Capítulo Cuatro
Después del pequeño descanso que habían tenido los fantasmas, el siguiente en contar su historia fue Malverde. Los demás se colocaron en sus lugares y estuvieron listos para escuchar la historia del bandido generoso, aquel que en la actualidad lo consideraban "el santo de los narcos".
Malverde comenzó contando su historia, que había sido parte de la tribu de indios Yoreme, aprendió de ellos varias cosas y consideraba a Surem, el jefe de la tribu, como una figura paterna. Cuando llegó el momento en que su padre había sido fusilado a manos de los hombres de Herminio Quiñones, Malverde tuvo que controlar el sentimiento de rencor que empezaba a apoderarse de él.
No se conformaba que Quiñones estuviera en el Bajo Astral, había altas probabilidades de que el malvado hacendado estuviera planeando una que otra artimaña para vengarse.
— ¿Él hizo eso?
— Sí, Quiñones le tenía rencor a mi padre, lo mató frente a mí — respondió Malverde mirando a Elizabeth I con los ojos brillando de enojo. — Aún estando en la muerte, no puedo olvidar ese momento que quema en mi memoria. Desde ese día, había decidido hacer lo posible por hacer justicia a los que menos tienen. Ahí fue donde comencé a robarle a los ricos y darle el motín a los pobres.
— ¿Parecido a Robin Hood? — preguntó María I. — Es una leyenda muy conocida en Inglaterra, un bandido que repartía lo que robaba a los pobres.
— Así es, aunque a mucha gente no le agradaba que yo estuviera haciendo esas acciones…. Especialmente la familia de Isabel.
— ¿Isabel?
— Sí, me enamoré de ella desde muy joven — dijo Malverde, su expresión había pasado a la nostalgia. — Isabel fue una mujer muy fuerte y segura de sí misma, leal a su familia. Tuve un hijo con ella, Ignacio, tan parecido a ella.
— ¡Ay que bonito, carnal! — exclamó Victoria con una sonrisa.
— Claro, no podía arriesgarme a ponerlo en peligro. Con Nazario ya era suficiente.
— ¿Nazario?
— El hermano de Isabel, se unió a mi tropa por el motivo de hacer justicia. Él y la China Navajas eran los más leales a mí.
— ¿Cómo Bellatrix y Barty Crouch Jr? — preguntó Mary sorprendida. — Ellos eran muy leales a Voldemort, demasiado leales.
— Una cosa es lealtad y la otra es fanatismo, en el caso de Nazario y China era lealtad y aún estando en el Más Allá, siguen siendo leales. Durante varios años, mi tropa y yo seguimos realizando nuestras obras, aunque tuvimos que estar alerta de Quiñones y de su maldita socia.
— ¿Socia? — preguntó Fierro confundido. — Esa no me la sabía.
— Desgraciadamente lo es, en San Blas de Baca vivía una bruja de apellido Broomhead, su nombre era Luciana. Ella era socia de Quiñones en toda la extensión de la palabra, con magia negra incluida.
Constanza lo miró como si estuviera bromeando. ¿La maldad de los Broomhead había llegado hasta México?
— Eran dos verdaderos obstáculos, pero aún así hicimos nuestra labor de justicia y claro, tuve que enseñarle una lección a Villa y sus hombres.
Villa y Fierro se quedaron callados, todavía recordaban esa discusión cuando estaban en Chihuahua.
— ¿Qué lección?
— Una revolución no es una revolución si aplican lo mismo que las personas abusivas. Villa estaba interesado en que me uniera a su tropa pero después de que vi lo que hacía, decliné su oferta.
Villa hizo una seña de "bueno, en gran parte tenías razón, Malverde".
— ¿Y cómo te petateaste?
— Hay muchas versiones de mi muerte, una versión era que alguien me entregó a los federales para cobrar la recompensa, otras fui fusilado pero no fue así…. Fue Luciana.
— ¿Qué hizo ella?
— Durante un enfrentamiento con los hombres de Quiñones, me enfrenté a Luciana. Fue una batalla dura, pero esa víbora fue una tramposa; usó ese hechizo de tortura en mi y al estar débil, pude dispararle al mismo tiempo que ella lanzaba un rayo verde hacia mí.
— ¡¿Usó la maldición asesina?! — exclamaron Constanza, Mary y Victoria asombradas.
— Sí, Luciana murió unos minutos después que yo. Cuando llegué ante Lord Tempest, me enseñó que la recompensa había sido repartida entre los pobres y que Quiñones finalmente había sido castigado por sus crímenes.
— ¿Y qué hay de ustedes dos?
Fierro se reía mientras miraba coqueta a María I. La ex reina de Inglaterra sólo rodaba los ojos mientras Edward le lanzaba una mirada fulminante.
— Pues verán, yo era miembro de la tropa de Villa durante la Revolución Mexicana. Participé en muchas batallas, una le dió el mando al General Villa de Ciudad Juárez. Hasta que llegó la campaña contra Carranza y ahí no fue nada exitosa.
Villa hizo una seña de estar de acuerdo con lo que decía Fierro.
— Fui derrotado en Guadalajara pero en las otras batallas la suerte volvió a estar de mi lado. Tras la batalla de León, Villa se enfureció conmigo y mandó a qué me fusilaran pero claro me escapé de la muerte.
— Que patético
— Cállate, Theresa
— Pues aunque no lo creas, fresita de barrio, me libré de la muerte y volví a ser readmitido en la tropa. La suerte venía y se iba, hasta que finalmente fui derrotado en Salvatierra y Valle de Santiago — prosiguió Fierro. — Al ser temible, eso me llevó a la muerte y de ahí no me libré. Morí ahogado en una laguna que ahora lleva mi nombre.
— Con razón estás todo mojado — se reía Theresa. — A ver si así se te quita la mugre.
— ¿Y qué pasó con Villa? ¿Y su cabeza?
Villa se encogió de hombros y por medio de señas mencionó que no sabía dónde estaba su cabeza, si después de tantos años todavía existía. Quería su cabeza de regreso.
— Según Lord Tempest, Villa había recibido 16 disparos cuando iba rumbo a Durango. Fue asesinado en 1923 y tres años después, le cortaron la cabeza — dijo Fierro con tono de misterio. — De ahí nadie supo cuál era el paradero actual de la cabeza de Villa, desgraciadamente.
— Ya ha de haber un montón de cenizas asquerosas en vez de su cabeza — replicó Theresa con arrogancia.
— Al menos sabemos quién le mochó la cabeza, Álvaro Obregón y es muy raro que no esté en el Bajo Astral — mencionó Malverde. — Él perdió un brazo en una batalla contra Villa.
— Ah ya salió el peine, ojo por ojo… diente por diente.
— Nomás que es brazo por cabeza
Villa hizo una seña de que se callaran, todavía le molestaba que hacían bromas sobre el paradero de su cabeza.
— Oh no te calientes plancha, solo fue un comentario. Bueno, todas nuestras historias han sido muy interesantes.
— Una muerte mucho más dolorosa que la otra, aunque a Theresa fue por ser la consentida.
— ¡Tú cállate, naca zarrapastrosa! ¡Al menos no me mataron por ser sangre sucia! ¡O por enfermedad como éstos tres!
Se volvió a abrir una discusión en la sala por varios minutos hasta que Constanza decidió callarlos con un hechizo.
— ¡Vuelven a discutir un minuto más y juro que los encierro a todos en el espejo!
Los demás se callaron y regresaron a sus lugares. Constanza sonrió orgullosa y regresó a su asiento, mientras la luz del amanecer aparecía por la ventana del cuarto.
— Oh ya amaneció, ¿Qué hora es?
Mary se acercó al reloj antiguo que estaba en el otro lado de la habitación. El reloj era antiguo, del siglo XIX y marcaba las 7:01 am, habían pasado toda la madrugada escuchando las historias de los demás.
— Es bien temprano, chicos — dijo Mary. — Son las 7:01 am, según la dueña del departamento 39 viene a las 10:00 am.
— Veremos quién es el nuevo inquilino y si soporta estar un día en el departamento — dijo Victoria emocionada.
Los fantasmas se pusieron en marcha para repasar el plan de ver si el inquilino era digno de quedarse con el departamento.
