N/A: ¡Hola a todos, aquí JkAlex con un nuevo capítulo!

Escribir los dos últimos capítulos fue refrescante, pero me alegro de finalmente continuar con la historia principal.

Debo decir, escribir este capítulo fue una total apuesta de mi parte. He dicho que quería hacer las cosas diferentes al canon, y esta es mi respuesta a esa declaración. Y espero que les guste.

Para los interesados, les invito a formar parte del servidor ¨Emerald Library¨, una comunidad para los amantes de la escritura, ya sea de fanfics o historias originales, donde podrás compartir tus historias, encontrar autores y charlar con ellos. Pueden ingresar a través de este código:

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Debo de decirles, que ese servidor es un servidor inglés. Así que no sabes hablar inglés, te será un poco difícil interactuar con los miembros.

También pueden buscarme en Discord con el nombre de JkAlex#5085.

Y sin más preámbulos… Let´s go!


Capítulo 6

La batalla en el acantilado

Declaración de guerra

Había un recuerdo que me traía consuelo cuando mientras me encontraba en la oscuridad.

Fue luego de haberme topado con una manada de perros del infierno. Y, aunque no recuerdo mucho lo que sucedió en aquel momento, si recuerdo abandonar el claro del bosque donde había ocurrido aquella batalla, estando repleto de cortes, golpes y cubierto de polvo de oro de pies a cabeza, únicamente empuñando mi cuchillo de colmillo de perro del infierno.

Trastrabillé hasta llegar a un acantilado y derrumbarme a los pies de un árbol con la espalda apoyada en el tronco, recuperando el aliento mientras miraba el océano que parecía interminable.

Sabía que podía quedarme durante horas mirando aquel paisaje sin decir una sola palabra, pero el sonido de pasos acercándose detrás de mí y de las hojas crujir me alertó de la presencia de alguien más, aunque ya sabía quién era.

¿Te sientes mejor?

Algo... —admití.

Mataste a más de una docena esta vez, los demás huyeron.

Yo solo asentí de manera distraída.

Buscar activamente a los monstruos para desahogarme era algo frecuente para mí. Mientras peleaba, mi mente solo estaba en sobrevivir, en matar a mi enemigo. No había tiempo para dejarse llevar por los sentimientos que siempre me abrumaban. Era, en cierta manera, terapéutico. ¿Era saludable? No lo sabía, pero era la única manera de aliviar la ira que siempre parecía hervir en mi sangre.

Ahora, mientras miraba el océano, mi único pensamiento era descansar un poco y luego seguir moviéndome. ¿Hacia dónde? No lo sabía. Y no importaba. Solo sabía que tenía que seguir avanzando.

¿Sabes? El mar siempre me ha calmado—comentó el hombre a mi lado con la misma voz melancólica de siempre—. ¿Ocurre lo mismo contigo, Percy?

Yo no respondí, simplemente asentí de manera distraída mientras seguía mirando la manera en la cual el sol se asomaba por el horizonte, iluminando todo a su paso.

El paisaje frente a mí me provocaba una extraña sensación de calma. El océano extendiéndose en el horizonte hasta donde alcanzaba la vista. Era uno de los pocos momentos donde la ira que sentía parecía desaparecer, dejándome una sensación de extraña calma.

Es inmenso... —continuó diciendo el hombre, la admiración en su voz era casi palpable—. Si existe un creador, hizo este mundo demasiado grande. Tanto, que hace parecer todo lo demás tan pequeño, incluso nuestros problemas.

Yo fruncí en ceño ante sus palabras.

Yo solo tengo un problema del que ocuparme; sobrevivir.

Bueno, te he estado ayudado con eso estos últimos dos años, ¿no es así?

Yo asentí. Él tenía razón. Durante los últimos dos años desde que comencé a vivir en las calles, él me ha enseñado tanto. Ni siquiera sé su nombre, pero él me ha enseñado a controlar mis poderes, a pelear.

Él me enseñó a sobrevivir.

Pero dime algo, Percy—dijo él, sacándome de mis pensamientos—. ¿Quieres sobrevivir o quieres vivir?

Yo volteé a mirarlo, confundido.

¿Hay alguna diferencia? —pregunté.

Lo hay—asintió él con convicción—. Sobrevivir es lo que tú haces día a día. Peleas con monstruos, los matas para que ellos no te maten. Buscas un lugar donde dormir cuando tienes sueño y algo que comer cuando tienes hambre. Vivir es... mucho más complicado. Vivir es disfrutar cada momento como si fuera especial y único. Para vivir, necesitas algo que te impulse a hacerlo. Algo que llene ese vacío que sientes dentro de ti—él se rio entre dientes—. O al menos, eso fue lo que alguien me dijo una vez.

Sentí como si algo se retorcía dentro de mí. Desde que mi mamá murió y comencé a vivir en las calles, lo único que quería era sobrevivir. Nada más.

¿Y si no tengo una razón?

Él volteó a mirarme y, a pesar de que su rostro estaba escondido debajo de la capucha de la sudadera que siempre llevaba puesto, pude ver la sonrisa triste que me dio.

Entonces tienes que encontrar uno.

Yo di un resoplido.

Haces que suene fácil.

Nunca lo es—replicó él.

Hubo un silencio entre nosotros antes que decidiera preguntar.

Tú... ¿Tienes uno? ¿Una razón para vivir? ¿Algo que llene el vacío?

Él soltó una ligera risa antes de asentir y voltear a mirar el amanecer.

Lo tengo.

¿Cuál es? —pregunté, sonando más expectante de lo que esperaba.

Él sonrió con anhelo.

Las personas a las que amo. Mis amigos, mi familia… y la mujer a la que amo. Ellos llenaron ese vacío.

¿Y por qué no estás con ellos?

Sus labios se torcieron ligeramente y supe que fue una pregunta que tocó un tema sensible para él.

No puedo—dijo él—. Al menos, no aún. Acordamos reunirnos dentro de un par de años. Pero, algunas veces, me reúno con un amigo y nos ponemos al día.

¿Es por eso por lo que te vas por unos días? —pregunté, interesado—. ¿Para reunirte con este amigo tuyo?

Él asintió.

En los dos años que llevamos viajando juntos, cada uno o dos meses, él se va por un par de días, semanas en algunas ocasiones, diciendo que tiene algunos asuntos personales que atender. Nunca pregunté por ello, sabiendo que no me correspondía, pero aun así tenía curiosidad.

Este amigo tuyo... ¿Es una de esas personas importantes para ti? ¿Uno que llena el vacío?

Sí... lo es—él se volteó y, a pesar de que no pude ver sus ojos, sabía que me miraba directamente—. Las personas llenan el vacío en nuestros corazones, Percy. Pero para hacerlo, debes estar dispuesto a buscarlos. Y, por sobre todo, aceptarlos.

¿Buscarlos?

El hombre asintió y caminó hasta estar al borde del acantilado. Él observó el mar a decenas de metros debajo, como si estuviera considerando saltar.

El mundo es inmenso—dijo él—. Pero debido a la inmensidad del planeta, desconocemos la distancia que hay entre nosotros mismos. Aunque seamos 7 millones de personas en el mundo... todos nos sentimos solos. Por eso pasamos toda nuestra vida buscando a una persona con la que esa distancia no exista.

Al escuchar aquellas palabras, como las corrientes de un río que limpian todo a su paso, mi ira desapareció. Siendo borrada por algo que había estado enterrado en lo más profundo de mí. Nunca desapareció, siempre estuvo allí, latente, pero enterrado debajo de todo el dolor, la ira y la tristeza que me abrumaban todos los días.

Sentí un nudo en la garganta y cuando hablé, hubo una emoción en mi voz que no había sentido en años.

Crees... ¿Crees que encontraré a esas personas algún día?

Él volteó para mirarme y, debajo de su capucha, por un segundo pude ver parpadear una pequeña llama de color azul casi blanco en el lugar donde deberían de estar sus ojos. Tal vez fue solo mi imaginación, porque al segundo siguiente desapareció.

Lo harás—asintió él con convicción.

Al escuchar aquellas palabras que no tenían ni una sola pizca de duda, pude volver a sentirlo.

En el fondo de mi corazón, volvió a arder la esperanza.

Pero hasta que ese día llegue, debemos de movernos—sentenció él.

¿Por qué? —cuestioné yo—. He matado a los monstruos que nos perseguían. Podemos tomarnos unas horas antes de volver a movernos.

Los monstruos no son los únicos que nos persiguen—una sonrisa divertida estiró de sus labios—. Hay algo más peligroso que un monstruo.

Cuál... ¿Cuál es? —pregunté, un poco temeroso por saber la respuesta.

Él se rio entre dientes.

Un grupo de mujeres muy, muy enojadas. Y sobre todo peligrosas. Tampoco ayuda en nada que sea yo quien las enoje de esa manera.

¿Eso es lo que haces cuando desapareces por unos días?

Él se encogió de hombros mientras se acercaba a mí.

Créeme, es mejor que no te relaciones con ellas por ahora—él extendió su mano derecha para ayudarme a levantarme—. Andando.

Observé su mano extendida, la cual brillaba debido a la luz del sol que lo reflejaba y lo tomé. Incluso si estaba hecho de una especie oro brillante, era cálido al tacto.

Volteé a observar como el sol ya se había asomado completamente en el horizonte. Por alguna razón, sentía mis hombros mucho más livianos. Como si me hubiera quitado un peso de encima.

Tienes razón... —murmuré—. Es inmenso.

Cuando abandoné aquel acantilado junto al encapuchado, lo hice con una sonrisa.


Los ojos de Percy se abrieron lentamente, saliendo de sus sueños.

Él miró su mano, aún podía sentir la calidez cuando agarró la extraña mano del hombre de sus sueños. Aún podía escuchar su voz resonando en su cabeza y supo que había soñado con el hombre que lo ayudó cuando vivió en las calles antes de encontrarse con Thalia y los demás.

Por más de que pensara, no sabía quién era él, o el aspecto que tenía debajo de su capucha. Solo recordaba una sonrisa nostálgica, su brazo derecho que parecía estar hecho de un metal brillante, y el destello de una llama azul blanquecino que vio en sus ojos.

Tal vez era un semidiós que lo ayudó. O tal vez un dios que se apiadó de él, aunque dudaba de eso.

Percy no lo sabía y tenía el presentimiento de que incluso si recuperara sus recuerdos, aún no sabría la identidad de aquel hombre.


Para el alivio de todos, el viernes había llegado. Lo que significaba que finalmente podrán salir del internado militar y, con un poco de suerte, con dos semidioses sanos y a salvo.

La única parte que los incomodaba era que tenían que participar del baile de invierno.

—Saben, antes de llegar aquí me mentalicé para todo—dijo Andy, observando el gimnasio—. Enfrentarme con todo tipo de monstruos y peligros... Pero definitivamente no me preparé para esto.

Andy, Annabeth, Percy y Grover se encontraban en el gimnasio del castillo Westover Hall, donde se celebraba el baile de invierno. Incluso se habían vestido para la ocasión, con Andy usando una blusa verde y una falda que le llegaba por debajo de las rodillas. Annabeth, en cambio, estaba usando un modesto vestido color gris de tirantes que le llegaban hasta la mitad de sus piernas.

El único que parecía mínimamente interesado en el evento era Percy, quien iba vestido con unos pantalones negros, una camisa blanca con una corbata azul y un saco negro. Era la primera vez que formaba parte de un evento donde participaban personas que tenían alrededor de su misma edad, así que estaba un poco emocionado por ello. Los eventos del Campamento Mestizo no contaban, ya que ninguno era normal.

Sus ojos iban de los llamativos carteles que anunciaban el baile de invierno, los globos y las serpentinas de colores que decoraban las paredes y el techo, junto con la enorme bola de cristal en medio del salón. Los niños pateaban los globos o intentaban ahorcarse entre ellos con la serpentina, y las chicas se reunían como un cardumen de pirañas, con sus vestidos coloridos y los rostros llenos de maquillajes. Más que un baile de invierno, a Percy le parecía un absoluto caos.

A decir verdad, él se sintió un poco decepcionado. No era así como se había imaginado un baile escolar, aunque supuso que las películas y series que había visto le habían dado una idea equivocada y altas expectativas. Expectativas que explotaron como los globos que eran pinchados por los niños.

—Pues no está tan mal—comentó Annabeth, observando de manera analítica todo el lugar—. Los bailes de mi escuela son peores. Al menos no hay dramas sobre chicas peleándose porque usan el mismo vestido o chicos celosos que golpean a otro porque trajo a la chica que le gustaba.

—O tal vez solo aún no ha comenzado—mencionó Grover, mirando de manera nerviosa por todo el lugar.

Incluso vestido para el baile, con pantalones marrones y una camisa verde oscuro debajo de un chaleco abotonado, él aún tenía puesto su gorra rasta en su cabeza, dándole una apariencia algo extraña y fuera de lugar.

—Oye, Annabeth, ¿dónde está Thalia? —preguntó Andy—. Pensé que estaría aquí.

—Ella está afuera en el auto, listo para irnos—informó Annabeth—. Cuando saquemos a Nico y Bianca, nos iremos inmediatamente. Es demasiado peligroso quedarse aquí.

Grover les había informado que el olor de los monstruos que había en el lugar se había vuelto más numeroso alrededor de la escuela, llegando a abrumarlo un poco. Es por eso por lo que necesitaban actuar con rapidez

—Los veo—señaló Percy, apuntando discretamente a las gradas donde estaban Nico y Bianca.

No se sorprendió de verlos discutir. O más bien, a Bianca diciéndole algo a Nico mientras él parecía más interesado en barajar sus cartas de Mitomagia.

Grover olfateó el aire por un segundo y luego se tensó visiblemente.

— ¡Chicos, por allí! —apuntó él.

Todos voltearon a mirar a las puertas cercanas a las gradas a un hombre vestido con un uniforme militar color negro, tenía la cabeza rasurada y caminaba completamente rígido con las manos detrás de la espalda a la vez que observaba de manera inquisitiva los alrededores. Por un segundo, pareció mirarlos directamente y entrecerrar los ojos.

—Es... es un monstruo—musitó Grover en un tono tembloroso—. El Dr. Espino es un monstruo.

— ¿Estás seguro? —cuestionó Andy.

—Tan seguro como que no te lavaste los dientes después de almorzar.

— ¿Conoces a ese hombre, Grover? —preguntó Percy.

Él asintió.

—Es el subdirector: el Doctor Espino. ¿Cómo es que no me di cuenta antes de que él era un monstruo?

—He estado pensando sobre ello y tal vez sea por la presencia del demonio que Percy y los hermanos Winchester exorcizaron—supuso Annabeth—. Pertenecía a un panteón diferente al nuestro. Tal vez eso confundió tus sentidos. Pero ahora que se ha ido, tus sentidos dejaron de estar nublados.

—Supongo que tiene sentido—reflexionó Percy, mirando de reojo por si Espino intentaba algo con los hermanos Di Angelo—. Grover, ¿qué tan fuerte es su olor?

Grover le había dicho que el olor de los monstruos era, en cierta forma, igual que los semidioses. Mientras más poderoso sean, más fuerte es su olor.

—Mucho—reconoció Grover—. Definitivamente, no es un monstruo cualquiera como un lestrigón o un cíclope. Puedo decir con certeza que es un monstruo único en su especie. Pero eso no es lo peor...

— ¿Qué puede ser peor? —cuestionó Andy.

Grover tragó saliva antes de responder.

—El Dr. Espino no es el único monstruo en la escuela. Puedo oler a otros dos monstruos aún más fuertes que él.

Su declaración causó preocupación en los semidioses, quienes miraron con inquietud los alrededores. De repente, se sentían observados y amenazados. Incluso el aire se volvió un poco más pesado a la vez que los sonidos del baile pasaban a segundo plano.

—No podemos acercarnos a ellos con el Dr. Espino vigilándolos tan de cerca—dijo Grover.

—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó Andy.

—Podríamos activar la alarma de incendios—propuso Percy, observando una de las alarmas que se encontraban en la pared—. Eso causará una distracción.

—Necesitamos algo más llamativo que eso, como dejar caer la bola de cristal—Andy apuntó a la bola de cristal que arrojaba haces de luz por todo el oscuro salón—. Nadie se lo esperará. La dejamos caer sobre Jake, y mientras todos se reúnen agarramos a los hermanos y nos vamos.

Percy se llevó una mano al mentón, como si estuviera considerando la idea de Andy, especialmente la de dejar caer la bola de cristal sobre Jake.

—Andy, no—intervino Annabeth.

—Pero...

—He dicho no. Tenemos que ser discretos para no llamar la atención de los otros monstruos, solo así conseguiremos poner a salvo a los hermanos.

Andy refunfuñó por lo bajo, pero no discutió.

—Entonces, ¿cuál es el plan, Miyagi-sensei? ¿Ser pacientes para atrapar la mosca con los palillos?

—Hay que despistarlo. Somos tres semidioses, nuestra presencia debe de haber alertado a Espino. Además, ustedes dos son hijos de Poseidón, eso debe de haberlo confundido de alguna manera.

— ¿Qué propones? —inquirió Percy.

—Los hermanos Di Angelo te conocen, por lo que no será raro que te acerques a hablar con ellos. Grover se mantendrá cerca de la salida y vigilará por si algún otro monstruo se acerca. Mientras tanto, Andy y yo nos mezclaremos con los estudiantes y esperaremos el momento para actuar.

— ¿Y cómo haremos eso? —preguntó Andy.

—Obviamente, bailando.

Las mejillas de Andy se tiñeron levemente de rojo.

— ¿B-bailar? Cómo... ¿Tú y yo?

Annabeth arqueó una ceja.

—Sí, ¿eso te molesta?

—N-no, pero... Al menos me gustaría bailar con una canción de Coldplay—ella apartó la vista con timidez—. Posiblemente ¨Everglow¨. Es una canción hermosa. Y una de mis favoritas.

Annabeth esbozó una pequeña sonrisa mientras la tomaba de la mano y la guiaba hacia la pista de baile. De manera dudosa y algo temblorosa, Andy colocó una mano sobre la cintura de Annabeth y entrelazó su otra mano con la de ella.

—No voy a morderte, Andy—dijo Annabeth, de manera divertida—. Parece ser que nunca has bailado. ¿Es que no organizan bailes en tu colegio?

—Bueno, sí, pero... nunca nadie me ha invitado a bailar—admitió.

Annabeth la miró de una manera indescifrable. Esa mirada, junto con su largo cabello rubio suelo, la hacía parecer mayor de lo que era.

—Entonces me alegro en ser la primera—dijo ella, afianzando el agarre que tenía sobre su mano y su cintura.

Andy la miró sorprendida antes de apartar la mirada, sintiéndose cohibida.

Ambos comenzaban a moverse de manera lenta por la pista, con Annabeth diciéndole lo que debía de hacer, pero aun así Andy seguía tropezando y pisándole los pies para su creciente vergüenza.

Los estudiantes le daban diferentes tipos de mirada de reojo, algunos curiosos, otros divertidos y burlones, mientras que otros algo despectivos. Supongo que para todos ellos era raro ver a dos chicas bailando juntas en lugar de bailar con un chico.

— ¡Hey! —Annabeth llamó a Percy y Grover, quienes estaban parados al borde de la pista de baile—. No se queden allí parados. Llaman demasiado la atención.

Grover se removió en su lugar, ligeramente incómodo.

—Supongo que hay que movernos—dijo él.

Percy arqueó una ceja.

— ¿Acaso quieres bailar conmigo?

—No es eso a lo que me refería, Percy. Iré a vigilar la salida.

— ¿Y qué se supone que haga yo?

Grover se encogió de hombros.

—No lo sé. Invita a una de las chicas. Ese grupo de allá parece bastante interesado.

Él señaló a un grupo de chicas que estaban reunidas en el gimnasio, quienes apartaron la mirada cuando Percy volteó a mirarlas y comenzaron a cuchichear entre ellas.

Grover se fue y Percy quedó solo al borde la pista de baile, observando a todos los estudiantes. A pesar de haber estado algo emocionado por el baile, se sentía fuera de lugar. Como un pez fuera del agua.

Observó a los hermanos Di Angelo. Nico seguía barajando sus cartas de Mitomagia, mientras que Bianca se había resignado a lo que había estado intentando decirle a su hermano y se sentó con las gradas con una expresión aburrida. No muy lejos de ellos, el Dr. Espino los vigilaba de manera inquisitiva, pero se veía inseguro de hacer su movimiento mientras escudriñaba los alrededores.

Percy consideró invitar a Bianca a bailar, ya que al menos la conocía. Caminó hacia ella, pensando en una manera de invitarla en la que no fuera incómodo y que no lo hiciera parecer un idiota cuando una voz a su espalda lo detuvo.

—Oye, guapo, ¿quieres bailar?

Percy volteó, esperando encontrar a una de las chicas del grupo que Grover había señalado, pero no era una de ellas. Y por su aspecto, definitivamente no era alguien que había visto durante el baile. Llevaba un largo vestido negro que le llegaba hasta los tobillos y que estaba abierto a un lado, mostrando una de sus esbeltas piernas. Un cinturón negro envolvía su delgada cintura, acentuando sus curvas, y una chaqueta de cuero negra abrazaba su cuerpo. Sus ojos azules eléctricos, delineados de un color negro, miraban a Percy con un brillo coqueto cuando se acercó a él.

Percy se devanó el cerebro intentando decir algo coherente, pero lo único que salió de su boca fue:

—Tha... ¿Thalia?

— ¿Hmm? ¿Qué ocurre? —inquirió ella, arqueando una ceja con diversión—. ¿Acaso el gato te mordió la lengua?

—N-no... Es solo que tú te ves...

— ¿Condenadamente bien? —ella colocó una mano en su cadera y lo ladeó, resaltando aún más su curvilínea figura.

—Sí, bueno, eso también, pero te ves más... joven.

Thalia tenía la apariencia de una chica de alrededor dieciséis años, llegando a tener la misma altura que Percy y aparentar su misma edad.

—Niebla—explicó ella—. Si iba a participar del baile, necesitaba verme como un estudiante.

—Pero dijiste que no querías participar.

—Cambié de planes. Ahora... —ella se acercó a él, estando a la altura de sus ojos—. ¿Bailamos?

Percy tragó el nudo que se formó en su garganta y, asintiendo de manera algo temblorosa, fue junto a Thalia a la pista donde los estudiantes se encontraban bailando. Sintiéndose extrañamente nervioso, Percy colocó su mano sobre la cintura de Thalia mientras que entrelazaba su otra mano con la de ella. Thalia, a su vez, colocó su mano libre sobre el hombro de Percy y comenzaron a bailar lentamente al ritmo de la música.

—No pensé que supieras bailar—comentó Percy, intentando no pisarle los pies.

—No es mi primera vez en un baile escolar. A diferencia de ti.

— ¿Puedes culparme?

Thalia se rio entre dientes.

—No, supongo que no. Aquí, déjame enseñarte—ella dio un paso adelante, dejándolos separados por solo unos escasos centímetros y causando que el aliento de Percy se estancara en su garganta—. Mantente cerca de mí y solo da un paso seguido de otro. Un-dos-tres-cuatro... Un-dos-tres-cuatro...

Percy siguió sus instrucciones, moviéndose lentamente por la pista de baile y mirando sus pies para no pisar a Thalia.

—Ah-ah—ella lo tomó de la barbilla y lo hizo alzar la mirada—. Mantén tus ojos fijos en los míos... esa parte es muy importante. Y solo deja que la música te guíe...

El baile fue lento y rítmico. A pesar de que Percy no tenía ni idea lo que hacía, se las arregló para no pisar a Thalia o tropezar durante el proceso. Mantuvo su mirada fija en la de ella y dejó que la suave y tranquila música que llenaba el gimnasio lo guiara.

—No está mal para tu primera vez—elogió Thalia—. Aunque la música podría ser mejor. Se me ocurre a decenas de bandas mejores para bailar que Coldplay.

—Supongo que es cosa de Andy—dijo Percy.

— ¿Por qué no me sorprende? Andy tiene un gusto demasiado cursi en música.

—Green Day no es exactamente una banda para bailar en un baile escolar, Thalia.

—Pues se me ocurre un par de canciones buenas para un baile lento, como Last Night on Earth, When It's Time o The Forgotten—Thalia ladeó ligeramente la cabeza, escuchando el suave sonido del piano, junto con la voz tranquila y melodiosa de Chris Martin—. Pero... supongo que Coldplay tampoco está tan mal para este momento.

—Siempre podemos tener otro baile—ofreció Percy.

Thalia sonrió y, para Percy, sus ojos parecieron brillar en la escasa luz del gimnasio.

—Me gusta como suena eso.

Ambos continuaron bailando, sin apartar la mirada de los ojos del otro, mientras una suave sonrisa adornaba sus rostros, los cuales estaban más cerca de lo que era necesario para bailar, pero a ninguno de ellos le importó. Así pasaron los minutos, con la música envolviéndolos, inmiscuyéndolos en un mundo donde solo ellos dos formaban parte.

— ¡Thalia! ¡Percy! —llamó Grover, acercándose a ellos. La preocupación y pavor era evidente en su rostro—. ¡Los hermanos se han ido!

Ambos voltearon a observar las gradas donde habían estado los hermanos Di Angelo, pero no vieron a nadie. Ni siquiera al Dr. Espino, lo que preocupó a Percy.

— ¿Dónde demonios están Andy y Annabeth? —preguntó Thalia, mirando frenéticamente por todos lados.

— ¡Fueron tras el Dr. Espino! ¡Andy lo vio llevándoselos y me pidió que viniera a buscaros! ¡Necesitan ayuda!

— ¿Puedes rastrearlos por su olor? —preguntó Percy.

—Sí. ¡Síganme!

Thalia y Percy siguieron a Grover, empujando a los estudiantes que se ponían en su camino. Cuando llegaron a las puertas a un lado de las gradas, Percy vio la gorra verde de Bianca tirada en el piso, junto con las cartas de Mitomagia de Nico. Él recogió las cartas, sabiendo lo mucho que significaban para Nico, y los guardó dentro de su chaqueta, junto con la gorra de Bianca.

—No te preocupes, Percy—dijo Thalia, colocando una mano sobre su hombro—. Los salvaremos.

Él no dijo nada, simplemente siguió a Grover, dispuesto a salvar a los hermanos y pasaría por encima de cualquier monstruo para lograrlo.


El corredor estaba sumido en la oscuridad, el único sonido perceptible era el de sus zapatillas contra el piso y la pesada respiración de Grover.

Thalia tenía en su mano su lata de crema batida, lista para liberar su lanza en cualquier momento. Percy sostenía en su mano su cuchillo de colmillo de perro del infierno, sintiéndose seguro sosteniéndolo.

Al llegar al final del pasillo, abrieron la puerta que daba al vestíbulo del castillo, pero no había nadie allí. Su atención fue captada por una de las puertas abiertas por donde se filtraba el frío aire de la noche y la ventisca del exterior. Allí, tirado en el piso, se encontraba una diadema para el cabello.

—Esto es de Andy—reconoció Percy, recogiendo el accesorio.

—Significa que fueron por aquí—dijo Thalia.

Al salir, el frío aire nocturno los golpeó, haciendo que se estremecieran. Thalia se subió la cremallera de su chaqueta de cuero en un intento de protegerse del frío. Ella había dejado de usar la niebla para tener la apariencia de alguien de dieciséis años, ahora se veía como su habitual yo de veinte años.

—Por aquí. Puedo olerlos—anunció Grover.

Incluso sin la nariz de Grover para guiarlos, ellos aún pudieron saber a dónde había ido siguiendo las huellas en la nieve. La brillante luna en lo alto del cielo iluminaba su camino, como si les estuviera guiado.

Grover se detuvo abruptamente, para sorpresa de Percy y Thalia.

— ¿Qué ocurre? —preguntó ella.

En lugar de responder, Grover olfateó el aire un par de veces y una expresión de creciente pavor comenzó a adornar sus facciones.

—Están aquí.

— ¿Quiénes?

—Los monstruos. Son... demasiados. Su olor inunda todo el lugar. Es abrumador.

—Entonces debemos apresurarnos—dijo Percy—. Salvaremos a Nico y Bianca de Espino y luego nos largamos de este lugar.

Ambos asintieron y siguieron caminando por el bosque nevado. En más de una ocasión, Percy sintió una mirada fija en su espalda, y un par de ojos rojos brillar entre los árboles del bosque. Pero cuando volteaba a mirar, no había nada allí. Aunque la sensación de ser observado, no desapareció y ocasionaba que las palmas de sus manos sudaran a pesar del frío.

Cuando llegaron al borde de lo que parecía un claro en el bosque, Grover los detuvo.

—Allí están—anunció él.

En el claro del bosque, en un acantilado situado sobre el oscuro mar, se encontraban Andy y Annabeth, protegiendo a Bianca, quien veía con una expresión de profundo terror y preocupación cómo una mujer gorda agarraba a Nico por el cuello de su ropa, dejándolo suspendido en el aire a pocos metros del precipicio mientras él forcejeaba en un vano intento de liberarse.

— ¡Suelta a mi hermano! —exigió Bianca.

La mujer gorda, que parecía estar en sus cuarenta, ignoró su demanda mientras acercaba su rostro al de Nico y pasaba una larga y bífida lengua por sus mejillas, causando que él se retorciera de disgusto y miedo.

—Mmm... tan delicioso—siseó la mujer—. Una pena que no pueda dar un bocado. Los quieren vivos. Aunque si fuera por mí, ya me te habría dado a mi hijo como cena.

Un perro chihuahua que estaba a los pies de la mujer gorda, algo que era un poco desconcertante para todos, ladró animadamente.

— ¡Oye, Tronchatoro, aleja tus manos y lengua de él! — exclamó Andy.

Ella dio un paso adelante, pero rápidamente retrocedió cuando algo se incrustó en el piso frente a ella.

—Ni un paso más—advirtió Espino—. O te mostraré qué tan buena es mi puntería.

Andy obedeció, pero aún miraba con desafío al Dr. Espino. A su lado, Annabeth miraba discretamente por los alrededores, como si estuviera buscando a alguien.

El Dr. Espino sacó algo de su abrigo, causando que todos se tensaran con alarma, pero se vieron confundidos cuando sacó un walkie-talkie y presionó el botón lateral:

—El paquete está listo para la entrega—dijo él.

— ¿Qué es lo que quieren de nosotros? —preguntó Bianca, sonando temerosa—. Si... si lo que quieres es sacar un rescate, no obtendrán nada. No tenemos familia. Nico y yo... solo nos tenemos el uno al otro.

Su voz se quebró un poco, y había ligeras lágrimas acumulándose en sus ojos, pero ella se negó a llorar.

Percy sintió simpatía por ella. Toda esta situación pareció ser abrumador para ella y nadie podía culparla.

—Percy—llamó Thalia por lo bajo—. Me enfrentaré a Espino antes de que decida practicar tiro al blanco con las chicas. Usa una cola para disparar lo que parece ser espinas. Lo he visto. Puedo encargarme de él. ¿Crees que puedes encargarte de la gorda y salvar a Nico?

Percy empuñó su cuchillo mientras miraba a la mujer que sostenía a Nico por el cuello. Esa mujer... le resultaba algo familiar.

—Déjamelo a mí. Grover, cuando la pelea comience, lleva a los hermanos a un lugar seguro. Nos iremos de aquí cuando nos encargamos de estos monstruos.

Grover asintió en señal de acuerdo.

—Tengan cuidado—dijo él—. Especialmente de ese perro. No es lo que aparenta.

Thalia destapó su lata de crema batida, liberando su lanza de alrededor dos metros de largo. Percy se quedó observando la lanza por unos segundos, embelesado. Tenía que admitir que la lanza de Thalia era hermosa.

—Acabemos con esto—dijo ella, girando la lanza en su mano para luego sujetarlo con firmeza.

Sin mostrar una pizca de flaqueo o duda, Thalia se adentró en el claro. El sonido de sus botas crujir en la nieve anunció su llegada, seguido de un destello de electricidad y una estela de luz azul blanquecina que apareció entre Espino y las chicas.

Thalia apareció directamente frente al monstruo, y no perdió el tiempo en atacarlo con su lanza, apuntando a la cabeza. El monstruo reaccionó con sorprendente rapidez e hizo su cabeza hacia un lado, aunque no se salvó del profundo corte a un lado de su rostro.

Espino profirió un fuerte rugido de dolor y retrocedió, agarrándose el rostro sangrante antes de fulminar con la mirada a Thalia.

— ¡Thalia Graccce! —Espino escupió el nombre en un extraño acento—. ¿¡Te atreves a enfrentarte a mí sin saber quién soy?! ¡Qué arrogante de tu parte!

—Yo no soy arrogante—sentenció Thalia, golpeando su lanza contra el suelo—. El arrogante eres tú, quien piensa que está al mismo nivel que yo.

Espino gruñó y algo salió súbitamente de su espalda, enviando una serie de proyectiles directamente a Thalia, quien reaccionó con rapidez y libero su escudo, Égida, deteniendo todos los ataques.

Al ver el infame escudo que tenía grabado la cabeza de Medusa, tanto Espino como la mujer gorda dieron un paso atrás con una mueca de miedo en su rostro. Ni siquiera Nico se salvó de los efectos de ver directamente el escudo, ya que soltó un agudo grito y se sacudió con más fuerza, intentando liberarse.

— ¡Quédate quieto, pequeña mierda! —gruñido la mujer gorda con frustración.

Pero sus gruñidos frustrados se convirtieron en uno de dolor cuando un cuchillo se incrustó en su muñeca, atravesándolo completamente y causando que soltara a Nico. El niño cayó en la nieve sobre su trasero con un quejido de dolor, pero rápidamente fue levantado por alguien.

Nico alzó la vista para ver a Percy sosteniéndolo como un saco de papas sobre su hombro mientras corría, alejándose de la mujer.

— ¡Percy! —exclamó él, sorprendido de verlo.

—Hey, Nico—saludó él con una sonrisa—. Sé que te prometí jugar a las cartas, pero no tenías que dejar que te secuestren para eso.

— ¡No es mi culpa! ¡Esa mujer gorda y ese tipo escalofriante nos exigieron ir con ellos!

Percy bajó a Nico y se puso de manera protectora frente a él, encarando a la mujer gorda y a su chihuahua mientras Grover se acercaba a ellos.

— ¡Tú! —bramó la mujer, arrancándose el cuchillo con un gruñido de dolor y arrojándolo al piso—. ¡Te recuerdo, semidiós!

Percy observó su cuchillo ensangrentado en el piso, teniendo en mente una manera de recuperarlo, pero por el momento era mejor dejarle pensar al enemigo de que estaba desarmado.

— ¿Es así? —dijo él de manera despreocupada—. Recordaría haberme enfrentado a una mujer gorda y a su chihuahua.

—Te recuerdo perfectamente. ¡Tú fuiste quién me mató hace más de siete años!

Llegados a este punto, había pocas cosas que podrían llegar a sorprender a Percy sobre su pasado. No se sorprendería si descubría que se enfrentó a puño limpio con un dios en el pasado.

—Ya... ¿Por qué no nos hiciste un favor y te quedaste muerta?

La mujer soltó un siseo por lo bajo. A sus pies, el chihuahua también comenzó a gruñir, pero se veía extrañamente temeroso mientras se escondía detrás de las piernas de la mujer.

—Agradezco al Señor Cronos por traerme de vuelta mucho más pronto—dijo la mujer—. De esa manera, ¡podré obtener mi venganza contra ti!

Entonces la mujer comenzó a transformarse, a revelar su verdadera apariencia. Ella comenzó a crecer, rasgando la ropa que cubría su cuerpo y revelando una piel azulada y escamosa. Su rostro se alargó, sus ojos se volvieron amarillos y puntiagudos como los de un reptil y una lengua larga y bífida emergió de entre sus puntiagudos dientes. Pero lo más llamativo de todo fue que, de la cintura para abajo, tenía el cuerpo de una serpiente de dos metros de largo y un metro de diámetro del mismo color que las escamas que cubría todo su cuerpo.

—Oh... carajo... —musitó Percy, con los ojos abiertos con horror—. ¡Nico, cúbrete los ojos!

Él tapó los ojos del niño, quien se vio asustado.

— ¿Qué? ¿Qué pasa? —preguntó él, con creciente pánico—. ¿Por qué no puedo verla directamente? ¿Acaso me convertiré en piedra si lo hago? ¿Ella es Medusa?

—No, no es por eso—respondió, antes de mirar a Equina con reproche—. ¡Oye, cúbrete! ¡¿No ves que hay niños presentes?! ¿Acaso quieres que tengan traumas por ver tu repulsivo y grotesco cuerpo?

Percy dijo eso debido a que el monstruo ya no llevaba ninguna clase de ropa, por lo que su torso desnudo estaba completamente expuesto.

— ¿Repulsivo? —exclamó la mujer, indignada—. ¡Te haré saber que mi cuerpo no es repulsivo, ni mucho menos grotesco! ¡Mi belleza es tal que incluso seduje al mismísimo Hércules!

—Bueno, Hércules se cogió a la mitad de toda la antigua Grecia. Creo que es por ser un hijo de Zeus.

— ¡Oye! —exclamó Thalia desde su pelea con Espino, sonando igual de indignada—. ¡No soy una ramera como mi papá!

—¡Basta de esto! —siseó la mujer serpiente, volteándose a mirar al chihuahua que estaba a sus pies—. ¡Hijo, transfórmate!

El chihuahua se encogió detrás de ella, gruñendo con dirección a Percy, como si estuviera asustado de él. Luego, comenzó a ladrar y, con cada ladrido, su cuerpo fue creciendo hasta tener el tamaño de un rinoceronte adulto. Sus cuartos traseros y sus patas eran las de una cabra, pero no tenía pelo. Sus patas delanteras parecían brazos humanos, largos y delgados, que terminaban en garras capaces de cortar la carne como si fuera papel. En la parte superior de su cuerpo se encontraba una cabeza de cabra, con dos prominentes cuernos curvos. Irguiéndose en la parte trasera como una cola, el cuerpo de una serpiente de casi dos metros de largo se erguía y siseaba amenazadoramente, con un líquido verdoso goteando de su boca abierta.

—Oh, dioses... Oh, dioses... —musitó Grover, con creciente pánico—. ¡Son Equidna y la Quimera!

— ¿La Quimera? —jadeó Nico—. ¡Tiene un poder de ataque de cuatro mil y un veneno que mata en tres turnos!

Percy no entendió a qué se refería Nico, y tampoco quería preguntárselo, ya comenzó a sentirse preocupado por sus probabilidades. Podía enfrentarse a ambos por separado, pero juntos era tentar a su suerte. Además de que estaba actualmente desarmado.

La mujer serpiente, Equidna, siseó de una manera que podría haber sido una risa.

—En el pasado, no pudiste derrotarnos al mismo tiempo, ¿qué te hace pensar que esta vez podrás? ¡A mí, la gran Equidna! ¡La madre de todos los monstruos!

— ¡Porque esta vez él no peleará solo!

Percy se sorprendió cuando Andy se acercó y se colocó a su lado, blandiendo una espada de Bronce Celestial. Junto a ella, Annabeth también blandió su cuchillo y se puso en guardia, lista para enfrentarse a los monstruos.

— ¡Nico! —exclamó Bianca, acercándose a su hermano y envolviéndolo en un abrazo protector.

— ¡Grover, llévatelos de aquí! —gritó Annabeth, sin apartar la mirada de Equidna y la Quimera.

— ¿Qué es todo esto? —preguntó Bianca, mirando de manera frenética a los monstruos y luego a Percy y los demás—. ¿Quién son ustedes?

—Lo explicaremos todo más tarde—dijo Grover, en un tono que intentó ser tranquilizador, pero su voz temblaba un poco—. Ahora tenemos que salir de aquí, no es seguro. Ellos se encargarán de los monstruos.

Grover guio a ambos hermanos a los límites del claro, aunque Nico intentaba quedarse para ver más de cerca a los monstruos.

Percy, Andy y Annabeth miraron a Equidna y la Quimera, quienes se acercaban lenta y amenazadoramente a ellos.

—Andy, Annabeth—dijo Percy—. ¿Creen que pueden encargarse de Big Mama? Fiddo parece tener ganas de jugar conmigo.

La Quimera observaba directamente a Percy, su cabeza de cabra gruñía por lo bajo y la cabeza de serpiente siseaba amenazadoramente, enrollándose sobre sí misma. Aunque todo el cuerpo de la Quimera parecía retraído, como un animal asustado, pero que atacaría violentamente si te acercabas demasiado.

—Percy, ¿estás seguro? —preguntó Annabeth, con preocupación evidente en su voz—. La última vez que te enfrentaste a la Quimera tú... moriste.

Percy se tragó el nudo de preocupación que se instaló en su garganta.

—Andy lo dijo, ¿no es así? Esta vez no estoy peleando solo. Los tengo a ustedes.

Annabeth asintió, aunque se veía un poco dudosa de dejarlo pelear solo.

— ¿Cuál es el plan? —preguntó Andy, sosteniendo su espada.

—No morir—dijo Percy.

—Me gusta ese plan.

—Percy, ten cuidado con la serpiente—aconsejó Annabeth—. Su veneno puede matar en minutos. Tú mismo nos lo dijiste.

—Anotado.

Percy corrió directamente a la Quimera y antes de que pudiera reaccionar, agitó su mano, enviándole una cortina de nieve para cegarlo. Funcionó, debido a que la bestia soltó un siseo molesto y retrocedió hacia los árboles. Controlando la nieve, Percy la atrajo hacia sí mismo, arrastrando su cuchillo que estaba en el piso. Cuando lo agarró volvió a enviar la nieve hacia el monstruo, quien dio un zarpazo con sus garras, apartando la nieve como una molestia menor, pero había cumplido con su propósito de distraer a la cabeza de serpiente, ya que no tenía una visibilidad clara.

En una muestra de precisión y puntería, Percy arrojó su cuchillo directamente a la serpiente. La hoja terminó incrustándose profundamente en la cabeza de la serpiente, atravesándola por completo e incrustándola en el tronco de un árbol. La Quimera siseó con dolor, irguiéndose en sus patas traseras y observó su cola incrustada en el árbol.

Fue entonces cuando Percy pudo ver, rodeado de una espesa melena en medio de su musculoso pecho, a la cabeza de león que le gruñía amenazadoramente.

¨Tal vez debería dejar de arrojar mi única arma como un proyectil¨ pensó él.

Con un zarpazo de sus garras, la Quimera destruyó el tronco donde estaba incrustada su cola de serpiente, el cual cayó inútilmente junto con el cuchillo de Percy. El monstruo avanzó sobre sus patas traseras e infló el pecho.

Percy supo exactamente lo que ocurriría cuando vio su boca iluminarse.

— ¡Oh, mierda!

Él se abalanzó a un lado, esquivando justo a tiempo los chorros de fuego que fueron expulsados por las fauces de la cabeza del león con un fuerte rugido. El calor de las llamas inmediatamente derritió toda la nieve del suelo y quemó el césped que se encontraba debajo. Percy usó la poca nieve que quedaba en el piso para arrastrar su cuchillo y agarrarlo, aunque no sabía que tanto bien haría contra un monstruo que escupe fuego por su boca.

La Quimera no cesó en su ataque, se acercó a Percy sobre sus patas traseras a una velocidad aterradora y comenzó a dar zarpazos con el objetivo de cortarlo con sus garras. Percy hacía todo lo posible para evadir, teniendo especial cuidado de la cabeza de león que arrojaba fuego, pero estaba comenzando a abrumarlo.

Fue cuando esquivó un chorro de fuego que chamuscó la manga de su chaqueta que un sonido se hizo cada vez más audible en el claro del bosque hasta que fue lo único que escucharon. Fue el sonido rítmico de un motor y del girar de unas hélices. Percy alzó la vista para ver una cegadora luz inundar todo el claro. Usando su brazo para cubrirse, pudo ver a un helicóptero situarse frente al acantilado. Sin duda era uno de grado militar, con ametralladoras y lanzamisiles guiados por láser a los lados.

Percy se preguntó qué diablos estaba haciendo un helicóptero militar que sin duda estaba siendo piloteado por mortales, pero no pudo pensar mucho en eso cuando la Quimera volvió a abalanzarse sobre él con sus garras. Él esquivó agachándose y zambulléndose entre sus piernas. El monstruo volteó para seguir atacando, pero los reflectores del helicóptero lo cegaron por un segundo y Percy aprovechó ese momento para abalanzarse sobre el monstruo. Clavó su cuchillo justo en el ojo de león y luego desgarró brutalmente hacia un lado, cegándolo y causando el mayor daño posible antes de quitar su cuchillo y apartarse. Pero no fue lo suficientemente rápido para esquivar un zarpazo de sus garras, causando un corte bastante profundo en su antebrazo que lo hizo que apretar los dientes con dolor.

Por el rabillo del ojo, Percy pudo ver a Andy defenderse bastante bien de Equidna, quien intentaba de cortarla con sus garras o golpearla con su enorme cola de serpiente. Por la manera en la que se retorcía cada cierto tiempo, Annabeth parecía atacarla de manera furtiva usando su cuchillo y su gorra de invisibilidad.

También pudo ver a Thalia, enfrentarse a Espino, quien se había transformado en lo que parecía un enorme león con rostro humano y una larga cola afilada con espinas en la punta, las cuales arrojaba con precisión mortal hacia Thalia, quien usaba su escudo Égida para detener sus ataques.

Fue cuando el reflector del helicóptero que la apuntó directamente, cegándola por unos segundos, que Espino la atacó con su cola como un látigo, enviándola a estrellarse contra un árbol.

Luego, un repiqueteo se escuchó del helicóptero y seguidamente el claro fue bañado por una lluvia de balas de las ametralladoras. Los semidioses se dispersaron en un intento de esquivar las balas, las cuales dejaban pequeños orificios en la nieve. Los monstruos, en cambio, permanecieron impasibles, ya que las balas mortales no podía lastimarlos y simplemente los atravesaban como si se tratasen de un espejismo.

— ¡Suficiente! —bramó Thalia con un rugido feroz mientras se erguía—. No me importa si son mortales o monstruos, si se interponen en mi camino, ¡son enemigos!

Golpeó su lanza contra el suelo, causando que chispas de electricidad brotaran de ella y chamuscara la nieve. Retrajo su lanza y, usando su superfuerza, la arrojó directamente hacia el helicóptero. La lanza voló en el aire, dejando atrás una ligera estela de luz debido a la electricidad que tenía embutida y, al golpear al helicóptero, lo atravesó completamente como si el metal fuera simple papel.

El helicóptero comenzó a tambalearse erráticamente y a girar sobre su propio eje, a la vez que el humo comenzaba a salir del lugar donde la lanza lo atravesó. Se escuchó el sonido de personas gritando cuando la máquina militar perdió el equilibrio y cayó sobre el acantilado. Sus hélices se destrozaron cuando golpeó el piso y se deslizó sobre la nieve hasta que se detuvo. El motor explotó, incendiando el interior del vehículo y matando a quienes estaban dentro.

Mientras todos miraban completamente sorprendidos al helicóptero derribado, Percy observó a la Quimera. Tenía que terminarlo, no duraría en una batalla de desgaste contra un oponente como este. Se concentró en la sangre derramada del monstruo, intentando controlarla como lo hizo con Tammi la empusa o el Minotauro. Pero la Quimera era demasiado fuerte, estaba herida, pero no estaba débil. Aún tenía demasiada fuerza, e intentar controlarla era como intentar apagar un incendio con una manguera.

Así que, en lugar de intentar controlar todo su cuerpo, solamente se concentró en controlar sus brazos para evitar que las garras lo cortaran en rodajas cuando él se acercara. Funcionó. Los brazos de la Quimera quedaron estáticos a los lados de su cuerpo y Percy se acercó rápidamente con la intención de matar al monstruo.

Recordó el sentimiento cuando emergió en aquella noche tormentosa en la cima campamento y se enfrentó al Minotauro. No fue él quien generó el poder para hacer temblar todo el valle, simplemente lo canalizó, enfocó el poder que provenía de… la misma tierra. Él era su conducto, su guía. Así que guio esa energía a su mano derecha y pudo sentirlo cuando su puño comenzó a temblar erráticamente. Cuando estuvo frente a la Quimera, apretó los dientes y lo golpeó directamente en el rostro de león, liberando toda la energía que había acumulado.

Todo el acantilado tembló y el cuerpo de la Quimera fue brutalmente enviado hacia el bosque, destrozando los árboles que se interpusieron en su camino con un fuerte estruendo.

Percy gimió y sostuvo su mano con dolor, la cual sangraba en los nudillos. El poder que había llevado a su brazo era incluso mayor a la vez que usó contra el Minotauro, pero valió la pena, ya que pudo ver como el cuerpo de la Quimera se disolvió en polvo dorado.

—¡Hijo! —exclamó Equidna, mortificada de ver a uno de sus hijos ser asesinado.

— ¡Oye, Tronchatoro! ¡No es momento de preocuparse por alguien más! —gritó Andy, abalanzándose sobre Equidna.

Ella balanceó su espada y cercenó uno de los brazos de Equidna. La madre de todos los monstruos retrocedió, siseando de dolor mientras sostenía su brazo amputado. Luego, sus ojos se abrieron en señal de shock y soltaba un grito ahogado. Ella bajó la mirada y, completamente atónita, observó como el mango de un cuchillo sobresalía de un pecho.

El mango fue arrancado bruscamente y Annabeth se materializó en el aire, sacándose su gorra de invisibilidad.

—Se terminó—sentenció ella.

Equidna tosió y un chorro de sangre empapó su barbilla. Se llevó una mano al pecho sangrante y fulminó con la mirada a los tres semidioses.

—Asquerosos semidioses... han cometido un gran error... —siseó ella.

—El único error que he cometido fue prestarle 20 dracmas a Luke—dijo Andy, aun sosteniendo su espada y sin bajar la guardia.

—Ustedes... No tienen ni idea de lo que está por ocurrir. El mayor terror del Olimpo... Mi marido se alzará... ¡Y traerá la perdición de todo el Olimpo!

Con esa última declaración sombría, Equidna se disolvió en una nube de polvo dorado.

Andy se relajó visiblemente y bajó su espada.

—Eso fue intenso...

Annabeth no dijo nada, simplemente frunció el ceño de manera sombría y observó el lugar donde Equidna había desaparecido.

Un grito de dolor la sacó de su ensoñación y todos voltearon a observar al Dr. Espino con un profundo corte en su pecho causado por un corte de la lanza de Thalia. El monstruo retrocedió de manera tambaleante, acuñando su pecho mientras gemía de dolor.

— ¡Maldita semidiosa! —gritó, enviando una lluvia de espinas hacia Thalia.

Ella logró cubrirse con su escudo, el cual detuvo todas las espinas sin siquiera abollarse.

— ¡Thalia! —exclamó Percy, acercándose a ella.

Annabeth y Andy también se acercaron, empuñando sus armas.

—Tranquilos, estoy bien—dijo ella, sin apartar la vista del monstruo—. ¡Se acabó, Espino! ¡No tienes a donde ir!

—Ríndete—dijo Andy, apuntándolo con su espada—. O te cortaré esa cola y la utilizaré como caña de pescar.

— ¡Ustedes, insignificantes semidioses! —gruñó Espino con dolor mientras sostenía su herida sangrante—. ¡No me rendiré ante ustedes!

Espino les gruñó, retrocediendo como un animal herido a la vez que levantaba su cola con la intención de enviarles otra andada de espinas.

Fue entonces cuando todos escucharon un sonido nítido y penetrante que llenó el claro; la llamada de un cuerno.

Percy se vio desconcertado al escuchar un sonido tan fuera de lugar, y aún más cuando vio la expresión aterrorizada de Espino.

— ¡No! —exclamó él con pavor—. ¡Otra vez no...!

Se interrumpió cuando, abruptamente, una flecha se incrustó en su hombro. Espino gruñó con dolor y retrocedió.

— ¡Malditas! —gritó él, arrancándose la flecha del hombro con un gruñido y enviando una lluvia de espinas hacia el bosque de donde había venido la flecha.

Percy pudo verlo. Con total asombro, pudo ver como una lluvia de flechas plateadas surgió del bosque, interceptando cada una de las espinas en el aire y partiéndolas en dos.

Espino miró con odio del lugar de donde provino las flechas y, de entre los árboles, emergieron alrededor de una docena de chicas. Todas ellas iban vestidas con abrigos plateados, jeans de camuflaje y empuñaban un arco en sus manos. Lo que le pareció curioso a Percy fue que todas ellas se veían muy jóvenes. La más joven parecía tener diez años, mientras que la mayor parecía tener la edad de Andy y Annabeth, tan solo catorce.

— ¡Las cazadoras! —reconoció Annabeth, con emoción filtrándose en su voz.

Thalia, en cambio, murmuró con ligera amargura:

—Mierda. Ellas otra vez.

Percy vio a Andy, quien se veía tan confundida como él.

Una de las chicas se adelantó, con una flecha lista para ser disparada. Era alta y grácil, su piel cobriza resaltaba contrastaba con la blanca nieve. Y la diadema que llevaba en lo alto de su cabello, oscuro como la noche, la distinguía de las demás cazadoras.

— ¿Permiso para matar, mi señora?

Al hablar, en ningún momento apartó los ojos de Espino. Su mirada tenía la fiereza de un experimentado cazador y Percy supo que ella era mucho mayor de lo que su edad aparentaba.

— ¡No es justo! —vociferó Espino con un gemido de dolor—. ¡No les he hecho nada esta vez! ¡¿Qué razones tienen para atacarme?!

—Atentaste contra la seguridad de jóvenes doncellas—replicó otra chica, una más joven—. Veo que no has aprendido tu lección la última vez, bestia.

Inconscientemente, Percy miró fijamente a la chica. Tenía el cabello de un brillante castaño rojizo recogido en una cola. Sus ojos amarillo-plateados eran asombrosos, como si estuvieran hechos a partir de la luna misma. Era muy joven, aparentando solo doce o trece años. Pero las apariencias eran engañosas, y Percy lo sabía muy bien.

Al observarla, él supo inmediatamente que aquella chica no era humana. Tenía una belleza tan impactante, tan deslumbrante que resultaba ser… inhumano. Fue entonces que supo que aquella chica era una diosa.

Un extraño y desconocido sentimiento se asentó en la boca de su estómago cuando, por unos segundos, ella volteó a mirarlo y sus ojos se encontraron. Percy pudo jurar que los ojos de la diosa se abrieron sorpresa y reconocimiento antes de voltear a mirar Espino y enmascarar cualquier sentimiento detrás de una expresión fría y amenazante.

— ¡Esto es una interferencia directa! —exclamó él, gruñendo con odio—. ¡Va contra las Leyes Antiguas!

—No es cierto. La caza de todas las bestias salvajes entra en mis dominios. Y tú, repugnante criatura, eres una bestia salvaje—la diosa miró a la chica que tenía la diadema, quien no había apartado la mirada ni un segundo de Espino—. Zoë, permiso concedido.

—Si no puedo llevármelos vivos... ¡Me los llevaré muertos!

Espino arremetió, yendo directo a Nico y Bianca, quienes estaban del otro lado del claro, siendo protegidos por Grover.

— ¡No! —gritó Thalia.

Su cuerpo estalló con electricidad y ella desapareció en un destello de luz para aparecer directamente frente a Espino, quien no esperaba ser interceptado. Thalia balanceó su lanza de manera certera y mortífera, causando que uno de los brazos de Espino fuera cortado a la altura del codo. El monstruo gritó en agonía y retrocedió, acuñando su brazo cercenado. Con el rostro contorsionado debido al dolor, levantó la cola con la intención de enviar una lluvia de espinas a Thalia, pero Andy apareció detrás de él y blandió su espada, cortando su cola desde la base.

Espino volvió a gritar y viró con la intención de cortar a Andy con sus garras, pero ella se lanzó hacia un lado justo a tiempo para dar paso a Percy, quien venía corriendo directamente hacia Espino con el brazo echado atrás. Su puño impactó de lleno sobre el pecho del monstruo y todo el acantilado tembló, pedazos de rocas cayeron al mar y todos los presentes perdieron el equilibrio cuando Espino fue enviado con fuerza hacia un árbol, resquebrajando el tronco y partiéndolo en dos.

— ¡Boo-Ya! ¡No te metas con nosotros! —exclamó Andy con júbilo, pateando la cola cortada de Espino—. ¡A eso llamo yo trabajo en equipo! ¡Chóquenlas!

Ella alzó ambas manos con dirección a Percy y Thalia, quienes se miraron y arquearon una ceja antes de encogerse de hombros con diversión y chocar los cinco con Andy.

—Esto... no es el fin, semidioses...

Sorprendentemente, incluso con todas las heridas que había recibido, Espino no había muerto. Él intentó erguirse, todo su cuerpo estaba lleno de heridas, huesos rotos sobresalían de su pecho y sangraba profusamente, pero aún tenía la suficiente fuerza para fulminar con la mirada a todos los presentes.

—Pagarán... —gorgoteó él, escupiendo un chorro de sangre que empapó su barbilla y pecho—. ¡Pagarán... por esto!

Nadie bajó la guardia, incluso con el monstruo en ese estado.

Las cazadoras prepararon sus arcos, dispuestos a terminar con la vida de aquella bestia.

—Vaya, vaya, estás contra las cuerdas, Espino.

Todos miraron con sorpresa como alguien apareció entre la línea de árboles al lado de Espino. Era un hombre que vestía una sudadera negra con capucha, lo que impedía ver completamente su rostro, pero no la sonrisa divertida que había en sus labios. En su cintura, colgaba la vaina de una espada, donde su mano derecha descansaba ociosamente sobre la empuñadura, repiqueteando sus dedos sobre el pomo.

Todas las cazadoras inmediatamente lo apuntaron con sus arcos.

— ¡Tú! —exclamó Thalia, con ira en su voz—. ¡¿Qué demonios estás haciendo aquí?!

—Estaba de paso—respondió el hombre, encogiéndose de hombros de manera despreocupada, sin importarle que estuviera en la mira de una docena de cazadoras que lo apuntaban con arcos y flechas—. Parecía que aquí había una fiesta mejor que la que hay en el castillo, así que vine. Díganme, ¿todavía hay ponche?

—Thalia, ¿lo conoces? —preguntó Andy, frunciendo el ceño con confusión al mirar al hombre.

—Él es el semidiós del que les hablé—respondió Thalia, sosteniendo su lanza con firmeza y mirando con furia al hombre.

—Así que él es Capucha Negra—dijo Percy, mirando de manera apreciativa al hombre.

Frente a él se encontraba el hombre que había sido la mente maestra detrás del envenenamiento de su árbol. Alguien que estaba aliado con los Titanes, quienes buscaban la destrucción del Campamento Mestizo. Eso lo convertía en su enemigo.

— ¿Capucha Negra? ¿Ese es el apodo que me dieron? —inquirió el hombre—. Es algo cojo. ¿No pudieron darme un mejor apodo? Como el Espadachín Negro, ¿o algo así?

—Hablas demasiado—dijo la niña de cabello rojizo, mirándolo con impaciencia y molestia—. Anuncia tus asuntos aquí, semidiós. ¿Quién eres? ¿Y qué es lo que quieres?

La sonrisa del hombre se desvaneció y al aire mismo pareció cambiar, volviéndose más denso y sofocante.

Cuando habló, su voz fue fría y amenazante.

—Quién soy y qué es lo que quiero... La respuesta a ambas es la misma—él desenvainó su espada, causando que Thalia y Annabeth soltaran un jadeo al verlo—. Yo soy venganza.

El hombre clavó su espada en el piso y detrás de él, emergiendo de la oscuridad del bosque, apareció lo que solo pudo ser clasificado como un ejército de monstruos. Cíclopes, lestrigones, empusas, dracaenas y perros del infierno llenaron los límites del claro. Todos se pusieron alerta al ver la cantidad de monstruos que aparecieron tan repentinamente. Sus ojos los miraban con malicia y hambre, enseñando sus dientes, colmillos y garras a la vez que rodeaban a los semidioses y cazadoras.

—Oh, dioses... Son demasiados—musitó Andy, mirando frenéticamente la cantidad de monstruos que los rodeaban.

—Andy, mantente cerca—ordenó Thalia, lanza y escudo en alto.

—Para cada monstruo presente, solo tengo una orden para ustedes la voz de Capucha Negra resonó por todo el lugar, fuerte, clara e imponente. Él levantó y espada y apuntó con ella hacia adelante—. Maten a las cazadoras.

Con esas palabras, el caos se desató en el bosque.

— ¡Fuego! —ordenó Zoë.

Inmediatamente, las cazadoras soltaron sus flechas, las cuales volaron en el aire hacia el mar de monstruos que los atacaron. Cada flecha impactó sobre un monstruo con una precisión asombrosa, causando que estallara en una nube de polvo, pero fue un esfuerzo inútil, ya que otro monstruo simplemente tomó su lugar.

La cantidad de monstruos que había abrumaron a las cazadoras, quienes se dispersaron por el claro y comenzaron a entablar combate cuerpo a cuerpo con cuchillos de caza, mientras que otras mantuvieron sus arcos y disparaban flechas a una velocidad inhumana.

Andy y Annabeth se mantuvieron cerca, espalda con espalda, mientras se defendían de los monstruos que intentaban atacarlos, aunque ellos parecían más interesados en atacar a las cazadoras.

Thalia inmediatamente fue a atacar a Capucha Negra, quien se había mantenido en la parte de atrás sin involucrarse en la pelea.

— ¡Esta vez no dejaré que escapes, bastardo! —gritó ella, buscando apuñalarlo con su lanza.

Él desvió sus estocadas con su propia espada con gran habilidad, siendo perfectamente capaz de seguir el ritmo de Thalia.

— ¿Escapar? ¿Por qué lo haría? —inquirió él, usando su espada para detener la lanza de Thalia—. ¡Estoy exactamente donde quiero estar!

Thalia apretó los dientes y lo golpeó con el borde de su escudo, pero él dio un paso atrás e hizo un golpe ascendente con su espada, desestabilizando a Thalia y luego entrando en su guardia para golpearla con el pomo de su espada. La fuerza del golpe sacó el aire de sus pulmones e hizo que cayera sobre una rodilla. Él la agarró de su chaqueta y, usando una sorprendente fuerza, la arrojó contra un árbol, sacando un quejido de dolor de ella.

— ¡Thalia! —gritó Percy.

Él corrió hacia ella, deslizándose sobre la nieve, cuando un perro del infierno se abalanzó sobre él y levantando su cuchillo para apuñalar al monstruo justo en el corazón. Percy fue bañado con sangre y polvo de oro, pero no le importó cuando se abalanzó sobre Capucha Negra con la intención de apuñalarlo. Él levantó su espada y sus armas chocaron, sacando chispas mientras Percy intentaba abrumar a su oponente.

— ¡Aléjate de ella! —le gritó Percy en su cara.

Lo golpeó en el rostro con su mano libre, pero Capucha Negra se agachó debajo del golpe y lo agarró del brazo para luego lanzarlo sobre su hombro. Percy cayó de bruces sobre el piso y rápidamente intentó levantarse, pero una hoja a escasos centímetros de su cuello hizo que se detuviera.

—Mantente abajo—aconsejó Capucha Negra—. No quiero lastimarte.

—Dices eso... ¡Pero trajiste a un ejército de monstruos aquí! —exclamó Percy.

—Mi objetivo no son los semidioses—él retiró la espada de cuello de Percy y se volteó.

Detrás de Capucha Negra, tres cazadoras lo apuntaban directamente con sus arcos. Detrás de las cazadoras, la niña de cabello rojizo lo miraba con intensidad.

—Ríndete, muchacho—dijo Zoë, mirándolo con fiereza—. Las cazadoras no encontrarán su deceso esta noche. No ante los monstruos y definitivamente no ante ti.

Detrás de ellas, Percy pudo ver que los números del ejército de monstruos comenzaba a disminuir lentamente. Los monstruos tenían la ventaja de números y había logrado herir a varias cazadoras, pero peleaban como monstruos, intentando abrumar a su oponente con nada más que fuerza y salvajismo. Las cazadoras, en cambio, peleaban de manera táctica y estratégica, uniendo fuerzas y nunca peleando solas. Reuniéndose para defender a sus hermanas heridas. Incluso Andy y Annabeth se unieron a ellas para combatirlos.

—Sé muy bien que esto no es suficiente para derribar a las cazadoras—dijo Capucha Negra—. Sería demasiado fácil.

—No sé quién seas, pero este acto de guerra contra el Olimpo no quedará impune—sentenció la chica de cabello rojizo—. Aunque te rindas e implores clemencia, no recibirás ninguna.

— ¿Clemencia? —la voz de Capucha Negra denotaba incredulidad y desprecio—. ¿Desde cuándo tú tienes clemencia por alguien? Los dioses nunca tuvieron clemencia por nadie, ni siquiera a sus propios hijos. Lo único que han hecho es traer miseria a donde vayan. Ustedes son como un cáncer.

— ¡¿Cómo te atreves?! —exclamó una de las cazadoras, indignada.

Ella disparó su flecha directamente a la cabeza de Capucha Negra, pero con un solo movimiento de su espada él desvió la flecha. Sin darle tiempo para preparar otra flecha, él arremetió. Las demás cazadoras dispararon sus flechas, pero Capucha Negra las esquivó o las desvió con su espada en una muestra de asombrosa habilidad.

Las tres cazadoras también arremetieron hacia él, desenfundado sus cuchillos de caza y comenzando una letal batalla cuerpo a cuerpo.

A pesar de estar en desventaja numérica, Capucha Negra fue más que capaz de seguirles el ritmo a las cazadoras. Pateó en el estómago a una de ellas, enviándola al piso con un quejido de dolor. Otra cazadora se escabulló detrás de él e intentó apuñalarlo, pero él cambió el agarre que tenía sobre su espada a uno inverso y desvió la apuñalada a la vez que le proporcionaba un fuerte golpe a la cazadora en la cabeza, aturdiéndola y la enviándola al suelo.

Capucha Negra volvió a cambiar el agarre que tenía sobre su espada y la bajó brutalmente sobre la cabeza de la cazadora aturdida, pero Zoë se interpuso en su camino, deteniendo el golpe con su cuchillo de caza, pero aun así la espada llegó hasta su hombro, cortándola y haciéndola caer sobre su rodilla.

—No te atrevas... a lastimar a mi hermana, muchacho—gruñó Zoë, forcejeando bajo la fuerza de Capucha Negra.

—Se lo merece después de todo lo que ha hecho.

— ¿De qué estás hablando?

Capucha Negra aplicó más fuerza, causando un corte aún mayor sobre el hombro de Zoë y provocando que ella gimiera de dolor.

— ¿Crees que no sé todo lo que ha hecho? —dijo él, con los dientes apretados—. ¿Todo lo que ustedes, cazadoras, habéis hecho? Haré que cada una de ustedes pague.

Capucha Negra pateó a Zoë en el pecho, enviándola al piso y luego volteando para enfrentar a la tercera cazadora que se acercó a él por detrás. Usó su espada y desvió el cuchillo de la cazadora con un movimiento fluido, girando alrededor de ella y luego apuñalándola en la pierna. La hoja atravesó por completo la pierna de la cazadora, causando que ella gritara de dolor y cayera, arrodillándose sobre su pierna sana.

— ¡Evelyn! —exclamó Zoë.

Estando sobre su rodilla, Evelyn giró y apuñaló a Capucha Negra en la pierna, haciendo que él retrocediera con un gruñido de dolor.

Evelyn rápidamente se irguió, pero aún estaba muy herida. Zoë se acercó a ella, sin apartar a vista de su adversario.

—Ustedes, cazadoras, se creen guerreras honorables—masculló él, arrancándose el cuchillo con un gruñido—. Pero no son más que los perros de asalto del Olimpo.

— ¡No oses mancillar el nombre de las cazadoras de Artemisa, asqueroso muchacho! —espetó Zoë con furia.

— ¿Mancillar? Solo digo la verdad. Ustedes no son más que las asesinas glorificadas de Artemisa.

Zoë volvió a atacar, sus movimientos parecían reflejar la furia que sentía. Cada corte, cada apuñalada lo hacía con la intención de matar, pero Capucha Negra fue capaz de esquivar y desviar cada uno de sus golpes. Zoë esquivó uno de sus mandobles y entró en su guardia, llevando su cuchillo directamente al hígado, pero Capucha Negra la agarró del antebrazo y desvió su apuñalada directamente hacia el propio hombro de Zoë. Ella gritó de dolor y Capucha Negra torció el cuchillo antes de golpearla directamente en el rostro. Se escuchó el sonido de hueso romperse y luego Zoë fue pateada brutalmente en el estómago, siendo enviada directamente sobre Evelyn y cayendo en una maraña de miembros sobre la nieve.

— ¡Zoë! —exclamó la diosa con preocupación.

Capucha Negra se volteó a mirarla.

— ¿Interferirás? —inquirió él—. No puedes hacerlo. Las Leyes Antiguas impiden a los dioses involucrarse en un enfrentamiento, ya sea entre ellos o de los semidioses, a menos que sean desafiados. Y no te he desafiado a ti, Artemisa.

La diosa Artemisa frunció el ceño con tal furia que parecía querer incinerar a Capucha Negra en ese mismo lugar. Un frío viento sopló por todo el bosque, causando que la nieve se elevara y los árboles fueran azotados violentamente.

Ella chasqueó los dedos y, de entre la oscuridad del bosque, un lobo emergió. Era tan grande como un león adulto y su pelaje blanco lo hacía camuflarse con la nieve. Enseñó los dientes a Capucha Negra y atacó.

El lobo se abalanzó sobre él, con las garras extendidas y la mandíbula abierta, pero Capucha Negra dio un paso a un lado y balanceó su espada en un arco descendente sobre el cuello del lobo. Se escuchó un gemido de dolor cuando el animal se desplomó sobre el suelo, manchando de rojo la blanca nieve.

—Una acción inútil—dijo Capucha Negra, sacudiendo la sangre de su espada—. Tan inútil como los propios dioses.

—Muchacho insolente... —gruñó Artemisa, fulminándolo con la mirada.

Capucha Negra simplemente se burló del intento de la diosa de intimidarlo y se volteó para enfrentarse una vez más a las cazadoras, pero tuvo que agacharse cuando una lanza casi lo apuñaló en la cabeza.

Thalia apareció abruptamente en un destello de electricidad y no desistió con sus ataques, usando ambos brazos para maniobrar con su lanza y seguir atacando. Capucha Negra demostró una sorprendente habilidad para no solo detener sus golpes, sino también evadirlos. Con un movimiento ascendente de su espada, fue capaz de desestabilizar a Thalia y luego apuñalarla directamente en el pecho. La espada hizo contacto con su chaqueta de cuero, pero no lo atravesó, ya que estaba hecho de la piel del León de Nemea, aunque la fuerza detrás del golpe le sacó el aliento y la hizo caer de rodillas.

Antes de que pudiera asestar otro golpe, Percy saltó sobre Capucha Negra y lo sorprendió al golpearlo en el pecho con el borde del escudo de Thalia, Égida. La fuerza del golpe lo hizo trastrabillar y Percy aprovechó ese momento para apuñalarlo en el corazón. Al estar paralizado viendo la cara plasmada de Medusa en el escudo, Capucha Negra hizo algo impensable; levantó la mano derecha para detener la apuñalada y lo hizo, pero la hoja atravesó completamente la palma de su mano.

Percy y Capucha Negra forcejearon, con Percy intentando que la hoja le atraviese también el pecho, pero Capucha Negra se lo impedía, no dispuesto a ceder terreno a pesar de que el cuchillo le atravesó la mano.

Mirando directamente a donde debería de estar su rostro, Percy apretó los dientes intentando abrumarlo. Y fue entonces cuando escuchó una voz resonar en su cabeza:

¨No hay vuelta atrás si decides hacer esto...¨

Era una voz femenina, resonando en su cabeza. Sonaba preocupada y triste.

¨Lo sé. Pero tengo que hacerlo¨ otra voz, siendo esta la de un hombre. Se escuchaba cansado, pero también determinado.

¨Te perseguirán. Te cazarán. Serás el enemigo del Olimpo¨

¨No me importa. Incluso si tengo que convertirme en su enemigo, incluso si todos llegan a odiarme, haré lo que sea necesario¨

Percy quedó desconcertado al escuchar aquellas voces en su cabeza y Capucha Negra aprovechó ese momento de flaqueo para darle un cabezazo al rostro. Percy retrocedió, aturdido, y Capucha Negra lo pateó con fuerza en el pecho, enviándolo al suelo.

—Manténganse al margen, mi guerra no es contra los semidioses—dijo Capucha Negra, arrancándose el cuchillo ensangrentado de Percy de la mano.

—Entonces... ¿Tu guerra es contra los dioses? —cuestionó Percy, haciendo un esfuerzo por erguirse mientras tosía.

—No... Solo contra uno.

Él volteó para mirar a Artemisa, pero se agachó justo a tiempo para evitar el corte que fue directo a su rostro. Evelyn, la cazadora herida, aún no se había rendido y atacó con fiereza a Capucha Negra con una serie de apuñaladas y cortes. Cuando ella apuntó directamente a su cuello, él agarró su muñeca y la torció, causando que ella soltara el cuchillo. Capucha Negra lo agarró en el aire y, en un movimiento que duró un solo parpadeó, lo usó para apuñalar a la cazadora en el estómago.

Percy no supo quién de las cazadoras gritó al ver a una de sus hermanas ser apuñalada, pero el grito resonó en todo el claro y causó que la batalla se detuviera.

—Sé quién eres, Evelyn Foster, hija de Apolo—dijo Capucha Negra, cerniéndose directamente sobre el rostro aterrorizado de la cazadora—. Y también sé las personas a las que mataste. Tus propios hermanos y hermanas. Esto es por ellos.

Todos miraron con shock como Capucha Negra sacó el cuchillo. La cazadora cayó de rodillas antes de desplomarse en el suelo, la sangre comenzó a manchar la blanca nieve a la vez que Evelyn estiraba su mano con dirección a Artemisa.

—Mi señora...

— ¡Evelyn! —exclamó Artemisa, pero luego sus ojos se abrieron con horror cuando observó a Capucha Negra levantar su espada—. ¡No! ¡Detente!

La hoja cayó y atravesó directamente no solo el pecho de la cazadora, sino también el suelo debajo de ella, causando que ella soltara un grito ahogado.

— ¡No!

El acantilado tembló ante el desconsolado grito de la diosa. El viento sopló con más fuerza, los cielos se oscurecieron con nubes negras y el mar mismo pareció rugir al golpear acantilado. Los monstruos que quedaban vivos comenzaron a huir despavoridos ante la muestra de poder de la diosa, cuyos ojos brillaban con una promesa de venganza hacia el hombre que había asesinado a su cazadora justo en frente de sus ojos.

— ¡Muchacho despreciable! —gritó Artemisa, mirando de manera asesina a Capucha Negra—. ¡Pagarás por esto!

Las demás cazadoras, o las que aún podían pelear, se acercaron rápidamente a Artemisa. Solo quedaban cuatro de ellas, pero todas miraban a Capucha Negra con una furia apenas contenida mientras levantaban sus arcos con la intención de dispararle mientras él se erguía sobre el cuerpo sin vida de la cazadora.

—Considera esto mi declaración de guerra—declaró él, agitando su espada y manchando la nieve con sangre, lo que pareció un insulto a las cazadoras de Artemisa y a la diosa misma—. No contra el Olimpo, sino contra ti, Artemisa.

— ¡¿Quién eres?! —exigió saber ella.

Capucha Negra les dio la espalda y sosteniendo su espada con su mano sana, la usó para cortar el aire dos veces en forma de cruz. Al hacerlo, el mismo espacio pareció ser cortado como una hoja de papel y se separó, dando paso a una oscuridad que no parecía tener fin.

—Alguien con nada que perder.

— ¡Que no escape! —gritó una de las cazadoras—. ¡Fuego!

Las flechas volaron en el aire, pero Capucha Negra ya había atravesado el portal, el cual se cerró cuando él desapareció en la oscuridad.

El claro quedó en absoluto silencio. Los vientos amainaron, las oscuras nubes en los cielos se despejaron, dando paso a la brillante luna de invierno.

Percy observó como los rayos de luz de la luna iluminaba la sangre derramada en la blanca nieve. Sangre que pertenecía a una de sus doncellas, una cazadora de la diosa Artemisa.

...

..

.


¡Y eso es todo por ahora, mis adorables lectores!

Como os dije, este capítulo fue una apuesta de mi parte. Dije que quería hacer las cosas diferentes, desarrollar el canon de una manera diferente, y este es mi primer paso a ese objetivo.

Tal vez algunos se sientan confundidos, así que intentaré explicar el punto más importante de este capítulo;

¿Por qué Artemisa no intervino para salvar a su cazadora que fue asesinada justo frente a sus ojos?

Mi respuesta para eso es simple; ella es una diosa.

A lo largo de toda la serie de Percy Jackson, nos dicen que los dioses no pueden intervenir en los asuntos mortales debido a las ¨Leyes Antiguas¨. Algo vago que no se explica muy bien en los libros, pero con lo poco que sabemos de ello podemos decir que un dios, sin importar quién sea, tiene prohibido intervenir directamente en los asuntos con mortales y semidioses, a menos que sea desafiado de una manera igual de directa.

Un ejemplo es en el primer libro, donde Ares, antes de pelear con Percy, invoca un jabalí para que pelee en lugar de él, ya que no puede pelear con Percy directamente a menos que él lo desafíe, cosa que hace luego y por eso pueden pelear. Otro ejemplo podría ser Dionisio, quien fue ¨condenado¨ a cuidar del Campamento Mestizo por un siglo y solo por eso puede intervenir de una forma un poco más directa con los semidioses que viven allí, pero todos sabemos que él elige no hacerlo.

En este capítulo, me tomé en serio esa ley. Capucha Negra, a pesar de haber dado la orden de atacar a las cazadoras, en ningún momento desafió a Artemisa de manera directa. O al menos, no de una manera directa como Thalia lo hizo con Ares en ¨El Origen de un Héroe¨. Así es como yo lo interpretaré como un desafío directo a un dios.

Fue por eso por lo que Artemisa no pudo hacer nada, más que invocar un animal, como lo hizo Ares, para pelear por ella.

Tal vez a algunos le parezca una pobre excusa, pero ese es mi razonamiento y mi forma de encontrar balance en todo el asunto de semidioses y dioses. Si los dioses pudieran actuar libremente, absolutamente todo sería diferente. Y un absoluto caos. Cuando tienes a un ser capaz de cambiar la realidad con solo un chasquido de sus dedos, necesitas ponerle algunas restricciones.

Otro es la escala de poder entre los semidioses. En este momento, Thalia es conocida como la ¨semidiosa más poderosa con vida¨ Y eso es debido a los años de entrenamiento que tuvo para dominar sus poderes e incluso con eso, solo ha alcanzado la mitad de todo su poder. Planeo explorar más de eso en el futuro.

En cuanto a Percy, podemos ver como sus poderes van creciendo cada vez más, incluso si no los ha entrenado. Antes, él resultó gravemente herido cuando peleó contra la Quimera, llegando incluso a casi morir en dos ocasiones. En esta ocasión, pudo derrotar al monstruo sin muchos inconvenientes. Y este es solo Percy arañando la superficie, será capaz de hacer cosas aún más grandes en el futuro.

Esos son los puntos más importantes en este capítulo. Si tienen alguna duda, no duden es escribirla e intentaré responderlas.

¿Qué les pareció?

Si tienen algún problema o disconformidad con las escenas de acción del capítulo, díganselas a mi yo ebrio, ya que fue él quien las escribio. He llegado a llamar a esa versión de mi, mi alter ego, como Alejandro. Es un bastardo, pero lo necesito si quiero continuar escribiendo mis fics.

¿Quién creéis que es Capucha Negra y por qué hace todo lo que hace? Llegando incluso a matar a sangre fría a una cazadora de Artemisa. ¿Qué es lo que busca? Déjenme sus teorías en los comentarios y los leeré con gusto.

Eso es todo por ahora.

Y sin nada más que decir... ¡Hasta la próxima, guapos y guapas!