Recordad que esta historia no es mía, esta basada en las historias de Stephanie Meyer y Alex Finn!! sigan apoyándome en mi historia! Disfrutad la lectura :P


El Castillo

Al mes siguiente, me mude. Mi padre compró una casa de piedra arenisca en Brooklyn y me informó de que nos mudaríamos allí. Esme embaló mis cosas sin mi ayuda.

Lo primero en que reparé fueron las ventanas. La casa tenía ventanas anticuadas y prominentes con marcos elaborados. La mayor parte de las casas de la manzana tenían ventanas con pulcras cortinas o persianas que miraban a la calle bordeada de árboles. Obviamente papá no quería que yo viera los árboles... o, para ser más exactos, no quería que nadie me viera a mí. Nuestra casa tenía gruesas y oscuras contraventanas de madera que, incluso cuando estaban abiertas, bloqueaban la mayor parte de la luz y la visibilidad del frente de la casa. Podía oler la madera fresca y el barniz, así supe que eran nuevas. Había alarmas en cada ventana y cámaras de vigilancia sobre cada puerta.

La casa tenía cinco pisos, cada piso era casi tan amplio como nuestro apartamento entero en Manhattan. La primera planta era un apartamento privado completo, con su propia sala de estar y una cocina. Era donde yo viviría. Una enorme pantalla de plasma cubría la mayor parte de una pared en la sala de estar. Tenía un lector de DVD y un surtidor completo de Blockbuster. Todo lo que un inválido necesita.

Detrás del dormitorio se encontraba un jardín tan desnudo y marrón que casi hubiera preferido malas hierbas. Una valla de madera con pinta de ser nueva se extendía en la parte posterior. Incluso aunque no existía puerta alguna, había una cámara de vigilancia empotrada sobre la valla, por si acaso alguien entrara por la fuerza. Papá no quería correr el riesgo de que alguien me viera. Yo no planeaba salir al exterior.

Continuando con el tema inválido, había un estudio en el dormitorio con otra pantalla de plasma, exclusivamente para la PlayStation. Las estanterías estaban llenas de juegos, pero sin ningún libro verdadero.

El cuarto de baño en mi piso no tenía espejo. Las paredes habían sido pintadas recientemente, pero aún podía ver un contorno donde un espejo había sido desatornillado y rellenado.

Esme ya había desempaquetado mis pertenencias... excepto dos cosas que yo no le había dejado ver.

Saqué los dos pétalos de rosa y el espejo de Jane. Los puse bajo algunos suéteres en el cajón inferior de mi cómoda. Me acerqué a la escalera del segundo piso, que tenía otra sala de estar, un comedor, y una segunda cocina. Este lugar era demasiado grande sólo para nosotros. ¿Y por qué querría papá mudarse a Brooklyn?

Aquí el cuarto de baño tenía un espejo. No lo miré.

El tercer piso tenía otro dormitorio grande, que estaba decorado como una sala de estar, pero vacío, y un estudio sin libros. Y otra pantalla de plasma.

El cuarto tenía tres dormitorios más. El más pequeño tenía algunas maletas que no reconocí. El quinto piso sólo contenía una pila de trastos... viejos muebles y cajas de libros y revistas, todo cubierto por una gruesa capa de polvo. Estornudé... el polvo se pegaba a mi pelaje de bestia más que de lo que acostumbraba en la gente común... y bajé de vuelta a mi propio apartamento y miré hacia fuera por las puertas francesas hacia el jardín vallado. Mientras estudiaba los alrededores, Esme entró.

—¿Llamaste a la puerta? —dije.

—Ah, lo siento. —Y luego comenzó a gorjear, como una ardilla española—. ¿Le gusta su cuarto, señor Anthony? He hecho para usted... un buen y divertido cuarto.

—¿Dónde está mi padre?

Ella miró su reloj.

—Él en trabajo. Las noticias pronto.

—No —dije—. Quiero decir dónde se queda. ¿Dónde está su cuarto? ¿Está arriba?

—No. —Esme dejó de gorjear—. No, señor Anthony. Él no arriba. Yo me quedo.

—Quiero decir cuando regrese.

Esme bajo la mirada.

—Me quedo con usted, señor Anthony. Lo siento.

—No, quiero decir…

Entonces entendí. Me quedé de piedra. Papá no tenía ninguna habitación porque no viviría aquí. Él no se mudaba a Brooklyn, sólo yo. Y Esme, mi nueva guardiana. Mi celadora. Sólo nosotros dos, siempre, mientras que papá vivía una existencia feliz libre-de-Tony. Recorrí con la mirada el inexistente espejo, las inexistentes ventanas, las interminables paredes (todas pintadas de alegres colores... las de la sala de estar eran rojas; las de mi piso eran verde esmeralda) ¿Podrían éstas tragarme hasta que no quedara más que el recuerdo de un tipo apuesto que desapareció? ¿Podría ser como aquel chico de la escuela que murió en un accidente en séptimo grado? Todo el mundo lloró por él, pero ahora ni me acordaba de su nombre. Apostaba a que a todos los demás tampoco, igual que olvidarían el mío.

—Es agradable. —Caminé hasta la mesa de noche—. ¿Sólo que dónde está el teléfono?

Silencio.

—No.

—¿No hay teléfono? —Era una mala mentirosa—. ¿Estás segura?

—Señor Anthony…

—Necesito hablar con mi padre. Está planeando… simplemente abandonarme aquí para siempre sin despedirse siquiera… ¿me compra DVDs —Extendí mi mano, barriendo un estante y enviando la mayor parte de su contenido al suelo— para no sentirse culpable por librarse de mí? —Sentía que las paredes de brillante verde se cerraban sobre mí. Me hundí en el sofá—. ¿Dónde está el teléfono?

—Señor Anthony…

—¡Deja de llamarme así! —Derribé más DVDs—. Pareces estúpida. ¿Cuánto te paga para que te quedes conmigo? ¿Triplicó tu sueldo para convencerte de que te quedases aquí con su hijo anormal, fueras mi carcelera y mantuvieras la boca cerrada? Bueno, tu trabajo se iría al garete si me escapo. ¿Lo sabes, verdad?

Continúo mirándome fijamente. Deseé ocultar mi rostro. Recordé lo que me había dicho aquel día sobre que temía por mí.

—Soy malo, ya sabes —le dije—. Por eso tengo este aspecto. Tal vez una noche iré y te cogeré mientras duermes. ¿La gente de tu país cree en esas cosas, en el vudú y los engendros de Satán?

—No. Creemos…

—¿Sabes qué?

—¿Sí?

—No me interesa tu país. No me interesa nada de ti.

—Sé que está triste…

Sentía una ola creciendo en mi cabeza, brotando por mi nariz. Mi padre me odiaba. Ni siquiera me quería en la misma casa con él.

—Por favor, Esme, por favor déjame hablar con él. Necesito hacerlo. No va a despedirte por permitirme hablar con él. No podría encontrar a nadie más que se quedara conmigo.

Me miró atentamente un momento más. Finalmente, asintió con la cabeza.

—Traeré el teléfono. Espero que esto le ayude. Yo misma lo intenté.

Se marchó. Quise preguntarle que había querido decir con "Yo misma lo intenté". ¿Qué había intentado? ¿Convencer a mi padre de que se quedara conmigo, de que fuera humano, pero había fracasado? La oí subir trabajosamente hasta su habitación, que debía ser la que contenía las maletas. Dios, ella era todo lo que tenía ahora. Podía envenenarme la comida si me ponía demasiado desagradable. ¿A quién le importaría? Me arrodillé en el suelo para recoger los DVDs que había tirado. Era difícil hacerlo con garras, pero al menos mis manos aún tenían la misma forma, con un pulgar como un gorila, no como la pata de un oso. En unos minutos, Esme volvió llevando un teléfono móvil. Entonces de verdad el lugar no tenía ninguna instalación telefónica.

Qué retorcido era mi padre.

—Yo… he recogido la mayor parte de las cosas que había tirado. —Gesticulé con los brazos llenos de DVDs—. Lo siento,Esme .

Ella arqueó una ceja, pero dijo:

—Está bien.

—Sé que no es culpa tuya que mi padre… —me encogí de hombros.

Cogió los juegos que yo aún sostenía.

—¿Quiere que lo llamé yo?

Negué con la cabeza y cogí el teléfono.

—Tengo que hablarle a solas.

Asintió, luego colocó los juegos en el estante y abandonó la habitación.

—¿Qué pasa, Esme? —La voz de mi padre rezumaba irritación cuando contestó. No mejoraría cuando oyera que era yo.

—No soy Esme. Soy yo, Tony. Tenemos que hablar de ciertas cosas.

—Tony, estoy en medio de…

—Siempre lo estás. No tardaré mucho. Será más rápido escuchar lo que tengo que decir que discutir conmigo.

—Anthony, sé que no quieres estar ahí, pero en realidad es lo mejor. He tratado de hacerlo lo más comod…

—Me has abandonado aquí.

—Hago lo que es mejor para ti, te protejo de las miradas de la gente, gente que intentaría sacar provecho de esto y…

—Eso es un montón de mierda. —Miré a las paredes verdes cerrándose sobre mí—. Sólo te estás protegiendo a ti mismo. No quieres que nadie sepa de mí.

—Anthony, esta conversación ha terminado.

—No. ¡No te atrevas a colgarme! Si lo haces, iré a la NBC y les concederé una entrevista. Juro por Dios que iré ahora mismo.

Eso lo detuvo.

—¿Qué es lo que quieres, Anthony?

Quería ir a la escuela, tener amigos, que las cosas fueran como solían ser antes. Eso no iba a pasar. Así que dije:

—Mira, hay algunas cosas que necesito. Consíguelo para mí, y me quedaré donde quieras. De otro modo, me largaré. —Por las gruesas persianas, podía ver que el cielo había oscurecido.

—¿Qué cosas, Tony?

—Necesito un ordenador con Internet. Sé que te preocupa que cometa alguna locura, como llamar a la prensa para que vengan aquí y me saquen una foto. Que les diga que soy tu hijo. Pero no voy a hacerlo... si haces lo que te pido. Sólo quiero sentir que soy parte del mundo, y tal vez… no sé, tal vez unirme a un e-grupo o algo así. —Eso sonó tan poco convincente que casi tuve que cubrirme los oídos contra su patetismo.

—Bien, bien, me ocuparé de ello.

—Segundo, quiero un tutor.

—¿Un tutor? Apenas si eras un estudiante mediocre antes.

—Ahora es diferente. Ahora no tengo nada más que hacer.

Papá no contestó, así que continúe.

—Además, ¿y si logró salir de esta? Quiero decir, me quedé así en un día. Tal vez otro día, estaré mejor. Tal vez la bruja cambie de idea y me transforme otra vez. —Dije todo eso aun cuando sabía que no iba a pasar, y él no me creyó. En el fondo de mi mente, aún creía que quizás podría encontrar a alguien, una chica, tal vez en la red. Por eso quería el ordenador. En realidad no entendía por qué quería un tutor. Papá tenía razón... había odiado la escuela. Pero ahora que estaba fuera de mi alcance, la anhelaba. Además, un tutor sería alguien con quien hablar.

—Me parece que debería continuar con mis estudios.

—Bien. Buscaré a alguien. ¿Qué más?

Inspiré profundamente.

—La tercera cosa es que no quiero que me visites.

Lo dije porque ya sabía que no lo haría. Papá no quería verme de todos modos. Lo había dejado completamente claro. Si venía, sería porque sentía que tenía que hacerlo. No quería eso, sentarme allí, esperando a ver si llegaba y llevarme una decepción cada día que no lo hiciera.

Esperé a ver si protestaba, si por lo menos fingía ser un buen padre.

—Bien —dijo—. Si es lo que quieres, Tony.

Típico.

—Es lo que quiero.

Colgué antes de que poder cambiar de idea y suplicarle que viniera.


Papá fue rápido. El tutor apareció una semana después.

―Anthony ―Noté que Esme había dejado de llamarme señor Anthony desde que le había gritado. Eso la hacía un poco menos irritante―. Éste es Carlisle Platt. Es profesor.

El tipo que estaba con ella era alto, a finales de la veintena, un empollón total. Llevaba con él un perro, un labrador amarillo, y vestía vaqueros desgastados, demasiado holgados para quedarle bien pero no lo suficientemente grandes como para ser guays, y una camisa azul de botones. Obviamente de escuela pública, y ni siquiera una escuela pública guay. Se adelantó un paso.

―Hola, Anthony.

No huyó gritando al verme. Eso era un punto a su favor. El lado negativo era que no miraba hacia mí. Parecía como si mirara a un lado.

―¡Aquí! ―Agité las manos―. Esto no va funcionar si no puedes ni siquiera mirarme.

El perro dejó escapar un fuerte gruñido.

El tipo... Carlisle... rió.

―Eso puede ser un poco difícil.

―¿Por qué? ―exigí saber.

―Porque soy ciego.

Oh.

―¡Siéntate, Piloto! ―dijo Carlisle. Pero Piloto se estaba paseando, negándose a sentarse.

Esto era un universo absolutamente paralelo. Mi padre había ido y encontrado... o más probablemente, había hecho que su secretaria encontrara... un tutor ciego, así sería incapaz de ver lo feo que era yo.

―Oh, guau, lo siento. ¿Este es… es tu perro? ¿Vivirá aquí? ¿Vivirás tú aquí?

Nunca antes había conocido a una persona ciega, aunque los había visto en el metro.

―Sí ― Carlisle gesticuló hacia el perro―. Este es Piloto. Ambos debemos vivir aquí. Tu padre fue inflexible al respecto.

―Apuesto a que sí. ¿Qué te ha dicho sobre mí? Lo siento. ¿Quieres sentarte? ―Cogí su brazo.

Él lo apartó de un tirón.

―Por favor, no hagas eso.

―Lo siento. Sólo intentaba ayudar.

―No se agarra a la gente. ¿Te gustaría que yo te agarrara? Si quieres ofrecer asistencia, pregunta a la persona si la necesita.

―Vale, vale, lo siento. ―Esto estaba siendo un gran comienzo. Pero necesitaba llevarme bien con este tipo―. ¿La necesitas?

―Gracias, no. Puedo arreglármelas.

Usando un bastón en el que yo tampoco había reparado, se abrió paso alrededor del sofá y se sentó. El perro continuó mirándome, como si creyera que yo era una especie de animal que podría atacar a su dueño. Dejó escapar otro fuerte gruñido.

―¿Te dice a dónde ir? ―pregunté. No estaba asustado. Sabía que si el perro me mordía, simplemente me curaría. Me agaché y miré directamente a los ojos del perro. Estaba bien, pensé. El perro se sentó, después se tendió. Me miraba, pero había dejado de gruñir.

―En realidad no. Encuentro mi propio camino, pero si estoy a punto de bajar un tramo de escaleras, él deja de caminar.

―Nunca he tenido un perro ―dije, pensando cuan tonto sonaba eso después de decirlo. Pobre niño rico de Nueva York.

―No tendrás este tampoco. Es mío.

―Comprendo. ― Strike dos―. Tranqui. ―Me senté en la silla opuesta a Carlisle. El perro continuaba mirándome, pero la mirada era diferente, como si estuviera intentando resolver si yo era un animal o un hombre―. ¿Qué te contó mi padre sobre mí?

―Dijo que eras un inválido que necesitaba enseñanza en casa para mantenerse al día en sus estudios. Eres un estudiante muy serio, según tengo entendido.

Me reí.

―Inválido, ¿eh?

Inválido era acertado. Como en in-válido. No válido.

―¿Mencionó qué enfermedad tengo?

Carlisle se removió en su asiento.

―En realidad, no. ¿Hay algo que querrías discutir?

Asentí con la cabeza antes de comprender que él no podía verme.

―Algo que podrías querer saber. Mira, la cuestión es que estoy perfectamente sano. Simplemente soy un monstruo.

Las cejas de Carlisle se alzaron ante la palabra monstruo, pero no dijo nada.

―No, de verdad. En primer lugar, tengo pelo por todo el cuerpo. Pelo espeso como el de un perro. También tengo colmillos, y garras. Esos son mis puntos malos. El bueno es que parezco estar hecho de teflón. Me cortas, y me curo. Podría ser un superhéroe, sólo que si alguna vez intentara salvar a alguien de un edificio en llamas, al echar una mirada a mi rostro correrían gritando hacia las llamas.

Me detuve. Carlisle todavía no respondía, sólo me miraba como si pudiera verme mejor que los demás, como si pudiera ver cómo solía ser yo.

Finalmente, dijo:

―¿Has terminado?

¿Si he terminado? ¿Quién hablaba así?

―¿A qué te refieres?

―Soy ciego, no estúpido. No vas a quedarte conmigo. Tenía la impresión… tu padre dijo que querías un tutor. Si no es ese el caso…

Se puso de pie.

―¡No! No lo has pillado. No estoy intentando tomarte el pelo. Lo que digo es cierto. ―Miré al perro―. Piloto lo sabe. ¿No te das cuenta del modo tan extraño en que ha estado actuando? ―Extendí mi brazo hacia Carlisle. El perro dejó escapar otro gruñido, pero le miré a los ojos, y se detuvo―. Aquí. Toca mi brazo.

Me subí la manga de la camisa, y Carlisle tocó mi brazo. Retrocedió.

―¿Ese es tu… no es un abrigo que lleves puesto o algo así?

―Siéntelo. Sin costuras. ―Giré el brazo, para que pudiera palpar―. No puedo creer que no te lo dijera.

―Puso algunas condiciones bastante… extrañas para mi empleo.

―¿Cómo qué?

―Me ofreció un salario enorme y el uso de una tarjeta de crédito para todos los gastos... no puedo decir que me opusiera a eso. Me exigió vivir aquí. El salario sería pagado a través de una corporación, y nunca debía preguntar quién era él o por qué me había contratado. Se me pidió que firmara un contrato de tres años, extinguible a su voluntad. Si me quedaba tres años, él pagaría mis préstamos estudiantiles y me enviaría a un programa de doctorado. Finalmente, tenía que aceptar no contar mi historia a los medios ni escribir un libro. En realidad asumí que eras una estrella de cine.

Me reí de eso.

―¿Te dijo quién era él?

―Un hombre de negocios, dijo.

―¿Y no creyó que yo te lo diría? Hablaremos ―dije―. Es decir, asumiendo… ¿todavía quieres trabajar aquí, ahora que sabes que no soy una estrella de cine, que sólo soy un monstruo?

―¿Quieres que trabaje aquí?

―Sí. Eres la primera persona con la que he hablado en tres meses aparte de los médicos y el ama de llaves.

Carlisle asintió con la cabeza.

―Entonces quiero trabajar aquí. En realidad estaba por dejarlo cuando creía que eras una estrella de cine, pero necesitaba el dinero―. Extendió su mano. La cogí. ―Me alegro de trabajar contigo, Anthony.

―Anthony Masen hijo de Aro Masen. ―Estreché su mano, disfrutando de su expresión sorprendida―. ¿Dices que mi padre te dio una tarjeta de crédito?


Hay que decir que Carlisle y yo nos hicimos amigos durante la semana siguiente, a costa de la tarjeta de crédito de papá. Pedimos libros primero, porque yo era un estudiante serio ahora. Libros de texto, pero novelas también, y versiones en Braille para Carlisle. Era bastante guay verlo leer con las manos. Compramos muebles y una radio por satélite para la habitación de Carlisle. Intentó decir que no deberíamos gastar tanto, pero no discutió con mucha insistencia.

Se lo conté todo a Carlisle acerca de Jane y la maldición.

—Ridículo —dijo—. No existen las brujas. Será una enfermedad.

—Eso lo dices porque no puedes verme, si pudieras creerías en las brujas.

Le dije cuánto necesitaba encontrar un amor verdadero para romper la maldición. Incluso aunque dijo que no, creo que finalmente comenzó a creerme.

—He elegido un libro que creo te gustará. — Carlisle señaló a la mesa. Cogí el libro, El Jorobado de Notre-Dame.

—¿Estás loco? Tiene, como, quinientas páginas.

Carlisle se encogió de hombros.

—Échale un vistazo, tiene mucha acción. Si resulta que no eres lo suficientemente inteligente como para leerlo, entonces buscaremos otra cosa.

Pero lo leí. Las horas y los días pasaban y yo leía. Me gustaba leer en las habitaciones de la quinta planta. Había un sofá antiguo que empujé hasta la ventana. Me quedaba sentado durante horas, algunas veces leyendo, otras observando el paso de la gente de camino a la estación de metro o yendo de compras, la gente de mi edad yendo a la escuela o haciendo novillos. Sentía como si los conociera a todos.

Pero también leía acerca de Quasimodo, el jorobado, que vivía en la catedral de Notre-Dame. Por supuesto, sabía por qué Carlisle había sugerido el libro, porque Quasimodo era como yo, encerrado lejos de todo. Y en mi habitación de la quinta planta, mirando por encima de la ciudad, me sentía como él. Quasimodo observaba a los parisinos y a una bella chica gitana, Esmeralda, que bailaba abajo a lo lejos. Yo observaba Brooklyn.

—Ese autor, Víctor Hugo, debe haber sido un tipo divertido —le dije a Carlisle en una de nuestras tutorías—. Creo que me hubiera gustado irme con él de fiesta.

Estaba siendo sarcástico. El libro era absolutamente deprimente, como si el autor odiara a la gente.

—Era subversivo —dijo Carlisle.

—¿Por qué? ¿Porque hizo que el cura fuera el malo, y que el feo fuera el bueno?

—Eso es parte de la cuestión. Mira, tú eres lo suficientemente listo como para leer este libro tan largo.

—No es un libro difícil —sabía lo que Carlisle estaba intentando hacer... animarme a leer algo más difícil aún. Aun así, sonreí para mí mismo. Nunca me había considerado inteligente. Algunos de mis profesores decían que lo era, pero que no tenía buenas calificaciones porque no me "esforzaba" demasiado, una de esas cosas que dicen los profesores y que te crean problemas con tus padres. Pero quizás fuera cierto. Me pregunté si quizás el ser feo me hacía más inteligente. Carlisle decía que cuando la gente es ciega, los otros sentidos... como el oído y el gusto... se hacen más fuertes para compensar. ¿Será posible que sea más inteligente para compensar mi monstruosidad?

Normalmente, leía por las mañanas, y hablábamos por las tardes. Carlisle me llamaba alrededor de las once.

Un sábado, no me llamó. No me di cuenta al principio porque estaba leyendo una parte importante del libro, donde Quasimodo rescata a Esmeralda de la ejecución, después se la lleva a la catedral gritando "¡Santuario! ¡Santuario!". Pero aunque Quasimodo rescata a Esmeralda, ella ni siquiera puede mirarlo. Es demasiado feo.

¡Hablando de depresión! He oído que el reloj marca las doce. Decidí bajar.

—¡Arriba, Carlisle! ¡Es el momento de adquirir sabiduría!

Pero Esme se encontró conmigo en el rellano de la tercera planta.

—No está aquí, Tony, tenía una cita muy importante. Dijo que te dijera que se tomaba el día libre.

—Mi vida entera es un día libre.

—Volverá pronto.

Ya no me apetecía leer, así que después del almuerzo, me conecté a internet. La semana pasada había encontrado ese maravilloso portal donde puedes ver la tierra desde un satélite. Desde entonces, he encontrado el Empire State Building, Central Park y la estatua de La Libertad. He encontrado mi casa. ¿No sería guay encontrar Notre Dame en París? Escojo Nueva York otra vez, desplazándome desde el Empire State Building hasta Saint Patrick. ¿Sería Notre Dame tan grande como Saint Patrick? De verdad, necesitaba un atlas y una guía de viaje. Pedí una online.

Entonces, ya que estaba conectado y no tenía nada que hacer, visité . Había oído hablar de él a la gente de la escuela que se conectaba online. Quizás pudiera conocer a alguien así, hacer que se enamorara de mí en el Messenger, y arreglar una delicada explicación sobre la cuestión bestia más tarde.

Entré en MySpace y busqué chicas. Todavía tenía mi perfil de cuando era un Anthony normal. Nunca había intentado conocer a nadie por MySpace con anterioridad, nunca había tenido que hacerlo. Entonces añadí unas pocas fotos más, un poquito más de descripción, y contesté todas las preguntas sobre mis intereses (hockey), película favorita (Orgullo y Prejuicio... Tanya me había obligado a verla y yo había odiado cada minuto, pero sabía que a las chicas les gustaban estas cosas), y héroes (mi padre, por supuesto... sonaba sensible). A la pregunta ¿qué buscas? Contesté "mi amor verdadero", porque era la pura verdad.

Comencé a buscar. No había una categoría para mi edad, por lo que escogí entre 18 y 20, ya que sabía que todo el mundo mentía sobre la edad. Obtuve setenta y siete perfiles.

Cliqué en algunos. Unos cuantos se convirtieron en páginas de sexo de pago. Intenté evitar todos los que contenían la palabra perversión, pero finalmente, encontré uno que parecía normal. El nombre era Shygrrl23, pero el perfil estaba vacío excepto por esto:

Se me considera un tipo raro de chica. No creo que haya realmente nadie como yo ahí fuera. Mido 1,58, rubia, ojos azules. Bueno, puedes ver las fotos. Me gusta bailar y estar con mis amigos. Me gusta la gente que tiene los pies en el suelo, también me gusta ir de fiesta. Voy a UCLA, dónde estudio para ser actriz. Me gusta divertirme y vivir la vida intensamente…

Miré al espejo.

–Muéstrame a Shygrrl23 —le dije.

La imagen mostró una clase y se centró en una chica... una chica que claramente no tenía ni un segundo más de doce años. Pulsé el botón escape del teclado.

Cliqué en otro perfil, y en otro. Intenté escoger perfiles que estuvieran en otro estado, porque así no tendría que quedar demasiado pronto. Después de todo, ¿qué iba a decirles: "¿Soy la bestia con la flor amarilla en la solapa?" "Tengo dos años para enamorarme y hacer que alguien se enamore de mí".

—Muestra a Stardancer112—ordené al espejo.

Unos catorce.

Durante las siguientes tres horas, navegué por MySpace y por Xanga. En realidad circular sería un término más acertado. Los siguientes perfiles que miré resultaron ser:

Un ama de casa cuarentona que pedía una foto desnudo.

Un viejo.

Una niña de 10 años.

Un agente de policía.

Todos decían tener mi edad y ser mujeres. Tenía la esperanza de que el policía estuviera allí para intentar atrapar a los demás pervertidos. Escribí una alerta a la niña de diez años, y me respondió gritando que yo no era su madre.

Esme entró con la aspiradora.

—Ah, no sabía que estabas aquí, Anthony. ¿Puedo aspirar la habitación?

—Claro, sólo estoy en internet. —Sonreí—. Intentando conocer a una chica.

—¿Una chica? —Se acercó y miró la pantalla—. Ah —Frunció el ceño o algo así, y pensé que no estaba seguro de si ella sabía lo que era una sala de chat, o qué era internet ya que estábamos—. Bien, estaré callada. Gracias.

Miré por ahí un poco más. Había unas pocas personas que parecían normales, pero ninguna de ellas estaba online. Volvería más tarde.

Después pasé otra media hora en Google buscando palabras como bestia, transformación, hechizo, maldición... ya sabes, sólo para ver si este tipo de cosas le habían pasado a alguien más fuera de los cuentos de Grimm o Shrek. Encontré la website más extraña dirigida por alguien llamado Charlie Swan, con una lista de chats, incluyendo uno de gente que se ha transformado en otras cosas. Con toda probabilidad sería un grupito de adolescentes, lleno del tipo de gente al que le gusta escribir fanfics de Harry Potter. De todas formas, decidí volver allí otro día.

Finalmente, me desconecté. Había oído a Carlisle volver horas antes, pero no había subido a hablar conmigo.

—¡Carlisle, el día libre ha terminado! —grité.

Ninguna respuesta. Comprobé las demás plantas. Ni rastro de Carlisle. Finalmente, volví a mi propio apartamento.

—Anthony, ¿eres tú?—Su voz venía del jardín. Yo no había estado allí desde el primer día. Era demasiado deprimente mirar la valla de dos metros veinte que papá había puesto para que la gente no me viera, así que mantenía las cortinas cerradas.

Pero Carlisle estaba fuera.

—¿Un poco de ayuda, Anthony?

Me acerqué a fuera. Carlisle estaba rodeado de macetas y plantas, tierra y palas. De hecho, estaba atrapado contra el muro por una enorme bolsa de basura.

—¡Carlisle, menuda pinta! —grité a través de la puerta de cristal.

—Yo no puedo decir que pinta tienes tú —dijo—. Pero si te ves como suenas, pareces un gilipollas. Por favor, ayúdame.

Salí y le ayudé a levantar la bolsa de tierra. Se desparramó por todos sitios, la mayor parte sobre Carlisle.

—Perdón.

Entonces fue cuando vi que había estado plantando rosales, docenas de ellos. Rosas en cada parterre y maceta; y rosas trepadoras en enrejados. Rojas, amarillas, rosas, y lo peor de todo, rosas blancas que me recordaban la que había acabado siendo la peor noche de mi vida. No quería mirarlas, y aún así me acerqué más. Extendí el brazo para tocar una. Salté. Una espina. Mis garras salieron. Como en El león y el ratón, pensé. Busqué la espina y ésta salió. El agujero se curó.

—¿Qué pasa con las rosas? —dije.

—Me gusta la jardinería y como huelen las rosas. Estoy cansado de que te escondas tras las cortinas. He pensado que quizás un jardín alegre las cosas. He decidido aceptar tu consejo de gastar el dinero de tu padre.

—¿Cómo sabes que las cortinas están cerradas?

—Una habitación está fría cuando todo está cerrado y vacío. No has visto el sol desde que estas aquí.

—¿Crees que plantar algunas flores cambiará algo? —Le di un puñetazo a un rosal, que se vengó arañándome la mano—. Seguro, seré como los de uno de esos reality shows…"La vida de Tony era vacía y desesperada. Entonces un regalo de rosas lo cambió todo…" ¿eso es lo que piensas?

Carlisle sacudió la cabeza.

—A todo el mundo le viene bien un poco de belleza…

—¿Qué sabes tú de belleza? No me conoces de nada.

—No siempre he sido ciego. Cuando era pequeño mi abuela tenía un jardín de rosas. Me enseñó cómo cuidarlas. "Una rosa puede cambiar tu vida", solía decir. Murió cuando yo tenía doce años. Fue el mismo año que empecé a perder la vista.

—¿Empezaste? Pero yo pensaba… sí, una rosa puede cambiar tu vida.

—Al principio, no podía ver por las noches. Después llegó la visión periférica restringida que me volvió loco porque ya no podía jugar al béisbol, lo cual daba asco porque era bastante bueno. Finalmente, apenas podía ver en absoluto.

—Guau, eso debió ser realmente aterrador.

—Gracias por la simpatía, pero los reality shows no son para mí. — Carlisle olisqueó una rosa roja—. Su olor me recuerda esa época. Puedo verlas en mi mente.

—Yo no huelo nada.

—Inténtalo cerrando los ojos.

Lo hice. Él me tocó el hombro, guiándome hacia las flores.

—Vale, ahora huele.

Inhalé. Tenía razón. El aire estaba lleno de la fragancia de las rosas. Pero eso me llevó de vuelta al olor de esa noche. Pude verme a mí mismo sobre el escenario con Tanya, después de vuelta en mi habitación con Jane. Sentí mi estómago revolverse. Di un paso atrás.

—¿Cómo supiste cuales comprar? —Mis ojos seguían cerrados.

—Encargué lo que quería y esperé lo mejor. Cuando vino el repartidor, las clasifiqué por colores. Puedo ver un poco los colores.

—¿Ah, sí? —Todavía tenía los ojos cerrados—. ¿De qué color son éstas entonces?

Carlisle se alejó de mí.

—Esas son las de la maceta con la cara de Cupido.

—¿Pero cuál es su color?

—Las que están en la maceta de Cupido son blancas.

Abrí los ojos. Blancas. Las rosas que habían despertado recuerdos tan fuertes eran blancas. Recordé a Esme diciendo: "Los que no saben cómo ver las cosas preciosas de la vida nunca serán felices".

—¿Quieres ayudar a plantar el resto? —preguntó Carlisle.

Me encogí de hombros.

—Hay que hacerlo.

Carlisle tuvo que mostrarme cuanta tierra poner en las macetas, fertilizante, musgo y turba.

—¿El chico de ciudad nunca ha hecho esto antes? —se burló.

—La florista entregaba un ramo cada semana.

Carlisle rió y luego dijo.

—Lo dices en serio.

Apreté la maceta de plástico para soltar la tierra como Carlisle me había mostrado, después levanté la planta y la puse en su lecho.

—A Esme le gustaban las rosas blancas.

—Deberías llevarle algunas.

—No sé.

—En realidad, fue ella quien sugirió lo del jardín. Me dijo que pasabas las mañanas en la planta alta mirando a través de la ventana. "Como una flor, buscando el sol", eso es lo que dijo. Está preocupada por ti.

—¿Por qué debería estarlo?

—No tengo idea, quizás tiene un corazón amable.

—No creo. Es porque cobra por ello.

—Cobra tanto si eres feliz como si no, ¿verdad?

Tenía razón. No tenía sentido. Nunca había sido nada más que grosero con Esme, pero aquí estaba ella, haciendo tareas extra para mí, tanto como Carlisle.

—No hay problema. —Pateó la bolsa de fertilizante en mi dirección, para recordarme qué era lo que se suponía que tenía que poner a continuación.

Más tarde, recogí tres rosas blancas y se las llevé a Esme. Tenía intención de dárselas, pero cuando subí las escaleras me sentí estúpido. Así que las dejé junto a los fogones, dónde ella haría la cena más tarde. Tenía la esperanza de que supiera que se las había llevado yo, no Carlisle. Pero cuando bajó para traerme la bandeja, fingí estar en el baño y le grité que la dejara junto a la puerta


Esa noche, por primera vez desde que me mudé a Brooklyn, salí a la calle. Esperé hasta la noche, y aunque estábamos a principios de octubre, llevaba puesto un abrigo grueso con capucha, que me coloqué sobre la cara. Envolví una bufanda alrededor de mi barbilla y mejillas. Caminé pegado a los edificios, girando para que la gente no me viera, escondiéndome en callejones para evitar acercarme demasiado a alguien. No debería tener que hacer esto, pensé. Soy Anthony Masen. Soy alguien especial. No debería verme reducido a andar a hurtadillas por callejones, escondiéndome detrás de los contenedores de basura, esperando a que algún desconocido grite, "Monstruo". Debería estar con la gente. Aún así, me escondí y me agaché y anduve a escondidas y afortunadamente pasé desapercibido. Eso fue lo más extraño. Nadie me vio, ni siquiera los que parecían mirarme directamente. Irreal.

Sabía dónde quería ir. Seth Clearwater, de mi clase en Twilight, celebraba las fiestas más populares en casa de sus padres en el SoHo cuando estos estaban fuera. Había estado observando el espejo, así que sabía que estarían fuera este fin de semana. No podía ir a la fiesta... no como un desconocido, y desde luego no como yo mismo, como Anthony Masen reducido a la nada.

Pero creí que tal vez, sólo tal vez, podría quedarme fuera de la fiesta y ver a la gente entrando y saliendo. Podía observarlos desde Brooklyn, claro. Pero quería estar allí. Nadie me reconocería. Mi único riesgo era que si alguien me veía, sería capturado, tratado como un monstruo, tal vez me convertiría en una criatura del zoológico. No era un riesgo pequeño. Pero mi soledad me hizo afrontarlo. Podría hacerlo.

Y aún así, la gente pasaba junto a mí, parecía mirarme, pero sin verme.

¿Me atrevería a coger el metro? Me atreví. Era el único modo. Encontré la estación que había visto tantas veces desde mi ventana, y de nuevo volvió a mí la idea de que me metieran en un zoológico y que mis amigos fueran allí de excursión para verme, compré un bono de metro y esperé al siguiente tren.

Cuando llegó, no estaba abarrotado. La hora punta había pasado. A pesar de todo, me senté separado de los demás pasajeros, cogiendo el peor asiento en la parte de atrás. Miré por la ventana. Aun así, una mujer de un asiento cercano se apartó cuando me senté. La observé, reflejada en el cristal, cuando pasó a mi lado, conteniendo el aliento. Hubiera podido ver mi reflejo animal si hubiese mirado. Pero no lo hizo, simplemente continuó, dando bandazos contra el movimiento del tren, arrugando la nariz como si oliera algo desagradable. Se fue a la parte más lejana del vagón a sentarse, pero no dijo nada.

Entonces lo entendí. ¡Por supuesto! Hacía calor. Con mi bufanda y mi grueso abrigo, parecía un indigente. Eso es lo que creían que era, la gente en la calle y en el tren. Por eso no me habían mirado. Nadie miraba a los indigentes. Era invisible. Podría caminar por las calles, y mientras mantuviera la cara algo escondida, nadie repararía en mí. Era libre, en cierto modo.

Envalentonado, miré a mi alrededor. Bastante seguro, nadie me miraba a los ojos. Todo el mundo miraba sus libros, o a sus amigos, o simplemente… a otro lado.

Llegué a la calle Spring y salí, no tan cuidadosamente esta vez. Me abrí paso por las calles más iluminadas, ajustándome la bufanda alrededor del cuello, ignorando la sofocante sensación, y quedándome a un lado. Mi mayor miedo era que Tanya me viera. Si hubiera cometido el error de hablar de mí a alguien, seguramente se habrían burlado de ella. Y por tanto estaría deseosa de señalarme, para que supieran que no mentía.

Llegué al apartamento de Seth. Tenía portero, así que no podía ir por el vestíbulo. De todos modos no quería, no quería tratar con la luz, las caras, el hecho de que la fiesta se estuviera celebrando sin mí, como si yo no importara. Había un gran macetero junto a la puerta. Esperé hasta que no hubo nadie cerca, luego me deslicé debajo, poniéndome cómodo. Un perfume familiar llenaba el aire, y levanté la mirada hacia la planta. Carlisle habría estado orgulloso de mí por notarlo.

La fiesta probablemente habría empezado alrededor de las ocho, o incluso a las nueve, los últimos estaban entrando. Yo miraba como si la fiesta fuera un programa de cámara oculta, viendo cosas que se suponía no debía ver, chicas sacándose la ropa interior de sus traseros, o tomando una última dosis de algo antes de entrar en el edificio, tipos hablando de lo que tenían en los bolsillos y que usarían más tarde. Podría haber jurado que algunos de mis amigos miraron hacia mí, pero nadie me vio. Nadie gritó, "¡monstruo!" A nadie siquiera parecía importarle. Estaba bien, pero mal al mismo tiempo.

Y entonces llegó ella. Tanya. Tenía los labios pegados a Erick Yorkie, uno de los chicos de último año, en un gran Despliegue Público de Afecto mostrado ante mis ojos como una película clasificada para mayores. Podían hacerlo delante de mí porque yo era, una vez más, invisible. Comencé a preguntarme si tal vez en realidad lo era. Finalmente, entraron.

Así fue cómo pasó la noche. La gente venía. La gente se iba. Alrededor de medianoche, cansado y demasiado acalorado, pensé en largarme. Pero entonces fue cuando oí una voz familiar a unos pasos por encima de mi cabeza.

—Una fiesta salvaje, ¿eh? —Era Mike.

Estaba con otro antiguo amigo mío, Sam Uley.

—La mejor —dijo Sam—. Mejor aún que la del año pasado.

—¿Cuál fue la del año pasado? —dijo Mike —. Probablemente estoy demasiado hecho polvo como para recordarlo.

Me acuclillé más aún, deseando que se fueran. Entonces oí mi nombre.

—Ya sabes —dijo Sam—. El año pasado, cuando Anthony Masen trajo a esa guarra que se pasó la mitad de la noche con la mano en sus pantalones.

Mike se rió.

—Anthony Masen, un nombre del pasado. El bueno de Tony.

Me sentí a mí mismo sonreír y acalorarme más aún en mi largo abrigo.

—Sí, ¿qué habrá sido de él? —dijo Sam.

—Se fue a un internado.

—Supongo que pensaba que era demasiado bueno para nosotros, ¿eh?

Me quedé mirándolos, especialmente a Mike, esperando que me defendiera.

—No me sorprendería —dijo Mike—. Siempre pensó que era muy bueno cuando estaba aquí: el señor... Mi-Padre-da-las-noticias".

—Qué gilipollas.

—Sí. Me alegro de que el tipo se fuera —dijo Mike.

Aparté la cara de ellos. Finalmente, se marcharon.

Mi cara, mis orejas ardían. Todo había sido una mentira... mis amigos en Twilight. Mi vida entera. Qué diría la gente si me viera ahora... me habían odiado incluso cuando era guapo. Aún no sé cómo llegué a casa. Nadie reparó en mí. A nadie le importó. Jane había tenido razón, en todo.


Estaba en MySpace otra vez.

—Muéstrame a Angelbaby1023 —le dije al espejo.

En lugar de eso, me mostró la cara de Jane.

—No funcionará, lo sabes.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Liberándote de tus delirios. No funcionará, intentar conocer a alguien a través de la red, encontrar el amor de esa manera. No funcionará.

—¿Por qué diablos no? Quiero decir, está claro que algunos fingen, pero no todos pueden...

—No puedes enamorarte a través de un ordenador. No es amor verdadero.

—La gente se conoce a través de la red todo el tiempo. Incluso se casan.

—Una cosa es conocer gente en la red, luego conocerse en persona y enamorarse. Otra totalmente distinta es llevar una relación completa en la red, convencerte a ti mismo de que te has enamorado a treinta estados de distancia…

—¿Cuál es la diferencia? Tú crees que la apariencia no debería importar. Con Internet, realmente es así. La personalidad lo es todo. —Entonces descubrí cual era su problema—. Estás disgustada porque he encontrado una solución a tu maldición, una forma de conocer gente sin que se queden alucinados por lo que le has hecho a mi aspecto.

—Eso no es así. Te hechicé para darte una lección. Si la aprendes, genial. No te aconsejo para fastidiar; estoy intentando ayudarte. Pero esto no funcionará.

—¿Pero por qué?

—Porque no puedes enamorarte de alguien a quien no conoces. Ese perfil tuyo está lleno de mentiras.

—Leíste mi correo electrónico. No va eso contra la....

—Me encanta salir e ir de fiesta con mis amigos...

—¡Basta!

—Mi padre y yo estamos realmente unidos...

—¡Cállate! ¡Cállate! ¡Cállate! —Me cubrí los oídos, pero sus palabras todavía me perseguían.

Quise romper el espejo, el monitor del ordenador, cualquier cosa, pero era porque sabía que era verdad. Yo sólo quería alguien que me amara, alguien que rompiera la maldición. Pero todo era inútil. Si no podía conocer a alguien en la red, ¿cómo podría hacerlo?

—¿Entiendes, Anthony? —La voz amortiguada de Jane penetró en mis pensamientos. Aparté la mirada, y me negué a contestar. Sentí como mi garganta se tensaba, y no quería que ella lo oyera.

—¿Anthony?

—Lo he captado —rugí—. ¿Ahora podrías por favor dejarme solo?


He cambiado mi nombre.

Ya nunca más seré Anthony. No quedaba nada de Tony. Anthony Masen estaba muerto. No quería su nombre nunca más.

Busqué el significado de Anthony en la red y eso me remató. Una de sus transcripciones significa "guapo". Yo no lo era. Busqué un nombre que significara "feo", Ugly (¿quién llamaría así a su hijo?), pero finalmente me fijé en el de Edward, que sonaba algo así como "el oscuro". Ese era yo, el oscuro. Todo el mundo, entiéndase Esme y Carlisle, me llamaban Edward ahora. Yo era la oscuridad.

Vivía en la oscuridad también. Comencé a dormir de día, recorriendo las calles y usando el metro por las noches cuando nadie podía verme realmente. Terminé el libro del jorobado (todo el mundo moría) y ahora estaba leyendo El Fantasma de la Ópera. En el libro, al contrario que en la estúpida versión musical de Andrew Lloyd Webber, el Fantasma no era un romántico perdedor incomprendido. Era un asesino que aterrorizaba durante años la Casa de la Ópera antes de secuestrar a una joven cantante y forzarla a ser la amante que se le había negado.

Lo entendía. Sabía lo que significaba estar desesperado. Sabía lo que era acechar en la oscuridad, buscando un poco de esperanza y no encontrar nada. Sabía lo que significaba estar tan solo que podrías matar por ello.

Deseaba tener una Casa de la Ópera. Deseaba tener una catedral. Deseaba poder trepar hasta lo alto del Empire State Building como King Kong. Sin embargo, sólo tenía libros, libros y el anonimato de las calles de Nueva York con sus millones de personas estúpidas e ignorantes. Acechaba en los callejones, detrás de los bares, a las parejas que iban allí a hacerlo. Oía sus gruñidos y sus suspiros. Cuando veía a una pareja en esas, me imaginaba que yo era el hombre, que las manos de la chica estaban sobre mí, su aliento cálido en mi oreja, y más de una vez, pensé en poner mis garras en el cuello del hombre, matarlo, y llevarme a la chica a mi guarida secreta y convertirla en mi amante quisiera ella o no. Nunca lo habría hecho, pero me asustaba el hecho de pensarlo siquiera. Tenía miedo de mí mismo.

—Edward, tenemos que hablar.

Estaba todavía en la cama cuando entró Carlisle. Había estado mirando por la ventana al jardín que él había plantado, con los ojos entrecerrados.

—La mayoría de las rosas están muertas, Carlisle.

—Eso es lo que les pasa a las flores. Es octubre. Pronto desaparecerán hasta la primavera.

—Sabes, las ayudo. Cuando veo una que se pone marrón pero no cae, pues la ayudo. Las espinas no me molestan mucho. Me curo rápidamente.

—Así que hay algunas ventajas, entonces.

—Sí. Creo que está bien ayudarlas a morir. Cuando ves a algo luchando así, no debería sufrir. ¿No crees?

—Ed...

—A veces desearía que alguien me ayudara así. —Pude ver a Carlisle mirándome fijamente—. Pero hay algunas como la rosa roja, que se aferran todavía a la rama. No se caen. Esas me molestan.

—Edward, por favor.

—¿No querías hablar de las flores? Creía que te gustaban las flores, Carlisle. Fuiste tú quien las plantó.

—Me gustan las flores, Edward. Pero ahora quiero que hablemos de nuestra relación de tutoría.

—¿Qué pasa con ella?

—No la tenemos. Me contrataron como profesor y últimamente lo único que significa eso es que recibo una enorme cantidad de dinero por quedarme aquí y mantenerme al día con mis lecturas.

—¿No te parece bien? —Fuera, la última rosa roja se balanceó con el viento que sopló repentinamente.

—No, no me lo parece. Aceptar dinero sin hacer nada a cambio es robar.

—Piensa que es una redistribución de riquezas. Mi padre es un maldito bastardo rico que no se merece lo que tiene. Tú eres pobre y te lo mereces. Es como ese tipo que robaba al rico para dárselo al pobre. Creo que hay un libro que trata de eso.

Vi a Piloto sentado a los pies de Carlisle. Moví los dedos hacia él para intentar que viniera a mí.

— He estado estudiando en cierto modo. He leído El Jorobado, El Fantasma de la Ópera, Frankestein. Ahora estoy leyendo El retrato de Dorian Gray.

Carlisle sonrió.

—Creo que ahí detecto una pauta.

—La pauta es la oscuridad, la gente que vive en la oscuridad. —Seguía moviendo los dedos hacia Piloto. El estúpido perro no venía.

—Tal vez si discutiéramos los libros. ¿Tienes alguna pregunta sobre…?

—El tipo ese, Oscar Wilde, ¿era homosexual?

—¿Ves? Ya sabía yo que tenías una intuición aguda, algo inteligente con lo que contribuir...

—No me tomes el pelo, Carlisle. ¿Lo era?

—Y bien reconocido. — Carlisle tiró del arnés de Piloto—. El perro no va a ir a ti, Edward. Esta tan disgustado contigo como lo estoy yo, metido en la cama en pijama hasta la una de la tarde.

—¿Qué te hace pensar que estoy en pijama? —Lo estaba.

—Puedo olerte. El perro desde luego puede. Y ambos estamos disgustados.

—Vale. Me vestiré en un minuto. ¿Contento?

—Puede ser, particularmente si te das una ducha.

—Está bien, está bien. Pero cuéntame algo de Oscar Wilde.

—Fue llevado a juicio después de tener una aventura con el hijo de un lord. El padre del joven dijo que Wilde había obligado a su hijo a participar en la relación. Murió en prisión.

—Yo estoy en una prisión —dije.

—Edward...

—Es cierto. Cuando eres un niño te dicen que el interior es lo que cuenta. Que las apariencias no importan. Pero no es cierto. Los tipos como Phoebus en El Jorobado, o Dorian, o el antiguo Anthony Masen, ellos pueden molestar a las mujeres y salirse con la suya porque son guapos. Ser feo es como una especie de prisión.

—No creo que sea así, Ed.

—Los ciegos tienen intuición. Puedes creerlo o no. Pero es cierto.

Carlisle suspiró.

—Edward, ¿podemos volver al libro?

—Las flores se están muriendo Carlisle.

—Edward. Si no dejas de dormir todo el día y me permites ser tu profesor, renunciaré.

Lo miré. Sabía que estaba molesto conmigo pero nunca pensé que se marcharía.

—Pero ¿adónde irías? —le dije—. Debe ser difícil para ti encontrar un trabajo cuando eres… quiero decir, eres...

—Es difícil. La gente cree que uno no puede hacer cosas y no quieren darte una oportunidad. Creen que tu problema es una desventaja. Una vez un tipo en una entrevista me preguntó: ¿Qué pasaría si tropezaras e hicieras daño a un estudiante? ¿Qué pasaría si el perro mordiera a alguien?

—Así que te ves reducido a ser profesor de un perdedor como yo.

No dijo ni sí ni no. Dijo:

—Estudié duro para poder trabajar, para no tener que ser mantenido por nadie. No puedo permitir que eso pase.

Estaba hablando de mi vida. Eso era lo que yo estaba haciendo, viviendo a costa de papá, siempre sería así si no podía encontrar una forma de romper el hechizo.

—Harás lo que tengas que hacer —dije—. Pero no quiero que te vayas.

—Hay una solución. Podemos volver a nuestras sesiones regulares de clase.

Asentí con la cabeza.

—Mañana. Hoy no, pero mañana. Hay algo que tengo que hacer hoy.

—¿Estás seguro?

—Sí. Mañana. Lo prometo.


Sabía que mis días de poder salir al mundo disminuían. Como hacía más frío, el llevar un abrigo parecía menos extraño, menos indigente. Cada vez con más frecuencia, alguien había comenzado a hacer contacto visual, y sólo mis reflejos rápidos me habían permitido darme la vuelta lo bastante rápido, así cuando el desconocido miraba de nuevo, sólo veían mi espalda y pensaban que mi cara de monstruo había sido sólo producto de su imaginación. No podía correr riesgos de ese tipo. Comencé a salir más tarde, cuando las calles y el metro estaban menos atestados, cuando había menos posibilidades de que me pillaran. Pero esto no me satisfacía. Deseaba formar parte de la vida de las calles. Y ahora estaba mi promesa a Carlisle. No podía andar deambulando toda la noche y seguir estudiando al día siguiente. Y no podía permitir que Carlisle se marchara.

Sería un invierno largo. Pero hoy sabía que podía salir sin miedo. Era un día del año en el que nadie me miraría dos veces. Halloween. Siempre me había gustado Halloween. Había sido mi día festivo favorito desde que tenía ocho años, y Mike y yo habíamos embadurnado de huevo la puerta del apartamento del Viejo Mason porque fue el único en todo el edificio que no se había apuntado al truco o trato... y nos habíamos salido con la nuestra porque éramos dos entre aproximadamente doscientos mil niños en la ciudad disfrazados de Spiderman. Y si había alguna duda de que era mi festividad favorita, se acabó cuando fui a mi primera fiesta de secundaria y me encontré rodeado por chicas de Twilight disfrazadas de criadas francesas con medias de rejilla.

Y ahora seguiría siendo mi día festivo favorito, porque esta noche, por una vez, todo podría ser normal.

En realidad no creía que fuera a conocer a una chica que rompiera el hechizo. No de veras. Sólo quería charlar con una chica, tal vez bailar con ella y sostenerla entre mis brazos, aunque sólo fuera por una noche.

Estaba de pie delante de una escuela que celebraba una fiesta. Era la quinta fiesta con la que me había cruzado, pero las anteriores tenían carteles que decían: por favor, prohibido disfraces terroríficos. No quise arriesgarme a que consideraran mi cara demasiado grotesca. Esta debía ser una escuela privada porque los chicos parecían bastante limpios, pero no era una escuela como Twilight, una escuela exclusiva. A través de la puerta del gimnasio, podía ver a la gente bailar en un ambiente tenuemente iluminado. Algunos estaban en grupos, pero mucho estaban solos. Fuera, una chica vendía las entradas, pero no comprobaba las identificaciones. La fiesta perfecta para colarse.

¿Entonces por qué no entraba?

Me quedé de pie a unos pasos de la vendedora de entradas, que iba vestida de Dorothy de El Mago de Oz excepto por el cabello color magenta y los tatuajes. Observé a la gente... sobre todo a las chicas... entrar. Nadie se fijó mucho en mí, eso estaba bien. Reconocí a los tipos habituales... las animadoras y los niños de papá con fideicomiso, los futuros políticos y los corrientes, los deportistas y los chicos que iban a la escuela sólo para meterse en problemas. Y la gente que no pertenecía a ningún grupo. Me apoyé en la puerta, mirándolos, durante un largo rato.

—Guay tu disfraz.

El DJ estaba poniendo "Monster Mash" y algunas personas comenzaron a bailar.

—¡Eh!, te estoy hablando a ti. Es un disfraz realmente guay.

Era la chica que vendía las entradas. Dorothy. La cosa se había despejado alrededor de ella, ya que todos habían entrado. Estábamos solos.

—Ah. Gracias. —Era la primera vez que hablaba con alguien de mi propia edad en meses—. El tuyo también está guay.

—Gracias. —Se rió y se puso de pie para que pudiera ver sus medias de redecillas—. Yo lo llamo "Definitivamente Ya No Estamos en Kansas".

Me reí.

—¿Los tatuajes son auténticos?

—No, pero sí me teñí el pelo. Aún no le he contado a mi madre que durará un mes. Ella cree que es una laca. Será divertido en la fiesta del setenta y cinco cumpleaños de mi nana la próxima semana.

Me reí. No tenía mal aspecto y sus piernas estaban de muerte con esas medias.

—¿Entonces no entras?

Sacudí la cabeza.

—Se supone que he quedado aquí con alguien.

¿Por qué había dicho eso? Obviamente, había pasado la prueba. Esta chica creía que sólo llevaba un disfraz realmente elaborado. Debería haber comprado mi entrada y pasar.

—Ah —dijo, mirando su reloj—. Vale.

Aguanté allí otros quince minutos, observando. Ahora que le había dicho que estaba esperando a alguien, no podía cambiar mi historia, no podía entrar. Lo que debía hacer era irme, fingir que estaba dando un paseo, apresurar el paso y no volver, ir a otra parte. Pero algo... las luces, la música y el baile en el interior... hacían que deseara quedarme, aunque no pudiera entrar. Me gustaba estar fuera, en realidad. El aire era fresco sobre mi rostro.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de tu disfraz? —dijo la chica.

—¿Qué?

—Me gusta que lleves ropa normal sobre él, como si fueras medio hombre, medio monstruo.

—Gracias. Estamos dando una unidad sobre monstruos literarios en la clase de inglés... El fantasma de la Opera, El Jorobado de Notre Dame, Drácula. Después haremos El Hombre Invisible. De todos modos, creí que sería genial ir como un hombre que se transformó en un monstruo.

—Genial... Muy creativo.

—Gracias. Cogí un viejo traje de gorila y lo modifiqué.

—¿Qué clase de inglés es esa?

—Hum, la del señor… Banner. —Intenté calcular cuántos años tenía ella. Más o menos mi edad, no más.

—Clase avanzada, último curso.

—Tendré que intentar que me toque con él. Soy sólo una estudiante de segundo año.

—Yo… —me contuve antes decir que yo también lo era—. Realmente me gusta su clase.

Nos quedamos de pie otro minuto. Finalmente, ella dijo:

—Mira, por lo general no hago cosas como esta, pero parece que tu novia te ha dejado plantado, y mi turno de vender entradas termina en cinco minutos. ¿Entrarías conmigo?

Sonreí.

—Claro.

—Es realmente extraño.

—¿Qué?

—No sé. Casi parece que tu máscara fuera capaz de mostrar expresiones faciales, como cuando te reíste. —Extendió la mano—. Soy Irina.

La cogí.

—Ed… Edward… Cullen.

—Parece muy real. —Se refería a mi mano—. Es extraño.

—Gracias. He estado trabajando en él durante semanas, reuniendo pedazos de otros trajes y cosas.

—Guau, realmente debe gustarte Halloween.

—Sí. En realidad era muy tímido de niño. Me gustaba fingir que era alguna otra persona.

—Ya, yo también. En realidad, aún soy tímida.

—¿De veras? Nunca lo habría adivinado por la forma en que me entraste.

—Ah, eso —dijo—. Bueno, tu novia te ha dejado plantado. Pareces una especie de espíritu afín.

—Espíritu afín, ¿eh? —Reí—. Tal vez bastante.

—Deja de hacer eso.

Se refería a mi risa. Era una chica extraña con su piel blanca y el cabello magenta... no del tipo que se pondría un atrevido traje de criada francesa. Probablemente tendría padres en el teatro o algo. Hacía unos meses, simplemente la habría ignorado. Ahora, charlar con cualquiera resultaba emocionante.

Otra chica vino a reemplazar a Irina y entramos al baile. Ahora que estaba de pie y su cabello fuera del paso, vi que había rasgado el escote de su delantal de Dorothy y tenía la camisa abierta de un modo muy sexy. Tenía un tatuaje de una araña sobre el pecho izquierdo.

—Este es mi favorito —dije, acariciándolo, aprovechándome de que creería que sólo la estaba tocando con una mano falsa de goma, de modo que no le importara.

—He estado sentada sobre el trasero durante horas —dijo—. Vamos a bailar.

—¿Qué hora es?

—Casi medianoche.

—La hora de las brujas. —La conduje a un extremo de la pista de baile. La canción rápida que había estado sonando antes había pasado a convertirse en una lenta, tiré de ella acercándola.

—¿Y cuál es realmente tu aspecto ahí abajo? —preguntó.

—¿Acaso importa?

—Sólo me preguntaba si te había visto antes.

Me encogí de hombros.

—No creo. No me pareces familiar.

—Tal vez no. ¿Participas en muchas actividades?

—Solía hacerlo —dije, recordando lo que Jane había dicho sobre mentir—. Pero ahora sobre todo leo. También he estado haciendo mucha jardinería.

—La jardinería es una afición rara por aquí.

—Hay un jardín detrás de mi casa, uno pequeño. Me gusta observar las rosas crecer. Estaba pensando en construir un invernadero para poder verlas en invierno.

Cuando lo dije, comprendí que realmente planeaba hacerlo, de verdad.

—Eso es genial. Nunca había conocido a un tío que se interesara por las flores.

—Todo el mundo necesita belleza en su vida. —La atraje más hacia mí, sintiendo su calor contra mi pecho.

—Pero en serio, Edward, ¿qué aspecto tienes?

—¿Qué si me parezco al Fantasma de la Ópera o algo así?

—¡Hum! —Ella se rió…—. Él era bastante romántico. La Música de la Noche y todo eso. Casi deseé que Christine terminara con él. Creo que a muchas mujeres les pasa.

—¿Y si de verdad me pareciera a esto? —Gesticulé hacia mi cara de bestia.

Ella se rió.

—Quítate la máscara y déjame ver.

—¿Y si fuera realmente guapo? ¿Me lo tendrías en cuenta?

—Tal vez un poco… —Cuando fruncí el ceño, dijo—: Estoy bromeando. Desde luego que no.

—Entonces no importa. Por favor, sólo baila conmigo.

Puso mala cara, pero dijo—: Vale.

Y bailamos más apretados.

—¿Pero cómo te encontraré en la escuela el lunes? —me susurró al oído—. Realmente me gustas, Edward. Quiero verte otra vez.

—Yo te encontraré a ti. Te buscaré en los pasillos y… —Había deslizado su mano por debajo del cuello de mi camisa y hurgaba, buscando el cierre de la máscara.

—¡Eh, detente!

—Sólo quiero ver.

—¡Para! —Luché por alejarme de ella. Aún estaba colgada de mi cuello.

—¿Cómo se abr…?

—¡Para! —Esto salió en un rugido. Ahora la gente miraba fijamente hacia nosotros, hacia mí. La aparté a un lado, pero estábamos enredados y ella tropezó, dando un tirón final a mi cuello. Aferré su brazo, torciéndoselo a la espalda, oyendo un espantoso chasquido. Luego sus gritos.

Corrí, sus gritos todavía resonaban en mi oído cuando alcancé el metro.


Señor Swan: Gracias por volver esta semana. Me he decidido por una charla abierta ya que ha resultado tan difícil mantenernos en el tema otras veces.

ChicoOso: Tengo un anuncio importante

Ranita: Eso ya lo hems oído de Dma

ChicoOso: Estoy a cubierto! Durmiendo en un apart!! Me han dejado entrar

BestiaNYC: Quién???

ChicoOso: 2 chicas… me recogieron

Ranita: eso es asmbrs, Oso!!!

BestiaNYC: - muy celoso

Señor Swan:¿Hablamos de ello, ChicoOso?

ChicoOso: 1 noche me dejaron entrar y dormí sobre la alfombra del baño. Como no me comí a nadie, supongo que pensaron que estaba ok que volviera cada noche

BestiaNYC: Eso es genial!

DamaSilenciosa se ha unido al chat

Ranita: Hola dama

DamaSilenciosa: Hola, Ranita. Hola a todos. Nunca adivinarán desde donde escribo

BestiaNYC: dónde? (aún me hablas, o sigues cabreada?)

DamaSilenciosa: Sí, os hablo a todos. Estoy escribiendo desde su casa!

Ranita: casa? Tod mundo ha consigdo vivr en una casa

BestiaNYC: Eso es genial!

Ranita: yo todv viv en ua charca

DamaSilenciosa: Lo encontré fuera de un baile en un club. Bailó conmigo. No tengo mi voz, pero bailé y le gustó, aun cuando me dolían los pies. Pidió a sus padres que me dejaran dormir en el sofá-cama de su estudio. Somos buenos amigos, pero desde luego, yo quiero más

ChicoOso: por supuest

DamaSilenciosa: Vamos a ir a navegar juntos y a dar largos paseos

ChicoOso: Eso está bien. Ahra puedes andar

BestiaNYC: Cómo es?

DamaSilenciosa: Es difícil para mí. Mis pies sangran y sangran, pero siempre actúo como si nada porque no quiero que él se sienta mal. Lo amo tanto, aun cuando él me llame tarada

Señor Swan: ¿Tarada?

BestiaNYC: Menudo capullo! No eres una tarada!

DamaSilenciosa: Tarada por incapaz de hablar. Muda. No por estúpida.

BestiaNYC: Aún así no me gusta como suena eso

DamaSilenciosa: Sea como sea, yo creo que esto va bien. Lamento hablar tanto de mí. Cómo os va a todos los demás?

ChicoOso: T has conseguido dormir en 1 sofá cama. ¡Yo duermo sobre una alfombra!

Ranita: pues yo n stoy brincando, quero decr brinco pero no d ALEGRIA

BestiaNYC: Lo mismo aquí. Esperando a q pase algo

Hola a todossssss!!!!

Que tal? Espero que esteis pasando unas buenas fiestas con vuestros seres queridos y que tengáis un comienzo de año 2010 fantástico!!

Como veis, he conseguido reunir un poco de tiempo en estas fiestas para haceros un capitulo largo para compensar el mes de enero que no estare conectada por los examenes :(

En fin he de dar las gracias a:

Pollito: veo que tu también estas bien informado acerca de este tema eh ;) gracias por leer mi historia y espero que la sigas :) Feliz Navidaaaaad!!

AliciaConi: holaaaaaa!! gracias por tu review :) pues me alegro muchísimo de que te guste mi fanfic y he de decirte que te acercas bastante a los personajes del chat!! lee luego más abajo que doy un par de pistas como regalo de navidad! Feliz Navidaaaaad!!

Petalos de Furia: Gracías por seguir mi fanfic!! sois pocos, pero os lo mereceis por animarme tanto :P espero que te agrade este capítulo. Y gracias siempre por lo del copyright ;)Feliz Navidaaaaad!!

lokaporcullen97: Tiaaaaaaa!!! que te veo en cada cap!! bien bien ;) eso me gusta :P gracias por animarme tantisimo, y te aconsejo que mires tu anterior review porque en vez de avanzar en lo del chat has ido marcha atras, cangreja!! que eres una cangreja!!! jajaja Feliz Navidaaaaad!!

Beatriz Cullen, Clarodeluna20 y JimeBellaCullen: Feliz Navidaaaaad!! y gracias por seguir mi fanfic!!

Bueno, después de este apartado llega mi regalo de navidaaaaad JOJOJO!! xD

veamos la pista anterior que os di es que Bella no está en el chat, la de hoy es que Alice Tampoco está!!! jajajaja xD es una pena, pero es así mi adorada Alice no esta en mi fic!! :(

No vi un papel adecuado a su caracter :( en fin, en el próximo procurare que salga si? :D

Un abrazo a todoooooosss!!!

P.D: votar este video que hice de la bella y la bestia en youtube, plis! Es el primero que hago, decid que os parece :S y si os gusta el tema...

.com/watch?v=1Nzeyz2etaM