Capítulo 15

Sakura comprendió que no estaba en ninguna playa del Caribe, sino en el cuarto de baño de su suite, en el hotel Star Sky. Y también notó que la toalla que había estado tapando su trasero había desapa recido.

—¿Chiharu?

—Ssss...

—Pero...

—Ssss...

Al sentir el contacto en los muslos, se estremeció. Aquéllas no eran manos de mujer, sino de hombre.

—Relájate, Sakura. Todo está bien.

Era Shaoran. Por lo visto, había sustituido a la masajista. Y no lo hacía nada mal.

—Shaoran...

—Deja de hablar de una vez. Quiero que te sien tas cómoda, que te relajes.

—Todavía estoy enfadada contigo.

—Lo sé, pero ya me abofetearás más tarde. Ahora sólo quiero que te dejes llevar...

Él la besó en la nuca y añadió:

—Vuelvo enseguida. No te muevas.

Sakura no habría podido moverse aunque hu biera querido. Estaba demasiado relajada y se sen tía demasiado bien. Además, Shaoran cumplió su pala bra, regresó en un par de minutos y continuó con el masaje. Pero algo había cambiado. Ahora llevaba unos guantes de piel, extremadamente suaves, y su contacto no podía resultar más agradable.

—Date la vuelta...

Ella dudó. No estaba segura de que fuera buena idea. Pero a fin de cuentas ya la había visto des nuda muchas veces, así que supuso que no había nada de malo en ello.

Sin embargo, estaba a punto de llevarse la se gunda sorpresa de la noche. Shaoran no se había ves tido. Se encontraba ante ella totalmente desnudo, y le pareció tan bello que a punto estuvo de olvidar su discusión. A punto.

—Siempre terminamos así —dijo ella—. Pero eso no cambia nada.

—Yo no estaría tan seguro. Pero dime... ¿Confías en mí?

—No.

Él rió.

—Pues tendrás que hacerlo, porque quiero mos trarte algo.

—Está bien, de acuerdo....

—Pero antes, te llevaré a la cama.

Sakura lo siguió, se tumbó y cerró los ojos. Él se inclinó entonces y la besó con tanto apasiona miento que ella deseó que siguiera. Sin embargo, no lo hizo.

—No abras los ojos —ordenó.

Entonces, Shaoran le hizo estirar los brazos por en cima de la cabeza y le puso unas esposas. Después, siguió con el masaje. La única diferencia aparente era que no podía mover las manos. Pero enseguida le separó las piernas y las esposó a su vez a las patas de la cama.

—Eres tan hermosa... Podría pasar toda la vida mirándote.

—Sigue con el masaje, por favor...

Él obedeció. Estaba deseando que la acariciara, que le tocara todo el cuerpo, y no tuvo que esperar demasiado. Shaoran empezó a hacerle cosas dignas de aparecer en el Kamasutra. Y el placer que sen tía era tan intenso que no estaba segura de poder soportarlo.

—Vamos, pequeña, aguanta un poco más...

—No puedo.. Oh, sí, sigue así...

Shaoran dejó de tocarla.

—Shaoran, maldita sea...

—Paciencia —rió.

—¡No!

Él introdujo una mano entre sus muslos y co menzó a acariciarle el clítoris con el pulgar. La pre sión era perfecta, el tempo era perfecto, todo era per fecto. Uno tras otro, le asaltaron los espasmos. Y antes de recobrar el aliento, sintió que la penetraba. Ya no había caricias ni manos; sólo su duro sexo.

—Por favor, suéltame las manos. Por favor...

Shaoran asintió. Se inclinó sobre ella sin salir de su cuerpo y le quitó las esposas de las muñecas. En cuanto estuvo libre, lo abrazó y le dio un largo y apasionado beso.

Él se apretó contra ella para poder sentirla me jor. Olía muy bien. Tanto, que deseo hacerle el amor otra vez.

—¿Shaoran?

—¿Sí?

—Has dicho que querías mostrarme algo.

—Ah, sí...

—¿De qué se trata?

Él sonrió.

—¿No te has preguntado qué he estado haciendo todo el día?

—Imaginé que le estarías diciendo a mi padre que cambie el testamento.

—No exactamente.

—¿Entonces?

—He estado en mi habitación, leyendo los infor mes de mercado.

Sakura lo miró con asombro.

—¿Cómo?

—Has hecho un gran trabajo, Sakura.

—Lo sé.

—Pero yo no lo he sabido hasta hoy. Y has sido tan meticulosa que no he conseguido encontrar ni un solo fallo.

—Bueno, ¿y qué piensas ahora?

—Que el concepto del Star Sky está muy bien. No hay ningún otro hotel parecido en Tokyo, aunque hay hoteles que ofrecen programas eróticos y he averiguado que es un gran negocio.

—Eso también lo sé.

—He pensado que podría decirle a Fujitaka que el Star Sky va a dar mucho dinero.

—Pero...

—Pero todavía está el asunto del apellido Kinomoto.

—Vamos, Shaoran. Los Kinomotono pueden seguir vi viendo en el pasado.

—No se trata de ser antiguos o modernos, Sakura, sino de la imagen. Y no es ninguna broma. El ape llido Kinomoto significa mucho en este negocio.

—Maldita sea...

—Espera un momento. No quiero que me malinterpretes, pero tu padre ya tiene muchos años y no estará aquí siempre. Y cuando fallezca...

—¿Bromeas? Pero si es fuerte como un roble... Nos sobrevivirá a todos.

—No lo hará. Y entonces serás libre de hacer lo que quieras, a no ser que te desherede. ¿Realmente crees que merece la pena?

—No lo sé, francamente —dijo, cerrando los ojos.

—Eh...

—Mírame.

—Está bien, ya te miro.

—Cuando hablamos sobre la posibilidad de lle gar a un compromiso...

—Oh, precisamente tenía algo que contarte. Me reuní con Mimi y le he planteado algunos cambios en la campaña de publicidad.

—Interesante...

—Pero quiero dejar bien claro que no conver tiré el Star Sky en un típico establecimiento de la ca dena Kinomoto.

—Entonces, ¿qué vas a hacer?

—Le he pedido a Mimi que busque nuevos con ceptos. Echaremos un vistazo a sus ideas, pero no te prometo nada.

—Me parece muy bien, aunque no nos queda mu cho tiempo...

—Lo sé.

—En tal caso, ¿por qué no duermes un rato? Ya hablaremos por la mañana.

—Me temo que no podré dormir mucho. He puesto el despertador a las cinco.

—Eso es un error...

—Pues deja de acariciarme.

—Yo no te estoy acariciando...

—Si no eres tú, ¿quién me está tocando el tra sero?

Shaoran rió.

—Está bien... retiro oficialmente la mano de tu maravilloso trasero. Y de paso, cerraré los ojos.

Ella suspiró y se tapó con el edredón. La quietud era tan total que podía oír su respiración.

—Sakura...

—¿Sí?

—Si sigues tocándome, ninguno de los dos po dremos dormir.

—Oh, lo siento.

—No pasa nada.

—Buenas noches.

—Buenas noches...

Sakura, que estaba impresionante con una blusa blanca, una falda negra y unos zapatos de tacón asombrosamente alto, dejó de arreglarse el pelo y lo miró.

—¿Te encuentras bien?

—Sí, ¿por qué lo dices?

—Porque has tenido una pesadilla.

—¿Cuándo?

—Me despertaste hacia las cuatro de madru gada. Gritaste.

—No lo recuerdo... —dijo, mientras se miraba al espejo para ajustarse la corbata.

—Pues estabas muy alterado...

—No sería nada. Seguramente estaba tratando con una reunión con tu padre.

—Qué gracioso.

—Anda, ve a comer algo. Estás demasiado del gada.

Ella tomó el bolso y el maletín y él la acompañó a la puerta.

—Lo de noche fue...

—En lugar de describirlo, déjame que te lo de muestre.

—Adelante.

Shaoran se inclinó sobre ella y la besó. Lamentó que se hubiera pintado los labios porque le gustaba más sin carmín, pero sabía a Sakura de todos modos.

Segundos después, Sakura le acarició la mejilla y se marchó.

La sonrisa de Shaoran desapareció de inmediato. Últimamente tenía demasiadas pesadillas; con toda seguridad, por la tensión a la que había estado so metido. Pero no podía seguir pensando en Kenshin. Por muchas pesadillas que tuviera, no le devolverían la vida.

Sakura estaba sentada en su despacho. No había tocado ni la pieza de fruta ni el yogur, porque es taba muy ocupada mirando los anuncios del Star Sky en las revistas. Naturalmente, conocía de sobra los anuncios. Pero aquella mañana los veía con nuevos ojos.

En una de las imágenes, ella aparecía a doble pá gina y a todo color con aspecto de necesitar un buen revolcón. Al recordar la sesión de fotografías, sonrió. Lo único que habría necesitado en aquel instante habría sido un bocadillo del restaurante Akatsuki. Estaba hambrienta, y el fotógrafo tardó demasiado.

En realidad, su mala fama pública había empe zado de improviso y sin que ella tuviera nada que ver. En cierta ocasión, se enganchó la blusa en un club y se le desabrochó. Alguien le hizo una foto y escribió que lo hacía por provocar y que estaba borracha, aunque en realidad no estaba tomando alcohol sino un simple refresco. A partir de ese mo mento, todos los fotógrafos del mundo se pasaban la vida intentando sorprenderla en alguna situación difícil. Uno de ellos había llegado a intentar fotografiarla cuando estaba en un cuarto de baño, pasando la cámara por encima de la puerta.

Pero Sakura no quería llegar a los cuarenta y se guir siendo la famosa de los escándalos, alguien que no había hecho nada en toda su vida y a quien sólo se conocía por sus fiestas y por sus amigos.

En ese aspecto, Shaoran tenía razón. Además de ga nar dinero, no había hecho nada bueno. Y la primera cosa que era suya, realmente suya, era el Star Sky.

En ese momento, se preguntó si conseguiría mantener el control del hotel si cambiaba ligera mente el concepto. Y sobre todo, si seguiría gustán dole tanto después.

Cuando entró en el vestíbulo, las luces de los fo tógrafos y de los cámaras la cegaron. La prensa ha bía conquistado el hotel y todos gritaban un nom bre. Pero no era el suyo.

—Kyo, ¿qué puedes decirnos del resto de la gira?

—¿Vas a probar el sexo del Star Sky?

—¡Kyo, por favor!

Sakura no entendió lo que sucedía. Kyo y ella habían roto su relación. Lo habían dejado muy claro y desde luego no esperaba encontrarlo en su hotel.

—Hola, nena...

—¿Se puede saber qué está pasando aquí, Kyo?

—¿Pensaste que podrías mantenerme alejado de un hotel especializado en sexo?

—Anda, vamos a mi despacho. Así podremos ha blar. En privado.

En ese momento, Sakura notó su olor a alcohol. Había bebido.

—Démosles algo de lo que hablar a los periodis tas, ¿quieres?

Él intentó abrazarla, pero ella se apartó. Aquel hombre la ponía enferma.

Por desgracia, los fotógrafos aprovecharon la ocasión para retratar el momento. Sakura se sintió acorralada y deseó huir. Justo entonces, una mano firme y segura se cerró sobre su brazo y la llevó a uno de los ascensores. Kyo, tan borracho que apenas se sostenía, los siguió.

Era Shaoran.

—Dios mío, Sakura...

Al cerrarse las puertas, Sakura notó que no estaba preocupado sino disgustado con la situación. Y para empeorarlo todo, Kyo intentó abrazarla otra vez.

—No lo comprendes. No es lo que tú crees.

—¿Es que nunca te cansas de hacer lo mismo?

Shaoran bajó la mirada hacia sus senos y ella se miró en el espejo. La blusa se le había abierto de al gún modo, y el sujetador se le había bajado de tal forma que se veía su pezón derecho.

Por lo visto, era la historia de su vida.