Disclaimer: La leyenda de Zelda y todos sus elementos son propiedad del señor Miyamoto, nada me pertenece y prometo darle un uso decente a todo lo que tome prestado. Con permiso de los fans, voy a sacarme unos cuantos datos históricos y personajes de la manga, pero de eso se trata escribir un fic, ¿no? No hay explicaciones para no quitarle la gracia a la historia, ya se irá explicando sola.


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Capítulo 5 – El Despertar de Nilk

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—¡Mamá! —lloró desesperada una niña mientras veía la sangre de su madre empapando sus quemadas ropas—. ¡Mamá, por favor! ¡Levanta!

—Shh... —la mujer se llevó un dedo a los labios, incluso aquel leve movimiento le costó un esfuerzo terrible—, calla, no deben oírte.

Un jabalí gigantesco se aproximó aplastando lo que quedaba de las casas a su paso, montado por un goblin de aspecto temible que iba pinchando con una lanza enorme cada montículo sospechoso de ocultar algún superviviente. Pasó muy cerca de ellas pero, por fortuna, les separaba un solitario muro que había quedado milagrosamente en pie tras la explosión.

—Ridomi... —susurró la mujer cuando los monstruos se alejaron— Escúchame bien, hija. No te preocupes por mi ahora, tienes que hacer algo importante, tienes que... —un estertor ahogó sus palabras un momento y la niña rompió a llorar de nuevo.

—Mamá, no te mueras, por favor —pero interrumpió sus sollozos cuando la mirada de su madre se volvió intensa, con una expresión que jamás había visto. Claro que, tampoco había visto nunca el caos de muerte y destrucción que envolvía ahora su ciudad natal.

—Pequeña, voy a pedirte algo muy difícil, pero tienes que hacerlo por tu padre y por mi, por todo nuestro pueblo —tomó aire notando cómo la vida en su interior se consumía rápidamente. Se llevó una mano al pecho y después cogió las de su hija, cerrándolas con fuerza, transmitiéndole toda su confianza—. Déjame aquí y ve al jardín. Escóndete, no dejes que te encuentren y busca...

—Pero... —trató de protestar la niña— ¿tú?

—¡No puedes dejar que te encuentren! —gimió la mujer al límite de sus fuerzas— Ridomi, por favor, ¡vete! Está en tu sangre... está... —su voz se convirtió en un leve suspiro y se apagó tras dos últimas palabras— Te quiero.

Con una mirada de amor eterno hacia su pequeña, se soltó del hilo que le sujetaba a la vida y sus manos dejaron escapar las de la niña. Ésta sintió cómo el terror y la desesperanza invadían su joven corazón, pero algo en los ojos de su madre apaciguó aquellos sentimientos y la calmó. No habían quedado vacíos. Una luz verde como su iris, que parecía llegar desde más allá de las estrellas había quedado brillando en sus pupilas, infundiéndole coraje.

Unió las manos de su madre sobre su pecho y acercó algunas tablas para esconder su cuerpo. Después corrió amparada en las sombras, esquivando el fuego y los escombros. Oyó las risas de los invasores y los gemidos de los heridos, pero siguió avanzando sin mirar atrás.

Cruzó la plaza del mercado agachándose entre los puestos destrozados, alcanzó las escaleras que subían a la plaza del templo y se perdió entre las filas de piedras cotillas, cuyos ojos sin párpados parecían vigilar tras ella, protegiéndola.

La puerta del Templo del Tiempo estaba cerrada. No parecía que el fuego y las armas hubiesen pasado por allí. Ridomi contempló un momento la imponente fachada y después se dirigió hacia el jardín que crecía detrás. Allí había pasado cientos de tardes luminosas con su madre y aun en la oscuridad podía verla moviéndose entre los árboles y las plantas como un espíritu más de la naturaleza, murmurando oraciones a la diosa mientras prodigaba sus cuidados a todos los seres vivos que habitaban el jardín.

Las lágrimas, que había logrado mantener a raya minutos antes, volvieron a sus ojos y en su garganta un fuerte nudo amenazó con ahogarla. Se detuvo un momento y se inclinó, apoyando una mano en el muro cubierto de hiedra. Cerró los ojos, luchando contra el llanto, pero el tacto frío de algo que encerraba en su otra mano hizo que volviera a abrirlos. Contempló la esmeralda en el medallón de su madre y recordó que en los momentos más tristes siempre se sentaba junto a ella en la fuente del jardín.

Igual la abuela Midora se había sentado allí con su madre. Recordaba que hasta en sus últimos días, sin apenas fuerzas para andar, había seguido visitando el jardín, observando a su hija y a su nieta desde la fuente mientras cuidaban del lugar. Ahora, esa misma fuente de piedra blanca y aguas cristalinas brillaba como en medio del jardín reflejando la luz de la luna. Desde allí, su abuela y su madre la llamaban, allí encontraría consuelo, lo sabía.

Con un último esfuerzo alcanzó la fría piedra y se arrodilló. Leyó vagamente, una vez más, la inscripción dorada. Cuando una lágrima rompa el espejo... Las lágrimas eran ahora su peor enemigo, no podía seguir conteniéndolas y buscó en la superficie del agua la paz que su madre le había prometido.

Al asomarse, las estrellas la saludaron desde el fondo y la luna jugó a ser una brillante diadema sobre su cabeza. Era tal la claridad que reflejaban las quietas aguas que alcanzaba a iluminar su rostro. Desde allí abajo, sus ojos le devolvían una mirada desesperanzada, pero mientras los observaba, algo cambió. Su cara pareció envejecer repentinamente y una boca apretada por los años sonrió desde la fuente.

—¿Abuela...?

Sin darle tiempo a sorprenderse, la visión se diluyó con la misma rapidez con que había aparecido pero fue sustituida por otra en cuyos ojos brillaba aquella última luz que había calmado el dolor de la pérdida.

—¡Mamá! —sollozó la niña, sintiendo el corazón a punto de quebrarse.

Cuando el agua volvió a reflejar su cara, no pudo contenerse más. Por fin las lágrimas pudieron recorrer libremente sus mejillas. La más valiente de todas aquellas gotitas llegó hasta la barbilla de la niña y se atrevió a saltar al vacío. Al caer en las quietas aguas de la fuente, el reflejo del mundo sobre ella se disipó en suaves ondas. Una lágrima había roto el espejo.

Desde aquel punto bajo el rostro de Ridomi, una luz plateada empezó a brillar haciendo que el agua burbujeara y creciera como si alguna fuerza mágica la empujara desde el fondo. La muchacha abrió los ojos y al ver aquel portento dejó caer el medallón. En el lugar donde la esmeralda se había hundido vio crecer una superficie de luz plateada que acabó formando un espejo enmarcado en formas vegetales y que reflejaba el jardín desde una luminosa perspectiva.

Se levantó despacio y miró esperando ver su imagen pero, en su lugar vio a un joven con aspecto de soldado que miraba algo que tenía en la mano como si tratara de recordar. Finalmente, el soldado alzó la vista hacia Ridomi y avanzó desde el otro lado del cristal. Se detuvo a pocos centímetros de la superficie, ocupando todo el espejo con su impresionante figura.

—¿Eres Midora? —preguntó con una voz firme y profunda, de la cual nadie podría desobedecer una orden. Al no obtener respuesta, repitió— ¿Eres tú la sacerdotisa que curó mis heridas y selló mi cuerpo en el Reino Sagrado?

Ridomi, presa del miedo y el asombro, empezó a pensar rápidamente, buscando respuestas a aquellas preguntas, pero descubrió que ella misma no tenía ni idea de lo que le estaban preguntando.

—Midora era mi abuela, ¿quién eres tú? —de repente, una lucecita se encendió en el fondo de su memoria y recordó las palabras grabadas en la fuente—. ¿Eres el héroe de la leyenda?

—Tú... tu abuela, entonces han pasado muchos años —reflexionó él ignorando la última pregunta—. Pero claro, solo eres una niña, no podías ser... Dime, ¿has abierto tú la puerta?

—Yo no pretendía... —Ridomi se interrumpió bruscamente pues, tras la primera impresión, el mundo real había vuelto de golpe a su cabeza, el ataque de los goblins, su padre cayendo para proteger a los que huían, su madre soltando sus manos. Sin poder evitarlo, rompió a llorar de nuevo y entre sollozos le relató brevemente al joven tras el espejo todo lo que había ocurrido.

—Entonces es el tiempo del que me habló la diosa —declaró el joven cuando la niña terminó su historia. Meditó durante un instante y prosiguió—. No soy ningún héroe, pero ya perdí una vez la batalla contra el odio entre hermanos, y si me han dado otra oportunidad, no permitiré que ocurra de nuevo. Uniré a todos los pueblos de Hyrule para acabar contra el enemigo.

"Pero primero voy a limpiar esta ciudad."

Decidido, dio un paso al frente, atravesó el espejo y bajo desde el borde de la fuente hasta donde se encontraba la muchacha, y ella alzó la vista hacia el semblante sereno y confiado del joven que acababa de despertar tras un largo letargo. Tras incorporarse, echó a andar ante él guiándole hacia la plaza del mercado donde los invasores habían encendido una gran hoguera y se divertían haciendo sufrir a los supervivientes.

Nilk observó de nuevo el medallón que todavía llevaba en la mano y comenzó a recordar, o así lo creyó al menos, pues muchas de las imágenes que ahora poblaban su mente habían ocurrido mientras permanecía encerrado en aquella dimensión. ¿Cuántos? Cincuenta años tal vez. Medio siglo de acontecimientos perdidos se mezclaban con sus verdaderos recuerdos. Y todo empezaba después de unos ojos azules, una flecha en su pecho y unos ojos verdes que le transportaron a un lugar más allá del tiempo, escondido en las profundidades de una fuente.

Reconoció la ciudad a los pies del castillo de Hyrule, a pesar de las llamas y el humo. Vio a los goblins y supo que sólo eran una avanzadilla, pues ahora se encontraban dispersos y sin disciplina ninguna, no se preocupaban por continuar hasta el castillo donde sabían que encontrarían mayor resistencia. Pero, ¿por qué no defendían los soldados de Hyrule a su pueblo?

Sujetó a la niña por el hombro y le indicó que permaneciera en lo alto de las escaleras que descendían directamente a la plaza. Desenvainó la espada y apareció a la luz de las llamas que no pudieron eclipsar el aura luminosa que le rodeaba, recuerdo de su estadía en aquel rincón del Reino Sagrado. El primero de los goblins apenas le vio venir cuando ya tenía media hoja hundida en el pecho.

El sheikah sintió como todos los recuerdos de pasadas batallas y el instinto guerrero que yacía dormido en su alma despertaban con furia y tomaban el control de su cuerpo. Pero un poder que no había conocido antes le obligaba a blandir la espada con más fuerza que nunca. Su estancia en el Reino Sagrado no sólo había curado sus heridas sino que había dejado parte de su antiguo y celestial poder dentro de él. A pesar de estar rodeado por un buen número de enemigos, notaba la mano de Farore guiando su espada e infundiéndole coraje.

Los goblins comenzaron a cercarle aunque pronto temieron acercarse demasiado puesto que cualquiera que entraba en su círculo de alcance caía fulminado, y alrededor de sus pies empezaba a formarse una alfombra de cuerpos mutilados. Pero entonces vio al capitán de la compañía montando sobre su jabalí gigante y supo que tenía que reaccionar.

Se abrió paso entre dos goblins indecisos y trepó sobre los restos de una pared semiderruida al tiempo que el el capitán se lanzaba hacia él. En una arriesgada pirueta logró saltar sobre el jinete al tiempo que la montura embestía la pared haciéndola saltar por los aires. Mientras el jabalí continuaba su desbocada y destructora carrera, Nilk evitaba los golpes de la gran maza del goblin, cuyo tamaño le impedía seguir al ágil sheikah que, tras lograr afianzarse a sus espaldas, hundió en el grueso cuello la espada hasta alcanzar el corazón.

Cuando retiró la hoja, el goblin cayó pesadamente y el jabalí por fin se calmó. Nilk tomó las riendas, enfiló hacia el resto de la compañía que había observado expectante la lucha al galope y vio en sus caras el terror mezclado con la furia de ver a su capitán vencido. Espoleó al monstruoso animal y cabalgó directo al nutrido grupo. Los más inteligentes se dispersaron, pero hubo dos que permanecieron clavados en el sitio y sucumbieron arrollados por el jabalí gigante mientras que un tercero perdía la cabeza ante el filo del sheikah.

Comenzó a perseguir a todos los que corrían a esconderse entre los oscuros callejones o trataban de alcanzar la puerta de la ciudad, uno a uno fueron cayendo bajo las gigantescas patas del jabalí o atravesados por el acero. Finalmente, regresó a la plaza, sabiendo que todavía quedaba uno de aquellos escurridizos monstruos y no iba a dejarlo escapar. Pero de repente escuchó el letal silbido de una flecha al pasar sobre su cabeza, y al girarse en la dirección hacia la que iba el proyectil, vio a un goblin atravesado cayendo desde el tejado de una casa, con la ballesta lista para dispararle.

Se giró hacia el arqueo que acababa de salvarle y vio la imponente figura de una joven, alta y musculosa, sosteniendo un gran arco que a más de un hombre de fuertes brazos le hubiese sido difícil tensar. A la luz de la hoguera distinguió los colores añil y blanco de la casa real y el símbolo del ojo y la lágrima sheikah sobre su pecho.

No era posible, pensó confuso, había visto en sueños la aniquilación total de su pueblo. Desmontó y se dirigió hacia la joven, que se encontraba en lo alto de las escaleras hacia el templo, al lado de la niña que había observado todo desde su escondite.

—Gracias, noble guerrera del pueblo de las sombras, me has salvado la vida —se inclinó con respeto ante la altiva figura.

—Gracias a ti, joven soldado... —se interrumpió al observar la distinción de rango sobre el pecho de Nilk—, capitán. Has erradicado la amenaza temporal de esta avanzada de goblins, pero no tengo conocimiento de que se haya dado la orden a ningún militar...

—He pasado un tiempo... retirado —atajó él—. Y no sabía que hubiese orden de no defender al pueblo de sus enemigos —continuó, elevando el tono—. ¿Cómo puede haber permitido esto sin actuar el ejército de su Majestad? —miró a su alrededor y señaló la destrucción provocada por los invasores—. ¿Es que el Rey ha abandonado a sus súbditos?

La altiva guerrera descendió por las escaleras hasta enfrentarse a Nilk y le miró directamente a los ojos, sondeando su mente y su alma con esa percepción más allá del mundo visible que poseían los sheikah. Parecía a punto de empezar una explicación pero, de repente, su expresión cambió para reflejar un gran asombro.

—¡Tú! —exclamó dando un paso atrás y levantando un brazo doblado hacia su pecho, como protegiéndose— ¡Es imposible! Eres... ¡no puede ser...!

—Antes de que conozcas más de mí por mi mente que por mis labios, creo que debo presentarme —la interrumpió él— Mi nombre es Nilk, de los sheikah. Fui herido durante una batalla contra mi propio pueblo durante la guerra civil. Tal vez se me diera por muerto, pero han ocurrido cosas más allá de mi entendimiento que me han permitido volver a esta tierra de nuevo. Ahora, por favor, respóndeme. ¿Qué está ocurriendo en el reino?

Tras la pregunta siguió un silencio roto tan sólo por el crepitar de las llamas en las ruinas que todavía ardían.

—Señor —al fin, una voz insegura desvió el duelo de miradas hacia la niña que permanecía de pie a una distancia prudencial—, creo que eres el héroe de la leyenda que mi abuela empezó —se interrumpió un momento, y miró a Nilk a los ojos—. Ella contaba que la diosa Farore había salvado a un soldado herido por una flecha clavada en el corazón y se lo había llevado a algún lugar donde sanarlo y preservarlo del tiempo.

"Al principio nadie la creía, pero en la fuente del templo aparecieron unas palabras que antes no estaban allí, y además se supo que un capitán del ejército muy famoso en aquella época había desaparecido. Mi madre —la voz se le quebró bruscamente y los ojos se le llenaron de lágrimas, pero aun llorando, continuó—, ella me contó un secreto que la abuela no había compartido con nadie más. Decía que sólo las descendientes de nuestra familia podrían despertar al héroe porque fue mi abuela quien ayudó a salvarle."

"Nunca la creí —terminó sollozando—, pensaba que era un cuento y ahora ella está... yo, ¡no sé si lo he hecho bien! Ella confiaba en mi...

Cayó de rodillas, cubriéndose el rostro tratando sin éxito de contener el llanto. Nilk se acercó a ella, se agachó y la ayudó a levantarse para después cogerle ambas manos entre las suyas.

—Escúchame, pequeña —le habló como un padre aunque no más de seis años les separaban—. Estoy aquí y voy a proteger a mi pueblo y a mi rey que me necesitan. Si es gracias a ti, entonces lo has hecho bien.

Cuando se separaron, Ridomi abrió las manos y descubrió el colgante con la esmeralda que había dejado caer en la fuente. Se secó las lágrimas mientras se lo colgaba, mirando a Nilk agradecida, sin poder decir nada más. Él se dirigió de nuevo a la sheikah.

—¿Puedo preguntarte cuál es tu nombre?

—Soy Impa, la última de los sheikah. Sirvo a la familia real como siempre ha hecho mi pueblo.

—Bien, Impa, sé que compartimos el amor a nuestra tierra y a la justicia. ¿Me ayudarás en lo que te pida si está en tu mano? —preguntó Nilk llevándose el puño izquierdo al pecho en señal de confianza.

—Te ayudaré en la medida de mis fuerzas y más aun si fuera necesario —respondió la joven, imitando el gesto e inclinándose levemente.

Nilk miró una última vez a su alrededor, grabando en su mente el color y el olor de la destrucción y la desesperación en que se encontraba sumido el pueblo indefenso, para poder reproducirlo ante el monarca con la suficiente precisión. No era necesario, conocía perfectamente la huella que dejaba tras de sí la guerra, pero nunca más lo iba a permitir.

—Entonces llévame ante el Rey.

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