Título: Besos.

Claim: Darien/Serena.

Palabras: 1171.

Disclaimer: Si fuese Naoko Takenouchi el Seiya/Serena sería canon, obviamente Sailor Moon y todos sus personajes no son míos. Este fic no tiene ánimos de lucro, pero no está permitida su copia parcial o total para ponerla bajo otra autoría que no sea la mía; gracias.

Notas: Serie de drabbles sin conexión entre sí para el foro Retos Ilustrados.


Capítulo 6: Violento.

Arremetes contra ella aún sin entender —mejor dicho: sin querer hacerlo—, tomándola de los hombros y mirándola fijamente, al tiempo que por primera vez ella te observa con miedo. Sí, hombre: miedo. ¿Por qué mierda te mira así? ¿Qué rayos le hiciste para que te tenga miedo? No lo comprendes. ¿Qué hiciste mal para no sólo te mire así, sino que también te haya engañado?

Habías sido un novio excepcional a diferencia de ella, tú siempre recordaste todas las fechas importantes en la relación, soportaste cada una de sus niñerías sin chistar, no dijiste ni "mu" las muchas veces que ella desvalijó por completo tu billetera y soportaste cada interrupción inoportuna. ¿Para qué? Sí, hombre, para nada, porque ella no supo apreciar cada uno de los obstáculos de la relación, porque en una pareja no sólo rosa, también hay que soportar los defectos y disfrutar las virtudes del otro.

— ¿Por qué me hiciste esto?— conseguiste preguntarle; pero sólo consigues que ella te rehúya la mirada nerviosa. Estuviste segado por aquel par de coletas infantiles sin ver la verdad y te sentiste como un estúpido. Darien había confiado en Serena, porque en eso se basa una relación de pareja, tenerse confianza mutua; pero ¿de qué forma te lo agradecía? Yéndose con aquel Seiya, el cantante bonito que tiene a las chicas detrás de él, babeando y levantando sus faldas, y pensaste que ella no era como las demás; cuán equivocado estabas.

Pero aquello no era lo que más irritaba, sino el hecho de que no entender qué rayos tenía aquel como para vencer más de cien años de amor y un futuro tan próspero que acababa de caerse a pedazos en el momento en que ella se lo confesó. Por favor, ¿en qué podía ser mejor Seiya que Darien? Él era más maduro, estudiaba, podía mantenerse sin ayuda de nadie y cumplía al pie de la letra cada uno de los requisitos del novio perfecto. No lo entendía y querías hacerlo.

No le permitiste continuar con la mirada gacha y la tomaste del mentón con tu mano derecha. Sus ojos azules se movían de un lado a otro sin dejar que pudieras sacar tu respuesta de allí. A pesar de tu furia, no pudiste evitar darle una revisada a sus facciones, la perfilada nariz de la cual entraban entrecortadas aspiraciones, pequeña y respingada, su piel a su tacto era cual terciopelo. Miró más abajo hasta encontrar aquellos deliciosos rosados labios, los cuales creía únicamente suyos hasta hacía minutos. Durante un momento olvidó lo que pasaba a su alrededor, casi podía escuchar a sus propios labios gritarle que los tomara, quería morderlos, lamerlos y adentrarse en aquella cavidad hasta desquitarse.

Y lo hizo, no lo pensó. Tal vez, aquel era el beso más apasionado que había tenido, siempre era un leve roce entre sus labios. En cambio, en este había mucha más lengua que en cualquiera de los demás, Darien recorría su boca con brusquedad, inmiscuyéndose hasta el fondo y palpando cada escondrijo, incitando a la lengua de la rubia a ser partícipe de aquel juego. Se había ido a volar a las nubes, parecía el séptimo cielo, había olvidado el por qué estaba enojado hasta el momento en que sintió las manos de la rubia sobre sus hombros y por un momento, pensó que iba a corresponderle; pero cayó en cuenta de que era todo lo contrario: Serena luchaba por quitárselo de encima, tenía los ojos cerrados con demasiada presión y su lengua rehuía a la suya.

¿Cómo había estado tan ciego todo aquel tiempo? Se había dejado engañar por aquel manto imaginario de ingenuidad que la protegía, cuando se dio cuenta que él mismo había sido el ingenuo, tonto y distraído. Aquello era irritante, molesto y le había dado una patada fuertísima en el orgullo, en vez de quitársela de encima y echarla de su departamento, como debería; en vez de eso, aumentó la presión ejercida por sus manos sobre la cintura de ella y cerró los ojos con fuerza —hasta tal vez más de la que ella en los suyos—, adentrándose aun más en la cavidad bucal de la rubia. Mordía con ira contenida sus labios y casi golpeaba con su lengua al huésped de aquella boca; pero el sabor de sus labios de sus no era el mismo: se sentía el amargo sabor de la traición y el engaño, camuflado por el embriagante sabor dulce a chocolate característico de su boca.

Retiró sus labios lentamente, pudiendo de este modo ver el rostro de la rubia. Se encontraba temblando, los labios rojos y los ojos fuertemente cerrados, que amenazaban con que salieran lágrimas de ellos, en el momento en que se abrieran. Tenía miedo, sin duda tenía miedo, estaba aterrada. De él, de la persona que miles de veces le había jurado amor eterno y demostrado todo su afecto hacia ella. De él, con quien tenía un futuro maravilloso planeado, un glorioso reino, un matrimonio aplaudido y una hija maravillosa. Pero eso realmente ¿era lo que ella quería?

Nunca se había detenido a pensar seriamente aquella cuestión, de modo que lo dejó aturdido. Parecía ser que se había quedado ausente, porque recién volvió a la realidad en el momento en que escuchó a Serena comenzar a balbucear inteligiblemente, sin ser capaz de articular una oración coherente sin trabarse en las palabras.

¿Cómo rayos no se había dado cuenta? En aquel momento sintió una especie de dèjá vu, no era la primera vez en que terminaba en ese estado, desde hacía tiempo sólo habían sorpresas en su relación —y no siempre del todo gratas—; pero ninguna así. Eso había sido la gota que derramó el vaso, su fortaleza se resquebrajó en un segundo y sintió que le flaquearon las piernas. A pesar del aturdimiento, pudo ver que ella parecía no entender su reacción y lo miraba de una forma que denotaba entre miedo, curiosidad y preocupación.

Y la detestó por traidora, se detestó a sí mismo por imbécil y crédulo, detestó al futuro que ya no podrá ser y destetó a todo ser que tuviera que ver en aquella relación, a todos y a cada uno.

—Vete— susurró casi inaudiblemente, estaba seguro de que si continuaba en aquella habitación no podría aguantar sus impulsos, tal vez como el anterior o peor. Pero ella no se movió, continuaba petrificada allí, parecía no haberle oído. — ¡Vete!— bramó desconociéndose a sí mismo y a la voz que acababa de usar para hablarle. Serena dilató sus ojos y salió corriendo del departamento dando un portazo.

Con lágrimas de rabia e ira golpeó innumerables veces la pared del departamento, dejándose ahogar en la tortuosa agonía, sintiendo que moría por dentro sin poder llegar al infierno, sintiendo en la piel el verdadero dolor de la muerte misma.

No lo sólo por ser traicionado, por ser crédulo. Qué fácil fue dejarse engañar pensó antes de caer derrumbado al suelo, permitiendo de este modo a la melancolía hacerle de única compañera durante el infierno en vida.


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