Fuera de las cerradas ventanas, las hojas comenzaban a caer, pero en el interior, todo seguía igual. Todo excepto Bella y yo. Habíamos cambiado. Estudiamos juntos, y había notado que aunque ella era lista, yo no era evidentemente estúpido. No creía que ella me odiara ya. Quizás. Tal vez incluso le cayera bien.
Una noche, hubo una tormenta, una grande con relámpagos como hojas de metal atravesando el cielo y truenos que señalaban que todo estaba demasiado cerca. Esto sacudió mi cama, agitó el mundo, y me despertó. Subí a tropezones las escaleras hasta la sala de estar, sólo para descubrir que no estaba solo.
—¡Edward! —Bella estaba sentada en medio de la oscuridad sobre el sofá, observando el cielo encenderse por la ventana más alejada—. Estaba asustada. Sonó como un disparo.
—Disparo... —Me pregunté si ella habría oído disparos de noche allá de donde venía—. Sólo son truenos, y esta vieja casa es maciza. Estás a salvo.
Comprendí la locura que era, decirle que estaba a salvo cuando la mantenía prisionera. Pero ella dijo:
—No todos los lugares en los que he vivido han sido seguros.
—Veo que has escogido el punto más alejado de la ventana.
—Crees que me estoy portando como una tonta.
—Nah. Estoy aquí, ¿verdad? El ruido me despertó. Iba a hacer palomitas y ver si hay algo en la TV. ¿Quieres? —Me moví hacia la cocina. Fui cuidadoso. Decidí que lo mejor era alejarme, no asustarla estando demasiado cerca. Era la primera vez que estábamos solos desde aquel día en la rosaleda.
Siempre estábamos con Carlisle cuando estudiábamos, y con Esme en las comidas. Ahora, solos con todos los demás durmiendo, quería que ella supiera que podía confiar en mí. No quería fastidiarla.
—Sí, por favor. ¿Pero puedes hacer dos bolsas? Realmente me gustan las palomitas de maíz.
—Ajá. —Entré en la cocina y encontré las palomitas para microondas. Bella pasaba los canales de televisión y aterrizó en una vieja película, La Princesa Prometida.
—Esa es buena —dije cuando las palomitas comenzaron a reventar.
—Nunca la he visto.
—Creo que te gustará. Tiene algo para cada uno… peleas de espada para mí, princesas para ti. —La primera bolsa terminó de reventar, y la saqué—. Lo siento. Probablemente eso haya sido sexista.
—Está bien. Soy una chica. Toda chica finge ser una princesa en algún momento, no importa lo poco que se parezca su vida a eso. Y me gusta la idea de "felices para siempre". —Dejó la televisión en ese canal. Yo me quedé allí de pie mirando la segunda bolsa mientras ésta se hinchaba y considerando qué hacer con ellas... poner las palomitas en un tazón para compartir, como Esme solía hacer con las chicas a las que yo solía conocer, o dejarlas en las bolsas.
Finalmente, dije:
—¿Debería ponerlas en un tazón? —Ni siquiera sabía dónde guardaba Esme los tazones. ¿No era eso triste?
—Ah, no, no te molestes.
—No es ninguna molestia.
Pero saqué la bolsa, la abrí, y después las llevé las dos a la sala de estar. Probablemente había pedido su propia bolsa de modo que nuestras manos no se tocaran. No la culpaba. Me senté a unos treinta centímetros de distancia de ella mientras veíamos la película. Era la escena donde Wesley, un pirata, desafiaba al asesino Vizzini a una batalla de ingenios.
—¡Has caído víctima de uno de los errores clásicos! —dijo Vizzini en la pantalla—. ¡…Nunca te enfrentes a un siciliano cuándo está en juego la muerte!
Para cuando Vizzini cayó, muerto, me había terminado mis palomitas y había dejado a un lado la bolsa. Quería algunas más. Parecía que la bestia siempre tenía hambre. Me pregunté si, si es que volvía a transformarme, ¿estaría gordo?
—¿Quieres más? —dijo ella.
—No. Dijiste que te gustan mucho las palomitas.
—Sí. Pero puedes coger unas pocas. —Me ofreció la bolsa.
—Vale. —Me acerqué unos centímetros. Ella no gritó ni se alejó. Cogí un puñado de palomitas, con la esperanza de no dejarlas caer. Hubo un trueno aterrador y ella saltó, derramando la mitad de que las que quedaban.
—Oh, lo siento —dijo.
—No pasa nada. —Recogí los restos más a la vista y los lancé a mi bolsa vacía—. Podemos limpiar el resto por la mañana.
—Es sólo que realmente me asustan los truenos y los relámpagos. Cuando era pequeña, mi padre solía salir de noche, después de que yo me durmiera. Y luego, si algún ruido me despertaba, no lo encontraba allí. Me asustaba mucho.
—Debe haber sido duro para ti. Mis padres solían gritarme cuando me levantaba de noche. Me decían que fuera valiente, lo cual quería decir que los dejara en paz. —Le pasé las palomitas de maíz—. El resto para ti.
—Gracias. —Las cogió—. Me gusta…
—¿Qué?
—Nada. Esto… gracias por las palomitas.
Estaba tan cerca que podía oír su respiración. Quise acercarme más, pero no me lo permitiría a mí mismo. Nos sentamos a la luz blanco-azulada de la televisión, viendo la película en silencio. Sólo cuando ésta terminó vi que ella se había dormido. La tormenta había amainado y sólo deseé sentarme allí, vigilando su sueño, admirándola como admiraba mis rosas. Pero si se despertaba, creería que era un tipo raro.
Y ya pensaba que era bastante raro.
Así que apagué la televisión. La habitación estaba oscura como la boca de un lobo, y la cogí en brazos para llevarla a su cuarto.
Despertó a medio camino por las oscuras escaleras.
—¿Qué…?
—Te quedaste dormita. Te llevaba a tu cuarto. No te preocupes. No te haré daño. Te lo prometo. Puedes confiar en mí. Y no te dejaré caer. —Su peso era apenas nada en mis brazos. La bestia era fuerte también.
—Puedo andar —dijo ella.
—Bueno, si quieres. ¿Pero no estás cansada?
— Sí. Un poco.
—Confía en mí entonces.
—Lo sé. Si fueras a hacerme daño, lo habrías hecho ya.
—No voy a hacerte daño —dije, estremeciéndome al saber que ella había estado pensando en mí—. No puedo explicarte por qué te quiero aquí, pero no es para eso.
—Entiendo. —Se recostó en mis brazos, contra mi pecho. La llevé hasta lo alto de la escalera e intenté alcanzar el pomo de la puerta. Ella lo agarró. Su voz atravesó la oscuridad—. Nadie nunca me había llevado en brazos, no que yo pueda recordar.
Tensé mi apretón sobre ella.
—Soy muy fuerte —dije.
No dijo nada más después de eso. Se había quedado dormida otra vez. Confiaba en mí. Pisé en la oscuridad y entré en su dormitorio, pensando que siempre debía ser así para Carlisle; fui muy cuidadoso, esperando no encontrar obstáculos. Cuando alcancé su cama, la dejé en ella y coloqué la suave manta a su alrededor. Quise besarla, allí en la oscuridad. Hacía tanto que no había tocado a alguien, tocar de verdad. Pero sería un error aprovecharme de su sueño, y si despertara, puede que nunca me perdonara.
Finalmente, dije:
—Buenas noches, Bella —y comencé a alejarme.
—¿Edward? —En la puerta, oí su voz—. Buenas noches.
—Buenas noches, Bella. Gracias por sentarte conmigo. Fue agradable.
—Agradable. —Oí que se removía en la cama, dando vueltas, quizás—. ¿Sabes?, en la oscuridad, tu voz me parece familiar.
Más frío y más humedad, y ya podía hablar con Bella sin preocuparme de cada palabra. Un día, después de nuestra clase, Bella dijo:
—Así que, ¿qué hay en el quinto piso?
—¿Eh? —Había oído lo que había dicho, pero quería dilatar el tiempo e idear una respuesta. No había subido al quinto piso desde que ella había venido. Para mí, el quinto piso significaba desesperación, significaba sentarme junto a la ventana leyendo El Jorobado y sintiéndome tan solo como Quasimodo. No quería subir allí.
—El quinto piso —dijo Bella—. Tú estás en el primero, la cocina y la sala de estar están en el segundo, yo estoy en el tercero, y Carlisle y Esme están en el cuarto. Pero cuando vine aquí, vi cinco niveles de ventanas.
Ahora estaba listo.
—Ah, nada. Viejas cajas y trastos.
—Guau, suena interesante. ¿Podemos ir a echar un vistazo? —Bella empezó a dirigirse hacia la escalera.
—Son sólo cajas. ¿Qué interés hay en eso? Te harán estornudar.
—¿Sabes qué hay en las cajas? —Cuando negué con la cabeza, ella dijo—: Eso es lo interesante. Podría haber un tesoro escondido allí.
—¿En Brooklyn?
—Vale, tal vez no un verdadero tesoro, pero otros tesoros, viejas cartas y cuadros.
—Dirás trastos.
—No tienes que venir. Puedo mirar por mí misma, si no son tus cosas.
Pero fui. Aunque la idea del quinto piso trajera consigo una sensación de temor que se asentó en mi estómago como carne podrida, fui porque quería pasar tiempo con ella.
—Oh, mira. Hay un sofá junto a la ventana.
—Sí, es bastante divertido sentarse allí y observar a la gente pasar. Quiero decir que debe haber sido así para quién quiera que viviera aquí.
Ella se subió al asiento de la ventana, mi asiento de la ventana. Sentí un dolor agudo. Debía echar de menos salir al exterior.
—Oh, tienes razón. Puedes ver todo el camino a la estación del metro desde aquí. ¿Qué estación es esa?
Pero yo ya estaba hablando.
—Puedes ver a la gente ir del tren a sus trabajos, y volver por la tarde. —Cuando me miró, dije—: No es que alguna vez lo haya hecho.
—Apuesto a que la gente lo hace todo el tiempo. Puedes ver vidas enteras desde aquí.
Se inclinó, haciendo que apartara la vista de la calle. La miré atentamente, la forma en que su gruesa trenza castaña colgaba por su espalda, tornándose en tiras de fuego al sol de tarde, las pecas sobre su blanca piel. ¿Cómo era la cuestión de las pecas? ¿Te salían una a una o de repente? Por último, me fijé en sus ojos, marrones café, rodeados de pestañas larguísimas. Eran ojos amables, pensé, ¿pero podían algunos ojos ser lo bastante amables como para perdonar mi bestialidad?
—¿Qué hay de las cajas? —Gesticulé hacia las pilas en la esquina.
—Oh, tienes razón. —Pero parecía decepcionada.
—La ventana se vuelve más interesante alrededor de las cinco. Es cuando la gente comienza a regresar del trabajo. —Ella me miró—. Bueno, puede que me haya sentado en ese asiento… una o dos veces.
—Oh, ya veo.
La primera caja que abrió estaba llena de libros, y aún cuando Bella tenía cientos de libros, se emocionó mucho.
—¡Mira! ¡La Princesita! ¡Era mi favorito en quinto! —Y fui a su lado a mirar. ¿Cómo conseguían las chicas emocionarse tanto por cosas tan estúpidas?
El siguiente chillido de Bella fue más fuerte. Me apresuré a asegurarme de que no se hubiera hecho daño, pero ella dijo:
—¡Jane Eyre! ¡Es mi favorito de todos los tiempos!
Recordé que había estado leyéndolo la primera vez que la había observado
—Tienes un montón de favoritos. ¿No lo tienes ya?
—Sí. Pero mira éste.
Cogí el libro que me ofrecía. Olía como el metro. Databa de 1943 y tenía esas ilustraciones principalmente negras que ocupaban páginas enteras. Lo abrí en la imagen de una pareja dándose el lote bajo un árbol.
—Nunca antes había visto un libro para adultos con imágenes. Son geniales. —Me quitó el libro.
—Adoro este libro. Me encanta como muestra cuánto se esfuerzan estas dos personas por estar juntos, y lo van a estar, incluso si hubiera algo que los separase. Hay una magia en ello.
Pensé en como Bella y yo nos habíamos conocido en el baile, después la había visto en el espejo, y ahora ella estaba aquí. ¿Era eso magia? ¿El tipo de magia de Jane? ¿O sólo suerte? Sabía que existía la magia. Sólo que no sabía si podía funcionar para bien.
—¿Crees en eso? —dije—. ¿En cosas mágicas?
Su rostro se oscureció, como si estuviera pensando en alguna otra cosa.
—No sé.
Eché un vistazo al libro otra vez.
—Me gustan las imágenes.
—¿No crees que capturan perfectamente la esencia del libro?
—No lo sé. Nunca lo he leído. ¿No es un libro de chicas?
—¿Nunca lo has leído? ¿De verdad? —Sabía lo que venía a continuación—. Bueno, pues tienes que leerlo. Es el libro más maravilloso del mundo... una historia de amor. Yo lo leía cada vez que teníamos un corte en el suministro eléctrico. Es el libro perfecto para la luz de una vela.
—¿Corte en el suministro eléctrico?
Bella se encogió de hombros.
—Teníamos más que la mayoría de la gente, supongo. A veces las cosas se interponían en el camino de papá de camino a pagar la factura de la electricidad.
Cosas como alimentar su nariz y su torrente sanguíneo. Tenía prioridades. Pensé, otra vez, en cuan parecidos éramos Bella y yo. Y en cuan parecidos eran nuestros padres... en el caso de mi padre, el trabajo era su droga.
Le acepté el libro. Sabía que me quedaría despierto toda la noche para leerlo.
Finalmente, nos dirigimos a otras cajas. La segunda estaba llena de álbumes de recuerdos y recortes, todo sobre alguna actriz llamada Victoria Dunleavy. Saqué posters de: Victoria Dunleavy como Portia en el Mercader de Venecia. Victoria Dunleavy en La Escuela Del Escándalo.
También había revistas.
—Escucha esto —dijo Bella—. Recordarán a Victoria Dunleavy como una de las grandes actrices noveles de nuestro tiempo.
—Ni idea. Nunca oí hablar de ella. —Miré la fecha del recorte. 1924.
—Mira qué guapa era. —Bella me mostró otro recorte, éste era la fotografía de una mujer hermosa de rojo cabellos con un vestido pasado de moda.
Los siguientes recortes eran sobre una boda.
—La actriz Victoria Dunleavy se casa con el Prominente Banquero, Laurent Williams.
Luego los recortes sobre conciertos y actuaciones cambiaron a noticias de bebés. Irina Williams Dunleavy, nació en 1927, Marco Williams Dunleavy en 1929. Las páginas estaban cubiertas de notas con una caligrafía caprichosa y anticuada y había mechones rojizos de cabello.
Un recorte de 1930 decía: El Banquero Laurent Williams se quita la vida.
—Se suicidó —dijo Bella, leyendo—. Saltó por una ventana. Pobre Victoria.
—Debió ser uno de aquellos tipos que lo perdieron todo en la depresión del 29.
—¿Crees que vivieron aquí? —Bella tocó el periódico amarillento.
—O tal vez sus hijos o nietos.
—Es tan triste. —Hojeó el resto del álbum de recuerdos. Había unos cuantos artículos más sobre Laurent, una foto de dos pequeños de aproximadamente tres o cuatro años, luego nada más. Bella dejó de lado el álbum de recuerdos y buscó debajo. Sacó una caja, la abrió, y quitó un envoltorio de papel de seda que se deshizo en polvo en sus manos. Finalmente, sacó un vestido de satén verde, a medio camino entre el color de la menta y el color del dinero—. ¡Mira! Es el vestido de la foto de Victoria.
Lo sostuvo delante de ella. Parecía que era exactamente de su tamaño.
—Deberías probártelo.
—Oh, nunca me quedaría bien. —Pero noté que continuaba sosteniéndolo, tocando el encaje amarillento del frente. Unos cuantos hilos colgaban, pero excepto estos detalles, tenía bastante buen aspecto
—Inténtalo —dije—. Vete abajo si te preocupa que te vea.
—No es eso. —Pero levantó el largo vestido y lo hizo girar con ella. Luego desapareció por las escaleras.
Yo fui al baúl. Quería encontrar algo guay para mostrarle cuando regresara. En una sombrerera, encontré un sombrero de copa. Lo intenté, pero se escurría continuamente de mi cabeza de animal. Lo oculté detrás del sofá. Pero había también un par de guantes y una bufanda de paseo. Estos se adaptaban con un poco de esfuerzo. Laurent debía haber tenido manos grandes. Abrí otra caja y encontré una vieja Vitrola y algunos discos. Estaba a punto de sacarlos cuando Bella regresó.
Había estado en lo cierto con lo del vestido. Le quedaba como si hubiera sido cosido sobre su cuerpo... su cuerpo, el cual yo había asumido que no era nada especial debido al modo en que lo ocultaba bajo sudaderas y vaqueros holgados, por lo general. Pero ahora, con el satén y el encaje que abrazaba cada curva, no podía dejar de mirarla. Y sus ojos, que antes había creído que eran grises, ahora parecían exactamente del mismo verde que el vestido. Tal vez era porque últimamente había tenido poco acceso a chicas, pero se la veía sexy. ¿Se había transformado como yo? ¿O siempre había sido así, y yo nunca lo había notado?
—Suéltate la trenza —dije sin pensar. ¿Era tan extraño decir esto?
Ella hizo una mueca, pero obedeció, se soltó el cabello, el cual se derramó sobre sus hombros como una cascada de fuego. La contemplé.
—¡Dios! Eres hermosa, Bella —susurré.
Ella se rió.
—Oh, vale. Sólo crees que soy hermosa porque… —Se detuvo.
—¿Por qué soy feo? —terminé por ella.
—No iba a decir eso. —Pero se había ruborizado.
—No te preocupes por herir mis sentimientos. Sé que soy feo. ¿Cómo podría no saberlo?
—Pero de verdad que no iba a decir eso. Lo que iba a decir era que crees que soy hermosa porque no conoces a ninguna otra chica, ninguna guapa.
—Eres hermosa —repetí, imaginando como sería tocarla, lo que sentiría al pasar las manos sobre el resbaladizo y frío satén, y sentir su calor. Tuve que dejar de pensar en ello. Tenía que mantener el control. Si ella supiera cuánto la deseaba, fliparía. Le ofrecí un espejo... el espejo.
Y cuando examinó su reflejo, la observé, en secreto, el modo en que su cabello castaño se rizaba a lo largo de su espalda. También se había puesto maquillaje, barra de labios color cereza y un colorete rosa. Nunca los había llevado antes. Pero, por supuesto, me dije que era por el vestido, no por mí.
—He visto una antigua Vitrola en una de las cajas —dije—. Deberíamos ver si funciona.
—Oh, ¿de verdad? Genial. —Aplaudió con las manos. Le mostré el viejo tocadiscos. La etiqueta en un pequeño y grueso disco decía: El Danubio Azul.
—Creo que debemos poner este. —Coloqué la aguja en el tocadiscos—. Démosle cuerda. —Pero cuando lo hice, no salió ningún sonido. Bella pareció decepcionada, luego se rió…
—No sé bailar el vals de todos modos.
—Yo sí. Mi am… —me detuve. Había estado a punto de decir que mi amigo Mike me había arrastrado a una clase de baile de salón que su madre le había obligado a dar en su club de campo cuando teníamos once años. Pero me contuve—. Hubo una clase de baile por la tele una vez. Podría enseñarte. Es fácil.
—Fácil para ti.
—Para ti también. —Cogí los guantes y la bufanda de la caja. Quería tocarla, pero no quería darle asco con mis repugnantes patas de animal. Le ofrecí una mano enguantada—. ¿Me concedes este baile?
Ella se encogió de hombros.
—¿Qué hago?
—Toma mi mano.
Lo hizo. Me quedé allí de pie, en silencio, durante un segundo.
—¿Y la otra mano? —apuntó ella.
—Hum, sobre mi hombro. Y la mía… —la deslicé hasta su cintura, mirando por la ventana mientras lo hacía—. Y luego sólo imita lo que yo hago. —Le mostré el sencillo paso del vals—. Adelante, lado, pausa.
Lo intentó, pero no lo consiguió.
—Así. —La acerqué más de lo que debía, de forma que su pierna quedó contra la mía. Sentía cada nervio, cada músculo de mi cuerpo tenso, y esperaba que ella no sintiera la aceleración de los latidos de mi corazón. De todos modos, la dirigí durante un buen rato, y después de unos cuantos intentos, pilló los pasos.
—No hay música —dijo.
—Sí la hay. —Comencé a tararear El Danubio Azul y me deslicé con ella lejos de las cajas y sobre el suelo. Nos enredamos un poco el uno con el otro, haciendo esto, y me vi forzado a acercarme más. No es que me opusiera a ello. Noté que ella llevaba perfume también, y entre eso y el tarareo, casi sentía mareos. Pero seguí deslizándome, ahora guiándola alrededor en un pequeño círculo como el profesor de baile nos había enseñado, lamentando no poder recordar más de la canción, para hacer que durara más.
Pero finalmente, me quedé sin notas y tuve que parar.
—Baila divinamente, mi querida Victoria —dije. ¡Qué imbécil era!
Ella se rió tontamente y soltó mi mano, pero permaneció cerca.
—Nunca he conocido a nadie como tú, Edward.
—¡Eh! Supongo que no.
—No. Quiero decir que nunca he tenido a un amigo como tú, Edward.
Amigo. Había dicho amigo, que era mejor que las palabras que había utilizado antes. Secuestrador. Carcelero. Pero no eran lo suficientemente buenas. Yo quería más, y no sólo por el hechizo. Lo quería todo de ella. ¿Me molestaba saber que la única razón por la que no estábamos besándonos, la única razón por la que no me quería era por mi aspecto? Puedes estar seguro. Pero tal vez si lo intentaba con más fuerza, ella obviaría esto, y vería mi verdadero yo. Excepto que ya no sabía quién era "mi verdadero yo". Había sido transformado... no sólo mi cuerpo, sino todo yo.
—Te odiaba por obligarme a estar aquí —continúo Bella.
—Lo sé. Pero tenía que hacerlo, Bella. No podía estar solo por más tiempo. Esa es la única…
—¿Crees que no lo veo? Has estado muy solo. Lo entiendo.
—¿De veras? —Asintió con la cabeza, pero deseé que no lo hiciera, casi, deseé poder dejarla marchar y que dijera, "No. Me quedaré. No porque me obligues, o porque me compadezca de ti, sino porque quiero estar aquí contigo." Pero sabía que no podría, y ella no iba hacer nada parecido. Me pregunté por qué no me pedía que la dejara marchar. ¿Podía ser que ya no quisiera irse, que fuera feliz? No me atrevía a tener esa esperanza.
De todos modos, percibí su perfume, el perfume que nunca antes había llevado. Quizás.
—¿Edward, por qué eres… así?
—¿Así cómo?
—Nada. —Se alejó—. Perdona.
Pero recordé mi tapadera.
—Siempre he sido así. ¿Soy muy horrible de ver?
No dijo nada durante un momento, no me miró. Durante un minuto, pareció que ambos nos habíamos olvidado de respirar, y todo estaba arruinado, arruinado. Pero finalmente, dijo:
—No.
Respiramos otra vez.
—Tu aspecto no significa nada para mí —siguió—. Me he acostumbrado a él. Has sido tan amable conmigo, Edward.
Asentí.
—Soy tu amigo.
Nos quedamos allá arriba toda la tarde y no estudiamos ni un poco.
—Pediré a Carlisle que comencemos tarde mañana —le dije a Bella—. Estoy muerto.
Al final del día, Bella se quitó el vestido verde y lo dobló, devolviéndolo a su caja. Pero esa noche, subí sigilosamente las escaleras alumbradas por la luz de la luna y en secreto me llevé el vestido abajo conmigo. Lo puse bajo mi almohada. El débil olor de su perfume era nítido para mis sentidos de animal, y me acordé de una lectura que decía que el olor es el sentido más relacionado con la memoria. Dormí con ese vestido a la altura de mi rostro y soñé con abrazarla, con tener su amor. Era imposible. Ella había dicho que yo era su amigo.
Pero a la mañana siguiente, cuando Bella bajó a desayunar, su cabello estaba suelto, cepillado y brillante. Olí su perfume.
Comencé a tener esperanzas.
Lo sientooooooo! Se que no tengo perdón de dios por no actualizar antes! pero he estado de exámenes y con problemas familiares!
Este pequeño pedazo lo cuelgo en honor a el ganador del "concurso" es: (trrrrrrr = Tambores XD) lokaporCullen97!
Sí! tú! Cangrejita miaaaa, si señoraaa DamaSilenciosa es Leah Clearwater! Uff es que estabas a la mínima eh! Mañana intentaré poner otro capítulo que ya estoy libreeeee como el sol cuando amanece yo soy libreeeee... como el maaaar
Jajaja espero que no me matéis por favor, de verdad que he tenido muchas dificultades y dudas existenciales hasta ahora y no he pensado nunca en dejarlo.
Os doy las gracias a todos los que me habéis apoyados y sobre todo a los que me escribís siempre, que me habéis ayudado a tener ánimos!
lokaporCullen97: Niñaaaaaaa! que te quiero un montón que me sigues en cada capitulo y encima vas, y Zas! Aciertas ;) sigue así siempre. Paoliz B. Masen: Me encanta que te encante mi fic ^_^ eres otra de las que estoy orgullosa :D tu fuiste la segunda en acertar, así que tu también te mereces este capítulo! espero que lokaporCullen97 te deje un trocito del trono ;) Bellsblomb: cariñooooo! Ranita es Jasper de todas maneras pondré abajo los resultados para que cada quien resuelva sus dudas! mmenagv: me alegra que te guste mi historia, y sigo trabajando para que os guste ;) a pesar de que es una historia ya escrita, corrijo las posibles faltas, que es poco, pero es algo! LoveVampire: Holaaa tocaya! me alegra que te guste mi fic! Síguelo por favor! Gracias tambien a: Naobi Chan, camilla21, fanita91, nadiarc22, santita, Aime Cullen, OoSamyoO y Mimoko Brandon.P.D: Aquí dejo todos los personajes del chat, puesto que ya han sido adivinados!
Señor Swan: Charlie
BestiaNYC: Edward/Anthony
Dama Silenciosa: Leah Rosaroja: Alice Chico oso: Emmet Ranita: Jasper Espero que tengan un buen día y que no desesperen! si alguien quiere hablar conmigo agregenme a elyon _ 1191 arroba hot...com y si quieren ver mi video de la bella y la bestia con la cancion de porta el link es: h t t p : / / w w w . y o u t u b e . c o m / w a t c h ? v = 1 N z e y z 2 e t a M Bye!