Capítulo Cinco

Había sido un día no muy agradable para los diez fantasmas. El nuevo inquilino no había durado ni cinco minutos en el departamento, había salido corriendo a los ojos de los vecinos. Theresa había sido la causante de que el inquilino durara tan poco tiempo, fue un récord mundial.

Apenas era el mes de agosto y ningún inquilino se había atrevido a tomar el departamento 39, comenzando a tener la fama de que estaba maldito y únicamente provocaba desgracias. Los diez fantasmas no paraban de vigilar por las ventanas si llegaría alguien, por lo menos viniera la dueña del departamento, ni sus luces siquiera.

El grupo se había cansado de vigilar las ventanas y optaron por explorar la terraza del edificio, tenía una increíble vista al puente de Londres y los modernos edificios que estaban al otro extremo del puente. Era un día nublado y con alta probabilidad de que lloviera, en Inglaterra era muy normal que la mayoría de los días fueran nublados y con lluvia. Rara vez había sol y días calurosos.

Eran las cinco de la tarde y como era tradición, se tomaba el té con pastelitos o sándwiches. Ninguno de los fantasmas podía comer o beber, a menos que Lord Tempest y la Reina Catherine les dieran el "privilegiado don" de volverse humanos y conservando sus poderes de fantasmas. Pero para ganarse el don, los fantasmas deberían acatar las reglas de que el inquilino del departamento durara por lo menos tres días; lo cual no fue así todo por culpa de Theresa.

— ¡Ash! ¡Ya dejen de culparme! ¡Ese naco no aguantaría una maldita noche! — se quejó Theresa pisoteando el suelo y cruzándose de brazos.

— Por eso nadie quiere el departamento, ya la dueña se está dando por vencida y no creo que alguien tan pendejo lo rente ahora — dijo Mary rodando los ojos. — Ni con ofrecerle un millón de pesos lo haría.

Villa hizo señas de armar un batallón otra vez y así convencer al nuevo inquilino de rentar el departamento.

— Si ya no estamos en la Revolución, Don Pancho — dijo Victoria moviendo una de las macetas. — Ni con hacer un plantón lo convencería.

— ¡Victoria, deja esa maceta ahora!

Victoria se sobresaltó del grito de Constanza y provocó que la maceta cayera de la terraza.

— ¡Ay no me asuste, Doña Ogrum!

De repente, se escuchó el sonido de la maceta quebrarse y luego el quejido de alguien. Los diez fantasmas se acercaron a la terraza y vieron que la maceta le había caído al administrador del edificio Medici.

— ¡En la madre! ¡Le diste al administrador!

— Pos si fue Doña Ogrum, ¡Ora si que es un 50% de culpa de ella y el otro 50% de la mía! — exclamó Victoria. — Ay nanita, ¿ya lo maté?

— Si se hubiera muerto ya se hubiera aparecido aquí, naca zarrapastrosa — dijo Theresa rodando los ojos. — A lo mucho en coma.

— Ay virgencita de Guadalupe, solo nos queda algo por hacer, lo que se debe hacer en estas situaciones.

— ¿Qué se tiene que hacer? — preguntó Elizabeth I.

— Lo que se tiene que hacer, Lizzie es…. ¡Viaje al último! — gritó Mary al mismo tiempo que ella y Victoria se alejaban de la terraza. Los demás se quedaron ahí en su lugar. — ¡Que le corran pues!

Los demás rápidamente se alejaron de la terraza y entraron al edificio, rumbo al departamento 39 en lo que esperaban la noticia del administrador y peor aún, del Consejo Fantasmal. Ya entrada la noche, el grupo se reunió en la vacía sala de estar.

— Conste que yo no tuve la culpa, eh — dijo Theresa arrogantemente.

— Ya entendí, fresita de panteón — dijo Victoria agarrando una de sus coletas. — Ay nanita, que no se muera el administrador, ahora sí nadie va a querer el departamento 39. Tendremos que vivir con esa idea.

— No hay que rendirnos, puede llegar el día en que tengamos la noticia de que ese departamento está rentado — replicó Malverde.

— Mucho menos que no se acerque la víbora infernal aquí.

Los demás asintieron al mismo tiempo. La mayoría ya sabía a quién se refería Fierro, todos tenían la misma expresión de molestia con tan solo mencionarla.

— No se va a acercar, no viene por aquí — dijo Constanza. — A lo mucho vienen sus sirvientes a dejar mensajes de amenaza.

— ¡O manzanas envenenadas!

— No hablen de veneno, ¿no ven que morí así como Blancanieves? Ni recibí un beso de un príncipe, we.

Villa hizo una seña de "no te des tanta importancia, muchacha. No creo que te aguanten aún estando casada". Theresa resopló y se cruzó de brazos.

— ¿Y creen que venga ella? No hay que confiarnos mucho, puede atacar de una forma u otra. Ella controla el Bajo Astral, acuérdense.

Los fantasmas hicieron muecas al recordar una de las advertencias que Lord Tempest les había comentado. Nunca ir al Bajo Astral, era un lugar prohibido para los demás fantasmas. El lugar de castigo para aquellos que no se arrepentía de sus actos en el lecho de muerte. Y ella, la Dama Oscura, controlaba el Bajo Astral sacándole provecho de usar a diez fantasmas con la sed de venganza insaciable para sus planes.

— No puede estar aquí, el edificio Medici está protegido por el Consejo Fantasmal — dijo Constanza. — Si logra atacarnos, el Consejo se dará cuenta.

— Por lo pronto, concentrémonos en qué este departamento esté rentado, como sea.

El grupo asintió y pronto se retiraron a descansar, uno se mantenía despierto para hacer guardia. Esa noche le había tocado a Constanza a hacer guardia, ya tenía experiencia cuando estaba viva. Mantenía vigilado el perímetro pero también vigilaba a Mary y Victoria, el dúo que siempre se metía en problemas, al igual que Fenella y Griselda.

Constanza disfrutó la tranquilidad de la noche, rota en pocos minutos por los ronquidos de Mary.

— Por Merlín, ¿Qué dice para merecer esto?