3 ¿De qué sirven las lágrimas?
(Segunda parte)
"He de prevenir, si no sé curar."
Lloró. Con toda su alma, y cada centímetro de su ser, lloró. Near terminó bajo él. La posición era incómoda, sobretodo teniendo en cuenta que el rubio le superaba en tamaño, pero más por lo que ocurría. Nate sólo había visto llorar a Mihael en tres ocasiones. Las primeras 2, al poco tiempo de haberlo conocido, y en cada una él no había querido que lo vieran.
Tras la muerte de su madre, él lo había cuidado, cuando lo trasladaron al hospital esa noche estuvo a su lado, incluso le aconsejó sabiamente que si le hacían preguntas debía contarles como todo había sido un accidente. Parecía estar bien, y hasta le leyó "El maravilloso mago de Oz" antes de dormir. Sin embargo, a mitad de la noche lo despertó un sonido débil pero insistente, de la más pura tristeza. Al levantarse, inmediatamente se detuvo, expulsado por un gemido de sorpresa.
"Nate, ¿estás bien? ¿Acaso algo te ha molestado?" le preguntó enseguida, forzando una sonrisa que hizo caer de sus orbes azuladas un último par de lágrimas, las que enjugó tan rápido como pudo, deseando que no las hubiera visto en el instante que tardó la energía eléctrica en alcanzar el filamento de la luz. Sus ojos estaban brillosos, desgastados, revelando sin dudas que su dueño había llorado y refregado las mismas lágrimas durante bastante tiempo. De reojo observó que habían pasado 3 horas desde que creía haberse dormido, a las 10:00 pm. ¿Tanto tiempo había sufrido? A pesar de sus intentos, su ceño mostraba un fruncimiento dubitativo hacia el centro, que anunciaba a gritos: "miedo".
La segunda vez había sido la siguiente noche, en un ejemplo similar, pero esta vez en la misma habitación del orfanato en la que ahora se encontraban, aunque entonces en ella se presentaran los signos de mayor atención a su persona: Un ramillete de margaritas frescas dentro de un colorido y alegre jarrito, un dulce dejado sobre la almohada, destinado a "endulzar sus sueños", el aroma todavía perceptible con atención de la cena, mezclado con el perfume de fresias característico de quien hubo trabajado allí anteriormente, a la que luego relevó Nelly.
Las próximas semanas, Mihael se había ausentado durante las noches. Near había sentido por esa época que su rostro cambiaba, se endurecía, aunque podría ser sólo su imaginación.
Y ahora esta. El mismo ceño, el mismo terror de algo que el menor claramente no podía distinguir. Sólo alcanzaba a sentir en su piel, manos asiéndose con toda su fuerza. Parecía que temiera que alguien lo arrancara de allí, lo arrastrara lejos, a quién sabe qué experiencia dolorosa que este quisiera evitar a toda costa, y tratara de sostenerse de Near para hacerlo.
Pero claro, Near no podía ver ningún peligro a su alrededor; en la habitación sólo estaban ellos. A menos que el peligro estuviera en el interior de Mihael, pero en ese caso, de poco le serviría sujetarse a la ahora empapada en líquido de aroma salado camisa de Near.
No tenía idea de que hacer, pero finalmente salió de sus especulaciones para notar que algo tendría que intentar.
Buscó en sus memorias, y recurrió a la frase que había oído de su madre cierta vez, hacía ya mucho tiempo.
– Todo estará bien. No va a pasarte nada, porque eres un angelito.
Escapada la frase de sus labios, notó lo que decía y esto le trajo algo de rubor a sus mejillas. Al menos, advirtió, había surtido efecto.
Los sollozos y las convulsiones frenaron por un instante en que dos dilatadas pupilas lo observaron de manera perturbadora, adoloridas, y él se levantó.
Quebrada la voz, tras tres intentos faltos de sonido, alcanzó a darle un "gracias" debilitado. Se levantó cuidando de no depositar más de su peso sobre aquel niño que había tenido debajo y se paró junto a la cama. Sentado – o desplomado – con la espalda al borde de esta, siguió llorando en silencio unos minutos, hasta que, gradualmente, se detuvo.
De su llanto sólo quedó una tenue humedad en el pijama de Near, y la intriga en su mente de qué lo habría causado.
– Lo siento. – La voz sonó extrañamente clara y firme.
– No, está bien. ¿Te encuentras bien?
– Si, sólo olvida lo que pasó.
– Pero…
– Sólo hazlo. Y te convendría dormir un poco…
Mihael se marchó.
¿Qué podía hacer si no obedecerle? Después de todo, lo hacía por su bien.
