Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, ya que estos únicamente son de su creador (Masami Kuramada), así como las personas y entidades que posean algún derecho sobre ellos. No hay intención de lucro alguno en la publicación de esta historia.

Advertencias: Es un fic yaoi (relaciones homosexuales) por tanto algo alejado del canon. Si por algún motivo consideras que este fic puede herir tus sentimientos, por favor no continúes. Muchas gracias.


Capítulo III

—Simplemente perfecta —dijo Aphrodita al observar la flor que acababa de cortar del arbusto—.Sin duda has superado a tus hermanas, tu fragancia, tu color, tu textura…

—¡Es una jodida rosa más!—bufó su tosco compañero e interrumpiendo las alabazas del otro, quien le miró amenazante—. Se lo has dicho a todas las que has cortado desde que he llegado. Escuchar esa bobería una vez puede tener un pase, ¡pero es la séptima mierda de perfecta fragancia, color y no sé que otras gilipolleces!. Me aburre oírte decir toda esa sarta de sandeces, es agotador y deprimente. Lo mejor que puedes hacer es prestarme atención a m, ni siquiera me has saludado desde que he llegado, y eso es imperdonable, pues yo soy muchísimo mejor y más importante que cualquier florecita de esas.

—¡Por todos los dioses Cosimo! ¡Cállate!—gritó furibundo el hermoso caballero y al acto le lanzó la rosa roja que acababa de cortar, la cual fue esquivada por los pelos por el guardián de la cuarta casa—.¿Cómo te atreves a decir que estas maravillas son simples florecitas? ¡Cómo osas insultarlas con tu vulgaridad!

—¡Uy qué mal! Aphrodita no me has dado. Estás haciéndote viejo —dijo con sorna el hombre moreno.

—Esa no era mi intención. Si hubiera querido que mi rosa te alcanzase, ahora estarías padeciendo los efectos del veneno, revolviéndote en el suelo por el dolor. Mereces un castigo por menospreciar mis obras de arte. Pero luego pienso que tú nunca vas a entender ningún tipo de arte que no tenga algo de macarro, por lo que no tiene sentido malgastar una de mis maravillosas rosas en ti —dijo el caballero de Piscis centrándose de nuevo en el rosal, al cual trataba con mimo.

—¡Oye has sido tú quien me ha dicho que viniera! Esperaba algo de hospitalidad de tu parte. No sé, quizás unos pastelitos, un té, una de esas cursilerías que tanto te gustan. Pero desde luego no esto, escucharte piropear a tus rosas y verte hacer de jardinero —dijo sentándose en un banco de piedra del jardín—. Sabes, tengo cosas más interesantes que hacer hoy, que estar aquí perdiendo el tiempo contigo.

—Te había citado para que estuvieras aquí un poco más tarde. Si te has presentado antes de lo previsto es que te estabas aburriendo y no has encontrado a nadie a quien incordiar —comentó Aphrodita, sonriéndole a su compañero que fruncía el seño molesto al verse descubierto—. Así que, estate sentadito allí y no hables hasta que yo no termine con mi creación.

El de cabellos azul turquesa continuó con su labor bajo la atenta mirada del otro. Aunque el primero era plenamente consciente que el silencio no duraría mucho.

Deathmask era un experto en observar el comportamiento de los demás, además de esa asombrosa memoria para recordar detalles que a la mayoría de las personas pasan desapercibidos y eso sin contar con esa intuición infalible que le había sacado de más de un apuro, permitiéndole seguir con vida. Desde que había llegado no había podido evitar darse cuenta que a pesar de que la túnica holgada que llevaba su amigo, sus músculos estaban tensados y a pesar de la aparente delicadeza con la que trataba las rosas, estaba siendo algo brusco con ellas, el Aphrodita que él conocía haría aquello con más esmero y cuidado. También estaba el hecho de que quisiera hablar con él, de citarle a una hora determinada en su templo y además el mensaje que nadie le viera. Todo ello le llevaba a una conclusión, Aphrodita estaba enfadado y molestó por algo, bastante, ya que como Milo y él mismo, no solían mostrar sus emociones reales fácilmente, de hecho Aphrodita era el mejor de los tres en disfrazarlas, aunque en su presencia solía ser más sincero.

—Vas a decirme por qué estás crispado o voy a tener que averiguarlo —dijo acercándose a su compañero. El silencio es elocuente—. Desde luego tiene que ver con algo que te importa. Y a ti sólo te importan cuatro cosas en la vida, tu orgullo, tus rosas, por supuesto yo —la expresión crispada del hermoso hombre hizo que el otro se rectificase inmediatamente —, bueno, tus amigos, que todo se reduce a Milo y servidor, porque seamos realista somos los únicos que aguantamos tus gili…

—Te recomiendo que no sigas por allí, Cosimo —dijo mostrándole una rosa negra y con intención de no fallar en esta ocasión.

—¡Oye!. Quieres dejarme de llamar así, hace años que mi nombre es Deathmask, si quieres te lo deletreo para que esa linda cabecita lo recuerde —le espetó el caballero de cáncer y ahora tuvo que esquivar unas cuantas rosas negras, poniendo distancia entre ambos.

—¡Qué carácter! ¿De qué estaba hablando? —meditó un segundo—. ¡Ah, sí! Y por último, la falta de información y control —continuó comentando el italiano—. Sobre todo esto, te está convirtiendo en un ser muy quejumbroso. Te corroe no saber, no te gusta ir a tientas, necesitas saberlo todo hasta el más mínimo detalle.

—¿Y a ti no te molesta?

—Sólo un poquito. Aunque debo reconocer que antes, cuando mandaba el Saga divertido, sabíamos todo lo que ocurría en el Santuario, hasta lo más ínfimo, e incluso, hubo momentos en que eras tú quien le susurraba a su oído —dijo acercándose a su compañero de nuevo—. Pero ahora, todo es diferente y tú no puedes soportar que se te deje a un lado y que tus informantes hayan sido remplazados por gente…, digamos, no muy afín a ti. ¿Has probado regalarle rosas? —le sugirió tomando una de las rosas recién cortadas.— A las mujeres les gusta que se les obsequien con ellas. ¡Ups! Me parece que no sería una buena idea, ya que las tuyas son un poco nocivas para la salud. No creo que Atenea apreciase el regalo.

—¿Ya has terminado de parlotear?. Además, Atenea nunca ha sido el problema de nuestra situación de incomunicación sobre los asuntos del Santuario. Pero esto no durará mucho tiempo —Aphrodita caminó hacia el interior del templo de piscis con paso rápido, seguido de cerca por Deathmask. Al llegar a los cuartos interiores, el hermoso hombre sacó de un compartimento secreto en la pared una serie de pergaminos y se los mostró a su compañero.

—¡Oh, ya veo! Nuevos sirvientes, nuevos informadores. ¿Sabes que esto es traición?

—Por supuesto que no, esto es ojear unos papeles que alguien descuidó guardar correctamente —dijo Aphrodita, colocando las rosas cortadas en un jarrón de cristal transparente.

—Siempre me ha gustado tu perspectiva de ver las cosas —dijo riendo Deathmask y empezó a leer el contenido de los documentos—. Cada día me parece más interesante nuestro traidor convertido en héroe. Así que, es a él quien le interesa todo este asunto de la diplomacia.

—No sé por qué quiere que Atenea establezca ese tipo de relaciones y con tanta premura. Es algo inusual, pero toda esta era en que vivimos es completamente fuera de lo común, resucitar después de la batalla contra Hades, el cual fue vencido y asesinado, algo que jamás había ocurrido.

—Mejor no recordemos las consecuencias de aquello, encerrado en ese monolito, se me hizo eterno. No quiero pensar en ello. Todos juntos y sin espacio personal, todos dándome por saco. Milo ignorándome y estando con esos capullos.

—Yo sin embargo no dejó de darle vueltas y preguntarme, dónde estaba él cuando estuvieron todas nuestras almas encerradas juntas en la prisión de los dioses, teníamos que estar todos los caballeros de oro juntos y el Patriarca de este tiempo, incluso el alma de Kanon estaba con nosotros y eso que sólo fue caballero, ¿cuánto tiempo? ¿Un día?. Pero la suya no. Cuando "resucitamos" todos, aparecimos en el Santuario, él apareció una semana después.

—Desde luego, son cuestiones de lo más interesante —Deathmask se sentó en el mullido sofá y cogió un dulce de la bandeja sobre la mesita de café. Este tipo de cosas nunca faltaban en la Casa de Piscis—. Supongo que tú también te habrás percatado de esas incongruencias en su estado físico.

—Sí, a lo que me lleva a pensar algo que ni siquiera se puede decir en voz alta. Aunque no hemos sido los únicos que nos hemos dado cuenta, Géminis también.

—Él no cuenta. Demasiados remordimientos, si le decimos lo que sospechamos es capaz de tacharnos de traidores y matarnos al instante. ¡Joder cómo echo de menos al antiguo, este Saga es un muermo!.

—Es pronto para buscar aliados, además antes hay que averiguar lo que planea —comentó Aphrodita, al tiempo que se sentaba al lado de Deathmask y también cogía uno de los dulces—. Tú no tienes algo que contarme.

—No —negó Cáncer con rapidez, como un autoreflejo.

—Está bien —dio un mordisco pequeño a la pasta, saboreándolo con parsimonia—. La próxima vez que te pregunte me lo contarás, no me obligues a hacerte a hablar —le sonrió de tal forma que Deathmask sintió un escalofrío, claro que jamás reconocería que su amigo y confidente era capaz de provocar dicha sensación en él.

—Creo que es un buen momento para que te marches —dijo nuevamente el caballero de piscis al oír los pasos apresurados de los sirvientes que regresaban antes de lo esperado para continuar con sus tareas. La próxima vez debía encargarles más cosas, ya que se ve que estos al menos son competentes y no como los anteriores.

—Te veo donde siempre esta noche, necesitamos un poco de diversión —dijo yéndose por donde había venido, no sin antes escuchar las palabras del guardián de la casa.

—Me lo pensaré. Tu idea de diversión no me seduce, ya que se reduce alcohol y juego.

Al irse el hombre de tez oscura, Aphrodita se levantó del mullido sofá y guardó los pergaminos en otro lugar más inaccesible para cualquiera que no quisiera perder la vida en el intento. Pensaba que su enfado disminuiría al contarle sus sospechas a su amigo, pero había tenido el efecto contrario, no le gustaba que le ocultaran las cosas y sabía que Cáncer tramaba algo en que él no era partícipe e involucraba a su apreciado amigo Milo, conocedor de secretos que nadie más sabía. Tal vez el guardián de la octava casa le diría algo, pero desde que regresó de esa misión tan simple de la cual se había informado, algo en él no estaba del todo bien y se había vuelto un poco menos comunicativo y estaba ensimismado más de lo normal. Parecía afectado por algo, aquello producía una inmensa curiosidad en Aphrodita y algo de preocupación, Escorpio era un caballero letal y sanguinario, sus cualidades le convertían en un ejecutor, pero también tenía su propio sentido de la moral y el honor, que siempre prevalecía ante cualquier orden. ¿Acaso había hecho algo en esta última misión que había ido en contra de sus principios e ideales? Podía ser.

Hacía tiempo que los golpes de su amigo no le dolían como hoy. Se conocían desde niños, los dos eran griegos aunque el más joven no lo habla al principio, y cuando lo hacía era en una lengua extranjera que nadie entendía salvo Saga, el aprendiz de Géminis, pero aún así se comunicaban. El protegido por el futuro guardián de la tercera casa era muy expresivo en sus gestos y expresiones, en especial esos ojos azul violáceos que le parecían tan bonitos y nunca ha vuelto a encontrar unos como estos. Se hicieron amigos muy rápido, entre peleas y risas, siempre compitiendo entre ellos para ver quién era mejor, tan impulsivos que eran –y son– una constante competición en ver quién podía conseguir los logros antes y superar al otro, daba igual en que, tanto si consistía en hacer flexiones como en comer más patatas o quien llegaba más lejos meando. Siguieron siendo amigos incluso después del incidente de su hermano, hecho que le convirtió en un paria en la orden, su amigo tenía un desarrollado instinto de fidelidad y amistad, siempre recordará las palabras del aprendiz de Escorpio:

Vale, eres el hermano de un traidor, ¿y qué?

Esas simples palabras y su odio hacia su hermano le ayudaron a seguir adelante. Claro que a partir de ese momento empezó a llamarle hermano de un traidor y a dudar de sus capacidades para ser un caballero al servicio de la Diosa, al menos eso era de palabra. Siempre estaba allí ayudándole, explicándole cosas del cosmos y el séptimo sentido que su maestro le había contado. Fue el primero, por no decir el único, que le felicito cuando consiguió su armadura de oro.

A pesar de todo el tiempo que había transcurrido desde que lo viera escondido detrás de Saga hacía tantos años ya de eso, había cosas que no cambiaban, el color de los ojos de su amigo y que la impulsividad, en especial en él mismo, podían jugarle malas pasadas. No, si al final tendría que darle la razón a Shaka; "Ser tan impulsivo va a ser tu perdición" le había dicho varias veces el sexto custodio.

Por eso ahora estaba aquí, teniendo un combate de entrenamiento, hacía más de una hora que lo había iniciado y la última acción por parte de su adversario le había indicado que se tomaba el combate de entrenamiento muy en serio, demasiado. El muy cabrón le había lanzado una de sus "agujas", sólo le había rozado levemente por encima de su hombro, apenas un rasguño, pero como escocía y dolía. ¿Acaso quería que él también se pusiera serio? ¿Podían desencadenar la lucha de los mil días en lo que se supone es un ejercitación de músculos y destreza entre compañeros? ¿Por qué querría algo así? Repasa Aioria que puede haber molestado a tu susceptible amigo. ¡Oh, mierda!

Maldita la hora que le propuso entrenar con él de esta forma, ese era su plan. ¡Maldita confianza y orgullo!¡Ingenuo! Cómo había podido pensar que el enfado de su mejor amigo se había disipado tan fácilmente. ¡Con lo vengativo que era el Escorpión! Definitivamente tendría que ponerse serio o quedaría fatal ante su adorado hermano mayor que no tardaría mucho en aparecerse por allí, ya que habían quedado para entrenar también. ¡Bravo Aioria! ¡La culpa es de Camus!

Esta situación es su responsabilidad. Tal vez si en el pasado no hubiera estado tan absorto en su propia desgracia cuando era más joven, se hubiera dado cuenta que su apreciado amigo, que con el paso de los años no sólo dejó crecer su pelo en un ensortijada melena, sino también se hizo más poderoso y veloz de lo que jamás estaría dispuesto a admitir, su mundo también crecía. Un extranjero entrometido empezó a acaparar la atención y el poco tiempo del que disponía su único amigo. Desde el primer momento que se encontró con ese inexpresivo niño lo que sintió hacia él fue…, bueno odio es una palabra un poco fuerte y ese no era el sentimiento, ya que lo tenía bien identificado, era animadversión y fue mutuo. ¡Estúpido, frio, estirado francés y que se cree poseedor de la verdad absoluta! Con el paso del tiempo ocurrió lo inimaginable, el intruso se convirtió en el amante de su amigo, algo que no comprendía cómo era posible si uno era un témpano de hielo y el otro era fuego y veneno. Estaba seguro que su amigo de la infancia sufriría al final, la relación no duraría, aunque ya llevaran un par de años, incluso su relación sobrevivió a la distancia.

Hace unos días los dos, el señor de los hielos y él, habían tenido un intercambió, no de palabras, sino de otra cosa que había dejado marcas en sus cuerpos, de hecho a él aún le dolía el costado izquierdo. ¿Y por qué todo aquello? Explicación muy simple, siempre es un placer machacar al custodio de la onceaba casa, aunque en realidad quedaran siempre en iguales condiciones. Daba igual en que fuera, si en palabra o en acción. Antes, por suerte, Camus no pasaba mucho tiempo en el Santuario, pero ahora se había quedado permanente allí. ¿Por qué no volvía allí?

—Aioria, por qué no hacemos las cosas más interesante —sugirió su contrincante y juraría que sus ojos tenían ese brillo rojizo que sólo veía en las peleas serias—. Será divertido.

El concepto de diversión en un combate para su amigo equivalía al sufrimiento lento y agonizante del contrincante, que terminaba normalmente en rendición o muerte. No tenía nada en contra de ello, salvo en este momento que se enfrentaban. Ni loco se iba a rendir. Pero tampoco la opción de fin de la existencia le agradaba más, uno se tiene cierta estima. Pero él no se iba a echarse atrás, jamás aceptaría que su amigo le atemorizaba y le hacía temer por su integridad física. Él ignoraría todo eso, así como el palpitante dolor en su hombro que ya sentía entumecida toda la zona y se expandía.

—Tienes razón Milo, el calentamiento hasta hora ha estado bien. ¿Qué propones? —preguntó seguro. Oh por Atenea, esa ha sido la "sonrisa" del sanguinario, esa que pone cuando sabe que ha conseguido su objetivo. Ahora está realmente preocupado, pero antes muerto que echarse para atrás, él saldría victorioso. Claro, si la diosa Fortuna le brindaba su bendición.

—Primero, limitemos el área de lucha a treinta metros cuadrados —dijo señalando cuatro puntos en concreto. Un espacio muy pequeño, demasiado cerca el uno del otro—. Si alguno de los dos sale de dicho espacio, pierde.

Perfecto. Sacar a Milo de dicho espacio será sencillo, sólo tenía que atraparle y golpearle. Ya que en un combate cuerpo a cuerpo, normalmente ganaba, siempre que le apresara, pues no olvidaba que no había nadie más veloz que el guardián de la octava casa.

—¿Y segundo? —preguntó curioso el león dorado.

—Ningún ataque especial —respondió el joven al tiempo que se amarraba el pelo en una cola alta. Miró a su compañero parecía no entender muy bien lo que acaba de decir—Técnicas básicas, como cuando éramos aprendices.

—Sí —gritó eufórico Aioria al tiempo que alzaba los brazos al cielo en señal de victoria. No más jodidas "agujas". Pero tendría que haberse dado cuenta que la expresión de su amigo se había vuelto más sombría.

—¡Aquí voy! —anunció el Escorpión. Antes de que Aioria se diera cuenta su amigo le había golpeado en la boca del estómago y luego en la mandíbula haciendo que casi perdiera el equilibrio—. Y tercero, si tú pierdes pedirás disculpas a Camus por comportarte como un crio y jamás volveréis a intentar vuestras diferencias de esta forma —no hacía falta especificar.

—¿Y si gano yo, él me pedirá disculpas? —la idea de pedir disculpas al señor del hielo le horrorizaba. Él no había hecho nada malo.

—Simplemente te comportarás como el caballero de oro que se supone que eres y no más un …—Milo no pudo terminar de hablar, ya que el movimiento sorpresivo de las piernas de Aioria le había hecho caer al suelo, para ponerse sobre él, apresándolo.

A pesar que los dos tienen constituciones físicas parecidas, Milo es menos musculoso y más liviano de lo que aparenta, allí debe residir el secreto de su velocidad.

—¡Voy a ganar! No puedo creer que hayas vuelto a caer después de tantos años —dijo feliz el de cabellos castaños y ojos verdes.

—No seas ridículo, gatito —dijo el supuesto vencido que con un movimiento se zafó de su opresor y puso algo de distancia. Sus ojos estaban rojizos y su mirada parecía letal—. Esto acaba de empezar.

Aioria podía sentir una ráfaga de poder y calor provenir de él, pero no había cosmos alguno a su alrededor. Igual que cuando eran niños, mientras él se esforzaba tanto en concentrar su cosmos para destruir las enormes rocas, Milo lo hacía sin esfuerzo, como algo natural. Escuchó comentarios del tipo que el nuevo aprendiz era un prodigio, todo el mundo tenía mucha curiosidad en saber en que llegaría a convertirse, incluso su hermano le miraba en aquella época de forma curiosa e inquisitiva.

—Hola chicos —saludó el recién llegado. Ninguno de los dos se había percatado de la presencia de un tercero que los observaba desde hacía unos minutos—. Vaya Milo estás sangrando.

El león dorado puedo ver como un hilo de sangre por el lateral de su cuello manchando la camisa desgastada. ¿Una herida en la nuca?

—No es nada Aiorios —dijo Milo tocándose detrás—. Alguna piedra afilada —el herido estaba mirando fijamente la mano manchada con su propia sangre, más bien ensimismado en ello.

—Déjame ver —se ofreció el arquero, acercándose a él.

Cuando iba a tocarle Aiorios, Milo lo apartó de un manotazo, separándose de él y gritó algo en aquella lengua que Aioria no había vuelto a oír en años. La expresión en el rostro de su amigo era de terror y estaba lívido.

—¿Todo va bien? —preguntó una cuarta voz. ¿Cómo es que tampoco se había dado cuenta de su presencia? Acaso estaba escondido.

—No pasa nada Saga —aseguró el guardián de la novena casa—. ¿Qué haces por aquí?

—Buscaba a Milo para recordarle que hoy él tiene guardia conmigo, deberíamos hablar para organizarnos esta noche —explicó Saga—. ¿Es un buen momento? —pregunto al que él consideraba su hermano más pequeño.

—Tan bueno como cualquier otro —contestó Milo quien ya había recobrado su compostura e iba al encuentro del Caballero de Géminis—. Ya nos veremos Aioria —quien asintió simplemente.

Los dos hombres se fueron juntos, no sin antes los más mayores cruzasen miradas. Aioria no comprendía que acababa de suceder.

—¿Ocurre algo con Milo? No me digas que no, le conozco y él jamás había mostrado ese semblante.

—Supongo que revivió un recuerdo —murmuró Aiorios.

—¿Qué tipo de recuerdo? —cuestionó el menor.

—Cuando nos conocimos, después de todo yo le traje aquí —respondió.

—No lo entiendo.

—Olvídalo. No pasa nada —dijo Aiorios, dando por terminada la conversación. Se quedó observando por donde se habían ido los otros dos.

El menor de los dos hombres, conocía a su hermano. No iba a continuar hablando del tema y él no se atrevería a hacer más preguntas, pero allí había algo que no le gustaba nada.

Una orden es una obligación que una persona impone a otra sin que quepa el rechazo de cumplirla, al menos él no podía, nunca había sido un rebelde y no iba a empezar ahora. Es por eso que estaba aquí, sintiéndose un tanto desubicado en esta fiesta con gente ajena a su mundo. Jamás pensó que tuviera que socializar en esta misión que parecía tan sencilla, no le entrenaron para ello, sino más bien todo lo contrario, frialdad e indiferencia frente a los demás era lo que le habían inculcado desde que fue reclutado, hacía ya más de quince años.

—Al menos podrías intentar divertirte. No es tan difícil, estoy seguro que si lo intentas tú también puedes, no hace falta que sonrías—bromeó su compañero de armas, quien a diferencia de él si parecía disfrutar de la situación.

—No hemos venido a esto. Tenemos una misión, proteger a nuestra diosa. Una vez que se hubiera llegado a un acuerdo satisfactorio con la Fundación Delacroix debíamos regresar al Santuario. Sin embargo estamos aquí celebrando nuestro éxito en las negociaciones y "socializando" —su voz era de reproche y eso que no había sido su intención en ningún momento.

—Se te olvida la segunda misión encomendada, Atenea ha dicho que nos divirtamos y disfrutemos de la fiesta —dijo el alto y fornido hombre quien miraba a unas mujeres que le observaban—. Sabes creo que voy a socializar con aquellas bellas damas —y antes que su compañero pudiera decir algo, Aldebarán ya estaba hablando con ellas.

Observó que Atenea estaba hablando animadamente con uno de los miembros de Delacroix, acompañada del su fiel Caballero de Pegaso, quien tenía cara de aburrirse mucho. Su enorme compañero estaba allí, por lo que se decidió por salir al jardín, tal vez inspeccionarlo y comprobar que todo seguía bien, era la perfecta excusa para salir de allí.

Nunca se ha sentido cómodo en los lugares con mucha gente y ruido. Siempre ha preferido la soledad o la compañía de gente de su agrado, aunque la lista es muy reducida. Un poco de silencio me permitiría pensar un poco y estar tranquilo, después de todo, los miembros y el presidente de la Fundación Delacroix no le habían dado un respiro, básicamente ha llevado él las negociaciones y ha tratado con ellos desde el momento que dio inició el primer contacto, debe decir que están muy bien organizados y tienen muy claro que es lo que pueden hacer. Todo había ido más rápido de lo esperado.

No tenía nada en contra de esta nueva "política" del Santuario, aunque no estaba muy a su favor tampoco. Después de todo es un cambió muy drástico al asilamiento y secretismo que siempre ha caracterizado a la Orden del Zodiaco, más bien eran conocidos como una leyenda y creía que debería seguir así, rodeados de ese misterio y un heroísmo tan perfecto que resultaba ser irreal. Porque en ocasiones, por no decir siempre, las realidades no son del agrado de la mayoría, la sociedad tal y como es ahora les tacharía de torturadores, sádicos, amorales y un sinfín de adjetivos a cual peor. Pues los dos mundos son tan diferentes y opuestos. Las buenas intenciones no son suficientes y los medios para conseguir sus objetivos son a los ojos de este mundo, tan drásticos, al final las peleas se imponen, esperemos que la razón las apoye, de lo contrario no quería ni imaginarlo.

Se buscó en los bolsillos del traje alquilado un puro al que llevarse a la boca, como si por alguna extraña circunstancia fuera a aparecer allí. En estos momentos le encantaría tener uno, lo cual le recuerda que debe comprar algunos, Milo se deshizo de todos, menos mal que su enfado por el combate que había tenido con Aiora no fue a más, con la mala leche que gastaba. Aunque con él nunca se sabe. Se replanteó volver a dentro con la gente pero no he visto a nadie fumar, hay que ver cómo cambian las cosas. Le parece que su amante tiene razón, ya no está de moda. Sabe muy bien que el tabaco es perjudicial y puedo desarrollar un cáncer. Pero seamos realistas, es un caballero de oro, no esperaba pasar de los veinte, de hecho fue así. El hecho de resucitar es otro asunto diferente.

De pronto oye una voz femenina que habla en ruso, curioso, pero no se oye a nadie más. Ve sentada en un banco de piedra a una mujer que lleva un vestido de cóctel color azul, está hablando por uno de esos teléfonos móviles, pero lo que le llama la atención es lo que hay en su mano izquierda, un cigarrillo. Tal vez si que tenga que socializar con alguien después de todo.

Se acercó a ella de tal forma que le vea enseguida, no quiere asustarla apareciendo de repente a su lado. Cuando ella le ve, le sonríe. Le ha reconocido y yo a ella, es la secretaria del anciano señor Delacroix, el creador de la Fundación y su actual presidente. Se despide y cuelga su teléfono. Su nombre es… no lo recuerda.

—Perdone que la interrumpa —le dice en ruso, cosa que a ella le causa sorpresa.

—¿Necesita algo señor Camus? —le pregunta ella también en ruso.

—Mentiría si dijera que no —le contestó continuando hablando en ruso—. Pero puede darme un cigarrillo, por favor.

—No faltaría más, ¿o acaso prefiere un habano? —le sugiere ella, quien ha sacado de su minúsculo bolso un puro. Ahora es él quien está sorprendido.

—Sí, por favor. Muchas gracias —agradeció cuando ella se lo dio, así como el cortapuros y un encendedor. A pesar de los años que lleva fumando, habito que heredó seguramente de su abuelo, y que practicaba siempre de forma esporádica, la primera calada le marea un poco pero al mismo tiempo le relaja.

—Usted es como mi prometido, disfrutan de los puros, ¿no? —él asiente y ella continua hablando con voz melodiosa—. Yo a pesar de ser una fumadora empedernida, jamás le he encontrado el que a esto —dice señalando el objeto oscuro entre los dedos del hombre.

—Es uno de los pocos vicios que tengo, este es uno que práctico muy poco y a escondidas —las últimas palabras han sido más bien un susurro.

—¿Acaso es en realidad un camarada señor Camus? —le pregunta—. Su ruso es muy bueno para no ser nativo.

—No, soy francés. Pero he vivido más tiempo en la antigua Unión Soviética que en mi propio país —le responde. Es curioso hablar con esta mujer se le hace muy sencillo, lo normal hubiera sido haberse ido una vez que hubiera encendido el habano y no sentarse a su lado, y sobretodo, mucho menos contarle algo personal de su persona. Simplemente se siente a gusto con su presencia, no se compara a estar con Milo o Hyoga, pero es agradable estar con ella.

—¿A usted se le hacen pesadas estas fiestas como a mí? —simplemente asentí—. Yo ya debería estar acostumbrada a ellas, siempre para recaudar fondos y así continuar con nuestro trabajo. Pero tengo un límite y esta semana ha sido un poco estresante. Por cierto mi nombre es Olga Petronova, me parece que no habíamos sido presentados formalmente.

Ella extiende su mano hacia él, quien la estrecha correspondiendo su saludo y cuando ella se lo devuelve su apretón es firme y estira un poco hacia ella.

—Yo soy simplemente Camus.

—Como el escritor Albert Camus—comenta ella—. Me gusta su obra, en especial "El extranjero".

—He leído todo lo que escribió, es interesante.

Están los dos unos instantes en silencio, dedicándose a su particular vicio. Hasta que ella vuelve a hablar de nuevo.

—Dígame simplemente Camus, realmente su Fundación Palas está tan comprometida con el bien para la humanidad como han hecho creer a mi jefe o aún queda algo de la Fundación Kido en ustedes —le pregunta directamente mirándole fijamente a los ojos. Su mirada es limpia y parece que es capaz de leer la verdad en ellos—. Después de todo, los antecedentes están allí. Hubo un gran escándalo con la Kido el año pasado, todo aquello que hicieron de adoptar huérfanos para luego enviarlos a entrenar a lugares por todo el globo terráqueo, de los cuales muchos no volvieron con vida, para luego los supervivientes combatir por una armadura de oro delante de las cámaras de medio mundo. Las organizaciones proinfacia y derechos humanos se despacharon a gusto con ustedes y las denuncias fueron incontables. Además no olvidemos toda aquella malversación de fondos.

—Saori Kido daría su vida por el bienestar de la humanidad, son notables los programas de ayuda, así como los logros que ha conseguido en este último año, algo que ustedes no han podido ni en veinte años —no podía mentir diciéndole que no teníamos nada que ver, cuando yo mismo entrené a uno de esos muchachos cuyo combate fue trasmitido por la televisión. Eso fue una imprudencia gravísima de Saori, pero que puedes esperar de una chiquilla que ni siquiera tiene la mayoría de edad y unos idiotas que la asesoraban.

Ella se queda callada observándolo minuciosamente, al tiempo que deja consumir su cigarrillo en la mano. No pestañea y Camus puede apreciar las largas pestañas negras como su cabello que enmarcan sus ojos verdes.

—Le creo, veo una posible colaboración fructífera entre nuestras organizaciones en el futuro. No obstante, si en algún momento los intereses de nuestras fundaciones entrasen en conflicto, mejor no quiera que eso ocurra —amenazó ella, al tiempo que sonreía.

En esos momentos su sonrisa no me pareció para nada gentil, había algo que hacía que me sintiese seriamente amenazado por mi integridad y la de mi propia diosa. Eso no era posible, sé quien soy, me enfrentado a los mismísimos dioses a seres que con chasquido de sus dedos destruyen montañas. Pero, ¿por qué este temor incomprensible? No había sentido un cosmos ni nada que se le asemejara, sin embargo…

—Querida Olga, no interrumpo nada, ¿verdad? —dice el recién llegado. Un hombre que aparentaba tener unos cincuenta y pico, alto, de cabellos marrones y cortos, sus ojos son azules y sus facciones son algo duras. Sin embargo algo en su rostro se le hace familiar.

—Usted nunca es una molestia —dice ella, quien se levanta a darle dos besos—. Mi acompañante es miembro de la Fundación Palas, se llama Camus. Te presento al padrastro de mi prometido, Oskar Lázsló, quien está muy comprometido en ayudas humanitarias y un gran benefactor de nuestra fundación,

El Caballero de Acuario quien también se había levantado, estrecho la mano de aquel hombre.

—Exageras, simplemente aportó mi granito de arena —dijo restándole importancia—. Todos debemos ayudar un poco en contribuir que la Tierra sea un buen sitio en el que vivir.

—Bueno, ha sido un placer conocerlo, pero debo volver a dentro con los míos. Adiós —se despidió de ello. Tanto el hombre como la mujer hicieron lo mismo, luego cada parte fueron en direcciones opuestas. Camus supo en ese momento que se encontrarían de nuevo.

La noche era calurosa, como las anteriores. Era la segunda vez que me había ofrecido voluntario a realizar la ronda nocturna de guardias en este último mes. Hoy le hubiera tocado a Camus, pero debido a su misión, la cual se había alargado más a causa de la decisión de la diosa, yo no he dudado en tomar su lugar. No es que me agraden mucho las patrullas nocturnas, pero estoy dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de no dormir más, al menos no soñar. Desde que regresé de Nápoles, no dormía muy bien, porque mis sueños últimamente son una tortura para mí y a medida que pasan los días es mucho peor, parecen más reales y con detalles más claros.

Todas las noches son iguales, sueños de mi pasado, momentos felices con mi familia y luego aquella fatídica tarde en aquella cabaña a las afueras del pueblo de montaña, escondida en el bosque, nuestro hogar. Algunas veces eran imágenes nítidas, otras borrosas y en ocasiones, cosas sin sentido, como Caristeas riendo con mi madre y yo en una cuna, llamando su atención para que me cogiera en brazos, cosa que hace y me eleva muy alto. Otros son rostros difuminados, otras veces son sonidos, como gritos de angustia y mi nombre gritado por voces, a veces infantiles.

Hacía años que no soñaba con ellos, cuando era pequeño recuerdo que tenía constantes pesadillas y me despertaba gritando en la noche, cosa que molestaba a Saga y a Kanon, éste último, con quien compartía cama, me acurrucaba contra su pecho y me contaba historias de los grandes héroes hasta que me volvía a dormir y siempre después de tomar gran tazón de leche templada con limón y azúcar que preparaba Saga, aunque creo que llevaba algo de valeriana. Pero un día deje de tener pesadillas, empecé a olvidar casi todo mi pasado y mis nuevos "hermanos" desaparecieron, fue entonces que el Patriarca me puso bajo la tutela de mi maestro, un anciano que había enseñado años atrás al difunto Caballero de Escorpio, muerto años antes de mi llegada. De vez en cuando su Ilustrísima venía a visitarnos, de forma inesperada y rápida, incluso cuando estuvimos en Milos.

Pero desde que mate a Caristeas todos aquellos recuerdos y pesadillas han vuelto con más fuerza que antes, no hay noche que no sueñe con mi familia y su muerte. Llevó una semana soñando con el fuego que destruyó la casa de mis padres, pero el escenario cambia de repente y lo que arde es el Santuario. Supongo que son temores de que nos ataquen, temores a perder de nuevo a mi familia porque eso es la gente del Santuario para mí, incluido Capricornio. No todos los miembros de tu familia tienen por caerte bien y el concepto de ese término es muy amplio en las diferentes culturas.

Sé que Camus se ha dado cuenta que me ocurre algo, incluso creo que vigila mi sueño por la noche. Duerme conmigo todas las noches desde hace unos días, no se despega de mí, por un lado me gusta abrir los ojos y ver su rostro, lo que no me gusta es que tenga que dormir tan agarrado a mí y mucho menos que se preocupe o peor que averigüe lo que me sucede. Ya sé que debería contarle lo que hice en aquella ciudad, pero me lo recriminaría. Supongo que hay cosas que es mejor guardárselas para uno mismo, sé que también lo hace, jamás habló de la muerte de Isaac, ni tampoco de lo que le sucedió a su maestro.

Tal vez si contara lo que me sucede a alguien sería bueno para mí, pero no puedo, en realidad no quiero. Ya lo superaré, como otras cosas que me han sucedido a lo largo de mi vida. Es mejor que nadie sepa lo que ocurrió en mi misión, doy gracias de que Deathmask no preguntase ni pidiera detalles de lo que aconteció.

Aunque las pesadillas no son lo único de mi pasado que ha regresado, también los recuerdos lo han hecho, numerosos de ellos y en ocasiones no sé si son reales o son desvariaciones mías, empiezan a influir en mí y no me gusta, me desconcentran. ¿Por qué me ocurre todo esto ahora?

Odio esta situación, me hace sentir débil, como cuando era pequeño. Pero yo ya no soy un niño indefenso como antes, de hecho he vengado a mi familia, matando a su asesino. Desde luego no tengo remordimiento alguno por ello, los haría una y otra vez, hasta quedar satisfecho. Aunque aquella última conversación con aquel asesino, me había dejado inquieto, ¿ a qué se refería con sus palabras o acaso era su último intento para martirizarme?. Mis tres hermanos estaban muertos, Niko, Io y Laertes, vi como sacaban sus cuerpos en aquellas bolsas negras, así como los de mis padres, el fuego lo había destruido todo, incendió que no recuerdo como empezó ni como escape de las llamas, ni de Caristeas que me había atrapado después de degollar a mi madre. Como tampoco recuerdo como salí de allí, tal vez en unos días todo lo vea con claridad y lo rememore todo.

Sin embargo, si he recordado algo que me ha inquietado, entre toda aquella gente, bomberos, guardas forestales y policía, había un joven acompañado con un hombre, ninguno de los dos pertenecía a ninguno de esos grupos de persona, pero el mayor dirigía la situación y el joven, que debía tener la edad de Niko, me dijo que ahora mi nombre era Milo y que iba a tener una nueva familia, que no iba a estar sólo. Ese era Aiorios, ¿por qué estaba allí el futuro Caballero de Sagitario tan lejos de Atenas?. Ni que decir de mi actuación de esta tarde, ha sido como revivir aquello, aunque en aquella ocasión incluso le golpeé, no quería que nadie me tocara, atacaba a todo el mundo que lo intentaba, hasta que me sedaron y ya desperté en mi nuevo hogar, que al principio considere una prisión.

¿Qué diablos me está ocurriendo? Quiero que todo vuelva a ser como antes. No puedo comportarme así, de una forma tan inestable. Yo soy Milo, Caballero de Oro del signo de Escorpio, el más letal de todos, un asesino. ¿Qué clase de caballero soy si ni siquiera puedo controlar mis emociones y mis recuerdos me dominan hasta el punto que me hacen revivir mi pasado?

De pronto oigo pasos apresurados, no debe ser un intruso porque no se molesta en ocultar su presencia, debe ser alguien de aquí.

—No haces buena cara Milo —me dice el recién llegado dejando su casco sobre una columna derruida. Siempre me ha llamado la atención las dos caras talladas en los laterales, tan diferentes y al mismo tan iguales.

Me sorprende encontrarlo aquí. Se supone que debía estar inspeccionando los alrededores del Palacio de nuestra diosa y no aquí.

—Estoy bien. A menos que entendiera mal las instrucciones de patrullaje, cosa que dudo. ¿Qué haces tú aquí?. Un poco lejos, ¿no? —inquiero, esperando una respuesta.

—Quería hablar contigo a solas y sin interrupciones, pero últimamente estás muy acompañado en tu casa, ¿acaso se ha mudado a vivir allí?

—Es mi vida y para tu información no se ha mudado —le dije. El hecho de que Camus pasé más de dieciocho horas -sí, las he contado- al día en mi templo envés de estar en el suyo durante estas dos últimas semanas y que la mitad de sus apreciados libros estén esparcidos por toda mi sala, así como otras cosas de uso personal, que diga a los sirvientes que han de comprar para la comida y mi cama huela a su loción de afeitado, no significa que estemos viviendo juntos. Para nada. Simplemente está más tiempo porque mi templo es más interesante y menos frío que el suyo.

—Vuelves a tener pesadillas como antes—no es una pregunta, sino una afirmación y sólo con mirarme no necesita que yo se lo confirme—. Y van en aumento. Además los recuerdos son más intensos. No entiendo qué ha podido pasar para que regresen, tuve mucho cuidado en hacer que olvidarás todo aquello. Sólo debías recordar lo más esencial, sus nombres, sus rostros y que estaban muertos, pero todo ello sin mucho detalle, hasta hice que olvidarás el húngaro.

—¿Qué quieres decir? —exigí saber inmediatamente. Acaso "mi hermano mayor" me había hecho algo para que todo aquello cesase cuando era un niño. Era un gran manipulador de la mente.

—Sufrías tanto, los recuerdos y las pesadillas te hacían tanto daño, apenas dormías y comías. Estabas agotado y decías tantas incoherencias, además de las alucinaciones. Se me rompía el corazón al ver a mi "hermanito" así, tenía que hacer algo al respecto, como ahora y esta vez será para siempre —dijo Saga levantando su puño y lanzándolo hacia mí. Un rayo dorado salió de este, ¿qué hace?—. Olvida tu pasado antes de llegar al Santuario, todo aquello anterior a tu ingreso en la orden será como si jamás hubiera ocurrido, recuerda a partir de que el Patriarca te pusiera bajo mi supervisión. Olvida todo lo relacionado con la vida de Andrassy Tsergas.

¡No puedo moverme! ¡Esto es el Satán Imperial!. Mi cuerpo está paralizado, no siento nada, salvo un terrible dolor de cabeza, la vista se me nubla y me cuesta respirar. Algo le ocurre a mi mente. ¡Qué pretende! Me esfuerzo en pensar en mi familia. ¿Por qué no recuerdo el rostro de mi madre? ¿Cómo se llaman mis hermanos? ¿Cuán alto me alzaba mi padre cuando me levantaban en brazos?

—Saga, por favor. No me los quites —consigo decir llorando—. Mi pasado es mío.

—Tranquilo Milo, pronto pasará todo. No habrá más dolor, simplemente la orden, nosotros tres y Atenea —dice el cabrón con una sonrisa gentil.

—¿Por qué? —aunque cualquier explicación que me dé no va a disculpar lo que está haciéndome. Nada lo hará.

—Eres mi "hermano pequeño", te quiero. Nunca he soportado verte sufrir, a ti no, ni siquiera cuando la oscuridad me tomó por completo.

—Jamás te lo perdonaré —y me desmayé, aunque antes oí a alguien llamarme angustiado.

Fuego enfrente de mí, ¡qué cálido es!. ¿Dónde estoy? Alguien me sostiene en sus brazos, ¿la silueta de una mujer? Soy muy pequeño, puedo ver mis manos, intentando coger el cabello de la mujer, y son diminutas. Allí hay alguien más, muchos más. Niños y adultos, todos sostienen algo, es una cañaheja que contiene fuego. Esa mujer me acerca a las llamas y estas se apartan a su paso, para luego rodearnos. Pero antes de ser envuelto por ellas, todo se rompe a mí alrededor como si se tratase de un espejo haciéndose añicos, dejando únicamente oscuridad, rayos a mí alrededor y yo adulto cayendo al vacio. Entonces veo una enorme águila que se abalanza hacía mí, con sus garras intenta detener mi caída y lo consigue pero la presión es tal que mi cuerpo va a partirse. Tengo que escapar de ella, es lo que pienso mientras se eleva sobre el vacio.

Abro los ojos de pronto, ¿qué hago durmiendo en el suelo? Me duele mucho la cabeza, peor que cualquier borrachera. Pero qué estaba haciendo. Yo estaba patrullando y… No lo recuerdo. ¿Me habrán atacado? ¿Quién me ha colocado mi capa por almohada?

—¿Cómo te sientes? —me pregunta una voz conocida. Kanon, quien estaba con nosotros desde hacía un tiempo ya. Como las otras veces no se había ido del Santuario después de unos días.

—¿Qué ha pasado? —le pregunté. ¡Joder que no recuerdo nada! Entonces él me habla en una lengua extraña—. ¿Qué diablos has dicho?

—No reconoces esta lengua, es húngaro. Antes lo hablabas porque tu madre era de allí, de hecho es lo único que hablaste durante un año —me explicó—. Me habías pedido que te enseñase, ya que se olvidó hablarla.

¡Genial! Ya está hablando de cosas sin sentido, yo siempre he sido griego y jamás he hablado dicha lengua. Además mi madre, mi madre… ¿Quién era? No recuerdo si alguna vez he tenido una o una familia fuera de la Orden. Yo he crecido en el Santuario, mi vida está dedicada al servicio de la Diosa Atenea, la protectora de la humanidad. No existe otra vida que no sea esa.

—No sé de qué diablos estás hablando. Respóndeme qué me ha sucedido —vuelvo a insistirle.

—Simplemente el cansancio ha hecho mella en ti. Llevabas días sin descansar y dormir de una forma satisfactoria. Yo por mi parte tenía calor y no podía dormir así que salí a caminar un rato. Cuando te encontré hace dos horas, comprobé que sólo durmieses y estuvieses bien. No quise despertarte, así que continué con tu ronda y luego volví a tu lado. No te preocupes nadie va a saber lo que ha pasado, ¿de acuerdo? —me lo dice porque mi cara debe ser un reflejo de la vergüenza que siento en estos momentos. ¿Qué clase de caballero soy si me duermo como si nada?—. Milo todo está bien, pronto amanecerá y te conviene regresar a tu templo. El Patriarca no pedirá un informe hasta la tarde. ¡Venga vámonos!.

Decido hacer caso a su consejo y cojo su mano que me ofrece para ayudarme a levantarme, la cual tiene los nudillos enrojecidos y pelados, ¿qué habrá golpeado para que estén así?. Me siento aturdido, aún así me fijo que su mejilla está inflamada y enrojecida, se la acarició, se sorprende por mi acción pero por qué en sus ojos hay tanta tristeza. Estoy seguro que alguien le ha pegado, ¿con quién se ha peleado?

Mientras en el aeropuerto internacional de Atenas, un avión de mercancías procedente de España había aterrizado tras un viaje de escasas horas. El jovencito de cabellos rubios bostezaba sin parar, necesitaba dormir en una cama cuanto antes y eso sería cuando hubiese terminado su investigación. Le había conseguido mucho averiguar de donde era quien se había cargado al inútil de Caristeas, en realidad aún no lo sabía, simplemente sabía que era un griego. Antoine, el fornido hombre que siempre le acompañaba, le seguía de cerca llevando el equipaje de ambos, en eso sonó el teléfono público que estaba en la terminal. El adolescente detuvo sus pasos y se dirigió hacia allí.

—Buenos días hermana —saludó al descolgarlo—. Todo ha ido bien, ya puedes tachar un nombre más a la lista. No iba a dejar pasar la oportunidad ya que estaba en España. Estoy seguro que esta vez, le encontraré, aunque es buscar una aguja en un pajar. A lo mejor no vive en Grecia, no todos los que hablan griegos son de esta nacionalidad.

— Sí ya sé que el griego no se parece en nada al español. Ya sabes que me sacas del ruso y el inglés, y ya no sé nada, me pierdo, las lenguas nunca han sido lo mío. Por favor, deja de estar molesta por este asunto. Tenía un mierda de grabadora sólo se grabaron trozos de palabras, es normal que me confundiera. Además este error ha sido beneficioso, otro de esos abominables seres está muerto —explicó el joven molestó y luego se mordió el labio al verse atrapado en la mentira—. Vale me has pillado, no soy un idiota que no sabe distinguir dos lenguas tan diferentes, pero esto es humillante para mí. Mi trabajo no es esto.

—Vale. No lo volveré a hacer. Obedeceré las órdenes —gimoteó—.¿Habéis conseguido recuperar algo más de sonido?

— Una venganza por la muerte de una familia, ¿tú sabes cuanta gente le odiaba y quería verle muerto? Se había cargado a muchos, en eso era eficiente, pero no quita que fracasase en su principal misión, no entiendo como los hermanos mayores no lo habían eliminado aún, en especial Gyula —mientras escuchaba a su hermana le hizo una señal a su asistente para que le trajera un refresco de la máquina expendedora—. Pero sigo pensando que esto es una pérdida de tiempo y esfuerzos innecesarios.

—Elisaveta ha dicho que es prioritario. ¿Acaso ha tenido una visión después de años de sequía?. ¿Qué más ha dicho?

—Para eso no se necesitan visiones, ya sé que quien lo hizo disfruto de ello, quería que sufriese. También que es poderoso y, posiblemente, relacionado con las abominaciones, sólo espero que sea humano y no uno de ellos. Me gustará conocerle, tal vez podríamos reclutarle en caso de ser una persona —tomó un sorbo del refresco de sabor a naranja.

—¡Una cámara de seguridad captó la imagen de alguien saltando por las azoteas por un segundo! ¡Debe ser él! Necesito que me la hagas llegar cuanto antes, eso me ayudará a identificarlo —dijo fingiendo euforia—. Aún estáis intentando mejorar la imagen.

—Sí, tendré cuidado en no llamar la atención. Ya sé que estoy en territorio enemigo, aunque tú digas que no. Tal vez el viaje sea aprovechable después de todo…

—¡No te enojes hermana!. De acuerdo, te prometo que no intentaré hacerle nada a la Atenea esa, al menos de momento y si me encuentro con uno de esos idiotas que la sirven, los ignoraré —decía al tiempo que cruzaba los dedos—. Aunque cabe la posibilidad de que nuestro desconocido sea uno de ellos, ¿no?. Entonces puede entender que es una declaración de guerra por parte de la diosa.

—Siempre tan diplomática, ya sabes que cualquier excusa es buena para empezar una lucha y eliminar escoria. Pero seré bueno. ¡Hasta luego hermana! —colgó el teléfono y sonrió de forma pérfida.

—Señorito Mïkhail, ¿los planes son los mismo o han cambiado?

—Por supuesto que no han cambiado. Me importa bien poco encontrar al asesino de ese incompetente, demasiadas molestias, a menos que esté relacionado con nuestro enemigo. ¡Eso sería fantástico! —decía mientras caminaba rápidamente, deteniéndose enfrente el stand de alquiler de coches que permanecía cerrado—. Seguiremos con el plan, vamos a reconocer y explorar el Santuario y ver si esos Caballeros del Zodiaco son tan poderosos como dicen. ¡Esto puede ser muy divertido!