Disclaimer: La leyenda de Zelda y todos sus elementos son propiedad del señor Miyamoto, nada me pertenece y prometo darle un uso decente a todo lo que tome prestado. Con permiso de los fans, voy a sacarme unos cuantos datos históricos y personajes de la manga, pero de eso se trata escribir un fic, ¿no? No hay explicaciones para no quitarle la gracia a la historia, ya se irá explicando sola.
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Capítulo 3 – Primer paso hacia el destino
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Antes de que cualquier respuesta que hubiese podido ofrecerle tuviese oportunidad de llegar hasta sus labios, la Gerudo pareció calibrar positivamente la habilidad y los reflejos del sheikah y, concluyendo que no debía darle la oportunidad de reaccionar ante su sorpresiva aparición, desenvainó dos enormes cimitarras y se abalanzó sobre él. Justo a tiempo para bloquear el primer golpe doble, Nilk desenvainó su espada y tras rechazar el embate, rodó sobre su espalda, lo cual le valió recordar de nuevo las dos profundas heridas que había recibido unas horas antes. Cuando se levantó pudo ver como la ladrona y sus armas se combinaban en una bella y mortífera danza donde el cuerpo de la mujer giraba y se elevaba sobre el suelo mientras las anchas hojas rasgaban el aire a su alrededor. De un ágil salto a una vuelta en dirección inesperada, trazaba círculos a su alrededor, lanzando certeros tajos que a duras penas lograba esquivar.
Pero al fin se desembarazó del efecto hechizante en el que le habían sumido aquellos hipnóticos ojos. Comenzó a contraatacar y el duelo ganó en intensidad, pero su cuerpo se encontraba demasiado debilitado y sabía que no aguantaría mucho tiempo los feroces embates de aquella mujer. Poco a poco, Nilk procuró avanzar hacia el desierto para evitar que el ruido de la lucha atrajese a otras Gerudo, mientras la ladrona trataba de aproximarse a la roca que delimitaba la dorada llanura como si temiese adentrarse en ella.
El ex-capitán se agachó para evitar una vez más el filo de las cimitarras y esta vez, fingiendo desplomarse durante un instante, apoyó una mano en la arena y barrió con la pierna el suelo bajo la mujer, que no esperaba un movimiento tan rápido de un enemigo exhausto y malherido. Aprovechando que la había desequilibrado, dirigió su espada hacia una de las empuñaduras de su oponente con la intención de desarmarla, pero ella reaccionó a tiempo empujando la hoja de Nilk con su otra cimitarra, con lo que, al final del movimiento, ambos habían perdido un arma. El problema era que mientras el sheikah sólo tenía una, la Gerudo aun blandía la otra cimitarra y no iba a darle tregua.
El siguiente golpe lo esquivó al tiempo que lograba sujetar por la muñeca la mano armada de su oponente. Mientras ella trataba de zafarse de la presa, un débil susurro formado por cientos de finos cristales chocando entre sí al ser absorbidos rápidamente, puso fin al forcejeo y llamó su atención. Ambos luchadores miraron hacia la fuente de aquel sonido y vieron cómo la arena a unos cuantos pasos se hundía por un agujero cada vez más ancho.
Sucedió en pocos segundos: algo largo y verde, surcado por púas por un lado y plagado de ventosas por el otro salió disparado de aquel agujero y se lanzó hacia donde se encontraban, apuntando justo hacia las piernas de la mujer. Nilk tiró de ella haciendo palanca con su cuerpo y logró llevarla tras él, fuera del alcance del tentáculo, pero éste, al no encontrar su primer objetivo, se enroscó en una de sus botas y lo arrastró.
Al caer y darse la vuelta, vio ante él a la sorprendida Gerudo y cuando ésta levantó la vista, adivinó que otro brazo tentacular surgía de la arena para llevarla también. Con sus últimas fuerzas, el guerrero apoyó su pierna libre en el suelo y saltó para interceptar el ataque del monstruo, consiguiendo que le atrapase por la cintura y cayendo de nuevo sobre la arena, ahora completamente inmovilizado.
Cuando ya se veía sumergido en la arena y devorado por el dueño de los tentáculos, Nilk vio pasar sobre él las babuchas de la mujer y, al ceder la presión sobre su pie y su torso, supo que había cercenado las extremidades de la criatura con su cimitarra. Después sintió un firme brazo bajo los suyos que le ayudaba a levantarse, y corrieron tan rápido como les permitía la postura alejándose de los saltarines pedazos de tentáculo, en dirección al fuerte. La ladrona se desvió en el último momento para llevarle hacia las rocas que hacían de muro natural y soporte para la morada de las Gerudo.
Llegados a un punto específico, escalaron con dificultad unos dos metros sobre la pared de piedra y, de repente, un estrecho camino, invisible desde el suelo, que ascendía y penetraba en el muro en dirección al fuerte. Nilk se preguntaba si su actuación instintiva al salvarla había sido suficiente como para hacerle cambiar de opinión sobre los hombres, pero no tenía más opción que dejarse llevar, estaba al límite de sus fuerzas.
Por fin alcanzaron un pasadizo abierto en la roca y, tras unos cuantos minutos caminando en la oscuridad, la Gerudo apartó un muro móvil y ayudó al sheikah a entrar en una amplia sala circular, iluminada por una luz solar de la que no pudo encontrar su procedencia. Uno de los semicírculos de la habitación estaba separado del resto por una doble cortina medio abierta desde donde podía ver un lecho cubierto por otra ligera cortina, varios cofres cerrados y en la pared, colgadas, toda una colección de espadas de todo tipo, lanzas, arcos y escudos. Una puerta maciza se adivinaba al final de unas cortas escaleras.
En el lado en que se encontraba él parecía vivir otra persona. No muy lejos de la entrada secreta que ahora no podría encontrar si no supiera dónde buscarla había una especie de cuba tallada en una roca muy suave y blanca, surcada de finas vetas negras. Un pequeño canal recorría la pared desde la cuba hasta un agujero tapado por una minúscula compuerta de madera, cerca de la cual colgaba un grueso cabo.
Más allá había una mesa en forma de media luna cuyos extremos se alejaban de la pared y rodeaban un taburete a cuyo alrededor, por todo el suelo, se amontonaban cajas de madera y urnas de cristal, botellas, jarrones de mil formas y colores y algún que otro caldero. En este lado de la cortina, sobre las paredes había máscaras, repisas llenas de plantas vivas o secas, dibujos de paisajes extraños y telas bordadas o pintadas en colores vivos y cálidos.
La mujer había dejado que se apoyase en un banco que rodeaba la cuba mientras ella manipulaba el cabo y la compuerta de madera, que al abrirse, para asombro de Nilk, dejó pasar un pequeño torrente de agua clara, caliente y perfumada que empezó a llenar la cuba tras él. Se asomó para ver como crecía el nivel del agua, pero una presencia amenazante tras él hizo que se girara lentamente.
A la altura de su cuello encontró la punta curvada de una afilada gumía y, sobre su cabeza, desde el rostro de la Gerudo ahora descubierto, aquellos profundos ojos le atravesaban otra vez, como un río atraviesa una montaña, penetrando hasta sus entrañas inexorablemente. La mano que sostenía la daga descendió y terminó depositando el arma a un lado de Nilk.
—Aun no sé quién eres —de nuevo aquella voz que ahora veía fluir desde los labios de la mujer, hizo que todos sus músculos se relajaran a pesar del dolor—, me lo has puesto difícil antes y aun ahora, en tu penoso estado, sigues resistiéndote. Te has ganado mi respeto, guerrero, así que puedes decidir contarme o no tu historia. Pero —hizo una breve pausa y su boca se torció levemente en una aviesa sonrisa— si me la vas a contar, debes saber que no puedes engañarme.
—Entonces sí que eres una hechicera —murmuró Nilk, más para sí mismo que para la expectante Gerudo.
Tras un momento de meditación, el sheikah decidió que nada perdía contándole a aquella especie de ladrona bruja lo que le había traído hasta el desierto, pues tal vez así lograría que le dejase marchar. Resumió sus orígenes y la situación por la que pasaba el país los últimos meses, omitiendo cualquier alusión al protagonismo que le otorgaba el pueblo, y por último declaró su intención de vivir como un ermitaño, lejos de la historia de Hyrule.
—Ahora me gustaría preguntar algo —añadió al final de su corto relato el cansado ex-capitán, y sin esperar el permiso, continuó—, ¿por qué no has dejado que se me llevara aquella bestia? No creo que a tus hermanas les parezca correcto que escondas a un hombre en vuestro fuerte, ¿no te estás arriesgando?
Una inesperada carcajada disipó buena parte de la tensión que aprisionaba el ambiente.
—¿Arriesgándome? Ahora mismo debe haber uno o dos hombres en cada aposento principal, dependiendo de si es privado o compartido. La diferencia entre mis hermanas y yo es que yo he sido más...selectiva. —la Gerudo sonrió con picardía ante el asombrado sheikah— Estamos en esas fechas.
—¿Quieres decir que os estáis apareando ahora? —a pesar de lo absurdo de la conversación en un momento tan poco apropiado, la gama de reacciones de un joven ante semejante idea no podían ser demasiado amplia y ahora tocaba ruborizarse.
—¡Por las Diosas! —la mujer se puso un poco más seria, al notar una cierta familiaridad en su prisionero— Guerrero, puedes haber demostrado ser un honorable luchador, pero no te atrevas a usar esos términos en mi presencia.
—Nilk —interrumpió, también serio ahora el ex-capitán pues, a pesar de su posición poco ventajosa, prefería que le llamasen por su nombre—. Me llamo Nilk, olvidé mencionarlo.
—Nilk —repitió ella, pensativa—. Me parece que no eres consciente de hasta dónde alcanza tu fama, o no habrías ocultado tu condición de héroe aun sabiendo que no puedes esconderme nada —la mujer sonrió, esta vez benévola—. Esto mejora las cosas, capitán del ejército de Hyrule. Mi nombre es Kaliana, es justo que te lo diga, si vas a ser el padre de mi hija.
Ahora el joven sheikah se sintió realmente cohibido, pero trató de disimularlo. Vio casi en trance cómo la hechicera se dirigía a la compuerta para cerrar el paso del agua —la cuba debía estar llena— y después volvía frente a él para ayudarle a retirarse las vendas y lo que quedaba de su armadura.
Al retirar de su cabeza la capucha de tela sobre la que solía ir el yelmo, la mujer descubrió una corta melena de color dorado que enmarcaba una cara bronceada y unos ojos tan azules como los suyos. No era que el físico cambiase mucho las cosas, pero algo ayudaba. Sintió algo que siempre había considerado impensable: confiaba en aquel hombre, hasta ese punto leía honradez y sinceridad en su corazón.
Mientras ayudaba al sheikah a desnudarse, le confesó que había estado a punto de renegar de sus deberes como Gerudo, pues toda mujer de aquella tribu, a determinada edad, tenía la obligación de contribuir con su cuerpo al aumento de la sociedad de ladronas y ninguna podía eludirla. Pero Kaliana, considerada una privilegiada entre su pueblo por poseer el don de la magia, exclusivo de las antiquísimas Birova y que aquellas se habían encargado de pulir, no tenía ninguna intención de "aparearse", como bien había dicho el joven, con el primer incauto que hubiesen apresado las cazadoras.
Sin embargo, al enfrentarse a Nilk y, sabiendo que tarde o temprano tendría que darle una hija a su pueblo, decidió que no encontraría mejor padre que un guerrero tan notable, sobre todo siendo un héroe de renombre en el reino.
—Mi hija...nuestra hija, sé que estará destinada a grandes cosas —sentenció Kaliana mientras ayudaba al sheikah a meterse en la "bañera", como llamaba ella a la cuba.
Antes de introducirse del todo en las cálidas aguas, sintiendo la mirada de la mujer sobre su cuerpo desnudo y sus manos sobre sus hombros, se sujetó a los bordes de la bañera y clavó sus ojos en los de la Gerudo. Trató de resistirse un momento y sus músculos se tensaron, pero tras un breve parpadeo de largas pestañas, siguió la dirección de las pupilas azules hasta la daga sobre el banco. Otro parpadeo y volvían a apuntarle, entre sonrientes y amenazadoras.
—Así sea —suspiró, vencido, y se hundió entre entre vapores y burbujeos.
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