PRIMERA PARTE - EL PORTAL
Capítulo I - La hija del inventor
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—En combate, nunca debes de descuidar tu guardia. Los peligros más comunes que te puedes encontrar dentro del bosque Guardia son los Hetakes. Ellos nunca cazan solos, siempre lo hacen en grupos, pero su debilidad radica en sus cuerpos suaves y su guardia desprotegida. Si mides bien tu distancia de un solo tajo les podrías… ¡Crono, presta atención!
El muchacho pelirrojo se sobresaltó por la reprimenda de Sir Dianos. No había escuchado lo último de sus lecciones por estar pensando en sus problemas.
—Ah… lo siento, Sir Dianos.
Su maestro resopló un poco enfadado, sabiendo que no podía estar molesto del todo con el muchacho, o quizá sí si analizaba los hechos. Con todas las cosas ocurridas últimamente entorno a su joven escudero y aprendiz, le sorprendía siquiera verlo continuar, levantándose por las mañanas tan temprano para tomarse la molestia de asistir a sus lecciones.
—Sigues pensando en Lucca, ¿cierto?
Asintió con la cabeza. Sir Dianos miró al chico intentando comprenderlo.
Su escudero era un joven pelirrojo de cabellos rebeldes. Cuando Sir Dianos no tenía la armadura, lucía las mejores prendas que solo un noble podría costearse; a diferencia de él, Crono vestía ropas sencillas y humildes. Ese día traía el saco gris obsequiado el día de su compromiso (el caballero no tenía intenciones en pedírselo de regreso) y unos pantaloncillos caqui llenos de costuras. Había cumplido los dieciséis años hace unos meses. La edad del compromiso.
—He visto Taban, sabes. En el castillo.
Su humilde pupilo bajó la mirada para evitar la del capitán de la guardia. Ya había tenido bastante con el señor Gendius. Todo un honor, —recordó— para el hijo bastardo como muchos en Truce le llamaban. Desde hace años se había acostumbrado a ser señalado como el hijo sin padre, también se había acostumbrado a los golpes recibidos cuando se peleaba cada vez que señalaban a su madre, pero acostumbrarse a la nueva situación sería una tarea muy difícil. La única persona en todo Truce que sentía aprecio por él además de su madre y por supuesto su maestro, era Lucca, la hija de Taban Gendius, el constructor e inventor real de Guardia. Rememora su infancia sobre cómo en un inicio el inventor no vio con buenos ojos la amistad con su hija cuando niños, sin embargo poco a poco le dio una oportunidad y le llegó a tener cierto aprecio al igual que su esposa, de hecho había sido él mismo quien propuso la idea durante el cumpleaños número quince de Lucca. En ese momento Taban lo habló con Lara, su mujer, con la madre de Crono, su hija y el muchacho para comprometerlos a ambos en matrimonio. Ahora ese aprecio parecía ser cosa del pasado. La última vez que vio a Taban, continuaba furioso por haber deshecho el compromiso a tan solo dos semanas del gran evento.
—No parece estar tan molesto ahora. Se le va pasando —mencionaba comprensivo el caballero—, pero creo que deberías hablar al respecto con Lucca. Me ha dicho que su hija aún no ha asimilado del todo los hechos.
—Es como mi hermana… —Murmuró.
—Quiero hacerte una pregunta —la voz del maestro sonaba más severa—. Si ya tenías definidos tus sentimientos hacia esa niña. ¿Por qué aceptaste la idea del matrimonio arreglado en un principio? Hubiera sido más fácil para todos si te hubieras negado desde un inicio, evitando a Taban la formalización del compromiso, en lugar de hacer pasar a todos dos meses de falsas parafernalias— el muchacho le desvió la mirada hacia la ventana avergonzado de sí mismo—. ¡Mírame a los ojos y responde!
—Maestro. No entiende. Mi madre, ella estuvo muy ilusionada cuando Taban me ofreció la mano de su hija. Y me siento mal porque yo también lo estaba, pero no por casarme con Lucca, sino por la posición de su familia. Créame, no estoy orgulloso de lo que hice
—Explícame mejor qué fue lo que te motivó a aceptar la propuesta.
—¿Qué es lo que quiere que le explique, maestro? Los Gendius son una familia de nobles como usted, mientras que yo… mi madre y yo… ya sabe. El bastardo de Truce, no me haga decirle como la llaman a ella. Pero yo, comprometido con una de las familias de nobles más prestigiosas del pueblo sólo después del alcalde. Cuando el señor Gendius me ofreció la mano de su hija, mi amiga, iba a negarme, pero la sorpresa de mi madre, la de Lucca, la mía en ese momento por no poder reaccionar como debiera.
—Así que decidiste aceptar por educación y para no desilusionar a nadie, y esperar a aclararlo todo cuando los preparativos estuviesen casi listos.
—Lo siento.
—No es a mí a quien debes de pedir disculpas.
—Sus padres…
—Ya sé que les pediste una disculpa a los Gendius. Aunque claro Taban no se la tomó tan bien como Lara. Sin embargo es Lucca con quien debes disculparte. Estaba bastante ilusionada en ser tu esposa.
No tenía que decírselo. Ya lo sabía. Dos semanas antes de la boda, había ido a la gran casa de los Gendius sobre la isleta del muelle, tras comprender finalmente en lo que se estaba metiendo.
Cuando llegó, la jovencita de largos cabellos castaños, habitualmente vestida como muchacho usando esos enormes anteojos, estaba de pie sobre la mesa sin los anteojos, con el vestido de novia puesto mientras que su madre desde su silla de ruedas confeccionaba los adornos de la cola auxiliada por unas mucamas. Taban estaba casi a punto de llorar al contemplar a su hija de quince años tan hermosa como nunca, incluso Crono sintió un nudo en la garganta, hasta ese instante nunca antes había apreciado la belleza de su amiga. El largo cabello de Lucca cubría su espalda desnuda de una manera exquisita.
—Hola querido —le saludó.
—¡Crono! Hijo, se supone que no debes de ver a la novia hasta el día de la boda, verla antes atrae a la mala suerte —le reprimía Lara—. Taban, ¿por qué lo dejaste entrar?
—No pude evitarlo. Temí que durante el gran día se amedrentara de ver tanta belleza en el altar, así que lo traje para que se prepare a lo que le esperará. —Sonriente, el señor Gendius tomaba del hombro a su futuro yerno, bastante divertido por la situación— ¡A que no te casarás con un ángel, hijo!
El pelirrojo deseaba que dejaran de llamarlo hijo, y especialmente que Taban lo soltara. Cuando dijera lo que había ido a decir, temía le asestara un golpe mortal con uno sus gruesos brazos. Aunque fuera una mente brillante a ojos del reino, además de arquitecto también era un constructor, uno rollizo pero bastante fuerte.
—Señor… yo, vine a decirles algo. Bueno, vine a decirle algo a Lucca. A todos.
—¿De qué se trata, corazón? —Le preguntó su joven prometida observando con atención el ramo, no estaba muy acostumbrada a andar sin anteojos.
—Es… sobre la boda.
—¡Es verdad! Cariño, construí algo especial para la boda —Los ojos se le iluminaron de emoción—. Lo diseñé y construí anoche. ¡Estaba tan inspirada! Es un lanzador de arroz automático.
—¿Un qué de qué?
—Un lanzador de arroz automático, tontín. Es como una catapulta a escala de cuarenta y cinco centímetros, solo que en lugar de arrojar rocas, lanza pequeñas cargas de arroz. Le puse un pequeño motor a vapor para que recorra el pasillo al final de la ceremonia. ¡No es fabuloso!
Cada vez era más difícil decir algo. Lucca, aunque físicamente era el retrato de su madre, el ingenio sin duda, fue la única herencia que tomó de su padre. Era tan lista, siempre se traía algo entre manos. Cuando eran niños, a Crono siempre le había divertido ir con ella para probar sus locos y disparatados inventos. Antes de ese lanzador de arroz del que le hablaba, el invento que su amiga (ahora prometida) había hecho, era una extraña máquina con la apariencia una persona obesa y alta de metal con orejas de "gato", así lo bautizó ella. Tenía una especie de grabación lastimosa de su padre repitiendo unas frases, era una máquina de entrenamiento pensada para los caballeros de Guardia. Su proyecto no fue bien visto por el departamento real de obras, así que lo donó a la plaza Leene como atracción. Aunque Lucca dijera que la grabación le decepcionó mucho, su amigo se maravilló con el hecho de haber creado algo sin vida capaz de imitar la voz de alguien.
—Estoy tan ansiosa que sea mañana. ¿Qué me ibas a decir, cariño?
Esperando que nadie dijera esta vez algo de nuevo para dificultarle la situación, lo soltó como le vino.
—No podemos casarnos.
Se hizo un silencio sepulcral cuando pronuncio las palabras, hasta las mucamas quedaron boquiabiertas. Lara casi se enterraba la aguja en el dedo debido a la impresión causada. Taban miraba asombrado a su alrededor, el chico distinguió a las manos del inventor real cerrarse fuertemente en puños, lastimándose con las uñas en las palmas. Lucca era la única que mantenía esa sonrisa, aunque con cierto esfuerzo, quizá esperando a que Crono dijera en cualquier momento "caíste" o algo gracioso. Pero la seriedad en el rostro de su prometido le demostró lo contrario.
—¿Có… cómo dices, cariño?
—Yo… Lucca, escucha. Ah… te quiero como si fueras mi hermana. No te amo. Bueno, sí pero no del modo en que un esposo ama… yo. Vine a decir eso. Tenemos que cancelar la boda, sería un grave error del cual nos arrepentiríamos luego.
—Pero… Yo, yo te amo Crono. Quiero casarme contigo.
"Quiero" era una palabra pocas veces usada por la muchacha, siendo a menudo empleada en otras chiquillas de noble cuna, mas raramente en ella, eso lo sabía él tras años de conocerla.
—Perdóname Lucca. Luego lo hablamos, tenía que pararlo ya.
Taban se situó al lado de su esposa en un intento de contenerse, ella le tomó de la mano notándole el impulso de lanzarse para lastimar al muchacho. Estaba tan asombrada, confundida y decepcionada como él, triste por su hija; pero no veía correcto permitirle echársele encima al chico para matarlo a golpes.
Los ojos de Lucca comenzaron a lagrimear, enseguida se bajó de la mesa y casi tropezándose con el vestido subió a su habitación. Las mucamas miraron nerviosas el horizonte por la ventana, pensando en la forma de marcharse sin ser obvias. Al verse en medio de la incómoda situación, donde los señores Gendius no dejaban de fulminarlo con la mirada sin poder procesar del todo lo ocurrido, les explicó lo que no pudo decirle a Lucca en el momento, una explicación que repetiría casi un mes después a Sir Dianos durante sus lecciones.
—Lucca está furiosa conmigo. No quiere hablarme desde lo que sucedió en su casa.
—No negaré que parece seguir molesta, pero no puedes saber si no quiere hablarte. Aunque no ha tenido contacto desde entonces contigo, tú tampoco has hecho el intento por buscarla.
—¿Qué chica querría hablar con su prome… amigo después de haber roto con ella de una forma tan cruel? Además, tiene razón y quizá sea mejor así. No tengo el valor de mirarla a la cara.
Resentido con él, el maestro tomó la ballesta antes colgada en la pared, añadiendo intentando cambiar el tema.
—¿Sabes manejar una ballesta?
—Ah… no.
—Si disparas contra algo sin ver siquiera, en el caso que aciertes puedes provocarle mucho daño al blanco si se trataba de algo vivo. Pero —levantado el arma le apuntó al pecho— Si le das un golpe certero previamente calculado podrías matarlo.
Crono intentó ignorar la repentina punzada de miedo. Sir Dianos era un amigo del padre de Lucca, pero no por eso intentaría asesinarlo de verdad por romper el compromiso; eso no dejaba de hacerlo sentir incómodo con esa cosa apuntándole, aunque fuese alardeando.
—Creo que prefiero la espada, maestro.
—De acuerdo —bajó la ballesta— ¿Me acompañas a hacer una entrega al castillo?
—¿He? Sí.
Tomó las cosas de su maestro, bajando con él las escaleras de la habitación. Abajo, recién llegaba el alcalde de Truce acompañado de sus hijos. La pareja de pequeños, divertidos subieron a su habitación con un frasco lleno de insectos, mientras el hijo mayor depositaba en la mesa un gran paquete.
—Sir Dianos, un placer.
—Veo que han llegado temprano de su campamento, alcalde. ¿Y su esposa?
—Se quedó hablando con una de las vecinas junto con mi hija. ¡Ah, mujeres! ¿Ya terminaron las lecciones?
—Sí. Crono me ayudará a hacer una entrega al castillo.
—He… sí. Hola, Crono.
La atmósfera se sintió repentinamente pesada. Crono supuso que si todo el pueblo seguía cuchicheando sobre la cancelación del compromiso, bien le sentaría irse a vivir dentro de poco a alguna otra parte, quizá a Porre. Maxwell, el hijo mayor del alcalde desataba un inmenso paquete compuesto por un grupo de lonas.
—¿Qué es eso, Max? —desvió el escudero la atención.
—Albergues para acampar. Me los vendió Elaine a buen precio. Necesitaré algunos ya que iré con varios amigos de campamento al desierto de Fiona en un par de semanas.
—Ah… ¿Cómo está su hermano?
—Quién sabe, aún no ha regresado de Choras. Tiene de aquí a que termine la feria milenaria si no quiere que lo dejemos. Ya se ha retrasado mucho tiempo de sus entregas. Oye, apenas escuché lo de Lucca y tú. ¿Es verdad que rompiste el compromiso?
—Crono, ya vámonos. Se nos hará tarde. —Le apuró Sir Dianos— ¿No se le ofrece nada, Alcalde?
—No. Nuestra servidumbre no vendrá hasta mañana, pero nos las arreglaremos. Les agradezco que hayan cuidado de mi casa.
—Por nada. Dígales a Will y a Kara si aparecen, que quiero hablar con ellos por las lecciones pendientes.
—¿No lo supo? Se comprometieron. La boda se efectuará en un par de meses.
—Se nos va a hacer tarde, maestro. —Apresuró Crono, harto del tema.
CHICAVICTORIA - Gracias por el recibimiento y los buenos deseos. Sin duda es una gran historia la que encierra este juego, espero seguir manteniendo tu interés. Gracias por los comentarios :)
