DREAMER VI
Tengo un sueño que me invento por si no me
despierto
para poderte amar
Gala Évora –Tengo un amor
Abrió la puerta de su habitación y salió al
pasillo vacío.
Ya había terminado el turno de cenar y los
pacientes se preparaban para irse a dormir, pero para Gregory House,
el tiempo parecía no haber transcurrido desde el momento en que se
levantó de la cama aquella mañana.
Como de costumbre desde hacía
semanas, había pasado todo el día encerrado en su habitación,
tirado en la cama y pensando sólo en lo desesperante de su situación
y en lo imbécil que era al no tener valor para ponerle fin.
Sus
médicos le habían dejado ya por imposible, hasta la doctora Gable
había tirado la toalla y traspasado su caso a otro médico del
centro, un tal doctor Nolan, al que House sólo había visto durante
la única ocasión en que fue a verle a su guarida, esperando poder
sacarle de su aislamiento autoimpuesto.
Desde aquella primera y
última visita, había pasado ya más de una semana sin tener
noticias de aquella "eminencia en el mundo de la psiquiatría" y
el nefrólogo dudaba que volviera a aparecer por allí. Seguramente
pensaría que aquel paciente ya no tenía remedio.
Pero total, mejor para él.
No tenía ganas de aguantar los sermones de
nadie y mucho menos de aquella panda de inútiles que se las daban de
sabihondos y que de vez en cuando le lanzaban alguna mirada de pena e
incluso desprecio.
Claro, para ellos no era Gregory House, el
mejor médico del Princeton-Plainsboro, quien pese a sus métodos
poco ortodoxos, su grosera ironía y mal humor, había conseguido
ganarse cierto respeto de la profesión y en especial, de su querida
jefa. En Mayfield sólo era un paciente más, un nombre seguido de un
número, un enajenado que pasaba el día encerrado en su minúsculo
habitáculo, negándose a recibir tratamiento y al que aun admitían
en el centro por los 1500$ que alguien que debía apreciarle mucho,
desembolsaba cada mes.
Notó un intenso ardor en su pierna y
nuevamente maldijo aquella horrible sensación.
Cerró la puerta
de su dormitorio y comenzó a caminar pasillo arriba – pasillo
abajo, para intentar distraer su mente del fogonazo que sentía en la
pierna deforme.
Había comenzado como un ligero ardor intermitente, hasta convertirse en una profunda cuchillada que le rasgaba la piel, recorriendo todo el miembro. Le dolía tanto que a veces sentía deseos de tomarse otro bote de somníferos y acabar con aquella maldita tortura china. Al menos en el más allá, si es que acaso podía creer en una vida después de la muerte, no sufriría el dolor de aquel miembro inútil.
Pero lo peor de aquella
sensación, era que cada día que pasaba el padecimiento era más
intenso y él no tenía a mano, ni una vicodina que pudiera calmarlo,
ni una botella de whisky que le arrastrara al olvido. Porque más
horrible que el dolor físico, que aquella sensación de quemazón
que le carcomía debajo de la piel, era el dolor psíquico.
El
dolor del alma, como lo llamaban los más cursis, pero que a fin de
cuentas, era el que más pesaba.
Porque lo que más le dolía, era el hecho de sentirse abandonado, como un niño a las puertas de un hospicio. Habían pasado ya dos semanas, quince largos días en los que el teléfono no había sonado para él y nadie le esperaba en la sala de visitas semanales… hasta dentro de su propia cabeza loca le habían dejado solo… todos menos la omnipresente Ámber, por supuesto.
Pero los demás fantasmas se habían esfumado. Los de los vivos y los de los muertos. Todos habían desaparecido, abandonándole a su suerte.
Su padre que ya había dejado de protagonizar sus pesadillas; Wilson, quien por alguna razón con dos piernas había dejado de acudir a sus visitas dominicales… y Cuddy.
La ausencia que más pesaba.
Dos semanas, catorce días, trescientos treinta y seis horas, veinte mil ciento sesenta minutos… más de un millón doscientos mil segundos, sin verla en su maravillosa mente y no sabía si estaba más loco por echarla terriblemente de menos o porque precisamente lo que extrañaba era una imagen fruto de su delirio.
Pero lo cierto era que su "fantasma", la Cuddy que él había dibujado, ya no acudía a su solitaria celda a velar sus sueños y darle algún respiro de paz en medio de aquella tortura. Lisa se había marchado, dejando claro que no pensaba regresar hasta que él decidiera dejar de jugar y aceptar la ayuda que le ofrecían.
Y él, estúpido, imbécil, capullo, completo gilipollas y perfecto cabrón, se había dedicado a auto compadecerse de su doliente soledad, en vez de aferrarse a la única posibilidad que tenía de salir de allí y volver a verla en carne y hueso. Aunque tal vez era precisamente esto último lo que más temía y lo que en cierta forma, le frenaba a la hora de aceptar el tratamiento. Le daba pánico salir del psiquiátrico y que al volver al Princeton, comprobase que nada de lo que le había dicho la Cuddy irreal era cierto, que ella no le hubiese estado esperando, que ni siquiera le amase… o peor aun, que hubiese rehecho su vida junto a alguien que estuviese dispuesto a hacerla plenamente feliz y a ser el padre de su pequeño monstruito.
En el fondo, ese era el verdadero motivo por el cual se había convertido en el asocial del centro. Y es que era tan cobarde, que aunque ya no la tuviera ni en sueños, prefería vivir de su recuerdo, a salir de allí y que todas sus esperanzas de iniciar una nueva vida a su lado, se desvanecieran.
-Ahh –Volvió la cabeza hacia la dueña de
aquel imperceptible suspiro que le había sacado de su
ensimismamiento y se encontró con una mirada cargada de compasión
que le hizo sentirse aun más miserable.
-¿Qué miras? –Preguntó,
violentamente. Amber negó con la cabeza en un gesto que podría
traducir como "no cambiarás nunca" y se volvió hacia la
ventana.
-Nada es sólo que nunca pensé que el pequeño Greg
fuese tan cobarde. Siempre te las dabas de valiente conmigo, pero
mírate, no eres más que un gallina. –Bajó los ojos, avergonzado
y con cierta rabia, perdiendo su mirada en algún punto de la
moqueta, donde no tuviera que soportar ver reflejado en su pupila el
despojo en el que se había convertido. -¿Qué clase de persona
preferiría permanecer toda su vida encerrado entre locos antes que
salir a la calle y vivir? Y todo por temor a que tu amorcito te haya
olvidado... ¿realmente crees que se puede olvidar así como así a
la persona que quieres?
-Ella no…
-¡Ella sí! ¡Oh
venga, idiota! ¿Acaso no te lo ha dejado claro en todos los meses
que ha estado tras tu culo? ¿Qué más necesitas, que se tatúe en
la frente "Greg, capullo, quiero un hijo tuyo"? ¿Cómo puedes
ser un genio para la medicina y tan estúpido para el amor? –Amber
se acercó a él, hasta quedar frente a frente, tan cerca que podía
oírla respirar. -¿Crees que Wilson se olvidó ya de mí? –Aquella
pregunta le estremeció y le creó un nudo en el estómago,
haciéndole casi imposible tomar aire. No, claro que no, Wilson no la
había olvidado, aunque saliera con otras e intentara fingir que ya
no le dolía, Amber seguía estando presente en su vida.
Por
primera vez en mucho tiempo, se atrevió a mirarla abiertamente a los
ojos, intentando encontrar en ellos la respuesta a las preguntas que
se le planteaban.
-¿Por qué haces esto ahora? Antes te dedicabas a ir pregonando por ahí que Cuddy habría encontrado a alguien más guapo, más alto y menos cojo. Hasta de noche me recitabas poemas en los que ella y Wilson hacían algo más que meterse mano. ¿Por qué ahora intentas convencerme de qué está loca por mí?–Su difunta enemiga suspiró, evidenciando lo harta que estaba ya de que él no entendiera su modo de actuar.
-Porque si sigo empleando contigo la táctica de los celos, no saldremos de aquí ni para el día del Juicio Final y no sé tú, pero yo ya estoy deseando largarme. Si tengo que ver un día más a Bonnie cantando "Las esposas de Enrique VIII" vestida de época y usando una zanahoria por micrófono, me suicidaré… aunque ya esté muerta. –House no pudo evitar sonreír y admitir que Amber tenía razón. Estaba harto de estar en aquel almacén de locura, realmente lo que más deseaba en el mundo era salir a la calle y sentirse libre… entonces, ¿por qué no hacerlo? ¿Por qué no dejar de ser un cobarde? Si semanas atrás había tenido el valor de enfrentarse al fantasma de su padre y aceptar aquella pesadilla que le perseguía desde niño, ¿por qué no volver a hacerle frente a sus miedos y tomar todas las opciones a su alcance?
-¿Qué se supone que tengo que hacer? –Le preguntó.
-¿Aparte de mover el culo
hasta el despacho de tu terapeuta y contárselo todo? Pues quitarte
ese look de Santa Claus y volver a ser el tío bueno que eras, sino
quieres que tu princesita se arrepienta de haber usado jerseys de
cuello vuelto en tu ausencia. –El doctor se apoyó en la pared y
respiró hondo, dándose ánimo y sin atreverse a pensar demasiado en
lo que estaba a punto de hacer.
Era increíble, pero la que hasta
ese momento había sido su peor enemiga, ahora le estaba ayudando a
dar el paso. Sonrió sin querer y entonces reparó en que, sin darse
cuenta, había estado caminando por los largos pasillos del centro
psiquiátrico, hasta detenerse frente a la puerta del despacho de su
psiquiatra.
-¿Cómo coño lo…? –Se giró, esperando que el fantasma de la rubia le contara cómo había sido capaz de llegar hasta allí, pero sólo la pared vacía le recibió.
-¡Cobarde! –Masculló. Se paró frente a la puerta y acarició torpemente el pomo, hasta acabar agarrándolo con firmeza, apoyándose en él para no tambalearse de puro nerviosismo. Borró de su mente cualquier pensamiento que estuviera relacionado con la palabra "correr" y rápidamente y sin pensar, empujó la puerta del despacho de la doctora Gable, sin llamar y gritando como el loco que era:
-¡Maté a la novia de mi mejor amigo y ahora alucino que…! -De no haber sido por lo irrisorio de la situación, se habría reprochado no haber llamado antes de entrar. Pero mientras contemplaba aquella grotesca escena, viendo como las caras de los pillados in fraganti se teñían de rojo y se apartaban el uno de la otra, intentando disimular lo indisimulable, tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para reprimir una carcajada.
Y es que lo primero que vio al abrir esa puerta, fue a su antigua psiquiatra y a su psiquiatra actual, recostados sobre el escritorio del doctor, unidos en un beso interminable, a medio vestir y con sus manos retirando la poca ropa que aun les cubría.
-Y yo que pensaba que el negrata era algo marica y "la piernas" se entendería con mi empleada moribunda… está claro que la locura me ha hecho perder facultades.
-¡Gregory! No… no es lo que parece –Dijo "la piernas", abrochándose rápidamente la blusa y maldiciendo en silencio a su amante, al ver que le había arrancado varios botones.
-Tienes razón, parecía que estabais a punto de follar pero seguro que en realidad os estabais cantando serenatas al oído. –Replicó con sorna, cerrando la puerta y tomando en el sofá, el asiento que nadie le había cedido.
-¿Qué? –Preguntó, viendo como el doctor Nolan y la doctora Gable se quedaban mirándole estupefactos. –Por mí podéis seguir haciéndolo como conejos, no me molestáis. Estaré calladito como un niño bueno.
-House, ¿qué haces aquí? –Su psiquiatra parecía realmente fastidiado por la interrupción y no intentaba disimularlo lo más mínimo y House, pensó que realmente aquel tipo empezaba a caerle bien, porque no parecía ser el típico médico que siente compasión por sus enfermos mentales y les trata como a niños o imbéciles, sino todo lo contrario, le tuteaba y le trataba como un igual.
-Umm ¿terapia? ¿No es eso lo que lleváis semanas pidiendo? ¿Que venga y os cuente como me cargué a la novia de mi mejor amigo y ahora, aparte de alucinar con la muerta también alucino que me tiro a mi jefa? Pues aquí me tenéis… -Esto último lo susurró muy bajito, con una sensación de derrotismo que a Caroline le recordó a un soldado capitulando ante su enemigo tras una ardua batalla. Por un momento parecía estar tan vencido y vulnerable, que no pudo menos que terminar de arreglarse la ropa y el cabello, dispuesta a ayudarle en cualquier cosa que necesitara, aunque no fuesen horas para pasar consulta.
-Gregory…
yo ya no llevo su caso. Ahora se lo he traspasado al doctor
Nolan…
-Intercambiáis fluidos, ¿no? Pues también podéis
intercambiar el caso.
-No, House, tu expediente me ha sido traspasado. Tendrás que recibir la terapia conmigo. –¡Ni hablar! Él prefería a "la piernas", sus kilométricas virtudes serían un aliciente más para su recuperación. Y de repente tuvo una idea, absolutamente brillante, digna de sus mejores tiempos de genio.
-¿Y por qué no lo lleváis entre los dos? Así seré como vuestro hijito. –Dijo poniendo su mejor cara de corderito. -¿Qué decís, papi, mami? –Caroline, pareció pensarlo durante unos segundos eternos y finalmente miró a su colega y le sonrió, dándole a entender que aceptaba la proposición. Posiblemente la junta de médicos lo censurase y le abriese un expediente, pero House había sido su paciente y ella no era de las que dejan a nadie en la estacada. Tomó una de las sillas y se sentó frente a él, instando a su compañero a imitarla.
-¿Preparado, Gregory?
-Mmm preferiría empezar con una recreación de la mítica escena de instinto básico… –Contestó, señalando sus piernas sin cruzar. Ambos psiquiatras se miraron, preguntándose en silencio cuál de los dos comenzaría la ronda de preguntas, para acabar aceptando tácitamente, que sería el doctor quien iniciaría aquella ardua tarea.
-Dijiste que habías matado a la novia de tu mejor amigo, ¿podrías explicarte mejor? –El nefrólogo sintió que un escalofrío recorría su espalda y por un instante sintió un miedo atroz, ante la posibilidad de volver a recrear aquel momento tan doloroso para él. Durante aquel último año había tratado de desterrar de su mente aquella horrible escena, intentar convencerse de que nunca pasó, pero lo cierto es que aquel accidente le perseguía en sus pesadillas y en los ojos de su mejor amigo.
-Estoy deseando ver cómo le das la explicación que nunca le diste a Wilson –Replicó, con sorna su alter ego, sentándose a su lado.
Greg se tocó la frente, con nerviosismo. Respiró hondo y mentalmente contó hasta diez, dándose ánimo. Había entrado en la consulta con el firme propósito de enfrentar los remordimientos que venía sintiendo desde que Amber falleció, pero le costaba encontrar las palabras exactas. Sin embargo, ahora no podía echarse a atrás, quedaría como un miedica, así que tragó saliva con dificultad y comenzó a relatar.
-Amber… era la novia de Wilson… y… y murió…
-¿Qué ocurrió, Gregory?
-Estaba borracho, bueno no tanto… o sí… como sea, había bebido lo suficiente para que el capullo del bar me quitara las llaves de la moto. Pensé en pedir un taxi para volver a casa, pero no sé por qué no lo hice y llamé a Wilson. Él estaba de guardia y lo cogió su novia. Le pedí que le buscara, pero en vez de hacerlo, la muy listilla decidió venir ella a recogerme. No quería ir con ella así que tomé un autobús. Ella me siguió y tuvimos un accidente… y poco después murió... –Se paró para tomar aire, pero no pudo evitar que su voz se quebrara al intentar defenderse de una acusación que nadie había hecho. -Pero yo… yo no quería irme con ella… ¡No quería! ¡Le pedí que le buscara! –Dijo, casi gritando y viendo como una lágrima furtiva se deslizaba por el rostro de aquel espectro que llevaba meses persiguiéndole –No te pedí que vinieras… -le susurró, sin poder dejar de mirarla.
-Pero lo hice. Estuve allí.
-¿Por qué? ¿Por qué coño viniste si no te lo pedí?
-Pensé en no hacerlo, pero nada más colgar el teléfono, supe que Wilson querría que fuera y entonces entendí que amarle, te traía a ti incluido en el lote. Wilson te quiere y tú a él, tenéis la relación más honesta que he visto en mi vida, porque normalmente, tenemos amigos esperando obtener algo de ellos, pero Wilson y tú no esperáis nada a cambio de vuestra relación.
-Te equivocas, yo espero gorronearle la comida cada día y que me pague las putas. No hay otro motivo para que seamos amigos. –Le contestó, continuando con la conversación entablada con el fantasma, sin reparar en los dos pares de ojos que le miraban con extrañeza.
-No, House, sois amigos porque os divertís juntos, porque os basta con estar el uno al lado del otro. Y esa es la amistad más sincera que conozco. Si esa noche fui a buscarte, fue porque me di cuenta que si quería que lo mío con Wilson funcionara, debía hacer todo lo posible por tragarte a ti, ya que él jamás renunciaría a vuestra amistad. Iba dispuesta a darte un café bien cargado y negociar contigo una tregua. Pero no te engañes, no me caías ni me caes bien y tampoco pretendía que fuéramos amiguísimos.
-Está ella aquí, ¿verdad? ¿Amber? –Le preguntó Caroline, cortando la conversación que su paciente había entablado con su amiga invisible.
-Yo suelo llamarla Zorra Implacable, pero siempre desde el cariño.
-¿Por qué está con usted? ¿Por qué se le aparece?
-No lo sé…
-Sí que lo sabes. –Replicó Amber, presionándole las tuercas y obligándole a buscar la respuesta en su interior.
-¡No! ¿Por qué estás aquí?
-¿Por qué crees tú que estoy aquí? ¿Qué sientes cuándo me ves? –Y por primera vez, lo tuvo tan claro que se maldijo por no haberse dado cuenta antes. Ella estaba allí por el único motivo que no se había atrevido a sopesar. Durante meses había pensado en todo tipo de posibilidades, locura, adicción, pero lo cierto era que no estaba loco, ni tenía un sexto sentido y tampoco veía fantasmas por el consumo incontrolado de vicodina. Amber no era más que una proyección de un sentimiento que venía arrastrando desde hacía un año: la culpa.
-Está aquí porque me siento responsable de su muerte. –Admitió al fin.
-¡Bravo! –Gritó Amber, elevando los brazos al cielo en señal de victoria. –Sólo has tardado unos cuatro meses en darte cuenta.
-¿Se considera responsable de que ella perdiera la vida en ese accidente? –Le preguntó Caroline.
-Supongo… yo llamé a Wilson y ella cogió el teléfono, sino le hubiera llamado, ella no hubiera venido a buscarme y seguiría viva. Así que en cierta forma, sí soy responsable.
-¿Y por qué llamó a su amigo esa noche? ¿Por qué no tomó un taxi o llamó a cualquier otra persona?
-Porque… porque era allí donde Wilson debía estar. –Admitió. -Era la primera vez que bebía solo en mucho tiempo, siempre nos pillábamos las cogorzas juntos y luego nos íbamos por ahí a pagarnos un par de rubias en el Stars. Pero aquella noche no estaba…Wilson es mi mejor amigo y hasta que apareció ella no me había sentido solo. Veíamos juntos los partidos, era mi pareja al póker, bebíamos, salíamos a ligar… incluso estando casado podía contar con él. –Calló un instante y se volvió hacia Amber. - No sé que le diste, pero contigo era diferente. Le volviste loco. –Dijo, sonriendo con tristeza, mientras observaba como la emoción se adueñaba del rostro de la difunta.
-Así que querías que tu amigo fuese a recogerte para que viese lo mal que te sentías por su ausencia. Eso era lo que pretendías, House, que Wilson se sintiese culpable por tener una vida al margen de tí. Querías hacerle ver que te sentías apartado para que volviese a prestarte toda su atención.
-Y conseguí todo lo contrario… que muriera la mujer que él amaba y que me odiase.
-House, la muerte de Amber, fue un accidente, algo imprevisible que ni tú ni nadie hubiese podido evitar.
-Pero si yo no hubiese llamado a Wilson, Amber nunca hubiera tomado ese autobús…
-Y si la madre de Stalin o Hitler hubiesen tomado la píldora, habría más millones de rusos y judíos en el mundo. –El doctor Nolan dejó a un lado su cuaderno y sacó de su bolsillo una cajetilla de tabaco, ganándose una mirada de desaprobación de Caroline, quien odiaba el insano vicio de su amante. El doctor tomó un cigarrillo y le ofreció otro a su paciente, quien se sorprendió a sí mismo rechazándolo. -¿Sabes cuál es la definición de hecho fortuito? –Preguntó el psiquiatra, dando una larga calada. - Suceso que ocurre por azar, por casualidad, hecho imprevisible que no puede serle imputado a nadie. Eso fue el accidente, un hecho fortuito, del que ni tú ni nadie es responsable y en el caso de que alguien lo fuera, sería el conductor del autobús o de cualquier otro vehículo implicado. Tú no eras más que un simple pasajero y tampoco eres Dios para haberlo provocado por obra y gracia de tu mente. -Greg se inclinó hacia delante, con los codos sobre sus rodillas y tapando de su cara, las emociones que en ella se dibujaban. -En el fondo sabes que es así.
-Vale –dijo,
descubriéndose el rostro. -Aceptemos que no soy culpable de la
muerte de Zorra Implacable, que fuese caprichito de Dios que quería
tenerla en su harén… pero entonces, ¿por qué Wilson me
culpa?
-¡Wilson no te culpa! –Replicó Amber, enfadada.
-¡Sí lo hace! Tú no viste como me miró… -Susurró, tratando de no recordar aquella maldita escena del hospital, cuando su amigo apareció en su habitación y pudo ver sus ojos cargados de dolor y de acusaciones. Esa vez pudo ver reflejada en su mirada una única frase que no pronunció en voz alta: "la has matado".
-Gregory, es normal que cuando te arrebatan un ser querido, culpes a alguien de ello. Es un mecanismo del ser humano para mitigar el dolor, transformándolo en odio. Es más fácil cuando el familiar o amigo ha sido asesinado de forma deliberada, entonces tenemos un claro responsable, pero cuando nuestro ser querido muere por de forma accidental, no tenemos un responsable y entonces inconscientemente buscamos a alguien a quien cargar con la culpa. A veces se la echamos a Dios y otras, a quien se encontraba más cerca de la víctima. Pero estoy segura de que Wilson, al igual que usted, sabe que no es responsable de nada, aunque a veces su dolor le diga lo contrario.
-Pero le solté la mano... –Dijo, soltando al fin, aquel dolor que cargaba. –Durante el accidente, solté la mano de Amber… la dejé ir. Fue todo tan rápido… pude sujetarla durante un instante, pero no podía seguir tirando de ella, no tenía fuerzas… al final la solté y resultó gravemente herida. –Caroline dejó a un lado su cuaderno y se inclinó hacia él para hablarle más bajo.
-Gregory, quiero que se tranquilice y vuelva de nuevo al momento del accidente. Quiero que vuelva a revivirlo esa escena y después me diga si realmente cree que pudo haber salvado a Amber y no lo hizo. –El nefrólogo cerró los ojos instante, tomó aire y volvió al momento en el que el autobús tembló y los cristales comenzaron a caer sobre él, escuchó los gritos de los demás pasajeros, vio como Amber se estremecía e incluso notó el roce de sus dedos cuando la tomó de la mano… y luego notó como ésta se enfriaba en el instante en que no pudo seguir aguantando el peso y la soltó…
-No… -Definitivamente, no habría podido salvarla por mucho que hubiera querido. En el fondo siempre fue consciente de que había hecho todo lo posible por salvarle la vida, pero aun así, el sentimiento de culpa había permanecido dentro de él, agazapado, esperando el momento propicio para hacerse presente.
-House, ¿alguna vez le has dicho a tu amigo que sientes la muerte de su novia? ¿Habéis hablado de ello? –Preguntó el doctor, obligándole a salir de sus recuerdos.
-Más o menos…
-Todo el mundo miente. –Tarareó Amber.
-No. –Admitió al fin, presionado por la rubia espectral.
-Prueba a hacerlo, dile que lo sientes. –House se empezaba a sentir realmente aliviado, notaba como se adueñaba de él una sensación de tranquilidad que no había sentido en mucho tiempo, como si estuviera deshaciéndose de una carga demasiado pesada.
-¿Es parte de la terapia, no? –El doctor Nolan asintió y Greg miró el reloj de la pared, que ya marcaba las diez y media. Casi sin darse cuenta el tiempo había pasado volando y había estado de terapia casi dos horas, todo un record para él.
-Bien, creo que va siendo hora de que me vaya a cascármela… digo a sobar y os deje metiéndoos mano. –Se levantó del sofá y se dirigió hacia la puerta, caminando con dificultad, al no tener su fiel bastón en el que apoyarse.
-¿Greg? –Se volvió hacia "la piernas", que ya comenzaba a recoger sus cosas. –Nos vemos mañana. –House asintió y salió del despacho, permitiendo a sus doctores volver a entablar una lucha cuerpo a cuerpo, esta vez sin interrupciones.
Caminó por los pasillos
desiertos, topándose de vez en cuando con algún enfermero que iba a
llevar la medicación a los pacientes y finalmente llegó hasta su
dormitorio.
Sorprendentemente, la pierna no le dolía demasiado,
así que se tiró en la cama, casi feliz, dispuesto a pasar una noche
tranquila y sin apenas dolor.
-Me he portado bien, ¿eh? –Le preguntó a Amber, mientras se recostaba, colocando sus brazos tras su cabeza e imaginaba formas imposibles con las manchas de humedad del techo.
-Sí, has sido un niño bueno. –Admitió su fiel compañera.
-¿Me darás un caramelo a cambio?
-Te daré algo que agradecerás más. Te dejaré dormir toda la noche. –Contestó la rubia, bajándose del escritorio y depositando sobre él el libro que había cogido prestado. –Que sueñes con tu amorcito. –Le susurró al oído, instantes antes de desaparecer.
Greg sonrió y cerró los ojos, dispuesto a dormir toda la noche y del tirón, por primera vez en varias semanas.
Poco a poco notó que sus músculos se relajaban, su respiración empezaba a marcar un ritmo acompasado y tranquilo, los párpados le pesaban y su mente comenzaba a introducirse lentamente en un mundo paralelo donde no había lugar para los fantasmas que ejercían de jueces y verdugos, un mundo repleto de color y sentimientos inimaginables para él en el mundo real, donde sólo tenían cabida él y la única persona con la que siempre había querido soñar.
Dejó que su cuerpo se relajara cada vez más y su mente abriera la puerta a ese lugar feliz.
Después imaginó su aroma, una caricia en su mejilla, el sabor de sus labios sobre los suyos y finalmente cayó presa del sueño… recorriendo mundos imaginarios de la mano de Lisa Cuddy.
CONTINUARÁ
