La habitación de Bella estaba dos pisos por encima de la mía. Me hacía sentir inquieto el saber que estaba allí, en la misma casa, dormida, sola. Por la noche, casi podía sentir su cuerpo, deslizándose entre las frescas sábanas blancas. Quería conocer cada dorada peca en su piel. Pero ahora estaba inquieto. Mis propias sábanas se sentían calientes, a veces sudorosas, y picantes. Estaba dolorido por ella, acostado en mi cama, imaginándola en la suya. Me iba a dormir pensando en ella, y despertaba empapado hasta los huesos, las sábanas enredadas alrededor de mis piernas. Imaginaba como sería estar enredado alrededor de ella. Quería tocarla. Había visto su suavidad el día en que se había probado el vestido. De alguna manera, sabía que sería suficientemente suave como para completarme.
—Ojalá pudiéramos ir a la escuela juntos —dijo Bella un día cuando habíamos terminado de estudiar—. Supongo que podrías ir a mi escuela, mi antigua escuela.
Estaba diciendo, comprendí, que aún deseaba ir, pero que también quería estar conmigo.
—¿Me gustaría? —Era la última hora de la tarde. Yo había abierto los postigos... descaradamente... y la luz se derramada sobre su cabello, volviéndolo de oro. Tenía muchas ganas de tocarlo, pero no lo hice.
Pensó en mi pregunta.
—Probablemente no. Los chicos allí, son todos ricos y estirados. Yo no encajaba.
Yo sí. Ahora me asombraba que así fuera.
—¿Qué dirían tus amigos si vieran a alguien como yo allí?
—No tenía ningún amigo. —Sonrió—. Pero estoy segura que algunos padres de la Asociación de Padres tendrían problemas contigo.
Me reí, imaginándolo. Por supuesto, conocía muy bien a los padres de los que hablaba... desde luego ninguno emparentado conmigo, pero había padres que iban a todas las reuniones y eran voluntarios en la escuela y generalmente se quejaban de cosas. A ellos les importaría. La ayudé a recoger sus libros.
—"¡No quiero que una bestia cualquiera vaya a la escuela con mi niño!". Eso es lo que dirían en la reunión de la asociación. "Pago mucho dinero por esta escuela. No pueden dejar entrar a esa gentuza".
Ella se rió.
—Exactamente. —Dejó sus libros sobre la mesa y comenzó a caminar hacia el invernadero. Se había convertido en nuestra rutina diaria. Cuando terminábamos nuestras clases, almorzábamos, luego leíamos y hablábamos de lo que habíamos leído... deberes en casa para gente que nunca salía de casa. Luego íbamos al invernadero, y ella me ayudaba a regar y otros trabajos.
—Podríamos comenzar a estudiar aquí afuera ahora que se está fresco —dije.
—Eso me gustaría.
—¿Necesitas algunas flores? —Le preguntaba esto cada día. Si las flores de su habitación se habían marchitado, escogíamos algunas. Ese era el único regalo que podía darle, la única cosa que ella quería de mí. Le había ofrecido otros regalos. Siempre decía que no.
—Sí, por favor. Si no las vas a echar de menos.
—Las echaré de menos. Pero me hace feliz dártelas, Bella, tener a alguien a quien regalarlas.
Sonrió.
—Te entiendo, Edward. —Hicimos una pausa antes de una rosa de té blanca—. Sé lo que es estar solo. Lo he estado toda mi vida, hasta… —Se detuvo.
—¿Hasta qué? —pregunté.
—Nada. He olvidado lo que iba a decir.
Sonreí.
—Está bien. ¿De qué color las quieres esta vez? Creo que te llevaste rojas la vez pasada, pero las rojas no duran, ¿verdad?
Se inclinó hacia adelante, manipulando una rosa blanca.
—¿Sabes?, estuve colgadísima por un chico de mi escuela una vez.
—¿De verdad? —Sus palabras eran punzones de hielo para mí, y me pregunté si sería alguien a quien yo conocía—. ¿Y cómo era él?
—Perfecto. —Se rió—. El típico chico por el que te colgarías, supongo. Guapo, popular. Yo pensaba que también era listo, pero tal vez sólo quería que fuera listo. Me molestaba que pudiera gustarme alguien sólo por su aspecto. Ya sabes cómo es eso.
Aparté la mirada para no ver mi mano animal en las rosas. Entre las rosas y sus recuerdos de ese tío buenorro, me sentía particularmente horroroso.
—Es extraño, sin embargo —dijo ella—. La gente da mucha importancia al aspecto, pero después de un tiempo, cuándo conoces a alguien, ya ni siquiera lo notas, ¿verdad? Es sólo apariencia.
—¿Tú crees? —Me acerqué lentamente, imaginando como sería trazar la línea de su oreja con un dedo de mi garra, oliendo su cabello—. ¿Y cómo se llamaba ese chico?
—Anthony. Anthony Masen. ¿No es un nombre increíble? Su padre es presentador de una gran cadena televisiva. Lo veo algunas veces y recuerdo a Anthony. Tienen un ligero parecido.
Crucé los brazos delante de mí para contener lo que estaba sintiendo.
—¿Así qué te gustaba ese tío, Anthony, porque era muy guapo y tenía un padre rico y un nombre increíble?
Ella se rió, como si comprendiera lo superficial que sonaba eso.
—Bueno, no sólo por eso. Era tan seguro e intrépido, al contrario que yo. Era consciente de su importancia. No sabía que yo existía, por supuesto, excepto esa vez… fue una tontería.
—No. Cuéntame. —Pero sabía lo que iba a decir.
—Yo estaba echando una mano en un baile. Odiaba ayudar en los bailes. Me sentía estúpida y pobre, pero se te… animaba a hacerlo si tenías una beca. De todos modos, él estaba allí con su novia... esa malvadísima chica llamada Tanya Denali. Recuerdo que él le había regalado un ramillete, una gloriosa rosa blanca. —Toqueteó las rosas que había ante ella—. Tanya tenía una pataleta porque no era una orquídea, no era lo bastante cara, supongo. Pero recuerdo pensar que si a mí me diera una rosa como ésa un chico como Anthony Masen, sería feliz para siempre. Y justo cuando lo estaba pensando, él se acercó y me la dio.
—¿Sí? —Estuve a punto de ahogarme.
Asintió.
—Pude ver que él no le dio mucha importancia, pero en toda mi vida, nadie me había regalado nunca una flor. Nunca. Pasé la noche entera mirándola, el modo en que su cáliz se acunaba como una mano diminuta. Tenía incluso un pequeño vial de agua para mantenerla viva más tiempo. Y el olor... la llevé a casa en el metro, oliéndola todo el tiempo, y la prensé entre las páginas de un libro para poder recordarla para siempre.
—¿Todavía la tienes?
Asintió con la cabeza.
—En un libro arriba. Lo traje conmigo. Ese lunes, quise encontrar a Anthony, para darle las gracias de nuevo por la rosa, pero no había ido a la escuela. Se había puesto enfermo durante el fin de semana y luego faltó el resto del año. Después fue a un internado. Nunca lo volví a ver.
Parecía muy triste, y pensé en cómo me habría reído de ella si se hubiera acercado el lunes y me hubiera agradecido el darle aquella vieja y rota rosa. Me habría reído en su cara. Por primera vez, me alegré de no haber ido a la escuela ese lunes. Jane la había protegido de mí.
—¿Deberíamos escoger alguna ahora? —dije.
—Me encantan las rosas que me das, Edward.
—¿Sí?
Asintió.
—Nunca había tenido cosas hermosas. Sin embargo, me siento triste al verlas morir. Las rosas amarillas duran más tiempo, pero aún así es un tiempo muy corto.
—Por eso construí este invernadero, para poder tenerlas durante todo el año. Nunca es invierno, aunque muy pronto habrá nieve en el jardín.
—Pero a mí me gusta el invierno. Es casi Navidad. Echo de menos poder salir y tocar la nieve.
—Lo siento, Bella. Lamento no poder darte todo lo que quieres.
Y lo hacía. Me había esforzado tanto para hacer las cosas perfectas para ella, trayéndole sus rosas y leyendo poesía. Todo lo que el guapo Anthony Masen había tenido que hacer para que ella lo amara era caminar por el planeta siendo guapo. Si estuviera atrapada aquí con él, si ella supiera que lo estaba, habría sido feliz. Pero atrapada aquí conmigo, pensaba en él. Sin embargo no me hubiera convertido en mi antiguo yo, con todo lo que eso implicaba, aunque hubiera podido. Habría vivido como mi padre, que no tenía nada en su vida aparte de belleza y dinero. Habría sido infeliz, pero nunca habría sabido por qué.
Si no hubiera sido transformado, nunca habría sabido lo que me perdía. Ahora, al menos, lo sabía. Si me quedaba como una bestia para siempre, sería mejor de lo que lo había sido antes. Saqué unas tijeras de podar de mi bolsillo, encontré la más perfecta de las rosas blancas, y se la di a ella. Quería dárselo todo, incluso su libertad.
Te amo, pensé.
Pero no lo dije. No era que temiera que se riera en mi cara. Ella era demasiado buena para eso. Temía algo peor... que no lo repitiera en respuesta.
—Nunca me amará —le dije a Carlisle, más tarde en su habitación.
—¿Por qué dices eso? Esto está yendo muy bien. Lo pasamos maravillosamente en clase, y puedo sentir la química entre vosotros.
—Eso es porque es la clase de química. Pero no me quiere. Ella quiere a un tío normal, alguien que pueda dar largos paseos en la nieve con ella, alguien que pueda salir de la casa. Soy un monstruo. Ella quiere a alguien humano.
Carlisle dio una palmadita a Piloto y le susurró algo. El perro vino a mí. Carlisle dijo:
—Edward, puedo asegurártelo, eres más humano que mucha gente. Has cambiado mucho.
—Pero no es suficiente. No parezco humano. Si saliera fuera, la gente gritaría al verme. La apariencia le importa a mucha gente. Esa es la realidad del mundo.
—No de mi mundo.
Acaricié a Piloto.
—Me gusta tu mundo, Carlisle, pero no tiene una población muy grande. Voy a dejarla marchar.
—¿Y crees que eso es lo que ella quiere?
—Creo que nunca va a amarme, y…
—¿Qué?
—¿Sabes lo que es, desear tanto tocar a alguien y no ser capaz de hacerlo? Si nunca va a amarme, no debería atormentarme.
Carlisle suspiró.
—¿Cuándo se lo dirás?
—No lo sé. —La garganta me dolía casi demasiado al decir las palabras. Sería injusto por mi parte invitarla a visitarme. Ella podría acceder por compasión, pero había tenido mi oportunidad de hacer que se enamorara de mí, y había fallado—. Pero pronto.
—Voy a dejar que se vaya —le dije a Jane en el espejo.
—¿Qué? ¿Estás loco?
—No. Voy a dejar que se vaya.
—¿Pero por qué?
—No es justo mantenerla prisionera. No ha hecho nada malo. Debería tener la libertad de hacer lo que le plazca, tener su propia vida, caminar sobre la estúpida y apestosa nieve. —Pensé en el póster que una chica a la que había conocido tenía en su cuarto, una imagen de una mariposa con las palabras "si amas algo, déjalo en libertad". Huelga decir que había pensado que era súper estúpido.
—¿Nieve? —dijo Jane—. Puedes desmontar el invernadero y tener la nieve que quieras.
—Sí. Echa de menos salir al mundo real.
—Se trata de tu vida, Anthony. Eso es más importante que…
—No Anthony, Edward. Y nada es más importante para mí que lo que ella quiere. Voy a hacerlo esta noche durante la cena.
Jane parecía pensativa.
—Esto quiere decir que nunca podrás romper la maldición.
—Lo sé. Nunca iba a romperla de todos modos.
Esa noche, me tomé mi tiempo cepillándome el pelo y lavándome las manos para la comida. Oí a Esme llamándome, pero seguía entreteniéndome. No quería cenar porque esta podía ser nuestra última cena. Esperaba que Bella quisiera quedarse a pasar la noche e irse por la mañana, o mejor todavía, tomarse unos días para embalar sus cosas... los libros y la ropa y los perfumes que yo le había comprado. ¿Qué haría si se marchaba sin ellos? Sólo me recordarían a ella, como si hubiera muerto.
Claro que, de verdad, de verdad, de verdad esperaba que dijera: Oh, no, Edward, no me puedo imaginar el dejarte. Te amo demasiado. Pero es tan dulce y desinteresado por tu parte el dejarme ir que creo que te besaré. —Y entonces nos besaríamos y la maldición se rompería, y la tendría para siempre. Que era lo que realmente quería, estar con ella para siempre.
Pero no podía esperar eso.
—¡Edward! —Esme estaba llamando a la puerta. Llegaba cinco minutos tarde.
—Entra.
Entró apresurada.
—Edward. Tengo una idea.
Intenté sonreír.
—No tienes que dejar que la señorita Bella se vaya. He pensado en cómo puedes dejarla ser más libre, darle más de lo que ella quiere.
—No puedo salir. —Pensé en la chica de la fiesta de Halloween—. Es imposible.
—Aquí no —dijo ella—. Pero escucha. He pensado en una forma.
—Esme, no.
—La amas, ¿no?
—Sí, pero es imposible.
—Esta chica también necesita amor. Lo veo. —Gesticuló para que me sentara en una silla cerca de la puerta—. Escucha esto.
Dos días más tarde, a las cuatro de la mañana, esperaba escaleras abajo mientras Esme despertaba a Bella y la acompañaba a la puerta. Estaba oscuro, así que miré por la ventana hasta que no hubo nadie a la vista. A nuestro alrededor, la Ciudad que Nunca Duerme, dormía. Las calles estaban vacías. Había nevado un poco durante la noche, y las aceras estaban libres de huellas. Ni siquiera los camiones de la basura habían salido aún.
—¿Dónde vamos? —dijo Bella cuando llegó abajo.
—¿Confías en mí? —Contuve el aliento esperando su respuesta. Tenía muchas razones para no confiar en mí. Yo había sido su secuestrador, su captor, aunque prefería estar muerto que dañar un sólo cabello de su cabeza. Esperaba que después de vivir conmigo cinco meses, lo supiera.
—Sí —dijo, pareciendo tan sorprendida por la noticia como lo estaba yo.
—Vamos a un sitio genial. Creo que te gustará mucho.
—¿Tengo que hacer las maletas?
—Tengo todo lo que necesitarás.
Carlisle llegó, y conduje a Bella alrededor de la entrada de seguridad de nuestro edificio. Sostenía su muñeca, pero no aplicaba fuerza. Ya no era más mi prisionera. Si hubiera huido, la habría dejado marchar.
No huyó. Mi corazón esperaba que no lo hiciera porque no quería marcharse, pero quizá sencillamente no sabía que yo ya no la retendría. Siguió mi guía hasta la limusina que esperaba.
La limusina era obra de mi padre. Después de hablar con Esme, le había llamado al trabajo. Había requerido algún tiempo atravesar el sistema telefónico del estudio, pero finalmente oí esa famosa voz, llena de preocupación paternal.
—Anthony, estoy casi en el aire. —Eran las cinco y cuarto.
—Esto no nos llevará mucho. Necesito tu ayuda. Me lo debes.
—¿Te lo debo?
—Ya me has oído. Me has tenido encerrado en Brooklyn durante más de un año, y no me he quejado. Además no he acudido a las noticias de la Fox con la historia del bestial hijo de Aro Masen. Afróntalo, me lo debes.
—¿Qué quieres, Anthony?
Se lo expliqué. Cuando terminé, dijo:
—¿Me estás diciendo que tienes a una chica viviendo ahí?
—No es como si nos acostáramos.
—Piensa en la responsabilidad.
Sabes, papá, cuando te deshiciste de mí dejándome con la criada, perdiste el derecho a supervisar mi conducta.
Pero no dije eso. Después de todo, quería algo de él.
—Está bien, papá. No le he hecho daño. Sé que estás tan preocupado como yo porque consiga romper esta maldición. —Intenté pensar en lo que diría Carlisle. Carlisle era listo—. Por eso es realmente importante que me ayudes con esto. Cuando antes salga de este lío, menos posibilidades hay de que alguien averigüe algo.
Lo enfoqué todo en él porque era así como él pensaba.
—Vale —dijo—. Déjame ver lo que puedo hacer. Tengo que salir al aire ahora.
Lo que había hecho era ocuparse de todos los detalles... el lugar, el transporte, todo excepto buscar un tío que regara las rosas. Eso lo hice yo. Ahora observaba a Bella mientras dormitaba, su cabeza colgando cerca de mi hombro, y el coche siguiendo su camino a través del Puente de Manhattan. Me sentía como alguien a quien se le había lanzando una cuerda desde el borde de un acantilado. Había una posibilidad de que esto funcionara, pero si no, yo fracasaría, y fracasaría a lo grande. Aunque Bella dormía, yo no podía. Observaba el tráfico mañanero rodando bajo las tenues luces de la ciudad. Aún no hacía frío. Hacia el mediodía, la ligera nieve se habría convertido en un amasijo medio derretido, pero pronto haría frío y llegaría la Navidad y toda su emoción. Esme y Carlisle dormían al otro lado del asiento. El conductor había sufrido un ataque cuando había visto a Piloto.
—Es un perro guía —le había explicado Carlisle.
—¿Significa eso que no se hará popó en los asientos?
Yo había suprimido una risa. Me había vestido como un beduino una vez más, pero ahora, con el panel levantado entre el conductor y yo, me quité el disfraz. Acaricié el cabello de Bella.
—¿Ahora vas a decirme dónde vamos? —preguntó ella cuando salimos del Túnel de Holanda.
Comencé diciendo:
—No sabía que estabas despierta.
Retiré mi mano de su cabello.
—Está bien. Es agradable.
¿Sabe ella que la amo?
—¿Has visto alguna vez el amanecer? —Señalé atrás, al este, donde unos rayos rojizos se abrían paso sobre los edificios.
—Hermoso —dijo ella—. ¿Estamos dejando la ciudad?
—Sí. —Sí, mi amor—. Nunca lo había visto antes. ¿Puedes creerlo?
No volvió a preguntar adónde íbamos, sólo se acurrucó sobre la almohada que había traído para ella y cayó dormida otra vez. La observé a la tenue luz. Avanzábamos hacia el norte lentamente, pero aun así, ella no iba a saltar del coche. No quería marcharse. Cuando alcanzamos el Puente George Washington, me quedé dormido.
Cuando me desperté eran casi las nueve en la Northway. Montañas cubiertas de nieve surgían en la distancia. Bella miraba por la ventana.
—Siento que no podamos detenernos a desayunar —le dije—. Pero eso podría despertar el pánico general. Esme trae algo de pan y cosas así.
Bella sacudió la cabeza.
—Mira aquellas colinas. Se parece a una película… Sonrisas y Lágrimas.
—Son montañas, en realidad, y vamos a estar muy cerca de ellas.
—¿De verdad? ¿Aún estamos en los Estados Unidos?
Me reí.
—Estamos en Nueva York, si puedes creerlo. Te llevo a ver la nieve, Bella... nieve auténtica, no el aguanieve gris empujado al borde del camino. Y donde vamos, podremos salir fuera y rodar en ella.
No respondió, sólo siguió mirando fijamente a las distantes montañas. Cada kilómetro o así, veíamos una granja, a veces un caballo o algunas vacas. Después de un rato, ella dijo:
—¿Vive gente en esas casas?
—Claro.
—Guau. Tienen mucha suerte de tener todo ese espacio para vagar.
Sentí una punzada de remordimiento por haberla mantenido en casa todos estos meses. Pero lo arreglaría.
—Será genial, Bella.
Una hora más tarde, salimos de la Ruta 9 y llegamos a una casa, la mejor casa, pensé, rodeada por pinos blanqueados por la nieve.
—Aquí es.
—¿Qué?
—Donde nos quedaremos.
Se quedó con la boca abierta ante el tejado con guijarros de nieve y los postigos rojos. Detrás de la casa, había una colina que yo sabía conducía a un lago congelado.
—¿Esto es tuyo? —dijo ella—. ¿Todo esto?
—De mi padre, en realidad. Veníamos aquí algunas veces cuando yo era pequeño. Eso fue antes de que él comenzara a actuar como si al faltar un sólo día al trabajo fuera a ser sustituido. Después de eso, comencé a venir para esquiar con amigos durante las vacaciones de Navidad.
Me detuve, sin poder creer que se me hubiera escapado lo de esquiar con amigos. Las bestias no esquiaban. Las bestias no tenían amigos, y si los tuvieran, eso provocaría preguntas, muchas preguntas.
Era extraño, porque sentía que podía hablarle de todo, contarle cosas que nunca había sido capaz de admitir ante nadie, ni siquiera ante mí mismo. Pero en realidad no podía contarle nada.
Pero Bella parecía no haberlo notado. Ya estaba fuera del coche, corriendo como un rayo por el camino recién paleado en su batín rosa y zapatillas de estar por casa.
—Oh, ¿cómo podría alguien no volver a este… este País de las Maravillas?
Yo me reía, tropezando al querer salir del coche antes que Carlisle y Esme. Piloto parecía sobrexcitado, quería correr y ladrar a todos los montículos de nieve.
—Bella, no puedes salir en batín. Hace demasiado frío.
—¡No hace frío!
—Estas caliente por el coche. Esto está bajo cero.
—¿De veras? —Dio una vuelta, un punto rosa sobre el blanco—. ¿Y supongo que sería una mala idea rodar en toda esta maravillosa y mullida nieve?
—Una muy mala idea. —Caminé trabajosamente hacia ella. Yo no tenía frío, ni era probable que pillara un resfriado.
Mi grueso abrigo natural me mantenía caliente.
—Maravillosa y mullida pronto se convertirá en fría y mojada, y si caes enferma, no podremos jugar fuera. —Pero yo podría calentarte—. He traído ropa apropiada.
—¿Apropiada?
—Ropa interior larga. —Vi al conductor traer nuestras maletas, y me puse mi disfraz alrededor de la cabeza. Señalé la maleta roja—. Esta es la tuya. La llevaré a tu cuarto.
—Es muy grande. ¿Cuánto tiempo nos quedaremos?
—Todo el invierno si quieres. No tenemos trabajos, ni escuela. Es un lugar de vacaciones veraniegas. Algunas personas vienen para esquiar los fines de semana, pero el resto del tiempo, está desierto. Nadie me verá si salimos. Estoy a salvo.
Por un segundo me miró fijamente, casi como si hubiera olvidado con quién estaba. ¿Podía haberlo hecho? Entonces volvió a girar en círculos otra vez.
—¡Oh, Edward! ¡Todo el invierno! Mira los carámbanos que cuelgan de los árboles. Parecen joyas. —Se detuvo y recogió un puñado de nieve, la presionó en una pelota y la lanzó hacia mí.
—Cuidado. No comiences una guerra de bolas de nieve que no puedes ganar —dije.
—Oh, puedo ganar.
—¿En bata?
—¿He oído un desafío?
—Nada de desafíos aún —dijo Carlisle, caminando con Piloto hacia la casa—. Dejemos las maletas en su sitio, pongámonos alguna ropa decente y desayunemos.
Recogí la maleta de Bella.
Ella gesticuló, "¿ropa decente?"
Gesticulé en respuesta, "ropa interior larga", y estallamos en carcajadas.
Mi padre había preparado todo como yo había exigido. La casa estaba limpia, la madera brillaba, y todo olía a Pine-Sol. Un fuego ardía en la chimenea.
—¡Tan caliente! —dijo Bella.
—Oh, ¿tiene frío, señorita? —le tomé el pelo. Llevé la maleta a su cuarto, lo que hizo que gritara un poco más y saltara porque tenía su propia chimenea y un edredón hecho a mano, por no mencionar un ventanal con vistas al estanque.
—Es tan hermoso, y nadie vive aquí. No he visto a nadie en kilómetros.
—¡Mmm! —¿Había estado buscando a alguien, un camino de huída?
Como si respondiera a mi pregunta tácita, dijo:
—Podría ser feliz aquí para siempre.
—Quiero que seas feliz.
—Lo soy.
Después del desayuno, nos pusimos nuestras parkas y botas y salimos.
—Le dije a Carlisle que estudiaríamos sobre todo los fines de semana —dije—, ya que es cuando la gente está aquí. Ahora, ¿aún estás lista para esa guerra de bolas de nieve?
—Sí. ¿Pero podemos hacer algo antes?
—Lo que sea. Estoy a tu servicio.
—Nunca he tenido nadie que hiciera un muñeco de nieve conmigo. ¿Puedes mostrarme cómo hacerlo?
—Ha pasado mucho desde que yo hice uno también —dije. Era cierto. Apenas si podía recordar una época en la que hubiera tenido amigos, si los tuve—. Primero, tienes que hacer una pequeña bola de nieve y... esta es la parte difícil... no me la lances.
—Bien. —Con sus mitones, formó una bola de nieve—. ¡Oops!
Ésta me golpeó en la cabeza.
—Te dije que era la parte difícil.
—Tenías razón. Lo intentaré de nuevo. —Hizo otra... y la lanzó—. Perdón.
—Oh, esto es la guerra. —Recogí algo de nieve. No necesitaba mitones, y mis zarpas eran muy buenas para hacer bolas de nieve—. Soy el campeón mundial de guerras de bolas de nieve. —Le lancé una.
Eso acabó degenerando en toda una guerra de bolas de nieve... la cual gané, por cierto.
Pero finalmente, ella hizo una bola de nieve y me la ofreció para el muñeco de nieve.
—Perfecto —dije—. Seremos experimentados escultores de hielo al finalizar el invierno.
Pero lo que quería decir era "te amo".
—Ahora la haces rodar por el suelo para hacerla más grande —dije—. Luego, cuando sea tan grande como puedas hacerla, será la parte inferior.
La hizo rodar hasta hacerla más grande. Su cara estaba sonrosada y sus ojos verdes brillaban, resaltados por la chaqueta verde que yo había escogido para ella.
—¿Así?
—Ajá. Tienes que seguir cambiando de dirección, o se pondrá como un rollo de jalea.
Obedeció, empujándola alrededor, apenas haciendo una marca en la nieve. Cuando la bola de nieve llegó al tamaño de una pelota de playa, me uní a ella, empujando juntos hombro con hombro.
—Trabajamos bien juntos —dijo.
Sonreí abiertamente.
—Sí. —Cambiamos de dirección al mismo tiempo, hasta que finalmente la pelota inferior estuvo terminada.
—La bola intermedia es la parte difícil —le dije—. Tiene que ser bastante grande, pero también tienes que ser capaz de subirla encima de la primera bola.
Hicimos el muñeco de nieve perfecto, luego un segundo, una muñeca de nieve, porque nadie debería estar solo. Fuimos a ver Esme a por zanahorias y otras cosas, y cuando Bella puso la nariz de zanahoria, dijo:
—¿Edward?
—¿Sí?
—Gracias por traerme aquí.
—Era lo mínimo que podía hacer.
Pero lo que realmente quería decir era "Quédate. No eres mi prisionera. Puedes marcharte en cualquier momento, pero quédate porque me amas".
Esa noche, me fui a la cama sin cerrar la puerta principal. No le dije a Bella que lo hacía, pero lo habría visto si estaba prestando atención. Me acosté temprano. Me tendí en la cama, escuchando sus pasos, sabiendo que si se acercara a la puerta, si la oyera abrir, no la seguiría. Si iba a ser mía, sería mía en sus propios términos y no porque la obligara a serlo. Me quedé despierto, observando el paso de los minutos en el reloj digital. Éste marcó la medianoche, luego la una. No oí ningún paso. Cuando el reloj marcó las dos, me arrastré sigilosamente por el pasillo, tan silenciosamente como un animal puede hacerlo, luego me dirigí a su cuarto. Tanteé la puerta. No tenía ninguna excusa que darle si me pillaba.
Su puerta tenía una cerradura, y esperé encontrarla cerrada. Al principio, allá en Brooklyn, había armado un gran espectáculo al cerrarla, por si acaso yo entrara para hacer lo que ella llamaba "algo incalificable". Últimamente, no había armado un espectáculo, pero asumí que esta puerta estaría cerrada.
No lo estaba. La cerradura no se opuso a mi mano, y mi corazón cayó hasta el estómago porque sabía que si estaba abierta, eso quería decir que Bella se había ido. Había salido a hurtadillas cuando yo había dado una cabezada. Si abriera la puerta, descubriría que se había marchado. Mi vida estaba acabada.
Entré, y en contraste con la quietud de esta tierra cubierta de nieve donde no había otras personas en kilómetros, oí una respiración, suave como la nieve misma. Era ella.
Ella, durmiendo. Me quedé quieto un momento, con miedo de moverme y deseando mirarla. Aún estaba allí. Podía haberse marchado, pero no lo había hecho. Había confiado en ella, y ella había confiado en mí. Bella se movió en su cama, y me quedé congelado. ¿Habría oído como se abría la puerta?
¿Habría oído el latido de mi corazón? En cierta forma, quería que me viera, observándola. Pero no lo hizo. Su brazo se extendió para tirar de las mantas. Tenía frío. Me arrastré lentamente hasta el pasillo y encontré el armario de ropa donde guardábamos mantas extras. Escogí una y volví sigilosamente a su cuarto y la extendí, dejándola perfectamente sobre ella. Se acurrucó en ella. La observé durante largo rato, la luz de la luna bañaba su cabello rojo, haciéndolo brillar como oro.
Volví a la cama y me dormí como sólo puede dormirse durante una noche fría en una cama caliente. Por la mañana, ella todavía estaba allí. Salió sosteniendo la manta extra, con una interrogativa en la cara, pero no dijo nada.
A partir de esa noche, nunca volví a echar el cerrojo a la puerta. Cada noche, me acostaba preguntándome. Cada mañana, ella aún estaba allí.
- Llevábamos allí una semana cuando encontramos el trineo. Fue Bella quien lo encontró temprano una mañana, sobre el estante de un armario, y soltó un chillido que nos sacó a todos de nuestros cuartos para ver qué animal la había atacado. En cambio, la encontramos señalando.—¡Mira!
Miré.
—Es un trineo.
—Lo sé. ¡Nunca he tenido un trineo! ¡Sólo he leído sobre ellos!
Luego comenzó a dar saltitos hasta que lo bajé del estante para ella. Ambos lo miramos. Era un trineo grande, ligero, de madera pulida con rieles pocos usados de metal y las palabras "aviador flexible" pintadas en él.
—Aviador Flexible. ¡Realmente debe volar al deslizarse cuesta abajo por la colina!
Sonreí. Habíamos hecho un ejército de muñecos de nieve ("La gente de la Nieve", les llamaba Bella) en los últimos días, y justo el día anterior, me había levantado temprano para limpiar una sección del estanque para patinar. Bella había bajado, horas más tarde, para encontrarme todavía con mi pala. Limpiar el estanque había sido un trabajo duro. Pero valió la pena cuando ella exclamó:
—¡Patinar sobre un estanque! ¡Me siento como Jo March!
Y yo sabía exactamente lo que quería decir, porque me había obligado a leer Mujercitas hacía algunas semanas, aunque fuera un libro de chicas.
Ahora al mirar el trineo, recordé. Mi padre lo había comprado cuando yo era pequeño, cinco o tal vez seis años. Era un trineo grande, de la clase que soportaría a más de una persona. Yo había estado de pie en lo alto de una colina aparentemente infinita, con miedo de bajar solo. Era un fin de semana, así que otros chicos lo hacían, pero eran mayores que yo. Vi a otro padre y a su hijo. El padre se colocó sobre el trineo, luego dejó que su hijo se sentara delante de él y lo abrazó.
—¿Puedes ir conmigo? —había pedido.
—Anthony, no es un trecho muy grande. Esos otros chicos lo están haciendo.
—Son chicos mayores. —Me pregunté por qué me había traído si no quería montar en trineo.
—Y tú eres mejor, más fuerte. Puedes hacer todo lo que ellos hacen. —Comenzó a ponerme sobre el trineo, y yo me eché a llorar. Los demás niños nos miraban. Papá dijo que era porque me portaba como un bebé, pero yo sabía aún entonces que era por lástima, y me negué a ir solo. Finalmente, papá ofreció a uno de los chicos mayores cinco dólares para que subiera conmigo. Después de esa primera vez, perdí el miedo. Pero no había subido a un trineo en años.
Ahora lo acaricié.
—Vistámonos. Iremos ahora mismo.
—¿Me enseñarás cómo?
—Por supuesto. Nada podría hacerme más feliz. —Nada podría hacerme más feliz. Desde que estaba con ella, notaba que había comenzado a hablar de forma diferente, elegante y pretenciosa, como los personajes en los libros que ella adoraba, o como Carlisle. ¡Y era cierto lo que decía! Nada podría hacerme más feliz que la idea de estar de pie con Bella en lo alto de una colina nevada, ayudándola con el trineo y tal vez... si ella me dejaba... yendo con ella.
Ella llevaba su batín rosa, y se inclinó para pulir el riel del trineo con el cinturón.
—Vamos —dije.
Una hora más tarde, estábamos en lo alto de la misma colina a la que había subido con mi padre. Le mostré como echarse, la cara por delante sobre el trineo.
—Esto es lo más divertido del recorrido.
—Pero da miedo.
—¿Quieres que vaya contigo?
Contuve el aliento esperando su respuesta. Si decía que sí, si fuera con ella, tendría que dejarme poner mis brazos alrededor de ella. No había ninguna otra forma.
—Sí. —Su aliento golpeó el aire en un soplo de vaho—. Por favor.
Respiré.
—Vale. —Empujé el trineo hasta el último lugar plano antes de que la colina comenzara a inclinarse cuesta abajo, luego me senté sobre él. Le hice señas para que se sentara delante de mí. Le rodeé el estómago con mis brazos y esperé a ver si gritaba.
Pero no lo hizo. En cambio, se acurrucó más fuerte contra mí, y en aquel momento, me sentí casi como si pudiera besarla, casi como si ella me lo fuera a permitir.
En cambio, dije:
—Tú vas delante, así que tú conduces. —Con mi nariz, sentí la suavidad de su cabello, olí el champú que usaba, y su perfume. A través de su chaqueta, podía sentir el latido de su corazón. Me hacía feliz el saber que ella estaba viva, que era real, que estaba allí.
—¿Lista? —dije.
Su corazón golpeó más rápido.
—Sí.
Di una patada a la tierra y la sostuve fuertemente mientras bajábamos la colina, riéndonos como locos.
Esa noche, hice un fuego, una de las muchas cosas que había aprendido a hacer desde que me había convertido en una bestia. Había seleccionado suave madera de pino para quemar y la había cortado en pequeñas tiras. Coloqué encima algunas hojas de periódico, y puse un pesado leño arriba del todo. Encendí con un fósforo el papel y miré como todo esto hacía prender el fuego. Esperé un momento, luego tomé asiento junto a Bella sobre el sofá. Un día antes, podría haber cogido una silla separada. Pero ahora había tenido mis brazos alrededor de ella. De todos modos me senté a unos treinta centímetros de distancia y esperé a ver si se quejaba.
—Es hermoso —dijo ella—. La nieve invernal y un fuego ardiendo. Nunca tuve un verdadero fuego en una chimenea antes de conocerte.
—Especialmente para ti, milady.
Sonrió.
—¿Dónde están Carlisle y Esme?
—Estaban cansados, así que se fueron a la cama.
Lo cierto es que les había sugerido que se quedaran en sus habitaciones. Quería estar sólo con Bella. Creí que tal vez, sólo tal vez, ésta podría ser la noche.
—¡Mmm! —dijo ella—. Se está tan tranquilo. Nunca había estado en un lugar tan tranquilo antes. —Se giró y se arrodilló sobre el sofá para mirar por la ventana—. Y oscuro. Apuesto a que puedes ver cada estrella del mundo aquí. ¡Mira!
Me di la vuelta también y me acerqué más que antes.
—Es hermoso. Creo que podría vivir aquí siempre y no echar de menos nunca la ciudad. ¿Bella?
—¿Mmm?
—Ya no me odias, ¿verdad?
—¿Tú qué crees? —Miraba hacia las estrellas.
—Creo que no. ¿Pero serías feliz si te quedaras conmigo para siempre? —Contuve el aliento.
—En ciertos aspectos, soy más feliz ahora de lo que nunca he sido. Mi vida antes de esto era una lucha. Mi padre nunca cuido de mí. Escatimábamos el dinero desde que era una niña, y cuando me hice mayor, uno de mis profesores me dijo que yo era inteligente y que la educación era una forma de escapar de mi vida. Así que trabajé y luché por eso también.
—Eres realmente inteligente, Bella. —Era difícil hablar y contener el aliento a la vez.
—Pero aquí, contigo, es la primera vez que realmente he sido capaz de jugar.
Sonreí. La dura madera en la chimenea comenzó a prender. Había tenido éxito.
—¿Así que eres feliz, entonces? —dije.
—Muy feliz. Excepto…
—¿Excepto qué? Si hay algo que quieras, Bella, todo lo que tienes que hacer es pedirlo, y te lo daré.
Ella miró a algún punto en la distancia.
—Mi padre. Me preocupo por él, por lo que podría pasarle si no estoy cerca para apresurarme a intervenir. Está enfermo, Edward, y yo era quien cuidaba de él. Y lo echo de menos. Sé que debes creer que soy estúpida por echar de menos a alguien que ha sido tan mezquino, que me abandonó sin volver la vista atrás.
—No. Lo entiendo. Tus padres son tus padres, pase lo que pase. Incluso si no te aman en respuesta, son todo lo que tienes.
—Cierto. —Dio la espalda a la ventana y se sentó, mirando el fuego. Yo hice lo mismo—. Adrián, soy feliz aquí. Sólo… si pudiera saber que está bien.
¿Había sido todo esto una treta? ¿Era agradable conmigo sólo porque quería algo de mí? La recordé, sobre el trineo, acurrucándose contra mi pecho. Eso no podía haber sido fingido. De todos modos sentí mi cabeza apretada, como si fuera a explotar.
—Si pudiera verlo durante un momento…
—¿Entonces te quedarías aquí conmigo?
—Sí. Quiero hacerlo. Si sólo…
—Puedes. Espera aquí.
La dejé allí, mirándome. La puerta de la calle estaba abierta. Tenía que haberlo notado. Podría desaparecer en la noche, y yo la dejaría. Pero no lo hizo. Había dicho que era feliz. Se quedaría conmigo si podía comprobar que su padre estaba bien. Una vez que viera que estaba felizmente de parranda con sus amigos drogatas, todo iría bien. Sabía cómo se sentía. Había visto a mi padre por la tele más veces de las que admitiría. Ella podría ver al suyo también.
Todavía estaba allí cuando regrese. Le di el espejo.
—¿Qué es esto? —Miró detenidamente la parte posterior de plata, luego lo giró para ver su rostro.
—Es mágico —dije—. Encantado. Al mirarlo, puedes ver a quien quieras, en cualquier parte en el mundo.
—Ajá, que bien.
—Es cierto. —Se lo quité y lo sostuve—. Quiero ver a Carlisle.
En un instante, la imagen cambió de mi rostro de bestia al de Carlisle, leyendo al tacto en su cuarto, iluminado sólo por la luz de la luna. Se lo di a Bella. Ella lo miró y se rió tontamente.
—¿Realmente funciona? ¿Puedo pedir que me muestre a alguien? —Cuando asentí con la cabeza, dijo—: Quiero ver a… Tanya Denali.
Ante mi mirada interrogativa, dijo:
—Era esa chica tan esnob de mi escuela.
El espejo cambió inmediatamente, a una imagen de Tanya, que también se estaba mirando en el espejo, pellizcándose un grano. Uno grande, y una sustancia blanca y viscosa rezumaba hacia fuera.
—¡Puaj! —Me reí de la imagen.
Bella se rió también.
—Esto es divertido. ¿Puedo ver a alguien más?
Empecé a decir que sí, luego recordé lo que había dicho sobre estar colgada por mí. ¿Qué pasaría si pedía al espejo que me mostrara? ¿Vería esta habitación?
—Dijiste que querías ver a tu padre. Podemos hacer lo que sea después. Si quieres puedes ver al presidente. Yo lo vi en el cuarto de baño del Despacho Oval una vez.
—Guau, parece que eres una amenaza a la seguridad nacional. —Soltó una risita—. Vale. Haremos esto después. Pero primero… —Miró fijamente al espejo— quiero ver a mi padre.
Otra vez, la imagen cambió, esta vez a una esquina de una calle, oscura y sucia. Un drogadicto estaba allí, prácticamente indistinguible de los demás indigentes de Nueva York. El espejo enfocó más de cerca. El tipo tosía, temblaba. Parecía enfermo.
—Oh, Dios. —Bella ya estaba llorando—. ¿Qué le ha pasado? ¡En qué se ha convertido sin mí!
Sollozaba. La rodeé con mi brazo, pero me apartó. Sabía por qué. Me culpaba. Esto era culpa mía, todo era culpa mía por hacer que se quedara.
—Deberías ir con él —dije.
En cuanto lo dije, quise empujar las palabras de regreso a mi boca. Pero no podía. Habría dicho cualquier cosa para hacer que dejara de llorar, para hacer que no se enfureciera conmigo. Incluso esto. Todavía lo decía en serio.
—¿Ir con él? —Levantó la vista hacia mí.
—Sí. Mañana por la mañana. Te daré dinero, y puedes tomar el primer autobús.
—¿Irme? Pero… —Había dejado de llorar.
—No eres mi prisionera. No quiero que te quedes aquí porque seas mi cautiva. Quiero que te quedes porque… —Miré fijamente al fuego. Este ardía rápida e intensamente, pero yo sabía que si lo abandonaba, se extinguiría—. Quiero que te marches.
—¿Marcharme?
—Ve con él. Es tu padre. Vuelve cuando quieras, si quieres... como mi amiga, no mi prisionera. —Yo estaba llorando también, pero hablaba muy despacio, manteniendo la voz estable. Ella no podía ver las lágrimas en mi rostro—. No te quiero como una prisionera. Sólo tenías que pedir irte. Ahora lo has hecho.
—¿Pero qué pasa contigo?
Esa era una buena pregunta, una que no podía contestar. Pero tenía que hacerlo.
—Estaré bien. Me quedaré aquí en invierno. Me gusta poder salir y no tener gente mirándome. Y en primavera, volveré a la ciudad y estaré con mis flores. En abril. ¿Vendrás a verme entonces?
Aún parecía insegura, pero después de un momento, dijo:
—Sí. Tienes razón. Puedo verte entonces. Pero te echaré de menos, Edward. Echaré de menos nuestro tiempo juntos. Estos meses… eres el amigo más verdadero que alguna vez haya tenido.
Amigo. La palabra me golpeó como el hacha con la que había hecho pedazos la madera. Amigo. Era todo lo que podíamos ser. Pero entonces, estaba en lo cierto al dejarla marchar. La amistad no era suficiente para romper el hechizo. De todos modos extrañaría esa amistad, al menos.
—Tienes que marcharte. Mañana, llamaré a un taxi para que te lleve a la estación de autobuses. Estarás en casa por la noche. Pero por favor… —Aparté la mirada de ella.
—¿Qué pasa, Edward?
—No esperes que te diga adiós mañana. Si bajo para decirte adiós, podría no dejarte marchar.
—No debería ir. —Miró al confortable fuego, luego a mí—. Si te pone tan triste, no debería.
—No. Fue egoísta por mi parte retenerte aquí. Ve con tu padre.
—No fuiste egoísta. Has sido más bueno conmigo que nadie que haya conocido. —Agarró mi mano, mi asquerosa mano con garras. Pude ver que sus ojos se llenaban de lágrimas.
—Entonces se buena conmigo marchándote rápidamente. Es lo que quiero. —Aparté mi mano... delicadamente... de su asimiento.
Encontró mi mirada, comenzó a decir algo, luego asintió con la cabeza y salió corriendo de la habitación.
Cuando lo hubo hecho, salí a la nieve. Llevaba sólo los vaqueros y una camiseta, y el tiempo era glacial, tan glacial que el frío me calaría hasta los huesos en segundos, aún con mi aislamiento extra. No me importaba. Quería sentir frío porque sería algo que sentir, algo aparte de ese repentino vació y esa pérdida. Alcé la vista, esperando que la luz se encendiera arriba, en el cuarto de Bella. Observé la sombra de su silueta contra las cortinas, moviéndose por el cuarto. Su ventana era el único punto luminoso en la negra y fría noche. Levanté más aún la vista, buscando la luna. Estaba oculta por lo árboles, pero encontré estrellas... estrellas con más estrellas detrás de ellas, luego más detrás de aquellas, millones de estrellas, más de las que nunca hubiera visto en mi vida en la ciudad de Nueva York, más que todas las luces de allá. No quería ver estrellas. No podía soportar su belleza y su número. Quería únicamente a la luna solitaria, la inamovible luna. Finalmente, la luz de Bella se apagó. Esperé hasta asegurarme de que dormía. No podía imaginarme lo que sería dormir a su lado. Ya no podía imaginarlo. Arranqué mis ojos de la ventana y encontré la luna detrás de un árbol. Me agaché, eché la cabeza hacia atrás, y le aullé, aullando como la bestia que era, la bestia que siempre sería.
Holaaa! Quiero daros las gracias a todos los que me habéis apoyado en mi pequeño bajón de autoestima literaria XDDD!
En serio os doy las gracias a todos los que me habéis apoyados y sobre todo a los que me escribís siempre, que me habéis ayudado a tener ánimos!
Ahora ha comenzado la agonía de Edward pero acabaré este fic en la semana que viene e intentaré hacer un nuevo fic en BellaPov en agosto/septiembre y espero que os guste TANTO como a mí ;).
Aquí van mis agradecimientos a:
LoveVampire (:O sere tu amante vampiroooo vampirooo... corazónn malherido...jajaja Gracias por tu apoyo, sí se lo de la pelicula y estoy de acuerdo contigo en cuando a lo de los actores, pero weno)
moni (moni de monica imagino a no ser que sea de monigote _ aclarame la duda :) )
SensualCandyDoll (mmmm buenorraaaa XDDD)
Kiria Hathaway Swan (porque será que "Kiria" me recuerda mucho a las cuñas de queso Kiri?)
Bloodkisses (ummm... una aliada de LoveVampire, solo que más directa!Capuchu!)
Keidee (iba a hacer un chiste fácil con el tuyo, pero mejor lo dejo XD pimpinela esta muy trillado)
Ckarla Ross (no puedo decir nada comico T_T sorry pero gracias por tu review ;) )
Sabi07 (sabihonda-007 :) se nota que serás implacable en el futuro ehh, escueta, pero directa! jaja :D)
Claugan2009 (tu como yo, nos gusta esperar por algo extremadamente largo XDD y disfrutarlo en condiciones, que corto y mal hecho! jaja ;) gracias por tu apoyo!)
mmenagv (no me siento capacitada para hacer chiste contigo :O de todos modos eres una veterana de reviews asi que eres toda una reina :D)
.DaniHale. (donde vah con lah ansiáááá! q es malo ir con ansiáááá q luego dan infartos por culpa de capitulos como este! jeje gracias por tu apoyo!)
MaJoICS (tu no digas que no te importa la demora XDDDD fuerzame a escribir más rapido que como me lo tome a pecho y te haga caso, en vez de pasarte lo que a DaniHale te puedes quedar con telarañas donde tu sabes -y yo no digo nada ^O^..-)
Denisse Cullen (Gracias por tu apoyo me encanta que te encante y teneros a todos encantados con mis encantos...ejem..de escritora, of course!)
Colors (Colorines! Gracia por tu pedazo de review de apoyo y por tu gama de positividad del título)
Gracias también a marceregia, anekka, Rose Marie G. H., Y SheillyPatzz
Bueno, sólo espero que alguno de vosotros me sigais en el nuevo fic que escriba dentro de poco! y por supuesto os invito a que me agregueis al msn a "elyon _ 1191 arroba hot mail com".
Os dejaré otro capítulo después del fin de semana antes de irme a London el mes de Agosto (ainss que ganas... y todo por las becas :) veis como son buenas? :D)
Espero que os haya gustado más o menos este capítulo, ya que algo feo tenia que pasar T_T así que no me mateis porfavor.. os aseguro que la historia puede enderezarse un poquito!
Bye!