Capítulo 19
Eran las siete y el hotel estaba listo. La fiesta era escandalosamente multitudinaria y la gente ocu paba todo el edificio. Sakura estaba convencida de que sus invitados quedarían cautivados. Eran tan tos los que iban a pasar la noche en el Star Sky que no quedaban habitaciones libres. Y era de suponer que las reservas se dispararían después de aquello.
Sakurase miró una vez más en el espejo y ben dijo a Donatella Versace por el fabuloso vestido rojo. Era sencillo, pero perfecto. Takeshi Yamasaki también se merecía un premio, porque se había superado con el maquillaje. Sakura estaba feliz; aunque seguía aturdida por su decisión, en el fondo sabía que ha bía hecho lo correcto.
En aquel momento, lo único que necesitaba era a Shaoran.
Apenas se podía creer lo que había pasado con él. Había empezado muchos años antes y, mientras se sonrojaba al pensar en lo que había hecho en su decimoséptimo cumpleaños, le parecía un milagro que hubieran llegado hasta allí. Aún no tenía muy claro qué era lo que había entre ellos, pero tenía la absoluta certeza de que era algo bueno.
Caminó hasta el ascensor, sorprendida de lo có modos que eran los ridículos tacones de Jimmy Choos. Durante el trayecto hacia abajo, el ascensor se paró en las plantas décima, quinta y cuarta para recoger a más gente. Aunque Sakura no los conocía, era obvio que ellos sabían quién era, porque se en trecruzaban miradas cómplices. Ella les dio la bien venida y les deseó que disfrutaran de la velada. Le había parecido apropiado y, por un momento, le ha bía hecho olvidar lo que estaba a punto de afrontar.
Lo recordó en cuanto llegaron al vestíbulo.
Se suponía que la fiesta no empezaba hasta las nueve, pero el vestíbulo estaba atestado de gente. Todos iban vestidos como si se tratara de una en trega de premios de la MTV con joyas suficientes para hacer temblar a Tiffany.
Sakura no se quedaba atrás: llevaba un collar que valía un cuarto de millón. Había pertenecido a su madre, y no había palabras para definir lo mucho que significaba para ella. Se llevó una mano al cue llo y acarició los diamantes y su frío tranquilizador. Respiró profundamente y se adentró en la noche de su vida.
Los camareros repartían champán por el vestí bulo; les sentaba de maravilla el esmoquin negro y las corbatas rosas con, cómo no, el logo del Star Sky. Sakura sonrió ampliamente y saludó a sus invitados mientras avanzaba hacia su primera parada: el Erotique.
El bar estaba a medio llenar; con seguridad una hora después estaría hasta los topes. El champán corría como el agua, pero la mayoría estaba pi diendo cócteles. Los músicos, un grupo local ex traordinario que había descubierto Yukito, estaban terminando de instalar los instrumentos. Sakura les había pedido que empezaran a tocar a las ocho.
Aunque le apetecía un vodka, fue a la barra y pi dió un refresco con cuatro cerezas. No creía que pudiera comer nada más aquella noche.
Kelly Preston se acercó a saludarla y a decirle que John Travolta, su marido, andaba cerca. Sakura había hecho una función benéfica con la pareja, y era agradable volver a verlos. Pero Kelly se alejó en seguida, y Sakura aprovechó para ir a por su re fresco.
—¿Puedo llevarte la copa?
Ella se giró de inmediato.
—Oh —exclamó al ver a Sahoran—. ¿Cómo te ha ido?
—Ya te lo contaré —contestó él, con una son risa—. En este momento lo único que importa es que estás espectacular.
—Shaoran...
—Por favor.
Ella suspiró y lo recorrió con la mirada. Llevaba un esmoquin de Armani con una camisa gris de seda y una corbata a juego.
—Cariño, creo que esta noche tendrás lo que te mereces...
—Ojalá.
Justo cuando Shaoran la estaba besando se disparó el flash de una cámara. Sakura trató de atrapar al desgra ciado de la foto, pero había demasiada gente. Era ine vitable que se introdujeran cámaras de contrabando; sobre todo porque la mayoría había llevado algún equipaje, y era impensable registrarlos a todos.
—No importa —dijo Shaoran, volviendo a besarla—. ¿Qué has pedido?
—Cerezas y un refresco.
—Sinvergüenza...
—No te metas conmigo.
Él le hizo una seña al camarero y se pidió un vodka con hielo.
—Todo ha quedado muy bien.
—Los empleados se han dejado el alma traba jando. Me han asegurado que todo funcionaría como un reloj. Pero me sigo reservando el derecho de vomitar.
—Buen plan —dijo él, tomando su bebida y la de ella—. ¿Vamos a echar un vistazo?
—Deberíamos.
Shaoran le pasó un brazo por la cintura y la guió entre la multitud.
Al volver al vestíbulo, Sakura encontró a JMeiling, que estaba tan encantadora como siempre, a pesar de no haber dormido en veinte horas.
—¿Y bien? —preguntó
—El gentío de fuera se está comportando sospe chosamente bien, así que he pedido refuerzos.
Sakura soltó una carcajada.
—Excelente, Kaho. ¿Y qué hay de las limusinas?
—Ningún problema. La policía está cooperando mucho. Puede que sólo sea porque el alcalde lle gará en veinte minutos, pero de momento tengo lo que necesito.
—Genial. ¿Dónde está Tomoyo?
—La última vez que la he visto estaba en el Exhibit A.
—Muchas gracias, Meiling. Si me necesitas, llá mame al móvil.
—Bien.
Acto seguido, Meilin se dio la vuelta con su bo nito vestido negro y se marchó hacia la salida. Sakura vio que Yue la estaba esperando en la puerta.
—Pasemos por el Amuse antes de bajar, ¿de acuerdo?
—¿Quieres comer?
—Sí, me muero de hambre. Si la comida no está servida, nos colaremos en la cocina.
El restaurante estaba muy cerca, pero tardaron un buen rato en llegar. Muchas manos que estre char; muchas mejillas que besar; docenas y doce nas de famosos, desde Larry King hasta Beyoncé. Cuando por fin llegaron al restaurante, Sakura vio que el cocinero había hecho un trabajo insupera ble. Los entremeses eran algo de otro mundo: os tras escalfadas con guarnición de caviar dorado y salsa de vermut; ensalada templada de codorniz; pi cadillo de bogavante; gambas y vieiras con sofrito y salsa de marisco; y muchas exquisiteces más.
Shaoran se sirvió un plato variado; Sakura tuvo que contentarse con sus cerezas. Todo el mundo quería hablar con ella, declararle su lealtad incondicional a Star Sky y prometerle que siempre estarían allí. Lás tima que como ya no estaba tan nerviosa, lo único que quería era estar a solas con Shaoran y averiguar qué había pasado con Fujitaka.
Sin embargo, le fue imposible, porque apareció el alcalde, y su sola presencia era todo un aconteci miento. Era un hombre encantador, pero Sakura sa bía que se lamentaba de que la prensa tuviera prohibida la entrada. Meiling la tranquilizó al asegu rarle que las hordas de periodistas lo habían tra tado bien, y que sólo se estaba regodeando en el brillo de las cámaras.
El alcalde se dedicó a soltar sus discursos a to dos los que estaban cerca, Sakura fue tan simpática como pudo; y cuando por fin consiguió librarse del compromiso, la avisaron de que la necesitaban en el Exhibit A.
Shaoran había estado con ella todo el tiempo, lo cual era una sensación indescriptible. Era maravi lloso tenerlo a su lado. No la dejaría caer. No deja ría siquiera que tropezara. Sencillamente estaba ahí, como su puntal.
Aquello despertó sus instintos eróticos. Pero como de momento no podía satisfacerlos, le robó un beso mientras iban al bar de los sofás.
La había llamado Yukito, y Sakura comprendió por qué nada más entrar en el local. Había algún pro blema con el sistema de sonido. Antes de que pu diera desesperarse, Shaoran la tomó de los hombros, le preguntó quién era el responsable técnico y le dijo que él lo solucionaría. Y de golpe y porrazo, Sakura se relajó. No cabía duda de que Shaoran haría lo necesario para resolver el inconveniente, por lo que ella no tenía que hacer nada salvo pasearse entre la concurrencia y elogiar los atuendos de los famosos.
Empezó por Akane Tendo, que estaba absoluta mente deslumbrante, y siguió por Ranma Saotome. Era increíble, había más estrellas que en el firma mento: Hajime Saito y Ruri Hoshino, Jude Law y Sienna Miller, y hasta el mismísimo Dash Black. Era una locura. Pero una locura maravi llosa.
Sin embargo, lo mejor fue cuando vio a Tomoyo. Estaba preciosa. No sólo por el traje de Valentino, que era una verdadera monada, sino porque jamás la había visto tan feliz. No dejaba de sonreír y es taba coqueteando con el irresistible George Clooney. Y, por lo que podía ver Sakura, Clooney lo tenía difícil.
En aquel momento, la música inundó la sala. Funcionaban ya no uno, sino todos los altavoces. Habían contratado a uno de los mejores cuartetos de jazz del mundo, y con los primeros acordes ha bían demostrado que valían lo que cobraban.
Sakura miró a su alrededor buscando a Shaoran y se deleitó con las parejas que bailaban por el salón y con las luces azules que hacían que los invitados tuvieran un aspecto de lo más exótico. Y cuando vio a Shaoran, se animó aún más.
Se sentía la reina de Tokyo y sabía, sin el menor atisbo de duda, que había tomado la decisión correcta. Pero aún quedaba mucho por hacer. No con el hotel: con aquel hombre guapo que se acercaba sonriendo.
Shaoran avanzó entre la gente sin mirar siquiera a una de las diosas que lo rodeaban. Sólo a ella.
—Mucho mejor —dijo.
Ella le puso una mano en el corazón.
—Perfecto.
—¿Hace falta que te quedes aquí?
Sakura negó con la cabeza.
—¿Te apetece una visita al jardín? —preguntó él.
—No imaginas cuánto.
Media hora después, estaban en el último piso. Desafortunadamente no estaban solos, pero había poca gente, y pudieron encontrar un rincón pri vado donde refugiarse. El lugar estaba precioso; las pérgolas y las enredaderas estaban decoradas con lucecitas blancas; las flores olían divinamente; y la única música que se oía era el repicar del agua de las fuentes.
Shaoran encontró un banco y sentó a Sakura pe gada a él.
—Has organizado una fiesta fantástica.
—Gracias. He tenido ayuda.
—Todos necesitamos ayuda de tanto en tanto.
—Hablando de eso, ¿qué ha pasado?
—Ha sido mejor y peor.
—¿Mejor y peor que qué?
—Mejor que ser picado por millones de avispas y peor que ganar el premio Nobel de la paz.
—¿Nunca te han dicho que cuando no te comportas como un idiota estirado, eres muy, pero que muy gracioso? —dijo ella, entre risas.
—No.
—Pues es cierto. Ahora cuéntame lo que ha pa sado —Sakura lo tomó de la mano.
—Bueno, lo cierto es que Fujitaka no se lo ha tomado nada bien.
—Es lo que había imaginado.
—Ahora mismo es un hombre bastante acongo jado, ¿sabes?
Ella volvió a reír.
—Dime algo que no sepa.
—Tiene un romance con la periodista del Tokyo Post.
—Shaoran...
—De acuerdo. Me ha ofrecido una suma ingente de dinero para que te haga cambiar de opinión.
—¿Y la has aceptado?
—Oh, sí. Ya me he comprado un yate. Lo voy a llamar Canalla Incorregible.
—Qué mono.
—También lo he informado de que ahora soy el abogado oficial del Star Sky y Sakura Kinomoto —declaró Shaoran—. Ha tratado de convencerme de que podía quitarte el hotel, porque se había construido con su dinero, pero le he recordado que yo redacté los papeles del fideicomiso y que no tiene derecho a reclamar nada. Hemos revisado los contratos y nos hemos dicho unas cuantas cosas. Sinceramente no creo que tu padre entendiera nada, pero, en cual quier caso, se ha dado por vencido.
—Increíble. Supongo que eso significa que no deberíamos invitarlo a cenar la semana que viene.
Shaoran se puso serio.
—No, cariño. No digo que no os vayáis a reconci liar nunca, pero llevará su tiempo. Bastante tiempo.
—¿Has visto a Touya?
—Sí —contestó él, recuperando la sonrisa—. Me ha dicho que te dijera que así se hace moustro.
—Estoy segura de que ya lo debe de estar celebrando. Ahora es el hijo único que siempre quiso ser.
—Por otra parte, tú has creado este hotel. Has construido algo verdadero. Tuyo. Nadie más podría haberlo hecho. Sólo tú. Espero que no te moleste que tenga intención de subirme a tu carro.
Ella tragó saliva.
—¿En serio?
—Sí. Sólo quiero añadir otra cosa.
—¿Cuál?
Shaoran le tomó la mano y se la besó con ternura.
—Que estoy enamorado de ti.
Sakura empezó a temblar. No podía hablar; en toda su vida había sentido nada semejante.
—Oh...
Él la miró extrañado.
—¿Oh? ¿Eso es todo?
—¿Oh... qué bien? —corrigió ella, mirándolo con complicidad.
—Eso está mejor.
Sakura se echó hacia delante y lo besó apasiona damente. Aquel beso era su forma de decirle que también estaba enamorada de él, que estaban em pezando de nuevo y que estaban empezando juntos, y que pasara lo que pasara, saldría bien. Realmente bien.
Sahoran respondió al beso con idéntica pasión. La abrazó con fuerza, y ella se apretó contra él hasta fundirse en aquel juego de lenguas, dientes y suspi ros. Un juego que hacía desaparecer el resto del mundo.
Sólo se separaron cuando les faltó el aire. Sakura contuvo las lágrimas mientras lo miraba a los ojos.
—Te amo —dijo—. Siempre te he amado. Pero durante un tiempo, lo olvidé.
—Me alegro de saberlo.
—¿Crees que me echarán de menos si nos va mos?
Él se echó a reír.
—Sí. Lamentablemente, creo que sí. Pero te diré algo: después de la medianoche, que se arreglen solos. Entonces seremos sólo tú y yo.
—Trato hecho.
Sahoran la besó una vez más y luego la ayudó a po nerse en pie.
—Vamos a dejarlos boquiabiertos, ¿de acuerdo?
Sakura asintió.
—Pero quédate a mi lado, ¿vale?
Shaoran le apretó la mano y dijo:
—Siempre.
Fin
