Hay momentos que deberian ser eternos

Después de varios dias complicados con Emmet en Ibiza, vuelvo a cerrar mi casita, El Paraíso, y regreso con mi hermano a New York.

Los resultados de la prueba de mi bebé están ya listos y necesito saber.

Nina me llama por teléfono. Me recuerda que tenemos cita con Consuelo en su consulta a las siete de la tarde y quedo con ella a las seis para tomarnos un cafetín y ponernos al día.

A las siete menos diez ambas entramos en la consulta y, con lo miedosa que soy yo para temas médicos, me entran unas cagalandras de la muerte. Los nervios me consumen hasta tal punto que, mientras esperamos a que nos atienda, debo ir al baño a vomitar.

Cuando regreso, Nina está de pie y me indica que tenemos que entrar. Consuelo nos ha llamado.

Tomo aire y, sin dudarlo, entro con mi amiga en la consulta. Una vez dentro, la ginecóloga nos saluda y, después de sentarnos, creo que debo de tener tal cara de susto que Consuelo dice:

—Tranquilízate, Eva. Tengo tu test combinado del primer trimestre y señala que tu embarazo es de bajo riesgo.

—¿Eso qué quiere decir? —consigo balbucear.

—Quiere decir que no hay nada anormal en los valores que vemos en tus pruebas. Y estas son fiables en un noventa por ciento.

Asiento mientras proceso lo que me dice, y a continuación añade:

—Creo recordar que me preguntaste por la amniocentesis en nuestra anterior cita, ¿verdad? — Asiento y ella añade—: Cuando yo me quedé embarazada esta segunda vez, al tener cuarenta y dos años, uno menos que tú, me hice las mismas pruebas que te he pedido a ti. El valor que me dieron fue tan bajo como el que me dio cuando me quedé embarazada de mi primer hijo, y tenía treinta y cinco. Por norma, la amniocentesis la solemos pedir a mujeres cuyo informe del test combinado nos indica que es de alto riesgo, o si tienen antecedentes o un familiar con anomalías. ¿En tu caso hay algo de eso?

Me apresuro a negar con la cabeza. Aunque..., bueno, la gilipollez de mi hermana daría para estudiarla.

—No —respondo sin embargo—. No hay nada de eso.

Consuelo sonríe y luego continúa:

—Por los valores que tengo ante mí, te puedo decir que hoy por hoy el feto se desarrolla favorablemente. Pero si aun así tú quieres hacerte la amniocentesis, es tu decisión.

Asiento, sonrío y me echo a llorar de felicidad.

¡Mi Caramelito está bien!

Nina me abraza. Me da mimitos y, cuando se me pasa la tontuna que tengo encima y me seco las lágrimas, pregunto consciente de que no sé los antecedentes de Edward:

—Si al final decidiera hacérmela, ¿cuándo tendría que ser?

Consuelo mira los papeles que tiene delante.

—Se suele hacer entre las semanas quince y veinte. Y aunque esta prueba es de riesgo bajo, has de saber que en un uno por ciento de las ocasiones puede causar un aborto espontáneo.

Asiento, soy consciente de ello.

—¿Has bajado el ritmo de trabajo? —me pregunta ella a continuación.

—Acabo de llegar de Ibiza. Allí he descansado.

Nina y la doctora se miran. Estoy convencida de que ya han hablado y Consuelo sabe algo más, porque la oigo decir:

—Eso está muy bien. Pero sigue cuidándote. Así que nada de nervios, tensiones ni problemas, ¿vale?

Digo que sí con la cabeza. ¡Ya me gustaría a mí!

Una vez que quedamos en volver a verla al cabo de poco más de un mes y nos despedimos de ella, salimos de la consulta y Nina comenta sonriendo:

—Tengo el primer regalo del Caramelito.

Sorprendida, la miro y ella abre su bolso y saca un paquetito. Me lo da. Riendo, yo lo abro y, cuando veo lo que es, me pongo a llorar..., ¡faltaría más!

Dentro de la cajita hay un body blanco con el escudo de los Mets, unos mamelucos y un chupete.

Miro a Nina y ella, tan emocionada como yo, dice:

—Algo me dice que tu padre intentará cambiarlo.

Eso me hace reír a carcajadas; adoro a Nina. Agarrándome a su brazo para irnos a trabajar, repongo:

—Tranquila, ¡el Caramelito ya es de los Mets!