DREAMER II
Guido: Ah... me olvidaba decirte que...
Dora: Dilo.
Guido: Que tengo unas ganas de hacerte el amor
que no te puedes ni imaginar. Pero esto no se lo diré a nadie. Sobre
todo a ti. Deberían torturarme para obligarme a decirlo.
Dora:
¿A decir qué?
Guido: Que quiero hacer el amor contigo. No una
vez solo, sino cientos de veces. Pero a ti no te lo diré nunca. Solo
si me volviera loco te diría que haría el amor contigo, aquí,
delante de tu casa, toda la vida.
Roberto Benigni y Nicoletta Braschi -La Vida es Bella
Hospital Psiquiátrico Mayfield, 6 meses antes
Odiaba el pegajoso calor que hacía en su blanca e inmaculada habitación.
Llevaba semanas quejándose de la rotura del aire acondicionado, pero sus terapeutas debían pensar que las altas temperaturas eran también producto de su fantasía y nadie había acudido a arreglarlo.
¡Maldita sea! Había entrado voluntariamente pero odiaba estar allí, odiaba estar encerrado entre aquellas cuatro paredes, pero sobre todo, odiaba aquel sitio que despedía olor a locura por los cuatro costados. ¡Claro! ¿Qué esperabas, Gregory? ¡Si es un psiquiátrico!
Nunca creyó que acabaría en un lugar así.
Muchas veces le habían llamado desequilibrado, loco, demente, perturbado y otros tantos sinónimos. Hasta él mismo sabía que su mente tenía alguna que otra dosis de locura, pero nunca creyó que llegaría a ese punto.
Y lo peor es que ni siquiera lo había visto llegar… tal vez eso era lo que le estaba matando: el hecho de no saber en qué punto de la historia había perdido la cordura para dejar de distinguir ficción y realidad.
Por su lista habían pasado todo tipo de posibilidades y las había ido descartando una a una: tumor cerebral, trastorno por estrés post traumático… y ya sólo le quedaba una opción que, por mucho que hubiera bromeado con ella, le costaba aceptar: era un adicto.
En el fondo le costaba admitirse a sí mismo su dependencia de las drogas, porque siempre se había considerado un espíritu libre y el hecho de depender de algo, aunque fuera de unas pastillas, le hacía sentirse más prisionero que un condenado a cadena perpetua. Por eso cuando salía a colación su adicción, se burlaba de su enganche, pero no por ello podía dejar de admitir que había jugado demasiado con las drogas, especialmente con aquellas disfrazadas de medicamento y ahora su flirteo le estaba pasando factura.
Se sentó en la incómoda cama a la que aun no había conseguido amoldar su cuerpo y se quitó la camiseta, que se le había quedado pegada como una segunda piel, arrojándola a un lugar indeterminado de la habitación.
Observó el juego de luces y sombras que los escasos rayos de luna que entraban por el alto ventanuco dibujaban en el suelo y por un momento creyó que las formas sombreadas empezarían a cobrar vida como marionetas en una función de teatro. Y no pudo evitar sonreír al comprobar lo increíblemente loco que estaba.
¿Sería aquella locura transitoria producto del calor?
Se masajeó el cuello y las sienes, intentando inútilmente que el sudor y la sensación de bochorno desaparecieran, pero no tuvo éxito. Volvió la cabeza hacía la mesita de noche y el vaso de agua empezó a llamarlo a gritos. ¿Realmente le ayudaría? Se levantó y se acercó, tomándolo entre sus manos, deseando que el líquido incoloro e inoloro calmara su sed. Tomó un sorbo pero en seguida lo escupió sobre la moqueta, asqueado. También el agua estaba caliente.
Resopló con evidente fastidio y su mirada se elevó hacia la ventanita que había cercana al techo, por la cual se colaba la débil luminosidad de la noche. Si tan sólo pudiera abrirla, aunque fuera únicamente para respirar un poco de aire fresco…
-Por mucho que la mires, no la abrirás con tu mente. –Una voz femenina a sus espaldas rompió el silencio, sobresaltándolo. Genial, ya sólo le quedaba alucinar también con ella.
-Y aunque así fuera, es demasiado pequeña, no te quitará el calor –Y encima venía acompañada. Se dio la vuelta lentamente y movió la cabeza en señal de negación. Esto ya iba demasiado lejos.
-Dejadme adivinar. Ahora alucino con vosotros porque Taub es mi amor platónico, Foreman me parece un bomboncito y Trece… bueno Trece tendría su puntito si me enseñara más escote de vez en cuando. –Volvió hacia la cama, ignorando las tres figuras que le miraban inquisitivamente desde la puerta cerrada y se tendió, cerrando los ojos y esperando que al abrirlos, sus patitos hubieran desaparecido.
-Estamos aquí porque nos echas de menos y tu mente nos ha traído a tu lado.
-¡Ohhh sí! No
puedo vivir sin vosotros. Mira bonita, si me sintiera solo y triste,
traería a Cuddy desnuda y con unas hojas de parra tapando sus partes
íntimas… o mejor aun, sin tapar, porque si hay algo que hecho de
menos son sus peras, no las tuyas. –Repuso con sarcasmo y evidente
cabreo, mientras se daba la vuelta hacia la pared. Estaba ya harto de
alucinar, pero a la vez se sentía preocupado al comprobar que pese
al haber reducido drásticamente el consumo de vicodinas, más que
nada porque no podía robar tantas dosis de la enfermería, su mente
seguía jugando con él. Empezaba a pensar que aquello no era
únicamente producto de su adicción, sino algo más grave aun y de
lo que no podría deshacerse tan fácilmente.
Una locura que
hundía sus raíces en lo más profundo de sí mismo.
-Os dije
que esto era una estupidez, House nunca admitirá que en el fondo
echa de menos el trabajo y a nosotros. –Taub agarró la silla que
había junto al escritorio y se sentó, cruzando los brazos y
lanzando una mirada de reproche a sus compañeros, por haberle
obligado a hacer aquel viaje en vano.
Trece se apoyó en la pared
y observó a su jefe, que parecía ignorar su presencia por completo…
o al menos eso intentaba hacerles creer.
-No importa que no lo admita, lo importante de verdad es que estamos aquí con él…
-Para apoyarle. –Terminó Foreman.
-¡Que bonito! Ahora sólo
falta que digáis que me queréis y no podéis vivir sin mí –Dijo
el jefe de diagnóstico, haciendo un pucherito y limpiándose una
lágrima imaginaria. Se sentó sobre la cama y les miró uno por uno.
No entendía qué demonios hacían allí, por qué su imaginación
les había traído hasta aquel recóndito lugar donde había decidido
esconderse del mundo y de sí mismo, pero sus únicas charlas al día
se reducían a su terapeuta (siempre y cuando ésta conseguía
sacarle algo más que monosílabos y gruñidos y algún que otro
piropo a sus piernas) y a alguno de los locos más cuerdos de su
pabellón.
Así que aprovecharía ahora que recibía una visita…
aunque fuera dentro de su propia mente. Bueno, tal vez así
consiguiera olvidarse un poco del insoportable calor de junio.
-Está bien, ya que estáis aquí, aprovecharemos la "visita". Chicos, que mal anfitrión soy que no os doy la bienvenida a mi humilde y loca morada y siento no poder ofreceros ni wisky ni ginebra, ni siquiera un traguito de agua porque la acabo de escupir, pero Trece y Foreman pueden ponerse cómodos en la moqueta, ya que el enano adúltero ha decidido monopolizar la única silla. –Taub le respondió rodando los ojos. –Y bien, mis queridos pupilos, ¿habéis dejado de ser unos inútiles en mi ausencia y al fin habéis resuelto casos o habéis venido a verme porque no sois capaces de manejaros solitos?
-No te necesitamos para resolver los casos y lo sabes. Ya lo hemos hecho sin ti. –Pese a que sabía que era él mismo quien preguntaba y respondía, no pudo evitar que los dardos envenenados que le lanzaba aquel Foreman irreal, le hirieran en lo más profundo, porque en el fondo, ser admirado por su intelecto era lo único que esperaba de los demás.
-¿Entonces qué coño hacéis aquí? Si no venís a pedirme ideas para salvar a un paciente no sé a qué habéis venido, por si no lo sabéis, estoy muy ocupado contando las sombras de mi habitación y hablando con el fantasma de Zorra Implacable… cuando se digna a aparecer.
-Estamos aquí porque te sientes solo, porque sabes tan bien como nosotros que nos aprecias e ir cada mañana al hospital te hace sentirte menos miserable en tu solitaria y amargada vida. Los pequeños momentos con nosotros, son una de las pocas cosas buenas de tu día a día. Somos los únicos que te aguantamos, te admiramos… y te apreciamos –La joven doctora dio unos pasos y se sentó junto a él, esperando alguna reacción de su jefe.
-Mi propia mente me psicoanaliza en forma de lesbiana moribunda… cojonudo. –Repuso con amargura, cerrando los ojos y masajeándose las sienes. Empezaba a dolerle la cabeza y lo peor es que sabía que no había hecho más que comenzar, para terminar convirtiéndose en un dolor totalmente insoportable, que ni siquiera las pastillas conseguirían calmar.
-No. Tu mente sólo te muestra lo que te escondes a ti mismo. Aquello que temes aceptar. Acepta que en el fondo somos tus amigos… que nos necesitas…
-¡Todo lo que dice es mentira y lo sabes! –Abrió los ojos de golpe y entonces la vio. Otra vez estaba allí. Con su mirada burlona y su gesto de superioridad. La odiaba, más de lo que alguna vez había podido odiar a alguien y no sólo porque en vida le hubiera robado a su mejor amigo, sino porque le decía a la cara aquello que en la profundidad de su mente pensaba pero no se atrevía a plantearse siquiera. –Están aquí porque quieren regodearse en tu miseria. En el fondo siempre han esperado verte así, acabado y hundido, Greg.
La sonrisa de Amber se ensanchaba aun más y él sentía que su cabeza estallaría de un momento a otro. Su fantasma imaginario era el diablo en persona y sacaba lo peor de sí mismo, el demonio que llevaba escondido en lo más profundo de su cerebro… aquello que ni a él le gustaba.
-Pobrecito House. –Ahora su diabólica alucinación
había ocupado el lugar que instantes antes ocupaba Trece a su lado y
le susurraba al oído. Paseó la mirada por la pequeña habitación,
intentando sin éxito suplicar ayuda a sus patitos, pero éstos
habían huido sin que él se diera cuenta… ¡Cobardes! –Llevas un
mes aquí y tu vida sigue siendo un asco, no ha cambiado en lo más
mínimo. Sigues alucinando y enganchado, posiblemente te hayas
quedado sin trabajo, Wilson se dedica a regalarte libros que tiras a
la basura sin leer porque te parecen un tostón y tu amorcito ni
siquiera viene a verte. Y para colmo tus patitos disfrutan viendo lo
bajo que has caído. Lo único que esperan es ver como tu mente va
muriendo poco a poco, como entras en una espiral de locura de la que
sabes que nunca escaparás… Son todos como buitres: Foreman ansía
desesperadamente tu puesto y deja que Cuddy no se lo haya ofrecido
ya. Trece espera que le dejes el camino libre con la jefa y Taub…
el enano saltarín es feliz simplemente viendo como te equivocas…
-¡Se acabó! Ya no lo aguantaba más. No soportaba su voz chillona,
ni sus disparos directos a hacer sangrar su corazón. Lo peor es que
sabía que por mucho que intentara ignorarla, ella estaría allí.
Siempre estaba allí para hacerle ver lo miserable que era.
Abrió
la mesita de noche, rebuscó entre sus viejos calcetines y de uno de
ellos sacó un par de somníferos que había conseguido robar de la
enfermería. Tomó dos y se recostó, dispuesto a acabar con las
alucinaciones y a descansar su alma, al menos por unas horas.
Horas después
Le despertó un leve ruidito, como del repique de unas uñas contra la madera. Por unos instantes creyó que aun estaba soñando, pero cuando se hizo más intenso despertó y abrió los ojos, dispuesto a encontrarse la mueca burlona de su diabólico alter ego, pero la imagen que vio le dejó completamente estupefacto y aceleró su corazón a un ritmo frenético.
Estaba sentada sobre el escritorio, llevaba un vestido verde agua que resaltaba sus hermosos ojos y el cabello semirecogido con varios mechones cayendo en su cara. House no recordaba haberla visto nunca tan guapa, ni siquiera con diecinueve años en su fiesta de graduación donde la noche se convirtió en despedida, ni en aquel cumpleaños donde le dio un beso que sabía a tarta de chocolate, ni la primera vez que le hizo el amor en el frío depósito de cadáveres donde el profesor Carter les había recluido después de que interrumpieran por enésima vez con sus murmullos, su aburrida lección sobre hipotiroidismo.
Y nuevamente, Greg House maldijo su suerte y su desgracia. Y se sintió miserable y afortunado al mismo tiempo.
-¿Qué haces aquí? –Susurró con cierto temor, aunque ya conocía la respuesta. Cuddy sonrió, pensando que ya había hecho eso demasiadas veces.
-Verte dormir. Nunca te lo he dicho pero me gusta, cuando duermes es el único momento en el que parece que tienes paz. –El médico suspiró y se inclinó, sentándose en la cama y sin atreverse a mirarla. Ni siquiera siendo una alucinación se atrevía a perderse en la profundidad de sus ojos, después de saber que aquella noche feliz no ocurrió realmente.
-Aun no has venido a visitarme. –Fue un susurro que no pretendió que sonara a reproche, pero ella debió entenderlo así porque bajó la mirada, avergonzada, hasta sus manos, que se movían nerviosas en su falda. –Wilson viene todos los fines de semana, en realidad no sé a qué porque lo único que hace es traerme libros de autoayuda y novelitas ñoñas de esas que le hacen llorar y le ponen cara de capullo, me habla de sus pacientes y de mis patitos y se inventa alguna excusa barata para justificar que no hayas venido aun… a este paso se le va a terminar el repertorio, ya sabes que se le da mal mentir y yo siempre le pillo.
-Sabes de sobra porqué no vengo. –Por primera vez se atrevió a verla a los ojos y se perdió en ellos. Su mirada era limpia, cristalina como el mar en días cálidos, pero con un deje de tristeza asomando… odiaba verla triste y más cuando sabía que él era el único responsable.
-¿Entonces por qué estás aquí ahora? –Ella sonrió, mientras jugueteaba con los pliegues de su vestido.
-Esa respuesta también la conoces.
El doctor agachó la mirada,
incapaz de sostener sus ojos por más tiempo y se planteó cómo
hacerle una pregunta que llevaba demasiadas semanas rondando su
cabeza. Era un poco estúpido porque aquello no estaba ocurriendo y
él lo sabía. Cuddy no estaba allí, junto a él, mirándole con
ojos de amor, al igual que no acababa de decirle te quiero sin
emplear esas palabras exactas. Pero no podía evitar sentir su
presencia como si fuera real, de hecho podía percibir su olor a
almendras y vainilla y oír el ritmo pausado y tranquilo de su
respiración… no estaba allí físicamente, pero sí en espíritu y
eso tal vez era lo más importante.
Tragó saliva con nerviosismo
y al fin se atrevió a preguntar:
-¿Wilson te lo ha contado? –La doctora exhaló un suspiro tan débil que él apenas percibió.
-¿Tú qué crees? –De nuevo se atrevió a mirarla y sus ojos le hicieron ver que no había hecho falta que Wilson se fuera de la lengua porque ella ya lo sabía. En el fondo siempre lo había sabido, siempre había conocido lo que pensaba y sentía y eso le hizo sentirse totalmente desnudo y vulnerable. –Me gustó saber que habías alucinado que hacíamos el amor. –Se sorprendió al escuchar su revelación y su corazón comenzó a galopar velozmente por una emoción que difícilmente podía contener… y pensar que todo era maravilloso en aquel mundo irreal que había construido…
-A mí me hubiera gustado más que ocurriera realmente. –La decana guardó silencio unos instantes, esperando encontrar las palabras adecuadas, para aquel House que cada vez la sorprendía más.
-Sabes que algún día ocurrirá… más tarde o más temprano, pero pasará porque ambos lo deseamos.
House sonrió forzadamente, revelando la amargura y felicidad que al mismo tiempo le embargaba. Era todo tan difícil, tan tremendamente complicado… cubrió sus ojos con sus manos, para ocultar una lágrima rebelde que se había escapado del dique que la contenía.
-Quiero… quiero que esto acabe. Quiero salir de aquí, que mi cabeza deje de estallarme, ser capaz de distinguir la realidad de la ficción, quiero dejar de alucinar con todos… especialmente contigo.
-Creía que tus alucinaciones conmigo te hacían feliz –Repuso Lisa, desconcertada ante su declaración.
-Es la felicidad de los tontos, que son felices porque no se dan cuenta de lo que ocurre fuera de su mundo. Así son mis alucinaciones contigo. Irreales y efímeras. Cuando despierto no estás y todo duele más. –Ella se bajó de la mesa y dio unos pasos hacia él. Se agachó a sus pies y le acarició la áspera barbilla, poblada de una densa barba. House cerró los ojos al notar el roce de sus manos y suspiró profundamente, deseando permanecer así por mucho tiempo… ¿por toda la eternidad tal vez? -¿Por qué no les pides una cuchilla y te afeitas?
-¿No te gusta mi atractivo salvaje? –Cuddy sofocó una risita y siguió paseando sus manos por su rostro, hasta que sus dedos tocaron sus labios en una caricia perpetua.
-Me gustas más siendo tú… y así no lo eres. Esta no es más que la imagen de la dejadez y del desánimo. –Tragó saliva con dificultad, evidenciando lo duro que era para ella ese momento. –Quiero de vuelta al Gregory House de siempre.
-¿Al House gruñón y yonki que pasa de tus órdenes y de tu título de decana y te mira el culo a todas horas? Creía que querías que me convirtiera en una especie de Doug. –La decana sonrió al ver que su mejor médico no había cambiado demasiado y aclaró la voz antes de decirle algo que llevaba guardando demasiado tiempo:
-Yo no quiero que te conviertas en nadie. Me gustas como eres y por lo que eres… sólo quiero que dejes de destruirte. –El médico abrió los ojos y la miró, agradeciéndole en silencio que hubiera dicho aquello que siempre había querido oír. –Tengo que irme. –dijo ella, mientras se levantaba y él comenzaba a notar el vacío de su ausencia. -Mañana empiezan de nuevo tus sesiones con "la piernas" y no quiero que estés cansado.
-¿Celosa? –preguntó cuando comenzaba a alejarse, obligándola a volverse.
-¿Debo estarlo? –El doctor hizo amago de pensarlo durante unos segundos, exasperando aun más a la decana.
-Mmm tiene unas piernas de infarto… pero prefiero tus gemelas. Ya sabes que tengo fijación por ellas. Además, creo que ella se entendería mejor con Trece que conmigo. –Lisa se agachó y depositó un beso en su mejilla, prolongando el contacto unos segundos más de lo permitido. Un beso que sabía a promesa de un pronto regreso.
-Volveré pronto. Ya sabes que sólo tienes que echarme de menos para traerme de vuelta.
-Ojalá pudiera traerte de verdad. –Pensó en voz alta, con más tristeza de la que pretendió.
-Ojalá… pero piensa que te espero fuera... ¡Ah! Y no hace falta que les pidas una cuchilla, ya te afeitaré yo cuando salgas. –Y se fue como había llegado. Y él sintió que si la felicidad era algo parecido a lo que sentía en ese momento, tal vez no quisiera rehabilitarse nunca. En su mente se atrevía a hacer y decir todo lo que no hacía o decía en la realidad. Podía decirle a Cuddy te quiero, sin temor y sin reservas, podía sentirla más cerca que nunca de sí mismo, pero sobre todo, podía acariciar entre sus manos un sentimiento que siempre se le había escapado, porque en la mayoría de las ocasiones, él mismo lo había dejado ir.
Miró el reloj de la mesita, que marcaba las 4 de la madrugada y se recostó en la cama con sus labios portando una sonrisa. Puede que estuviera totalmente loco, que la Cuddy real no pensara lo que le había dicho su gemela imaginaria, pero aquella visita, aun a sabiendas de que había sido elaborada por su desdichada mente, le habían hecho un poco más feliz.
Continuará
