Capítulo 12
Shaoran entró con la tarjeta que le había dado.
—¿Sakura?
Como Sakura no contestó, él cerró la puerta y dejó su bolsa de viaje en el dormitorio. Sobre la cama ha bía un vestido, un sostén y unas medias de seda. De cidió comprobar si estaba en el cuarto de baño y llamó. Segundos después, la descubrió sentada en la taza sin más ropa que una toalla que le rodeaba el cuerpo.
Estaba impresionante.
Sakura lo miró y arqueó una ceja al ver que se ha bía puesto vaqueros.
—No me has llamado por teléfono —dijo ella.
—Espero no haberte estropeado ningún plan.
—Bueno, pensé que podríamos cenar en el bar...
—Pues yo tengo un plan mejor. Quiero llevarte a cierto sitio.
Ella asintió.
—Está bien, como quieras. Dame cinco minu tos.
—De acuerdo —dijo él—. ¿Puedo mirar mien tras te arreglas?
Ella sonrió.
—Por supuesto.
—¿Qué tal ha ido la entrevista?
Ella sacó un botecito de crema y se la aplicó en la cara con movimientos circulares.
—No hay mucho que contar. Pero es bueno para el hotel.
—Supongo que querría saber más cosas sobre la relación entre el sexo y el Star Sky...
Ella frunció el ceño.
—Por supuesto. Mañana me grabarán usando to dos los juguetitos que tenemos en los armarios. Ha remos una película porno y se la regalaremos a los veinte primeros clientes —dijo con ironía.
—Pensaba que reservabas esa carta para tu en trevista con los periodistas de Hustler.
—¿Te han dicho alguna vez que eres monotemático?
—Verte con esa toalla no ayuda mucho...
Ni corta ni perezosa, Sakura se la desanudó y la dejó caer al suelo.
—¿Así está mejor?
Él no respondió. Estaba demasiado ocupado ad mirando su cuerpo. Ella se dio cuenta y rió, pero si guió maquillándose sin pudor alguno.
La situación le resultó tan comprometida que Shaoran pensó que sería mejor que se marchara. Deseaba hacerle el amor allí mismo, pero no le pare ció una buena idea.
—En fin, te esperaré en el bar... ah, y ponte algo informal.
—¿Informal? ¿Hasta qué punto?
—¿Te acuerdas de los vaqueros desgastados de los que me hablaste?
Ella no dijo nada y él no se molestó en esperar. En cuanto Shaoran se marchó, Sakura volvió a cubrirse con la toalla. Desnudarse de aquel modo no le ha bía resultado tan fácil como parecía, pero quería castigarlo por su comportamiento. No estaba dis puesta a permitir que la juzgara tan a la ligera. Era una mujer independiente, una mujer responsable y muy consciente de lo que hacía.
Pero ahora se sentía culpable y ni siquiera sabía por qué. Detestaba haberse excedido con él. Ya no se trataba únicamente de que mantuvieran una extraordinaria relación sexual, la mejor de toda su vida; por si fuera poco, había descubierto que tam bién podía trabajar a su lado, que podían formar un gran equipo.
Sabía que eran dos personas muy diferentes y le aquello no podía salir bien. Sin embargo, lo deseaba.
Confusa, intentó concentrarse en el maquillaje. Y después, se preguntó por qué le habría pedido que se pusiera los vaqueros.
Shaoran rechazó la posibilidad de tomar una de las limusinas del hotel; en su lugar pararon un taxi en la calle y ordenó al conductor que se diri giera hacia Parque Pingûino. Todavía era de día cuando llegaron. Una gloriosa tarde de abril, con el parque lleno de patinadores y gente que sacaba a sus pe rros.
Sakura adoraba el Parque Pingûino. Había crecido allí. Se había pasado la infancia en la resbaladilla del Rey Pingûino, montando en los columpios. Conocía todos los secretos y todos los lugares ocultos del parque. Y sabía que Shaoran la estaba llevando hacia una zona poco concurrida.
—Te advierto que no sé patinar —dijo cuando llegaron al puesto de alquiler de patines.
—Yo te enseñaré.
Sakura no parecía muy convencida, pero se deci dió porque pensó que sería divertido.
—¿Qué pie tienes?
—Un treinta y ocho.
Ella no supo si sentirse insultada cuando él pi dió al dependiente que también le diera un casco y protectores de hombros y de rodillas.
Cuando Shaoran se los dio, ella preguntó:
—¿Estás seguro de que puedo ponérmelos sin que se me pegue alguna enfermedad?
Shaoran se volvió hacia el dependiente.
—¿Cada cuánto tiempo limpian esas cosas?
El hombre señaló un cartel. En él se decía que todos los complementos se limpiaban al vapor des pués de cada uso.
—En ese caso, de acuerdo —dijo ella.
Se sentaron en un banco cercano. Shaoran llevaba sus propios patines, protectores y casco. Eran mucho más bonitos que los de ella. Cuando se puso de pie, Sakura soltó un silbido.
—Estás impresionante —dijo con sinceridad.
Él rió.
—Oh, vamos, parezco un viejo disfrazado de adolescente.
—Pero muy sexy...
—Asegúrate de atarte bien los patines. No quiero que te tuerzas un tobillo.
—Ni yo.
A pesar de todo, Shaoran comprobó que lo había hecho correctamente. Sakura se había puesto unos vaqueros desgastados, tal y como le había pedido, y una de sus camisetas preferidas. Era de Hermés y te nía un grabado muy bonito, pero fundamental mente le quedaba bien.
—¿Preparada?
—Supongo que sí...
Ella se puso el casco, se lo cerró y él la ayudó a levantarse. A Sakura no le pareció tan difícil como había imaginado. Los patines de ruedas eran pare cidos a los de hielo.
—Lo más importante de todo es que aprendas a detenerte. El suelo es de cemento y de lo contrario te darías un buen golpe.
—Entonces, no me caeré.
—De eso se trata.
Él la tomó de la mano y la llevó al recorrido para patinadores. Avanzaban despacio, con cui dado; de vez en cuando, alguno de los patinadores más experimentados que se cruzaban con ellos le dedicaban un silbido de apreciación.
Sakura notó que Shaoran miraba con envidia a los que iban más deprisa y dijo:
—Supongo que eres muy bueno en esto...
—No especialmente.
—Mentiroso. Seguro que patinas como un demo nio y que no te detienes ante nada ni ante nadie.
—¿Qué dices? Si soy un encanto...
—Lo dudo —dijo entre risas.
—Pues no lo dudes tanto.
—Vamos, Shaoran, no pretenderás convencerme de que...
Shaoran la detuvo.
—¿Quieres hacer esto, o no?
—Sí.
—Entonces, observa y aprende.
Dedicaron los diez minutos siguientes a que aprendiera a detenerse. Shaoran le hizo repetir el mo vimiento hasta que estuvo seguro de que lo había entendido. Después, asintió.
—¿Podemos marcharnos ya, profesor? ¿Pode mos? —preguntó ella, en tono de broma.
Él salió disparado de repente. Giró en redondo y se detuvo en seco.
—¿A qué estás esperando?
Ella intentó perseguirlo, pero sin ningún éxito. Bien al contrario, Shaoran se dedicó a trazar círculos a su alrededor y a tomarle el pelo. Pero ella no pro testó. Se lo estaba pasando en grande, como una niña, y él también. En todos los años transcurridos desde que lo había conocido, nunca lo había visto tan contento.
Durante veinte minutos no hicieron otra cosa que patinar. La gente pasaba a su lado, se oía mú sica en los aparatos de radio y todo era perfecto.
—Vamos allí...
Shaoran la llevó a un puesto de perritos calientes.
—Hace años que no los pruebo.
—Pues estás de suerte, porque éstos son los me jores de la ciudad.
Pidieron dos para cada uno y dos refrescos. Des pués, se sentaron en la hierba y disfrutaron de la improvisada merienda.
Cuando ya habían terminado, se acercó una joven que se había adelantado un poco a su grupo de ami gas.
—¿Podría darme su autógrafo?
Sakura sonrió y se lo dio, pero supo que aquella pregunta había puesto fin a la maravillosa tarde. La magia estaba rota.
Se levantaron y se dirigieron a la salida. Los dos estaban profundamente decepcionados, pero Sakura lamentaba que Shaoran fuera tan poco compren sivo con las obligaciones de su profesión. Podía ser muy duro a veces.
En ese momento se acercó un hombre de pelo grasiento y empezó a decirle cuánto le gustaría co nocer su hotel de sexo y echar un buen vistazo. Lo hizo de un modo tan grosero que Shaoran le puso una mano en el hombro y la alejó de allí tan rápi damente como pudo, mientras otros hombres ha cían toda clase de comentarios obscenos.
Llegaron al puesto de alquiler de patines sin cruzar una sola palabra. Después, se sentaron para ponerse sus zapatos.
—Shaoran...
Él no la miró.
—Sólo eran unos cretinos —continuó ella—. No dejes que te estropeen el día.
—¿Esto es lo que quieres? ¿Quieres que la gente piense esas cosas de ti?
—Por supuesto que no. Y te aseguro que la ma yoría de la gente no piensa eso.
—En cualquier caso, los tipos como los que aca bamos de ver son una legión.
—¿Y qué pretendes que haga? ¿Que viva según los criterios de un grupito de pervertidos callejeros?
—No. Sólo que respetes tu apellido.
—Vete al infierno, Li.
Sakura estaba tan enfadada que se marchó sola, tomó un taxi y regresó al hotel. Shaoran no había sido nada justo con ella, no entendía nada. Y ahora que su pacto estaba roto, no le quedaba más opción que cambiar de estrategia. Aunque eso implicara su expulsión del imperio Kinomoto.
Él no volvió al hotel. Se dirigió a su casa, puso música y se sirvió una copa.
Todavía estaba enfadado por lo sucedido en el parque. Le había costado controlarse y no partirle la cara a aquel canalla. ¿Es que Sakura no se daba cuenta de lo que estaba haciendo? ¿No compren día que se ponía en evidencia y que se denigraba?
Además, ahora lo molestaba más que nunca. Ha bía aprendido cómo era la verdadera Sakura. Quién era cuando dejaba de jugar.
Incluso si tenía razón y el hotel era un éxito, in cluso si gran parte de la gente no lo veía como un prostíbulo, ¿qué pasaría con el resto del mundo? El sexo estaba bien; era lo más natural del mundo. Pero no para un hotel. No para ella.
Decidió que mantendría una conversación con Sakura cuando se hubiera tranquilizado un poco. Ha ría lo que fuera necesario para que comprendiera que estaba cometiendo un error. Y si sus esfuerzos no servían de nada, se marcharía para siempre.
