Muchas gracias a todos por vuestras reviews, espero que esta tercera parte os guste tanto como las anteriores.
Antes de leer:
Bobby es el alter ego de Luisma (de Aida), Luisma me parece un gran personaje y no se por qué siempre he querido verlo interactuando con House, así que cuando leáis el capítulo, ponedle a Bobby la cara de Luisma y entenderéis ciertas frases XDD
DREAMER III
Son veinte años nuestros
Son más de mil
secretos
Y mi pequeña historia, mi relato
Que están en tu
retrato
Me dice que me quiere
Tu retrato
Tu retrato -Cecilia
Vio su imagen reflejada en el cristal de la puerta y su retrato le causó escalofríos.
No se había mirado a un espejo desde que entró en la clínica, casi por miedo a ver la locura asomando en sus ojos, y ahora que veía aquella barba de dos semanas, su rostro demacrado y las largas ojeras que le habían dejado como huella el insomnio y las pesadillas, tenía la sensación de que había envejecido diez años de golpe y eso le estremeció, no tanto por el aspecto físico sino por lo que eso evidenciaba: lo duro que estaba resultando aquel viaje a su interior.
Nunca pensó
que sería tan duro, de hecho cuando se planteó ingresar en el
centro, lo hizo más bien presionado por el shock emocional que
supuso para él ser consciente de que su felicidad no era más que
producto de su imaginación. Pero ahora que estaba allí, encerrado,
conviviendo con su propia locura más que con la locura ajena,
recibiendo visitas de Wilson a cuentagotas y sin poder verla a ella,
todo resultaba tremendamente difícil. Lo peor es que ni siquiera
estaba poniendo voluntad para curarse y lo sabía.
Pero ¿qué
podía hacer si siempre había sido un cobarde? Prefería encerrarse
en sí mismo y auto compadecerse, antes que sacar afuera sus demonios
delante de una extraña.
Por muy buena que estuviese la extraña
en cuestión.
Se paró frente a la puerta del despacho de "la piernas" y por un instante dudó entre llamar o largarse de allí y volver a su encierro auto impuesto en su impoluta habitación, pero por alguna extraña razón, sus piernas y su cerebro no estaban coordinados y se mantuvo allí, frente a la puerta y sin atreverse a llamar, pensando en hallar la mejor manera para perder el tiempo sin entrar.
Miró el reloj de la pared y sonrío.
Eran más de
las once de la mañana y a esas horas su querida jefa estaría
corriendo tras él por los pasillos, gritándole por llegar tarde y
eso llevó a su mente a volar junto a ella, planteándose qué
estaría haciendo en ese momento.
La imaginaba tal y como la veía
muchas veces a través del cristal de su puerta sin que ella supiera
que estaba ahí. A veces su bastón empujaba la puerta sin llamar, se
sentaba en una de las incómodas sillas sin que le invitasen a
hacerlo, le decía cualquier tontería que la hiciera sonreír o
enfadar y se iba de vuelta a su despacho, un poquito más feliz.
Otras veces se conformaba solo con mirarla desde el mostrador cuando
Brenda se agachaba a recoger los papeles que él mismo tiraba con el
fin único de no ser pillado en su observación.
La observaba
mientras leía pensativa los papeles y mordisqueaba el boli que un
admirador secreto le dejó como regalo de cumpleaños, años atrás.
A veces un mechón rebelde se escapaba y sus dedos corrían a ponerlo
en su sitio, otras, soltaba el boli y jugueteaba con el elástico,
mientras decidía si firmar o no, si cambiar la junta para el
miércoles o dejarla para el jueves, si despedirle o seguir
manteniéndole en su puesto… y ahora, mientras recordaba aquellos
pequeños momentos, pensó en lo mucho que le gustaría estar de
nuevo allí, desde el mostrador, observándola en silencio mientras
ella ignoraba su presencia…
-Eh… tienes que decir "ábrete sésamo". –Se dio la vuelta cabreado, dispuesto a partirle el bastón en la cabeza al pirado que se había atrevido a sacarle de su ensoñación… pero era Bobby y eso le hizo relajarse. Bobby era su antiguo compañero de habitación, un chaval con pocas luces, adicto a los porros y demás sustancias estupefacientes, pero buena gente y en el fondo, solía divertirle con sus ocurrencias, a veces más de niño de parvulario que del adulto que en realidad era.
-¿Perdona?
-Sí tío, si quieres que la puerta se abra, tienes que decir las palabras mágicas… aysss y luego dicen que el tonto soy yo.
-Bobby, no subestimes el poder de mi mente, la puerta se abrirá, sólo tengo que mirarla fijamente y mis poderes telequinésicos harán todo el trabajo…
-¿En serio? –Preguntó Bobby, sorprendido como un niño de cinco años ante la pirueta de un equilibrista de circo. House asintió y miró fijamente la puerta, totalmente concentrado… en intentar no reírse. ¡Pobre Bobby, cómo le había dejado el consumo de drogas! Su mirada se mantenía fija en la puerta del despacho de su terapeuta, mientras su bastón, se desplazaba sigilosamente hacia ella, para intentar abrirla de un empujoncito, cuando el pomo comenzó a girar y se abrió.
-¿Viste? –Se giró hacia Bobby, que le miraba con la boca abierta y los ojos como platos, mientras el médico, en silencio agradecía la tremenda casualidad de que la doctora abriese la puerta justo en aquel instante de máxima "concentración".
-¡Waaaa! ¡Tio eres un mago! ¡Un mago! –Gritó Bobby, llevándose las manos a la cara y riendo sin parar. -¿Oye tu podrías convertirme en rana? Para que así cuando me vea la enfermera Molly piense que me puedo convertir en un príncipe y me bese… y yo le meta la lengua hasta la campanilla… y lo que no es la lengua –House rodó los ojos.
-Naaa mejor te convierto en Superman, para que te la lleves volando.
-¡Siiiiii! ¡En Superman yuhuuuu! –Acto seguido, Bobby extendió los brazos y simulando volar, corrió a la sala común a gritar al grupo que pronto sería el super héroe.
House se volvió hacia Caroline, que le miraba extrañada y con algo de enfado también.
-Estaba a punto de salir a buscarle, Gregory, llega tarde a la sesión. –El doctor no pudo evitar esbozar una sonrisa, evocando el recuerdo que instantes antes le había perseguido. Ella también le regañaba por la tardanza.
Sólo que Caroline no
era ella.
La psiquiatra entró en el despacho y él la siguió,
acomodándose instantes después en el mullido sofá. Le gustaba
aquella habitación. El color azul cielo de las paredes contrastaba
con el blanco inmaculado del resto del hospital y contenía montones
de diplomas que revelaban que "la piernas era todo un cerebrito";
el cómodo sofá era la envidia de los sillones de las salas comunes
y aquella enorme mesa de roble le traía a la memoria cierto regalo
envuelto en nostalgia y recuerdos que hizo meses atrás y del que
nunca habló con la destinataria.
La doctora Caroline Gable tomó
su informe y se sentó frente a él. Su cruce de piernas nuevamente
le hizo perder la concentración durante unos instantes. Estaba
demasiado buena para ser una psiquiatra, pues podía llevar a la
locura a más de un paciente.
-Bueno Gregory, ¿qué tenemos hoy? –Preguntó sacándole de sus pensamientos pecaminosos con ella, mientras anotaba la fecha de la sesión y escribía algunas observaciones que, sin gafas, House no podía leer desde su posición.
-Tú unas piernas de infarto y yo a mi amiguito animado. –La doctora sonrió forzadamente, revelando lo mucho que empezaban ya a cansarle sus comentarios subidos de tono y sobre todo su falta de cooperación.
-¿Parece que nos hemos levantado hoy contentos, no?
-Psss –Contestó, encogiéndose de hombros y jugueteando con su bastón.
-¿Se puede saber a qué se debe su buen humor? –El médico sonrió con nostalgia. La noche anterior le había dejado un buen sabor de boca, aquella visita irreal fue más curativa que tres semanas de terapia y había llegado a plantearse seriamente pedirle a sus médicos que le encerraran con Cuddy en su habitación y tiraran la llave al mar.
Sí, definitivamente esa sería la mejor manera de curarse.
-Digamos que he tenido un buen sueño.
-¡Genial! Me alegra que hoy empiece el día con energía, a ver si así conseguimos avanzar algo más, que de los monosílabos, los gruñidos y los piropos a mis piernas, no hemos pasado.
-¡¡Eh!! no tengo la culpa de que esas piernas hayan provocado guerras. –Gruñó, haciéndose el ofendido.
-¿Guerras? –Inquirió la doctora, sorprendida, elevando una ceja hasta el infinito.
-Sep, ya sabes, la guerra de servilletas entre Charlie el sucio y Frankie el chupete se debía a una apuesta por la largura de tus piernas. –La doctora soltó una sonora carcajada, que a él mismo sobresaltó, pues no estaba acostumbrado a oírla reír. Carcajada que segundos después transformó en la mueca de seriedad de costumbre. A House le sorprendía sobremanera, como aquella mujer era capaz de pasar de una expresión a otra en cuestión de segundos y casi sin inmutarse.
-Bien, Gregory, ya hemos roto el hielo, ya nos hemos reído, le he dado tiempo para que se acostumbrase al cambio. Le hemos reducido drásticamente el consumo de analgésicos y para hacerle más fácil su estancia aquí hemos cedido a muchas de sus peticiones…
-Aun no me has hecho el streptease que te pedí. –La cortó, provocándole un nuevo resoplido de fastidio. La doctora se levantó de la silla, molesta y se dirigió al equipo de música, en el que estuvo trasteando unos minutos mientras encontraba una emisora de radio que le gustara. Finalmente, una vieja melodía country que a House resultaba tremendamente familiar pero que no lograba recordar, comenzó a sonar. A Caroline pareció gustarle, pues dejó que la canción siguiera sonando y volvió a ocupar la silla para continuar la terapia.
-Se quejaba de su compañero de habitación y le cambiamos, se quejó de su segundo compañero y cedimos a su decisión de estar solo, le hemos proporcionado un televisor para que vea su teleserie y le hemos permitido recibir más visitas de las recomendables… ¿no cree que ya va siendo hora de colaborar? Ingresó aquí con el propósito de curarte y no estáshaciendo nada para lograrlo.
-¿Y quién me asegura que me vayas a curar?
-Nadie, pero al menos puedo intentarlo. Aunque tiene que poner de su parte. –Caroline volvió a realizar alguna de sus anotaciones. "El paciente se niega a colaborar", "no hay propósito de recuperación", "la terapia es inútil"… no podía leerlo desde allí pero estaba convencido de que algo así estaba escribiendo, seguramente estaba empezando a querer tirar la toalla y no la culpaba, de hecho le sorprendía que no lo hubiera hecho ya, porque colaborador no se había mostrado precisamente, más bien todo lo contrario. No se había integrado aun en el grupo de internos ni tenía previsto hacerlo, se negaba a acudir a la terapia de grupo, no quería sesión de hipnosis con el doctor Weiss y las sesiones con "la piernas" resultaban tremendamente infructuosas, debido a su actitud.
-¿Durante cuánto tiempo más piensas
seguir siendo un cobarde y no enfrentarte a tus enemigos? ¿Cuántas
veces te dije que un buen marine se enfrenta con valentía a sus
temores y les mira de frente? –Un escalofrío le recorrió al verle
de nuevo ante él, pues era la primera vez que le veía desde hacía
meses y la última vez que le miró, estaba dentro de una caja de
pino.
Ahora sin embargo, estaba frente a él, mirándole con el
gesto severo que empleaba cuando de niño se negaba a comerse la sopa
y vestido con su uniforme de gala repleto de galones y medallas con
las que había sido condecorado por su dedicación al ejército. Sin
duda, si algo había sido esencial en la vida de John House había
sido su profesión. Y sus ojos, aquellos ojos que no eran el reflejo
de los suyos, le miraban con el mismo reproche de siempre, sólo que
esta vez, sabía que su padre llevaba razón.
-¿Con la misma
valentía con la que tú te enfrentaste a mí? –Replicó en voz
alta y sin pensar y ahora no sólo tenía ante él la imagen muda de
su padre muerto, sino también la mirada extrañada de su terapeuta,
que se acercaba a él entre preocupada y esperanzada por obtener
algún avance.
-¿Gregory? ¿Es ella? ¿La novia de su amigo? –Maldito Wilson. ¿Por qué había tenido que contarles que alucinaba con Amber? Solo esperaba que no se hubiera ido también de la lengua con lo de Cuddy… y sobre todo, esperaba que no se lo hubiera contado a ella o no podría volver a mirarla a la cara sin sentirse desnudo y vulnerable.
-No. Es el hijo de puta que me dio el apellido. –Escupió las palabras una a una, quedándole en la boca un regusto amargo, mientras clavaba sus ojos en aquel viejo marine muerto contra el que ya no cabía venganza alguna.
-¿Su padre?
-Por desgracia –Murmuró con un hilo de voz.
-No le contarás nada porque sigues siendo un cobarde, lo has sido toda tu vida. Siempre tuviste miedo de enfrentarte a la verdad. Ya eras un cobarde desde niño, ¿o no recuerdas aquella vez que te escondiste en el armario? Llorabas como una niña…
Y de repente la
imagen apareció ante él, como un canal de televisión emitiendo una
vieja película en blanco y negro. Sólo que la película no tenía
el final feliz tan ansiado.
Tal y como las piezas de un puzzle
encajan una a una, los retazos de aquella noche se sucedían uno tras
otro, encajando y dando forma a aquel rompecabezas que él ni
siquiera había podido recordar hasta ahora.
-¿Gregory? ¿Qué ve? ¿Es su padre? –La voz de Caroline se mezclaba con su propio llanto infantil, con los gritos de su padre y la voz entrecortada de su madre, con aquella vieja melodía country que había despertado el recuerdo dormido durante más de cuarenta años.
-No… no… soy yo… soy yo…
Nuevamente le habían despertado
los gritos. Últimamente las peleas se sucedían más a menudo que de
costumbre y al pequeño Greg comenzaba a inquietarle que sus padres
también se divorciaran como habían hecho los padres de Colin. A sus
apenas cinco años la idea de que papá o mamá se marcharan de casa
le asustaban.
Sacó la cabeza de entre la colcha y sus enormes
ojos azules se dirigieron a la puerta entreabierta, por donde se
colaban las discusiones. Se destapó por completo y bajó de la cama,
dispuesto a ir a la habitación donde estaba teniendo lugar la
batalla campal. Tal vez si les pedía que dejaran de discutir, lo
hicieran. Aunque seguramente sólo obtendría algún grito de su
padre, que le mandaría encerrarse en su habitación y pasaría el
resto de la noche oyendo reproches y luchando para que las lágrimas
no escaparan de sus infantiles ojos.
Los marines nunca
lloran.
Salió de la habitación y se dirigió a la de sus
padres. Sus pies descalzos dejaban pequeñas huellas en el pasillo de
parquet, que luego le servirían de guía para regresar, como a
Hansel y Gretel.
Una melodía country que provenía de la pequeña
radio que su madre dejaba encendida toda la noche para ahuyentar a
los ladrones, llegaba hasta él a través del hueco de la
escalera.
Siguió el camino, acercándose cada vez más a su
destino y finalmente se detuvo tras la puerta, casi sin atreverse a
llamar.
-¡No me hagas esto, John! ¡No se si podré soportarlo!
–Los llantos de su madre le daban ganas de llorar a él también.
Mamá es siempre la diosa de todo niño y para él, su madre era el
hada que se escapaba de los cuentos para dejarle caramelos bajo la
almohada y zurcir los calcetines que rompía cada vez que jugaba al
futbol.
Mamá era una heroína y si lloraba, él lloraba también.
A veces odiaba a su padre por ponerla triste, por gritarle y decirle
cosas horribles. Tal y como hacía con él.
-¡¿Qué no te haga esto?! ¿Y lo que me has hecho tú a mí? ¿Cómo quieres que me sienta, Blythe? ¡Llevo años aguantando, callando, haciendo que nunca pasó nada, que aun no pasa nada pero no puedo más! ¡Esto es demasiado para mí! –Un golpe resonó, asustándole. Su padre habría vuelto a tirar al suelo la lámpara que siempre golpeaba para evitar pagar su rabia con su esposa.
-Te he pedido perdón miles de veces, sabes que aquello terminó, ¿no puedes hacer borrón y cuenta nueva? ¿Olvidarlo como hice yo?
-¡Como demonios quieres que lo olvide si cada día me cruzo con tu bastardo en mi propia casa! –Un silencio sepulcral se instaló en la habitación, silencio que al pequeño asustó. Se sentó en el suelo, cruzando las piernas y pegando el oído a la puerta, para intentar oír algo más de lo que estaba ocurriendo.
-Entonces no hay otra solución, ¿verdad? –La voz entrecortada de su madre le hizo saber que las lágrimas inundaban sus ojos.
-No. No quiero aquí a tu hijo.
O Greg se marcha o nos divorciamos. No pienso seguir viéndole cada
día. No le quiero aquí. –Sus ojos de niño pillo y aventurero se
tornaron acuosos. ¿Por qué su padre no le quería en casa? ¿Y
dónde pensaba enviarle? ¿Le mandarían a vivir a la calle como los
vagabundos que le pedían a su madre unas monedas para un cartón de
vino a la entrada del supermercado? ¿O tal vez le mandarían con la
tía Julia?
No quería ir a casa de la tía Julia, el primo Oscar
era un niño gordo y malcriado que siempre se adueñaba de sus
juguetes y acababa rompiéndolos. No quería marcharse de su casa,
abandonar su habitación y su colección de sellos de dinosaurios, no
quería cambiar de colegio, ni dejar de desayunar las tortitas de
mamá. Y sobre todo no quería separarse de su familia.
Pero papá
le quería fuera de casa. Y ni siquiera sabía por qué. ¿Habría
hecho algo malo? ¿Era quizás porque se habían enterado que él y
Kevin Hammilton habían tirado el examen de dibujo adrede para verle
las bragas a la señorita Kensington? ¿O tal vez no le quería
porque no era lo suficientemente bueno tocando el piano? Sí era por
eso, podía intentar mejorar. Sí, podría cambiar, le pediría a la
señora Neville que le diera más clases particulares, tocaría día
y noche y mejoraría, sería el mejor pianista del mundo y su padre
se sentiría orgulloso y le querría.
Se levantó, alejándose de
la puerta y corrió escaleras abajo, para esconderse en el viejo
armario donde mamá guardaba la ropa blanca. Allí no le encontrarían
y ese sería su escondite hasta que fuese un gran pianista. Sólo
cuando lograse ser el número uno saldría y así papá no le echaría
de casa.
Le despertaron unas voces que gritaban su nombre casi
con desesperación. Agudizó el oído y cuando despertó por completo
pudo comprobar que las voces correspondían a sus padres. Una sábana
se había deslizado silenciosa del estante y le cubría casi todo el
cuerpo. Por un instante pensó en permanecer así, oculto tras la
sábana y tras la puerta del armario, para que nunca dieran con él y
así no tener que irse de casa.
Pero los pasos se detuvieron tras
la puerta y el pequeño Greg contuvo el aliento cuando el pomo
comenzó a girar.
Unas manos enormes le retiraron la sábana que
le cubría y le mostraron los ojos de su padre, que le miraba con
algo muy parecido al alivio. Padre e hijo mantuvieron la mirada unos
instantes, ignorando el llanto de Blythe, que reñía a su hijo por
haberse escondido y haberles dado un susto de muerte.
-¿Qué es un bastardo, papá?-Preguntó con una inocencia de la que poco a poco comenzaba a desprenderse. Quería saber el significado de aquella palabra que muchas veces escuchaba en cada pelea. John volvió la vista hacia Blythe, que le miraba con el aliento contenido. El marine se agachó frente a su hijo, al que en el fondo quería más de lo pensaba.
-Algo horrible, que destroza la vida de quienes tiene a su alrededor. –El niño arrugó la frente, en un gesto que evidenciaba lo difícil que le resultaba entender las palabras de su padre.
-¿Dónde me voy a ir? –Preguntó, temiendo que ya hubieran preparado su maleta y que se hubieran olvidado de guardar su camión de piezas. John le revolvió el pelo y le tendió la mano para ayudarle a levantarse.
-Al colegio. Pero dentro de unas horas, aun es temprano. Duerme un rato más. –El pequeño Greg se soltó de su mano, pasó junto a su madre que respiraba aliviada y comenzó a subir las escaleras de dos en dos, feliz por continuar en casa.
No volvieron a despertarle los gritos ni las peleas entre sus padres. Los marines siguieron sin llorar, él siguió esforzándose por ser un gran pianista, por ser el mejor en todo, un auténtico genio y lograr ser el orgullo de sus padres, aunque no con demasiado éxito. Pero la palabra bastardo no volvió a escucharse bajo el techo de los House. Mamá dejó de llorar por las noches y él durmió feliz, soñando con casas hechas de tejados de caramelo y ventanas de gominolas.
-¡Gregory! ¡Greory! –Caroline le tiraba del brazo y le miraba preocupada. Sentía los ojos humedecidos y una agradable sensación en su mano derecha. Una suave caricia que comenzaba en su muñeca, hacia círculos en la palma de la mano y continuaba hasta entrelazar sus dedos. Cerró los ojos, respirando profundamente y llenándose de su aroma.
Ella estaba allí. De nuevo, junto a él. Sentada a su lado en el inmenso sofá del despacho de la terapeuta y sosteniendo su mano.
-Gregory,
¿se encuentra bien? –Caroline sacudía su brazo, intentando llamar
su atención, pero él sólo podía concentrarse en los ojos de su
jefa y en intentar desterrar de su mente el recuerdo que había
surgido instantes atrás.
Tenía razón su padre, en el fondo era
un cobarde. Lo fue desde niño, pues ya desde los cinco años supo
que no era un verdadero House, que no le correspondía el apellido
que llevaba, pero su mente infantil batalló hasta ganar la guerra y
mandar aquella noche al rincón del olvido. Y ahora volvía de nuevo,
para hacerle ver lo gallina que era… pero también para recordar
que en el fondo, John House le quiso, más incluso de lo que él
mismo admitía.
Asintió para tranquilizar a su terapeuta, quien se volvió a llenar un vaso de agua que él rechazó.
-Greg… cuéntaselo. –Hacía mucho que no la escuchaba llamarle por su nombre y el simple sonido de aquellas cuatro letras saliendo de sus labios le estremeció. Bajó la mirada hasta sus manos, que permanecían entrelazadas y sintió como ella le daba un pequeño apretón a los dedos que le sostenían, animándole a hablar.
-Mi… mi padre y yo no nos llevábamos muy bien. –Dijo finalmente.
-¿Cómo de difícil era su relación? –Preguntó Caroline, volviendo a sentarse frente a él. El doctor tragó saliva con dificultad y un nuevo apretón le instó a continuar. Puede que Lisa Cuddy no estuviera allí realmente, pero aquella imagen de fantasía le estaba ayudando más de lo que le había ayudado nunca cualquier persona, medicamento o terapia. Lisa Cuddy era su mejor medicina. En la fantasía y en la realidad.
-Yo no era su hijo y… creo que él siempre lo supo.
-Vaya. Es una situación complicada. ¿Cuándo lo supo usted?
-Siempre lo supe. Desde niño…
-Supongo que eso marcó su infancia y su vida.
-No me marcó, sólo hizo que mi relación con mi familia fuera difícil.
-Gregory, una situación como esa, normalmente suele marcar la vida de quienes la viven. Puede que usted no sea consciente de ello, pero hay una alta probabilidad de que muchos de sus actos en la vida, hayan estado condicionados por esa circunstancia. Muchos de los traumas que sufrimos de niños, los reproducimos siendo adultos. La infancia es la etapa donde empezamos a formarnos, tanto física como psíquica y emocionalmente y si en ese momento tan trascendental ocurre un hecho que desmorona nuestro mundo, es muy probable que aun se mantenga siendo adulto. Aunque hayan pasado más de cuarenta años.
-Sabes que tiene razón, Greg. Escúchala. –Le dieron unas
ganas enormes de besarla. De besarla como aquella noche en la que le
arrebataron la niña que pensó que podía llenar su vida. Besarla
como aquella primera vez que sus labios se juntaron cuando le robó
un beso en la biblioteca. Besarla como la había besado en sus
alucinaciones…
Bajó la mirada hasta sus dedos entrelazados y
jugueteó con su pulgar, deseando poder hacerlo también en la
realidad… algún día.
-Creo… creo que en el fondo él me quería, me consideraba su hijo aunque no pudiera aceptar que su mujer le hubiera engañado.
-Es muy posible que desarrollara cariño hacia usted, a fin de cuentas era su hijo a todos los efectos. Pero eso no quita para que aquella situación cambiase para usted ciertos parámetros que todos consideramos normales. Normalmente asociamos el concepto de familia con sinónimo de felicidad, seguridad, bienestar. En su caso, es posible que su infancia le hiciera desarrollar un sentimiento de hostilidad hacia la familia, la estabilidad sentimental…
-Ehhh que tuve novia durante años.
-Sí, pero nunca se ha casado, no ha tenido hijos. Posiblemente no lo ha hecho, al margen de las circunstancias, porque en el fondo teme reproducir su infancia, teme ser como sus padres. Dígame, ¿nunca se ha planteado formar un hogar? ¿Tener una familia propia? –Contuvo el aliento unos instantes, temiendo por unos instantes que "la piernas" tuviera rayos X que viesen a través de él. Movió su mano, buscando el contacto que había dejado de sentir pero al no notar más que el vacío de la ausencia, se asustó y la buscó con la mirada… ella se había ido.
-No… -Respondió en un susurro tan imperceptible que no creyó siquiera que hubiese salido sonido alguno de su boca. Y nuevamente se convenció de que era un cobarde… por no haber respondido la verdad.
Continuará
