Capítulo 10
Shaoran cerró los ojos e intentó concentrarse en el agua caliente en lugar de hacerlo en la mano de Sakura, lo cual no era nada fácil.
Tenía la impresión de que llevaba varias horas acumulando tensión, y sería mejor que hiciera algo al respecto. Quiso recordar la última vez que se ha bía sentido tan frustrado y llegó a la conclusión de que no había experimentado nada parecido desde la adolescencia, cuando todavía no sabía solucio nar bien ciertas situaciones.
Normalmente era él quien utilizaba tácticas disuasorias y otro tipo de juegos parecidos con sus amantes. Debía admitir que el cambio de papeles tenía sus aspectos positivos, pero había llegado el momento de tomar el control. En cuanto pudiera tranquilizarse un poco, le enseñaría un par de cosas.
Todavía estaba asombrado por lo bien que ha bía salido todo aquel día. Había sobrepasado todas sus expectativas.
—¿Por qué sonríes?
—Por ti. Por nosotros —respondió él—. Es muy agradable.
—Lo sé. Yo también estoy sorprendida. ¿Crees que estamos así sólo por el sexo?
—Yo diría que es parte fundamental de la ecua ción. Hemos malgastado demasiados años.
—Lo sé —dijo, tomando un poco más de champán—. Y quería decirte que lo siento.
—¿Lo sientes? ¿Por qué?
—Porque en aquella época era una niña y me comporté como tal. No debí ponerte en una situa ción tan comprometida. Arriesgabas tu trabajo, todo... Fue un error, y quiero disculparme.
Él asintió y recordó la noche en que se le había insinuado. No la había tocado, no le había puesto una mano encima, pero no por falta de ganas.
—No te preocupes. En realidad me sentí hala gado.
—¿Halagado?
Shaoran asintió.
—Dejarte allí resultó muy difícil. Era la invita ción más bonita que me habían hecho nunca.
—¿Lo dices en serio?
—Desde luego.
—¿Y por qué te marchaste?
—Porque eras demasiado joven.
—¿No lo hiciste por el trabajo?
—Eso era un factor de preocupación, es verdad.
Pero no te miento, no fue por eso. Habías bebido demasiado y pensé que no podía aprovecharme de la situación.
—Pues me dejaste destrozada.
—Lo siento.
—No lo sientas. Lo superé.
Shaoran frunció el ceño. No le gustaba pensar en lo bien que lo había superado. Su vida sexual había aparecido en los periódicos de medio mundo.
—Siento no haber podido ser amigo tuyo.
—Bueno, lleguemos a ser lo que lleguemos a ser, algo me dice que no se podrá definir exacta mente como amistad.
—Entonces, ¿qué es esto?
Ella negó con la cabeza.
—No tengo la menor idea. Pero por esta noche, no me importa.
Él la tomó por los hombros y la atrajo hacia sí, para abrazarla. El agua le facilitó el movimiento.
—Tienes razón, Sakura. No pensemos en nada.
Cuando se besaron, Shaoran se llevó una sorpresa. La Sakura desenfadada y atrevida había desapare cido y ahora estaba con una mujer encantadora y dulce, casi vulnerable.
De repente, le pareció que el agua estaba dema siado caliente; y la música, demasiado alta.
—Venga, vamonos de aquí.
Ella se levantó y las gotas de agua resbalaron por su cuerpo, desde sus senos. Fue una visión tan bella que Shaoran no pudo evitarlo; se inclinó y em pezó a succionarlos. Mientras lo hacía, se excitó to davía más y pensó en devolverle el favor de unos minutos antes. Pero no podía hacerlo mientras la parte inferior del cuerpo de Sakura estuviera bajo el agua.
Justo entonces, ella lo sacó del jacuzzi. Acto se guido, procedió a secarlo con una toalla e increíble ternura. Ahora, la música le parecía casi tan suave como su piel cuando la ayudó a ponerse el vestido otra vez.
Shaoran se vistió luego y la observó. Adoraba su perfil. Fino, perfectamente proporcionado, tan magnífico como el conjunto de su simétrico ros tro. Tenía una pequeña cicatriz en el hombro dere cho, y siempre se había preguntado cómo se la habría hecho; pero al margen de ese imperceptible defecto, parecía esculpida en mármol.
Muchas veces había oído a mujeres hablando de ella. No siempre bien, aunque siempre con envidia. Por lo visto, la única amiga que tenía era Tomoyo Daidouji, una joven tan bella como inteligente.
Hasta ese momento, nunca se le había ocurrido pensar que podía sentirse sola. Ciertamente cono cía a mucha gente y se pasaba la vida de fiesta en fiesta, pero no era lo mismo.
En cualquier caso, intentó convencerse de que no era asunto suyo. A fin de cuentas no intentaba ser su amigo, sino terminar un trabajo. Hacer el amor con ella era una cosa; hablar de amistad, otra bien distinta. Sakura era la hija de su jefe, y aquella aventura terminaría sin duda alguna en cuanto es tuviera solucionado el asunto del hotel.
Al terminar de vestirse, pensó que había llegado el momento de tomar el control. Sakura creía que conocía el guión del resto de la noche, pero se equivocaba.
Entraron en el ascensor y ella pulsó el botón de su suite. Durante el corto trayecto no hablaron nada, pero se acariciaron sin pausa. Y cuando final mente entraron en la suite, él se apresuró a cerrar; después, la acorraló contra la puerta y empezó a besarla. Se apretaba contra ella con tanta fuerza que podía sentir perfectamente sus senos en el pe cho y la depresión entre sus muslos.
Había llegado la hora de poner punto final a los juegos.
Sakura lo besó con idéntico apasionamiento y estuvo a punto de dejarse llevar. También disfru taba en el papel pasivo; adoraba abandonarse y sentirse en manos de otra persona. Pero a pesar de que ahora confiaba más en él, no quería ha cerlo con Shaoran. Los años habían dejado una huella difícil de borrar.
Le mordió el labio con la suficiente energía como para que se diera por aludido. Él retroce dió, pero siguió apretándola contra la puerta. Acto seguido, la tomó en brazos y la llevó al dormito rio.
—Eres una caja de sorpresas —dijo ella, mien tras él la posaba en la cama.
Shaoran rió y se quitó la ropa.
—¿Quién ha dicho que la gente ve lo que quiere ver? Pero sigue tumbada. Y no te tapes. Quiero ver cada centímetro de tu piel.
No estaba segura de qué pensar sobre aquel Shaoran, tan nuevo, tan insospechado. Pero era evidente que su cuerpo tenía una opinión claramente positiva.
Se quitó el vestido y él se puso entre sus piernas.
—Sakura, eres una diablesa. Llena de trucos, por cierto.
—¿Trucos?
—Sí, trucos de seducción.
—¿Cómo te atreves a decir algo así? —preguntó con humor—. Me has ofendido...
—Me atrevo porque te has convertido en alguien completamente nuevo para mí —dijo él.
—¿Y eso es bueno?
—Por supuesto que sí.
Sakura sabía lo que Shaoran pretendía hacer, así que decidió darle una lección y adelantarse. Antes de que pudiera evitarlo, cerró los muslos alrededor de su cintura, alzó las caderas y lo atrajo hacia ella, de tal manera que su dura erección chocaba directa mente con su entrepierna.
—Vaya... —protestó él.
Ella rió. Ahora lo tenía a su entera disposición, bien controlado. Pero Shaoran también sabía jugar sus cartas y sólo necesitó inclinarse lo suficiente para be sarla en la boca. En cuestión de segundos consiguió que relajara los músculos y se liberó de la presa.
Ya no podía esperar más tiempo. Se estiró hacia la mesita de noche, sacó un preservativo de la caja y se lo puso. Ella odiaba los preservativos y la mentó no llevar un DIU o tomar la píldora para poder evitarlo, pero ni el látex le arruinó el momento.
Podía notar el deseo en los ojos de Shaoran.
—No te muevas —susurró él.
Sakura no tenía intención de moverse. Todo su cuerpo estaba esperando, tenso. Él la agarró de los muslos y los llevó hacia arriba y hacia atrás, hasta que casi tocaron los hombros de Sakura. Luego, sonrió con una inmensa arrogancia y la penetró tan repenti namente que ella dejó escapar un gemido de placer.
Shaoran se mantuvo dentro durante unos segun dos, sin hacer nada. Luego, salió de ella lentamente.
—Vamos, Shaoran. Estoy seguro de que sabes ha cerlo mejor.
Sakura sabía que estaba jugando con fuego, pero le apetecía.
Él rió.
—¿Mejor?
—Demuéstrame lo que sabes.
Él volvió a penetrarla otra vez, de tal modo que rió con más fuerza y se estremeció.
—¿Esto es lo que quieres?
—Quiero más...
—Si es lo que deseas...
—Lo deseo. Mira lo que haces conmigo. Estoy temblando...
—Eso no es temblar —susurró.
Shaoran cambió a un ritmo mucho más rápido, penetrándola de un modo tan enérgico y apasionado que la dejó sin aire.
—Esto es temblar —añadió él.
En ese momento, Sakura gritó y se aferró a la cabecera de la cama con tanta fuerza que creyó que había arrancado de la pared.
—Vamos, Sakura...
Sakura se soltó y le clavó las uñas en la espalda. Estaba experimentando el orgasmo más fabuloso y largo de toda su vida.
Shaoran despertó sobresaltado y cubierto de su dor. Cuando se levantó de la cama y sintió el frío suelo, cayó en la cuenta de que estaba en la suite de Sakura y que sólo había sido una pesadilla.
Por lo menos, no la había despertado. Miró la hora y vio que eran las cuatro de la mañana. Nece sitaba beber algo.
Se dirigió al salón y cerró la puerta del dormito rio. No dejaba de sudar y su corazón seguía la tiendo demasiado deprisa mientras lo asaltaban las imágenes de la pesadilla.
Encendió la luz y sus ojos tardaron unos mo mentos en acostumbrarse. El frigorífico estaba bien surtido, pero se limitó a abrir una botella de agua mineral y a bebérsela entera.
No había tenido aquella pesadilla en muchos años, y no sabía por qué la tenía ahora. ¿Qué le es taba pasando?
Caminó hasta uno de los sofás de cuero. Todavía estaba desnudo, pero no le importó. Se sentó frente al amplio ventanal y contempló la oscura es cena nocturna de Tokyo.
Había crecido en aquella ciudad y estaba seguro de que jamás podría vivir en ninguna otra parte, pero a veces se preguntaba qué habría sido de su vida de haberse marchado.
Su padre había trabajado para Kinomoto casi toda la vida. Su empresa, llamada Li, Sagara y Kamiya, no tenía más socios; era una forma de vida para él. La cadena de hoteles Kinomoto era lo que real mente la controlaba, pero su padre no se quejaba. En cuanto a Shaoran, su viejo sueño de ser abogado se había ido disolviendo por el camino.
En parte, todavía deseaba serlo. De vez en cuando se permitía el lujo de dejarse llevar e imaginar un fu turo distinto, y era evidente que algo había desper tado sus viejos fantasmas. Por eso había soñado con Kenshin Himura. Su viejo compañero de cuarto de la uni versidad. El hombre que había sido su mejor amigo antes de suicidarse.
Kenshin se había involucrado en una operación ile gal. Un fraude con malversación de fondos. Nunca le contó por qué. En la universidad había sido un chico idealista, y de una honestidad a prueba de bombas. Pero era obvio que algo había cambiado en los cinco años posteriores al fin de la carrera.
Durante ese tiempo habían perdido el contacto. No del todo, pero los dos estaban muy ocupados con sus respectivos trabajos y no le habían pres tado la atención necesaria a la amistad.
La última vez que habló con él fue poco antes de que Fujitaka lo ascendiera y le nombrara admi nistrador de todos los fondos Kinomoto. Kenshin lo llamó una noche por teléfono. Sorprendentemente, es taba llorando. Llorando. Era algo tan extraño, tan impropio de él, que Shaoran debería haberse alar mado. Pero Kenshin se limitó a decirle que tenía cier tos problemas y a pedirle consejo legal, así que no le dio importancia.
En lugar de ayudarlo, le dijo que estaba muy ocupado y le dio el número de teléfono de un abo gado. Kenshin cortó la comunicación de inmediato, sin tiéndose traicionado por su amigo.
La siguiente llamada que recibió Shaoran fue de un periodista del Tokyo Times. Lo informó de que Kenshin se había suicidado y le pidió que hiciera al guna declaración. Al saberlo, se sintió enfermo.
Había pasado mucho tiempo desde entonces, el suficiente como para que Shaoran se convenciera de que no había tenido la culpa. No podía saber que Kenshin se encontraba tan mal.
Pero a veces, el sentimiento de culpa regresaba. Lo había hecho aquella noche, precisamente tras la mejor experiencia sexual de su vida, después de descubrir aspectos totalmente desconocidos de una mujer a quien estaba ligado. Justo cuando la vida le parecía indiscutiblemente bella.
¿La pesadilla había regresado porque todo le iba bien? ¿O lo había hecho porque se estaba dejando influir por Sakura?
Supuso que sería por la segunda razón. Estaba dejando que los sentimientos interfirieran en el trabajo, y era un error.
Podía mantener una relación con Sakura, pero no hasta el punto de renunciar a todo lo demás. Nadie merecía eso.
En cuanto a la pesadilla, se decidió por lo único que estaba en su mano: olvidarla. Devolverla al pa sado.
