Capítulo 4

Shaoran se dirigió a la ventana y contempló la vista la ciudad, absolutamente impresionante. Des pués, se giró y miró a su alrededor.

El color dominante era el pastel, con toques ro jos y negros. La atención que habían prestado a los detalles se notaba desde las cortinas de seda a las molduras. Era evidente que no habían reparado en gastos. Era el típico sitio destinado a conseguir que los ricos se sintieran privilegiados y que sirviera para todos los gustos. De hecho, le recordó un poco al hotel Burj Al Arab de Dubai. Sakura apun taba alto.

—Veamos el resto.

Trace se acercó a ella, pero Sakura se alejó y a él lo alegró que lo hiciera; la energía que destilaba aquella mujer era puramente sexual.

Por un momento, deseó poner fin de una vez a la tortura, olvidar el trabajo y hacerle el amor allí mismo. Y todavía fue peor cuando Sakura lo acom pañó al dormitorio, le enseñó la gigantesca cama adoselada y pasó una mano, de largos dedos y uñas perfectamente cuidadas, por uno de los pos tes.

—Tanto la ropa de cama como la propia cama se han hecho especialmente para nosotros. Las sá banas son de algodón egipcio, como las del resto del hotel.

—Nada barato, desde luego.

—Pero merece la pena.

Shaoran se fijó en el resto de la decoración, igual mente impresionante. También pudo ver una pan talla, extraplana y semioculta.

—¿Es de plasma?

—La mejor del mercado —respondió ella—. Desde ahí se pueden controlar todos los sistemas de la suite. La temperatura, las cortinas, el equipo de so nido, la televisión...

Sakura pulsó un botón y las cortinas se abrieron automáticamente, dejando ver otra cristalera que ocupaba toda la pared.

—¿Y dónde está el sexo? —preguntó él.

—En todas partes —respondió ella, apuntando hacia el armario de la esquina—. Hay películas, li bros, cámaras, preservativos de todas las clases... cualquier cosa que una pareja aventurera pueda desear.

Shaoran no tardó en darse cuenta. Además de lo que ya había mencionado, también ofrecían cuer das de seda, esposas, correas de cuero e incluso fustas de montar. Y eso sólo era lo que se veía a simple vista.

—Por supuesto que todos los accesorios ínti mos son regalos del hotel. Cosas para que los clientes se acuerden del Star Sky cuando vuelvan a casa.

Él hizo un esfuerzo por mantener una conver sación normal. Sin embargo, no dejaba de pensar en las esposas y en la tentación de ponérselas a Sakura y de disfrutar de su cuerpo en la enorme cama.

Sakura pasó una mano por la puerta del armario y luego se la llevó a la garganta. Shaoran contempló sus labios entreabiertos, sus mejillas ligeramente sonrosadas. Era desesperante. Aunque no tanto como el intenso deseo de sus ojos verdes.

Sakura sintió una punzada en el corazón. Quiso apartarse, alejarse del escrutinio y del calor de la mirada de Shaoran, pero no pudo. No fue capaz de mover un solo músculo. Lo que acababa de reco nocer en él bastaba para borrar todo lo sucedido durante los diez últimos años.

La deseaba. Era tan evidente, tan obvio, que nin guna negativa la habría convencido de lo contra rio.

Una sucesión de imágenes la asaltó mientras cre cía la extraña conexión entre ellos: el rostro apasio nado de Shaoran al penetrarla, el contacto de sus la bios cuando se inclinaba para juguetear con sus pezones, su forma de hacerle el amor.

Sabía que su reacción era irracional, pero no po día evitarlo. Aunque había tenido muchos amantes en los diez años transcurridos desde el fiasco con Shaoran, ninguno de ellos le había parecido tan inte resante como sus ensoñaciones con él. No es que no se divirtiera. Lo hacía. Pero siempre faltaba algo; siempre se producía un cortocircuito en su cere bro.

Lo más inteligente que podía hacer para matar al fantasma era empujarlo a la cama en ese mismo ins tante, quitarle la ropa y hacerlo suyo. Creía que no existía ni la más remota posibilidad de que Shaoran es tuviera a la altura de sus desquiciados sueños. Y des pués, sería libre.

Justo entonces, Shaoran dio un paso. Sólo uno. Pero fue suficiente para que Sakura reaccionara y re cobrara el sentido.

Sus deseos tendrían que esperar.

—El cuarto de baño también está diseñado para parejas —comentó, haciendo un esfuerzo por pa recer tranquila.

Shaoran tardó unos segundos en seguirla, así que tuvo tiempo de relajarse del todo.

—Es muy grande... —dijo él, mientras contem plaba la bañera.

—Claro, está pensada para cuatro adultos. Ade más, los servicios tienen sistema de televisión y de sonido separados del resto, así como total acceso a la iluminación y un intercomunicador —declaró—. También hay sauna independiente, calefacción por inducción e incluso toallas calentadas a tempera tura corporal.

—Vaya, ¿las toallas no tienen aceites? —se burló.

—En tu caso podemos hacer una excepción — respondió con una sonrisa.

—Muy gracioso.

Ella abrió un armarito que estaba lleno de botecitos de color negro y rosa.

—Como ves, hay todo tipo de jabones, champús, lociones y por supuesto aceites. Los prepara una pequeña empresa de Tomoeda que trabaja ex clusivamente con nosotros.

—Has pensado en todo.

—Seguro que se me ha pasado algo por alto. Pero si es así, no será por mucho tiempo.

Él pasó los dedos por la superficie de mármol de los lavabos dobles.

—Está bien, admito que ya no soporto la curio sidad —dijo él—. ¿A qué viene todo esto? ¿Por qué te ha dado por abrir un hotel especializado en sexo? Debías de saber que a tu padre le disgusta ría.

Sakura se alegró de que lo preguntara. Sabía cómo responder.

—Lo hice porque había un hueco que necesi taba ser llenado.

—¿Cómo? —preguntó, sonriendo.

—No me refiero a ese tipo de huecos. He hecho mis deberes, Shaoran. No hay nada en Tokyo que se parezca al Star Sky. Nada en absoluto.

—¿Ni siquiera en en los alrededores de la Torre de Tokyo?

—Tu insistencia en contemplar este hotel como si fuera un prostíbulo resulta de lo más inquietante. Tal vez deberías consultarlo con tu psicólogo —le recomendó.

Él rió.

—Dudo que sea la única persona de Tokyo que crea que un hotel específicamente dedicado al sexo es algo... escabroso.

—No lo eres, sin duda. Formas parte de un grupo de gente mal informada que aún no sabe que nos dedicamos al placer. A un placer mutuo y puramente lúdico por todas las partes.

—¿Con el Kamasutra en la mesita de noche? ¿Con cámaras y todo tipo de complementos sexuales? Vamos, Sakura, no me digas que no pa rece un simple prostíbulo de lujo. Darás que ha blar a la prensa sensacionalista durante muchos años.

—¿Acaso eso es malo para el negocio? ¿Desde cuándo?

—No es necesariamente malo para los nego cios, pero lo es si se trata de un negocio de los Kinomoto.

—Los Kinomoto nos dedicamos a ganar dinero y tengo intención de ganar mucho. Tú conoces bien a mi padre y sabes que, en el fondo, eso es lo único que le interesa.

Shaoran negó con la cabeza.

—¿Cómo puedes ser tan inocente? Si esto hu biera sido idea de Touya, lo habría entendido. No es tan estúpido como para molestar a Fujitaka hasta extremos como los tuyos, pero toma decisiones francamente alocadas.

—Esto sí que es nuevo. No puedo creerlo —dijo ella, apoyándose en la puerta—. ¿Tú, hablando mal de mi hermano? Pensaba que os llevabais maravi llosamente bien, que erais uña y carne.

—Touya es un chico bastante decente.

—Es un idiota de primera categoría. Si mi padre le ordena que salte, él se limita a preguntar cuánto.

—Sencillamente es consciente de lo que se juega. Escucha a Fujitaka y procura no salir diaria mente en las revistas del corazón.

—Ah, el gran Touya, el niño mimado de mi papá. ¿Sabes lo que me confesó un día? ¿Sabes lo que pretende hacer con su herencia?

—No, no lo sé.

—Invertirlo todo en las empresas Kinomoto.

—Tu hermano no es tonto.

—Si todo consiste en ganar dinero... Entonces, supongo que no lo es.

—¿Qué pretendes insinuar? ¿Qué piensas hacer tú con tu parte de la herencia?

Ella negó con la cabeza.

—Da igual, no lo entenderías.

—¿No?

—No, nunca.

Shaoran dio un paso hacia ella.

—Intenta explicármelo.

Ella salió del cuarto de baño; no quería seguir ju gando a aquel juego. Shaoran le acababa de demostrar que lo único que le importaba en la vida era el di nero y que no le importaba esclavizarse a Fujitaka Kinomoto, ni hacer daño a quien fuera necesario, con tal de conseguirlo.

—Creo que podemos dejar el resto de las suites para otro momento —declaró mientras cruzaba el salón—. Te enseñaré el gimnasio, y después, las sa las de masajes.

—Muy bien —dijo, evidentemente frustrado—. Pero preferiría ver los libros, si no te importa.

—¿Es que no has tenido bastante con el de la mesita de noche? —preguntó en tono de burla.

Él la miró durante un segundo y negó con la ca beza antes de entrar en el ascensor.

Esta vez, Sakura se mantuvo alejada de él. No que ría que se repitiera la situación del dormitorio. Ne cesitaba un plan para resistirse a la tentación, pero también para superar las barreras de Shaoran y ga narse su confianza; lo necesitaba como aliado. Por desgracia, era incapaz de controlarse en lo tocante a él. Hablaba sin pensar y lo atacaba para evitar que la atacara a su vez. Una vieja historia que ya te nía diez años.

—¿Vienes?

Shaoran estaba en el exterior. El ascensor ya había llegado a su destino y él había salido del comparti miento, pero ella estaba tan absorta en sus pensa mientos que no se había dado cuenta.

Asintió y lo llevó al gimnasio. Tenía cintas para correr, varios bancos de pesas, bicicletas estáticas y muchos instrumentos más. Ya habían contratado a dos entrenadores profesionales y estaba inten tando localizar a dos más.

—Nos hemos asegurado de que el equipo y los entrenadores sean de primera calidad.

Shaoran paseó por el lugar y ella se preguntó qué crítica le haría. Había estado en todos los hoteles de la ciudad y sabía que el gimnasio del Star Sky era uno de los mejores. Como todo lo demás en el edi ficio.

—Tiene buen aspecto —dijo él.

—Vaya, gracias...

Él movió la cabeza en gesto negativo.

—No sé para qué crees que he venido, pero como ya te dije anoche, estoy aquí para ayudarte.

—Sí, por supuesto, lo que tú digas.

De nuevo, se dirigieron al ascensor. Esta vez se dirigieron a las salas de masajes, que ocupaban casi todo el piso. Sakura estaba muy orgullosa del resul tado final. Desde los colores de las paredes hasta el propio aire que respiraban, todo había sido dise ñado para que los clientes estuvieran tan cómodos como fuera posible. Naturalmente tenían salas de masajes de todos los estilos, pero también aromaterapia, terapia sensual y otras muchas y variadas ofertas.

—¿A qué huele? —preguntó él.

Shaoran olfateó el aire, extrañado, y Sakura se fijó en la pequeña arruga que se formaba entre sus cejas. Le pareció tan sensual que tuvo que resistirse al impulso de lamerla.

—¿Sakura?

—¿Qué?

—Te he preguntado a qué huele...

—Ah, a una mezcla de eucalipto y manzanilla. Es para la relajación.

—Comprendo —dijo, mientras contemplaba la cascada de agua que decoraba la zona de recepción.

—Es agua reciclada, pero se analiza todos los días, así que se podría beber tranquilamente —ex plicó.

—Si no te importa, prefiero beber otra cosa.

Chiharu Mihara entró en ese momento y sonrió a Sakura; pero al ver a Shaoran, su sonrisa cambió radi calmente. No era la primera vez que Sakura contem plaba una escena parecida. Shaoran era un hombre atractivo, y además poseía un tipo de carisma que volvía locas a la mayoría de las mujeres.

Muy pocas se resistían a sus encantos. Incluso ella misma, a pesar de todo, se sentía irresistible mente atraída por él. Ahora sólo tenía que encon trar la forma de aprovechar aquella atracción en beneficio propio.

Cuando los presentó, Chiharu dijo:

—sakura tiene una reunión esta tarde. ¿Por qué no aprovechas para pasarte por aquí? Te daré un buen masaje.

—Estoy segura de que Shaoran tendrá otras cosas que hacer —dijo Sakura.

Él sonrió.

—Tengo entendido que hay masajes para pare jas...

—Sí, claro —dijo Chiharu, mirándolos a los dos como si acabara de darse cuenta de algo—. Por su puesto...

—Es cierto. Tenemos masajes para parejas. Y otras muchas cosas —intervino Piper.

—¿Qué otras cosas?

Chiharu le dio un folleto. Mientras él le echaba un vistazo, ella miró a su jefa con intensidad.

Obviamente quería saber si mantenían algún tipo de relación íntima, así que Sakura negó con la cabeza. No tenía intención alguna de hablarle a los empleados sobre su relación con Shaoran. La única persona que estaba enterada era Tomoyo. Pero sólo co nocía algunos detalles.

—¿Masajes deportivos? —preguntó él—. ¿Qué es eso?

—Algo maravilloso —respondió Chiharu—. Si alguna zona de tu cuerpo te da problemas, díselo al masajista.

—Muy bien, vendré. ¿Te parece bien a las seis en punto?

Chiharu sonrió.

—Me parece perfecto. Te estaremos esperando.

Shaoran asintió y se volvió hacia Sakura.

—Así tendremos tiempo de terminar de ver el hotel y de reunimos con el contable —dijo.

Sakura se despidió de Chiharu y se alejó con él.

—Puedes ver el resto de la zona de masajes cuando vuelvas por la tarde. Pero ahora tengo que dejarte. Antes de ver al contable tengo que hacer la entrevista para contratar al camarero.

Él asintió y salieron al pasillo.

—¿Qué era eso de los masajes para parejas? — preguntó él.

—¿A qué te refieres? Lo dices como si fuera algo raro...

—En función de lo que entiendas por eso, hasta podría ser ilegal. ¿Ése es el motivo por el que no quieres que te den uno conmigo?

—No seas ridículo. Son masajes para amantes, no para personas que apenas se pueden tolerar —respondió—. Además, te aseguro que en este hotel no hacemos nada ilegal. Ni en la piscina, ni en el gimnasio ni desde luego en las salas de ma sajes.

—¿Por qué estás tan segura?

—Porque no soy la madame de un burdel.

—Entonces, ¿por qué te incomoda la posibili dad de darte un masaje conmigo? —insistió él.

Sakura se le acercó. Odiaba tener que alzar la ca beza para mirarlo a los ojos, pero era bastante más alto que ella.

—Vaya, vaya. Esto explica muchas cosas.

—¿Qué quieres decir? —preguntó él, arqueando una ceja.

—Los amantes son personas que se preocupan el uno del otro, que incluso quieren más al otro que a sí mismo. Tal vez deberías probarlo alguna vez, Shaoran, pero ése no es nuestro caso.

Shaoran dio un paso hacia ella, invadiendo su espa cio. Pero ella no retrocedió.

—¿Y tú, como sabes eso? —preguntó con iro nía—. No será por tu última conquista del mundo del rock, precisamente. He oído que tiene un enorme... micrófono.

Sakura apretó los puños a ambos lados del cuerpo.

—Que te den todos los masajes que quieras. Por mí, como si te los dan con una aguja. Haz lo que te dé la gana. A mí me da lo mismo.

—Si me marchara, me echarías de menos.

—Hazlo y así saldremos de dudas.

Él rió.

—Dios mío, eres todo un caso. Sabes cómo apa recer y desaparecer de las portadas de las revistas, pero eres incapaz de separar las revistas de tu forma de ser.

—Es evidente que no me conoces en absoluto.

sakura giró sobre sus talones y caminó al ascen sor. Todavía estaba abierto, así que sólo tuvo que entrar y pulsar un botón antes de que él tuviera ocasión de alcanzarla.

Cuando las puertas se cerraron, se apoyó en la pared. Ya no estaba tan segura de sobrevivir a aque lla semana.

Shaoran era su veneno, su peor pesadilla. Y sabía sacarla de quicio mejor que nadie. Incluso mejor que su padre.

Shaoran no llamó al ascensor. Se pasó una mano por el pelo y se maldijo por haberla tratado tan mal. Aquella mujer lo volvía loco. ¿A quién diablos intentaba engañar?

La conocía desde hacía demasiado tiempo como para tragarse la historia que le había con tado. Tal vez fuera capaz de engañar a los medios de comunicación, pero con él no tendría tanto éxito.

El hotel era un juego para ella, un puro y sim ple juego, una forma como otra cualquiera de molestar a su padre. Como sus amigos, las drogas, las fiestas alocadas, el ridículo espectáculo que daba día tras día. Estaba cansado de ver su foto grafía en la prensa del corazón y sabía que tenía capacidad para ser lo que quisiera, pero prefería la fama, la notoriedad. Era una mujer increíble mente bella, pero incapaz de liberarse de su pro pia imagen.

Sin embargo, no entendía por qué le importaba tanto el destino de Sakura. No entendía por qué se sentía obligado a pincharla, a intentar que reaccio nara. Por lo visto, sus instintos le estaban jugando una mala pasada.

La entrevista con el barman fue muy bien; aun que aún tenía que comprobar sus referencias, es taba segura de que Nakuru sería perfecta para el puesto.

Poco antes de las cuatro de la tarde ya se encon traba en su despacho, comprobando los documen tos que podían necesitar en la reunión con Shaoran. Tenía intención de dejar el asunto en manos del contable y marcharse.

Por suerte, su ayudante, Naoko, estaba tan bien informada del funcionamiento de la empresa que la presencia de Sakura era innecesaria. A Naoko le extrañó de todas formas que no quisiera asistir a la reunión, pero necesitaba salir de allí. Así que tomó el bolso y bajó al aparcamiento del hotel. No sabía adonde ir. A cualquier parte. A cualquier lugar donde Shaoran no estuviera.

Miró las dos limusinas de la empresa y pensó que podía ir a ver a los Himura, o a Mai, o al aeropuerto.

Por supuesto, tendría que volver en algún momento. Aunque quisiera desaparecer, faltaba poco tiempo para la inauguración oficial del hotel y no podía pasar demasiado tiempo fuera. El simple he cho de pensar en el trabajo que tenía por delante bastaba para que se pusiera al borde de un ataque de pánico.

Sin embargo, un ataque de pánico habría sido bastante mejor que lo que sentía en ese momento.

El chófer esperaba a cierta distancia. Al verlo, se dijo que una vez más había permitido que Shaoran le ganara la partida y estuvo a punto de girar en re dondo y asistir finalmente a la reunión.

Ya había decidido marcharse cuando oyó un so nido que la detuvo. Un maullido.

El aparcamiento estaba oscuro y no sabía de dónde procedía, pero indiscutiblemente se trataba de un gato, y con toda seguridad, de un cachorrito.

Se estremeció. Los animales eran su debilidad, y aunque donaba sumas ingentes de dinero a organi zaciones ecologistas y albergues para animales, se pasaba la vida recogiendo a todos los bichos que se encontraba. Si no andaba con cuidado, corría el riesgo de convertirse en una de esas ancianas que llenaban sus casas de gatos y terminaban oliendo a defecaciones felinas.

De hecho, ya tenía tres. Pero no era un gran pro blema, porque su casa era enorme y siempre había alguien que se podía encargar de cuidarlos.

El gatito volvió a maullar y Sakura se dedicó a buscarlo. Se encontraba oculto tras una columna y era tan negro no lo habría visto de no haber sido por el brillo de sus ojos rojos. No era tan pequeño como había pensado, pero sí muy joven. Y estaba tan sucio y tan delgado que sintió una pun zada en el corazón.

—Ven aquí, precioso, no tengas miedo...

Cuando quiso alcanzarlo, el gato no se apartó. Seguía maullando, pero no parecía muy asustado.

Por fin, lo agarró y se dirigió directamente a la lavandería. En un par de días estaría llena de gente, pero de momento no había nadie y podía usarla a su antojo.

Una vez allí, se acercó a una de las grandes pilas para limpiarlo. Mientras el agua se calentaba, llamó al restaurante.

—Hola, soy Sakura. Necesito que me traigáis una lata de atún a la lavandería.

—Un momento, por favor...

La persona que había contestado la dejó al apa rato. Unos segundos después, reconoció la voz del jefe de cocinas, Yoshiyuki Terada.

—Dime...

Ella repitió la petición.

—No tenemos latas de atún.

—¿Tampoco lo tenemos fresco?

—Sí, por supuesto.

—Entonces, ¿podrías pedirle a alguien que traiga un platito a la lavandería?

—Faltaría más... —dijo, divertido.

El atún llegó justo cuando Sakura había termi nado de lavar al animal, que resultó ser hembra. La secó con una toalla y la gata se arrojó literalmente sobre la comida.

Por primera vez en todo el día, ella se sintió en paz. Ya no le importaba Shaoran Li. Ahora tenía un ser vivo que cuidar, un ser que la querría incondicionalmente, que no la abandonaría nunca, que no le rompería el corazón y que no la mantendría expensas de un deseo imposible de satisfacer.

—Te llamaré Rubi Moon —susurró—.Y serás mía y sólo mía...