El intruso en el jardín
7 Meses más tarde
Recogí un pétalo de mi aparador, lo deje colgando fuera de la ventana, y luego lo observé caer. Un año había pasado. Desde la noche de Halloween, sólo había hablado con Carlisle y Esme. No había salido. No había visto la luz excepto en la rosaleda.
El 1 de noviembre, le dije a Carlisle que quería construir un invernadero. Nunca había construido nada... ni siquiera una pajarera o un servilletero en el campamento. Pero ahora no tenía nada más que tiempo y la American Express de papá. Así que compré libros sobre invernaderos, planos y materiales para invernaderos. No quería uno de plástico cutre, y necesitaba que la pared fuera lo suficientemente sólida como para ocultarme a la vista. Lo construí yo mismo en la planta baja detrás de mi apartamento, uno grande que se alzaba todo un kilómetro.
Esme y Carlisle me ayudaron a hacer todo lo que debía hacerse desde fuera. Trabajaba de día, cuando los vecinos estaban principalmente en el trabajo.
Hacia diciembre, estaba terminado. Unas semanas más tarde, sobresaltado por la repentina primavera, hojas amarillentas comenzaron a nacer de las ramas, seguidas por brotes verdes. Alrededor de la primera nevada, todo estaba en flor, las rojas rosas se mostraban bajo el sol invernal.
Las rosas se convirtieron en mi vida. Añadí parterres adicionales y macetas, hasta que hubieron cientos de flores, una docena de colores y más formas aún, híbridos y rosas trepadoras, pimpollos púrpuras de rosas del tamaño de mi mano extendida, y miniaturas de apenas el tamaño de la uña del pulgar. Las adoraba. Ni siquiera me importaban las espinas. Todos los seres vivos necesitaban protección.
Dejé de jugar a videojuegos, dejé de observar vidas en mi espejo. Nunca abría las ventanas, nunca miraba al exterior. Soportaba mis sesiones educativas con Carlisle (ya no las llamaba clases; sabía que nunca volvería a la escuela), luego pasaba el resto del día en el jardín, leyendo o admirando mis rosas.
Leía libros de jardinería también. Leer se había convertido en mi solución perfecta, e investigaba sobre los mejores nutrientes, el suelo perfecto. No les echaba atomizadores para los parásitos, sino que lavaba aquellos rosales que los sufrían con agua jabonosa, luego vigilaba contra una nueva invasión. Pero incluso con cientos de flores, era consciente de las pequeñas muertes que se sucedían cada mañana, una a una, en las rosas marchitas. Eran sustituidas por otras, desde luego, pero no era lo mismo. Cada diminuta vida que florecía vivía sólo en el invernadero, luego moría. En eso, nos parecíamos.
Un día, cuando arrancaba a unas amigas muertas de la parra, entró Esme.
—Pensé que te encontraría aquí —dijo. Llevaba con ella una escoba, y comenzó a limpiar algunas hojas caídas.
—No, no lo hagas —dije—. Me gusta hacerlo. Esto es parte de mi trabajo de cada día.
—No me cuesta nada. Nunca utilizas tus habitaciones, no hay nada que limpiar.
—Preparas mis comidas. Haces las compras. Compras los nutrientes para las plantas. Lavas mi ropa. No podría vivir del modo en que lo hago sin ti.
—Has dejado de vivir.
Arranqué una rosa blanca de una parra.
—Una vez dijiste que temías por mí. No entendí lo que habías querido decir, pero ahora lo hago. Te asustaba que nunca fuera capaz de apreciar la belleza, como la de esta rosa. —Se la ofrecí. Fue difícil para mí hacerlo, elegir este premio, siendo consciente de que moriría aún más pronto así. Pero estaba aprendiendo a renunciar. Había renunciado a tanto ya—. Esa noche, hubo una chica en el baile. Le di una rosa. Se puso tan contenta. No entendí por qué le daba tanta importancia a una rosa, una estúpida rosa a la que le faltaban pétalos. Ahora lo entiendo. Ahora que toda la belleza de mi antigua vida se ha esfumado, la ansío como el alimento. Una cosa hermosa como esta rosa... casi deseo comérmela, tragármela entera para sustituir la belleza que he perdido. Era igual para esa chica.
—¿Pero no… no intentarás romper el hechizo?
—Tengo todo lo que necesito aquí. Nunca podré romper el hechizo. —Gesticulé para que me diera la escoba.
Ella cabeceó un poco tristemente, y me la dio:
—¿Por qué estás aquí, Esme? —dije, mientras barría. Era algo que había estado preguntándome—. ¿Qué haces aquí en Nueva York, limpiando para un mocoso como yo? ¿No tienes familia?
Podía preguntarle porque ella sabía lo de mi familia, que no tenía a nadie más. Sabía que me habían abandonado.
—Tengo familia en mi país. Mi marido y yo, vinimos aquí para ganar dinero. Yo solía ser profesora, pero no había trabajo. Entonces vinimos aquí. Pero mi marido no pudo conseguir su tarjeta verde, así que tuvo que volver. Trabajo mucho para enviarles dinero.
Me incliné para alcanzar las hojas con el recogedor.
—¿Tienes hijos?
—Sí.
—¿Dónde están?
—Han crecido. Sin mí. Son mayores que tú ahora, con sus propios hijos a los cuales nunca he visto.
Recogí las hojas muertas.
—¿Entonces sí que sabes lo qué es no tener a nadie?
Asintió con la cabeza.
—Sí. —Me quitó la escoba y el recogedor—. Pero soy vieja; mi vida es vieja. Cuando tomé la decisión que tomé, no pensé que sería para siempre. Otra cosa es rendirse tan joven.
—No me he rendido —dije—. He decidido vivir para mis rosas.
Esa noche, busqué el espejo. Lo había llevado a las habitaciones del quinto piso, donde lo había abandonado sobre un viejo armario.
—Quiero ver a Jane —dije.
Tardó un rato, pero cuando finalmente se mostró, pareció contenta de verme.
—Cuanto tiempo —dijo.
—¿Por qué el espejo tarda tanto en mostrarte, pero a los demás los veo al instante?
—Porque a veces hago cosas que no deberías ver.
—¿Como qué? ¿Cosas en el baño?
Frunció el ceño.
—Cosas de bruja.
—Ajá. Lo captó. —Pero por lo bajo, canturreé—: Jane estaba en el váter.
—¡No es cierto!
—¿Entonces qué haces cuando no puedo verte? ¿Convertir a la gente en ranas?
—No. Sobre todo viajo.
—¿En líneas aéreas americanas o proyección astral?
—Las líneas aéreas comerciales son problemáticas. No tengo tarjeta de crédito. Al parecer, pagar en efectivo es un riesgo de seguridad.
—Sí, ¿no? Creía que podías simplemente menear la nariz y hacer aparecer un avión o algo así.
—Eso no está bien visto. Además, puedo viajar en el tiempo si lo hago a mi manera.
—¿De verdad?
—Claro. Dices que quieres ir a Paris a ver Notre Dame. ¿Pero y si pudieras verlo mientras lo construían? ¿O Roma en la época de Julio César?
—¿Puedes hacer eso, pero no puedes deshacer tu hechizo? ¡Eh!, ¿puedes llevarme?
—Negativo. Si fuera por ahí con una bestia, sabrían que soy una bruja. Y a las brujas las quemaban en aquella época. Por eso prefiero este siglo. Es más seguro. La gente hace todo tipo de cosas extrañas, sobre todo en Nueva York.
—¿Puedes hacer otras cosas mágicas? Dijiste que lamentabas el hechizo. ¿Puedes hacerme algún tipo de favor que lo compense?
Ella frunció el ceño.
—¿Como qué?
—Mis amigos, Esme y Carlisle.
—¿Tus amigos? —Pareció sorprendida—. ¿Qué pasa con ellos?
—Carlisle es un gran profesor, pero no puede conseguir un buen trabajo enseñando... quiero decir otro trabajo que no sea enseñarme a mí... porque nadie quiere contratar a un ciego. Y Esme trabaja realmente duro para enviar dinero a sus hijos y nietos, pero nunca los ha visto. No es justo.
—El mundo rezuma injusticia —dijo Jane—. ¿Cuándo te has vuelto tan altruista, Anthony?
—Es Edward, no Anthony. Y ellos son mis amigos, mis únicos amigos. Sé que se les paga por estar aquí, pero son amables conmigo. No puedes deshacer lo que me hiciste, pero podrías hacer algo por ellos... ayudar a Carlisle a ver otra vez, y traer a la familia de Esme aquí, o envíala a ella allí, al menos, durante las vacaciones.
Me miró fijamente un segundo, luego negó con la cabeza.
—Eso sería imposible.
—¿Por qué? Tienes poderes increíbles, ¿verdad? ¿Hay una especie de código de bruja que dice que puedes convertir a la gente en bestias, pero no ayudar a las personas?
Creí que eso le cerraría la boca, pero en cambio dijo:
—Bueno, sí. En cierto modo. La cuestión es, que no puedo conceder deseos sólo porque alguien lo pida. No soy un genio. Si intento actuar como uno, podría terminar atrapada en una lámpara como un genio.
—Oh. No sabía que hubiera tantas reglas.
Se encogió de hombros.
—Ajá. Apesta.
—Así que la primera vez que quiero algo para algún otro, no puedo conseguirlo.
—Insisto, apesta. Espera un segundo. —Se estiró y sacó un libro grande. Hojeó unas cuantas páginas—. Aquí dice que puedo hacerte un favor si, y sólo si, es algo vinculado con algo que tienes que hacer.
—¿Como qué?
—Bueno, digámoslo así, si rompes el hechizo que lancé sobre ti, también ayudaré a Esme y a Carlisle. Eso es.
—Eso es lo mismo que decir que no. Nunca podré romper el hechizo.
—¿Quieres hacerlo?
—No. Quiero ser un monstruo toda mi vida.
—Un monstruo con una hermosa rosaleda…
—…todavía es un monstruo —dije—. Me gusta la jardinería, sí. Pero si tuviera un aspecto normal, todavía podría cultivar un jardín.
Jane no contestó. Ojeaba su libro otra vez. Alzó una ceja.
—¿Ahora qué?
—Quizás no esté todo perdido —dijo.
—Lo está.
—No lo creo —dijo—. A veces, pueden ocurrir cosas inesperadas.
Esa noche, cuando me echaba al borde de la cama para dormir, oí un ruido. Puse mis manos sobre mis oídos ya que tenía la intención de no levantarme. Pero entonces oí la caída del cristal, y me puse de pie.
El invernadero. Alguien invadía mi invernadero, mi único santuario. Sin vestirme aún, corrí a mi sala de estar y abrí de un tirón la puerta que conducía al exterior.
—¿Quién se atreve a molestar a mis rosas?
¿Por qué dije eso?
El invernadero estaba bañado por la luz de la luna y las farolas, más brillante aún por el agujero en uno de los paneles de cristal. Una figura entre sombras estaba en la esquina. Había escogido un mal sitio de entrada, cerca de un enrejado. Este se había caído y yacía en el suelo, con las ramas de rosas rotas, y rodeado por la suciedad.
—¡Mis rosas! —Arremetí al mismo tiempo que él se abalanzaba hacia el agujero en la pared. Pero mis piernas de animal eran demasiado rápidas para él, demasiado fuertes. Hundí mis garras en la suave carne de su muslo. Soltó un aullido.
—¡Déjame ir! —gritó—. ¡Tengo un arma! ¡Dispararé!
—Atrévete. —No sabía si yo era inmune a los disparos. Pero mi pulsante cólera, que palpitaba por mis venas como fuego en la sangre, me hizo fuerte, me hizo indiferente. Había perdido todo lo que tenía para perder. Si perdiera mis rosas también, yo bien podría morir. Lo lancé al suelo, luego me eché encima de él, forcejeando sus brazos hacia el suelo mientras curioseaba los objetos de sus manos.
—¿Era esto con lo qué me ibas a pegar un tiro? —gruñí, blandiendo la palanca que le había quitado. La sostuve en alto—. ¡Bang!
—¡Por favor! ¡Déjame ir! —gritó—. Por favor no me comas. ¡Haré lo que sea!
Entonces en ese instante recordé mi aspecto. Creía que yo era un monstruo. Creía que molería sus huesos para hacer con ellos mi pan. Y tal vez lo era, y lo haría. Me reí y lo apresé fuertemente con una llave en la cabeza para evitar que luchara contra mí.
Sosteniendo sus brazos con mi pata libre, lo arrastré por la escalera, un piso, luego dos, dirigiéndome al quinto piso, a la ventana. Sostuve su cabeza hacia afuera. A la luz de la luna, podía ver su rostro. Me parecía conocido. Probablemente acababa de verlo en la calle.
—¿Qué vas a hacer? —jadeó el tipo.
No tenía idea. Pero dije.
—Voy a dejarte caer, cabrón.
—Por favor. Por favor, no lo hagas. No quiero morir.
—Como si me importara lo que quieres. —No iba a dejarlo caer, no realmente. Eso traería a la policía allí, con todas sus preguntas, no podía pasar por eso. Ni siquiera podía llamarlos para que lo detuvieran. Pero quería que él pasara miedo, que temiera por su vida. Le había hecho daño a mis rosas, la única cosa que me quedaba. Quería que se meara de miedo en los pantalones.
—¡Sé que te importa! —El tipo temblaba, no sólo de terror, comprendí, sino también porque sufría un bajón. Un drogadicto. Puse mi mano en su bolsillo buscando las drogas que sabía que estaban allí. Las arranqué de allí junto con su licencia de conducir.
—¡Por favor! —Todavía pedía—. ¡Déjame vivir! ¡Te daré cualquier cosa!
—¿Qué tienes tú que yo querría?
Se retorció y pensó.
—Drogas. ¡Puedes quedarte con estas! ¡Puedo conseguirte más, todas las que quieras Tengo muchos clientes...
Ah. Un pequeño hombre de negocios.
—No tomo drogas, basura. —Eso era cierto. Era demasiado aterrador como para hacer una locura, como salir, si estuviera drogado con algo. Lo empujé más fuera de la ventana.
Gritó.
—Dinero, entonces.
Mantuve la presión sobre su cuello.
—¿Qué haría yo con dinero?
Se ahogaba, lloriqueando.
—Por favor… debe haber algo.
Apreté aún más.
—No tienes nada que quiera.
Intentó patearme, para escaparse.
—¿Quieres una novia?
Respiraba con mucha dificultad, llorando.
—¿Qué?
Casi perdí mi apretón, pero enterré mis garras más duro. Gritó.
—¿Una novia? ¿Quieres a una chica?
—No juegues conmigo. Te lo advierto…
Pero pudo ver mi interés. Se soltó, y lo dejé.
—Tengo una hija.
—¿Y qué con ella? —Aflojé mi apretón un poco, y entró en la habitación.
—Mi hija. Puedes tenerla. Sólo déjame ir.
—¿Y qué gano con eso? —Lo miré fijamente.
—Puedes tenerla. Te la traeré.
Estaba mintiendo para que lo dejara marcharse. ¿Qué clase de padre regalaría a su hija? ¿A una bestia? Pero aún así…
—No te creo.
—Es cierto. Una hija. Ella es… hermosa…
—Háblame de ella. Dime algo que me señale que dices la verdad. ¿Cuántos años tiene? ¿Cuál es su nombre?
Él se rió cuando comprendió que me tenía.
—Tiene dieciséis años, creo. Su nombre es Bella. Le gustan… los libros, leer, cosas estúpidas. Por favor, sólo tómala, haz lo que quieras con ella. Toma a mi hija, pero déjame ir.
Podía ser cierto. ¡Una muchacha! ¡Una muchacha de dieciséis años! ¿Realmente la traería él aquí? ¿Podría ser la muchacha para mí, aquella a la que necesitaba? Recordé la voz de Jane. A veces, pueden pasar cosas inesperadas.
—Con seguridad estará mejor sin ti —le dije. Entonces comprendí que creía eso. Estaría mejor sin él como padre. Yo también la ayudaría. Al menos, eso es lo que me dije.
—Tienes razón. —Lloraba, riéndose—. Estará mejor. Entonces cógela.
Me decidí.
—En una semana, traerás a tu hija aquí. Se quedará conmigo.
Sólo se reía ahora.
—Seguro. Absolutamente. Iré ahora, y la traeré.
Yo conocía su juego.
—Pero no creas que puedes marcharte y no cumplir. —Empujé su cara por la ventana otra vez, más lejos que antes. Gritó cuando iba a tirarlo, pero señalé debajo, al equipo de vigilancia en el invernadero—. Tengo cámaras por todas partes de la casa para probar lo que has hecho. Tengo tu permiso de conducir, tus drogas. Y tengo algo más. —Su cabello era largo y grasiento. Lo agarré por allí y lo arrastré al viejo armario donde guardaba al espejo—. Quiero ver a su hija. Bella.
La imagen en el espejo cambió, de mi grotesca imagen a la de una cama, una muchacha dormía en ella. La imagen se hizo más extensa. Vi una larga trenza roja. Luego su rostro. Isabella. Era Isabella Witherdale de la escuela, la chica a quien le di la rosa, a quien había observado en el espejo. Bella. ¿Podría ser ella la chica?
Empujé el espejo al rostro de canalla.
—¿Es ella?
—¿Cómo hiciste…?
Ahora- dije al espejo, - quiero ver la dirección donde está ella.
El espejo salió a la puerta de un apartamento, luego me mostró el letrero de la calle.
—No puedes escapar. —Se lo mostré—. En cualquier parte donde vayas, sabré exactamente donde estás. —Miré su permiso de conducir—. James Witherdale, si no regresas, te encontraré, y las consecuencias serán terribles. —¿Las consecuencias serán terribles? Uffffff, ¿quién hablaba así?
—Podría ir a la policía —dijo.
—Pero no lo harás. —Lo arrastré de vuelta al invernadero—. ¿Nos entendemos el uno al otro?
Asintió.
—La traeré. —Extendió la mano, y comprendí que intentaba recuperar la bolsa de drogas y el permiso de conducir que sostenía—. Mañana.
—En una semana —dije—. Necesito tiempo para prepararme. Y guardaré esto mientras tanto, para asegurarme de que vuelves.
Le dejé ir entonces, y él se apresuró en la noche como el ladrón que era.
Después de observarlo marcharse, bajé las escaleras. Casi saltando. Bella. Vi a Carlisle en el descansillo del tercer piso.
—Oí la conmoción —dijo él—. Pero creí que era mejor dejarlo todo en tus manos.
—Pensaste bien. —Yo estaba sonriendo—. Pronto tendremos una visita. Te necesito para que vayas y compres algunas cosas para que ella se sienta cómoda.
—¿Ella?
—Sí, Carlisle. Es una chica. La chica que quizás romperá el hechizo, quien podría… amarme. —Casi me ahogué al decir esas palabras, eran tan desesperadas—. Es mi única posibilidad.
Él asintió.
—¿Cómo sabes que ella es la chica?
—Porque tiene que ser ella. —Pensé en su padre, listo para cambiar a su hija por sus drogas y su libertad. Un auténtico padre se habría negado, incluso si lo detenían. Mi padre haría buena pareja con el suyo—. Y porque no importa si no es ella tampoco.
—Ya entiendo —dijo Carlisle—. ¿Y cuándo vendrá?
—A más tardar en una semana. —Pensé en las drogas que aún sostenía en mi mano—. Probablemente antes. Tendremos que trabajar rápido. Pero todo tiene que ser perfecto.
—Sé lo que eso quiere decir —dijo Carlisle.
—Sí. La tarjeta de crédito de papá.
En los días siguientes, trabajé más duro de lo que nunca había trabajado en cualquier cosa, decorando la vacía suite real del tercer piso. La habitación de Isabella. Los muebles que había en ella eran cosas de la sala de estar, y estanterías vacías... sólo para recordarme que mi padre no pensaba hacer una visita. Ahora la había convertido en el dormitorio y la biblioteca ideal para una chica, enviando a Carlisle fuera en busca de catálogos de muebles, pintura, papel, todo.
—¿Y tú crees que esto está bien? —dijo Carlisle— ¿Obligarla a venir aquí? No sé si voy a poder participar en…
—¿Un secuestro?
—Bueno, sí.
—Tú no viste al tipo, Carlisle. Entró a la fuerza, probablemente a robar mis cosas para conseguir dinero para droga. Y luego, para salir del apuro, me ofreció a su hija. Tal vez lo haya hecho antes… ¿alguna vez has pensado en ello? Así que dije que sí. Sabes que no planeo hacerle nada malo. Quiero amarla. —Dios, sonaba como el Fantasma de la Ópera.
—Aún así creo que no está bien. Sólo porque hay un beneficio para ti. ¿Qué pasa con ella?
—¿Qué pasa con ella? Si su padre está dispuesto a entregármela, ¿quién dice que no puede dársela a algún otro? Venderla como esclava, o algo peor, para comprar drogas. Yo sé que no voy a hacerle daño. ¿Puedes fiarte del siguiente tipo con quien intente esto?
Carlisle estaba asintiendo con la cabeza, así que supe que estaba al menos pensando en ello.
—¿Y cómo sabes que ella será alguien apropiado de la que puedas enamorarte? —preguntó Carlisle—. ¿Si el padre es un canalla?
Porque la he observado.
—Esta es mi única oportunidad. Tengo que amarla —le dije a Carlisle—. Y ella tiene que amarme o será el fin para mí. —Y si puede amar a ese perdedor que tiene por padre, tal vez pueda ver más allá de mi aspecto y amarme a mí también.
Pasaron tres días. Escogí mantas y almohadas rellenas de plumas. La imaginé hundiéndose sobre la cama, lo más agradable que nunca hubiera tenido. Escogí las más finas alfombras orientales, lámparas de cristal. Apenas podía dormir esos días, así que trabajaba desde las cuatro de la mañana hasta la noche. Pinté el estudio convertido en biblioteca de un amarillo cálido con un ribete blanco. Para su dormitorio, escogí empapelado con un enrejado de rosas.
Carlisle y Esme ayudaban, pero sólo yo trabajaba por la noche. Finalmente, las habitaciones estuvieron perfectas. Casi incapaz de creer que ella venía, hice más. Con el espejo, visité su casa y exploré sus armarios, luego me conecté on-line y compré la parte del departamento Junior de Macy's en su talla. (N/A: Macy's es la tienda mas grande de todas las cosas que puedas imaginar de manhattan)
Lo organice todo en el armario vestidor de sus nuevas habitaciones. Y compré libros... cientos de libros... y los organicé en estantes que llegaban hasta el techo. Compré parte de todas las librerías on-line e incluí todos mis favoritos, los títulos que había estado leyendo. Podríamos hablar de ellos. Sería tan genial tener a alguien de mi propia edad con la que hablar, incluso si era sólo de libros.
Cada tarde traían una nueva entrega urgente de UPS, y cada mañana me encontraba trabajando mucho y duro, pintando, lijando y decorando. Tenía que dejarlo todo perfecto, tenía que hacerlo, así tal vez ella mirase más allá de mi fealdad y encontrase algo de felicidad aquí, alguna forma de amarme. No quería pensar en cómo ocurriría eso, en que probablemente me odiaría por apartarla de su padre. Tenía que hacer que funcionase.
En la noche del sexto día, estaba en las habitaciones de la suite que sería de ella. Todavía tenía que arreglar mi invernadero, mi hermoso invernadero. Pero afortunadamente, hacía calor fuera. Me encargaría después. Por ahora, estudié la habitación. Los suelos, encerados a la perfección, brillaban junto a alfombras en matices de verde y oro. El aire olía a detergente de limón y a docenas de rosas. Había escogido las amarillas, que según había leído simbolizaban alegría, felicidad, amistad, y la promesa de un nuevo comienzo, y las había puesto en floreros de cristal Waterford a todo lo largo de la suite. En su honor, había plantado una rosa nueva, una miniatura amarilla llamada "Pequeña Bella". No había cortado ninguna de esas, pero se las mostraría la primera vez que visitase el invernadero. Pronto. Esperaba que le gustasen. Supe que así sería. Caminé hasta la puerta de su suite y, utilizando una plantilla y un diminuto cepillo empapado en dorado, pinté el acabado final en la puerta. Nunca había sido pulcro en mi vida anterior, pero esto era importante. Con una letra perfecta, la puerta decía:
"Habitación de Bella"
Cuando volví a mi cuarto, comprobé el espejo, el cuál mantenía junto a mi cama otra vez.
—Quiero ver a Bella —intenté.
La mostró. Estaba dormida porque era más de la una. Una pequeña y maltratada maleta estada junto a la puerta. Realmente venía. Me tumbé y caí en un sueño perfecto por primera vez en un año... no el sueño del aburrimiento, el fracaso, o el agotamiento, sino un sueño de expectación. Mañana, ella estaría aquí. Todo cambiaría.
Alguien estaba llamando a la puerta. ¡Alguien estaba llamando a la puerta! Yo no podía abrir. No quería aterrarla a primera vista. Me quedé en mis habitaciones, pero observé en el espejo como Carlisle la hacía pasar.
—¿Dónde está él? —Era el canalla de su padre. ¿Pero dónde estaba la chica?
—¿Dónde está quien? —preguntó Carlisle, muy cortés.
El tipo dudó, y en ese momento, vi por primera vez que ella estaba con él, de pie en la sombra a su espalda. Aunque ella pensaba que no se la veía, podía ver que estaba llorando.
Era realmente ella. Comprendí que hasta entonces no lo había creído.
Bella. Isabella. ¡Estaba realmente aquí!
Le encantaban las rosas. En realidad, ella había sido la primera que me enseñó a apreciarlas. Tal vez debiera bajar a conocerla después de todo, mostrarle su habitación, y el invernadero.
Entonces oí su voz.
—Mi padre tiene la alocada idea de que aquí vive un monstruo, y que yo tengo que estar encerrada en una mazmorra.
Un monstruo. Así era como me vería si bajaba las escaleras. No, primero la dejaría ver el lugar, las hermosas habitaciones y las rosas, antes de que tuviera que ver el horror que era yo.
—Nada de monstruos, señorita. Al menos, ninguno que yo pueda ver —rió Carlisle entre dientes—. Mi empleador es un joven de... yo diría... desafortunada apariencia. No sale al exterior debido a ello. Eso es todo.
—¿Entonces soy libre de marcharme? —preguntó Bella.
—Por supuesto. Pero mi jefe hizo un trato con su padre, creo... que su presencia aquí es un intercambio por su cooperación al no informar de ciertos actos criminales que están grabados en cinta. Lo cual me recuerda... —Metió la mano en su bolsillo y sacó la bolsa que yo le había quitado al intruso—. ¿Sus drogas, señor?
Bella le arrancó la bolsa.
—¿Por esto? ¿Me has hecho venir aquí sólo para recuperar tus drogas?
—Me grabó, chica. Irrumpiendo y allanando.
—Supongo que éste no es su primer delito —dijo Carlisle, y pude ver por su cara que había comprobado al tipo con su sexto sentido especial de ciego y le había encontrado exactamente como yo había dicho—. Y sólo las drogas tendrían como resultado una sentencia seria, creo.
Él asintió con la cabeza.
—Condena mínima... de quince años a perpetua.
—¿Perpetua? —Bella se giró hacia Carlisle—. ¿Y usted está de acuerdo con este... mi encarcelamiento?
Contuve el aliento, esperando la respuesta de Carlisle.
—Mi jefe tiene sus razones. —Carlisle parecía querer poner su mano sobre el hombro de Bella o algo por el estilo, pero no lo hizo. Probablemente presentía que ella se apartaría si lo hiciera—. Y la tratará bien... mejor, probablemente que... Mire, si quiere marcharse, puede hacerlo, pero mi jefe tiene la cinta del allanamiento y se la entregará a la policía.
La chica miró a su padre. Sus ojos imploraban.
—Estarás bien. —Le arrancó la bolsa de entre los dedos—. Yo cogeré esto. —Y sin un adiós, se largó, cerrando la puerta de golpe tras él.
Bella se quedó de pie mirando el lugar que su padre había ocupado. Parecía como si fuera a derrumbarse sobre el suelo. Carlisle dijo:
—Por favor, señorita. Puedo ver que ha tenido un día duro, aunque sólo son las diez. Vamos. ¿Le muestro sus habitaciones?
—¿Habitaciones? ¿En plural?
—Sí, señorita. Son habitaciones hermosas. El amo Edward... el joven para el que trabajo... ha trabajado muy duro para asegurarse de que le gustan. Me pidió que le dijera que si hay cualquier cosa que necesite... cualquier cosa aparte de un teléfono o una conexión a internet... no dude en pedirla. Quiere que sea usted feliz aquí.
—¿Feliz? —La voz de Bella era plana—. ¿Mi carcelero quiere que sea feliz? ¿Aquí? ¿Está loco?
En mi habitación, me encogí ante lo de carcelero.
—No, señorita. —Carlisle extendió la mano y utilizó una llave para cerrar la puerta. Solo como formalidad. Yo contaba con que ella se quedara para proteger a su padre. El sonido de las puertas cerrándose fue terrible para mí. Era un secuestrador. No quería secuestrarla, pero era el único modo de que se quedara—. Soy Carlisle. También estoy a su servicio. Y Esme, la criada, a la que encontrará escaleras arriba. ¿Vamos?
Le ofreció su brazo. Ella no lo tomó, sino que lanzó una mirada reluctante a la puerta, siguiéndole escaleras arriba.
Observé como Carlisle la llevaba arriba y abría la puerta. Sus mejillas y sus ojos estaban enrojecidos por el llanto. Jadeó cuando entró, tomando nota del mobiliario, las obras de arte, las paredes, pintadas del tono exacto de amarillo de las rosas en sus jarrones de cristal. Jadeó ante la cama tamaño reina con sus sábanas de diseño. Se acercó a la ventana.
—Muy alto para saltar, ¿no? —Tocó el grueso cristal.
Carlisle, tras ella, dijo:
—Sí, lo sería. Y las ventanas no se abren tanto. Tal vez si le da una oportunidad, no encontrará tan terrible vivir aquí.
—¿Tan terrible? ¿Alguna vez ha estado prisionero? ¿Lo está ahora?
—No.
La estudié. La recordaba, del día del baile. Entonces había pensado que era fea, con su cabello castaño, sus pequeñas pecas, y los dientes un poco desalineados. Los dientes no habían cambiado, pero no era, en realidad, tan fea. Me alegraba de que no fuera hermosa, como había dicho su padre. Alguien hermoso nunca habría podido pasar por alto mi fealdad. Tal vez esta chica podría.
—Yo si —dijo ella—. Durante dieciséis años, he estado prisionera. Pero estaba saliendo del túnel. Por mí misma, me apliqué y conseguí una beca en una de las mejores escuelas privadas de la ciudad. Tomaba un tren cada día. Los niños ricos me ignoraban porque no era una de ellos. Pensaban que yo era basura. Tal vez tuvieran razón. Pero estudié duro, conseguí las más altas calificaciones. Sabía que ese era el único modo de escapar de mi vida, conseguir una beca, ir a la universidad, salir de aquí. Pero en vez de eso, para mantener a mi padre fuera de la cárcel, tengo que estar prisionera aquí. No es justo.
—Entiendo —dijo Carlisle. Yo sabía que estaba impresionado con ella, por la forma en que hablaba. Incluso había utilizado una metáfora, sobre el túnel. Era realmente lista.
—¿Qué quiere él de mí? —lloró la chica—. ¿Hacerme trabajar para él? ¿Sexo?
—No. Yo no lo permitiría si ese fuera el caso.
—¿De veras? —Pareció un poco aliviada—. ¿Entonces qué?
—Creo... —Carlisle se detuvo—. Sé que se siente solo.
Ella le miró fijamente pero no dijo nada.
Al final, él dijo:
—Le daré oportunidad de descansar y echar un vistazo a su nuevo hogar. Esme le traerá el almuerzo al mediodía. Puede conocerla entonces. Si necesita algo, pídalo y lo tendrá.
Salió y cerró la puerta tras él.
Yo observé a Isabella mientras ella paseaba por la habitación, tocando varios objetos. Sus ojos se demoraron más en uno de los jarrones de rosas. Recogió una flor amarilla que yo creía era la más hermosa. La sostuvo hacia su cara un momento, oliéndola, después la presionó contra su mejilla. Finalmente, la volvió a colocar en el jarrón.
Paseó por la suite, abriendo puertas y armarios. El elaborado guardarropa no surtió ningún efecto, pero ante la puerta de la biblioteca, jadeó y se detuvo. Alzó la cabeza hacia arriba, tomando nota de las filas de libros que se extendían hasta el techo. Yo me había fijado en su casa e intentado comprar cosas que le gustaran, no solo novelas, sino libros sobre física, religión, filosofía, y por duplicado para mí mismo, así podría leer yo también cualquier cosa que llamara su atención. Había comenzado a trabajar en una base de datos con todos los libros listados por título, autor, y tema, como una auténtica biblioteca, pero no la había terminado aún.
Ella subió a la escalera de mano y escogió un libro, después dos. Los abrazó, como a una mantita, o un escudo. Esto, al fin, había tenido éxito. Se llevó los libros de vuelta al dormitorio, los colocó en la mesilla de noche, después se derrumbó sobre la cama, sollozando.
Quise reconfortarla, pero sabía que no podía, ahora no. Esperaba que algún día lo entendiera.
A mediodía, Esme llevó a Bella su almuerzo. Observé en el espejo. Algunos días, Esme encargaba fuera el almuerzo, porque yo echaba de menos la comida rápida. Pero hoy, le había pedido que hiciera algo que gustara a una chica... sandwiches sin corteza, una sopa inusual y de moda. La porcelana estaba decorada con rosas rosas. Su agua iba servida en un vaso de cristal con un tallo. El cuchillo y el tenedor eran de plata de ley. La comida parecía deliciosa. Observé. No se la comió, y se la devolvió a Esme cuando ésta regresó. Se sentó en su cama, leyendo un libro del estante. Comprobé el título. Sonetos de Shakespeare.
Tenía miedo de llamar a la puerta. Tenía que hacer mi movimiento en algún momento, pero no sabía cómo hacerlo sin aterrorizarla. ¿Sería demasiado gritar, "Por favor, déjame entrar, y prometo no comerte"? Probablemente. Probablemente se asustaría solo ante el sonido de mi voz. Pero quería que supiera que si salía, sería amable con ella.
Finalmente, le escribí una nota.
"Querida Bella.
¡Bienvenida! No tengas miedo. Espero que te sientas cómoda en tu nuevo hogar. Si deseas algo, solo tienes que pedirlo. Me ocuparé de que lo tengas inmediatamente. Ansío conocerte en la cena esta noche. Deseo agradarte.
Sinceramente, Edward Cullen."
Suprimí la última frase, la imprimí, después llevé la carta a su habitación y la deslicé bajo la puerta. Esperé, temiendo moverme por si hacía algún ruido.
Un minuto después, la nota volvió.
La palabra NO estaba escrita con grandes letras a través de la página.
Me quedé allí sentado largo rato, pensando. ¿Podía escribirle cartas como algún héroe romántico, conseguir que se enamorara de mí de ese modo? De ningún modo. Yo no era escritor. ¿Y cómo conseguiría amarla cuando sólo la había visto en el espejo? Tenía que conseguir que hablara conmigo. Me acerqué a la puerta y llamé, tentativa y suavemente. Cuando no respondió, lo intenté de nuevo, más fuerte.
—Por favor —llegó su respuesta—. No quiero nada. ¡Sólo márchese!
—Tengo que hablar contigo —dije.
—¿Quién... quién es?
—Edward... —Anthony... el dueño de esta casa... la bestia que vive aquí—. Mi nombre es Edward. Soy el que... —El que te retiene prisionera—. Quiero conocerte.
—¡Yo no quiero conocerte a ti! ¡Te odio!
—Pero... ¿te gustan tus habitaciones? He intentado que todo fuera agradable para ti.
—¿Estás loco? ¡Me has secuestrado! Eres un secuestrador.
—No te he secuestrado. Tu padre te entregó a mí.
—Se vio forzado a hacerlo.
Eso me puso como loco.
—Aja, claro. Irrumpió en mi casa. ¿Te contó eso? Estaba robándome. Tengo todo el lugar bajo vigilancia. Y después, en vez de aceptar su castigo como un hombre, te trajo aquí para que lo hicieras tú por él. Estaba dispuesto a venderte para salvarse. Yo no voy a hacerte daño, pero eso él no lo sabe. Por lo que sabe, podría tenerte enjaulada.
No dijo nada. Me pregunté qué historia le habría contado su padre, si esta era la primera vez que oía la verdad.
—Menuda escoria —mascullé, comenzando a alejarme.
—¡Cállate! ¡No tienes ningún derecho! —Golpeó la puerta con fuerza, tal vez con el puño, tal vez con otra cosa, como un zapato.
Dios, era un imbécil. Desde luego eso no era lo más inteligente que podía haber dicho. La historia de mi vida últimamente. ¿Antes decía siempre cosas tan delirantemente estúpidas? Quizás, solo que conseguía salirme con la mía. Hasta Jane.
—Mira, lo siento. No lo he dicho en serio. —Estúpido, estúpido, estúpido.
No respondió.
—¿Me oyes? He dicho que lo siento.
Todavía nada. Llamé a la puerta, grité su nombre. Finalmente, me marché.
Una hora más tarde, ella todavía estaba en la habitación, y yo me paseaba por la planta, pensando en qué debía decir. ¿Y que si la había secuestrado? De todos modos ella no tenía nada que dejar atrás. Esta casa era más bonita que nada que ella hubiera nunca siquiera imaginado, ¿pero estaba agradecida? No. No sabía qué había esperado, pero esto no.
Fui a ver a Carlisle.
—Quiero que salga. ¿Puedes conseguir que salga?
—¿Y cómo pretendes que lo haga? —dijo Carlisle.
—Dile que quiero que salga, que tiene que hacerlo.
—¿Que se lo ordenas? ¿Cómo ordenaste a su padre que te la entregara? Eso funcionó... bien.
No era así como lo había pensado, pero sí. Supongo que era lo que quería.
—Sí.
—¿Y qué crees que sentirá ella al respecto?
—¿Qué sentirá? ¿Qué siento yo? He trabajado toda la semana para que esté cómoda, para arreglarlo todo para ella, y la muy... desagradecida... ni siquiera sale a verme.
—¿Verte? No quiere ver a la persona que la ha apartado de su casa, de su padre. ¡Edward, la retienes prisionera!
—Su padre es un maleante. —No le había hablado a Carlisle del espejo, de como la había observado en el espejo antes, visto como su padre la golpeaba—. Está mejor sin él. Y no pretendía que fuera una prisionera. Quiero...
—Sé lo que quieres, pero ella no. Ella no ve las rosas en los jarrones, o la forma en que has pintado las paredes. Solo ve a un monstruo, y si siquiera te ha mirado aún.
Mi mano voló a mi cara, pero sabía que Carlisle estaba hablando de mi comportamiento.
—Un monstruo —continuó—, que la ha traído aquí como a una esclava. Tiene miedo, Edward.
—Vale, lo capto. ¿Pero cómo puedo hacerle saber que no es por eso por lo que está aquí?
—¿De veras me estás pidiendo consejo a mí?
—¿Ves a alguien más por aquí?
Carlisle hizo una mueca.
—No. A nadie. —Entonces extendió el brazo hacia mí. Encontró mi hombro, finalmente, y puso su mano en él—. No le digas qué hacer. Si quiere quedarse en su habitación, déjala. Déjala saber que respetas su derecho a escoger.
—Si se queda en su habitación, nunca conseguiré que se encariñe conmigo.
Carlisle me palmeó el hombro.
—Démosle una oportunidad.
—Gracias. Muy útil. —Me giré y comencé a alejarme.
La voz de Carlisle me detuvo.
—Edward. —Me giré—. Algunas veces también ayuda tener un poco menos de orgullo.
—Otro ganador —dije—. Llegados a este punto no tengo ningún orgullo en absoluto.
Pero una hora más tarde, llamé a la puerta de Bella una vez más. No mostraría orgullo, solo remordimiento. Esto iba a ser duro, porque no iba a dejarla marchar. No podía.
—¡Largo! —Chilló—. Solo porque tenga que estar aquí eso no significa que...
—Lo sé —respondí—. ¿Pero puedes al menos... no puedes escucharme un minuto?
—¿Tengo opción? —dijo.
—Sí. Sí, tienes una opción. Tienes toneladas de opciones. Puedes escucharme, o puedes decirme que me vaya al diablo. Puedes ignorarme para siempre. Tienes razón. Tu vida terminó al venir aquí. No tenemos por qué ser amigos.
—¿Amigos? ¿Así es como lo llamas?
—Eso es lo que yo... —Me detuve. Era demasiado patético decir que era lo que había esperado, que no tenía ningún amigo, que deseaba... deseaba muchísimo... que hablara conmigo, que estuviera conmigo, que dijera algo que me hiciera reír y me devolviera al mundo real, aunque sólo fuera eso. Menudo perdedor sería si decía eso.
Recordé lo que había dicho Carlisle sobre el orgullo.
—Espero que podamos ser amigos algún día. Lo entenderé si no quieres, si tú... —Me atraganté con las amargas palabras, se me revolvió el estómago, aterrándome—. Mira, lo que tienes que saber es que no como carne humana ni nada. Soy humano, aunque no lo parezca. Y no voy a obligarte a hacer nada que no quieras excepto quedarte aquí. Espero que decidas salir pronto.
—¡Te odio!
—Sí, eso ya lo has mencionado. —Sus palabras eran como látigos, pero continué—. Carlisle y Esme trabajan aquí. Carlisle puede darte clases si quieres. Esme hará tus comidas. Limpiará tu habitación, comprará, hará tu colada, lo que quieras.
—No... no quiero nada. Quiero recuperar mi vida.
—Lo sé —dije, recordando lo que Carlisle había dicho sobre sus sentimientos. Había pasado una hora pensando en sus sentimientos, en como tal vez de veras se preocupaba por su horrible padre del mismo modo en que… demonios, odiaba admitirlo... yo me preocupaba por el mío—. Espero... —Me detuve, pensando en ello, entonces decidí que Carlisle tenía razón—. Espero que salgas alguna vez porque...
No pude escupir las siguientes palabras.
—¿Porque qué?
Capté un vistazo de mi reflejo en el cristal de una de las pinturas enmarcadas del pasillo, y no pude decirlo. No podía.
—Nada.
Una hora después, la cena estaba lista. Esme había hecho un arroz con pollo que olía maravillosamente. A petición mía, llamó a la puerta de Isabella llevando una bandeja.
—No quiero cenar —llegó la respuesta de Isabella—. ¿Está bromeando?
—Le he traído su bandeja —respondió Esme—. ¿Comerá aquí?
Una pausa. Después:
—Sí. Sí, por favor. Eso estaría bien. Gracias.
Cené, como siempre, con Esme y Carlisle. Después de cenar dije:
—Me voy a la cama.
Lancé a Carlisle una mirada que decía: he hecho todo lo que dijiste, y no ha funcionado.
Aunque no podía verme, respondió:
—Paciencia.
Pero no pude dormir, sabía que ella estaba a dos piso por encima de mí, sentía su odio llegar a través de los conductos del aire acondicionado, las paredes, los suelos. Esto no era lo que había deseado. Nunca funcionaría. Era una bestia, y moriría como una bestia.
—Se me ha ocurrido algo útil —dijo Carlisle el día después de que ella llegara.
—¿El qué? —pregunté.
—Silencio. Si la dejas en paz, tal vez se acerque.
—Debe ser por esto por lo que no estás rodeado de chicas.
—Hablar con ella no ha funcionado, ¿no?
Había que admitirlo, tenía razón, así que decidí hacer lo que decía. Lo que me asustaba era que ella ni siquiera me había visto aún. ¿Qué diría cuando lo hiciera?
En los días siguientes, permanecí en silencio. Bella se quedaba en su habitación. Yo la observaba en el espejo. Las únicas cosas que le gustaban eran los libros y las rosas. Yo leía cada libro que ella leía. Me quedaba levantado hasta tarde leyendo, para mantenerle el ritmo. Ni siquiera intenté hablar con ella de nuevo. Y cada noche, cuando estaba tan cansado que el libro se me caía de la mano, tendido en mi cama, sentía su odio como un fantasma caminando de noche por los pasillos. Tal vez esto fuera una mala idea. ¿Pero qué otra esperanza me quedaba?
—La he subestimado —dije a Carlisle.
—Sí, está claro.
Le miré, sorprendido.
—¿Tú también lo crees?
—Siempre lo he creído. Pero dime, Edward ¿por qué lo crees tú?
—Creí que se sentiría impresionada por las cosas que le había comprado, el bonito mobiliario, y la ropa. Ella es pobre, y pensé que si le compraba joyas y cosas bonitas, me daría una oportunidad. Pero no quiere nada de eso.
Carlisle sonrió.
—No, no lo quiere. Sólo quiere su libertad. ¿Tú no?
—Sí. —Pensé en Twilight, en el baile, en lo que había dicho a Mike sobre como los bailes de instituto eran prostitución legalizada. Parecía haber sido hacía tanto—. Nunca había conocido a alguien que no pudiera ser comprado. Eso hace que me guste en cierto modo.
—Desearía que ese entendimiento fuera suficiente para romper la maldición. Estoy orgulloso de ti por ello.
Orgulloso de ti. Nadie me había dicho eso antes, y por un segundo, deseé poder abrazar a Carlisle, sólo sentir el contacto de otro ser humano. Pero sería muy raro.
Esa noche, me quedé despierto hasta más tarde de lo acostumbrado, oyendo los sonidos de la vieja casa. "Tranquilizador", lo llamarían algunos. Pero creí haber oído pasos subiendo las escaleras. ¿Sería sus pasos? Imposible, a dos pisos de distancia. Pero aún así no pude dormirme.
Finalmente, me levanté y fui al salón del segundo piso, encendí el Entertainment and Sports Programming Network realmente bajo, para no molestarla. Me puse unos vaqueros y una camiseta para hacerlo, cuando en el pasado lo habría hecho en calzoncillos. Aunque hubiera jurado que se quedaría en su cuarto para siempre, no quería arriesgarme a que viera mucho más de mí aparte de mi cara. Mi cara ya era bastante mala.
Casi me había dormido de aburrimiento cuando oí abrirse una puerta. ¿Podía ser ella? ¿En el pasillo? Probablemente sólo era Esme, o incluso Piloto, vagabundeando. Pero había sonado en el piso de arriba, el de la habitación de Bella. Me obligué a no mirar, manteniendo los ojos pegados a la pantalla de la tele para que no se asustara de mi cara en la oscuridad. Esperé.
Era ella. La oí en la cocina, haciendo ruido con un plato y un tenedor, enjuagándolos y poniéndolos en el escurreplatos. Quise decirle que no tenía que hacer eso, que eso lo hacía Esme, que para eso le pagábamos. Pero me quedé callado. Fue cuando oí sus pasos en el salón, tan cerca que tenía que estar viéndome, que no pude contenerme.
—Estoy aquí sentado —dije suavemente—. Quiero que lo sepas para que no te asustes.
No respondió, pero sus ojos se lanzaron hacia mí. La luz de la habitación era tenue, procedente sólo del televisor. Aún así, deseé empujarme una almohada contra la cara, cubrirme. No lo hice. Ella tenía que verme en algún momento. Jane lo había dejado claro.
—Has subido —dijo.
Me miró directamente, y vi sus ojos ir hacia mí, después apartarse, después volver.
—Eres una bestia. Mi padre... dijo... pensé que estaba colgado. Dijo un montón de locuras. Pensé... pero eres real. Oh, Dios mío. —Apartó la mirada—. Oh, Dios mío.
—Por favor. No te haré daño —dije—. Sé qué pinta tengo, pero yo no... por favor. No te haré daño, Bella.
—Es sólo que no pensé. Creía que eras algún tipo, algún pervertido que... y después cuando no derribaste la puerta ni nada... ¿Pero cómo puedes ser...?
—Me alegro de que bajaras, Bella. —Intenté mantener la voz nivelada—. Me preocupaba mucho nuestro encuentro. Ahora ya se ha acabado, y tal vez te acostumbres a mí. Me preocupaba que no salieras, tal vez nunca.
—Tuve que hacerlo. —Inspiró profundamente, después exhaló—. He estado caminando de noche. No podía quedarme en esas habitaciones. Me sentía como un animal. —Se detuvo a sí misma—. Oh, Dios.
Ignoré su nerviosismo. Tal vez actuando como un humano, podría demostrarle que lo era, dije:
—El picadillo que Esme hizo para la cena. Estaba bueno, ¿no? —No la miré. Tal vez tendría menos miedo si podía verme la cara.
—Sí, estaba bien. Maravilloso. —No me dio las gracias. No esperaba que lo hiciera. Era más listo que eso.
—Esme es una gran cocinera —dije, esperando mantener la conversación, ahora que habíamos empezado, aunque no tuviera nada de lo que charlar—. Cuando vivía con mi padre, él nunca la dejaba cocinar platos latinos. Sólo hacía cosas normales por aquel entonces, carne y patatas. Pero cuando él me mandó aquí, en realidad no me importaba mucho lo que comía, así que empezó a hacer estas cosas. Supongo que es más fácil para ella, y es mejor. —Dejé de balbucear, intentando pensar en algo más sobre lo que balbucear.
Pero ella habló.
—¿Qué quieres decir con cuando te mandó aquí? ¿Dónde está tu padre ahora?
—Vivo con Esme y Carlisle —dije, todavía apartando la mirada—. Carlisle es mi tutor. Puede darte clases a ti también, si quieres.
—¿Tutor?
—Profesor, en realidad, supongo. Como no puedo ir a la escuela por... Bueno, me da clases en casa.
—¿Escuela? Pero entonces, eres... ¿cuántos años tienes?
—Diecisiete. Como tú.
Pude ver por su cara que esto la sorprendía, que había pensado todo el tiempo que yo era una especie de viejo pervertido. Finalmente dijo:
—Dieciséis. ¿Y dónde están tus padres?
¿Dónde están los tuyos? Estamos en el mismo barco, algo así, abandonados por nuestros queridos papaítos. Pero no lo dije. "Silencio", había dicho Carlisle. En vez de eso dije:
—Mi madre se largó hace mucho. Y mi padre... bueno, no podía soportar que yo tuviera este aspecto. Él es muy normal.
Asintió con la cabeza, y había pena en sus ojos. No quería lástima. Si sentía lástima de mí, podía pensar que era una criatura patética que iba a intentar forzarla y obligarla a ser mía, como el Fantasma de la Ópera. Aun así, la pena era mejor que el odio.
—¿Le echas de menos? —preguntó—. ¿A tu padre?
Dije la verdad.
—Intento no hacerlo. Quiero decir, no deberías echar de menos a quien no te echa de menos a ti, ¿verdad?
Asintió con la cabeza.
—Cuando las cosas comenzaron a ponerse realmente mal con mi padre, mis hermanas se mudaron a vivir con sus novios. Me enfadé mucho porque no se quedaron y, ya sabes, no me ayudaron con él. Pero todavía las echo de menos.
—Lo siento. —El tema de su padre se estaba volviendo demasiado arriesgado—. ¿Te gustaría que Carlisle te diera clases? A mí me las da todos los días. Probablemente seas más lista que yo. No soy muy buen estudiante, pero apuesto a que estás acostumbrada a tener algunos compañeros no tan listos en la escuela normal, ¿no?
No respondió, y dije:
—Podría darte clases sólo a ti, por separado, si quieres. Sé que estás cabreada. Tienes todo el derecho a estarlo.
—Sí, lo estoy.
—Pero hay algo que me encantaría mostrarte.
—¿Mostrarme?
Pude oír la cautela en su voz, como una cortina bajando. Rápidamente dije:
—¡No! Eso no. No lo entiendes. Es un invernadero. Lo construí yo mismo a partir de unos planos que compré. Y todas las plantas que hay en él son rosas. ¿Te gustan las rosas? —Sabía que sí—. Carlisle me aficionó a ellas. Supongo que pensó que me vendría bien un hobby. Mis favoritas son las floribundas... rosas trepadoras. No son tan detalladas como las rosas de té híbridas. Quiero decir, tienen menos capas de pétalos. Pero pueden crecer muy alto... algunas veces dos metros y medio si tienen el apoyo adecuado. Y me he asegurado de que lo tengan.
Me detuve. Sonaba como esos chicos torpes de la escuela, los que escupen estadísticas de béisbol o saben que Frodo del Señor de los Anillos, el hobbit, era un primo muy, muy lejano.
—Las rosas de mi habitación —dijo—. ¿Son tuyas? ¿Las cultivas?
—Sí. —En los días que llevaba allí, yo había hecho que Esme quitara las rosas amarillas cuando morían y las reemplazara por blancas, símbolo de pureza. Esperaba reemplazarlas algún día por rojas, que significaban romance—. Me gustaría llevarte a ver mis rosas. No tenía a nadie a las que dárselas excepto a Esme. Pero tengo docenas más. Si quieres bajar a verlas... o dar clases... puedo hacer que Carlisle o Esme estén allí todo el tiempo, así no te preocupará que vaya a hacerte daño.
No señalé lo obvio, que estaba sola conmigo ahora, que llevaba días conmigo, protegida sólo por un ciego, una anciana, y una frágil puerta, y no le había hecho nada. Pero esperaba que reparara en ello.
—¿Y este es tu verdadero aspecto? —dijo finalmente—. ¿No es una máscara que utilizas para ocultar tu cara? ¿Cómo los secuestradores? —Una risa nerviosa.
—Ya me gustaría. Rodearé el sofá, podrás verlo por ti misma. —Lo hice, encogiéndome ante la idea de que me examinara. Me alegraba haberme cubierto tanto como era posible, pero entrecerré la mirada. Pensé en Esmeralda, incapaz de mirar a Quasimodo. Yo era un monstruo. Un monstruo.
—Puedes tocarla... mi cara... si quieres asegurarte —dije.
Ella sacudió la cabeza.
—Te creo. —Ahora que yo estaba cerca, sus ojos subían y bajaban por mi cuerpo, tomando nota de mis garras. Finalmente, asintió con la cabeza, y supe por sus ojos que sentía pena por mí—. Creo que me gustaría que Carlisle me diera clases. Podríamos intentar darlas juntos, para ahorrarle tiempo. Pero si eres demasiado estúpido para mantenerme el paso, tendremos que hacer cambios. Yo solía estar en clases avanzadas.
Pude ver que estaba bromeando, pero también hablaba un poco en serio. Quise preguntarle por el invernadero de nuevo, y si bajaría temprano para desayunar con Carlisle, Esme y conmigo. Pero no quería molestarla, así que dije:
—Estudiamos en mis habitaciones, junto al jardín de rosas. Está en el primer piso. Normalmente empezamos a las nueve. Estamos leyendo Sonetos de Shakespeare.
—¿Sonetos?
—Sí. —Busqué en mi mente una estrofa que recitar. Había memorizado páginas y páginas durante este solitario confinamiento. Esta era mi oportunidad de impresionarla. Pero el silencio de mi estupidez era ensordecedor. Finalmente, lo rompí.
—Shakespeare es genial.
Tonto. Shakespeare es guay, tío.
Pero ella sonrió.
—Sí. Adoro sus obras y su poesía. —Otra sonrisa nerviosa, y me pregunté si se sentía tan aliviada como yo tras nuestro primer encuentro—. Debería irme a la cama, para estar lista.
—Ajá.
Se giró y subió las escaleras. La observé mientras subía los escalones y llegaba arriba, después escuché como sus pisadas alcanzaban el rellano del siguiente piso.
Sólo cuando oí abrirse y cerrarse la puerta de su dormitorio cedí a mis instintos de bestia e hice un salvaje baile animal alrededor de la habitación.
Desperté antes del amanecer, quité las hojas muertas de las rosas, barrí el suelo del invernadero, y regué las plantas. Quería hacer esto bien antes de nuestra sesión de clases, así todo tendría oportunidad de secarse. No quería barro. Incluso enjuagué el mobiliario de hierro del invernadero, aunque ya estaba limpio y probablemente también había demasiado calor para estar allí afuera. Quería abiertas todas las opciones.
A las seis, todo estaba perfecto. Incluso había vuelto a arreglar algunas enredaderas para que subieran más alto, como si estuvieran intentando escapar. Entonces desperté a Carlisle llamando ruidosamente a su puerta.
—Ella viene —le dije.
—¿Quién? —La voz de Carlisle todavía estaba atontada por el sueño.
—Shhh —susurré—. Te oirá. Bella viene a nuestra clase.
—Aterrador —dijo Carlisle—. Eso es en... ¿qué?... ¿cinco horas?
—Tres. Le dije a las nueve. No podía esperar más. Pero necesito tu ayuda antes de eso.
—¿Ayuda con qué, Edward?
—Tienes que enseñármelo todo por adelantado.
—¿Qué?... ¿Y por qué iba a hacer eso en vez de dormir?
Llamé a la puerta de nuevo.
—¿Carlisle, vas a abrir? No puedo quedarme aquí de pie y tener esta conversación contigo. Ella podría oírlo.
—Entonces vuelve a la cama. Es una idea.
—Por favor, Carlisle —enfaticé en un susurro—. Es importante.
Finalmente, le oí moverse por la habitación. En un momento, apareció en la puerta.
—¿Qué es tan importante?
Tras él, Piloto ocultó la cabeza entre las patas.
—Necesito que me enseñes ahora.
—¿Por qué?
—¿No me has oído? Viene a nuestras clases.
—Sí. A las nueve. Probablemente ahora esté todavía dormida.
—Pero no quiero que piense que soy un estúpido... además de feo. Necesito que me enseñes todo por adelantado para poder mostrarme inteligente delante de ella.
—Edward, sé tú mismo. Todo irá bien.
—¿Yo mismo? ¿Tal vez has olvidado que ese yo mismo es una bestia? —La palabra bestia salió en un frenético rugido, aunque estaba intentando mantener la calma—. Esta es la primera vez que me verá a la luz del día. Ha costado más de una semana. Quiero al menos ser inteligente.
—Eres inteligente. Pero ella lo es más. Quieres poder hablar con ella, no sólo repetir lo que yo te he dicho.
—Pero ella era una estudiante destacada en Twilight. Tenía una beca. Yo sólo era un imbécil con un papá rico.
—Has cambiado desde entonces, Edward. Te lanzaré algunas bolas suaves si me parece que las necesitas, pero dudo que eso pase. Eres un chico listo.
—Sólo quieres volver a la cama.
—Quiero volver a la cama. Pero no sólo quiero volver a la cama. —Comenzó a cerrar la puerta.
—¿Sabes? La bruja dijo que te devolvería la vista si yo rompía esta maldición.
Se detuvo.
—¿Le pediste eso?
—Ajá. Quería hacer algo por ti, ya que habías sido realmente amable conmigo.
—Gracias.
—Así que ya ves lo importante que es que lo haga bien. ¿Puedes darme algo, alguna pista? Dijo que si resultaba ser estúpido, querría estudiar por separado. Eso sería el doble de trabajo para ti.
Él debía estar pensado eso mismo porque dijo:
—Vale, comprueba el Soneto Cincuenta y cuatro. Creo que te gustará.
—Gracias.
—Pero, Edward, algunas veces es mejor dejarlas ser listas a ellas también.
Cerró la puerta.
Aparqué mi silla delante de las puertas francesas para su llegada. Me llevó un rato decidir si me vería mejor contra la belleza de las rosas, o si éstas solo llamarían la atención sobre mi fealdad. Pero finalmente, decidí que algo en la habitación debía ser hermoso, y eso definitivamente no era yo.
Aunque era julio, vestía una camisa de botones azul de manga larga Ralph Lauren, vaqueros, y zapatillas de lona con calcetines. Bestia adolescente. Sostenía un libro de sonetos de Shakespeare en la mano y leía el Soneto 54 por más o menos veinteava vez. Las Cuatro Estaciones de Vivaldi sonaban de fondo.
Todo se fue al traste cuando ella llamó a la puerta. Carlisle no había llegado aún, así que me levanté, arruinando mi pintoresco (o... seamos honestos... ligeramente menos repelente) arreglo. Pero no podía dejarla de pie fuera, así que me apresuré hasta la puerta y la abrí. Realmente lento. Así no la sorprendería.
A la luz de la mañana, más que la noche antes, pude sentir que no me miraba. ¿Era porque era demasiado horrendo para que lo soportaran sus ojos, como la foto de un escenario del crimen? Creía que había superado su odio hacia mí, convirtiéndolo en vez de eso en pena. ¿Pero cómo podía convertirlo yo en amor?
—Gracias por venir —dije, indicándole que entrara en la habitación, pero sin tocarla—. Me he colocado cerca del invernadero. —Me acerqué a una mesa de madera oscura cerca de las puertas francesas que conducían a fuera. Saqué una silla para que se sentara en ella. En mi vida anterior, nunca había hecho tal cosa por una chica.
Pero ella ya estaba en la puerta.
—¡Oh! Es tan hermoso. ¿Puedo salir?
—Sí. —Ya estaba tras ella, extendiendo la mano hacia el cierre de la puerta—. Por favor. Nunca antes había tenido un invitado, nunca he compartido mi jardín con nadie aparte de Carlisle y Esme. Espero...
Me detuve. Ella ya estaba saliendo. El sonido de los instrumentos de cuerda de Vivaldi se hinchaban a su alrededor, tocando la parte llamada "Primavera" justo cuando se adentró entre todas las flores.
—¡Es glorioso! Huele... ¡tener tal riqueza en tu casa!
—Es tu casa también. Por favor, ven cuando quieras.
—Adoro los jardines. Solía ir a Strawberry Fields en Central Park después de la escuela. Me sentaba allí durante horas, leyendo. No quería ir a casa.
—Entiendo. Desearía poder ir a ese jardín. He visto fotos de él online. —Y había pasado a su lado miles de veces en mi vida pasada. Apenas lo había mirado. Ahora ansiaba ir y no podía.
Estaba arrodillada junto a un lecho de rosas en miniatura.
—Son tan preciosas.
—A las chicas siempre les gustan las pequeñas, supongo. Yo prefiero las trepadoras. Siempre están buscando la luz.
—Esas son preciosas también.
—Pero esta... —Me arrodillé para señalar una miniatura ligeramente amarilla que había plantado hacía poco más de una semana—. Esta se llama rosa Pequeña Bella.
Me lanzó una mirada rara.
—¿Todas tus flores tienen nombre?
Me reí.
—Yo no le he puesto el nombre. Los horticultores, cuando desarrollan una nueva variedad de rosa, le ponen el nombre. Y esta sucede que se llama "Pequeña Bella".
—Es tan perfecta, tan delicada. —Extendió la mano hacia la rosa. Cuando lo hizo, su mano tocó la mía, y sentí un escalofrío de electricidad atravesar mi cuerpo.
—Pero fuerte. —Aparté la mano antes de que ella pudiera molestarse—. Algunas de las miniaturas son más fuertes que las rosas de té. ¿Te gustaría cortar algunas para tu habitación, ya que comparten tu nombre?
—Sería una pena cortarlas. Tal vez... —Se detuvo, sujetando la pequeña flor con dos dedos.
—¿Qué?
—Tal vez vendré a verlas.
Había dicho que volvería. Pero tal vez.
Justo entonces, entró Carlisle.
—¿Adivinas quién está aquí, Carlisle? —dije, como si no hubiera hablado con él de ello—. Bella.
—Maravilloso —dijo él—. Bienvenida, Bella. Espero que animes las cosas. Las clases son un poco aburridas sólo con Edward.
—Hacen falta dos para aburrirse —dije yo.
Entonces, como sabía que haría, él dijo:
—Discutiremos los sonetos de Shakespeare hoy. Creo que empezaremos con el número cincuenta y cuatro.
—¿Has traído el libro? —Le pregunté a ella. Cuando negó con la cabeza, dije—: Podemos esperar a que lo traigas. ¿Vale, Carlisle? ¿O podemos compartir el mío?
Los ojos de Bella todavía vagaban por el jardín.
—Oh, supongo que podemos compartirlo. Traeré el mío mañana.
Había dicho "mañana".
—Muy bien. —Empujé mi libro, de forma que quedara más cerca de ella que de mí. No quería que pensara que estaba intentando algo. Pero aún así, estaba más cerca de ella de lo que había estado nunca. Podría haberla tocado muy fácilmente, y hacer que pareciera un accidente.
—¿Edward, quieres leer en voz alta? —preguntó Carlisle.
Una bola suave, como había dicho. Los profesores siempre habían alabado mi lectura. Y había leído este poema una y otra vez.
¡Oh, cuánto más bella parece la belleza
por aquel dulce ornamento que la verdad le da!
Bella la rosa se muestra, pero más bella la consideramos
por aquel dulce perfume que dentro de ella vive
Por supuesto, con ella sentada tan cerca, me aturrullé y tropecé en "bella parece la belleza". Pero seguí adelante.
El capullo de escaramujo tiene tintes tan intensos
como la perfumada tintura de las rosas,
penden de espinas semejantes y juegan tan alegremente
cuando el aliento del verano abre sus escondidos pimpollos
mas, dado que su virtud está sólo en su apariencia,
viven sin ser solicitadas y abandonadas se marchitan;
mueren por sí solas. Así no ocurre con las dulces rosas;
de sus dulces muertes dulces aromas se hacen;
y así de vos, bello y adorable joven,
cuando la belleza se desvanezca destilará mi verso la virtud.
Terminé y levanté la mirada. Sin embargo Bella no me estaba mirando a mí. Seguí sus ojos y vi que estaba mirando a través de las puertas francesas, a las rosas. Mis rosas. ¿La belleza de mis rosas compensaba la fealdad en mí?
—¿Edward? —Carlisle estaba diciendo algo, tal vez por segunda o tercera vez.
—Lo siento, ¿qué?
—Pregunté que simboliza la rosa en el poema.
Habiendo leído el poema veinte veces, creía saber lo que significaba. Pero ahora me contuve. Comprendí que quería dejar que ella fuera la lista.
—¿Tú qué crees, Bella?
—Creo que simboliza la verdad —dijo—. Shakespeare habla de como la rosa tiene un perfume que la hace hermosa por dentro. Y la fragancia de la rosa siempre perdura después de que muere la flor.
—¿Qué es un escaramujo, Carlisle? —pregunté.
—Una rosa silvestre. Parece una rosa, pero no tiene el perfume.
—¿Así que lo parece, pero no es auténtica? —dije—. Como estaba diciendo Bella. Sólo porque algo sea hermoso no significa que sea bueno. Eso quería decir.
Bella me miró como si yo fuera listo, no sólo feo.
—Pero algo bello por dentro vivirá para siempre, como la fragancia de una rosa.
—¿Pero la fragancia de una rosa vive para siempre? —preguntó Carlisle a Bella.
Bella se encogió de hombros.
—Una vez alguien me dio una rosa. La aplasté dentro de un libro. La fragancia no duró.
La miré fijamente, sabiendo de que rosa hablaba.
La mañana pasó rápidamente, y aunque no había estudiado con antelación los demás temas, me las arreglé para no parecer un imbécil total, pero siempre la dejaba a ella ser un poco más lista. No fue difícil.
A las doce y media, Carlisle dijo:
—¿Te unirás a nosotros para almorzar, Bella?
Me alegré de que lo preguntara él y no yo. Contuve el aliento. Creo que ambos lo hicimos.
—¿Una especie de cafetería escolar? —dijo Bella—. Sí, sería agradable.
Si alguien cree que no había preparado a Esme para esto, está equivocado. La había despertado a las seis también... aunque ella había sido más comprensiva al respecto que Carlisle... y habíamos charlado sobre posibles menús que no incluyeran sopas, ni ensaladas, ni ninguna cosa sucia que yo pudiera destrozar con mis garras. Odiaba que ser una bestia me hiciera comer como una bestia. Pero me alegra decir que no quedé como un asno, y estudiamos esa tarde también.
Por la noche, tendido en la cama, rememoré el momento en que su mano había tocado la mía. Me preguntaba cómo sería que me tocara ya no por accidente, que me permitiera tocarla.
Señor Swan: Gracias por venir. Esta semana hablaremos de transformación y comida.
BestiaNYC: Pero yo quiero hablar de esta chica. Tengo una chica. Somos amigos, pero yo creo que podríamos ser algo más.
ChicoOso se ha unido al chat
Ranita: Hola, Oso
ChicoOso: Tengo noticias! Soy humano! Ya no soy un oso!
BestiaNYC: Humano?
Ranita: Felicidds
BeastNYC: — Muy celoso de Oso
ChicoOso: La chica, su nombre es Blancanieves (no *esa* Blancanieves), me siguió a los bosques cuando abandonaban su lugar de veraneo. Vio al malvado enano que me había lanzado el hechizo, y me ayudó a matarle.
Ranita: Hs matad a un enano?
ChicoOso: Un enano *malvado*
Ranita: aún así...
ChicoOso: No fue un crimen que matara al enano porque lo hice como oso
DamaSilenciosa se ha unido al chat
DamaSilenciosa: Me temo que tengo algunas malas noticias
Ranita: ChicoOso es un tío de nuev!
DamaSilenciosa: Eso es maravilloso. Pero me temo que a mí no me está yendo bien.
BestiaNYC: Qué ha pasado, Dama?
DamaSilenciosa: Bueno, yo creía que iba realmente bien. Dijo que le recordaba a la chica que le salvó la vida (que fui yo, por supuesto) y aunque sus padres querían que fuera a conocer a otra chica, esta chica tiene padres ricos, él dijo que prefería estar conmigo.
ChicoOso: Eso es genial, Dama. Estoy seguro de que funcionará.
BestiaNYC: Sí, no se fijará en ella!
DamaSilenciosa: Pero ese es el problema. Sí que lo hace. Sus padres dijeron "Bueno, al menos *ella* puede hablar" y le montaron una cita a ciegas. Y no os lo creeréis, ahora él cree que *ella* fue quien le salvó la vida. Y como no puedo hablar, no puedo decirle otra cosa.
Señor Swan: Lo siento mucho, Dama
DamaSilenciosa: Los vi besarse. Está con ella. He fracasado.
BestiaNYC: #*!
BestiaNYC: Lo siento. No hay forma de escapar del hechizo, Dama?
DamaSilenciosa: Mis hermanas han intentado conseguir que la Bruja del Mar me librara del hechizo. Le dieron su cabello y todo. Pero ella dijo que el único modo de deshacerlo era si le mataba.
Ranita: Vs a hacerlo?
BestiaNYC: Pide a ChicoOso que te ayude. Él y su novia mataron a un enano.
ChicoOso: No tiene gracia, Bestia
BestiaNYC: Lo siento, Oso. El sarcasmo es el recurso ideal cuando estás molesto.
DamaSilenciosa: Entiendo, Bestia. Todos habéis sido muy buenos amigos.
Ranita: Hbéis sido? Eso signf q no vas a hacerlo?
DamaSilenciosa: No puedo, Ranita. No puedo matarle. Le amo demasiado. Fue mi error, yo lo cometí, y lo acepto.
BestiaNYC: Aclaremos esto, vas a convertirte en espuma de mar
DamaSilenciosa: Me han dicho que si espero 300 años, la espuma de mar y yo flotaremos hasta el cielo
Ranita: 300! Eso n s nada
ChicoOso: Ranita tiene razón. Parece un día o dos. Tú verás.
DamaSilenciosa: Creo que tengo que irme ya. Gracias por todo. Adiós.
DamaSilenciosa ha abandonado el chat
BestiaNYC: Guau. No puedo creerlo.
Ranita: Yooo tampoc
ChicoOso: En realidad no me siento de humor para chatear hoy
Señor Swan: Tal vez debamos aplazar la sesión hasta la próxima vez.
Hola peoooooopleeeeeeeeeee!!! se que no tengo perdon, ni excusas, aunque lo cierto es que aprobe 3/6 examenes y cumpli la semana pasada 19 añazos, soy una chica sin excusas, todo por vagancia, no me sentia con animos de escribir todo esto, espero que os guste el capitulo de hoy!!
Gracias como siempre a:
Ale Samaniego: gracias por tu comentario, que sepas que tu carita me encanto, fue super simpatica ^^
Paoliz B. Masen: Gracias por seguir mi fanfic, me conformo aunque sea solo con un emoticono como el que me puso Ale Samaniego ;)
AliciaConi: Gracias feliz navidad y año nuevo a ti tambien!! Estas cerca en tu eleccion de personajes, solo doy dos pistas mas tarde ok?
Lokaporcullen97: Cangreja miaaaaaaaaa ( ya tienes mote pa rato jajaja) cariñete miooooo que vas mucho mejorr que ahora solo fallais en damasilenciosaaaa!! a ver ahora dare un par de pistas y quien me acierte se lleva dedicao el capi extraaa!
Danna: Gracias por leer mi fic, espero que lo sigas leyendo aunque mi respuesta sea tan solo que si :S
Sary: Gracias por leer mi fic desde el principio (obvio no? xD) y espero que te siga gustando.
Crepus96 y Cayazli: Gracias por leerme ambos, espero que sigais leyendo!!
En fin, Gracias a todos por su atencion, espero que hayan tenido un feliz dia de los enamorados (aunque no se ustedes, yo pienso que el amor se debe demostrar cada dia, no solo una vez al año) y ahora vienen las pistas:
-1. Nessie y Alice, no salen en el chat. Bella tampoco, obvio ;)
-2. Digamos que en crepusculo es algo peluda y puede ser que aulle? :)
Lo puedo decir mas alto poniendolo en mayusculas.. pero mas claro?? En fin, que lo disfruten, BYE!!!
