Disclaimer: La historia NO me pertenece, es una novela que leí y amé, así que quiero compartirla con los fanfickers que seguramente no han leído esta historia hermosa... El autor de la novela se llama Carlos Puerto, y la historia pertenece a él. Los personajes tampoco son míos, son de Stephenie Meyer... Yo sólo me adjudico el transcribir la historia y adaptar los personajes.


La Mirada

Primer Capítulo.


"Oh, créelo, corazón, créelo:
Nada está perdido para ti.
Lo que tú has esperado,
Lo que tú has amado.
¡Por lo que tú has luchado!"

No sólo pensabas en tu bisabuela francesa, la de Limoges, si no que las imágenes iban y venían en busca de sentimientos.

Sí, fue casi dos años antes, cuando te habías enamorado. ¿Verdad que lo recuerdas con todo detalle?

¿Cómo no ibas a recordar aquella mañana de domingo, en verano, cuando las calles de París parecían casi desiertas? Saliste a comprar pan, una baguette para el desayuno (margarina, mermelada, algo de queso), pero el río te llamo.

Bajaste las escaleras que conducían a la orilla, no lejos de donde se encontraban unos clochards que dormitaban su sueño de pobreza y vino tinto.

Comenzaste a mordisquear el pan mientras contemplabas tu imagen en el Sena. No prestaste atención a las barcazas, a las gabarras, a los bateaux-mouche tan queridos por los turistas y ahora anclados en la orilla.

Pero tú no eras una turista, ¿verdad, Bella?

Entonces, ¿qué eras?

Te vinieron a la cabeza aquellos poemas de Brassens que habías escuchado en el viejo gramófono de la casa adonde habías ido a pasar una temporada de intercambio. Un chico de tu edad (¿quince, dieciséis años?) había venido a tu casa (tu hermana, por cierto, se enamoró de él en cuanto lo vio; decía que se parecía mucho a Brad Pitt, en francés, claro) y tú habías ido a casa de madame Jeanson.

Era una señora de aspecto más bien arrogante, muy tiesa al hablar, jamás descuidada en su manera de vestir o en su forma de peinarse. Parecía de otro siglo, como el mobiliario de su casa en la rue de l'Harpe, en pleno corazón del Barrio Latino, abarrotado de estudiantes durante el curso y ahora invadido por turistas en busca de ambiente.

El disco de Brassens, que escuchaste decenas de veces aquel verano, decía:

"…Tengo una cita contigo.
La luz que yo prefiero
es la de tus ojos celosos;
el resto me es indiferente.
Tengo una cita contigo…"

Miraste hacia el cielo, buscando el sol que parecía esconderse tras las torres de Notre-Dame. Luego inclinaste tu cabeza hacia el agua y allí, entre los reflejos de las buhardillas, entre los resplandores del astro solar, que, en efecto, maldito lo que te importaba en aquellos momentos–, lo viste.

Te giraste sorprendida. Sorprendida por su forma de sonreír, porque lo hacía como si te conociese de toda la vida. ¿Tal vez un vecino del barrio? ¿Un admirador secreto?

Le hiciste un gesto como tratando de averiguar qué era lo que deseaba. ¿Acaso había estado allí para hablar contigo?

–¿Nos conocemos? –le preguntaste intrigada.

Su respuesta te confundió aún más:

–Yo a ti sí.

El muchacho retiró con la mano un mechón de pelo que le caía sobre la frente. Un gesto que habrías de ver repetido muchas veces a lo largo de los siguientes meses de tu vida.

Tu vida…

Perdona que hable de tu vida, Bella, pero aquel verano parisino estabas tan rebosante de ella que parecías el Sena en invierno, cuando sus aguas alcanzan las escalinatas de piedra y llegan a invadir las calles.

–Me llamo Edward –te contestó en un perfecto castellano–, ¿y tú?

–¿De qué me conoces? –quisiste saber, sorprendida de aquel "encuentro español" en París.

–De la cinemateca el sábado pasado, ¿recuerdas?

Recordaste que el sábado anterior habías ido a ver una antigua película de Bergman titulada Como en un espejo.

Te había gustado, no sólo por sus fascinantes imágenes (la isla en blanco y negro, las representaciones teatrales a la luz de las velas, la llegada del gran helicóptero–araña–Dios…), sino también por su impresionante música: un solo de violonchelo de Bach.

Cuando se encendieron las luces de la sala, aún estabas buscando un pañuelo en tu mochila. Entonces alguien te pasó un kleenex en silencio. Alguien que ahora decía llamarse Edward.

–Me dijiste que se te había metido algo en el ojo...

–Mentí, estaba emocionada.

–Yo también –reconoció Edward volviendo a juguetear con su cabello–. Es una película extraña, muy distinta de las que suelen hacer hoy, pero me gusta.

Y Edward te miró como si quisiera descubrir algo especial.

–Y tiene música muy hermosa –dijiste tú.

–Había algo más que me gustó –añadió Edward.

–¿La fotografía? ¿La interpretación?

–Tú.

Un momento de duda, de vacilación, de miradas correspondidas, para enseguida romper ambos a reír como dos niños que, de pronto, han descubierto es secreto de un guiñol.

Tu gesto fue inmediato: le ofreciste un poco de pan, como haría un berebere en el desierto con su leche y sus dátiles ante un recién llegado.

–¿Te apetece un café crème?

–Prefiero un té con limón.

A través de los amplios ventanales de la cafetería, veías la fuente de Saint Michel, ahora afeada por los botes de bebidas y otros restos de la noche anterior.

Aunque lo que verdaderamente hacías, y sin el menor pudor, era recorrer con la mirada aquel rostro que habías conocido por primera vez en la oscuridad de una sala de cine, y que ahora te hablaba sin parar de sí mismo.

No te interesaba mayormente que estuviera asistiendo a un extraño curso de verano sobre fósiles, o algo así, ni que tuviese tres hermanos, ni que, de todas las comidas francesas, prefiriese un postre: el chocolat liégeois (chocolate líquido helado, una bola de helado de chocolate, nata); tampoco te interesaba mucho la forma como solía imitar a un famoso presentador galo de la televisión…

Tú mirabas sus manos, delgadas, de dedos largos y uñas pequeñas. Unas manos que, desde el primer momento, quisiste rozar con las tuyas, acariciar y, sobre todo, llevar a tu mejilla para sentirte acariciada.

Te fijaste, como contraste, en sus mandíbulas marcadas, que te recordaron a las de un explorador en plena selva virgen. Y en sus ojos (aunque en aquel momento ni siquiera te diste cuenta de que eran negros, tan negros como los caparazones de los escarabajos; intensamente negros, brillantes, capaces de convertir la noche en luz), unos ojos que casi desaparecían por completo cada vez que reía; ¡y reía tan a menudo…!

–¿Qué estás pensando? –preguntaste.

–En ti –confesó él.

–¿Y se puede saber qué piensas de mí?

–Que sabes mirar.

–¿Ah, sí? ¿Y cómo es eso de saber mirar? Todo el mundo mira –dijiste sabiendo perfectamente a lo que se refería–. Tú también sabes mirar.

–Gracias –musitó Edward ligeramente desconcertado y poniendo de pronto un gesto serio.

–Tal vez este momento sea el principio de una gran amistad.

Edward recuperó su sonrisa:

–Eso me suena al final de Casablanca.

–De acuerdo, Humphrey –bromeaste.

–De acuerdo, Ingrid.

En ese instante te diste cuenta de que aún no le habías dicho tu nombre.

–¿Sabes cómo me llamo?

Y ya ibas a decirlo, cuando él te selló los labios con la punta de sus dedos.

–Te llamas…, no me lo digas…

E inmediatamente comenzó a recitar una retahíla de nombres imposibles, de nombres de protagonistas de películas.

–…¿Escarlata O'Hara? ¿Shanghai Lilly? ¿Gelsomina? ¿Catherine Trummell?

Primero bebiste un sorbo de té. Luego te acercaste hasta su mejilla, un poco más abajo, hasta su cuello, cubierto por una incipiente barba de dos días, subiste hasta su oreja y, venciendo la tentación de mordisquearla, le susurraste:

–Bella.

–¿Bella? –preguntó ciertamente extrañado–. ¿Y de dónde sale eso?

–De Isabella.

–Entonces te llamaré Isa.

–Me llamarás Bella –afirmaste muy convencida, antes de que cada uno de los dos se sumergiera, buceando, en los ojos del otro.

–Bella…

Tal vez le hubiera gustado decirte que aquello no era el principio de una gran amistad, si no mucho más. Tal vez le hubiera gustado besarte delante de todos. Pero a ti lo que de verdad te agradó fue que no lo hiciera, que sencillamente te cogiera de la mano y te dijera: "Vamos…"

Y no te lo pensaste dos veces: sabías que en aquellos momentos ibas a seguirlo a donde él quisiera.

¿Pero él te seguiría allá adonde tú quisieras, Bella? Y en caso afirmativo, ¿hasta cuándo? ¿Tal vez hasta que dejase de sonar la Suite de Bach que los había unido en la película de Bergman?

Pero no era el momento de pensar en el día siguiente, sino en el instante que habías atrapado en tu corazón.

A su lado te sentías bien. La mañana de verano invadía tus pulmones y te ayudaba a respirar con ansiedad, aunque disimuladamente.

Ambos sonreían mientras caminaban cuesta arriba en silencio, dejando que el sonido de la calle hablara por vosotros. Al llegar al cruce del bulevar Saint Germain, una ambulancia lanzó su gemido de alarma.

Fue un momento de sobresalto, como si la ciudad quisiera avisarles de que eran seres humanos, mortales, y de que todo lo que tiene un principio indefectiblemente, por propia ley de vida, se apaga alguna vez.

¿O no?

Se miraron a los ojos y no necesitaron decir nada. Tal vez los dos sabían que la cita era en los jardines de Luxemburgo, entre niñeras de uniforme y pequeños jugando con sus barcos de vela en el estanque circular.

De repente te echaste a reír:

–¡Madame Jeanson me estará esperando para desayunar!

–Que espere… –te respondió Edward acercándose a ti.

La baguette cayó al suelo. Unos pájaros se apresuraron a hacerse, entre tus pies, con algunas migas.

Aquella mañana llevabas unas sandalias de color granate, que dejaban al desnudo los dedos de tus pies. Te pusiste de puntillas. Sólo de esta forma llegabas a sus labios.

Por un instante pensaste que tal vez iba a recorrer con sus manos todo tu cuerpo, a acariciar tus hombros, tu espalda, tus pechos. Y aunque tu respiración parecía decir que estabas dispuesta a todo con aquel chico, en el fondo deseabas que no lo hiciera.

Simplemente te besó. Un beso suave, apenas el roce de sus labios sobre los tuyos; sólo la sensación de su aliento fundiéndose con tu aliento, sin humedad, sin arrebato… Únicamente un cálido soplo sobre tu piel más sensible.

Inmediatamente, como si ambos temiesen lo que podía suceder, como si se hubieran dicho con el pensamiento que aquél no era el momento, ni quizás tampoco el lugar, para otra cosa que no fuera la promesa del quizás, se abrazaron bajo las acacias, los plátanos y las mimosas.

¿Recuerdas lo que pensaste cuando lo sentiste tan cerca de ti? Pensaste que sus labios sabían a café. Y te echaste a reír.

–Me encanta verte reír –dijo Edward imitándote, al tiempo que rodeaba tu cintura con su brazo.

–Y a mí me encanta que nos riamos juntos –respondiste tú sintiendo la opresión de sus dedos sobre tu cadera, pensando que reír al lado de alguien era mucho más importante que llorar, aunque fueran lágrimas de amor.

Se despidieron cerca de la Sorbona, sin promesas, sin compromisos. Sin preguntarse siquiera cómo era posible que un primer encuentro pudiera estar cargado de tantas posibilidades.

Pero, al separarse, ambos llevaban en su agenda (¿o lo habías anotado en algún trozo del papel que envolvía la baguette?) el número de sus respectivos teléfonos.

No se dijeron adiós, ni hasta luego, ni que ya se volverían a ver. Sencillamente se entregaron de nuevo a sus miradas, a la ve que tu mano se fundía con su mano y tus dedos se entrelazaban con sus dedos.

Curiosamente, cuando regresaste a tu apartamento de la rue de l'Harpe, madame Jeanson no estaba de mal humor.

Había desayunado unos croissants del día anterior, que había calentado en el horno, y ahora ensayaba al piano una conocida sonata de Beethoven; un piano que pertenecía, según contaba a quien quisiera escucharla, a uno de sus antepasados de la época de Napoleón.

Tú no dijiste nada. Sencillamente la besaste en la mejilla, cogiste tu chelo y la acompañaste. En la sonata original el instrumento que debía acompañar al piano era un violín, pero en ese momento te daba igual.

Pensaste que Beethoven no se iba a molestar porque tocaras La Primavera con tu violonchelo, menos aún aquella mañana radiante en la que el verano acababa de dejar paso a su música eterna.

***

Al espejo de la casa de la rue l'Harpe le faltaba un poco de azogue por la parte central. Para pintarte los ojos, incluso para peinarte, tenías que hacer mil filigranas de un lado para otro

Por eso, aquella mañana, muy temprano, hacia las siete o siete y cuarto, fuiste al salón. Allí, sobre el piano, junto a un tapiz en el que se veía un unicornio en un campo de violetas, había un magnífico espejo, cuyo solo marco ya impresionaba.

Frente a él, te cepillaste el cabello antes de recogértelo en una trenza, como a ti te gustaba, como siempre te ha gustado llevarlo.

Después dudaste si pintarte mucho o poco, solamente los ojos o también los labios, si sería necesario colorete o bastaría simplemente con un maquillaje de fondo. O tal vez nada.

–Nunca te he visto tan indecisa –dijo madame Jeanson, que, por lo visto, llevaba ya varios minutos a tus espaldas, contemplándote.

–Es que nunca he tenido una cita como ésta –respondiste a la vez que tu corazón se encogía, ¿o acaso se ensanchaba?, en tu pecho impidiéndote respirar.

–¿A estas horas? ¡Vaya, vaya…! –dijo la dama dándole un último retoque a tu trenza–. Nuestra señorita se ha enamorado. ¿Es eso?

Te encogiste de hombros y esbozaste una tímida sonrisa. Todavía no sabías si aquello era amor.

Edward te gustaba; desde el primer momento habías sentido que era muy agradable estar a su lado, acogida por él.

Pero antes también habías conocido a otros chicos que, al principio, te hacían palpitar, y que luego, con su despedida, sólo habían dejado en tu corazón un pequeño rasguño bastante incómodo.

¿Sería igual con Edward?

¿Sería igual cuando tú besaras a Edward?

Porque, desde aquella mañana de domingo en los jardines de Luxemburgo, sólo habías soñado –despierta y dormida– con una cosa: besarle tú a él. Coger su nuca con tu mano, aproximar su boca a la tuya y sumergirte en él.

Tu tímida sonrisa se transformó en una carcajada nerviosa. ¿Qué pensaría la pulcra madame Jeanson si supieras lo que estabas pensando?

"Soy demasiado joven, demasiado joven…"

Una de aquellas noches tuviste un extraño sueño. Te veías a ti misma en la cama, en aquella cama parisina. Los detalles de la habitación se te representaban con minuciosidad, como si estuvieras allí precisamente para hacer un recuento de todos y cada uno de ellos.

La ventana tenía uno de los cristales de distinto color que los demás, como si el vidriero se hubiera equivocado al sustituir el original.

La reproducción de un cuadro de Renoir con dos niñas tocando el piano, frente a la fotografía de la avenue Parmentier, allá por 1914, con un par de viandantes y un solo automóvil a gasógeno.

La fotografía, clavada con una chincheta en un corcho, de Jacqueline du Pré, tu violonchelista favorita.

Tu escritorio, con las cartas que aún no habías echado al correo: una para tu padre otra para ti misma, pues te gustaba coleccionar sellos matados (era como una especie de diario, muy peculiar, que luego, de regreso a Madrid, te serviría como recordatorio de todos aquellos días de un verano muy especial).

Y el papel de las paredes, con sus finos dibujos a plumilla representando juncos silvestres, entrelazados con nubes tan sutiles que casi parecían inexistentes.

Tú, Bella, estabas en la cama, con los ojos abiertos, con la mirada fija en el techo. No sabías como habían podido producirse aquellas goteras, pero lo cierto era que la pintura desconchada parecía estar a punto de derramarse sobre tu colcha.

¿Tal vez alguien, del piso de arriba, se había dejado abierto un grifo?

Pero no, no eran goteras de agua, sino de leche. Y las gotas de leche comenzaron a caer en cámara lenta. Tardaban mucho, muchísimo en llegar al suelo, donde varios recipientes de cobre parecían estar esperándolas.

Sentiste ganas de incorporarte, pero era imposible. Estabas dormida, soñando. Tumbada, inmóvil.

De repente supiste que todas las gotas de leche que cayeran dentro de los recipientes de cobre serían deseos que se te iban a cumplir.

Intentaste, en tu movilidad, formular los deseos más importantes, los más imperiosos, los más prioritarios.

Pero antes de que una sola de las gotas llegase al suelo, antes incluso de que uno solo de los deseos llegase a tu pensamiento, se te ocurrió una pregunta: "¿Y si ni una sola gota cae dentro?".

¿Qué pasaría entonces? ¿Qué sucedería con la leche, con aquel manantial de vida? ¿Qué ocurriría con los recipientes, ya para siempre vacíos a partir de entonces?

Te despertaste con mucho frío en el cuerpo. A pesar de que hacía calor, de que tenías la frente, los brazos, los muslos empapados en sudor, sentiste un estremecimiento de frío.

Te hubiera gustado desenfundar tu violonchelo y tocar aquella música de Bach que habías oído en la película de Bergman.

Como en un espejo.

Pero, ¿cómo ibas a hacerlo en aquellos momentos, en medio de la noche?

Entonces, sigilosamente te desplazaste hasta el teléfono. Marcaste un número.

Después de varios minutos de escuchar cómo sonaba el timbre al otro lado del hilo, cuando ya ibas a colgar comprendiendo tal vez lo inoportuno de la hora, alguien descolgó.

Su voz acababa de salir del sueño:

–¿Allô…?

–Edward…, soy yo.

–¿Bella?

Un silencio. Te gustaba que te llamase por tu nombre. Te emocionó escuchar su voz. Colgaste aliviada de saber que estaba allí, al otro lado, contigo.

No quisiste pensar en el poco tiempo que te quedaba de estancia en París. Porque sabías que ese tiempo, todo, se lo ibas a dedicar a él. Y que pronto, muy pronto, le ibas a besar como siempre habías soñado que se debía besar a un hombre.


Yes, I know. Dije que lo subiría al otro día... Pero no pregunten por qué, no pude hacerlo... Les traigo un capítulo tan largo que quizá se aburran de leerlo, pero valdrá la pena. A poco no les gusta este Edward? Es bello. La trama es hermosa, espero que les esté gustando. No prometeré para cuando es el próximo capi, porque el lunes empiezo las clases y todo depende del tiempo libre que me dejen mis profesores... Mientras tanto disfruten de este capi, y pasense por mis otras historias, que si Dios quiere, pronto las actualizaré. Dejen un review si merece la pena y diganme, que piensan de la historia. Un beso a todas y que disfruten.

Ane.