DREAMER IV
Dicen que cuando conoces al amor de tu vida el tiempo se detiene. Y es verdad, lo que no dicen es que cuando se vuelve a poner en marcha, lo hace aún más rápido para recuperar lo perdido.
Big Fish
-¡En la granja de mi tío ia ia io! ¡Hay diez vacas que hacen muuu ia ia ioooo! –Metió la cabeza bajo la almohada y la apretó con fuerza, rezando para que la presión taponara sus oídos de tal forma que no pudiera escuchar la cantarina voz de su contrincante en aquella lucha entre locura y cordura que llevaba librando desde hacía meses.
No podía soportarlo más, estaba al límite de sus fuerzas y de perder la poca capacidad de raciocinio que todavía conservaba. Sentía los ojos llorosos debido al cansancio y la profunda tristeza y desesperación que lo embargaba, casi no podía respirar pues el oxigeno entraba con dificultad por sus fosas nasales y sus manos temblaban, aunque no sabría decir si era por la voz de aquella víbora fantasmal o por la terrible sensación de fatiga que llevaba acumulada.
Llevaba
tres días sin pegar ojo.
Tres días con sus tres largas noches.
No podía dormir en ningún momento del día, ni durante la mañana, ni durante la tarde y muchísimo menos por la noche. Y no por falta de ganas o de intento. Se tumbaba en la cama a cualquier hora, incluso llevaba dos días sin salir de su habitación y negándose a recibir terapia, porque sólo quería echarse y descansar, pero aquella maldita conciencia disfrazada de rubia maquiavélica, impedía que sus ojos se cerrasen ni siquiera para pestañear.
Y estaba tan cansado… la extenuación estaba empezando a pasarle factura a su cuerpo, se sentía horrible, mareado, con una prolongada sensación de náusea que llevaba acompañándole desde el día anterior y un dolor insoportable que parecía haberse instalado en su cabeza sin intención de marcharse… pero sobre todo estaba empezando a sentir que se moría por dentro… lenta y agónicamente.
No podía más. Necesitaba que se callara, dejar de alucinar con ella, dejar de escuchar su voz atormentándole con sus malditas verdades, necesitaba que Amber desapareciera de una vez de su vida o nunca podría salir de aquella espiral de locura en la que se había metido.
-Hay diez gatos que hacen miau ia ia ioooo ¡vamos, Greg, canta conmigo! –Dijo, animada, dando unas palmaditas en el escritorio donde estaba sentada. El doctor sacó la cabeza de debajo de la almohada y la miró con rabia, no sólo por lo insoportable de la situación, sino porque había adoptado la misma postura que días atrás adoptó, en una de sus últimas visitas, el único espectro que conseguía proporcionarle paz.
-¡Cállate de una puta vez! –Escupió, deseando haberlo gritado lo suficientemente fuerte como para que los enfermeros de guardia acudieran a llevarle a rastras a la enfermería y le sedaran. Ya le daba igual lo que hicieran con él, no le importaba lo más mínimo los métodos que emplearan si aquello servía para que Amber desapareciera para siempre de su vida. Sedación, electroshock… como si querían realizarle una lobotomía. Tal vez así tuviera suerte y le extirparan también a su acosador fantasma.
-Ohhh ¿no te gusta la canción? Y yo que quería traerte un bonito recuerdo de tu infancia… ¡Oh vaya! Acabo de recordar que tu infancia no tuvo nada de bonita ¿Cómo podría haberlo olvidado?… ¡en la granja de mi tío ia ia iooooo! –Se incorporó, intentando que su mente ignorase aquella canción que ya empezaba a aborrecer y miró hacia la mesita de noche, donde guardaba, oculto dentro de unos calcetines, un pequeño bote de somníferos que Bobby le había conseguido el día anterior. Una de sus manos se acercó al tirador del cajón y se sorprendió al notar el temblor en sus dedos. No podía verse porque no tenía un espejo cerca, pero estaba seguro de que su aspecto era horrible. Estaría demacrado, con los ojos enrojecidos y bajo ellos, largos cercos violáceos dándole un aspecto tétrico, las mejillas hundidas y los labios temblorosos. No podía verse pero podría dibujar su imagen actual y estaba seguro que acertaría.
Con dificultad abrió el cajón, rebuscó en su interior hasta que sus manos sacaron aquel pequeño bote que ahora le parecía el mayor de los tesoros. Casi sin darse tiempo a pensar y a plantearse lo inadecuado de su acción, tomó dos pastillas y las tragó.
Segundos después, sintió a su lado, un peso ligero hundiendo levemente el colchón. Amber había dejado de cantar y se sentaba junto a él en la cama, mientras le pasaba la mano por la mejilla, en un intento de caricia, que él rechazó.
-¿De verdad crees que dos pastillitas de nada me harán desaparecer? Ohh vamos, Greg, te creía más inteligente. Tú sabes tan bien como yo porqué estoy aquí… –Sintió sus labios rozar su oreja y su lengua traviesa acariciarle el lóbulo, tentándole, intentando hacerle perder el poco control que aun tenía.
Volvió a abrir el frasco casi sin pensarlo. Una pastilla más y dormiría… sí, cerraría los ojos y su imagen desaparecería, no volvería a sentir aquella sensación que le excitaba y asqueaba a partes iguales, ni le martillaría su cancioncita y muchísimo menos, tendría que aguantar escuchar lo que no quería oír.
-¿Sabes? Llevas aquí más de mes y medio y
sólo has tenido una visita… el bueno de Jimmy… ¿por qué no
habrá venido tu amorcito? ¿Será que ya te ha sustituido? Ya sabes,
estás aquí, loco, enganchado… ella es guapa y aun joven, seguro
que ha encontrado un médico con la cabeza en su sitio, por el que no
tenga que sacar la cara ante la Junta del Hospital, que no tenga más
adicción que ella, que esté dispuesto a ser el papi de su cubo de
pañales sucios, que camine derecho… -Dos pastillas más. Tragadas
sin necesidad de agua.
Dos somníferos más y dormiría…
soñaría con ella, con aquel beso robado y la primera vez que su voz
adormilada le susurró un te quiero al cual él no respondió por
idiota… la volvería a besar, la desnudaría lentamente sobre el
escritorio de su despacho y rememorarían viejos tiempos mediante el
lenguaje de las caricias… una ingesta más y se embarcaría rumbo
al país de los dulces sueños, donde se alejaría de la pesadilla
que ahora estaba viviendo.
-Aunque pensándolo bien, tal vez no le haya hecho falta encontrar un nuevo médico…- Amber se levantó y comenzó a dar vueltas alrededor de la pequeña habitación, pensativa. -¿No te parece que mi Jimmy y tu Lisa pasan demasiado tiempo juntos? Y me imagino que ahora que estás aquí encerrado se habrán unido más, ya sabes se consolarán mutuamente… ya salieron una vez, ¿no? –Esparció en su mano un nuevo somnífero, convencido de que sería el truco de magia que haría que todo volviese a la normalidad, haría desaparecer a aquella bruja y le permitiría descansar. –Bueno después de todo Jimmy es lo que toda mujer desearía: bueno, cariñoso, comprensivo, leal… ¿te imaginas la pareja tan bonita que harían? Seguro que te piden que seas el padrino de la boda. –Dos. Sólo tenía que tomar dos más y ella se iría… un par de somníferos y se liberaría de la tortura.
-¿Recuerdas la primera vez que nos vimos? –Levantó la mirada y vio a la dueña de sus sueños frente a él. Estaba bellísima, vistiendo aquel vestido azul cielo que llevó en su fiesta de graduación y a la cual él asistió, oculto tras los setos del jardín que rodeaban el patio de festejos de la facultad, porque no quería que ella supiera que pese a los años pasados desde su marcha, todavía seguía añorándola. Recorrió su cuerpo con la mirada, subiendo lentamente hasta detenerse en sus labios, con temor de ir más allá y ver asomando en sus ojos la sombra de la decepción. –Yo lo recuerdo perfectamente. Me volviste loca desde el primer momento… -Se sentó en el suelo junto a él, mientras sujetaba su mano y hacia rodar por el suelo las pastillas que él sostenía. -¿Y recuerdas lo que me dijiste meses después? –House asintió, tembloroso. Con miedo a recordar y que la felicidad del pasado se hundiera al chocar con su asqueroso presente. –Dijiste que yo era la mejor de las drogas porque enganchaba al instante. –El doctor cerró los ojos, rememorando aquel primer encuentro. -No lo hagas, Greg. No sigas tomando esas pastillas, sabes que no debes hacerlo, has tomado demasiadas.
-Las necesito… -Balbuceó con un hilo de voz que ni él mismo reconoció como suya. Miró su mano temblorosa hasta el punto de casi hacer caer el bote de somníferos que ahora se le antojaba demasiado vacío. Ni siquiera había llevado la cuenta de las que había tomado, pero empezaba a notar los primeros síntomas de la intoxicación.
-No, no las necesitas, ingresaste aquí con el propósito de recuperarte, sabes que este no es el camino. –Sintió sus finos dedos rozar su mejilla y cerró los ojos, deseando que aquella caricia le sumiera en un sueño profundo que durara para siempre.
-¡Hay diez patos que hacen cuac ia ia iooo1 –Y de nuevo estaba ahí. La locura que le arrastraba como una ola de mar en plena tormenta para llevarle hasta el fondo e impedirle salir a la superficie. Abrió los ojos y de mala gana se rió de su propia demencia.
Hasta aquel momento, cada vez que la Cuddy de fantasía se aparecía ante él, Amber se marchaba, pero ahora las tenía a las dos. Una arrodillada a sus pies y sosteniendo su mano para evitar que cometiera una locura. La otra mirándole inquisitivamente desde una esquina del pequeño dormitorio, con su ceja levemente alzada, retándole a tomar una nueva píldora, a caer de nuevo en una ciénaga de adicción.
-¡¿No la estás escuchando?! –Gritó sulfurado, apretando el botecito con fuerza hasta enblanquecer sus nudillos. -¡¡Lleva tres días así!! ¡Llevo tres putos días sin pegar ojo! Me despierta con su cara cubierta de sangre, canta a todas horas para impedirme coger el sueño, durante el desayuno me recuerda una y otra vez lo asquerosamente insoportable de mi situación para que se me quiten las pocas ganas de comer que tengo… quiere acabar conmigo…
-Tal
y como tú acabaste conmigo. –Repuso Amber, encogiéndose de
hombros y de nuevo sintió la cuchillada de la culpa atravesando su
cuerpo, dejándole una herida que sabía que jamás cicatrizaría. En
el fondo, desde que ella falleció se había sentido así. Culpable.
Responsable no sólo de la muerte de una persona, sino del dolor
de su mejor y prácticamente único amigo. Deslizó sus dedos y se
soltó de la mano de su jefa. Tembloroso, abrió el bote y cogió
otro par de somníferos, los sostuvo unos instantes en sus manos y
los miró, desafiándolos, intentando vencer la tentación de no
tomarlos… pero no podía, era débil… sólo quería descansar,
aunque sólo fuera por unas horas… liberarse de aquella pesadilla
que le estaba llevando al borde del abismo.
-¡Greg, no! No quiero que tomes ni uno más, sabes que puedes superar esto, podemos superarlo juntos.
-¡Y una mierda! –Gritó con más violencia de la que hubiera empleado alguna vez con ella. -¡Tú ni siquiera estás aquí! No has venido ni una sola vez en los casi dos meses que llevo encerrado, ni una jodida llamada, ni una maldita carta, ni un puto mail… no me digas que vamos a superarlo juntos porque estoy jodidamente solo… -Vio una lágrima deslizarse por su blanca tez y de nuevo se sintió terriblemente miserable. Nadie como él para hacerla llorar. Era único en ese trabajo, de hecho llevaba más de veinte años desempeñándolo demasiado y lo peor es que ni siquiera quería actuar así, pero tampoco era capaz de comportarse de otro modo con ella. A veces sentía que era realmente cierto aquello que solían decir acerca del amor y el dolor: siempre van de la mano.
Ella se levantó, quedando frente a él. Alzó la mirada y la vio. Sus ojos estaban acuosos y su rostro lucía cansado y decepcionado.
-Greg… no voy a tolerarte ni una nueva recaída más. Ya he aguantado demasiado, te he esperado por largo tiempo y no puedo seguir viendo como te hundes más y más en el fango. Es un ultimátum. Si tomas una sola pastilla más, me iré… me iré y nunca más me volverás a ver. –Su temblorosa mano se detuvo a medio camino de su boca. ¿Por qué tenía que ser todo tan difícil? ¿Por qué se había empeñado en joderse la vida de esa forma cuando todo podía ser más sencillo? ¿Por qué elegía la autodestrucción cuando la felicidad estaba igual de cerca? Porque era un cobarde. Esa era la respuesta y él siempre la había conocido. Cobarde. Temeroso. Con miedo de arriesgar en la partida y perderlo todo.
-Es difícil elegir ¿verdad? –Se sorprendió
de escuchar su voz de nuevo y su mirada le buscó por la habitación,
hasta que le vio aparecer frente a él, llevando la camiseta de rayas
de la cual una vez se mofó y sosteniendo uno de sus cómics
favoritos entre sus manos.
Kutner se sentó a su lado, con la
mirada perdida en el infinito. –Es difícil decidir si cruzas la
línea aun sabiendo que no hay retorno o te quedas en el límite pese
a que cada día que pasa la tortura es mayor. Si la cruzas, pierdes
la vida, lo cual no tiene vuelta atrás, pero si no lo haces,
continúas viviendo sin estar vivo. ¿Sabes? Yo quería lo mismo que
tú. En el fondo todos queremos lo mismo. Descansar. Liberarnos de lo
que nos atormenta y sentir paz… aunque eso signifique no estar
vivo, pero ¿realmente lo estás ahora? -House miró a Amber, que le
retaba a seguir medicándose y seguir luchando en la guerra que le
había declarado. A Kutner, que por primera vez le parecía una
persona totalmente distinta al joven que conoció y que en el fondo
le divertía más de lo que nunca hubiera admitido. Y de otro lado
Cuddy y aquella sensación de que la estaba perdiendo y esta vez para
siempre.
Pero ella no lo entendía. Ella no estaba dentro de
él, no sufría lo que él estaba sufriendo. No estaba allí
encerrada, enfrentándose diariamente a sus demonios internos, siendo
desafiado por su propia conciencia, muerto en vida… y en el fondo,
solo. Completamente solo. Miró por última vez las pastillas y
finalmente y sin permitirse la oportunidad de pensarlo más, las
tragó.
Cerró los ojos, para no ver que nuevamente le había
fallado y suspiró, deseando que todo se oscureciera cuanto
antes.
-Adiós, Greg. -Susurró su jefa, instantes antes de esfumarse, mientras él se tumbaba en la cama, vencido por el cansancio, que llevaba a su mente a volar en sueños hacia un pasado maravilloso, sumergiéndose en un letargo del que no sabía si despertaría…
¡Mierda!
Pensó en voz alta mientras
se levantaba a toda prisa de la cama, peleándose con el pantalón
del pijama en el vano intento de quitárselo y corriendo a toda prisa
hacia el baño a lavarse la cara.
Nuevamente se le habían pegado
las sábanas y ahora se encontraba vistiéndose mientras corría por
el piso que compartía con aquellos descerebrados que lo habían
dejado todo hecho una pocilga tras la fiesta de la noche
anterior.
Condujo su moto por la ciudad superando en muchos kilómetros la velocidad permitida, hasta llegar a la facultad. Aparcó en un lugar no permitido y entró en la facultad como alma que lleva el diablo.
Corrió por los pasillos todo lo deprisa que sus deportivas desgastadas le permitían y se acercó al tablón de anuncios para averiguar en cual aula se impartía la clase de endocrinología… endocrinología… maldita asignatura.
Llevaba atragantándosele desde primero de carrera, de hecho se había matriculado tres veces, pero era incapaz de aprobarla y menos desde su monumental bronca con el profesor Carter. Pero ¿qué podía haber hecho? Fue incapaz de morderse la lengua cuando cometió tamaña injusticia con su examen, así que le dijo cuatro verdades a la cara y a cambio obtuvo un suspenso y ser inscrito en su lista negra durante los años que le quedasen de docencia.
Por eso aquel año, el último que le quedaba en Michigan, tenía que aprobar como fuera, aunque tuviera que hacerle la pelota al profesor, como de hecho, tenía planeado. Precisamente, si se estaba dando esa carrera, era para llegar a su despacho antes de que empezara la clase y sellar una tregua, que le permitiría obtener el tan ansiado aprobado.
Miró el reloj y maldijo en voz baja al comprobar que la clase estaba a punto de comenzar.
Subió las escaleras de dos en dos hasta llegar a la segunda planta, tomó el pasillo de la derecha y finalmente llegó al despacho.
Vio su reflejo en el cristal
del tablón de anuncios y se saludó sacando la lengua en un gesto de
burla. Se veía bastante descuidado con el pelo revuelto y barba de
dos días y vistiendo aquella vieja camiseta blanca que era lo
primero que había cogido del armario, pero le daba igual, después
de todo sólo iba a pelotear al profe haciéndole creer que tenía
verdadero interés por la asignatura, no iba a tirarse a la jefa de
las animadoras.
Abrió la puerta y cruzó la sala de espera hasta
llegar a la antesala donde la secretaria charlaba con una chica
morena.
Estaba de espaldas a él y no podía verle la cara, pero
por su tono de voz deducía que estaba bastante alterada, aunque él
no se centró precisamente en escucharla discutir, sino en mirar
hipnotizado su cuerpo, el cual se le antojaba tremendamente atrayente
y eso que sólo la había visto de espaldas. Si ya encima tenía una
buena delantera y cara bonita, podía considerar que era su día de
suerte. Había estado en el lugar adecuado y en el momento adecuado,
pues aparte de un aprobado, podría obtener una nueva conquista más
que añadir a su larga lista de compañeras de cama.
-¡Le
digo que sólo van a ser unos minutos! ¿No puede avisarle? -La chica
parecía bastante enfadada y le hablaba a la secretaria con un tono
de voz que pocos se atrevían a emplear, máxime cuando todo el
departamento sabía que secretaria y profesor estaban unidos por algo
más que una mera relación laboral.
-Y yo le digo que no puede
ser, señorita Cuddy, el profesor Carter está a punto de comenzar su
clase de endrocri…
-¡Pero si aun está en su despacho! ¿Qué le cuesta decirle que estoy aquí?¡Sólo pido hablar con él dos minutos! ¡Necesito asistir a esa conferencia, mi beca depende de ello!
En otra ocasión hubiese intervenido en la discusión, más que nada para colar una tarjeta con su número de teléfono en el escote de la morena y susurrarle al oído que estaba disponible para ella a cualquier hora, pero al oírla hablar de la beca, recordó el objetivo por el cual estaba allí y dejó de pensar con la entrepierna para usar de nuevo el cerebro. Miró la puerta del despacho del profesor y una idea brillante cruzó su mente.
Comenzó a caminar rápidamente hacia la puerta, dispuesto a entrar en el despacho sin que la secretaria le anunciara y sin que la chica se diera cuenta de que iba a adelantársele, y estaba a punto de alcanzar el pomo, cuando notó una sensación de ardor instalarse en su muñeca, extendiéndose rápidamente por todo su brazo. Ella le agarró con fuerza y le obligó a volverse y él sintió que el tiempo parecía detenerse, mientras comenzaba a perderse en los ojos más bonitos que había visto en su vida.
Preciosa. Sexy. Enfadada y encima parecía tener cerebro.
¡Genial!
Definitivamente era su día de suerte, nada como empezar la mañana
haciéndole la pelota a Carter, sentando las bases de una matrícula
de honor y terminarlo perdido entre las sábanas de su cama con una
morena cañón.
-¡¿Se puede saber qué haces, imbécil?! ¡Yo
estaba antes que tú! –La chica le demostró que su furia aun no se
había marchado, tirando con fuerza de él y alejándole de la
puerta.
La miró unos instantes debatiéndose entre la posibilidad de ahogar aquel enfado en un beso interminable o buscar una excusa convincente para deshacerse de ella en solo cincuenta segundos, que era el tiempo exacto del que disponía antes de que el profesor Carter, un hombre de costumbres fijas, saliera de su despacho dispuesto a dar su clase. Finalmente y pensando en su expediente y sobre todo en los reproches paternos que tendría que soportar sino e marchaba de Michigan ese mismo año, de mala gana optó por la segunda opción.
Puede que la beca de aquella chica, la cual deducía que era de primer curso, dependiera de ello, pero él no se jugaba la beca sino la graduación.
Colocando ambas razones en una balanza, la suya pesaba más, sin duda.
Se
soltó del brazo de la joven que le sujetaba como una garra y trató
nuevamente de alcanzar el pomo.
-Lo siento, bonita, pero yo tengo
privilegio de antigüedad, es lo que tiene estar en último curso. Ve
a llorar un ratito por perder tu beca y vuelve cuando hayas dejado de
ser una novata.
-Que estés en último curso no significa que vayas a pasar sobre mí. Seré novata pero no tonta. Estoy esperando antes que tú y voy a entrar. –Repuso con firmeza.
Greg no pudo evitar que a sus labios asomara una pequeña sonrisa. Le ponía sobremanera que una chica no se amedrentara ante él y suponía que si ella no mostraba ningún tipo de temor era porque aun no había oído hablar del gran Gregory House, toda una leyenda en Michigan… bueno puede que después de todo pudiera intentar otra táctica…
-¿No has oído hablar de mí, verdad? –Susurró, dando un par de pasos hacia ella, que retrocedió casi sin querer, hasta notar su espalda chocar contra la pared, quedando arrinconada. –Soy Greg House, el niño mimado del profesor, su ojito derecho, vamos. De hecho me va a enchufar en el mejor hospital del país. Y precisamente me ha pedido que hoy venga a verle antes de clase, yo que tú no le haría esperar, porque si se entera de que no me he presentado a tiempo por tu culpa, no aprobarás endocrinología ni cuando cambie el milenio.
Ella levantó la barbilla, desafiante, mostrándole una sonrisa perfecta que estuvo a punto de desarmarle y susurró con un tono de voz que a él se le antojó increíblemente sexy y por unos instantes le hizo perder la cabeza:
-Vaya, así que debería dejarte pasar o de lo contrario entraré en su lista negra…
-Ya ves…
-¿Sabes? –Continuó diciendo ella, aunque apenas podía prestar atención a cualquier cosa que no fueran su boca… hasta podía oler el perfume a melocotón de su brillo labial. –A lo mejor es que como soy novata no entiendo como puedes ser el alumno predilecto, cuando tenía entendido que el gran Gregory House fue expulsado por el profesor Carter por pillarle copiando en un examen…
-¡Eso es mentira! ¡Yo no copié en su examen! –Gritó indignado, alejándose unos centímetros de ella, lo suficiente para que el aire dejara de resultarle tan pesado.
-¿Y si yo esparzo el rumor de que copiaste? Si llega a oídos del decanato podrían abrirte un expediente y expulsarte. Y entonces no te graduarás ni en Michigan ni en el mismísimo Harvard. –Pese a todo, sonrió casi sin poder evitarlo. Al fin, había encontrado un contrincante a su medida, aunque más que una lucha dialéctica, con ella prefería una batalla cuerpo a cuerpo.
-No lo harás. –Dijo, de nuevo tan cerca, que pudo notar como se turbaba.
-No me conoces, no sabes de lo que soy capaz.-Ella intentaba que su voz no delatara el nerviosismo que le causaba tener su cuerpo tan próximo, pero a duras penas consiguió disimularlo
-Conozco a la gente como tú. Intentas hacerte la dura, ir de chica mala pero en realidad eres incapaz de matar una mosca. No te conozco pero lo veo… en tus ojos. –Se quedaron mirando unos instantes que a él se le antojaron una eternidad y es que no podía explicarlo mediante ningún tipo de hipótesis científica, pero su reloj indicaba que sólo habían pasado unos minutos desde que se habían mirado por primera vez y él sin embargo sentía que el tiempo se había detenido. Observó detenidamente aquellos labios que invitaban a ser besados y entonces la pregunta escapó de su boca casi sin pensar:
-¿Estás libre el sábado?-Ella le sonrió, haciéndole ver que estaba ganando la partida imaginaria de ajedrez. Jaque a House.
-¿Para qué quieres saberlo? ¿Vas a darme clases particulares de endocrinología?
-Más bien había pensado en clases de anatomía.
-¿Si te digo que estoy libre me dejarás entrar? –Susurró, acercándose peligrosamente a su rostro, hasta quedar sus labios separados por tan solo unos milímetros.
-Si estás libre puedo enseñarte como detectar una apendicitis con el tacto de mis manos. Soy buen maestro, te convertiré en una experta en el tema. –Ella dejó escapar una risita que le estremeció.
-Buen intento, House. Tal vez te deje hacerlo… en tus sueños –Y casi sin darle tiempo a reaccionar, se apartó de él, escabulléndose de su brazo rápidamente y colándose en el despacho, justo cuando el profesor abría la puerta para ir a impartir su clase, viéndose obligado a cerrarla nuevamente.
Greg se quedó mirando la puerta cerrada con cara de idiota y un calentón de mil demonios. Y a pesar del enfado que se supone que debía sentir,, pese a que sabía que posiblemente le había jodido el último curso de la carrera, no pudo evitar esbozar una sonrisa cuando la escuchó discutir con el viejo profesor por el cierre del plazo de inscripción de la conferencia que impartiría días después. Echó una última mirada al despacho, antes de marcharse de allí con la esperanza de volver a encontrarse una vez más con aquella novata que le había vuelto loco en tan solo unos minutos y se maldijo al darse cuenta de que ni siquiera le había preguntado su nombre.
¿Cómo podría encontrarla ahora? Bueno no importaba, ella estaba matriculada en medicina y era de primer curso, podía hacer guardia cada día en cada una de las clases de medicina de primero o preguntar a cada alumno o profesor por la "chica morena de culo impresionante y ojos océano". Porque dudaba que hubiera otra en Michigan que encajara con la descripción. Al menos él no la había encontrado.
Miró
nuevamente el reloj y bajó las escaleras hacia el aula de
endocrinología. No había conseguido su propósito de hacerle la
pelota a Carter y aprobar sin esfuerzo pero en aquellos momentos no
le importaba excesivamente porque aquel encontronazo había merecido
la pena.
Entró en el aula y buscó un hueco libre donde
sentarse. Mientras esperaba que empezara la clase,, sacó el cuaderno
y un par de bolígrafos, pese a que sabía que no tomaría ningún
apunte porque su mente estaría demasiado ocupado ideando una y mil
formas de volver a verla… lo que ni siquiera sospechaba es que ella
ya había trazado un plan para que volvieran a encontrarse… mucho
antes de lo que él se imaginaba.
Escuchaba voces,
susurros y algún que otro quejido lastimero e intentó agudizar el
oído, para ser capaz de poner una cara a las voces que se colaban en
su ensueño.
Pero era casi imposible.
Los susurros se mezclaban
entre sí, varias voces distintas que parecían hablar idiomas
distintos al mismo tiempo, como recién escapados de la torre de
Babel, impidiéndole entender lo qué estaban diciendo. Intentó
abrir los ojos, pero le pesaban demasiado… todo era oscuridad, como
un sueño del que no parecía poder despertar…
-¿Cómo afectará esto a su recuperación? –Escuchó su voz, ronca por un posible previo llanto y por un momento sintió que el corazón se le partía en dos. Quiso abrir los ojos, murmurarle que no se fuera, que se quedara por siempre junto a él porque eso era lo único que le ayudaba a aliviar el dolor que se había quedado agarrado como una lapa a su miserable existencia, pero las palabras murieron antes de salir de sus labios, en una especie de gemido que ni siquiera creyó que ella hubiera oído.
Posiblemente Lisa no estuviera allí
y él creyera sentirla porque instantes antes había soñado con
ella, con Michigan y todo lo que aquel primer encuentro significó en
su vida. Pero quería comprobarlo, aunque luego volviese a caer en un
estado depresivo al saber que nuevamente, le había dejado
solo.
Quiso despertar y liberarse de aquel sueño que le
aprisionaba, verla y pedirle perdón por haber sido débil una vez
más, por haberle fallado y traicionado su confianza… pero era
prisionero de la duermevela y finalmente el cansancio le venció y se
permitió caer de nuevo en los brazos de Morfeo, donde al menos podía
disfrutar de cierta calma.
Cuando largo rato después al fin pudo despertar, no fue su rostro lo primero que contempló, sino el diablo escapado de alguna de sus pesadillas recurrentes. Se sintió morir una vez más y sólo deseó tener un arma a mano con la que poner fin a aquella tortura que parecía no acabarse nunca.
Amber le observaba desde la cabecera de la cama, con una sonrisa tan mordaz, que por un momento se sintió como un enanito del bosque ante el gigantesco ogro malvado. Pequeño. Aplastado. Vencido.
-¿Qué tal te encuentras? –Suspiró tranquilo al escucharle y ver que al menos alguien no le había abandonado. Estaba allí, como siempre. Sin necesidad de llamarle o pedir ayuda, él estaba siempre ahí como el gran amigo que era.
-Cansado. –Susurró con algo de esfuerzo. Le costaba vocalizar y sentía paralizada la mandíbula. Un incómodo silencio siguió a sus palabras, cargando el ambiente de reproches no dichos en voz alta pero que él podía oír perfectamente.
-Sólo quería dormir… -Se excusó. Wilson resopló con fastidio, reprimiendo las ganas de darle una sonora bofetada a su amigo y hacerle recapacitar de una vez. No entendía como una persona podía llegar a quererse tan poco como para intentar destruirse a cada momento. Era lo que menos le gustaba y entendía de su amigo, por qué sentía tanto desprecio por su propia vida, cuando tenía la felicidad más cerca de lo que él se imaginaba. Estaba cojo y tenía dolor crónico, sí, pero también tenía un buen trabajo, un grupo de personas que le admiraban, un gran amigo que era casi un hermano y una mujer que le amaba. Lo bueno podía ganar a lo malo si él se lo proponía.
-Y tanto que querías dormir… por poco duermes eternamente. El bote estaba casi vacío… ¿en qué coño estabas pensando, House? ¿No has tenido bastante con tus experiencias kamikaces anteriores? ¡Joder! Casi no lo cuentas. Tuviste suerte de que el enfermero de guardia viera luz en tu habitación y fuese a ver si necesitabas algo.
-Ya te lo he dicho. –Tragó saliva con dificultad. –Sólo quería dormir.
-No hace falta que te recuerde el motivo por el cual estás aquí. Entraste para desengancharte y ahora estás ingresado después de que hayan tenido que realizarte un lavado de estómago por haberte tomado un bote de somníferos que nadie se explica de dónde has sacado. ¿Era esta tu idea de recuperación? –Cerró los ojos con fuerza y suspiró. No quería seguir escuchando sus reproches.
Se sabía la teoría al dedillo pero era difícil llevarla a la práctica y más cuando tenía a su conciencia a cada hora tras él, recordándole lo miserable que era.
Sin embargo, no pudo evitar preguntarle algo que le estaba quemando por dentro, una pregunta que tal vez no era ni el lugar ni el momento más indicado para plantear, pero necesitaba hacerla o estaría días, meses, semanas, preguntándose si nuevamente todo fue producto de su imaginación… o realidad.
-¿Ha estado aquí? –Balbuceó. Wilson suspiró y durante apenas unos segundos su mirada se dirigió hacia la puerta cerrada, deseando que quien estaba tras ella la abriera y pusiera fin a aquel despropósito.
-No… -James Wilson contempló impotente como su mejor amigo se quebraba y por un momento quiso decirle la verdad, aunque sabía que si lo hacía, estaría violando una promesa. -¿Crees que merece esto? –Preguntó. El nefrólogo suspiró con tristeza. No. Ni lo merecía ella, ni lo merecía él, ni se lo merecía nada. Pero ya no podía cambiar lo ocurrido, ni siquiera podía cambiar él mismo.
-No. Y no sigas por ahí. Ya sé todo lo que necesitaba saber. –Volvió a cerrar los ojos, mientras una lágrima silenciosa se deslizaba por su mejilla.
Nuevamente los sueños eran más felices que la vida real.
James Wilson deslizó su mano por el pomo de la puerta aun cerrada, sin atreverse abrirla, ni siquiera cuando creyó escuchar tras ella, el llanto de su mejor amiga.
Continuará
