Disclaimer: La historia NO me pertenece, es una novela que leí y amé, así que quiero compartirla con los fanfickers que seguramente no han leído esta historia hermosa... El autor de la novela se llama Carlos Puerto, y la historia pertenece a él. Los personajes tampoco son míos, son de Stephenie Meyer... Yo sólo me adjudico el transcribir la historia y adaptar los personajes.
La Mirada
Segundo Capítulo.
Las citas, en las películas suelen tener lugar al atardecer. De esta forma los enamorados pueden pasear por la orilla del río mientras el sol va enrojeciendo y las nubes marcan en el cielo extrañas pinceladas impresionistas.
Pero la cita, tu cita, Bella, su cita, tuvo lugar muy de mañana. ¿Tal vez querías recordar cómo fue la primera vez? ¿O es que acaso deseabas tener todo el día por delante? Posiblemente ambas cosas a la vez, aunque ni siquiera te detuviste a pensarlo.
Edward vino a buscarte. Al bajar las escaleras, lo primero que viste fueron sus pies, nunca con zapatos, siempre con deportivos.
Luego, sus pantalones de algodón, arrugados, informales, metidos por dentro de las zapatillas. Y sus manos, tan deseadas.
Tal vez fue aquella mañana cuando más hermoso lo viste. Si tu hermana Rosalie decía que el chico del intercambio se parecía a Brad Pitt, ¿tú qué dirías de Edward?
Que se parecía a ese deseo que, en el suelo, había quedado suspendido en el aire, sin llegar a consumarse.
La mañana se desperezaba sin dejar de envolverlos, sin dejar de acariciarlos, mientras caminaban sin prisas hacia no se sabía dónde.
Aunque tú, Bella, sí que lo sabías. Y sólo esperabas que llegase el momento de llevar tu mano a su nuca, de perderte con tu mirada en la suya y decirle, con el roce de tus labios, todo lo importante que él comenzaba a ser para ti.
—Sube –dijo Edward indicándote una curiosa moto, más vieja que la tos y en la que se apreciaban ya varias manos de pintura.
—¿Estaremos seguros en este trasto? –preguntaste con una sonrisa.
—No corre mucho –te respondió Edward mientras la ponía en marcha–, así que el golpe no será muy gordo…
La ventaja de ir en aquella moto era que podías abrazarlo, cogerlo por la cintura, apoyar tu cabeza en su espalda como la cosa más natural del mundo.
Con el aire, la falda jugueteaba sobre tus piernas, cubriéndolas, desnudándolas, mostrando tu piel no demasiado morena para estar en verano.
Y es que tu piel, Bella, siempre ha sido más bien pálida. ¿Recuerdas cómo te llamaba tu padre cuando eras pequeña?: "Mi guardián de porcelana".
El guardián era alguien cuya historia nunca acabó de contarte tu padre. Siempre la interrumpía en el momento más inoportuno, dejando la continuación para cuando las cosas iban mal o estaban confusas.
Se trataba de un guardián, pálido y con el pelo de color zanahoria como tú, que llevaba un montón de tiempo preguntándose por qué no venía nadie a relevarlo. Desde que tenía memoria, estaba allí, a la puerta del castillo.
Tardó otra infinidad en darse cuenta de que el castillo no era como los demás castillos: estaba silencioso, nadie entraba ni salía por su puerta, nadie se asomaba a sus ventanas, nadie clamaba desde sus almenas.
Hasta que un día que se atrevió a acercarse más de lo habitual a la muralla, lo descubrió: se trataba de un castillo de arena.
Aquello, en lugar de calmarle le intranquilizó aún más: ¿por qué estoy aquí? ¿Para qué?
Pero aquella mañana tú deseabas olvidar tu pasado, a tu familia, la porcelana e, incluso, el violonchelo, para dejarte arrastrar por Edward hacia lo más profundo de sus aguas.
—¿Adónde vamos? –preguntaste.
Aunque en el fondo la respuesta te daba igual. Mientras fuera con él, ¿Qué importaba a donde pudieran ir?
Bois de Bouloge.
El Bosque de Bolonia era el gran jardín de París. Objeto de mil historias, desde las más inocentes a las más libertinas, sus paseos y sus parterres constituían un laberinto en el que se podía pasar por el antiguo zoológico e incluso aceptar las invitaciones más sugerentes de las "damas" del bosque.
La moto la dejaron apoyada en un árbol en el que aparecía grabado, a punta de navaja, un corazón sin iniciales.
Tu memoria conserva una película fiel de aquel momento: el corazón, el césped seco por el estío, incluso el color de la moto (granate, con una flecha violeta), que hasta entonces te había pasado desapercibido.
Edward se dejó caer sobre la hierba con los brazos abiertos. Tú lo miraste, dudando, sin saber cómo responder a lo que parecía una invitación.
Edward cerró los ojos y aspiró profundamente.
Te sentaste a su lado sin hacer ruido. Sólo deseabas que no abriera muy pronto sus ojos, porque así podías contemplarlo tranquilamente, recorriendo su cabello, sus hombros, el nacimiento de su pecho…
Y luego sus brazos, sus manos, sus dedos.
—¿Sabes una cosa? –Preguntó él de repente sin hacer el menor gesto–. Nada más llegar a París, supe que iba a encontrarte.
—¿Eres adivino? –bromeaste jugueteando con la trenza de tu cabello.
—No es necesario… Las huellas me han conducido hasta ti.
—¿Qué huellas?
—El sonido de tu voz, tu olor… –sonrió Edward dando un par de vueltas sobre la hierba.
Luego, ya más serio, te dijo que deseaba ser un importante paleontólogo, y que las huellas a las que se refería no eran las mismas que, por ejemplo, hubiera seguido un detective.
Un paleontólogo trata de recrear la historia de la vida pasada a partir de los fósiles. Desde los peces de los mares, hoy convertidos en desiertos, a los dinosaurios, pasando por los esqueletos humanos del Himalaya o del Monte Kenia.
—O sea, que me estás llamando fósil… ¡Muy bonito, hombre! –replicaste haciéndote la ofendida.
—Los paleontólogos somos los cazadores: buscamos las huellas, las seguimos, descubrimos lo que esconden, las desenterramos… Pero, a diferencia de los demás cazadores, nosotros, en lugar de matar, lo que hacemos es resucitar animales o personas.
Y a continuación Edward se puso a buscar afanosamente algo en el césped, pequeñas hierbas verdes, tréboles de cuatro hojas quizás.
Tú lo miraste un tanto extrañada. Parecía como si hubiera entrado en trance, un trance profesional, pues hablaba consigo mismo murmurando frases que no concluía.
—Todos los orígenes del ser humano están… Una piedra nos conduce a un ave; un ave a… Sin ellos nosotros no habríamos...
Y de repente el estremecimiento.
Edward había llegado hasta uno de tus pies; lo había tomado con sumo cuidado , como si fuera una pieza única, un descubrimiento de varios millones de años.
Y lo besó.
Primero en el empeine, en los tobillos. Luego, muy lentamente, como queriendo deleitarse en cada gesto, te desató la sandalia. Y enseguida te lo desnudó.
No sabías por qué sentías tanta vergüenza. Un pie desnudo es algo normal en verano. Pero aquel era tu pie y estaba entre sus manos.
Ahora fuiste tú quién cerraste los ojos. Notabas cómo toda la piel se te erizaba. Cómo se aceleraban tus palpitaciones, cómo el corazón se te quería salir del pecho y anhelaba ser acariciado por sus manos.
Pero no eran sus manos, ni tu corazón ni tu pecho. Eras sus labios en tu pie, sus labios recorriendo cada pliegue, besando las puntas de los dedos… Era el roce de su mejilla en la planta de tus pies.
Una ardilla correteó de un banco a otro. Un grajo lanzó su graznido desde un árbol no muy lejano: una especie de chasquido de la naturaleza, n un momento como aquél que debería haber sido resaltado por música de violines.
Pero a ti te ayudo a incorporarte. Tu respiración aun era agitada y sabias que, de haber continuado allí, así, el cielo parisino de agosto habría sido testigo de algo, que, al menos de momento, no debía suceder.
Con gesto decidido cubriste la desnudez de tu pie con la sandalia.
Edward no dijo nada; simplemente te miró y su mirada venia a significar la espera de una decisión por tu parte, tal vez de una aclaración.
—Vamos –le dijiste cogiéndole de la mano.
Cuando se alejaron del Bosque de Bolonia, siempre abrazada a él, siempre con tu cabeza inclinada sobre su hombro, supiste que lo querías mucho más.
Edward no había protestado, no había buscado ninguna excusa para seguir sobre la hierba. Se limito a hacer una broma sobre los periodos jurasico y cretácico, mientras se retiraba una vez más el mechón de su frente. Luego se dejo conducir hasta donde tú le indicaste.
La plaza del león de bronce. Denfert–Rochereau.
¿Por qué allí? ¿Por qué precisamente allí, Bella?
Tal vez pensaste que, ya que le gustaban los fósiles, aquel seria el lugar más apropiado de todo París.
¿O acaso se debía a que en aquella plaza, según contaban las crónicas, se había iniciado el revolucionario Mayo del 68?
¡Mayo del 68…! La primera revolución del siglo XX en la que los estudiantes se cogieron de la mano de los obreros, donde unos y otros, arrancando adoquines de la calzada, levantaron barricadas contra la policía.
Donde el desconcierto se dio la mano con el abrazo, y el beso profundo con la esperanza.
Podías ofrecerte cualquier otra explicación, como que la sola posibilidad de que existiera un lugar así pudiera estremecerte, y que tal vez la mejor forma de borrar un estremecimiento fuese con otro. ¿Acaso para apartar de tu cabeza, de todo tu cuerpo dispuesto a la seducción, cualquier posibilidad sin retorno?
"Soy demasiado joven para…".
No, Bella, no eras demasiado joven para el amor. Lo serias –cualquiera lo es– para lo que vendría después.
Para lo que, paso a paso, deshojando la margarita, llegaría en el momento más inesperado.
La puerta de las catacumbas de París estaba abierta. Había que descender varios metros por una escalera de caracol para adentrarse en el mundo subterráneo de los túneles y de los pasajes de ultratumba.
"¡Alto!", rezaba un cartel medio en broma, medio en serio. "Aquí empieza la muerte."
Tú, Bella, jamás habías temido a la muerte. Te dolía ver morir a otros en los reportajes de televisión, en las crónicas de guerra. Pero jamás pensaste en la muerte, en tu muerte, como algo terrible.
En todo caso, tenías cierto temor al sufrimiento, a un posible dolor causado por cualquier enfermedad, pero ese concepto estaba muy lejos de tu pensamiento en aquellos momentos.
En aquellos precisos momentos, tu optimismo no dejaba resquicio alguno para lamentar haber nacido, porque, algún día, habrías de morir. Era algo tan natural que resultaba imposible de detener. Ni los más poderosos de los poderosos habían impedido que llegase el momento que configura la historia del mundo.
Aunque no cabía duda de que aquellos cráneos formando paredes enteras de los pasadizos, aquella cantidad ingente de huesos amontonados producía un cierto desasosiego.
—Mira –dijo Edward señalando a una calavera que, desde el más allá, parecía sonreír al mundo–, este amigo o amiga es mucho más joven que los fósiles que yo estudio. ¿Cuántos años puede tener? ¿Cien? ¿Doscientos?
Tú sabías que las catacumbas de Paris fueron creadas en 1785 para aliviar el hacinamiento de los cementerios. Durante más de quince meses, por la noche, se fueron llevando a las entrañas de la ciudad hasta seis millones de esqueletos, como medida higiénica alternativa a los camposantos.
—¡Ya lo sé! –exclamaste mientras avanzabas cogida de su mano hacia la llamada "Fuente de la Samaritana".
—¿Qué es lo que sabes? –preguntó Edward deteniéndose.
Habían entrado en las catacumbas con un grupo y les habían advertido, muy claramente, que no debían apartarse de los demás. Pero, al detenerse, no se dieron cuenta de que las linternas se alejaban hacia la zona conocida como "La lámpara sepulcral".
—¿Qué es lo que sabes? –insistió Edward.
—Por qué hemos venido aquí. En realidad se trata de una cita aplazada. Desde que llegue a París, había querido venir aquí, pero hasta ahora…
—Es un lugar un poco tenebroso, ¿no te parece?
Te lo parecía y no te lo parecía: lo era porque estaba en las tinieblas, pero no lo era porque los únicos que pueden hacer daño son los vivos.
—¿Sabías que aquí abajo se han llegado a celebrar fiestas…?
—¿Fiestas? –te interrumpió Edward sorprendido–. ¿Quién puede organizar una fiesta en un lugar como este?
—Pues, al parecer, un tal conde d'Artois; pero eso fue antes de la Revolución Francesa.
—¡Ah, menos mal! ¿Te imaginas a Gun & Roses amenizando el festejo?
Estuviste a punto de explicárselo todo en aquel momento, de concluís al menos la frase que él te había interrumpido. Si, inconscientemente, le habías hecho dirigir su moto jurásica hasta aquel logar, era porque, en una historia de la música, habías leído que el 2 de abril de 1897, allí mismo, entre aquellos huesos de otro tiempo, se había ofrecido el denominado "Concierto de los catafilos".
Un concierto de música clásica cuyo programa podría estar compuesto, sin necesidad de echarle demasiada imaginación, por la Marcha Fúnebre y la Danza Macabra (aunque alguna de estas obras aun no hubiera sido compuesta por aquellas fechas).
La oscuridad era casi absoluta. Las linternas se habían ido con los visitantes y en los túneles no quedaba otro guía que las voces que rebotaban en las paredes recubiertas de restos humanos, y que no podía decirse si venían de derecha, de izquierda, de frente o por detrás.
—¿Salimos de aquí? –preguntaste no muy convencida de lo que querías hacer en aquellos momentos.
—Supongo que te habrás dado cuenta de que estamos perdidos.
—¡Fantástico! –exclamaste de una manera impulsiva–. ¡Me encanta París! –añadiste pensando en lo que había allá arriba.
—¡Ya…, no me lo digas! ¡Te encanta tanto que quisieras quedarte aquí para siempre!
Edward echo a caminar hacia donde suponía que se encontraba la salida. Tú lo seguiste inmediatamente.
Sus pasos eran lo único vivo de aquel lugar. Poco a poco fueron distinguiendo una pequeña luz. Se trataba de una reducida rotonda tenuemente iluminada por unas lamparillas de aceite.
En un cartel oxidado por la humedad podía leerse que aquella era la "Cripta de la Pasión", aunque tu sabias, o lo supiste después, que era popularmente conocida como la "Rotonda de las Tibias", tanta era la cantidad de huesos allí amontonados.
Iban a dirigirse hacia la luz, cuando Edward te corto el paso. Girándose bruscamente, se interpuso entre la salida y tú.
Lo miraste sin comprender. O tal vez comprendiendo demasiado bien.
Edward alargo una de sus manos hacia tu rostro.
Viste como se acercaban hacia ti aquellos dedos amados, y tal vez para detenerlo, o acaso para facilitar lo inevitable, tomaste aquella mano entre las tuyas y se la besaste.
A partir de aquel momento, casi no recuerdas nada. Sentiste el vértigo de su cuerpo contra el tuyo, la montaña rusa de sus caricias cayendo en picado sobre ti, dentro de ti. Y ni siquiera serias capaz de reproducir sus palabras de amor.
En tu cabeza, de pronto, se inicio una música que comenzó a recorrerte de arriba abajo, acariciándote, estrujándote, penetrándote como solo pueden hacer las composiciones muy, pero que muy amadas.
La Suite Nº 2 de Juan Sebastián Bach, la de la película que habían visto juntos, iba y venía de tu cabeza a tu corazón, de tu corazón a tu piel, de tu piel otra vez a tu cabeza, en una mezcla confusa y arrebatadora como nunca jamás habías experimentado antes.
Tu mano se había aferrado a sus cabellos, tirando hacia atrás, hacia su nuca, acariciándolo con desesperación, con esperanza…
Cuando saliste de aquellas catacumbas, estremecida, fascinada, un tanto abatida, absolutamente emocionada, te llevaste una gran sorpresa: el gran león de bronce aun continuaba allí.
¿Cómo era posible que el milagro que se había producido en las entrañas de la tierra no hubiera sido capaz de llegar a su superficie, transfigurándola?
¿Cómo era posible que la plaza Denfert–Rochereau siguiera siendo la misma, los mismos paseantes, los mismos vehículos, la boca del metro, las tiendas, los adoquines, la memoria del Mayo del 68, el azul intenso del cielo…?
Miraste a Edward a los ojos y te gusto su mirada. Una mirada que no era la de un conquistador, ni tampoco la de un conquistado.
Aquellos eran los ojos de un compañero para siempre, que jugueteaba con el mechón de su cabello al retirarlo de su frente.
Sin embargo, Bella, aun no sabías que dentro de muy poco Edward iba a desaparecer para ti.
Disculpen por el abandono. Aquí un nuevo capítulo, espero que les guste. ¿Reviews?
PD: Pronto otro cap. Besos.
Ane.
