Hay momentos que deberian ser eternos.
Aire puro...
Brisa marina...
Negatividad a tope…
Y la cabeza hecha una mierda...
Hace algunos dias que estoy en Ibiza, y aunque no puedo dejar de llorar como una boba ni de pensar en Edward, al menos sé que no me lo voy a encontrar al doblar ninguna esquina.
Él no me ha llamado ni me ha enviado ningún wasap. Sin duda está haciendo lo que le pedí y, aunque se lo agradezco, reconozco que en el fondo de mi ser mi yo tonto y martirizante esperaba algo de él.
Una llamada, un mensaje..., algo con lo que pudiera mandarlo a la mierda.
¡No hay quien me entienda!
Pero Edward no da señales de vida. Está visto que lo ocurrido le ha facilitado el hecho de no volver a saber de mí, y aquí estoy yo, llorosa, embarazada y enamorada de alguien que no me quiere a mí, mientras no dejo de escuchar preciosas canciones de amor que me destrozan, pero soy incapaz de parar.
A la hora de la comida me paso por el Ibieva, mi restaurante.
Como ya suponía, Siobhan es una excelente cocinera jefe, y no puedo ponerles un pero ni a ella ni a Natacha en lo referente al funcionamiento del local. Después de comprobar que todo está en orden, decido lo inaudito.
¡Me marcho del Ibieva y no trabajo!
Tampoco me acerco a los hoteles. ¡Paso de todo!
Decido ir a Cala Gració, una preciosa playa bastante tranquila cercana a San Antonio, que es donde tengo mi casita, la cual me gusta mucho visitar. Con los cascos puestos escucho música romántica. Mi yo masoquista sigue rebozándose en la pena mientras estoy sentada en una hamaca bajo una sombrilla mirando al mar.
¡Qué maravilla de lugar..., y qué penita me doy!
Cala Gració es una preciosa playita de aguas cristalinas. Era mi reducto de paz y tranquilidad cuando vivía en Ibiza, y también ahora, cuando busco desconectar.
—Bella.
Al oír la voz de Jeremy, me vuelvo. Él es quien lleva junto a su familia el restaurante de la cala, además del servicio de las hamacas y las sombrillas.
—Me ha dicho mi madre que, antes de que te vayas, te pases por el restaurante —dice sonriéndome—. Quiere preguntarte algo.
—Muy bien, dile que lo haré —asiento sonriendo yo también.
Acto seguido, él se aleja y yo vuelvo a mirar al mar. Cada vez que la familia de Jeremy sabe que regreso a Ibiza, se desviven por mí.
Son unos excelentes amigos que cuidan de mi casa en mi ausencia.
La mantienen al día. Y nunca, pero nunca, me han querido cobrar nada. Según ellos, yo los ayudé a comenzar su andadura en la restauración en la cala y esta es su manera de agradecérmelo.
Poniéndomelo todo fácil.
Cojo mi bolsa de la tumbona vacía que hay a mi lado y saco una bolsa de gominolas. Si antes era adicta, ahora soy una yonqui..., y tras meterme un par en la boca pienso en mi incómoda situación.
Embarazada, sola, asustada, enamorada, llorosa, triste y enfadada. ¡Lo tengo todo!
Encima, en mi familia hay problemas que no nos dejan vivir y, por si eso fuera poco, me acabo de llevar un chasco terrible con Edward.
¿Quién da más?
Mirando al mar, le doy vueltas y vueltas y vueltas a todo lo que últimamente no me deja vivir mientras trato de buscar soluciones que no encuentro.
Pensar en Edward es inevitable, del mismo modo que lo son las ganas que siento de volver a berrear. Lo odio, pero al mismo tiempo lo quiero. Lo que he vivido con él ha sido mágico. Tremendamente especial.
Nunca he tenido una conexión tan fuerte con otro hombre y, además, no puedo ignorar que es el padre de mi Caramelito.
Pienso en contarle lo que ocurre una vez que regrese a New York y decida si tener al bebé o no. Es lo más sensato. ¡Podría ser padre!
Pero, igual que lo pienso, me rebelo contra ello. ¿Merece saber la verdad con lo que me ha hecho? Si pasa de mí, ¿no pasará igualmente del bebé?
Resoplo, suspiro y los ojos se me humedecen. ¡Ni hablar! No pienso llorar. Bastante lloro sola en mi casa cuando nadie me ve como para seguir llorando en la playa. Pero, joder, me tiembla el morrillo como a mi madre.
¡Creo que me voy a deshidratar!
—Después de pasar por El Paraíso y el restaurante y no verte, sabía que te encontraría aquí.
Según oigo esa voz, me vuelvo de inmediato y, al ver de quién se trata, pregunto:
—Pero bueno, ¿qué narices haces tú aquí?
Mi hermano Emmet sonríe. Se acerca, me da un beso en la frente con cariño y, quitando mi bolsa de la tumbona vacía, se sienta y replica:
—Mejor dime qué narices haces tú aquí...
No respondo. No quiero. Y Emmet añade:
—Fui al restaurante para decirte que me llamó Thomas y me dijo que el viaje a Groenlandia se ha programado para dentro de un mes y medio. ¿Qué te parece?
Según oigo eso, me río. ¡Para viajes a Groenlandia estoy yo!
—Y como no estabas allí, no respondias mi llamadas me pareció raro y tuve que hacerle un tercer grado a Nina.
—¡Joder! —resoplo.
—Finalmente le saqué dónde te encontrabas, pero no me dijo por qué estabas aquí.
¡Olé mi Nina!
Nos quedamos en silencio. Él me mira. Lo miro. Sonríe. Sonrío. Y por último dice:
—Vamos a ver, Gominola, ¿qué pasa?
En cuanto termina de preguntarlo, suelto:
—¡Estoy embarazada!
Emmet vuelve a sonreír. Se quita la camiseta, se repanchinga en la hamaca e insiste:
—Venga, en serio. Me preocupo por ti... ¿Qué te ocurre?
—Que estoy embarazada. Te lo acabo de decir —repito.
Mi hermano se incorpora en la hamaca. Sus ojos se clavan en mi tripa. Y, tras unos segundos que creo que son los que necesita para procesar lo que acabo de decir, susurra:
—¿Lo estás diciendo en serio?
Automáticamente, asiento, menuda bocazas que estoy hecha; y viendo su gesto musito:
—No creo que pueda ir a Groenlandia.
Emmet se tira entonces de la hamaca y, arrodillándose para estar a mi altura, cuchichea:
—Prométeme por Bridget Jones que es cierto lo que me has dicho.
Según oigo eso, y consciente de que ya lo he soltado, afirmo:
—Te lo prometo.
Mi hermano se lleva las manos a la cabeza sin dar crédito.
—Pero... ¿cómo?
Oír eso me hace sonreír y replico con guasa
—¿Quieres que te lo explique con lo de la abejita y el polen?
Emmet se ríe, yo también, y luego murmuro:
—Creí que no podía tener hijos, pero ¡estoy embarazada!
Él asiente. A continuación el muy tonto me da un beso en la barriga y susurra:
—Hola, peque. Soy tu tío Emm.
Oír eso me hace reír a carcajadas y, una vez que paro, al llenárseme los ojos de lágrimas musito:
—Solo lo sabéis tú y Nina. Por tanto, por favor, no se lo digas a mamá. No sé qué voy a hacer y...
—¡¿Cómo que no sabes qué vas a hacer?!
Vale, entiendo su gesto y su pregunta. Me juzga. Y, recordando todo lo que la doctora me explicó sobre cromosomas y demás, se lo cuento. Según lo estoy haciendo, me doy cuenta de que me explico divinamente, y acabo diciendo:
—La realidad es esa, Emmet. Tener o no tener el bebé depende de los resultados de las pruebas. Habrá quien esté de acuerdo y habrá quien no, pero me da igual. La decisión de traer o no traer a ese bebé al mundo solo debe ser mía.
Mi hermano lo entiende, lo veo en su rostro. Sé que estará de acuerdo conmigo tome la decisión que tome, y sonriéndome pregunta:
—Pero ¿tú estás bien?
—Sí.
—¿Y Edward qué dice?
Me encojo de hombros; entonces las lágrimas se me desbordan de los ojos y suelto:
—No lo sabe. Edward no sabe nada del bebé.
Emmet parpadea. Eso sí que no lo esperaba, y lo oigo preguntar:
—¿Cómo que no lo sabe?
Sin dilación, le cuento lo ocurrido. Emmet me escucha sin interrumpirme y, cuando acabo, susurra:
—¡Será cabrón!
—Eso mismo dije yo —afirmo secándome las lágrimas—. Pero se acabó. El tema Edward está archivado y...
—Gominola, ¡es el padre del bebé!
—¡¿Y...?!
—Pues que tiene que saber lo que está pasando.
Me desespero. Sé que tiene razón. Sé que, si esto le sucediera a una amiga, yo diría lo mismo. Pero estoy bloqueada y rompo a llorar.
¡Malditas hormonas!
