Hay momentos que deberian ser eternos.

La Tomografía que Edward se hizo en la clínica privada donde trabajaba Jasper puso nombre y apellido a lo que le ocurría. El linfoma de Hodgkin había regresado. Volvía a tener cáncer.

Saberlo era desesperante, frustrante. Pero, consciente de lo que tenía que hacer, se sentó junto a sus amigos y habló con ellos del tratamiento. Era médico, cirujano oncólogo, y nadie mejor que él para saber qué era lo que debía hacer. Aun así, Jasper, como hematólogo, y Alice, como oncóloga, decidieron encargarse de su tratamiento.

Consciente de que su madre y su hermano necesitaban información, Edward quedó con ellos para cenar en la casa familiar.

Cuando llegó, Esme lo besó con el mismo cariño de siempre y evitó decirle aquello de que estaba más delgado. En esta ocasión era cierto, tan cierto que era mejor no mencionarlo.

Trataba de no agobiarlo, pero era difícil. Necesitaba saber y, tras una cena en la que los tres charlaron de todo menos de la enfermedad, cuando iban por el postre finalmente Alec, tan deseoso de saber como su madre, preguntó:

—¿Te has hecho ya las pruebas?

Edward asintió.

—¡¿Y...?! —preguntó Esme.

Edward suspiró. Nada en el mundo lo jorobaba más que darles malas noticias.

—Ganglios en el área cervical y a nivel del mediastino —contestó.

Alec y su madre ni siquiera parpadearon, y luego el primero dijo:

—¿Qué tal si nos lo dices en cristiano?

Edward sonrió.

—Hay ganglios en el cuello, entre los pulmones y cerca del corazón.

Oír eso hizo que Esme se echara hacia atrás en la silla asustada.

La primera vez que enfermó Edward los ganglios cancerígenos solo estaban en el cuello, y saber que en esta ocasión los tenía en varios sitios la dejó sin respiración.

Viendo y sintiendo el miedo de su madre y su hermano, Edward musitó mirándolos:

—Tranquilos.

—¡Ay, hijo!

—¡Mamá! —murmuró Alec.

—Está más extendido que la otra vez, ¿verdad? —susurró Esme con el corazón acelerado.

—Sí, mamá.

Consciente de lo que suponía para ellos saber lo que ocurría, Edward, acostumbrado a lidiar con pacientes y sus familiares, se apresuró a decir:

—Escuchad, ya sabemos a lo que nos enfrentamos, y os aseguro que pondré toda la positividad que pueda en superarlo. —Alec y su madre asintieron y él prosiguió—: Jasper y Alice vuelven a ser mis médicos. He de hacerme unas pruebas más y dentro de unos diez o quince días, si todo va bien, recibiré la primera sesión de quimioterapia.

Esme asintió y luego musitó con el corazón roto:

—Hijo..., ojalá pudiera pasar yo esto por ti.

—Mamá —murmuró Edward con cariño.

Recordar el desgaste físico y emocional que había supuesto para su madre y su hermano el anterior cáncer lo tenía en un sinvivir, y mirándolos a los dos declaró:

—Ya hemos pasado por esta situación demasiadas veces, pero aquí estamos de nuevo, por lo que os voy a pedir que recordéis que esto se lleva día a día y que las etapas del tratamiento, nos gusten o no, llegarán y necesito que estéis fuertes.

Esme y Alec asintieron, sabían perfectamente lo que quería decir Edward.

—Vuelvo a tener linfoma de Hodgkin —continuó él—, y sé que ambos me cuidaréis y estaréis a mi lado. Pero esta vez debéis prometerme que ninguno de los dos aparcará su vida por mí —y mirando a Alec añadió—: Tú seguirás con tu vida en todos los sentidos, y tú —indicó señalando a su madre— te irás con tus amigas a la piscina y a tomar café como te gusta hacer.

Esme y Alec se miraron, e iban a protestar cuando Edward agregó:

—Sé que ambos queréis estar a mi lado para cuidarme, y os lo agradezco, pero debéis creerme cuando os diga que estoy bien. Y, por supuesto, no dudéis de que os pediré ayuda cuando lo necesite.

A Edward ver su expresión le dolía en el alma. Por su trabajo sabía que una enfermedad como el cáncer no solo afectaba al paciente, sino también a quienes lo rodeaban. Lo vivía a diario en la consulta, en el hospital y, por desgracia, también lo había sufrido en su familia.

Durante un rato los tres continuaron hablando, hasta que finalmente Esme, sobrecargada de información, se excusó mientras se ponía en pie:

—Voy al baño un momento. Ahora vuelvo.

Según desapareció, Alec miró a su hermano.

—Va a llorar.

—Lo sé —afirmó Edward destrozado—. Y aunque me duele saberlo, tengo que dejarle espacio para que lo haga sin estar yo delante. Necesitará desahogarse.

Alec asintió.

Durante unos minutos ambos permanecieron en silencio, y luego este último miró a Edward y preguntó:

—¿La quimio será más fuerte que la otra vez?

—El cáncer está más extendido.

Alec meneó la cabeza. Entendía su escueta respuesta.

No era agradable recordar cómo le sentaba a su hermano la quimioterapia en la anterior ocasión. Pero, consciente de que, a pesar de la fortaleza que mostraba ante ellos, debía de estar destrozado, afirmó:

—Yo te acompañaré.

Edward asintió. Le agradecía el detalle.

—¿Qué pasó con Bella? —preguntó entonces Alec.

Echándose hacia atrás en el asiento, Edward miró a su hermano y, sin entrar en detalles, a pesar de su gesto derrotado al recordarla, respondió:

—Simplemente dejamos de vernos.

—¿Lo dices en serio?

—Por supuesto —afirmó él con pesar.

Estuvieron unos segundos en silencio hasta que Alec susurró:

—Pensé que la querías.

—Y pensaste bien —declaró Edward sin dudarlo.

Su hermano lo miró asombrado al oír eso, y Edward musitó:

—Le mentí diciéndole que me marchaba de viaje. Después, un día, la seguí e hice que me viera y descubriera mi mentira. La conozco, no perdona la mentira, y sé que eso la alejará de mí.

Al ver la tristeza en la mirada de su hermano, Alec sacudió la cabeza

—Eres un cabezadura, ¿lo sabías?

Edward intentó sonreír y repuso:

—Y, si no lo sé, ya estás tú para recordármelo.

Este Ed esta bastante terco y justo ahora que necesita de mas soporte.