Lo siento! Lo siento! Lo siento! Esta ultima parte, llega con casi un año de retraso… ¿he dicho ya que lo siento? La única excusa que puedo poner y que además es la única verdad, es que como no suelo publicar mucho en esta página, se me olvidó que no había subido el final aun… ¡de nuevo lo siento! Prometo que la próxima vez que publique un fic, no tardaré tanto.

Gracias por la paciencia, por las reviews y espero que este final esté a la altura.

Obviamente, esto nunca pasó en la 6ª temporada, ya me hubiera gustado a mí, pero bueno, ya que la 6ª siguió el camino que siguió con respecto al huddy, espero que al menos mi fic os haga soñar un poquito. Quien sabe si algún día veremos algo así… ¡no hay que perder la esperanza!

DREAMER XI

Y vuelves a atrapar mi tristeza para esconderla en tu bolsillo, para alejarla de mí... De nuevo has sembrado el jardín de mis pesadillas con nuevos sueños, con otras esperanzas... Y yo sigo llena de amor por todo aquello que te pertenece, llena de celos por todo lo que te roza y me quita un trocito de ti... Y tú sigues aquí, entregándome la vida en cada suspiro, suplicando por mis besos sin saber que ni siquiera tienes que pedirlos... Porque son tuyos, porque yo ya no soy mía, sino tuya

Los puentes de Madison

-House… esto es real.

Parpadeó varias veces, intentando convencerse de que el tupido velo que formaban sus lágrimas retenidas estaba empañando su mirada, su oído y su capacidad de raciocinio, pero difícilmente lo consiguió, pues aquellas cuatro palabras no cesaban de repetirse en su cabeza, una y otra vez, como una lección bien aprendida por el mejor alumno.

Esto es real.

No podía parar de escucharlo, las últimas cuatro letras parecían sonar muy lentamente, como si quisieran quedarse rezagadas en algún lugar de su memoria…

Es real.

La miró sólo un instante, viéndose reflejado en sus cristalinos ojos, aun con rastros de sueño y se repitió que aquello no podía estar sucediendo, que no podía tener tanta suerte, que no podía existir un Dios que hubiese escuchado unas plegarias que nunca realizó, que aquel momento perfecto no podía ser realidad…

Real.

Tan real como aquellos ojos que lo miraban con una mezcla de amor, ternura y tal vez algo de enfado. Real como el olor a vainilla de su cabello o la suavidad de su piel, como los rayos de sol mañaneros que se colaban en su habitación, comenzando un divertido juego de luces y sombras sobre sus cuerpos desnudos, apenas cubiertos por una fina sábana.

¿Era real? "¿Eres real?" Pensó. "No. Para nada lo es, Greg, no puedes ser tan jodidamente suertudo. Estas cosas sólo les pasa a los galanes de las películas no a un ser tan miserable como tú". Se respondió la ahora despierta voz de su conciencia.

Claro que no era real y el hecho de sentir que sí lo estaba viviendo, no era más que una burla de su subconsciente. Ya le había ocurrido más de una vez, había creído tenerla junto a él, de hecho se había convencido de que ella había estado a su lado en algún momento del encierro, pero luego despertó a la realidad y ésta le golpeó con la verdad más dolorosa: todo fue irreal.
Como ahora, como siempre.

Estaba alucinando. No le cabía duda, pondría la mano en el fuego y no se quemaría. Aquella imagen que tenía ante sus ojos, aquella Cuddy maravillosa que se entretenía dejando un rastro de saliva en su cuello, no era más que una perfecta alucinación… un sueño tan absurdo e increíble, como la noche pasada junto a ella que había dibujado su cabeza… igual que aquella vez.

Notó la calidez de sus labios deslizándose por su mandíbula en una caricia eterna y silenciosa y cerró de nuevo los ojos, dejándose embriagar por el torrente de sensaciones que lo invadían.
Iba depositando pequeños besos cerca de su boca, rozando sus labios pero sin llegar a tocarlos y él se debatía entre dejarse llevar por aquel sentimiento renacido o luchar con todas sus fuerzas por matarlo y así dejar de sufrir. Pero no podía hacer ni lo uno ni lo otro, porque millones de escenas de la noche anterior, intentaban impedírselo, colándose en su escasa cordura, mostrándole una película repleta de besos, caricias, gemidos y susurros nocturnos de la que ahora se sentía un espectador de excepción.

No podía estar ocurriéndole nuevamente, no…

Una lágrima solitaria escapó del dique de contención y llegó hasta sus labios. Su sabor salado le hizo abrir súbitamente los ojos y se repitió que aquella sería la última vez. Nunca más volvería a alucinar con ella, porque no estaba dispuesto a cometer el mismo error dos veces. Ya no quedaría en ridículo, ya no volvería a ir al hospital feliz a gritarle que quería vivir con ella… porque aquello iba a terminar, aun no sabía cómo ni cuándo ni dónde, pero pondría fin a aquel maldito juego

No pudo soportarlo más y la tomó fuertemente de los hombros, casi clavando las uñas en su piel desnuda y la apartó bruscamente de él, dándole un empujón que casi la hace caer de la cama.
Ella se alejó, sorprendida por su violencia. Le lanzó una mirada interrogante, mientras se sentaba a los pies de la cama, abrazando las piernas que horas antes él había recorrido.

House suspiró y miró al techo, intentando ver más allá de la mancha de humedad ,sin forma, que su vecino le había dejado de regalo mientras estuvo fuera. Negó con la cabeza como una respuesta no formulada en voz alta y habló, como si nadie más estuviese en la habitación, como si solo el silencio fuese el receptor de su mensaje:

-Quiero que te vayas. –Dijo, temblándole la voz.

-¿Te arrepientes? –Preguntó ella, con la misma tartamudez empleada por su amante, temerosa de oír de sus labios la respuesta que más miedo le daba. Si se arrepentía ya sabía cuál sería el destino de aquel proyecto de relación… y no quería ese final para su historia.

-Ojala pudiera hacerlo… -Murmuró. -Eso significaría que anoche fue realidad, que estuviste y estás aquí… -Cerró los ojos con fuerza, dejando que otra lágrima escapara y se deslizara por su mejilla, dejando un rastro de humedad que, aunque secara, difícilmente podría borrarse.

Cuddy sonrió y se movió de su posición, acercándose a él hasta poder acariciar su pierna deforme a través de la tela que le cubría, deteniendo sus dedos en aquella cicatriz que tantas veces les había unido y separado.

-House… estoy aquí… -Susurró, no muy convencida del resultado de sus palabras. -No estás alucinando otra vez… anoche estuve aquí, contigo y ahora también lo estoy… ¿qué puedo hacer para convencerte de ello?

-Nada –Rió amargamente, pensando en lo absurdo de aquella escena. -Qué patético soy, ¿verdad? Pensar que algo así podría ocurrirle a un cabrón como yo…

La decana se deslizó por la cama, hasta quedar tumbada a su lado, tan cerca de su cuerpo que la calidez de su piel traspasaba la suya, casi hasta incrustarse en su propia sangre, trasladándose por todo su cuerpo hasta llegar al órgano que le hacía vivir. Se abrazó fuertemente a él y al nefrólogo no le quedó más remedio que responder a aquella muestra de afecto que estaba seguro que no viviría jamás. Porque algo tan maravilloso no podía ocurrirle a un tipo como él.

-Pues será que eres un cabrón con suerte. –Susurró ella, acariciando su barbilla rasposa.

-Yo nunca he tenido de eso….

-¿Ah no? –Preguntó, inclinándose levemente para poder mirarle a los ojos. –Has sobrevivido a mil y una calamidad que a otros lleva a la tumba, has salido de un psiquiátrico, tienes un trabajo que muchos envidian, gente que te admira pese a tus malos modos, tu horrible humor y tu miseria, además, tienes un gran amigo que te aguanta lo inaguantable… y también me tienes a mí. ¿No crees que tienes demasiada suerte?

El nefrólogo no pudo evitar sonreír, pensando que en el fondo, su alucinación tenía demasiada razón. Era afortunado, tenía todo lo que Lisa había enumerado, excepto algo: aun no la tenía a ella y dudaba que alguna vez pudiera tenerla realmente.

-¿Sabes? –Preguntó, jugueteando con uno de sus negros rizos, notando la suavidad de su cabello en las yemas de sus dedos. -Muchas veces estuvimos así…

-¿Así como?

-Así… hablando de nosotros… tuvimos cientos de conversaciones parecidas… compartimos tantos momentos como éste…

-¿Me imaginaste muchas veces? –Preguntó la decana, notando su voz turbada por la emoción difícilmente contenida.

-Demasiadas… hasta el punto de volverme más loco aun. Te veía en mi habitación, en mi cama por las noches o sentada a mi lado durante la terapia… me tomabas la mano, me decías algo que me creaba un nudo en la garganta y me ayudabas a superar cada etapa en mi recuperación… en esos instantes en los que estabas a mi lado, me sentía feliz, tanto que aunque sabía que no estabas allí realmente, no quería que ese momento se acabase nunca, decías y actuabas tal y como yo quería y yo dejaba de ser un cobarde y me atrevía a decirte lo que nunca te podré decir jamás… creo que no me hubiese importado no salir nunca del psiquiátrico si te hubieses quedado para siempre en mi imaginación. –Su confesión causó un efecto devastador en ella y House se apresuró a limpiarle las lágrimas que le recorrían las mejillas. -¿Qué haré ahora? –Se preguntó, esperando que únicamente le respondiera el silencio. –En Mayfield era más fácil, no tenía que enfrentarme a tí y podía imaginar mil y una formas de amarte, de hacerte feliz. ¿Ahora qué? Tendré que reencontrarme contigo y no sé si podré resistirlo. –Cuddy sonrió, aun con su cara húmeda por el previo llanto y tomó su mano, besándole la palma. Se inclinó sobre su cuerpo hasta alcanzar la mesita de noche y tomó el teléfono móvil del doctor, mientras marcaba unos números aprendidos de memoria.

Sonrió a su compañero de cama, que observaba expectante todos sus movimientos y se colocó el móvil en la oreja, esperando pacientemente un tono, dos tonos, tres tonos, hasta que una voz soñolienta contestó al otro lado del hilo telefónico.

-¿Si…? –House escuchó la voz de Wilson y un escalofrío le recorrió. -¿House? ¿Estás bien? Me he quedado dormido, paso a buscarte en seg…

-Wilson, cállate. –Respondió la decana, con el tono autoritario y fraternal que algunas veces empleaba con él.

-Cu… ¿Cuddy? –Preguntó el oncólogo, con evidente sorpresa. -¿Qué haces con el móvil de House a estas horas… ? Vale, mejor no entres en detalles, no quiero crearme imágenes mentales con mis dos mejores amigos.

-Wilson, ¿serías tan amable de decirle a este idiota que estoy aquí con él? Está empeñado en que soy un dibujo animado fabricado por su prodigiosa mente y ya no sé que más hacer para que me crea. –Le pasó el teléfono al nefrólogo, que la miraba boquiabierto, sin ser capaz de reaccionar ni al interrogatorio de su amigo, ni a aquella perfecta imagen visual que se erigía ante él, portando la más feliz de las sonrisas y la mirada más amorosa que había visto nunca.
Era real.
Él la veía. Wilson la había escuchado. Era real. Ella estaba allí.
Siendo incapaz de sostener por más tiempo una conversación telefónica a la cual no había prestado ni una pizca de atención, arrojó el teléfono al suelo, sin colgar, deseando que se hubiese hecho añicos por el golpe.

-Eres… eres real… -Susurró, aun con sorpresa, acercando su dedo índice a su clavícula, deslizándose con suavidad por su piel.
Y entonces como si del mejor puñetazo de boxeo se tratara, sus palabras pronunciadas en voz alta, sus confesiones, sus sentimientos expresados, su corazón abierto, le golpearon de lleno en el rostro y se sintió tremendamente avergonzado por su actitud.

-¡Joder, Cuddy! ¡Otra vez has vuelto a hacerlo! –Gritó, casi empujándola de la cama y escondiendo la cabeza bajo la almohada, ante la risa divertida de la decana. -Te diviertes viéndome hacer el ridículo, ¿verdad? –Preguntó con un enfado que en realidad no sentía.

-¿Decir lo que sientes es hacer el ridículo? –Ella le quitó de encima la almohada que le cubría y por primera vez desde que era consciente que estaba viviendo una realidad, sus ojos se encontraron.

-¡Cállate! ¡Eres una jodida tramposa!¡ Te has aprovechado de mí y mi debilidad mental para hacerme decirte estupideces como si fuese el prota de una novela rosa!

-A mí me gustan esas estupideces que me has dicho.

-¡Porque eres una maldita cursi! Tú esperas que te regalen flores, que te inviten a cenar a un restaurante francés y te susurren poemas de Neruda a la luz de la luna… pues entérate bien, yo no soy como tú quieres que sea y nunca te llevaré al cine, ni a bailar, ni te diré las dos palabras mágicas que esperas oír. –Cuddy se inclinó sobre él y le besó, haciéndole callar. Deslizó sus labios sobre los del doctor y se sintió tremendamente feliz, al notar sus manos recorriendo su espalda desnuda, acercándola más a su cuerpo y correspondiendo al beso.
Él no sería lo que ella quería, le había dicho, pero, ¿acaso sabía él lo que ella quería realmente?
Se separó con brusquedad y le encaró.

-¿Sabes que he conocido a varios hombres mientras estabas ingresado? Hombres atentos, amables, apuestos, cariñosos, que me prometieron una velada inolvidable en cualquier restaurante de lujo con música de violines y comida exquisita. Pero acabé rechazando sus propuestas por una razón: no quiero eso. Nunca lo he querido, de haber sido así, no te hubiera elegido a ti, me hubiese quedado con cualquier otro que sería infinitamente mejor que tú. En cambio estoy aquí, contigo, con un hombre con el que cada mañana me veo obligada a rezar todo lo que sé para que te hayas levantado con el pie derecho y no me hagas regañarte más de la cuenta, con alguien que me hace comentarios sexistas e hirientes hasta rozar y a veces introducirse en la violencia verbal, con un hombre que sé que jamás me dirá te quiero porque él no es así de "cursi" pero que, en el fondo, tampoco necesito que me lo diga porque lo lleva escrito en la cara y yo puedo leerlo en él… - Él bajó la mirada, avergonzado de ser tan transparente a ella y Cuddy le tomó del mentón, obligándole a mirarla. -No quiero que dejes de ser quien eres. Te quiero así. Sé que tienes miedo y yo también, porque sé que no será fácil y que lo más probable es que no tengamos un final feliz, pero prefiero vivir un instante de miedo y el resto de mi vida con dolor, a vivir con la incertidumbre de qué podría haber pasado… no quiero arrepentirme de no haberlo intentado.

-¿Y qué hago? –Preguntó con un deje de derrota, rindiéndose ante la posibilidad que se le presentaba, de amar y ser amado.

-¿Qué quieres hacer?

House suspiró, pensando en todo lo que había soñado hacer con ella mientras estaba encerrado, en todo lo que hubiera querido decirle, en todos los besos que deseó darle y recordando las palabras que ella le dedicó en su última visita, "sólo tienes que olvidar todos tus miedos y dejarte llevar", decidió dejar de escuchar aquella maldita voz interior que nunca le había sido de utilidad y aplicarse la teoría que tan difícil le había resultado siempre.
La abrazó con fuerza, estrechándola contra su cuerpo y dejó que las palabras fluyeran libremente:

-Quiero pasar toda la mañana aquí, contigo, en esta cama… Quiero repetirte todo lo que te dije en Mayfield y demostrártelo… aunque posiblemente todo se quede en un intento porque nunca seré capaz de ponerlo en práctica… y a la noche… no te llevaré a un italiano, ni bailaremos ni te recitaré poemas al oído… pero creo que queda pasta en la alacena… y seguro que los spaguettis saben mejor sobre ti que en un plato… -Ella rió, golpeándole el hombro.

-Tengo que ir por Rachel, no puedo dejarla más tiempo con la niñera, así que o la invitas a cenar a ella también o…

-¡Arggg! ¡Maldito engendro! Siempre incordiando, debería aprender que mami tiene una vida aparte de ella. Ponle un par de pañales en la cuna y un biberón y déjale el número del pizzero y si tiene hambre que le llame.

-House… -Le regañó, divertida.

-Vale, tráela. –Accedió. -Pero nada de berrear ni vomitar sobre los muebles. ¡Ah! Y no pienso cogerla… aunque bueno, haré una excepción si es para que aprenda a tocar el piano, mejor que no sea una inútil musical como la madre. –Ella volvió a golpearle e inclinándose sobre él, le besó nuevamente, deteniéndose en cada roce de sus labios, en las acometidas de su lengua que entraba en su boca sin permiso…

-¡Eh, chicos! ¡Cortaos un poco que sigo aquí! –La voz de Wilson se coló a través del teléfono que había caído en algún lugar de la habitación, obligándoles a separarse.

-¡Wilson eres un puto cotilla!

-Sí y tú un cursi, ya lo ha dicho ella –Respondió el oncólogo, con mofa, anotando mentalmente todo lo que había oído, para usarlo a su favor si alguna vez sus amigos volvían a comportarse como unos idiotas.

-¡Cuelga ya o le diré a la enfermera que te estás tirando, que en realidad lo único que te interesa de ella es el culito de su hermano!

-Vale, seguid a lo vuestro, yo me voy al hospital, que algunos sí que trabajamos… ¿Queréis que diga que vais a estar enfermos un par de días?

-¡Lo que queremos es que cuelgues ya! –Gritó la decana, al borde de un cabreo monumental. Wilson farfulló algo incomprensible y el sonido de la llamada cortada les envolvió, dejándoles completamente solos en aquel nuevo paso en sus vidas que les asustaba sobremanera pero del que les era imposible alejarse.

Y tampoco tenían interés alguno en hacerlo, porque sin duda, se sentía mejor así, llenos de miedos racionales e irracionales, pero a la vez, felices por el simple hecho de estar el uno junto al otro, compartiendo besos, risas y algún susurro que a Greg se le antojaba extraído del más típico culebrón de sobremesa.

House no estaba seguro de poder ofrecerle la felicidad utópica e irreal que ella perseguía, no sabía si podría amarla eternamente o por unos años, meses o días… tampoco tenía la certeza de que aquel inicio de relación acabase bien… no tenía la certeza de nada, pero sí estaba empezando a comprender algo que siempre había tenido sentido: valía la pena cualquier futuro desastre, cualquier desgracia o trágica ruptura… hasta el mayor dolor jamás sentido merecía la pena… si los labios de Lisa Cuddy seguían escribiendo declaraciones de amor invisibles sobre los suyos... y él seguía sintiéndose feliz.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado, fueron felices y comieron perdices... en definitiva:

¡¡FIN!!