PRIMERA PARTE - EL PORTAL
Capítulo II - La mucama prófuga
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—Y ahora para mi acto final mi asistente Marle me ayudará.
Frente a la audiencia, Marle se le acercó sonriente para sacarle de la manga una serie de pañuelos entrelazados de distintos colores. Crono estaba un poco nervioso, a Marle se le notaba divertida por ser parte de la función, pero los niños junto con el festejado miraban aburridos y algunos bostezaban, mientras que al otro lado de la casa, Mento conversaba con algunos invitados, entre ellos el alcalde de Truce y algunos familiares.
Al término de la función, los niños se dirigieron afuera bastante decepcionados por los trucos de la pareja. Ambos suspiraron pensando que fue lo mejor que consiguieron con lo poco que el alcalde les entregó para preparar algo. Deseando irse de una buena vez, Crono le preguntó a la joven doncella si deseaba quedarse más tiempo, a ella parecía darle lo mismo mientras continuara bajo su compañía. Se dirigió con el alcalde para exigirle su paga de una vez, antes cambiarse de ropa.
—¿Alcalde Mento?
—No ven que estoy ocupado, niños.
—Solo quería decirle que me retiro.
—Bien. Gracias por todo, ahora váyanse.
—Señor, todavía no me paga.
Fastidiado, Mento sacó con recelo las monedas en un saco para entregárselas a Marle. Los chicos se vieron el uno al otro haciendo un asentimiento que por lo menos podrían ahora ir a la feria Milenaria. Al paso de la habitación de Connie hacia la salida, la esposa de Mento se les apareció enfrente cuando su esposo dejó de prestarles atención.
—Muchachos, les agradezco que hayan venido a entretener a mi hijo y a sus amigos en su fiesta.
—Gracias señora, fue un placer —respondió Marle.
—Sí. También disculpen la rudeza de mi esposo. Tomen esto —les pasó un saquito pequeño— Sé que mi esposo no les pagó lo justo, no le digan que les di esto adicional.
En eso llegó el pequeño del cumpleaños para quejarse con ella.
—Mamá. Papá dice que no podemos ir a la feria milenaria.
—Lo sé cariño, pero tu padre dijo que no se puede porque gastaría mucho en el transporte del Ferry para los invitados. Ya lo conoces, tenle paciencia.
—¡No es justo, parece que papá quiere más al dinero que a mí! —Respondió malhumorado retirándose a pasos largos.
—Los niños nos odian, es tan triste —mencionó la mujer a los muchachos.
—Señora, no diga eso. Sus hijos no la odian —la reconfortó Marle.
La mujer les agradeció y se retiró a la cocina. La muchacha miró a Crono y añadió en voz baja.
—Solo odian a su padre.
—Es verdad.
—Creo que los justifico, mi padre se parece un poco al alcalde.
—¿En serio?
Pero no respondió, la muchacha se paralizó de pronto observando al frente. Buscando su punto de atención, Crono encontró a su maestro de espada Sir Dianos, el caballero recién llegaba algo tarde a la fiesta. Estaba a punto de sugerirle a Marle ir a saludarlo, cuando de repente la doncella se echó a correr por la puerta trasera dejándolo solo y sorprendido. Preocupado la siguió aún con el traje de bufón puesto, pero con sus ropas en una bolsa.
—¡Crono, más te vale cuidar ese traje o te lo cobraré! —Le advirtió el alcalde al verlo partir.
Al escuchar su nombre, Sir Dianos elevó la vista sobre los demás para buscar a su pupilo y escudero, pero ya se había marchado.
Cercana a la alcaldía, había una posada propiedad de una anciana, en ese instante medio dormida en recepción. Oculta en la entrada, Marle respiraba agitada igual que Crono al llegar en su intento de alcanzarla. Cuando comenzaron a recuperar el aliento, el joven le echó en cara.
—¿Qué te ha pasado? ¿Por qué huiste cuando llegó Sir Dianos?
—Te dije que no quería verlo, es todo.
—Dime que es lo que ocultas, no es normal esa reacción. ¿Qué es exactamente lo que se traen ustedes dos?
Muy asustada por lo que podía percibir Crono, apenada y con el temor vigente de ser descubierta, la antigua joven mucama del castillo mencionó tras pensarse su respuesta un momento.
—¿Recuerdas las piezas de oro con las que te dije me indemnizaron?
—…Continúa. —Pidió temeroso por lo que podría seguir.
—Las robé.
Sir Dianos pareció salir de la casa para hablar con Mento de unos asuntos sobre los impuestos. Sin pensárselo mucho, el pelirrojo tomó de la mano a su acompañante, llevándola hacia el interior del café a la vuelta.
Adentro no había mucha gente. En un pizarrón colgante estaba escrito:
«Vendo cecina de calidad importada de Choras a veinte piezas de oro»
—Ah, disculpe. —Se dirigió al encargado.
—Dime chico, ¿Quieres una bebida o viniste por la cecina? ¿La quieres, tienes suficiente dinero?
—No, gracias. Puede permitirnos a mi compañera y a mí la habitación de junto, sólo es para guardar nuestras cosas.
—De acuerdo muchacho, pero te costará una pieza de oro la hora.
Evitando discusiones y comprendiendo el malentendido del hombre, sacó del dinero de su madre el equivalente en piezas de plata. Pagó al dueño con las diez monedas evitando discutir con él, y con pena pasaron bajo la mirada de los parroquianos. Marle por supuesto ignoró el malentendido, pero se detuvo un momento curiosa a observar a la curiosa criatura que estaba tocando el piano: Era gorda, bajita de estatura, más o menos le llegaba a la cintura, cubierto de pelaje blanco y con grandes orejas. Parecía un oso de felpa viviente, pero un poco más feo y tosco, con cara de simio.
—¿Quiere que toque algo, señorita? Puede ser algo movido o lento.
—¡Algo movido!
—¡Marle! —Le recriminó Crono arrastrándola a la habitación.
Desde adentro se pudo escuchar la rápida melodía tocada por el monstruo en el piano. Tomando su ropa, Crono se fue tras el probador del cuarto para quitarse el ridículo traje de bufón. Marle aguardaba preocupada sentada en la cama las recriminaciones de su amigo.
—¿Cómo es eso que hurtaste cien piezas de oro del castillo?
—Crono, por favor. Soy humana y no pude resistir la tentación. Pasé por los aposentos de la princesa, había un cofre abierto y…
—¡La princesa! Sí que la has hecho buena. Esa niña querrá cortarle la cabeza a quién sea que le haya robado. ¿Cómo pudiste?
Ya cambiado, salió del probador con el traje de bufón en una bolsa. Se le miraba molesto.
—A ti no te echaron del castillo, vienes huyendo, ¿cierto?
—Pues… sí.
Se sentó al lado de ella guardando silencio. La rubia hubiera preferido que le gritara o algo, pues el silencio solía incomodarla bastante más que los gritos.
—¡Crono, ya dime algo!
—Estoy pensando en lo que podríamos hacer.
—¿Podríamos? ¿No piensas entregarme?
—No, no lo haré. Lo que hiciste no estuvo bien, si lo sabré yo, pero eres una buena persona en sí, algo confiada pero buena —Marle se ruborizó—. Lo correcto sería que tú misma te entregaras, pero no sé cómo se las podría gastar el rey o la princesa el asunto.
—Por favor no me entregues. Si quieres te doy mi palabra que por mi propio pie regresaré al castillo para entregarme mañana, pero no quiero hacerlo hoy.
—¿Pero por qué?
—Tengo muchos deseos de visitar la feria del Milenio, dame ese capricho. Además conozco a la princesa, recuerda que fui mucama y le presté mis servicios muchas veces. Confío será piadosa y por tanto indulgente conmigo.
Crono lo meditó un momento. Realmente sentía algo de pánico por andar con una ladronzuela, pero a final de cuentas ¿no fue él quien intentó robarle su colgante para vendérselo al herrero en un inicio?
—De acuerdo, pero será mejor que no andes sola por ahí. Si te apresan sin que tú te entregues primero, el castigo puede ser mayor.
—¿Tú me acompañarás? ¿Me protegerás?
—Ah… Si, por… supuesto —balbuceó al sentir la intensa mirada de Marle llena de suplica y anhelo—. Entonces vámonos a la feria, sólo hay que tener cuidado de Sir Dianos.
—¡Por supuesto, gracias! Por cierto, ten, es el dinero que el alcalde te pagó. Me lo había olvidado de dártelo.
Más tranquila al sentir haberse librado de un gran peso, la muchacha le entregó el dinero. Crono tanteó ilusionado el saquillo.
—Gracias, pero antes de irnos, ¿no me acompañarías a comprar una espada unas casas más adelante?
—¡Acaso eres un espadachín!
—Algo así, Sir Dianos es mi maestro. Acepté el trabajo de bufón para poder comprar una espada de verdad y dejar de usar la de madera.
—¡Increíble! En el castillo hay muchos espadachines, deberías de pedir trabajo ahí algún día.
—Gracias, aunque todavía me falta práctica. Quizá cuando termine mi instrucción lo haga.
A punto de salir de la habitación, Marle se detuvo pensativa. Cuando Crono le preguntó si algo le preocupaba todavía, dado la expresión tan seria ahora en el rostro de su siempre entusiasta amiga.
—Crono. ¿Es cierto lo que dicen? ¿Qué las personas que no son sinceras se quedan sin amigos para toda la vida?
—No estoy seguro, ¿Por qué lo dices?
—Creo que no he sido sincera del todo contigo. Yo… tengo algunos secretos que no quisiera decirte, por miedo.
—Vamos, me acabas de conocer Marle, no te fijes en eso. Me halaga mucho saber que confías en mí como un amigo. Si no quieres revelarme hoy tus secretos no tengo problema, mientras quieras continuar siendo mi amiga, con eso bastará para que continuemos juntos.
Con una radiante sonrisa, el rostro se le iluminó resaltando sin querer su belleza natural. Sonrojó nuevamente al muchacho tras perdérsele del brazo.
—Gracias Crono. ¡Entonces vámonos a la feria!
