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Jinchuuriki
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Lo recibieron con todo el respeto que merecía el Kazekage, y un ninja muy fuerte, pero Gaara no le prestó atención a los detalles. Cuando al fin la Hokage lo llevó a un lugar apartado para hablarle de los detalles, el pelirrojo no dejó de mirarla, con los labios apretados.
-Ha estado así desde que volvió de una misión de clase C- le dijo Tsunade –Fue sencillo para él y regresó sin problemas. Pero a la mañana siguiente, cuando Sakura fue a buscarlo, no pudo despertarlo de ninguna manera. Y como sabemos que usted es uno de los más cercanos a Naruto…-
-Lo entiendo- dijo Gaara, serio -¿Lo ha examinado?-
-No tiene ninguna enfermedad, y tampoco hemos detectado chakra extraño, salvo el de la presencia del Kyuubi en su interior. Su cuerpo tampoco ha sufrido los efectos del hambre, la deshidratación u otras necesidades físicas-
"El Kyuubi lo está manteniendo con vida" pensó el pelirrojo.
Podía sentir el chakra de Naruto en su cuerpo, como si sólo estuviera dormido. Pero incluso él, que nunca lo había visto dormir, sabía que el rubio tenía algo malo; estaba demasiado quieto como para ser Naruto. Y era él, confirmo Gaara al acercarse a la cama, ya que el chakra del zorro de nueve colas estaba allí dentro, contenido, pero allí estaba.
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-Kakashi-sensei, Naruto, necesito de su ayuda- dijo la muchacha, al encontrarlos en el comedor. Temari les estaba sirviendo el té con expresión sombría, y levantó la vista, quizás esperanzada –Temari, Kankuro, creo saber lo que tiene Gaara, pero debo confirmarlo antes de aplicarle la cura- dijo la chica, intentando tranquilizarlos.
Los dos hermanos de Gaara parecieron aflojarse un poco mientras los ninjas de Konoha seguían a la chica hacia la habitación del Kazekage.
Sakura no había estado todo el tiempo examinando al pelirrojo; cuando los otros dos entraron, pudieron ver que había símbolos extraños alrededor de la cama del Kazekage. Kakashi reconoció algunos, aunque omitió decir nada. Miró de reojo a Naruto, quien miraba con algo de curiosidad los extraños símbolos, y luego a la chica.
-Si mis suposiciones son correctas- explicó ante la muda pregunta del rubio -entonces el Kazekage estará de pie en unos días sin problemas; pero si estoy equivocada, no habrá esperanza. Y para ello necesito a alguien quien haya pasado por experiencias similares- dijo, mirando a Naruto.
El ninja comprendió.
-Y, Kakashi-sensei, si algo sale mal, confío en que tomará las decisiones acertadas- terminó la muchacha, seria, mirando al adulto. Este asintió.
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Había dos formas de hacerlo; con habilidades muy avanzadas de ninja médico y el poder de un demonio, o con la voluntad de un contenedor y el poder de un demonio. Gaara era consciente que Shukaku ya no estaba en su interior, pero eso no lo iba a detener. No necesitaba hacer los símbolos: la arena le obedecía, girando a su alrededor y formando el ambiente ideal. El haber sido un contenedor del demonio mapache, haber muerto y regresado, le daba ciertas habilidades que ningún otro ninja había logrado, y él se había entrenado con todas sus fuerzas para poder dominarlas.
Podía sentir el chakra de Naruto respondiéndole, y sintió cómo el chakra rojo se agitaba un poco, sin despertar. La mejor posición para hacerlo era sentado en la cama, al lado del rubio y con una mano sobre el rostro del ninja de la Hoja. Cerró los ojos, sabiendo muy bien que no era para dormir, y empezó a concentrar su chakra para realizar la técnica.
"Nadie debe entrar mientras esté dentro" le había dicho a la Hokage, y ella había asentido sin pedir más explicaciones.
Con las puertas y las ventanas cerradas, sintió cómo los chakras se mezclaban en un solo.
Y, entonces, empezó a ver.
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El agua le recordaba a Naruto las veces en que se encontraba con el Kyuubi, barrotes de por medio. El ver que no sobrepasaba los símbolos que había en el piso le hizo cobrar conciencia que mas le valía no pisarlos y obedecer a la kunoichi médico. Si no supiera que Shukaku ya no estaba en el interior de Gaara, hubiera jurado que lo requerían allí por ser otro Jinchuuriki. Pero de seguro lo necesitaban por sus habilidades ninja, se dijo a sí mismo, después de todo iba a ser el próximo Hokage.
Sakura estaba a la derecha de la cama, Kakashi a su izquierda y Naruto a los pies. El rubio miraba al pelirrojo, dejando que su visión periférica captara el cambio que se producía en los otros ninjas. Sakura estaba realizando un jutsu complicado, por cómo se movían sus manos, y el silencio pesaba en todos ellos. El agua se volvió más fría, y se elevó del piso, formando una burbuja que los envolvió a los cuatro.
Naruto no le sacaba los ojos de encima a Gaara.
Sentía cómo la energía del jutsu los envolvía, metiéndosele en el cuerpo y fusionando sus chakras. Incluso sentía el de Kyuubi, quien parecía no querer hacerlo pero, al mismo tiempo, parecía no tener otra opción. Se concentró en el punto donde se mezclaban los chakras, cerrando los ojos como le había dicho Sakura. Su cuerpo era energía, misma que se mezclaba con las otras en una sola, sin poder verlo, no oírlo, ni olerlo, no tocarlo, ni saborearlo, sólo sabiéndolo. Y cuando sintió que ya no había cuatro o cinco seres sino uno solo, Naruto abrió los ojos.
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Agua.
Gaara no estaba acostumbrado a los ambientes húmedos, y el estar caminando en un lugar con tanta agua le producía cierto malestar. Subido a la rama de un árbol, observó su entorno: se parecía a un río de un país desconocido, con árboles creciendo hasta adentrarse en el agua cristalina. La flora le era desconocida; ni siquiera en Konoha había tales especies arbóreas, pero la abundancia de verde no lo engañaba.
No había animales.
No había insectos, ni peces en el río serpenteante, ni nada que no fuesen árboles, plantes, líquenes y algunos tipos de musgo. Agudizando sus sentidos, pudo percibir que él era el único humano en kilómetros a la redonda, y el ambiente no era distinto en ninguna parte. Abrió los ojos, concentrándose en los árboles que crecían en la orilla, y decidió moverse con la cautela que lo caracterizaba.
La noche era fría.
Las noches en el desierto eran mucho más frías, pero mucho más secas, y Gaara estaba atento a cualquier cambio en el ambiente. Lo que fuera que estuviese manteniendo a Naruto en el estado en que se encontraba debía estar allí, aunque escondiese su presencia con gran habilidad. Primero había pensado en el río, y no dejaba de vigilarlo por el rabillo del ojo, atento al mínimo cambio en el agua, pero parecía tener tanto movimiento como el hielo eterno de los polos del mundo. Luego pensó en los árboles, pero el único movimiento que detectaba eran los imperceptibles temblores que se daban cuando saltaba o aterrizaba en una rama, tan nimios que ni siquiera movían el agua en la que estaban sumergidos los troncos.
Pero había algo allí.
Podía sentirlo.
Y había un olor que le resultaba muy familiar, aunque no sabía por qué.
El lecho del río tenía algo de arena, pero las raíces de los árboles la habían ocultado casi por completo. Aún tenía su calabaza con él, pero dudaba que la arena del lecho del río le respondiera. Y cuando vio que unas ondas perezosas en el agua se acercaban al lugar donde estaba, se ocultó en menos de un segundo. Esperó, viendo cómo las ondas aumentaban en frecuencia, dándole a entender que lo que fuera eso, se estaba acercando. Pronto lo vio salir de la esquina que formaba el río con los árboles.
Fue entonces cuando supo de verdad que estaba en el interior de Naruto.
Y más al reconocer el aroma.
Sólo él podría tener un "sueño" en donde un zorrito (más animal que humano) con rostro muy conocido navegaba por el río en un gigantesco tazón de ramen, impulsándose con un par de palillos gigantes, a veces haciendo una pausa para comer los fideos con los palillos (ambas cosas de tamaño normal) que tenía en la otra mano. Gaara no se explicaba cómo el zorro de nueve colas con rostro similar al del rubio podía estar comiendo del mismo tazón en que estaba metido, y más viendo que el tazón humeaba, pero al ver al zorro "cantando" en su extraña lengua animal y navegando la mar de contento en el río se convenció que era el sueño de Naruto, y podían pasar cosas raras como esa.
Como que hubiese aparecido sin haberlo detectado.
Siguió al zorro despacio, acompañándolo en su navegación por el río, viendo cómo el nivel de la sopa descendía poco a poco. Cuando parecía que no quedaba más ramen, el zorro elevó los palillos gigantes, dejándolos sobre el tazón en apariencia vacío, y desapareció. Sólo al acercarse un poco más, el pelirrojo vio que estaba lamiendo los restos de la sopa, moviendo sus nueve colas con alegría, para luego sentarse con la panza llena y una expresión de felicidad en el rostro que era demasiado…
…como la de Naruto.
Gaara vio que había un precario muelle adelante, y observó al zorro desembarcar del tazón, para luego guardarse los palillos pequeños en algún misterioso bolsillo escondido en su pelaje. Entonces se echó los palillos gigantes sobre un hombro, sosteniendo el tazón por la base con su otra mano, sobre su cabeza, y empezó a andar hacia tierra firme.
El pelirrojo lo siguió.
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El aire era sofocante, y el viento que soplaba de forma constante no ayudaba en nada. Naruto, después de caminar por varias horas bajo un Sol abrasador, decidió echarse a la sombra de una duna gigante y descansar. De alguna extraña manera, sentía que hacía calor, pero no lo afectaba; no transpiraba, y el cuerpo no se le había vuelto pesado. Ni siquiera sentía la necesidad de tomar agua o de comer. Pero lo que sí notaba era que su cuerpo se cansaba, y era consciente que no debía agotarse antes de encontrar al pelirrojo.
Se lo debía.
Y no sólo por ser ambos Jinchuurikis; Gaara era su amigo, los amigos se ayudaban unos a otros, y Naruto siempre cumplía con sus promesas. Le había prometido a Temari y a Kankuro que regresaría con su hermano sano y salvo. No tenía idea acerca de dónde estaban Sakura y Kakashi-sensei, pero quedándose quieto no iba a averiguarlo, así que había empezado a moverse, primero por una zona irregular y rocosa, y luego por el desierto en que ahora se encontraba.
Las instrucciones de Sakura eran claras: encontrar a Gaara y avisarle. No sabía cómo se comunicaría con la chica cuando encontrara al pelirrojo, pero ahora lo que más le preocupaba ahora era encontrarlo. Así que se levantó cuando sintió que su cuerpo se hacía más liviano, y rodeó la duna despacio, atento a cualquier cosa que pudiese aparecer. Cuando se aseguró que no había bicho viviente en kilómetros a la redonda, comenzó a tomar velocidad, saltando más y más dunas hacia un punto en el horizonte en el que le pareció sentir un chakra conocido.
Pero, al llegar, se desconcertó.
El sitio en cuestión no se diferenciaba en nada a lo que había visto antes: arena, dunas y más arena. Naruto, algo frustrado, aterrizó en el medio del lugar, decidido a encontrar la fuente del chakra, que se sentía en toda el área. No esperaba que la arena le agarrada de los tobillos y empezara a hundirlo como si se hubiese derrumbado una parte del desierto, así que el movimiento lo tomó desprevenido. Intentó zafarse, pero la arena se aferraba a él como si mil manos tiraran de su ropa hacia abajo, y cuando sintió que la arena le llegaba a la barbilla, cerró la boca y se impulsó hacia abajo como pudo.
Cayó como un gato en lo que parecía ser un piso de cemento. Echó una mirada a su alrededor y vio que estaba en lo que parecía ser un pasillo, iluminado de forma tenue por una luz de procedencia desconocida. Al mirar hacia arriba, vio que no había ninguna entrada o trampa en el techo. No se sorprendió tanto como pensaba al encontrarse con que toda la arena en el suelo era la que se había caído de su ropa y pelo, así que terminó de sacársela de encima antes de continuar.
El pasillo, de un material semejante al cemento o la arcilla, se extendía a cada lado del ninja, y Naruto se encontró con que el chakra de Gaara se encontraba a ambos extremos, a la misma distancia e intensidad, pero de alguna extraña manera se sentía distinta a cada lado.
A su derecha, el chakra era agresivo y caótico.
A su izquierda, era calmado y, de cierta forma, suave.
Naruto no lo pensó ni un segundo y se dirigió hacia la derecha.
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El zorrito caminó por un sendero estrecho, colocando de costado el tazón y manteniéndolo en alto para poder pasar. Gaara lo siguió sin hacer ruido, viendo el despreocupado rostro tan similar al de Naruto irradiar confianza con su sonrisa. Era evidente que conocía el camino y que lo había transitado muchas veces, ya que en el trayecto de casi media hora no dudó ni se mostró inquieto. De un momento a otro se detuvo, miró a todas las direcciones (el pelirrojo se ocultó y camufló su presencia) y apartó lo que parecía ser el tronco de un árbol enorme, cubierto de musgo.
Era una puerta extraña.
No tenía una forma regular, sino que parecía seguir las hendiduras de la corteza. El zorrito deslizó su tazón con cuidado, y luego entró cargando los palillos gigantes. La puerta empezó a cerrarse tras su espalda, cuando un puñado de arena se interpuso entre la extraña puerta y el tronco, impidiendo que se cerrara del todo y deslizando la suficiente dentro para formar un ojo de arena.
Frente al zorrito había lo que parecía ser un poblado con casas hechas de madera y piedras, como si en vez de entrar en un árbol hubiese aparecido en otra parte del bosque. Una zorra mayor lo saludó con la pata al verlo, feliz. Todos tenían las marcas que tenía Naruto en sus mejillas, y Gaara notó que había pocos zorros, no más de treinta, en el "poblado". A veces andando en cuatro patas a veces en dos, y con diversas cantidades de colas, todos los zorros tenían la misma expresión de alegría y tranquilidad en el rostro.
El zorrito se adelantó hasta su madre, quien lo recibió con cariñosas lamidas en la cara y lo envió a lo que debía ser su casa. Aunque pudiese hacer una "oreja de arena", Gaara sabía que no podría oír lo que decían con exactitud: el lenguaje de los zorros de nueve colas parecía ser…
No todos los zorros tenían nueve colas.
Algunos tenían ocho, siete o hasta seis, y la única familia que tenía nueve era la del zorrito que había seguido. Decidió ponerle Naru, a falta de otro nombre que se le ocurriera antes, y lo observó mientras iba a buscar comida. Si hubiese llevado el tazón de ramen lleno de seguro no lo necesitaría, por más que lo hubiese llevado de costado en algunos tramos, pensó Gaara. Y Naru no parecía estar empapado en la sopa en la que había estado sumergido, notó, pero pronto dejó de pensarlo cuando vio que el zorrito volvía con lo que parecía un ave mediana y se la mostraba a su madre.
La zorra asintió y Naru entró a la casa, seguido pocos segundos después por un montón de zorritos más pequeños, y aunque eran animales el pelirrojo sabía que eran hermanos, por la similitud con el zorrito. Se quedó observando cómo se desarrollaba la vida en el poblado de zorros, recordando todo lo que sabía acerca de los demonios que habían encerrado en nueve personas, dos de ellas Naruto y él mismo.
No recordaba nada acerca de un poblado.
Esperó, sin moverse y atento a cualquier movimiento en su entorno o cerca de su ojo de arena, viendo cómo caía la noche en los dos lados de la puerta.
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La verdad no pensé que la historia iba a tomar este rumbo, pero decidí pensarlo dos (o más) veces antes de continuarla, para replantearme qué es lo que quería expresar. Y terminó saliendo algo diferente a lo que pensaba (por ejemplo, me imaginaba a Gaara como faraón de Egipto, pero lo descarté enseguida porque no concordaba con el personaje, ni con la idea que quería dar) pero no me desagrada para nada.
MG: como no dejaste el comentario desde tu cuenta, te contesto así. ¡Muchacha! Te extrañé chica, pensé que la facultad te había abducido de forma definitiva. Espero que te siga gustando, y no, no va a ser Yaoi. Muchísimas gracias por tu apoyo.
Nos leemos
Nakokun
