Capítulo 18
—Tú no lo mataste, Shaoran.
Shaoran la miró por fin. Se cara se había enroje cido y tenía una mueca de tensión en los labios.
—Pero no hice nada para impedirlo —declaró—. Podía haber hecho muchas cosas y no hice nada
Ella se acercó al sofá y le tomó las manos.
—No podías saberlo...
—Sakura, eres una mujer maravillosa —dijo él con una sonrisa—. Y creo que tu hotel es tan mara villoso como tú.
—Gracias.
—Si te he contado mi triste historia es porque sé por experiencia que se cosecha lo que se siem bra.
—¿Qué quieres hacer de verdad, Shaoran? Antes sabía lo que deseabas, pero ahora no sé con qué sueñas.
—Con nada.
—Todos soñamos con algo.
—No.
—¿Es que tu vida es perfecta? ¿Todo es como quieres que sea?
Él negó con la cabeza.
—Bueno, está mejorando —dijo.
—He grabado la cinta para que pudiéramos em pezar de nuevo. Pero no podremos hacerlo si no estás dispuesto a ser sincero conmigo.
—¿Y que crees que he estado haciendo?
—Has mejorado mucho, es verdad —recono ció—, pero esto de los sueños... no me lo trago. Creo que deseas muchas cosas.
—¿Por ejemplo?
—Patinar más; tener menos reuniones para po der dormir...
—Ya.
—Hacer algo importante...
—¿Te parece que dirigir el imperio Kinomoto no es importante?
—Creo que podrías hacer lo que quisieras. Ejer cer tu profesión, tal vez hacer algún trabajo volun tario extra... Eres un tipo inteligente. Y sería genial que también fueras feliz.
—¿Tú lo eres?
—¿Un tipo feliz? —se burló.
—Tacha la parte del tipo.
—A veces —dijo Sakura—. El Star Sky me hace feliz. Necesitaba hacer algo con mi vida. Algo en lo que comprometerme a fondo. Eso cuenta.
—Y te hace feliz
—Eso debería ser lo de menos. Se trata de que la gente tenga un lugar bonito donde hacer el amor.
—Si hubiera pensado que el Star Sky sólo era eso, me habría largado al segundo día.
—¿En serio?
Él asintió.
—Me llevó un tiempo, pero lo he entendido. Es un lugar especial. Tú lo haces especial.
Ella le acarició una mejilla. Le encantaba el con tacto de la piel de Shaoran, la expresión de sus ojos.
—Ahora mismo soy feliz —dijo.
Él asintió antes de echarse hacia delante para besarla con ternura. Ella suspiró y disfrutó de la sensación del aliento de Shaoran en su boca. Habían compartido algo importante, aunque no estaba se gura de qué era. Un momento, una verdad. Por primera vez estaban en el mismo terreno; no cada uno en su respectiva esquina.
Él le pasó una mano por detrás de la cabeza y la sostuvo mientras intensificaba el beso. Le recorrió los dientes con la punta de la lengua, y ella se dejó llevar. Shaoran se acercó más, inclinando la cabeza en un ángulo perfecto. Se movían en profunda sincro nía, se entendían, se complementaban, se fusiona ban.
Interrumpieron el beso para ponerse en pie, pero él no le soltó la mano. Fueron juntos al dormi torio. Todo parecía tan diferente...
Se quitaron las ropas, lentamente, prenda a prenda. Ella le deslizó las manos por la camisa, sin tiendo el calor de la piel. Después, se la desabro chó y apartó la tela para revelar el vello del pecho de Shaoran; no mucho, apenas una mata oscura y suave en el centro. Le besó el torso y siguió desnu dándolo, oliendo su aroma. Al ver que se le habían endurecido los pezones, se inclinó y le pasó la len gua por el derecho. Él gimió complacido en tanto ella levantaba los brazos para que pudiera quitarle la blusa.
Las cosas se precipitaron cuando Sakura le desa brochó el cinturón. Él se apresuró a bajarle la crema llera y dejó que se le quitara mientras hacía lo pro pio con sus pantalones. Los dos aprovecharon para despojarse de la ropa interior.
Después, Sakura le dejó librarla de los tacones y el sujetador. La ropa quedó en el suelo, y ellos se metieron en la cama, bajo las mantas.
Se abrazaron, tocándose tanto como podían, y encontraron sus bocas. No había urgencias ni ne cesidad de demostrar nada. No se parecía en abso luto a los encuentros sexuales que habían tenido. Sakura se sentía como si tuviera que volver a descu brir a Shaoran. Las largas caricias en la espalda y el costado; el roce de los nudillos en el vientre que la hacían estremecerse contra él; la presión del pene erecto entre los muslos.
Él se apartó.
—Quédate aquí —susurró, antes de levantarse a buscar un preservativo.
Cuando regresó, Sakura no desaprovechó la opor tunidad de ponérselo y de sentir el contacto de su piel. Sólo para oírlo gemir.
Él la tomó de la mano, y ella abandonó la dulce tortura de sus caricias. Entonces notó el cálido aliento de Shaoran en su nuca y se estremeció al sentir que le introducía los dedos entre los mus los. Estaba lista y se moría por sentirlo en su inte rior.
—Ahora —murmuró.
Él asintió y se situó encima de ella, cuidando de repartir el peso entre sus brazos. Se introdujo len tamente hasta arrancarle un alarido de placer. En cuanto estuvo completamente dentro, se quedó quieto. Ella le rodeó los muslos con las piernas. No había acrobacias ni artilugios. Sólo... ellos.
—Siempre he querido hacerte el amor —dijo él, mirándola detenidamente a los ojos.
—Yo también. Desde que tenía diecisiete años.
—La espera ha valido la pena.
Ella asintió.
—Cada minuto.
Y en aquel preciso instante, él se empezó a mo ver, lenta y acompasadamente. Se besaron con pa sión, pero sin prisas. Sakura no se había dado cuenta de que estaba llorando hasta que sintió las lágrimas que le corrían por las mejillas.
Shaoran se levantó cuando sonó el teléfono. Sakura gruñó mientras levantaba el auricular y lo besó en mitad de la espalda antes de que se marchara al cuarto de baño. Había habido unas cuantas llama das la noche anterior, al menos hasta la mediano che. Los preparativos de la fiesta tenían a todo el hotel en ascuas. Entre la construcción, la decora ción, la música y la comida, aquello parecía un manicomio. Suerte que Sakura tenía una plantilla capaz de ocuparse de todo, salvo de los cuestiones complicadas.
Cuando Shaoran regresó al dormitorio, ella se es taba poniendo el albornoz.
—¿Qué pasa? —preguntó él.
—Era mi padre. Quiere que nos veamos... ahora.
—Estaré listo en diez minutos.
—No, Shaoran. Gracias, pero necesito verlo a solas.
—¿Qué vas a hacer?
Sakura lo observó un momento antes de contes tar:
—No lo sé.
Él rodeó la cama y la tomó entre sus brazos.
—Harás lo correcto.
—Ojalá supiera qué es lo correcto —dijo ella, sonriendo.
—Lo sabes.
—¿Sí?
—Confía en ti. Yo lo hago.
—¿Y si me dice que no he cambiado nada?
—He estado pensando en eso. Te desheredará. Nada de lo que le digas lo convencerá de lo contra rio. Es terco y cree que tiene razón.
—¿Tú qué crees?
—Ya te lo he dicho: confío en ti.
—Eso no responde a mi pregunta.
Él la besó.
—Estaré aquí cuando regreses.
—Ha sido increíble, ¿verdad? —dijo ella, acari ciándole la cara.
—Sí. Increíble.
—¿Qué tal si ahorramos un poco de agua y nos bañamos juntos?
—Me encanta la idea.
Sakura lo llevó por la habitación, pero se detuvo justo antes de llegar al cuarto de baño.
—Rueda de prensa.
—¿Qué?
—Tengo que hacer una llamada.
Sakura volvió a la cama, tomó el teléfono y marcó el número. Él recogió sus calzoncillos del suelo y se los puso, dudando de si debía esperar.
—Soy yo, papá. No puedo ir a verte ahora. Tengo una rueda de prensa. Si quieres hablar, tendrás que venir.
Shaoran se quedó helado. Por la expresión de Sakura, supo que Fujitaka se había enfadado. No lo sorprendía. A Mahoma no le gustaba ir a la mon taña, y menos por algo tan trivial como su única hija. Era un cerdo.
—Está bien, de acuerdo —dijo ella—, te llamaré cuando haya terminado.
En cuanto cortó la comunicación, Sakura se vol vió hacia Trace y le ofreció una sonrisa tensa.
—Vamos a ducharnos, ¿vale?
—Te enjabonaré la espalda...
Ella lo tomó de la mano y no lo soltó hasta que agarró el jabón.
—¿Qué pasa entre Logan y tú, Sakura? —preguntó un periodista.
—¿Kyo va ir a la fiesta?
—Me han dicho que Maaya y Megumi van a ir, ¿es cierto?
Sakura alzó una mano y se acercó a los micrófo nos.
—De acuerdo, vamos por partes —dijo—. Kyo Souma no vendrá a la fiesta. Y hasta donde sé, no vendrá al Star Sky en absoluto.
Los flashes de las cámaras parecían las luces estroboscópicas en una discoteca. Sakura esperó a que pudieran apuntar y procesar lo que había di cho. Y cuando llegó la primera oleada de reaccio nes, se aseguró de tener plantada su mejor sonrisa.
—Si queréis saber algo más sobre Kyo, les su giero que os pongáis en contacto con él.
—¿Kyo se ha acostado con otra, Sakura? —in sistió alguien.
—¿Te has acostado con otro? —preguntó uno más.
—No pienso seguir hablando del asunto —con testó ella, levantando una mano—. Los he convocado para hablar de la fiesta de esta noche. Hemos colo cado una alfombra roja en la entrada del hotel. Kaho Misuki y Tomoyo Daidouji os darán las acreditaciones de prensa, y podréis hacer unas fotos y unos reportajes fantásticos, pero no dentro del Star Sky. Es una fiesta privada a la que sólo se accederá con invitación, y so mos absolutamente inflexibles en ese aspecto.
El abucheo colectivo hizo que sonriera aún más.
—Sé que ssobreviviran —añadió—, y si juegans limpio, nos aseguraremos de que todas los pesos pesados entren por la puerta principal.
—¿Tienes una lista?
—Sí, pero es tan privada como la fiesta.
—Sakura, corre el rumor de que tu padre insiste en que cambies la imagen del hotel. Que quiere que cambies la publicidad y quites todo lo relacio nado con el sexo.
Ella reconoció a la periodista que había hecho la pregunta. Se llamaba Misao Makimachi y trabajaba para el Tokyo Post. Era una mujer madura muy guapa, que a menudo acompañaba al padre de Sakura a los acontecimientos sociales. No había duda de que el «rumor» había sido cosa de don Terco. Fujitaka no había perdido tiempo. Ni siquiera habían pasado dos horas desde que habían hablado por teléfono.
—¿Sakura?
Ella miró más allá de los periodistas, oteando en tre las paredes hasta ver a Shaoran. Estaba increíble mente apuesto y elegante, y eso que apenas se lo veía.
—No va a haber ningún cambio en el Star Sky — contestó Sakura, sin dejar de mirar a Shaoran.
Se le hizo un nudo en el estómago al darse cuenta de que aquella sola afirmación valía qui nientos millones de dólares, pero no dudó en aña dir:
—Éste no es un hotel Kinomoto. Es y seguirá siendo el Star Sky, y nada ni nadie va cambiar eso.
En todo momento mantuvo la mirada en Shaoran. Había tanta confianza y aliento en su expresión, que mantuvo la boca cerrada, aun cuando una gran parte de ella quería retirar lo dicho.
Hubieron más preguntas, todos querían saber más, pero ella ya había dicho lo que necesitaba. Todo estaba contenido en aquella contestación. El hotel sería su éxito o su ruina, pero sería suyo. De nadie más.
Por primera vez en años sintió miedo ante las cámaras. Era una Sakura nueva la que hablaba. Aun que fuera una Kinomoto, se había convertido en la dueña de su vida.
Volvió a mirar a Shaoran, y él le hizo una seña con la cabeza para llamarle la atención sobre algo.
—Oh, maldición —murmuró Sakura.
Maki, la secretaria de Fujitaka, estaba de pie junto a la puerta. No parecía muy contenta. Se llevó el móvil a la oreja, se dio la vuelta y desapare ció por el pasillo.
Sakura se preguntó si su padre le volvería a ha blar alguna vez, si seguía considerándola su hija. Sintió que todo le daba vueltas y tuvo que afe rrarse a la plataforma para no caerse redonda. Sa bía que tenía que contestar a las preguntas, pero no podía. Cuanto más caía en la cuenta de las im plicaciones de lo que había hecho, mayor era su miedo.
En aquel momento sintió una mano en el hom bro. Levantó la vista para ver a Shaoran, de pie al lado de ella.
—Gracias, damas y caballeros —dijo él, acercán dose a los micrófonos—. Esto ha sido todo. Estoy seguro de que nos veremos en la alfombra roja esta noche. No olvidéis que Meiling Wong y Tomoyo Daidouji es tán a vuestra disposición para cualquier consulta.
Acto seguido, Shaoran le pasó un brazo por la cintura y la ayudó a bajar del escenario. Ella se apoyó en él, reconfortándose en sus brazos. Unos minu tos después estaban solos en el ascensor. Sakura le recostó la cabeza en el hombro, y él la abrazó du rante todo el viaje hasta la última planta.
Una vez en el jardín, rodeados por el perfume denso y dulzón de las flores de abril, Shaoran la tomó de la barbilla y le levantó la cabeza para poder mi rarla a los ojos.
—Lo has hecho —dijo.
Ella asintió.
—Creo que voy a vomitar.
—No me extraña.
—¿Te das cuenta de lo que acabo de hacer? — dijo ella, entre risas—. ¿Comprendes a lo que he re nunciado?
—Sí; y también me doy cuenta de lo que has ga nado.
—Un hotel.
—Tu hotel y tu alma. Va a ser sensacional.
—Eso espero. Soy una niña malcriada.
—Lo sé.
—Y mucha gente depende de mí.
—También lo sé.
—Y aun así, estás aquí.
Él sonrió.
—En realidad, he venido a pedirte trabajo.
—¿Y eso?
—Sí. Ya no valgo para abogado de Kinomoto. Por mi obsesión con el sexo.
—Sexo, ¿eh?
—Ya me conoces. Soy un devoto de la investigación de todo lo relativo a la sensualidad. Tanto que hasta tengo un ejemplar del Kamasutra en mi mesita de noche.
Sakura le pellizcó el trasero.
—Un hotel como éste necesita un buen abo gado —afirmó, divertida.
—En eso estaba pensando.
—Y ahora que ya no cuento con los asesores de mi padre, necesitaré que alguien se ocupe de mis asuntos personales.
—Aja.
—Así que puede que nos apañemos.
—Hoy mismo presentaré mi dimisión en el Emperator.
—Eso va a ser duro.
Shaoran la besó.
—Volveré a tiempo para la fiesta de esta noche.
—De acuerdo.
Él volvió a besarla. Cuando finalmente se apartó, la miró con extrañeza.
—¿Qué pasa?
—Ha sido una semana increíble.
—Sí.
—Es como si acabáramos de conocernos.
—Nuevos comienzos a diestro y siniestro.
Shaoran se echó a reír. Sakura no estaba para risas, pero cuando sonrió, fue sincera. Se sentía bien.
