DREAMER V

¿Qué es el amor? Creo que el amor es algo que en realidad no puede expresarse con palabras. El amor es comprender a una persona, quererla, compartir con ella la dicha y la desdicha.

Anne Frank, Diario

Los rayos de sol le daban de lleno en la cara, calentando su piel.
Junio se había marchado tal y como llegó, casi sin hacer ruido y julio ya estaba presente y House se sentía relativamente contento porque era un mes menos que le quedaba para salir a la calle y retomar aquella vida que tanto había odiado. O al menos eso esperaba, aunque sabía de sobra que era una quimera pensar que saldría de allí, cuando en vez de avanzar un paso, retrocedía dos y todo por su falta de voluntad y sus nulas ganas de cooperar con la doctora Gable.

Y ahora se encontraba en la sala de reuniones, castigado haciendo terapia de grupo.
Y todo por ser débil y cobarde y no haber tenido la fuerza de voluntad suficiente para vencer a Amber, y la adicción y tentación que ella representaba.
Pero siempre había sido así, más cobarde de lo que intentaba aparentar y a esas alturas de su vida, ¿cómo pretendían que cambiara?
Lo había intentado muchas veces, sobre todo en los últimos meses, donde el propósito de enmienda había estado presente más que en los últimos cinco años… y todo por una única persona. Pero todos esos intentos de cambiar su vida, de ser otra persona, de abandonar la cobardía y adoptar la valentía como lema, habían terminado en fracaso.
Así que no tenía sentido seguir intentado convertirse en alguien que no era, lo único que tenía que hacer, era aprender a convivir de una vez consigo mismo, aunque ese yo no le gustara demasiado.

Pero su forma de ser traía aparejadas graves consecuencias que no sabía como reparar. Y una de ellas era precisamente la que estaba viviendo: castigo en terapia de grupo… y todo por aquel maldito espectro que se había empeñado en acabar con él.

Semanas atrás se despidió de su padre para siempre. Fue capaz de vencer aquel fantasma que le había perseguido desde la niñez, pero en cambio, otro había vuelto con más fuerza aun: Amber.

Le había estado acosando día y noche. Su rostro era lo primero que veía cada mañana al despertarse y lo último, al cerrar los ojos cada noche y cuando conseguía conciliar el sueño, le despertaba con recuerdos del pasado que había intentado enterrar en lo más profundo del rincón donde almacenamos toda nuestra historia.
Pensó que sólo un par de somníferos conseguirían desterrar a Amber al menos durante un par de horas y podría descansar lo suficiente para recuperar las fuerzas que estaba perdiendo. Pero ella no desapareció con dos simples pastillas. Su insoportable presencia siguió junto a él, golpeando con sus malditas verdades, tentándole con recuerdos cargados de heridas sin cicatrizar, trayendo con ella a Kutner y lo que su suicidio había supuesto para él… y a Cuddy, que se había marchado llevando a sus espaldas una carga de decepción y profunda tristeza, al comprobar que era incapaz de competir con lo que Amber representaba.

Y la había perdido.

Ella le dio un ultimátum y él prefirió sumergirse en un sueño artificial ayudado por unas malditas pastillas, antes que intentar ser fuerte y resistir la tormenta, tomado de su mano.
Cayó y ella se desapareció… para siempre.

Y ahora se encontraba solo, sentado en un rincón, alejado de aquella panda de locos que sólo sabían lloriquear como nenazas mientras se sorbían los mocos y contaban como se dieron a la bebida porque su mujer les puso los cuernos con su mejor amigo.

"La piernas" de vez en cuando le miraba, reprochándole su actitud, pero intentaba pasar de ella todo lo posible. ¿Qué pretendía que hiciera? ¿Que se sentara ahí y contara a todos esos desconocidos que estaba loco porque se sentía tan culpable por la muerte de la novia de su mejor amigo y por ello veía a todas horas a su fantasma recordándole que acabó con su vida? ¿Qué estaba tan enamorado de su jefa que alucinaba día sí día también con ella porque era incapaz de decirle cara a cara que ella era la principal responsable de su locura?
Por supuesto que no podía hacer algo así. Él era House y pedirle a alguien como él que admitiera sus sentimientos, era pedirle a Dios que se muestre ante los ojos de los hombres.

Cerró los ojos y disfrutó de la sensación de calor. Sentado en aquel cómodo sillón, junto a la ventana, sintiendo como el sol se posaba en sus mejillas, le hacía sentirse relativamente bien, al menos físicamente. Pese a que había perdido bastante peso en las últimas semanas, aun se sentía en forma. Se había ido acostumbrado al dolor de su pierna, hasta el punto de que las punzadas de dolor habían ido disminuyendo.
Anímicamente, ya era otro cantar.
Había pasado de un estado huraño y de cabreo monumental con el mundo, a otro de pasotismo y tranquilidad, pasando por un estado depresivo en el que se le pasó por la cabeza tomarse otro bote de somníferos, estaba vez con la intención de no volver a despertar, pero era una opción poco factible, teniendo en cuenta que registraban su habitación a todas horas y le habían puesto de niñero a Bobby, para vigilar que no se llevara a la boca ninguna pastilla o algo semejante.

Y vaya si se lo estaba tomando en serio. Debía ser la primera vez que alguien le confiaba alguna tarea, porque Bobby se estaba tomando con mucha responsabilidad, su papel de vigilante.

-¡Ehh mira! ¡Me toco la nariz con la lengua! –Dijo, intentando de nuevo su proeza. El doctor reprimió una sonrisa. Le hacía gracia Bobby porque era como un niño encerrado en el cuerpo de un hombre, pero no pretendía que nadie le viera mostrar algún tipo de alegría porque lo último que quería era que se acercaran a él y volvieran a darle la paliza con la terapia. Lo único que quería era estar un rato solo.
-Eso no es nada, Bobby. ¿Sabes que Jake es capaz de chuparse el codo? Ve y que te lo enseñe. –Bobby abrió los ojos como platos y echó a correr hacia la sala donde Jake se peleaba con un videojuego, intentando, por el camino, chuparse el codo, sin éxito.

Volvió a cerrar los ojos y respiró profundamente, disfrutando al fin de un breve momento de calma. De fondo podía escuchar el cantar de los pájaros en el jardín y las palabras de Caroline, intentando tranquilizar a un paciente con una crisis de ansiedad.
Pero si obviaba el sonido, si intentaba concentrarse, el silencio era lo único que escuchaban sus oídos.

-Larala laralara… -Amber comenzó a tararear una vieja canción que a él le ponía los pelos de punta porque había formado parte de sus pesadillas durante años y supo que aunque quisiera estar solo, aunque consiguiera no escuchar el ruido de su alrededor, nunca podría obviarla a ella. Abrió los ojos, con cierto temor y la vio, sentada junto a la ventana, jugueteando con sus cabellos y lanzándole dardos envenenados a través de su burlona mirada.

Ahora sabía que nunca podría deshacerse de aquella persecución porque Amber siempre estaría ahí. Para acabar con él, "tal y como tú acabaste conmigo".

Esa frase le venía persiguiendo desde aquella triste noche en la que decidió que era mejor olvidar y no enfrentarse a los demonios que le perseguían.

Tal y como tú acabaste conmigo.

No había querido aceptarlo hasta ese momento, pero sabía que el único motivo por el cual Amber estaba a su lado, era la culpa. Ese sentimiento que le invadía desde que ella murió y Wilson ya no le miró del mismo modo de antes, porque aunque nunca habían dejado de ser amigos, él sentía que uno de los lazos que les unían se había roto y no sabía si alguna vez podría reconstruirlo.

Wilson había cambiado. No en el sentido estricto de cambiar, seguía siendo el mismo de siempre, pero cada vez que le veía, House sólo podía ver la acusación de la que, inconscientemente, era destinatario.

Sintió unas tremendas ganas de soltar alguna que otra lágrima y en silencio se maldijo. No sabía si era por la falta de vicodina, los antidepresivos o el sueño, pero últimamente estaba demasiado sensiblero, tanto que hasta se sorprendía de la facilidad que tenían sus ojos para tornarse acuosos, incluso el mero hecho de pensar en lo mucho que echaba de menos su bastón, le hacía querer apretar la cara contra la almohada y llorar. Tal vez ahora quería derramar las lágrimas que no se había permitido mostrar durante años.

Se aclaró la garganta, intentando que no se le notara demasiado el sentimentalismo barato que en esos instantes se adueñaba de él y se volvió hacia el sol, dispuesto a disfrutar un poco más de su calidez.

Cerró los ojos, tomó aire y sintió su cuerpo estremecerse, cuando un perfume que le resultaba tremendamente familiar, inundó sus fosas nasales.

No quiso abrir los ojos, por temor a que su pesadilla le hubiese engañado, disfrazándose de ella. Ni siquiera quiso moverse, por miedo a ser rozado por su ilusión y despertar a la cruda realidad, pero de nuevo la sentía. Junto a él. Tan cerca que podía sentir su pulso acelerado y su respiración haciéndole cosquillas.

-Dijiste que no volverías –Susurró, con un tono de voz más acusatorio del que pretendió. Ella ocupó una de las sillas plegables que había a su lado, sentándose tan cerca de él que sus rodillas se rozaban.

-Ya ves…-Suspiró. -Muchas veces me has dicho que soy idiota, he ahí la respuesta. Debo ser tremendamente idiota por querer estar a tu lado pese a que no te lo mereces. –El nefrólogo sonrió, sin atreverse siquiera a abrir los ojos y mirarla, por miedo a despertar del sueño en el que se veía inmerso o tal vez era el temor de ver en sus ojos algún reproche por aquella tremenda tontería que cometió semanas atrás.

-Bueno a tu idiotez suelen definirla con una frase.

-¿Cuál?

-El amor es ciego –Susurró, siendo plenamente consciente de lo que la palabra "amor" englobaba, pero después de todo, estaba alucinando, ¿por qué debía reprimirse también en su imaginación? Sólo allí las cosas ocurrían tal y como él quería, así que no tenía sentido que callara lo que quería decir, bastante callaba ya en su vida real y demasiado daño le hacían las palabras no dichas en voz alta.

-Ciego… sordo… mudo… irracional… aunque bueno, si fuera racional nos enamoraríamos de quien debemos y no de quien no nos conviene. Nos fijaríamos sólo en aquel o aquella que puede hacernos feliz y no nos permitiríamos siquiera pensar en quien nos puede amar con todas sus fuerzas y a la vez hacernos demasiado daño. Pero son los riesgos de enamorarse y tal vez eso lo hace tan atrayente.

-Mmm ¿estás diciendo que estás enamorada de mí? –Preguntó el doctor, sorprendido, abriendo los ojos de golpe y sumergiéndose en la profundidad de su mirada.
Y sólo obtuvo como respuesta una pequeña sonrisa que le reveló más que mil palabras. Lisa se extrañó que aun le sorprendiera saber que ella estaba enamorada de él. ¿Acaso no se había dado cuenta ya? Porque ella tenía la sensación de que lo llevaba escrito en la cara. Cada vez que le miraba sentía que sus ojos le susurraban un te quiero sin necesidad de palabras, cada vez que la tocaba, ella creía que él notaba su estremecimiento… estaba enamorada de él y sabía que su piel, sus ojos y sus manos lo gritaban a los cuatro vientos.

El doctor calló, limitándose a observar en silencio, como colocaba sus codos sobre sus rodillas y sus pequeñas manos sostenían su cabeza, adoptando una actitud pensativa que le había fascinado desde la primera vez que se sentó a su lado en clase, cuando escuchaba atenta las explicaciones del profesor Carter, mientras mordisqueaba un boli. Aquella vez casi se quedó bizco mirándola, preguntándose si de verdad estaría escuchando aquella soporífera charla o estaría pensando en otra cosa. Y si así era, ¿en qué pensaba realmente?
Y ahora volvía a plantearse la misma pregunta. ¿En qué pensaba la Cuddy de sus sueños? ¿En él y en su estupidez sin límites?

Mientras observaba como sus ojos recorrían la estancia, deteniéndose en cada rincón de la sala que conseguía llamar su atención, se dio cuenta que cada momento que pasaba allí encerrado, ella aparecía más y más bella ante sus ojos. Se preguntaba si era así solo en su mente o cuando saliera ella se vería tal y como él la imaginaba.

-¿Cuándo le hablarás de mí? –Preguntó Lisa, despertándole de su letargo. En un principio le costó entender a quién se refería, hasta que finalmente supo que se trataba de Caroline. ¿Quería que le hablara de ella? ¿De lo que significaba para él?

-¿Para qué quieres que le hable de tí? Si cuentas el secreto se rompe la magia… -Respondió, esperando dar por zanjada la conversación. Era curioso como incluso en su mente tiraba la piedra y escondía la mano. Era capaz de hacer algún amago de confesión, pero nunca era capaz de terminarla del todo y menos desde aquella mañana en que le dijo que quería vivir con ella y luego supo que su imaginación había estado burlándose de él.

-¿Lo que sientes por mí es un secreto? Más bien un secreto a voces diría yo…

-Yo nunca te lo he dicho realmente, ni a ti ni a nadie, así que técnicamente es un secreto y cuando se lo cuentas a alguien deja de serlo.

-¿Y no podrías compartirlo conmigo? En vez de ser tu secreto, sería nuestro secreto. –Vio como ella volvía a prestar atención al grupo de terapia y se le antojó tan terriblemente guapa, que sintió unos deseos tremendos de besarla, tal y como hizo aquella tarde en la que ardía en deseos de volver a probar sus labios después de pasar casi dos semanas sin la calidez de su boca.

-Ehhh ¡Ehhh! –Dijo, dándole unos golpecitos en el hombro, intentando llamar su atención.

-¿Qué quieres? –Preguntó con desgana, casi sin mirarle.

-Nada, sólo que ahora es cuando deberías preguntarme si quiero besarte.

-Me da igual que quieras besarme o no, no te dejaré…

-Como si fuera a pedirte permiso. Ya te besé una vez sin que quisieras.

-¿Y no se te ha ocurrido pensar que en realidad si quería que me besaras? –Repuso misteriosa, cerrando los ojos y sincronizando ambos sus pensamientos, que les llevaban a rememorar aquella vez que una joven Lisa Cuddy se enfadó con él por hacerle llegar tarde a su examen de inmunología.

Los débiles rayos de sol de una fría mañana de diciembre se colaban por su ventana, dando de lleno en su espalda desnuda. Se volvió hacia la ventana, abriendo los ojos de golpe al comprobar que era de día y ni siquiera se había levantado para darle un último repaso a su examen de inmunología. Era el último examen antes de las vacaciones de Navidad y tenía que aprobar o debería presentarse a los parciales de febrero con toda la materia. Pero se había quedado dormida, así que adiós al repaso de última hora.
Miró el reloj y se maldijo al comprobar que sino se levantaba rápidamente de la cama y se arreglaba en un momento, llegaría tarde al examen.
Intentó incorporarse, pero unas fuertes manos se lo impidieron y entonces recordó por qué se había dormido.
House había pasado la noche anterior por su piso, con la excusa de entregarle unos libros que ella estaba segura que no había olvidado en casa de él y se ofreció a ayudarle con su examen, ya que como él tenía esa asignatura aprobada, quien mejor que un "experto" de último curso para ayudarle a sacar la matrícula que tanto perseguía. Y los libros llevaron a los apuntes, los apuntes a recordar alguna anécdota como cuando semanas atrás se saltaron la clase de endocrinología para perder toda una mañana jugando al billar en el bar de Will, las anécdotas dejaron paso a una reposición de Rosemary's baby, a Greg haciendo el payaso con un pedazo de pizza y a Lisa regañándole por hacerle perder el tiempo, a un par de chupitos de tequila… para finalmente acabar despojándose el uno al otro de la ropa y haciendo el amor en el incómodo sofá que su casero se negaba a cambiar.
A veces se odiaba por ello, por ser débil y ser incapaz de mantenerse firme y rechazarle cuando sus manos se posaban en su cuerpo y acariciaban cada milímetro de piel que encontraba a su paso. No eran novios ni nada parecido, de hecho ni siquiera podía decirse que fueran realmente amigos pues sabían poco el uno del otro. Sólo se habían acostado juntos un par de veces y se ayudaban mutuamente con algunas asignaturas, pero ella sentía que se estaba enamorando de aquel idiota y no sabía como frenar lo que sentía.
Notó su boca mordisqueando su clavícula, para subir rápidamente a su oreja y suplicarle unos minutos más en la cama… y ella se limitó a dejarse llevar, sin reparar siquiera en que el tiempo no se detenía y las agujas del reloj seguían moviéndose.

Cuando el profesor no le permitió presentarse al examen, por llegar cinco minutos tarde, sintió rabia de sí misma y de la debilidad que sentía por aquel rebelde universitario que estaba incluido en la lista negra de todos los profesores y al llegar a casa, no pudo menos que gritarle que no quería volver a verle en la vida y le echó a la calle casi sin darle tiempo a vestirse, arrojándole parte de la ropa por la ventana.

Estaba enfadada, sobre todo consigo misma. Pero a fin de cuentas enfada y aunque se moría en deseos de salir tras él, besarle y susurrarle que no quería separarse de él jamás, no pudo más que quedarse junto a la ventana, viendo como él tomaba el autobús que le alejaba aun más de ella.

Estuvieron más de dos semanas sin hablarse. Ella dejó de ir a su clase de endocrinología. Él intentó hacerle creer que no le importaba que ella no quisiera verle más, pero cuando sus ojos se cruzaban cuando se encontraban por la facultad, la tristeza que veía en ellos le indicaba que era para él más que una simple compañera de cama.

Hasta que llegó aquel sábado que trastocó de nuevo su mundo.
Lindsay Williams, una de las chicas más populares de la universidad daba una fiesta por su cumpleaños y sin saber por qué, ya que apenas habían intercambiado un par de saludos, Lisa Cuddy se vio invitada a una fiesta a la que no le apetecía asistir. Apenas conocería a ninguno de los invitados, ya que casi todos eran de último curso, se aburriría como una ostra y para colmo, era un hecho que Greg House estaría invitado. ¿Cómo iba a faltar él a la fiesta de cumpleaños de una alumna de último curso, máxime cuando casi todas se morían por una mirada suya?
Y sin embargo allí estaba ella, empujando el columpio vacío que Lindsay había instalado en su enorme jardín, alejada de la tropa de invitados que bailaban y bebían sin descanso. Se preguntaba qué demonios hacía en aquel lugar al que no correspondía y se sorprendía al no hallar una respuesta convincente. Lo único que quería era marcharse, ir a casa y olvidarse de lo bien que le sentaba a Greg House aquella camisa blanca que se había puesto para la ocasión.
Dejó de empujar el columpio y se disponía a marcharse, cuando unos dedos entrelazaron los suyos, jugueteando. Sabía de sobra quien era su dueño y lo único que quería era echar a correr tan deprisa como pudiera, antes de que él decidiera ir más allá y entonces no hubiera vuelta atrás.
Pero casi ni le dio tiempo a pensarlo, porque cuando se volvió hacia él, intentando soltarse de su abrazo, para repetirle que no quería volver a verle, se encontró con sus labios dibujando formas imposibles sobre los suyos.
Quiso resistirse y alejarse de él todo lo que sus piernas le permitieran, pero aquellos cálidos labios la atraían como un imán, impidiéndole alejarse de él y en realidad no quería que dejara de besarla. Abrió la boca, permitiéndole el paso a su lengua traviesa que aun conservaba restos del chocolate de la tarta que ella no había tomado.
Cuando las fuertes manos de su compañero de carrera se adueñaron de su cintura, acercándola aun más a su cuerpo, profundizando el beso, Lisa Cuddy supo que ya no tenía sentido resistirse a aquel sentimiento que ya formaba parte de ella.

House se acarició los labios, intentando que el recuerdo de aquel beso se convirtiera en una realidad. Vio como su jefa y antigua amante se levantaba de la silla plegable, hasta quedar frente a él. La seriedad se había adueñado de su rostro y ya no traía aquella sonrisa que instantes antes le hizo estremecerse.

-Gregory House, tengo que darte una mala noticia.

-¡Oh Dios mío! ¿Te he dejado preñada telepáticamente? –intentó bromear para hacer desaparecer aquella sensación que le oprimía el pecho y volver a ver su rostro iluminarse, pero no parecía que fuera a ocurrir lo que él anhelaba y eso le asustó.

-¡House! Estoy hablando en serio

-Y yo. Teniendo en cuenta las rarezas de mi mente últimamente, no me sorprendería nada…

-No volverá a ocurrir.

-¿El qué? –Preguntó, con miedo de conocer la respuesta.

-Lo que tu mente acaba de recordar.

-Mmm vale, iremos directamente a tu cama. –Empezaba a resultarle pesado respirar. No le gustaba aquella situación, no por el hecho de que Cuddy le dijera que nunca más volverían a estar juntos, sino por el tono de su voz, más frío que de costumbre.

-No haremos nada en mi cama.

-Está bien… ya se que tienes fijación por mi sofá y la verdad...

-¡No House! Ni en tu cama, ni en la mía ni en ninguna parte. No volveremos a besarnos, ni a acostarnos, ni siquiera volverás a verme.

-¿Por qué? Ohh venga no me digas que no te gustó porque los estigmas que me dejaste en la espalda no decían eso. –Se repetía una y otra vez que aquello sólo estaba ocurriendo en su imaginación, que no debía darle tanta importancia, pero en el fondo sabía que sus palabras eran demasiado ciertas y eso le daba tantísimo miedo…

-No volveremos a acostarnos porque nunca saldrás de aquí y lo sabes. –Repuso ella con un deje de tristeza.

-¿Me estás dando otro ultimátum?

-No, simplemente te estoy haciendo ver la realidad. Tienes dos opciones: no curarte nunca y seguir aquí dentro, lo cual hará que nunca más vuelvas a verme. Sólo me verás en tus sueños y sabes tan bien como yo que la Cuddy que veas no será real… y tienes otra opción: curarte, aceptar la ayuda que te están ofreciendo y salir de aquí, donde podrás verme cada día… en tu vida real.

-¿Y de qué me sirve verte si no te tengo como quiero? Aquí puede que no existas pero para mí sí, puedo decirte lo que siento sin miedo, puedo besarte sin temor a hacerte daño o a herirme a mí mismo, puedo inventarme una vida mejor para nosotros. Todo esto no estará cuando salga fuera, tú seguirás siendo la todopoderosa decana que lo único que espera de su jefe de diagnóstico es que no meta en un lío a su hospital. Pasarás la noche pendiente de tu pequeña Mowgli y buscando en Internet al padre y marido del año. ¿Y donde quedaré yo? Paso de la vida real, es una mierda y no la quiero. –Se cruzó de brazos, como un niño enrabietado y por un instante se sintió ridículo. Sólo le faltaba sacarle la lengua y gritarle "ya no te ajunto". Pero no le había dicho ni más ni menos que lo que sentía, su vida era un asco y no la quería, pese a todo, pese a la molesta presencia de Amber, su fantasía le había hecho mil veces más feliz que su vida en los últimos cinco años. No quería aquella realidad de la que ella tanto le hablaba.

Una de sus pequeñas manos se posó en su áspera mejilla, acariciándola y la otra intentó deshacer aquel cruce de brazos que le hacía parecer más crío de lo que en el fondo era.

-Tú dijiste una vez que esta es la felicidad de los tontos. Yo no puedo prometerte la felicidad absoluta porque eso no existe, pero si puedo ofrecerte algo que se le parece muchísimo. Puedo darte lo que ahora tienes, sólo te pido que lo intentes fuera, no aquí.

-Estoy loco. Mi mente te ha dibujado a mi manera y dices únicamente aquello que yo quiero oír, así que ¿quien me asegura que cuando salga estarás ahí? Esto sólo lo estoy viviendo yo, no tú, ¿de verdad crees que cuando salga todo será como yo quiero que sea?

-Sí porque sabes que te quiero. Pero que esto salga adelante no depende sólo de mí porque yo sola no puedo tirar de los dos. Sólo te pido que nos des una oportunidad. –El doctor vio como la imagen de su jefa se difuminaba hasta desaparecer ante sus ojos y se quedó allí parado, casi sin atreverse a moverse, sintiendo los ojos de Caroline que se posaban en él, preguntándose con qué amigo imaginario hablaría su paciente más loco. Pero él no reparaba en que toda la sala le había visto hablando solo, simplemente pensaba en las palabras de aquella mujer que se había convertido en un sueño casi imposible de alcanzar.
Y empezó a pensar que tal vez no debía convertir la valentía en su lema, que tal vez no debía cambiar, sino empezar a sopesar la posibilidad de darse una oportunidad... a los dos.

Continuará