Capítulo 5

Tomoyo Daidouji cerró la puerta del despacho en cuanto terminó con las entrevistas del día. Estaba excepcionalmente contenta con los empleados que ha bía contratado, y convencida de que el Star Sky sería el mejor hotel de la ciudad. No en vano, se había pasado toda la vida en hoteles y aquél era extraordinario.

Desgraciadamente, su vida personal no iba tan bien. Dedicaba sus días al trabajo y no salía con nadie, ni siquiera tenía acompañante para la gran fiesta de inauguración, así que consideró la posibilidad de llamar a alguna agencia de parejas. Tal vez le enviaran a un hombre excitante y atractivo que la siguiera a todas partes como si fuera un cacho rro.

No le parecía justo. Mientras ella no tenía a na die, Sakura parecía atraer a todos los hombres del mundo y no quería a ninguno. Y ni siquiera se fija ban en ella. Sobre todo, si su mejor amiga estaba presente.

Apoyada en la mesa, suspiró. Debía hacer algo. Salir más a menudo, conocer gente, estudiar algo o asistir a clases de pintura. Pero tenía muy poco tiempo libre.

Intentó convencerse de que la soledad no le importaba. Y se dijo que de ninguna manera, bajo nin gún concepto, iría al restaurante para tragarse me dio kilo del helado casero del chef.

Con una ración, bastaría.

shaoran entró en el restaurante y pasó por delante de la cola de veinteañeros y treintañeros que esta ban esperando a que les dieran mesa. Sabía que Sakura aparecería en el último momento y quería ade lantarse y sacar sus propias impresiones.

Era un lugar elegante, pero no excesivo. Espa cioso, y con las mesas suficientemente separadas entre sí. Incluso se habían molestado en instalar al gunos biombos para crear ambientes más íntimos.

El maítre resultó ser una atractiva belleza de piernas larguísimas que seguramente había sido modelo o actriz, o tal vez las dos cosas a la vez. Lo llevó a una de las mesas del fondo, separada del resto por unas plantas, y le dedicó una sonrisa arrebatadora y una invitación silenciosa cuando le dio el menú.

Él asintió a modo de respuesta y concentró su atención en la carta. Sólo tardó un minuto en decidirse por el bonito con tomate, y acto seguido se dedicó a contemplar el lugar con más deteni miento. Si la comida era tan buena como la decora ción, estaba seguro de que sería un éxito.

Segundos después apareció un camarero y Shaoran pidió un vodka con hielo. Sakura entró casi de inmediato, justo a tiempo.

Sonrió y se dirigió hacia él. Por supuesto, todas las personas que se encontraban en el restaurante la miraron. Era Sakura Kinomoto, la reina de las revistas del corazón, y se comportaba de un modo muy profesional, haciendo que todo el mundo se sin tiera especial y único.

Se había cambiado de ropa y ahora llevaba un vestido de color verde claro que dejaba ver la prác tica totalidad de sus increíbles piernas. De haber sido un poquito más corto, habría sido un simple cinturón.

La sonrisa de Sakura desapareció según se acer caba. Shaoran se levantó de la silla. Aunque ella llevaba tacones, seguía siendo una cabeza más baja que él. Y tan esbelta, que por enésima vez deseó averiguar lo que se sentiría al tomarla entre sus brazos.

Debía andarse con cuidado. Sakura podía ser cualquier cosa; pero frágil, no.

—Hola, Shaoran.

—El restaurante es precioso... —dijo, mientras ella tomaba asiento.

—Sí, lo es. Y la comida, maravillosa. Sólo lleva seis días abierto y ya tenemos reservas para los seis próximos meses.

Él se puso la servilleta sobre una pierna.

—Magnífico.

—Por cierto, ¿qué tal ha ido tu masaje?

—Muy bien. ¿Y el tuyo?

—Oh, soy una mujer nueva.

—Lo dudo.

El camarero apareció con el vodka y ella pidió un martini. En cuanto se quedaron a solas otra vez, Sakura se llevó un dedo a la comisura de los labios y se inclinó hacia él.

—¿Qué estás haciendo aquí, Shaoran?

—Pensaba que íbamos a cenar...

—No te hagas el listo.

—Ya conoces el motivo de mi presencia. Te es toy dando una oportunidad. Una forma de hacer que esto funcione.

—Y ahora que has visto todo el hotel, ¿estás de acuerdo con mi padre?

Shaoran asintió.

—¿Por qué?

—Porque el efectismo aguanta muy poco. Todo el hotel está pensado para dejar huella, para llamar la atención; no para servir a los clientes.

—Ya. Y supongo que la única forma de servir a los clientes es la que se ajusta a los puntos de vista de mi padre.

—Está demostrado que funcionan. Los hoteles Kinomoto han resistido la prueba del paso del tiempo.

—El Star Sky también lo hará.

—No lo creo.

Cuando llegó la bebida de Sakura, pidieron la cena. Él esperó a que retomara la conversación. No era ninguna tonta y conocía el negocio tan bien como su padre, razón por la cual no entendía que insistiera en aquel error.

Sakura lo hizo esperar. Saboreó el martini, echó un vistazo a su alrededor y finalmente lo miró a los ojos con intensidad.

—Tengo una propuesta que hacerte —dijo.

—¿Una propuesta?

—Trabaja conmigo esta semana. Involúcrate en el día a día del hotel, en los detalles de última hora, en la política con los empleados, en la preparación de la fiesta de inauguración, en todo.

—¿Por qué? ¿Para que sienta que el hotel tam bién es mío e influya en tu padre para que cambie de opinión? Oh, vamos, Sakura...

—Todavía no he terminado.

—Disculpa.

Ella se inclinó hacia delante. La mirada de Shaoran descendió hacia la suave y perfecta belleza de sus senos. Resultaba increíble que aquella mujer lo afectara tanto, que a pesar del tiempo transcurrido siguiera sin ser inmune a su hechizo.

—Trabaja conmigo de día. Y por la noche, te en señaré por qué va a ser el hotel con más éxito de la historia de esta ciudad.

Él alzó la mirada.

—¿Qué has dicho?

—No me digas que te he sorprendido...

—¿Estás insinuando lo que creo que estás insi nuando?

Sakura sonrió de forma seductora.

—Tienes que informarte para tomar una decisión. Y para lograrlo, es preciso que entiendas mis objetivos.

—Sakura...

—La idea me la has dado tú hoy mismo, al pre guntar por los masajes para parejas —explicó con voz ronca—. Y tenías razón. Es un hotel para aman tes, sin duda.

—Nosotros no somos amantes...

—Eso no quiere decir que no podamos serlo.

—Sakura... —repitió.

—Podemos ser lo que queramos —insistió ella, decidida a volverlo loco.

Shaoran se revolvió en su asiento. Estaba excitado, más que en toda su vida, y no dejaba de pensar en los objetos que había observado en el armario de la suite del ático, en las esposas, en los diversos ju guetes sexuales.

Siempre se había negado el placer de plantearse una posible relación entre ellos, aunque sólo fuera como simple hipótesis. El recuerdo de Sakura lo asaltaba con frecuencia, sobre todo de noche, y no necesariamente estando solo; pero se desvanecía con la luz del día y él se recordaba que estaba fuera de su alcance y que no podía ser más inade cuada para él. Era Sakura Kinomoto, la hija de su jefe, la mujer especializada en fiestas salvajes y en excesos de toda categoría, la persona que le habían encar gado que domesticara.

—Mira, Shaoran, sé que te gusto. Es evidente. Am bos somos conscientes de ello —declaró, con voz tan baja que apenas resultó inteligible—. ¿O no?

Shaoran tragó saliva.

—No creo que quiera hablar de esto...

—Dime que nunca te lo planteas. Me refiero a la posibilidad de mantener una relación conmigo.

—No me lo planteo.

—Mírame a la cara, en lugar de mirarme los pe chos, y repítelo.

Shaoran supo que se había ruborizado. No lo había hecho en mucho tiempo, pero en ese momento re cordó que la última vez también había sido por culpa de Sakura.

Ella se acercó un poco más y añadió:

—Ahora tengo la oportunidad de subir a la atrac ción.

—Gracias —dijo él—. Nunca me habían compa rado con un caballito de feria.

—Sabes de sobra lo que quiero decir.

—Esto es una locura. No conseguirás que cam bie de opinión. Y mucho menos, de ese modo.

—No te estoy pidiendo que traiciones tus creencias, Shaoran. Pero merezco un informe justo y no pue des hacerlo si permaneces al margen. Déjame que te enseñe el Star Sky a fondo. Si para entonces sigues sin estar de acuerdo conmigo, lo respetaré y no te volveré a molestar.

Él la observó con detenimiento. Conocía cada centímetro de su cara. La textura de su piel, el os curecimiento de sus ojos cuando se enojaba, la casi imperceptible cicatriz en el hombro derecho. Pero aquello le resultaba incomprensible. Sakura lo odiaba desde hacía años, pero debía de saber que no era hombre que se dejara comprar. Ni con dinero, ni con sexo.

—Crees de verdad en este hotel, ¿no es cierto?

Ella inclinó la cabeza hacia la izquierda.

—Y piensas que cambiaré de opinión si mante nemos una relación sexual —añadió.

Sakura negó con la cabeza.

—Yo no he dicho nada de relaciones sexuales. He dicho que seamos amantes.

—¿Hay alguna diferencia?

—Shaoran...

—Es absurdo. No puede ser.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—Muy bien. Entonces, concédeme una sola no che.

—¿Cómo?

—Esta noche voy a alojarme en la suite que te enseñé por la mañana. Ven conmigo y ya lo renego ciaremos por la mañana. A fin de cuentas, ¿qué pue des perder?

Él rió, pero el camarero se acercó entonces con la comida y recobró la seriedad. Había estado espe rando ese momento; quería contemplar en acción al famoso chef y averiguar si el restaurante era tan bueno como parecía, pero ya no le importaba en absoluto. Estaba demasiado ocupado intentando imaginar lo que pretendía Sakura. Aquello era verda deramente extraño. Tal vez había subestimado su desesperación.

Sakura necesitaba el hotel. Lo necesitaba incluso más que su herencia. La relación que mantenía con Fujitaka siempre había sido compleja y difícil. Ella lo castigaba con su comportamiento rebelde y él, con su frialdad. Si tenía éxito con el Star Sky, sería un terrible golpe para su padre. Pero Shaoran sabía que en lo relativo a él mismo sólo debía preocuparse de una cosa: decidir si participar en aquel juego era buena idea.

Sakura se mordió el labio inferior. Shaoran supo que lo hacía únicamente por excitarlo, pero eso no im pidió que la deseara aún más.

—Entonces, ¿lo harás? —preguntó ella.

—Cómete el salmón —respondió él.

Aceptar la propuesta de Sakura habría sido una irresponsabilidad, así que intentó concentrarse en la comida. Pero no tuvo demasiado éxito. No con seguía dejar de mirarla, y para empeorarlo todo, ella se empeñaba en pegar bocados tan extremadamente sensuales como si en lugar de llevarse la co mida a la boca estuviera lamiendo su pene.

La imagen le gustó tanto que estuvo a punto de atragantarse con el bonito.

—Hagamos una cosa —dijo ella, mientras acari ciaba el borde de la copa de martini—. Me mar charé de aquí en cuanto terminemos de cenar. Sola. Pero me aseguraré de que puedas entrar a mi suite si lo deseas.

Él no dijo nada. Estaba muy ocupado intentando recordar todos los motivos por los que aquello no podía ser una buena idea. Y todas las formas en que deseaba hacerle el amor.

—¿He mencionado ya que puedes usar con migo cualquiera de los objetos que viste en el ar mario?

—Juegas sucio, Sakura...

—Soy sucia en muchas otras cosas.

—Está bien, una noche.

Trace se había rendido, y sabía que viviría para lamentarlo.

Pero la reacción de Sakura lo sorprendió. Parecía tan triunfante como asustada. Y tenía motivos para sentir miedo. Había insistido en plantearle un juego peligroso y las apuestas estaban increíble mente altas.

Skura entró en su despacho con intención de tranquilizarse un poco antes de subir a la suite. Lo que estaba haciendo era una locura. Aunque no se hacía ilusiones al respecto, era su única salida. Ne cesitaba el hotel. También necesitaba el dinero de su padre, acostumbrada como estaba a la buena vida; pero sobre todo necesitaba la verdad.

En realidad, nunca se había opuesto a su padre en nada importante. Había aprendido todos los se cretos del negocio y había estudiado y sacado las mejores notas. Ciertamente se había hecho famosa por su forma de vida, pero a largo plazo siempre sería una hija de papá. Y ahora se le acababa el tiempo. Estaba contra la pared.

Como en tantas otras ocasiones, echó de menos a su madre. Siempre la había protegido y había ac tuado de intermediaria entre Fujitaka y ella. Pero tras su muerte, estaba sola.

Shaoran era la última esperanza que tenía. Lo había hecho con intención de manipularlo y, de paso, de disfrutar con él. Pero había algo más. En el fondo, estaba convencida de que Shaoran la comprendía, de que creía en ella a pesar de los pesares.

Se dirigió a la mesa, pero no se sentó. Apoyó las manos en el respaldo de la butaca y contempló los diseños de arquitectura que decoraban las pare des. Aquél era su hotel. Había pasado de su imagi nación a la realidad, y todo porque nunca aceptaba una negativa por respuesta.

Shaoran la deseaba. De eso no había duda alguna. Durante diez años, habían sido incapaces de sen tarse en la misma habitación sin pensar en el sexo. Y cuando por fin lo tuviera en su cama, tal vez, sólo tal vez, podría derrumbar sus muros.

En algún lugar, detrás de tan soberbias murallas, estaba el joven que una vez le había contado su sueño de convertirse en abogado y tener un bufete para ayudar a la gente. El futuro de Sakura dependía de encontrar a aquel joven.

Por suerte. Naoko le había llevado algunas cosas de casa y las había subido a la suite; el picardías rojo, el corsé negro y unos zapatos de tacones in creíblemente finos y altos. Si iba a seducir a Shoaran, quería hacerlo bien, sin limitaciones. Usaría todos los trucos de su libro personal, empezando por la propia suite.

A la noche siguiente, si todavía seguía con ella, lo llevaría al último piso y disfrutarían en la intimi dad de la piscina y de las salas de masajes. El día si guiente, organizaría un masaje para parejas. Y luego seguiría con todas y cada una de las múltiples posi bilidades del hotel, aunque cada noche volverían a la suite y usaría un arma distinta de su arsenal de seducción. Cuando concluyera la semana, uno de los dos se rendiría. Sólo esperaba que fuera él.

Pero había llegado el momento de marcharse y todavía tenía mucho que hacer. De hecho, el poste rior trayecto en ascensor se le hizo más largo que ningún otro en toda su vida.

Lo primero que hizo al llegar a la suite fue ser virse un coñac. Copa en mano, entró en el dormi torio y vio que Naoko había dejado sus prendas de lencería sobre la cama.

Apartó el picardías rojo y el kimono de seda y guardó el resto. Después, se dirigió al baño y abrió el grifo de la bañera. Mientras se llenaba, com probó el equipo de sonido; le apetecía oír música clásica, pero necesitaba algo más seductor, más cá lido, y eligió a Megumi Hayashibara, la banda sonora de Slayer Great. Era uno de sus discos favoritos.

En ese momento, cayó en la cuenta de que des conocía los gustos musicales de Shaoran. Pero cabía la posibilidad de que los descubriera aquella misma noche.

Shaoran apagó la televisión y se levantó de la cama. Después, se acercó a la mesa, miró la panta lla del ordenador y supo que no tenía ganas de po nerse a trabajar. No podía dejar de pensar en sakura. En ese mismo instante estaba en la suite, esperán dolo. ¿Se habría desnudado, o preferiría que él hi ciera los honores?

Miró la tarjeta electrónica que daba acceso a la suite de Sakura. Alguien la había pasado bajo la puerta de su habitación y él la había encontrado al entrar.

Pero no podía subir; no debía, por mucho que la deseara. Además, ¿qué ocurriría si Fujitaka llegaba a saberlo? No podía correr ese riesgo, y mucho me nos, el riesgo de dejarse llevar por sueños que ha bía abandonado años atrás. El joven inocente que había sido se había convertido en un hombre inte ligente que hacía lo que esperaban de él, que había estudiado en la universidad y que finalmente se ha bía dedicado a los negocios de su padre. Acceder a los deseos de Sakura sería un suicidio, aunque es taba seguro de que no lograría que cambiara de opinión sobre el Star Sky.

Se acercó a la ventana y contempló el paisaje de Tokyo. Lo mejor que podía hacer era acos tarse, levantarse a primera hora y escribir el in forme. Ya tenía suficiente información como para saber que Sakura se equivocaba al creer que el hotel tendría éxito. Estaba loca, y su plan nocturno era la prueba perfecta.

Pero por otra parte, su atrevimiento lo tentaba. Si quería acostarse con él, podía darle una buena lección. A fin de cuentas llevaban toda una década jugando a aquel juego. Hacer el amor con Sakura no significaría nada, no influiría en su decisión.

Más tarde o más temprano, terminaría traba jando en uno de los hoteles de su padre con un sa lario insuficiente para mantener su actual ritmo de vida. El Star Sky sería un fracaso y con él perdería también su herencia, millones y millones de dóla res que Fujitaka jamás le dejaría.

Aunque Sakura creía que su padre era un canalla, Shaoran lo conocía bien y sabía que estaba muy equi vocada. En realidad, Fujitaka era perfectamente consciente de la capacidad y del talento de su hija, y precisamente por ello se había empeñado en que lle gara a ser mucho más de lo que era. Quería que de jara de aparecer en las portadas de las revistas del co razón y pasara a las portadas de las publicaciones económicas. Podía tener el mundo a sus pies. O per derlo todo.

Sakura salió de la bañera y se secó con una toalla. Había pasado demasiado tiempo en el agua y los dedos se le habían acorchado. Albergaba la espe ranza de que Shaoran se presentara mientras ella es taba en el cuarto de baño, pero ni lo había hecho ni parecía tener intención de subir.

Allí terminaban sus sueños. Había perdido la po sibilidad de ganar la batalla a su padre, el objetivo de mantener su independencia, de convertirse en lo que quería ser.

Todo había terminado. La única opción que le quedaba era dejar de luchar y rendirse. Abandona ría el proyecto original del Star Sky y lo convertiría en un hotel cualquiera, en un establecimiento más de la cadena Kinomoto. Pero ganaría dinero, mucho di nero, y esperaría. Fujitaka no podía vivir para siempre. Y cuando falleciera, empezaría otra vez.

Pero no consiguió animarse por mucho que lo intentó.

A la mañana siguiente tomaría las primeras decisiones. Tendría que encontrar la forma de explicár selo a la prensa, pero supuso que el propio Shaoran la ayudaría en el proceso, que le echaría una mano para desmantelar el Star Sky y con él sus sueños.

Era tarde y estaba cansada, así que se dirigió al dormitorio y no se molestó en ponerse el kimono de seda, ni mucho menos el picardías. Dejó caer la toalla y se metió entre las sábanas.

Casi era medianoche y sentía una profunda tris teza. Pero estaba decidida a salir adelante. Como siempre, todo consistía en dar un paso tras otro, poco a poco; en sonreír a las cámaras y alzar la bar billa.

A la mañana siguiente sería fuerte. Lo sería. Pero ahora, no. Aquélla era una noche de despedidas, de finales, de rendiciones.

Apagó la luz. Y en la oscuridad, empezó a llorar.

Sakura despertó y miró la hora. Eran las dos y me dia de la madrugada.

Algo andaba mal. Sabía que no estaba en casa sino en la suite del Star Sky, de modo que el sobre salto no se debía a ninguna confusión transitoria. Había oído un ruido.

Cuando se dio la vuelta, vio la sombra junto a la cama. No podía verlo, pero supo que era Shaoran. Po día sentirlo, y los latidos de su corazón se acelera ron de inmediato.

Trace no dijo nada. Se inclinó, agarró el edredón y la sábana por el borde y los apartó dejándola des nuda y expuesta.

Después, se tumbó a su lado. Sakura gimió cuando la tomó de los hombros y la atrajo hacia sí, con la cara tan cerca que podía sentir su aliento y su calor.

—Es una mala idea —afirmó él.

Ella asintió.

—Muy mala...

Entonces, la besó. Y ella se dejó llevar.