Hay momentos que deberian ser eternos

Han pasado dos semanas y mi tripilla comienza a hincharse. Estoy de cuatro meses y medio. Desnuda se me nota bastante, pero vestida no, pues no soy una sílfide y suelo llevar ropa ancha.

Mi hermano Emmet está feliz. Entre que su viaje a Groenlandia que lo tiene como en una nube y saber que va a ser tío, el locuelo no para de sonreír. Tanto que comienza a desesperarme.

Anoche quedé con él y con Rose. Vinieron a buscarme al restaurante y los tres nos fuimos a tomar algo a una terraza.

Como es lógico, ya no tomo cubatitas ni nada que contenga alcohol. Ahora que voy a ser mamá, ni fumo ni bebo. Soy consciente de que debo cuidar a mi bebé, y decido tomarme un zumito.

Rose se ríe al ver lo que pido, le hace gracia lo sana que me he vuelto. Pero cuando le cuento el porqué, me abraza emocionada y promete guardar el secreto junto a Emm hasta que yo quiera que sea de dominio público.

Y, cómo no, ¡lloro! Creo que en mi carnet de identidad debería poner: «Profesión: "Llorona"», porque no puedo dejar de hacerlo.

Hablar del bebé me recuerda a Edward y, aunque intento ser una tía fuerte, en esta ocasión no puedo. Las malditas hormonas no me dejan, y el loco amor que siento por él menos aún.

Emmet, que es consciente de cómo me encuentro, finalmente reconduce la conversación y empieza a hablar del viaje a Groenlandia. Su novia se ha apuntado a la aventura y, emocionados, me cuentan que van a ir a un glaciar llamado Qaleragdlit, que visitarán la estatua del hijo de Erik el Rojo y que harán una fantástica ruta por el sur groenlandés. Saber eso me hace llorar de nuevo. ¡Yo quería ir...! Emmet y Rose no saben qué hacer frente a mis lloros.

Por último, a la una y media de la madrugada me acompañan a casa. Tengo un sueño que puede conmigo. El embarazo sin duda me provoca eso. Y, tras despedirme de ellos y volver a llorar, subo a mi casa, me desnudo, me rebozo en mi cama y me duermo pensando en Edward, en mi amor.

Tu... Tu... Tu... Tu...

¿En serio es el despertador eso que suena?

Abro un ojo. Extiendo la mano para coger el móvil y lo apago.

Son las nueve de la mañana, pero quiero seguir durmiendo. Por favorrrr...

Sin embargo, es imposible. A partir de ese instante mi teléfono no para de sonar. El encargado de los hoteles en Ibiza, Natacha, Nina, mi madre... Pero ¿es que tiene que llamar todo el mundo? Al final, decido levantarme.

Una vez que contesto las llamadas y resuelvo problemas, tras colgarle a mi madre lo siguiente es llamar a la clínica en la que está ingresado James. Él no puede telefonear, pero nosotros sí. Me dicen que está bien, aunque no en su mejor momento. Saber eso me parte el corazón, pero sin duda mi hermano tiene que luchar y ser fuerte para que todo salga como queremos.

Una vez que hago lo que cualquier mujer hace en su casa antes de irse a trabajar, salgo y llego al restaurante, donde me encargo de la recepción de la mercancía que traen los proveedores.

Como cada día, comienzo a preparar las verduras. Unas las cuezo y otras simplemente las troceo. Es necesario tener ese trabajo adelantado para que, cuando el cliente pida su plato, todo fluya con más dinamismo.

Mis empleados van llegando poco a poco y, como siempre, se ponen a trabajar hasta que empieza el servicio de comidas.

Hoy me encuentro mejor. Las náuseas han ido desapareciendo y mi Caramelito parece estar tranquilo, lo que me permite trabajar con rapidez y sin ascos.

El restaurante se llena como todos los días y mi equipo y yo trabajamos sin descanso, hasta que Nina entra y dice mirándome:

—La policía está aquí.

—¡¿Qué?!

Ella asiente y a continuación susurra con expresión confusa:

—Preguntan por ti, Isabella Swan.

Según oigo eso, el estómago se me revuelve.

¡La policía pregunta por mí! Joder..., joder, qué mal rollo. ¡¿No será por mi hermano?!

No, imposible. Estaba en la clínica por la mañana.

¿No será que Emm se ha vuelto a caer con la moto?

¡Dios, ¿qué ha pasado?!

Rápidamente dejo el cuchillo que tengo en las manos. Me las lavo y, con el corazón a mil, salgo de la cocina. En la entrada veo a un agente de policía mirando hacia el exterior.

Me acerco a él y saludo:

—Hola, buenas tardes, soy Isabella ... ¡Alec!

Reconocer al hermano de Edward me sorprende. Sabía que era policía, pero no lo esperaba aquí. Y él, al ver mi expresión de alarma, se apresura a decir:

—Tranquila, solo es una visita personal.

Eso me hace respirar hondo y, tocándome la frente, musito:

—Menos mal. ¡Qué susto me has dado!

Alec sonríe. Yo también y, tras darnos un par de besos en las mejillas, pregunta:

—¿Tienes un segundo?

Sin entender qué hace aquí, asiento e indico:

—Ven. Pasemos a mi despacho.

Me sigue. Entramos en silencio y, cuando cierro la puerta, lo miro y pregunto sin poder evitarlo:

—¿Edward está bien?

Según digo eso, Alec toma aire por la nariz y luego dice:

—Por eso he venido a verte.

Estoy sorprendida, no sé qué pensar, y él continúa:

—Sé que Ed y tú ya no os veis y...

—Alec —lo corto—, tu hermano y yo ya no tenemos nada que ver. Él lo decidió de esa forma.

Él asiente.

—Ed te quiere y te echa de menos.

Oír eso hace que mi corazón aletee. Yo sí que lo echo de menos. Pero, recordando su traición y lo enfadada que estoy, siseo:

—Mira..., siento decirte esto, ¡pero que le den a tu hermano!

Alec me mira. Creo que quiere mandarme a la mierda, pero pregunta:

—¿Lo quieres? ¿Lo echas de menos?

Según oigo eso, mi gesto cambia. Claro que lo quiero, pero no estoy dispuesta a reconocerlo, y respondo:

—¿Qué te hace creer que voy a contestarte a eso?

Alec se mueve en el sitio, está nervioso.

—Bella, Ed te necesita —afirma.

Me río sin ganas. Y omitiendo el gran secreto que guardo en mi interior, y nunca mejor dicho, respondo:

—Sí, claro, y por eso me mintió diciéndome que se marchaba de viaje a un congreso en California. Curiosa manera de necesitarme la de tu hermano...

—Mira..., si te mintió lo hizo pensando en ti, créeme.

Boquiabierta, ahora soy yo la que con cierta chulería indica:

—Oh, mira..., ¡qué atento! Si al final me va a tener que dar pena porque me mintiera y me engañara como a una tonta.

El gesto de Alec me desconcierta.

—¿Qué le ocurre?

—Ed me va a matar cuando se entere de lo que he hecho —dice a continuación—, pero no puedo quedarme impasible. Esta vez no. —Y antes de que yo diga nada, suelta—: Ed está enfermo y, como no quiere que tú sufras por ello, se inventó lo de su viaje y luego se descubrió ante ti para que te enfadaras con él y no quisieras volver a verlo.

—¡¿Qué?!

—Lo que oyes, Bella.

¿Enfermo?

¡¿Cómo que enfermo?!

Y, mientras noto cómo todo el vello de mi cuerpo se eriza, susurro sintiendo que mi estómago comienza a dar vueltas como una lavadora:

—¿Qué le pasa a Ed?

Alec me mira, piensa lo que tiene que decirme y luego musita negando con la cabeza:

—Bella, te he dicho más de lo que debía. Solo te pido que...

—¿Qué le pasa a Edward? —insisto atacada de los nervios.

Alec se acerca a mí, me coge las manos y a continuación dice mirándome a los ojos:

—Perdóname, Bella, pero eso tiene que decírtelo él. Yo solo quería que supieras que si mi hermano te mintió fue porque sabía que eso tú no se lo ibas a perdonar y la mentira te alejaría de él. Pero te quiere y te necesita más que nunca.

En silencio, nos miramos.

No entiendo nada. ¡¿Edward está enfermo?! ¿Me mintió para alejarme de él?

Pero ¿qué clase de locura es esta?

—Hoy viernes Edward no ha ido a trabajar —añade Alec —. Está en su casa porque acabo de pasarme por allí. Tu restaurante está cerca... ¿Por qué no vas a verlo?

Siento que el corazón me va a mil. No sé qué pasa, solo sé que Edward está enfermo, y mirando a Alec voy a hablar cuando él dice:

—Si quieres saber por qué te mintió, ve a verlo. Es lo único que te pido.

Estoy completamente bloqueada. Entonces, la radio que él lleva encima emite un ruido y dice mirándome:

—Tengo que irme. No sé si he hecho bien viniendo o no. Pero quiero a mi hermano, es el tío más increíble que he conocido en mi vida y sentía que debías saber que lo que hizo fue por ti.

Una vez dicho esto, Alec me da un beso en la mejilla y, con una triste sonrisa, se dirige a la puerta de mi despacho y se va. Estoy mirando la pared en silencio cuando oigo la voz de Nina, que dice entrando en el despacho:

—Pero bueno..., ¿quién es ese policía tan sexy y por qué no me ha llevado detenida?

Sus palabras me hacen volver a la realidad y, tras sentarme porque las piernas me tiemblan, respondo:

—Es el hermano de Edward.

—Madre mía, ¡qué ojazos tiene!

No hablo... No respondo…

Nina se acerca a mí. Mi gesto de preocupación debe de ser tremendo, y antes de que diga nada, susurro:

—Me ha dicho que Edward está enfermo.

—¿Qué le pasa?

Tomo aire. Esté o no enfadada con él, necesito averiguar qué le ocurre.

—No lo sé —digo—, pero me voy a enterar.

En algun momentos varias acertaron acerca de que Alec, es quien daria el empujon acerca de salvarle el trasero a su hermano…. ahora estamos a la espera de que Bella de el paso numero dos.

nos veos en la siguiente actalizacion.