Capítulo 7

Sakura entró en el vestíbulo del Emperator y se diri gió al ascensor privado. Al pasar ante recepción, saludó al director gerente, al que despreciaba, y si guió su camino.

El Emperator era el hotel insignia de su padre, uno de los mejores hoteles del mundo. Opulento, caro y tan pretencioso que le hacía rechinar los dientes. Al diseñar el Star Sky se había asegurado de no come ter ninguno de los errores del Emperator. Quería que su hotel fuera lujoso y elegante, no de mal gusto.

Hasta el ascensor, con sus espejos y sus dora dos, resultaba excesivo.

Fujitaka no la estaba esperando, pero antes de subir llamó por teléfono a su secretaria para com probar que no interrumpía nada importante. Sabía que el paso que estaba a punto de dar sería proba blemente inútil, pero debía intentarlo. La noche anterior había comprendido que pisaba un terreno muy resbaladizo. Ni siquiera estaba segura de su re lación con Shaoran, quien finalmente había desper tado a las seis y cuarto de la mañana y se había marchado creyéndola dormida.

El despacho de su padre estaba en el último piso, que sólo albergaba su suite personal y la ofi cina de la empresa. Y tenía las mejores vistas de la Torre Tokyo de todo Minato-ku.

Sus tacones se hundieron en la ancha moqueta cuando avanzó por el pasillo, sin prestar ninguna atención a los caros cuadros de las paredes ni al in toxicante olor a jazmín. En el Emperator, a diferencia de otros hoteles de Fujitaka, no habían reparado en gastos. Todos los hoteles de la cadena Kinomoto eran sin duda alguna fabulosos, pero ninguno tan lujoso como aquél. No en vano, Fujitaka vivía allí.

Cuando abrió la puerta, Maki la miró con una sonrisa en los labios. Maki, la secretaria, era la persona que mejor conocía a su padre. Nin guno de sus ayudantes, de sus compañeros de tra bajo, de sus amigos, lo conocía como ella. Ni si quiera su chófer ni su peluquero personal, porque Fujitaka era de la vieja escuela y tenía empleados para todo.

—Me alegro mucho de verte...

—Hola, Maki. ¿Sigue aquí?

La mujer asintió y se dirigió a la puerta doble que daba entrada al santuario. Era una mujer profe sional y contenida, de cierta edad. En los veinte años que llevaba al servicio de su padre no había levantado la voz ni una sola vez.

Maki llamó suavemente y entró en el despa cho con rapidez, asegurándose de que Sakura no po día ver nada del interior. Era la secretaria perfecta. En cuestión de segundos, reapareció y la invitó a pasar.

Fujitaka estaba detrás de la mesa, una preciosa antigüedad que valía más que muchas casas. Su pa dre tenía buen aspecto, aunque no parecía muy contento de verla.

—Hola, Sakura. No te esperaba.

—Lo sé, pero quiero hablar contigo.

Él arqueó una canosa ceja, de un modo muy ele gante. Todo en él lo era. Hasta usaba trajes y zapa tos a medida.

—Si se trata del hotel, no te molestes.

Ella avanzó hacia una butaca y se sentó. Su pos tura era tan perfecta como su comportamiento. Le habían enseñado bien desde pequeña.

—Pues sí, se trata del hotel.

—Ya hemos hablado de ello.

—En efecto, pero no has venido a verlo.

—Me han informado.

—Oh, estoy segura de que Shaoran te habrá dicho todo lo que querías oír. Pero no es lo mismo. Sé que te llevarías una sorpresa si vinieras. Tenemos reservas para varios meses y el número no deja de crecer. Además, el restaurante se ha llevado unas críticas maravillosas. Créeme, no puede fallar —de claró.

Su padre sonrió. No era una visión muy agrada ble.

—Fracasarás. Estás apelando a uno de los aspectos más complejos de la condición humana. El sexo está bien para los burdeles, no para los hote les de cinco estrellas.

—¿Insinúas que mi hotel no tiene estilo?

—No. Tu idea es excesiva. Sórdida.

—Pero si vinieras a verlo...

—No quiero que me asocien con ese hotel. Creo que he sido bastante claro al respecto.

—Sólo te pido que me concedas dos años. Si después de ese tiempo no lo he conseguido, cam biaré el proyecto y lo convertiré en un típico hotel de la cadena Kinomoto. Sin embargo, dudo que eso sea necesario. En dos años estaremos completamente operativos y habremos cubierto toda la in versión —afirmó.

—Sakura...

—No te estoy pidiendo dinero. Sólo un prés tamo. Sabes mejor que nadie que abrir un hotel, so bre todo en Tokyo, sale muy caro. Ya he gas tado casi todo el dinero que tenía, pero sé que ganaré muchísimo más. Y si me equivoco y fracaso, descuida: te pagaré hasta el último céntimo. Sea como sea, no puedes perder.

—Por supuesto que puedo. No estás jugando únicamente con tu reputación, sino también con la mía.

—¿Con la tuya? ¿Bromeas?

—Nunca bromeo con estas cosas.

Sakura intentó mantener la calma. En realidad no debería sentirse tan enfadada. Ya sabía lo que iba a suceder, y la reacción de su padre se atenía al guión previsto. Sin embargo, deseó arrojarle el reloj que adornaba la mesa, una antigüedad del siglo XVIII, a la cabeza.

—Si eso es todo lo que querías, tengo que hacer unas llamadas —dijo su padre.

Ella se levantó.

—De momento no quiero nada más. Pero no he terminado.

—Por favor, Sakura. No sigas poniéndote en ri dículo.

—Papá, ya no vivimos en 1940. El mundo nece sita sangre nueva y nuevas ideas. Por si no lo sa bías, leo la prensa económica y sé que el apellido Kinomoto ya no significa lo que significó una vez.

Su padre gruñó y se ruborizó levemente. Des pués, descolgó el auricular del teléfono y se giró hacia el ventanal.

—Shaoran y tú son la pareja perfecta —añadió ella—. Habéis transformado la estupidez en una forma de arte.

Todavía de espaldas a ella, Fujitaka dijo:

—Te doy cuatro días. Ni uno más.

Sakura se marchó. Y ni siquiera se molestó en dar un portazo.

Shaoran acababa de vestirse, después de tomar una ducha, cuando llamaron a la puerta. En lugar del servicio de habitaciones, se encontró ante una mujer vestida de rosa con una pamela del mismo color. Llevaba un gato negro en brazos.

—¿Puedo ayudarte en algo?

—Eres Shaoran Li, ¿verdad?

Shaoran asintió.

—Sakura me ha dicho que cuidarías de Rubi Moon hasta que ella vuelva.

—¿Rubi Moon?

La mujer le dio el gato, cuyo collar también era de color rosa. El animal lo miró con desconfianza.

—Yo tengo que irme de compras y Sakura no que ría dejarla sola, así que me pidió que te la trajera.

—No.

Mujer y gato parpadearon.

—¿Cómo?

—No me dedico a cuidar gatos. Será mejor que busques a otra persona.

—Pero Sakura ha dicho...

—Tampoco trabajo para Sakura.

—Bueno, yo...

Shaoran le habría cerrado la puerta en las narices de buena gana, pero la mujer parecía tan confusa que se contuvo.

—Sólo será por un par de horas. Además, la gata es muy tranquila y seguramente se quedará dor mida. Seguro que no te molesta.

—Maldita sea...

Shaoran la tomó, pero manteniéndola bien lejos de su traje. Sakura le debía una. Y muy grande.

Sakura se recostó en la butaca mientras lisa ter minaba de hablar por teléfono. En cuanto lo hizo, retomaron la conversación.

—Estoy muy confundida —le confesó, mientras tomaba un sorbito de té.

Tomoyo era su mejor amiga, así que le había con tado lo sucedido.

—¿Y qué dijo exactamente Shaoran?

—Que no tenía intención de cambiar de idea — respondió ella—. Ni siquiera quiere hablar con mi padre.

—De modo que te has acostado con él para nada y ahora está en tu suite descansando tan tran quilamente.

—Me temo que sí.

—Bueno, siempre lo has deseado. No lo niegues.

—¡No es cierto!

—Mentirosa... la nariz te está creciendo, que rida. ¿Cuántos años llevas diciendo que odias a ese hombre? ¿Diez? Y en realidad, estabas deseando acostarte con él.

—Basta ya, Tomoyo. Estoy desesperada. ¿Tienes idea de cuánto dinero supone este asunto? Tengo que encontrar una solución.

—Claro. Así que decidiste hacer el amor con Shaoran para intentar comprarlo.

—¿De qué lado estás?

—Del lado de la verdad y de la justicia, por su puesto —respondió con ironía.

Sakura estuvo a punto de derramar el té.

—Está bien, tienes razón. Soy una mentirosa compulsiva; en realidad, Shaoran me vuelve loca. Pero eso no cambia mis problemas. ¿Qué puedo hacer? —se preguntó.

Tomoyo era una mujer opuesta a Sakura en muchos sentidos. Era pelinegra; y su amiga, castaña. Bajita; y su amiga, alta. Pero poseía una belleza muy especial y exótica, y una inteligencia rápida y perceptiva. En ese momento, sus oscuros ojos azules escu driñaron a Sakura de un modo inquietante.

—¿Qué ocurre? —preguntó Sakura, desconfiada.

—¿Realmente crees que existe la posibilidad de que Shaoran cambie de idea?

—No lo sé. Creo que sí. A pesar de nuestra difícil relación, he llegado a conocerlo a lo largo de los años y sé que no es tan canalla como parece. De to das las personas que trabajan para Fujitaka, es el más sensato. Además, cuenta con toda su confianza y lograr su apoyo sería magnífico para mí —respon dió—. Sin embargo, no sé si cree de verdad que el Star Sky es un error o si simplemente piensa que no es bueno para los Kinomoto.

—Comprendo.

—Daría cualquier cosa por saber lo que piensa.

—¿Por qué no se lo preguntas?

—Tomoyo... estoy hablando en serio.

—Yo también. A los dos os gusta tanto pelear que no sois capaces de hablar. Eso no está mal cuando se trata de retozar un poco, pero deberías reconsiderarlo. Piénsalo bien. ¿Qué puedes perder? Habla con él y sé sincera. Deja de jugar.

—Para ti es fácil decirlo...

—Lo sé. Pero has establecido unas normas exce sivamente rígidas y te cuesta romperlas. Sin em bargo, tienes que reaccionar —insistió Tomoyo—. Venga, atrévete y habla con él.

Sakura asintió.

—Está bien, está bien... además, será mejor que suba a rescatarlo.

—¿De qué?

—Le dije a Rina que le dejara a la gata.

Tomoyo rió. Conocía muy bien a Shaoran y sabía que los gatos no le gustaban mucho.

—Vaya, parece que la semana va a resultar de lo más divertida.

—No me lo recuerdes. En fin, te veré más tarde.

—Buena suerte, Sakura.

Sakura pensó que la iba a necesitar.

Salió del despacho de su amiga y se dirigió a los ascensores mientras intentaba prepararse para su encuentro con Shaoran. Tenía la impresión de que el mundo estaba a punto de estallarle en la cara.

Shaoran contempló los ojos rojos de la gata. Lle vaba dos horas mirándolo fijamente, y maldijo a Sakura por haberlo condenado a semejante tortura. Además, no podía perder el tiempo de ese modo. Tenía cosas que hacer.

Sin embargo, el animal era tan encantador que no podía marcharse.

—Lárgate, bicho...

La gata no se movió. Se había tumbado sobre su ordenador portátil y le había llenado el traje de pe los. Shaoran había cepillado la prenda con todas su fuerzas, pero no conseguía quitarlos.

Tomó a la gata y la puso en el suelo, sobre la moqueta. Ya era la tercera vez que lo hacía, y en cada uno de los casos había vuelto a la mesa y se había tumbado otra vez en el portátil. Pero en esta ocasión, Shaoran se le adelantó y retiró el ordenador.

—Ja —dijo él.

La gata lo miró con escepticismo, como si le diera igual.

En ese momento sonó el teléfono móvil.

—¿Dígame?

—¿Se puede saber qué está pasando?

Reconoció la voz de inmediato. Era Fujitaka Kinomoto. El viejo acababa de llegar de Londres, donde vivía una de sus amantes, una baronesa. A pesar de tener casi setenta años, la libido de Fujitaka pare cía la de un joven. Se pasaba la vida de cama en cama. Aunque también cabía la posibilidad de que su éxito con las mujeres se debiera a que intenta ban conseguir algo de él. De ser así, cometían un grave error.

—Sakura piensa luchar hasta el final —explicó.

—Lo sé. Ha estado aquí esta mañana. Quería ha cer un trato conmigo.

Obviamente, Shaoran no lo informó sobre sus ínti mos tratos con Sakura.

—Está convencida de que el Star Sky va a ser un éxito. Y ya sabes lo obstinada que puede llegar a ser.

Nicholas gruñó.

—Esperaba que fueras más persuasivo con ella.

—Lo seré. Tengo intención de... ¡Ay!

—¿Shaoran?

La gata se le estaba subiendo por una pierna y le clavaba las uñas.

—No pasa nada. Sólo es esta maldita gata.

—¿Qué gata?

—Una que recogió Sakura.

—Pensaba que estabas en el hotel...

—Y lo estoy. De hecho, tengo una reunión den tro de unos minutos y será mejor que me marche. No me gustaría llegar tarde.

—A pesar de lo que crea mi hija, no quiero verla fracasar. Shaoran, sé que puedo contar contigo.

—Por supuesto.

Fujitaka cortó la comunicación y Shaoran se guardó el móvil y dejó a la gata encima del portátil. Sabía lo que su jefe esperaba de él. Quería que influyera en Sakura. Pero Fujitaka no podía imaginar el tipo de in fluencia al que se estaba dedicando.

Todavía no podía creer que Sakura hubiera sido tan ingenua como para pensar que cambiaría de idea si se acostaban. De un modo u otro, el Star Sky ter minaría siendo propiedad de Fujitaka. De modo que Shaoran sólo quería ayudarla y darle una oportuni dad para que recuperara parte del dinero invertido antes de que lo perdiera todo.

Pensó en la noche anterior y se estremeció. Ha bía sido una experiencia mágica, la más bella y apasionante que podía recordar. Y eso significaba que no podía arriesgarse a repetirla. Jamás había permitido que el placer se interpusiera en su tra bajo, y si dejaba que Sakura se acercara demasiado, cometería un error muy peligroso. Fujitaka con fiaba en él para convencerla. Justo lo que preten día hacer.

Pero en ese momento sólo lo preocupaba que volviera de una vez para quitarle a la gata de en cima. No podía creer que un animal tan pequeño fuera tan pesado y molesto.

La tomó de nuevo y la llevó a la cama. La gata lo miró y le enseñó las uñas.

—No te atrevas...

El animal maulló.

—Gata...

Rubi Moon se estiró.

—He conocido a muchas mujeres como tú y te aseguro que tus trucos no te servirán de nada. O te sientas y te portas bien, o te saco al pasillo.

La gata parpadeó y se sentó.

—Comprendo que le gustes a Sakura.

Shaoran decidió ir al cuarto de baño a intentar lim piarse los pelos del traje, pero en ese momento lla maron a la puerta.

Era Sakura. Y su belleza lo cegó una vez más. Siempre lo había afectado, pero aquello fue como un puñetazo en la boca del estómago.

Intentó pensar con la cabeza y no con otras par tes. Era una mujer muy bella, sin duda, de una ele gancia natural. Sabía cómo vestir, cómo peinarse, cómo desenvolverse, pero poseía un atractivo que iba mucho más allá de esas cosas. Por eso le extra ñaba especialmente que permitiera que los tabloi des la sacaran siempre en sus peores facetas.

—¿Cómo está?

—¿Te refieres a tu gata? Creo que está mudando de pelo.

Shaoran señaló al animal, que seguía en la cama, y Sakura la tomó en brazos y le habló con cariño, como si fuera una amiga íntima. Él casi sintió envi dia.

—Vamos a llegar tarde a la reunión.

—Tengo que dejarla antes con Rina. Te veré en mi despacho.

Shaoran recogió su maletín y pensó en volver a ce pillarse el traje, pero no lo hizo. Si se marchaba ahora, tal vez pudiera hablar con la gente de publi cidad antes de que apareciera Sakura. Y con un poco de suerte, conseguiría ganarlos para su causa.

Los dos llegaron a la puerta al mismo tiempo, y el aroma de Sakura lo turbó. Dio un paso atrás y ella sonrió. Seguía acariciando al gato.

—¿Qué ocurre?

—Gracias por cuidar de la gata, Shaoran.

—No tenía elección...

—Por supuesto que no.

Shaoran carraspeó y se apartó.

—No te engañes, Sakura. Sigo siendo el mismo ca nalla que era ayer.

La sonrisa de Sakura se desvaneció, al igual que la débil conexión entre ellos. Ése era el objetivo de Shaoran; pero por alguna razón, deseó no haberlo hecho.