DREAMER VIII
Ahora eres cenizas de mis sueños
Porque al final los sueños, sueños son
Canción Desesperada –LODVG
Una suave brisa mañanera se coló en la habitación, recorriendo cada rincón de la estancia, hasta llegar a la cama deshecha, atravesando la tela de la camiseta que cubría a su inquilino y provocando que un escalofrío recorriera su espalda. El frío inesperado le despertó súbitamente, arrancándolo de los brazos de un placentero sueño.
"¡Mierda!" Pensó, sin atreverse a abrir los ojos. "Anoche se me olvidó cerrar la ventana". Arrugó la nariz y hundió el rostro en la almohada, haciéndose el remolón. No era especialmente dormilón pero se sentía tan bien en la cama, que no quería levantarse.
No podía recordar con exactitud qué había soñado, pero sentía que había sido algo realmente dulce, pues de otro modo, no se sentiría tan tranquilo y con unas ganas enormes de permanecer allí todo el día.
Con sus ojos aun cerrados y una sensación de pereza en el cuerpo, metió la cabeza bajo la almohada, esperando que Morfeo volviera a transportarle hacia el sueño del que no debió despertar.
Un tercio de nuestra vida lo pasamos durmiendo.
Lo había leído una vez y en su momento le pareció que dormir constituía una pérdida de tiempo, se iban demasiadas horas en una actividad sin sentido aparente. Pero en mañanas como aquella, en las que despertaba demasiado feliz para un tipo como él, sentía que las horas perdidas en mundos mágicos formados por su mente, era un tiempo bien invertido.
Como la pasada noche.
Tomó el escaso aire que su posición le permitía e intentó que su cuerpo se relajara, para volver a entrar en aquel mundo feliz.
Y entonces el sonido de una respiración a su lado, en la habitación, junto a él, le estremeció. Sus músculos se tensaron en alerta y su oído se agudizó, tratando de captar en la oscuridad de la cueva creada por su almohada, el lugar de dónde provenía aquel débil sonido.
Había alguien más allí. Un visitante, un nuevo intruso salido de su diabólica imaginación venía a perturbar la paz interior que en ese momento sentía. Era desesperante sentir que su propia mente se empeñaba en apartarle del camino a la redención. ¿Por qué se portaba así consigo mismo? ¿Porque no se permitía pactar una tregua con sus propios demonios?
Era irritante, desconcertante y frustrante.
Sopesó la posibilidad de ignorar al nuevo inquilino de su mundo, negar la existencia de aquella visita perturbadora e intentar actuar con toda la normalidad posible, tal vez así se cansara de jugar y su mente lo desechara… y entonces una imagen le golpeó como si de un saco de boxeo se tratase.
Él y ella, juntos en su cama. Él jugando a estar enfadado y ella sonriéndole como nunca antes lo había hecho.
Él negándose a besarla y ella adueñándose de sus labios casi sin pedirle permiso.
Y después más besos y susurros que no conseguía recordar, palabras dichas en voz alta y otras tantas calladas, un abrazo que quiso que durase eternamente y un sueño traidor que le alejó de ella pese a haberse resistido cuanto pudo a entrar en su juego.
Aquella imagen se coló en su cabeza, permitiéndole viajar de la desesperación al alivio.
¿Acaso seguía ahí? Le había prometido que volvería pero no esperaba que fuera tan pronto, aunque teniendo en cuenta que era su propia imaginación quien marcaba los horarios de visita, los tiempos no se definían igual que en la vida real.
Su cobardía le impidió la cabeza del escondite, pero permitió que sus manos buscaran la respuesta a su pregunta. Una de ellas comenzó a moverse tímidamente, palpando cada centímetro del lecho, intentando hallar una prueba irrefutable de la existencia de alguien durmiendo junto a él, pero sólo halló fragmentos de tela sin ocupar y eso le hizo sentir una ligera punzada de dolor en cierto órgano vital.
Estaba solo en la cama. Y de repente sintió más frío que antes. Un helor interno recorriendo cada rincón de su cuerpo hasta llegar a su pecho y presionar de tal forma que se le hacía difícil respirar.
¿Por qué no estaba? ¿Por qué no se había cobijado bajo las sábanas para compartir la noche con él?
Y entonces recordó las palabras que ella le dijo cuando le preguntó si se quedaría: "Sólo hasta que te duermas".
Se había ido nada más cerrar los ojos… hasta ahí todo bien, lo normal, teniendo en cuenta los vaivenes mentales que padecía últimamente, sin embargo… ¿por qué se sentía así? Tan dolido por la ausencia…
"Porque no ha sido un sueño" Pensó, haciendo maquinar su cabeza a mil por hora.
Cada segundo vivido la noche anterior era ahora capturado en una tira fotográfica que se sucedía en su mente una y otra vez. Rememoraba cada escena intentando detenerse en los pequeños detalles… su lengua profanando su boca… sus manos en su cintura… los labios de ella dejando pequeñas caricias en su cuello… ¡Joder! No había sido un sueño. Podía jurarlo ante un tribunal, ante la Biblia, la Torá, el Corán, el Manifiesto Comunista o el Libro Rojo de Mao. Ante el mismísimo presidente de los Estados Unidos o cualquier otro líder mundial que quisiera escucharle. No había sido un sueño.
La había sentido allí, con él y esa vez había sido diferente a las anteriores…
-Ahhh… -Un nuevo suspiro le engañó y le destrozó los nervios hasta el punto de no poder seguir escondiéndose más de la locura que agitaba su corazón y abrió los ojos de golpe, incorporándose y arrojando la almohada al suelo en su frenético movimiento.
-Cuddy… -Susurró en voz alta, intentando que sus ojos terminaran de acostumbrarse a la luz diurna.
-No está. Nunca ha estado aquí. –Silencio. Respiración contenida por un golpe certero propinado justo en el centro de todas sus emociones, haciéndole sangrar. No podía ser. No de nuevo. Lentamente se volvió hacia la procedencia de esa voz tan familiar y entonces le vio, sentado en el suelo, junto al escritorio y aparentemente concentrado en la DS que sostenía entre sus manos.
-¿Dónde está Cuddy? –Preguntó casi sin ser consciente de a quién tenía frente a él, tal vez porque no podía pensar en otra cosa que no fuera ella.
-Pues a estas horas… –Respondió Kutner alzando su mano derecha y observando su reloj. –Supongo que terminando de desayunar y corriendo hacia el hospital.
House movió enérgicamente la cabeza, en señal de negación. No podía ser… no otra vez... Debía convencerse así mismo de que aquello no estaba ocurriendo. Kutner no estaba allí y no había vuelto a alucinar con Cuddy porque su visita había sido real… sí, tal vez si lo repitiera varias veces como una letanía, se convenciera de que así había sido…
-Estuvo aquí. Anoche estuvo aquí… -Murmuró para sí, palpando su lado vacío de la cama, en un desesperado intento por hallarla recostada junto a él.
-¿De verdad estás tan seguro?
-¡Sí! La sentí… -Ahora ya no estaba seguro de nada. Realmente la noche anterior la sintió junto a él y aunque en aquel momento no dudó que se tratara de otra alucinación, ahora estaba convencido de que no había visto a una Cuddy recreada por su mente… o quizás no… Ya no sabía que pensar… Se iba a volver más loco aún si seguía así.
-Y si de verdad estuvo aquí, ¿por qué no está su olor en tus sábanas? ¿Por qué no está dibujada la forma de su cuerpo en tu cama? –Procesó en silencio aquellas preguntas y aunque le dolía, tenía que admitir que su antiguo empleado tenía razón. No había señal de que hubiese dormido nadie más en aquella cama. Si es que era un idiota... lo raro hubiera sido que Cuddy se presentara allí por la noche y encima en su habitación, donde estaban restringidas las visitas. ¿Cómo se iba a colar y en horario no permitido?
Estaba claro que su mente había vuelto a jugarle una mala pasada… y se sentía tan mal… no sólo por el hecho de que ella no le hubiera ido a ver en todos los meses que llevaba de retiro hospitalario, era peor sentir que su propio yo había vuelto a burlarse de él.
Kutner emitió una maldición por lo que quiera que fuera que estuviera pasando en su juego y House se volvió hacia él fulminándole con la mirada:
-¿Tú qué coño haces aquí? ¿Acabo de librarme de un muerto y ya me viene otro? ¿Quién cojones os creéis que soy, el San Pedro de Mayfield? –Gritó con enfado, agachándose a recoger la almohada y devolviéndola a su sitio.
-Tú sabrás que hago aquí, yo no pedí venir. –Respondió el difunto, encogiéndose de hombros.
House volvió a recostarse en la cama, pasándose una mano por la cara, tapando sus ojos que a duras penas conseguían retener lágrimas de rabia y tristeza. Se sentía pisoteado, humillado, burlado… y para colmo tenía que compartir su pésimo estado de ánimo con quien menos deseaba en ese momento.
-¿No te vas a levantar?
-No. –Contestó, dando un bufido y cerrando fuertemente los ojos para evitar verle.
-Pero tienes que ir a terapia…
-No pienso ir.
-Ohh venga ya, tío, ¿ahora que has empezado vas a echarte atrás sólo porque la jefa no vino anoche a verte? Ya la verás cuando salgas. –Dicho así, su actitud podía parecer un poco idiota, pero es que no le apetecía ver a nadie. Lo único que quería era que el nuevo fantasma se marchara, quedarse solo y llorar un rato, mientras se compadecía de si mismo. Pero tenía la sensación de que el muerto que ahora le visitaba no se iría así como así y no se iba a derrumbar delante de él, por mucho que fuera un títere de su imaginación.
Tal vez debería ir… quizás le vendría bien hablar con alguien que no fuera su estúpido yo… Sí, quizá debería ir a ver a sus terapeutas, aun era temprano y tal vez Caroline estuviera sola y pudiera hablar con ella. No es que le cayera mal su nuevo médico, pero "la piernas" le transmitía una sensación de seguridad que muy poca gente le había transmitido nunca.
Se levantó de la cama sin darse tiempo a pensar y notó un ligero calambre en la pierna. ¡Mierda! Si el día empezaba así, al terminar la jornada se habría traducido en un dolor intenso, imposible de soportar sin ningún tipo de ayuda externa. Dio un par de pasos hasta llegar a la ventana y la cerró, sin pararse a observar si quiera el nuevo día que comenzaba a despertarse.
Se volvió hacia Kutner, que seguía absorto en su juego y se quedó observándole durante largos minutos. Todavía escapaba a su comprensión cómo un chico aparentemente feliz podría haber renunciado a vivir. Porque House era distinto, su vida había sido una mierda desde el mismo instante en que vino al mundo y a excepción de pequeños momentos de alegría, jamás había sido feliz ni se había molestado por aparentarlo, sin embargo, tampoco quería renunciar del todo a la vida… aunque fuera para seguir soportando sus golpes.
-¿Te importa desaparecer unos minutos? Tengo que vestirme, aunque si quieres admirar mi cuerpo serrano puedes quedarte, pero te advierto que viene con cicatriz incluida. ¡Ah! Y nada de tocar, sólo se mira. –Casi no había terminado de hablar cuando Kutner se esfumó ante sus todavía incrédulos ojos… y sin despedirse. "¡Qué maleducado!" Pensó.
Se quitó la camiseta y en un intento desesperado, la olfateó, con la vana esperanza de encontrar un olor distinto al suyo… pero no halló nada y la arrojó sobre la cama, no había ido a verle y debía aceptarlo.
Terminó de quitarse el pijama, se vistió y salió del dormitorio antes de arrepentirse de lo que estaba haciendo. Pasó de largo por la entrada del comedor, donde los pacientes más rezagados tomaban el último desayuno y siguió avanzando hacia los despachos de la planta baja.
Se paró frente a la puerta del despacho y aunque durante un breve instante de tiempo se planteó no llamar y marcharse, finalmente tomó aire, contó mentalmente hasta diez, sujetó el pomo y abrió, mientras se llevaba una mano a los ojos e intentaba cubrirlos de forma graciosa…
-No miro, no miro –Dijo, mientras entraba, haciendo sonreír a Caroline.
-Tranquilo, Gregory, estoy sola y estoy vestida.
-Qué lastima. –Repuso el doctor, dando un descarado repaso visual a la anatomía de su terapeuta, mientras se sentaba en el sofá. -¿Dónde está tu amiguito?
-Si con eso de mi amiguito se refiere al doctor Nolan, déjeme decirle que hasta dentro de u par de horas no llegará. Le ha surgido un imprevisto.
-¿Eso te ha dicho él? Uuyyy yo que tú me andaría con cuidado, eso de imprevisto suena a que llegará tarde porque se está tirando a otra. –Caroline le lanzó una mirada desesperada y se sentó tras su escritorio, sacando del cajón el expediente médico de House.
-Llega pronto para la terapia, si quiere podemos esperarle…
-Preferiría empezar ya. Tengo cosas que hacer luego…
-¿Qué tipo de cosas? ¿Al final se ha apuntado a la obra de teatro?
-¡No! Y por mucho que insistas no pienso hacer de lobo feroz en esa mala adaptación de La Caperucita. Pero luego estaré ocupado, ¿sabes? Tengo que hablar con mis muertos, dormir, afeitarme, bañarme, pensar en ti en la bañera… ¡Uy! Eso último no debí decirlo en voz alta. –Había olvidado mencionar que estaría muy ocupado intentando volver a dormir porque había descubierto que era el único momento en que era verdaderamente feliz.
Caroline ignoró sus bromas, se levantó, llevando el cuaderno de notas entre sus manos y tomó una silla, para sentarse frente a él.
-Bien, supongo que podemos empezar, si acaso le es necesario, puede venir esta tarde a última hora y haríamos otra sesión conjunta con el doctor. –El nefrólogo asintió y la doctora comenzó su trabajo. -Bien, Gregory, ¿cómo se ha levantado hoy?
-Cojonudamente bien –Ironizó.
-Ayer recibió la visita de su amigo James y se les vio bastante contentos. ¿Qué ha cambiado?
-¿Aparte de que tengo otro muerto pegado como una lapa?
-¿Otro muerto? –Preguntó con sorpresa. -¿Es su padre de nuevo o Amber?
-El capullo de mi antiguo empleado. –Dijo, dirigiendo su mirada hacia la nueva aparición espectral, pese a que parecía que éste no se daba por aludido. -Estaba como un cencerro y se pegó un tiro y ahora debe pensarse que soy su arma de redención.
-¿Por qué está con usted?
-¿Por qué el cielo es jodidamente aburrido? Ahh no, este es un suicida… mmm pues porque se habrá hartado de dar saltitos en el infierno… ¡yo qué coño sé! Lo único que quiero es que se largue ya, me está matando el ruidito de su puñetera DS. –Dijo, intentando arrebatarle la consola a su amigo, sin reparar en la risa contenida por su doctora, al ver a su paciente agitar graciosamente los brazos, intento arrebatar en el aire un objeto imaginario.
-¿Cómo se llama su empleado?
-Aquellos a los que nos daba el coñazo a diario le llamábamos Kutner.
-¿Qué pasó con él?
-Una tarde se fue a casa tan alegre y al día siguiente el negrata y la moribunda se lo encontraron tirado en su apartamento. Se había volado los sesos.
-¿Pero por qué lo hizo? ¿Dejó alguna carta de despedida, algo que explicara los motivos?
-Ya ves lo desconsiderado que era.
-¿De qué hubiera servido que os dejara una carta? –le preguntó Kutner, sin apartar la mirada de su videojuego. -¿Acaso os habríais quedado más felices si hubiera dicho por qué tomé aquella decisión?
-No, pero al menos no estaría aun dándole al coco intentando averiguar qué motivos tenías para quitarte de en medio.
-Había muchos motivos y a la vez ninguno de peso.
-Ohh vale, ¿quieres decir que te quitaste la vida para probar nuevas sensaciones?
-No. –Kutner suspiró, cansado de que no le entendiera. Dejó la DS a un lado y le enfrentó. –Tenía muchos motivos: la muerte de mis padres, mi costosa adaptación a una nueva familia, mi pérdida de identidad, que mi novia me dejara por mi mejor amigo, tardar demasiado en darme cuenta cual era mi vocación y mientras tanto pasar por un largo período de frustración y desmotivación… tenía muchos motivos. Pero ninguno tenía el suficiente peso para hacerme apretar el gatillo…
-¿Entonces por qué lo hiciste? –Le preguntó, desconcertado ante su revelación y sin entender nada aun.
-Creo que la cuestión no es esa. La incógnita está en por qué no te diste cuenta.
-No soy adivino. –Se defendió.
-Pero eres perspicaz, te fijas hasta en el más mínimo detalle, deduces cualquier secreto, estado de ánimo o pensamiento de aquellos que te rodean, aunque se empeñen en ocultarlo, sin embargo, conmigo se te escapó. Nunca supiste lo jodido que estaba.
House calló y bajó la mirada, avergonzado, sin reparar en los ojos de Caroline que se clavaban en él.
-Tal vez también sea culpable de esta muerte. –Dijo, después de largos minutos observando sus manos.
-¿Le abocó al suicidio?
-Puede. No se lo puse nada fácil en los dos años que trabajó conmigo.
-¿Pero qué dices, tío? –Exclamó Kutner, levantándose hasta quedar frente a él. -Si los dos años que estuve en tu equipo fueron los mejores que pasé en mucho tiempo.
-¿En serio? –Preguntó, sorprendido.
-Ya lo creo. Nunca me había divertido, me caías bien y estar en tu equipo era realmente excitante, significaba levantarse cada mañana sin saber qué iba a ocurrir, expectante al saber que viviría algo nuevo y totalmente distinto a lo anterior.
-¿Qué le dice, Gregory? –Caroline mostraba una verdadera curiosidad por conocer el contenido de la conversación que House mantenía con su antiguo subordinado.
-Que soy un jefe cojonudo. –Repuso él, orgulloso de sí mismo.
-Entonces, no le hizo la vida imposible.
-Eso parece.
-Sin embargo, se siente responsable.
-No es eso exactamente… es sólo que me desconcierta no entender por qué no me di cuenta de qué iba a hacer algo así. Siempre me pareció un tipo alegre que vivía en su burbuja feliz, nunca creí que estuviera tan jodido.
-Puede que se molestase mucho en ocultar su verdadero estado de ánimo. Un gran porcentaje de los pacientes con depresión son personas aparentemente alegres, que se ríen de sí mismos e incluso tratan de animar a los demás cuando son ellos quienes más ánimo necesitan. Pero luego cuando están a solas y no hay nadie más cerca, se derrumban y lamentablemente, no tienen a nadie al lado que les pueda consolar, porque ellos mismos se encargaron de no hacer a los demás partícipes de sus problemas.
-Pero yo siempre sé cuando algo no va bien. Siempre que alguien cerca de mí ha tenido problemas lo he sabido sin que me lo contaran, sin embargo con éste no me di cuenta… fue el único que se me escapó… y quizás si lo hubiera sabido hubiese podido evitarlo.
-Pero no fue así y es imposible volver a atrás y plantearse "pude haberlo evitado" no va a hacer que él vuelva a vivir. De todas formas, tampoco estaba obligado a evitarlo, sólo el propio Kutner podría haberlo hecho. –House asintió no demasiado convencido de las palabras de la doctora… no era responsable, eso lo sabía, pero no podía dejar de dolerle no haber sabido lo que Kutner había estado sufriendo.
-Me caías bien. –Le confesó, arrepintiéndose de no habérselo dicho en vida.
-Lo sé. –Kutner le dio un leve golpecito en el hombro, en señal de comprensión y se agachó a recoger la DS que había dejado perdida en el suelo.
-¿Te vas ya? –Le preguntó el nefrólogo, sorprendido de que hubiera sido tan fácil.
-Sí, pero no para siempre... aunque te queda para despedirte del todo de mí. –Le dijo adiós con la mano, para instantes después desaparecer como si de un truco de magia se tratase.
-¿Se ha ido?
-Eso parece… pero creo que volverá.
-Bueno, pero lo importante es que poco a poco consiga ir alejándole de su vida… hasta que desaparezca del todo. –House asintió, un poco aliviado por las reconfortantes palabras de su psiquiatrita. Miró su reloj, que ya marcaba casi media mañana. Era curioso, pero el tiempo se le pasaba volando cuando estaba entre esas cuatro paredes.
-Creo que tu rollete está teniendo algo más que un imprevisto. –Caroline sonrió y tomó su móvil, buscando en la agenda el número de su amante.
-Si tantas ganas tiene de verle puedo llamarle y decirle que se de prisa en volver.
-Para nada. Además creo que ya es hora de irme… me espera un día muy ocupado…
-No puedes irte aun, Greg. –Su voz le heló y su cuerpo se estremeció al sentir su mano tirar de él, obligándole a permanecer sentado en el sofá –Ahora tienes que hablarle de mí. –House se volvió lentamente hacia ella, feliz por volver a sentir sus dedos trazando círculos en su brazo, pero a la vez asustado. ¿Cómo que hablarle de ella? No podía hacer algo así, no estaba preparado... si ni siquiera había podido admitir ante Wilson que la quería, ¿cómo iba a contárselo a Caroline?
La miró y nuevamente volvió a estremecerse. ¿Por qué en cada nueva visita se empeñaba en dibujarla más hermosa que la vez anterior? Eso sólo servía para aumentar sus tremendas ganas de verla y para hacerle sentir más miserable aun al pensar que allá afuera otro podría estar disfrutando esa belleza. Y encima llevaba el mismo vestido que la noche anterior…
-Ya te dije que es un secreto… -Tartamudeó, entrelazando sus dedos con los de ella, aprisionándolos para no dejarla marchar.
-¿De verdad crees que es un secreto? ¿Qué nadie más sabe lo que sientes por mí? –Bajó la mirada, avergonzado, hacia el juego que habían iniciado sus manos. –Estás tan equivocado… tus sentimientos son un secreto a voces, puede que tu boca esté sellada y que nunca hayas pronunciado las palabras mágicas, pero cada vez que me miras, que me haces enfadar, que pasas cerca de mí casi rozándome, lo gritas a los cuatro vientos. No tiene sentido seguir manteniendo esta farsa por más tiempo, Greg.
-¿Y qué debo hacer? –Preguntó, con miedo a su respuesta.
-Contarlo, no para que se entere el mundo, puesto que ya lo sabe. Sino para convencerte a ti mismo de ello. No es tan malo estar enamorado. –Estar enamorado. Sí, lo estaba y ya había aprendido a convivir con ese sentimiento que a veces le atormentaba, pero no sabía si ya era tiempo de hablar abiertamente de ello.
-¿Quién es, Gregory? ¿Es Kutner otra vez? –Sintió los ojos de Caroline fijos sobre él y tragó saliva con dificultad, dudando cuál debía ser su respuesta. Finalmente, tomó aire y casi sin pensar, susurró:
-Es… Cuddy.
-¿Y quién es Cuddy?
Continuará
