sagrado que mantenía el agujero negro en su mano a raya le presionó ligeramente la piel.

Cuando abrió los ojos se encontró con el rostro sonriente del monje iluminado por la luz de la mañana, bajo el nuevo ritmo que había tomado de pronto su corazón pudo recordar con claridad sus palabras de aliento aquel mismo día.

«Lo demás lo iremos enfrentando conforme vaya sucediendo. »

-o-

—Puedes tomar cuantas gustes —le ofreció Kaede a su hermana mayor al darse cuenta que, después de descubrir el contenido del bolso, Kikyo no había vuelto a dirigir su atención a este—, las he traído para ti.

Llamó su atención la manera en la que su hermana parecía no estar segura de cuál fruta tomar, moviendo su delgada mano sobre cada una pero sin llegar a elegir cualquiera hasta que, por fin, aterrizó sus dedos sobre una de las manzanas, la más verde y jugosa de la bolsa.

La vieja sacerdotisa no pudo evitar encontrar aquello muy curioso, habían pasado décadas por supuesto, pero siempre había creído estar segura de que la fruta favorita de su hermana era el melocotón.

Vio a su hermana acomodar su cuerpo de tal manera que quedó sentada con la vista hacia la corriente del río, abrazando sus rodillas mientras parecía pesar el fruto con la palma de su mano derecha. Entendiendo que Kikyo no quería hablar en ese momento, Kaede también dirigió su atención hacia el agua que corría enérgicamente frente a ellas la cuál, era tan cristalina que reflejaba los rayos del sol como pequeños destellos blancos.

El silencio en el que de pronto ambas se habían sumergido, solo interrumpido por el canto de las aves, o el río siguiendo pacíficamente su cauce, se vio alterado por la sonora mordida que Kikyo había decidido, por fin, hincarle a su manzana.

Instintivamente, volvió a fijar su atención en la joven sentada a su lado: continuaba abrazando sus rodillas pero movía distraídamente sus pies desnudos sobre la fría superficie de la roca, provocando que su cuerpo se balanceara suavemente. Como si se tratase de una niña desprevenida y aburrida.

Kaede no pudo apartar su mirada de aquella imagen. No podía recordar un momento en el que su hermana hubiese estado tan serena como en ese momento, habían sido literalmente años. Sin temor a exagerar, quizá mucho tiempo antes de que fuese elegida como guardiana de la Shikon no-tama.

—InuYasha…él… —por fin su hermana mayor tomó la decisión de empezar a hablar con ella—. ¿Está bien?, ¿despertó?

—Decidí dejar la cabaña unos instantes antes de que amaneciera, pero aguantó toda la noche —le respondió casi de inmediato—. Y, antes de venir en tu búsqueda, todo en la aldea seguía en paz.

Pudo notar el diminuto gesto de una sonrisa en los labios de Kikyo.

—Claro que lo hizo —soltó Kikyo en lo que pareció un suspiro, su tono era irónico, sí, pero también podía notarse sinceramente aliviada—. Seguro que Kagome no se apartó de él.

—No —le confirmó—. Ni por un instante.

Le pareció que Kikyo se abrazó a ella misma con un poco más de fuerza ante esa respuesta, para justo después darle una nueva mordida a su manzana.

—La forma en la que InuYasha la miró cuando se dio cuenta que estaba ahí, quizá no la olvide jamás —confesó Kikyo volviendo a balancear la redonda fruta en la palma de su mano, de pronto notó en su mirada castaña un destello de dolor—. Si que hubiese cometido un error si conseguía curarlo por mi misma, ¿no es así? Me arrepiento de haber sido tan egoísta.

—Hubo un momento que no parecía haber otra opción —intentó tranquilizarla pero su hermana no dejó ese semblante apesadumbrado que había adoptado—. Tú solo quisiste salvarle la vida.

—¿Tú lo crees así, Kaede?, después de todo, si Kagome regresaba o si InuYasha moría, de igual forma significaba para mí perderlo —Kikyo finalmente se aburrió de jugar con su comida y dejó la manzana en el suelo, justo a un lado de ella—. El querer salvar lo que sea que hay dentro de InuYasha que es mío de esa manera tan drástica, fue cruel, fue egoísta.

—No deberías lamentarte por cosas que no pasaron. Podemos agradecer que Kagome llegó a tiempo —le respondió sin alterar el sosegado ambiente que ambas habían creado—. No fuiste cruel ni tampoco creo que egoísta, Onee-sama, ¿quién no haría lo que fuera por retener aquello que creyó haber recuperado?

—¿Sabes?, cuando te escucho hablar de esa forma pienso que debería ser yo quien te hablase con respeto y no al revés —su hermana se permitió reír por un breve instante antes de volver a mirar hacia enfrente con nostalgia—. Después de todo, llegaste a ser mucho más madura y sabia de lo que fui yo.

—No fue nuestra culpa —le aseguró sin dejar de observarla.

—No, no lo fue —confirmó Kikyo agachando levemente la mirada.

—¿Qué piensas hacer ahora, Onee-sama? —preguntó con cautela, Kikyo levantó su mentón y mantuvo su mirada fija en el cauce que se movía frente a ellas.

—Voy a acabar con Naraku —aseguró sin titubear, Kaede se dio cuenta que su hermana mayor se aferró a las telas de su ropa, como si esa declaración le hubiese encendido la sangre—. No importa lo que eso me cueste.

El escalofrío que le recorrió la espalda fue simplemente doloroso. No hacía falta preguntarle, sabía perfectamente lo que quería decir. Se preguntó si el terror que le provocó esa declaración había sido tan evidente cuando la joven de cabello negro volteó a mirarla para después regalarle una sonrisa que buscaba calmarle el alma.

—No tengas miedo, hermanita —el tono de voz que utilizó, la regresó a cuando tenía ocho años—, ¿o es que no me tienes confianza?

Kaede no respondió. Siempre confió en su hermana, incluso cuando ella ya no estaba más a su lado. Su recuerdo y enseñanzas fueron la semilla de la mujer en la que se convirtió al crecer, incluso lo sabía y madura que ella recién le reconoció ser al envejecer. Todo era gracias a ella.

Pero…la mínima posibilidad de volver a sepultarla le quemaba cada fibra del corazón.

—Quiero que vivas… —le contestó por fin.

—Me temo que no está en mis manos —Kikyo simplemente se encogió de hombros—. Ya me he escapado tanto de la muerte que, quizá cuando me alcance de nuevo, no tenga ganas de ser amigable.

—También quiero que seas feliz —insistió, mostrando lo muy en contra que estaba de resignarse.

La mirada de su hermana se enterneció.

—Puedo asegurarte una cosa, Kaede —su hermana había dejado de abrazar sus rodillas y ahora las estiraba sobre el suelo al mismo tiempo que alzó su mirada al cielo—. Ahora mismo estoy en paz, con un gran dolor en el corazón, pero en paz.

Un suspiro se le escapó de los labios al darse cuenta que no obtendría nada más que eso. Lo entendía, la conocía bien y sabía que no le prometería cosas que no fuera capaz de cumplir.

Alzó su limitada visión hacia el cielo, tal y como su hermana lo hizo, las nubes se movieron suavemente sobre el manto azul claro sin ninguna ráfaga de viento que les afanara el paso.

—Gracias, Kaede —escuchó la firme voz de Kikyo pero ella no apartó su mirada del cielo, casi segura que ella tampoco lo había hecho—. Sea como sea que terminen las cosas en esta ocasión. Me alegra haber podido despedirme de ti…

Comprendió esa última frase con total claridad pero no por eso le dolió menos.

Aún si conseguía cumplir su propósito sin perder la vida… no volvería a verla.

Abrazó con muchísima más fuerza el sentimiento de que le provocaba la certeza de que, fuera como fuera que concluyera todo, su hermana estaba en paz.

Lo único que ella realmente deseaba.


N.A: Es que ni siquiera sé cómo empezar por aquí. Un año entero dejando aquí sin actualizar, ufff. 2022 fue sin duda un año de subidas y caídas para mí. Con grandes felicidades (como la de mi matrimonio con la persona que amo) y grandes tristezas (como la partida a otro plano de un amigo tan querido para mí que jamás dejará de dolerme) así que en el inter he tenido que reconciliarme con mis ganas de escribir y mis procesos creativos. Pero ya estamos aquí y es lo importante .

Este capítulo fue escrito/borrado/re-escrito tantas veces que por mi propio bien dejé de contarlas. ¡En fin!, ¿por qué mejor no les hablo de lo sólido y en vez de solo el vapor?

Desde el primer párrafo de este fic, ya existía una razón dentro del contexto de la historia por el cual la esencia de Kikyo o la de Kagome son lavandas y jazmines respectivamente.

Se suele pensar que el regalar una flor de lavanda a alguien significa "Tu recuerdo es mi única felicidad", también están asociada con la devoción y la paz, así pues asocié esa flor con Kikyo a la vez que nombre este capítulo así para cerrar su pasaje por este tan tormentoso fanfic. Al final me di cuenta que no podía darle un final firme dentro de la historia, al menos no uno que le diera el honor que deseaba darle, así que decidí que quedara como uno en el que cada lector pueda pensar como más conveniente crea que se lo merece.

Aún cuando pensé que este fic ya estaba por terminar, resulta que tiene todavía mucho que contar. Y me alegra sentirme capaz de traérselos de vuelta. ¡Nos vemos pronto! No saben lo mucho que agradezco su cariño pero sobre todo su paciencia.

-Kao