Capítulo 2
Sakurs lo miró con sus grandes ojos verdes y él no fue capaz de disimular su sonrisa. Le había dado una buena sorpresa. No se le había ocurrido que su papaíto fuera capaz de negarle el dinero. Estaba muy mimada y las cosas le habían resultado demasiado fáciles. ¿Qué podía importarle que su actitud avergon zara a su padre y dañara la imagen de la familia? Sólo pensaba en divertirse. Hacía lo que fuera con tal de salir en las portadas de las revistas del corazón.
—¿De qué diablos estás hablando? —preguntó ella, con voz mucho menos calmada.
—Creo que me has entendido perfectamente bien. Fujitaka no está nada contento. Y puesto que él controla el dinero, puede hacer lo que quiera con tu herencia.
—¿Y no podía molestarse en venir a verme para decírmelo cara a cara?
—Créeme, no te habría gustado que lo hiciera —respondió—. Te estoy dando una oportunidad, Sakura.
—¿Una oportunidad? Claro, Shaoran, ¿y qué más piensas hacer? ¿Contárselo a la prensa para montar un escándalo? Eso les encantaría.
—Sólo pretendía darte la ocasión de que me ex plicaras tus planes con el hotel, pero veo que es inútil. Sin embargo, ya que estoy aquí, me tomaré una copa. ¿Me acompañas?
—Preferiría comer gusanos, francamente. Ade más, tengo trabajo que hacer —declaró—. Hazme un favor, Shaoran; búscate alguna nenita que te guste y mantente lejos de mi camino.
—Te comportas con demasiada insolencia para estar a punto de probar lo que se siente al ser pobre.
—Tengo trabajo —insistió ella—. Ahora no puedo perder el tiempo contigo.
—¿Y más tarde?
Sakura avanzó hacia el mostrador y se situó de trás. Él la siguió lentamente y contempló el vestí bulo. Era bonito, muy bonito. Ni el propio Fujitaka habría imaginado que estaba en un hotel específi camente pensado para relaciones sexuales.
Cuando llegó al mostrador, ella estaba escri biendo algo en el ordenador. Ni siquiera levantó la mirada.
En ese momento apareció una atractiva peli rroja, que miró a Shaoran con curiosidad y dijo:
—Sakura...
—Espera un momento, Kaho. Ahora estoy muy ocupada.
—Está bien...
La pelirroja sonrió a Shaoran y desapareció en el bar.
Él pensó que tal vez había encontrado a alguien con quien hablar. Sin embargo, estar con Sakura le parecía más divertido; sobre todo ahora, cuando se encontraba en posición de ventaja. Jugar con ella era un placer, aunque lamentaba que sólo fuera una niña mimada.
—Aquí tienes —dijo ella de repente, mientras dejaba una tarjeta electrónica en el mostrador—. Puedes quedarte esta noche. Ya hablaremos ma ñana.
Él se guardó la tarjeta en el bolsillo de la camisa.
—¿No vas a darme trato especial? —preguntó en tono de burla.
—Tan especial como de costumbre. Siempre te rechazo.
—Touché. Aunque te lo he puesto demasiado fá cil...
—Bueno, puedes quedarte toda la noche ahí y pensar en algo mejor.
Sakura se alejó y él disfrutó con la vista. Llevaba ropa maravillosamente ajustada. No le extrañaba que la prensa la adorara. Era impresionante, y a los veintisiete años estaba más bella que nunca.
Se dijo que no le importaba. A pesar de su be lleza, le parecía una niñata malcriada que se com portaba como si fuera un regalo de Dios. No se preocupaba por nadie; hacía lo que le apetecía, sin pensar en las consecuencias.
Pero si no corregía radicalmente su actitud, la despreocupada existencia que había llevado es taba a punto de terminar. Sólo esperaba, por su bien, que hubiera entendido el mensaje. Sakura no sabría vivir sin dinero. La habían criado con cucha ras de plata.
Aburrido, Shaoran decidió dirigirse al bar. Iba a es tar allí toda la semana, así que tendría muchas oca siones de pensar en Sakura.
Se sentía como si le hubieran dado un puñe tazo en el estómago. No podía creer que su pa dre estuviera a punto de cortarle la financiación. A fin de cuentas se había limitado a inaugurar un hotel; no era como si se dedicara a prostituirse en Times Square. Ciertamente había aplicado un nuevo concepto, uno que no tenía nada que ver con la cadena de hoteles Kinomoto, pero sólo pre tendía hacer lo que le gustaba e intentar renovar el sector.
Por otra parte, las condiciones de su fondo fami liar no decían nada sobre el decoro. Su trabajo con sistía en ganar dinero y estaba segura de que el Star Sky lo daría. Su padre no podía hacerle algo así; no podía. Era su única hija.
Supuso que Touya estaría relacionado con la ju gada y lo maldijo. Su hermano siempre había sido un avaricioso, y se pasaba la vida haciéndole la pe lota a Fujitaka.
Los dos habían nacido cuando su padre ya tenía cierta edad. Fujitaka había conocido a Nadeshico, su madre, justo cuando él acababa de cumplir los cuarenta. Ya había estado casado antes, y cuatro veces, pero Nadeshico resultó ser la mujer de su vida.
A lo largo de los años le habían contado muchas veces cuánto deseaban tener hijos; de hecho, se lo habían repetido tanto que ya no soportaba la histo ria. Pero Fujitaka era un hombre de la vieja es cuela y se concentró totalmente en Touya, al que mimó en exceso; era el varón y quería que here dara sus negocios, aunque la elección lógica, por carácter y talento, habría sido ella. Así que su her mano seguía viviendo en el hotel Emperator, haciendo todo lo que su padre le decía y esperando el mo mento de su ascenso al trono, tan canalla como el propio Fujitaka.
Sakura entró en el Erotique, el bar del Star Sky, y echó un vistazo a los invitados. Todo el mundo se es taba divirtiendo, así que adoptó la mejor de sus son risas y volvió al trabajo. Llamar la atención y conse guir titulares era su especialidad. Nadie lo hacía mejor que ella, y no estaba dispuesta a permitir que ni Shaoran ni sus amenazas le arruinaran el proyecto.
Además, ya encontraría la forma de lograr que su padre aceptara el Star Sky. No en vano, era una Kinomoto.
La noche transcurrió entre entrevistas y champán. Lamentablemente, Shaoran no desapareció de su vista; cada vez que se giraba, allí estaba él, be biendo, riendo, charlando con alguna mujer. Y cuando sus miradas se encontraban, sonreía como si estuviera en la cumbre del mundo.
Lo odiaba.
¿Qué podía haber visto en él? Era artero, retor cido y otras muchas cosas igualmente malas para las que en ese momento no pudo encontrar defini ción adecuada porque había tomado demasiado champán.
Y encima le había dicho que sólo quería hacerle un favor. No podía creer que fuera tan cínico. Trace estaba deseando que fracasara.
—Son artefactos de lo más interesante. ¿Los has probado?
—¿Cómo?
Sakura volvió a la realidad y miró al periodista del Enquirer que acababa de dirigirse a ella.
—Perdona, estaba distraída y no te he enten dido. ¿Qué me has preguntado? —continuó ella.
—Que si has probado los juguetitos que nos has enseñado antes —respondió.
Ella sonrió.
—No, ésos no.
El periodista pareció decepcionado, pero recu peró el ánimo en cuanto tomó un poco más de champán.
—¿Me disculpas?
Dio una rápida vuelta por el Erotique. Le pare cía realmente bonito. Casi todos los invitados se habían congregado alrededor de la barra circular del bar, y la luz rojiza de la sala resultaba tan sexy como cómodos y elegantes los taburetes.
Después, se dirigió hacia el cuarto de baño y pasó una mano por el respaldo de cuero del único sillón que estaba vacío, mientras admiraba la moqueta. Era un local magnífico y tendría tanto éxito que se llenaría noche tras noche.
Sonrió, encantada, y saludó con aires de prin cesa a todos los invitados que se cruzó en el ca mino del servicio. Pero al abrir la puerta, vio que estaba lleno de gente y giró en redondo para ir al ascensor y subir a cualquiera de los cuartos de baño del primer piso.
Cuando por fin llegó a su objetivo, aspiró el aroma a espliego y se relajó con la tranquilidad y belleza que la rodeaban. Luego, se sentó en una de las banquetas, junto al largo lavabo de mármol, y la mentó no llevar encima el bolso. Necesitaba reto carse el carmín.
Ya no tenía remedio, así que se miró en el es pejo sin la sonrisa que dedicaba a la prensa, sin pose alguna, sólo ella. Tenía un problema grave. Sa bía que el Star Sky iba a ser un éxito y que se conver tiría en uno de los hoteles más en boga de Tokyo. Pero no era tonta, quería su herencia. Era mucho dinero, y aunque dijeran que el dinero no podía comprar la felicidad, se acercaba bastante.
Aunque la idea de mandar a su padre al diablo resultaba muy tentadora, habría sido una estupi dez. Estaba segura de que su padre entraría en ra zón en cuanto comprobara que el Star Sky había sido un acierto, pero podían pasar un par de años hasta entonces y necesitaba su respaldo económico para mantenerse. Debía jugar bien sus cartas, aprove char aquella semana con Shaoran Li por mu cho que le disgustara su presencia.
Por alguna razón, Shaoran sabía cómo sacarla de quicio y lo hacía con mucha frecuencia. Le parecía un hombre odioso; sobre todo, porque lo encontraba irresistible.
Se llevó las manos a la cabeza y maldijo su suerte. Se suponía que aquella noche iba a ser un festejo, la celebración de su victoria, pero el des tino le había jugado una mala pasada.
Decidida a luchar, se miró de nuevo en el espejo y pensó que a pesar de todo era un éxito y que en contraría la forma de solucionar los problemas. Pero primero, volvería al bar y no dedicaría ni una sola mirada al canalla de Trace.
Shaoran la estuvo observando y pensó que hacía un gran trabajo. Iba de un lado a otro, hablando con todos los periodistas y aprovechando cual quier oportunidad para resultar encantadora. Todo un cambio en comparación con sus habituales tra vesuras.
¿Cuántas veces habría visto una fotografía de Sakura, en situación comprometida, en las portadas de las revistas del corazón? Borracha, fuera de sí, en malas compañías, en una fiesta o en otra. Hacía cualquier cosa con tal de mantener la fama. Pero ahora se comportaba como una anfitriona per fecta, se hacía pasar por mujer adulta aunque el mundo entero supiera que seguía siendo una niña rebelde.
Pensó en la última relación que había mante nido, con el idiota de Kyo Souma. Su grupo mu sical podía estar en el número uno de las listas de ventas, pero él era un descerebrado. De hecho, le interesaba más la prensa que a la propia Sakura. Y los habían echado tantas veces de locales de Tokyo que había perdido la cuenta.
Sin embargo, había algo peor. Shaoran sospechaba que Sakura era una mujer inteligente y brillante, que estaba desaprovechando su vida únicamente por molestar a su padre. Conocía bien el negocio hos telero; incluso el Star Sky tenía potencial para conver tirse en un hotel de primera categoría. Pero no. Ella prefería provocar a hacer buenos negocios, y su comportamiento le salía muy caro. Sólo esperaba que recapacitara y que le hiciera caso.
Dejó su copa vacía en la barra del bar. Todavía tenía que llevar el equipaje a la habitación y aco modarse; casi eran las dos de la madrugada y el lo cal se había empezado a vaciar.
Sakura parecía tan fresca y despejada como horas antes, lo que resultaba sorprendente. La presentación del hotel era un acto muy importante y no du daba que estaría nerviosa, pero no se le notaba.
Fuera como fuera, decidió no molestarla. Dejaría que descansara un poco. Le vendría bien, al igual que a él. Además, el día siguiente iba a resultar de lo más interesante.
Sakura estaba agotada, pero mantuvo el tipo. Se abrió paso entre el grupo de periodistas, bastante más menguado que antes, e intentó localizar a Meiling.
Su empleada se encontraba junto a las puertas de cristal, charlando con Yue, su novio. Al verlos juntos, sonrió. Se habían conocido unas semanas antes, allí mismo, en el Star Sky; Yue dirigía los traba jos de carpintería de algunas de las suites, y se podía decir que lo suyo había sido un verdadero fle chazo. Sospechaba que Meiling se había enamorado de él.
Al menos, alguien era feliz.
Echo un vistazo a su alrededor, pero no pudo ver a Shaoran por ninguna parte. Supuso que se ha bría retirado mientras ella trabajaba y que estaría en su habitación, durmiendo.
Pensó que podía haberle dado uno de los áti cos. El hotel todavía no estaba abierto al público y no le habría costado nada, pero había preferido darle una habitación normal, sin excesivos lujos. En su opinión, no merecía otra cosa.
En cambio, ella se había reservado una de las mejores suites del hotel, la Gaultier, y estaba de seando retirarse. Pero todavía le quedaba media hora de trabajo, el tiempo necesario para acompa ñar a los últimos periodistas a tomar un taxi en la calle Shogun. Después, subiría y dormiría de un ti rón. Hasta las seis de la mañana.
Para ser la habitación de un hotel de Tokyo, era enorme. La decoración no era estilo art decó, sino asiática, con escenas orientales en los cuadros de las paredes y una enorme cama con un edredón de color rojo intenso. Todo resultaba tan elegante que Shaorna suspiró.
Mientras deshacía la maleta, observó la habita ción con más detenimiento. Tenía un jacuzzi gigan tesco, una ducha de lujo, un moderno equipo de vídeo y televisión e incluso una selección de pelí culas para adultos. No pudo evitar una carcajada cuando abrió el cajón de la mesita de noche y vio el ejemplar del Kamasutra y varios tipos de acei tes lubricantes. Además, en el armario del cuarto de baño había una caja de condones. Era evidente que aquella habitación estaba exclusivamente pen sada para el amor.
Se acercó a la ventana y corrió la cortina. La ciu dad, brillante y luminosa, apareció ante él. Se pre guntó qué habría sido de su vida si hubiera optado por ser abogado en lugar de trabajar en el negocio de su padre. No había tenido elección; su destino estaba escrito, probablemente desde el día en que nació. Ganaba mucho dinero, podía viajar por todo el mundo y tenía más prestigio del que se pudiera desear. Y sin embargo, no era feliz.
Volvió a pensar en el trabajo que tenía por de lante y se dijo que aquello era una farsa, una sim ple pelea familiar entre padre e hija. Ninguno de los dos tenía intención de cambiar, así que estaba convencido de que el intento por solucionar las cosas sería una soberana pérdida de tiempo. El ho tel estaría en la cresta de la ola durante una tempo rada, pero su fama se apagaría y acabaría, conver tido en un garito para buscavidas de Hokaido y parejas de recién casados de Tomoeda.
Si tenía suerte, Sakura no perdería todo el dinero que había invertido. E incluso si él se equivocaba y el Star Sky lograba mantenerse como hotel de lujo, Fujitaka mantendría la amenaza de dejarla sin su herencia. Shaoran no había conocido a dos personas más obstinadas en toda su vida.
En cualquiera de los casos, le pagaban por hacer un trabajo y ésa debía ser su única preocupación. Ni las tendencias dictatoriales de Fujitaka ni el circo de la vida de Sakura eran asunto suyo. Y en cuanto a la indudable excitación que le provocaba aquella mujer, lo mejor que podía hacer era olvi darlo.
Era un hombre adulto. Hacía mucho tiempo que no se dejaba dominar por sus impulsos sexuales, y desde luego no pensaba hacer una excepción con Sakura. Además, la historia no era precisamente nueva; ella siempre había sido una tentación.
Nunca habían hablado sobre lo sucedido aque lla noche, durante la fiesta de celebración del deci moséptimo cumpleaños de Sakura, en el hotel Emperator. Ella había bebido bastante, como siempre, y le pidió que subiera a su suite privada. Era tarde, él también había tomado demasiado champán y no estaba preparado para lo que iba a suceder.
Le dijo que quería acostarse con él, que lo de seaba, que lo quería, y Shaoran tuvo que hacer un es fuerzo sobrehumano para rechazarla.
Ella no lo había perdonado.
Lamentablemente, no tenían más remedio que trabajar juntos. Habían pasado diez años desde en tonces, pero las repercusiones no se habían apa gado en absoluto. Cada vez que coincidían en una reunión, cada vez que hablaban por teléfono, cada vez que se encontraban en un acto social y recono cía sus ojos, pagaba el precio de haberla recha zado.
Volvió a cerrar las cortinas y se dirigió al cuarto de baño. Necesitaba dormir.
Sakura se acostó finalmente a las tres y media de la madrugada. Estaba tan cansada que pensó que se quedaría dormida en cuanto apoyara la cabeza en la almohada.
Pero se equivocó. A las cuatro, seguía dándole vueltas a la cabeza. Y no pensaba en su padre ni en la posibilidad de perder la herencia, sino en Shaoran, en la perspectiva de tenerlo allí toda una semana. Siete días seguidos.
¿Cómo diablos iba a sobrevivir a esa experiencia?
