Bueno, este es el capitulo final. Se que es algo trágico y hasta deprimente pero me gusto mucho como quedo, agradezco infinitamente todos lo que me siguieron y espero que el final les perezca mejor de lo que fue el comienzo porque hasta yo misma admito que fue una porquería, un intento de comedia muy mal logrado pero creo que al final me reivindiqué y reivindiqué una historia que me gusto mucho. Nos vemos en los comentarios.
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Leanne quiso gritar, quiso desgarrarse el alma y destrozarse el cuerpo, quiso partirse en dos y eliminar el dolor que le invadía el cuerpo, le nublaba los sentido y le anestesiaba el alma, quiso correr, quiso… pero no pudo.
Lo único que pudo hacer fue retroceder unos pasos hasta chocar con la chamuscada pared y desplomarse en el suelo mientras miraba horrorizada la escena que tenía delante.
El lugar estaba destrozado, los muebles aún tenían pequeñas llamas de fuego que los consumían lentamente, las paredes estaban llenas de boquetes y el olor a muerte se extendía por todo el lugar.
Había gente por todos lados hablando al mismo tiempo y llenado montones de hojas de sus reportes, observaban todo y lanzaban exclamaciones que Leanne no lograba entender porque lo único que escuchaba era el sonido vacío de dos corazones que ella conocía a la perfección y veía los ojos apagados que alguna vez la habían mirado con infinito amor.
Sus padres yacían en el suelo de la oficina de su madre, por la posición que tenían era como sí sólo estuvieran descansando o durmiendo, tenían las manos tan cerca que parecía que en cualquier momento se tomarían de la mano y la mirada clavada en el exacto lugar donde Leanne se había desplomado en el suelo. Le hubiera gustado que no la miraran, que sus ojos vacíos estuvieran mirando hacia el techo pero no, la estaban mirando a ella y le confirmaban lo que ya le había destrozado el alma: estaban muertos y nunca más volverían a verla con amor.
El peso de esa verdad la hundió aún más en el dolor que la embargaba y de pronto sintió como sí el peso de las dos lozas con que marcarían la muerte de sus padres le cayeran sobre el pecho y le cortaran la respiración.
Quería llorar, lo necesitaba con desesperación pero el peso sobre su pecho y el nudo en su garganta se lo impedían, estaba privada y su cerebro no hacía más que decirle que lo mejor que podía hacer era dejar de sentir.
Sintió sus brazos alrededor de ella y su peso alivió un poco todo el dolor que sentía, tenerlo tan cerca después de tanto tiempo le ayudo a sentir un poco de calor en el témpano de hielo en que se había convertido su cuerpo. Una lágrima solitaria recorrió su mejilla y el grito de dolor quedo amortiguado por su pecho.
Remus le ayudó a ponerse en pie y la condujo a una sala continua al despecho de su madre, esa donde Leanne había pasado horas interminables iluminando dibujos que siempre iban a parar a una pared del despecho de su madre una vez que Melinda había terminado con su papeleo. Desde ahí no se podía ver lo que sucedía en el despacho y Leanne por fin fue capaz de parpadear en un intento desesperado por borrar la imagen que estaba grabada a fuego y dolor en sus retinas.
-Todo va a estar bien.
Fue lo único que alcanzó a escuchar Leanne de los labios de Remus, era la misma mentira que Leanne había repetido una y mil veces, la misma que le había dicho a Ja… a él cuando sus padres habían muerto, era la misma mentira que venía diciéndose a ella misma desde que todo eso había comenzado y que continuaría diciéndose por quién sabe por cuanto tiempo más.
El resto es una sucesión de recuerdos borrosos y bloques completos de negro y vacío. Una mañana lluviosa, millones de sombrillas negras, rostros acongojados, lágrimas por aquí y por allá, condolencias sin sentido, palabras de ánimo vacías. Un par de tumbas nuevas en un panteón milenario, un ramo de rosas rojas, las favoritas de mamá y un ramo de claveles blancos, los favoritos de papá; se aferró a ellos tanto tiempo como pudo hasta que con manos temblorosas las colocó en su lugar. No pudo decir adiós, tampoco pudo darse la vuelta y marcharse, se quedo horas ahí parada; no le importaba la lluvia que calaba hasta los huesos, el dolor que sentía por dentro era aún mayor.
La lluvia se había convertido en tormenta durante el transcurso de las horas y no fue hasta media noche que Sirius, Kingsley y Remus lograron llevar a Leanne a la mansión, paso mucho tiempo antes de que consiguieran secarla pero peor fue la espera para que reaccionara.
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-Todos comprenderán sí decides esperar un poco más de tiempo- le dijo Sirius.
Ya habían pasado dos semanas desde la muerte de sus padres, en todo ese tiempo Leanne no había asistido a las reuniones de la Orden del Fénix ni había participado en las misiones pero ella se había dado cuenta que tenía que continuar, que no podía quedarse estacionada en el sufrimiento, tenía que salir a luchar y evitar que alguien más sufriera lo que había sufrido.
-No te voy a mentir diciendo que ya estoy bien- le dijo mirándolo directamente a los ojos- Ya me cansé de repetirme esa mentira y repetírsela a los demás pero tengo que hacer algo porque de lo contrario no voy a poder vivir en paz conmigo. Es verdad que estoy cansada, que todavía me duele, que el dolor me desgarra por dentro pero mis padres me enseñaron a luchar, a no darme por vencida, a continuar amando sin importar nada y eso es lo que voy a hacer.
Sirius pudo ver que Leanne no le mentía y aceptó que tenía razón, él hubiera hecho lo mismo.
Pero había otro tema que le preocupaba, uno que no se atrevía a tocar porque sabía que la reacción de Leanne no iba a ser favorable, ¡demonios! ¡Sí hasta él los odia por lo que habían hecho! Sus nombres no se habían vuelto a mencionar, con o sin la presencia de Leanne; él los había visto en las reuniones y había hablado con ellos pero eso sólo sirvió para que la sangre le hirviera aún más.
Lo que Leanne les había hecho no tenía nombre pero lo que ellos habían hecho era mil veces peor. Eran amigos y se suponía que estarían juntos siempre, en las buenas y en las malas… pero tal parece que no era así.
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Podían sentir las miradas clavadas en sus nucas, los comentarios insidiosos que murmuraban cuando pasaban y casi podían adivinar los pensamientos que pasaban por su cabeza. ¿En qué momento habían pasado de victimas a victimarios?
En el momento en que Leanne lo había perdido todo y ellos no.
El profesor Dumbledore continuaba tratándolos con total naturalidad pero eran consientes de que su mirada y sus palabras se habían endurecido y había un dejo de recriminación en ellos. Moddy no era tan diplomático como el primero, su actitud se había transformado por completo y era el único que les demostraba con total claridad su desprecio.
El sonido de la puerta al abrirse y cerrarse hizo enmudecer a todos pero ver a Sirius acompañando de Leanne, los petrifico.
Los más rápidos en reaccionar se acercaron a ella y comenzaron a darle palabras de ánimo, los demás se fueron acercando poco a poco y hacían comentarios respecto a lo felices que se sentían de verla tan repuesta y dispuesta a continuar luchando.
La tensión fue subiendo conforme la gente se fue disipando y se vieron por fin a la cara pero ninguno de los tres dio señas de nada. La reunión estuvo trabada a pesar de que Leanne no había dado señales de intentar matarlos con sus propias manos. Después de la reunión todos se quedaron para ver sí alguna de las dos partes daba señales de ceder.
Leanne estuvo todo el tiempo resguardada por Sirius, Kingsley, Remus y Moddy pero hubo un momento en que la vigilancia se relajó y ella pudo acercarse sola a la mesa de las ensaladas, la más alejada y menos concurrida de todas.
-Leanne…
La voz a su espalda hizo que una descarga eléctrica le recorriera el cuerpo y una punzada de dolor le entumeciera los sentidos. Nunca pensó que volvería a escuchar su nombre salir de sus labios. Se dio la vuelta para verlo directo a los ojos y su imagen no consiguió afectarla en lo más mínimo, ni le provoco ese deseo incontrolable de protegerlo que había sentido cada vez que lo veía así de abatido.
Ninguno de los dos dijo nada durante un tiempo; él intentaba ver en los ojos de ella el amor que siempre había tenido hacia él y ella intentaba encontrar dentro de sí todo lo que alguna vez lo había amado pero ya no estaba ahí, había desaparecido, había muerto y ahora estaba enterrado junto a sus padres.
- ¡Perdóname!- le suplico como nunca antes lo había hecho con nadie, con un profundo dolor y una angustia que parecía estar consumiéndolo por dentro.
-No sabes cuantas veces deseé decirte esa misma palabra, en todo lo que hubiera estado dispuesta en hacer para conseguir tú perdón y el de ella- le dijo, había tranquilidad en sus palabras, una que no le gustaba a él, una que sólo utilizaba cuando ella… cuando a ella no le interesaba ni afectaba nada- Pensé que te vería ese día, que estarías ahí, que les presentarías tus respetos, a ellos, no a mí. A mis padres, quienes siempre te vieron con amor, que te cuidaron y quisieron como a un hijo, que estuvieron a tú lado cuando tus padres ya no pudieron hacerlo… a ella, que le abrieron las puertas de su hogar, de su corazón…- él pudo sentir una estocada de dolor en el pecho- No me hubiera importado que ni siquiera me dirigieras la mirada, que no te acercaras a darme el pésame, no me hubiera importado nada más que verte ahí despidiéndolos pero pudo más tu odio y tu rencor hacia mí…
-Leanne, yo…
-Yo se que lo que les hice no tiene nombre pero fui yo quien lo hizo, no mis padres y ellos se merecían que tú… que ella…- pero Leanne no pudo continuar, el nudo en su garganta se lo impedía- No quiero que me vuelvas a dirigir la palabra, no quiero que siquiera me mires porque no se de lo que sería capaz de hacer. Díselo a ella también. Los dos están muertos para mí.
Leanne dejó el plato sobre la mesa y se marchó; es verdad que lo había amado tanto que había llegado a doler pero ahora no sentía nada por él; ni amor, ni odio, ni deseos de venganza, nada, él era ahora un perfecto extraño porque el amigo al que ella había amado, protegido y cuidado había muerto el mismo día que habían muerto sus padres y ese es al que siempre extrañaría y amaría.
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El tiempo había pasado dolorosamente lento y la guerra había avanzado a pasos agigantados; era imposible saber si esa noche, cuando regresaras a casa, volverías a ver a las personas que amabas sentadas a la mesa esperándote para cenar o si regresarías a casa vivo.
Leanne y Sirius se habían mudado a la mansión de los Gryffindor unas semanas después de la muerte de los padres de la primera, aunque le era doloroso estar ahí, era el mejor lugar en el que podían estar, ningún otro era igual de seguro.
Todos los miembros de la Orden habían aprendido a ignorar la situación que se presentaba entre Leanne y ellos, con el paso del tiempo todo había regresado a una normalidad antinatural. Leanne nunca salía a misiones con ellos y ninguno de los tres se había dirigido siquiera la mirada, eran completos extraños luchando la misma guerra.
Leanne estaba esa noche, como muchas otras ya, observando por el enorme ventanal y rogando por qué Sirius regresara con bien a su lado cuando un extraño viento a su espalda la distrajo, lo conocía pero no por eso se sintió más segura.
-Leanne, querida.
Saludo el profesor Dumbledore; un nudo se formó en su garganta, el anciano hombre se veía agotado, triste y desilusionado ¿Qué había pasado?
- ¿Ocurre algo malo, profesor?- preguntó Leanne manteniendo el pánico que la invadía a raya.
-El mundo en el que vivimos nos muestra su peor cara- le contestó tomando asiento. Leanne respiro tranquila, no se trataba de Sirius.
-No creo que es al mundo a quien deberíamos culpar, sino a las personas que vivimos en el- Leanne lo imitó, no sin antes ofrecerle una copa de coñac porque parecía que lo necesitaba. Dumbledore brindó por ella.
-No podrías tener más razón. Ahora ni las criaturas más inocentes del mundo están a salvo.
-Nunca lo había visto así de derrotado, de desilusionado y decepcionado de la gente- le dijo Leanne, la actitud del profesor le preocupaba enormemente.
-Es porque no has vivido lo suficiente- le aseguró- No has estado a mi lado el tiempo necesario para confirmar eso.
Leanne sólo comprendió la mitad de lo que se refería.
-Hace algún tiempo ya…- continuó el profesor-…escuche una profecía que ahora deseo que nunca se hubiera formulado- se detuvo para apurar su copa- Eres la mejor, Leanne, mi mejor soldado y necesito a la mejor en esta misión.
-Sabe que cuenta conmigo.
-Ella esta embarazada- le dijo esperando ver su reacción.
-Lo sé, la he visto en las reuniones y Sirius me lo ha comentado. También se que es un niño- le confirmó Leanne.
El profesor no vio nada en su reacción de lo que quería ver. El que los mencionara no despertaba ningún tipo de sentimiento en ella pero el bebé si parecía interesarle.
-No soy un completo monstruo, profesor- continuó Leanne al ver la mirada del profesor posada en ella, buscando algo que ella no sentía- Que ellos no me importen no significa que no sienta aprecio por el pequeño.
-Nunca he pensado eso de ti- le aseguró el profesor- Los tres se lastimaron más allá del perdón y aunque me duela admitirlo comprendo y entiendo que ellos ya no te importen en lo más mínimo. Y es precisamente por eso que no me atrevía a contarte lo que voy a contarte pero ahora ya sé que puedo confiar plenamente en ti.
- ¿A qué se refiere?- le preguntó confusa.
-La profecía que escuche habla de un ser que será capaz de derrotar al Señor Tenebroso, con poderes de los cuales el carece, alguien que… que aún no ha nacido.
Leanne lo comprendió de inmediato. La profecía hablaba de un bebé, un nonato y solamente había dos mujeres a las cuales se podría referir.
-Desafortunadamente ya lo confirmamos, se trata de ella- le aseguró el profesor al ver a las conclusiones que llegaba Leanne- No tendrás ningún tipo de contacto con ellos, tu misión consistirá en patrullar los alrededores de su hogar, de asegurarte que no hay peligro inmediato, de alertarme si él se encuentra cerca…
-Lo haré- le dijo Leanne- El pequeño no tiene la culpa de nuestro errores.
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Febrero. Ya había pasado año y medio de la muerte de sus padres y la guerra parecía no acabar. Todos estaban cansados y desmoralizados pero aún así continuaban luchando porque preferían vivir un segundo de pie que cien años de rodillas.
-Estoy cansado- Sirius se dejó caer de cualquier forma en el sillón.
-Sólo una misión más- le dijo Leanne- La de esta noche es la última misión y podremos descansar un par de noches.
-Harry esta enorme- le dijo como quien no quiere la cosa. Sirius había pasado la mañana en casa de ellos y cada que volvía le decía cosas a Leanne que él pensaba le ayudarían a perdonar, aunque sabía que era imposible que eso sucediera- Le encantó la moto de juguete que le lleve. Pronto tendré que comprarle una de tamaño real.
-Espera a que cumpla la mayoría de edad- le dijo sonriente Leanne. Quería a Harry a pesar de que nunca lo había sostenido en brazos.
- ¡Para eso faltan siglos!- dramatizó mientras se ponía de pie- ¿Pero sabes qué es lo que realmente me gustaría hacer?- le preguntó abrazándola- Me gustaría tener un bebé contigo.
Era la misma conversación que venían teniendo desde que Harry había nacido; a Leanne se le habían acabado las excusas hace mucho tiempo ya y había optado por la mentira, su eterna aliada.
-Después de esta misión tendremos ese bebé que tanto quieres- le dijo sonriendo. Era una mentira y a Leanne la mataba ver el brillo de esperanza y felicidad que se encendía en los ojos de Sirius cada vez que la decía- Vamos, nos esperar en Cabeza de Puerco.
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James despertó de golpe. Era más de la media noche. Estaba bañado en sudor frío, su corazón latía desbocado y el horror había comenzado a extenderse por su cuerpo como un veneno que le destrozaba las terminaciones nerviosas y le producía un dolor inigualable.
No se pudo levantar de la cama, se quedo paralizado y con un grito de dolor que le destrozo el pecho al no poder salir a la superficie. Hacía noches que no dormía, que no vivía, que lo único que hacía era pensar en su familia y en lo atado de manos que estaba al no poder defenderlos pero esa noche era diferente, esa noche había soñado con ella y la había visto morir, había visto como un rayo de luz verde le arrebataba la vida, como sus ojos se apagaban y su corazón dejaba de latir.
Pero eso no podía ser verdad, ella era la única que no iba a morir, ella era quien iba a sobrevivir.
El ruido en la cocina hizo que su miedo y su dolor aumentaran; Lily no estaba acostada a su lado. Se levantó como pudo, bajo las escalares sin hacer ruido y con la varita en riste pero la escena que se presentó antes sus ojos lo paralizó por completo.
Kingsley, Remus y el profesor Dumbledore luchaban por someter a un destrozado Sirius, estaba fuera de sí y gritaba todo tipo de maldiciones y groserías a alguien que no estaba ahí pero que sin lugar a duda las merecía.
- ¡ESTA MUERTA!-el grito le destrozó la garganta- ¡LEANNE ESTA MUERTA!
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La tumba de mármol blanco estaba vacía, no había un cadáver dentro de ella. Voldemort y sus mortifagos no habían permitido que el cuerpo de Leanne tuviera una despedida como la que merecía.
El magnifico sol los bañaba con sus rayos y les hacía guiños que los invitaba a quitarse los trajes negros y darse un chapuzón en el delicioso río que corría a sus espaldas pero ninguno de ellos acepto su invitación, en realidad comenzaban a odiar la falta de respeto que mostraba al enseñar su sonriente cara cuando lo que ellos querían era un cielo gris y lluvioso, uno que derramara tantas lágrimas como las que ellos estaban derramando.
Ninguno comprendía las palabras del maestro de ceremonias, sólo querían que terminara de hablar para poder marcharse y sufrir en silencio, sin molestar a nadie con su dolor y ser capaces de regodearse en él hasta que ya no fueran capaces de sentir nada más que el vacío que ella les había dejado.
James no había sido capaz de derramar ni una sola lágrima, el dolor que lo invadía se lo hacía imposible; Lily había derramado tantas que parecía querer llenar la cuota de James también.
Él permaneció parado delante de la tumba de la que alguna vez fue su mejor amiga tiempo después de que todos se marcharon. Apretaba con fuerza el ramo de rosas rojas y tulipanes amarillos contra su pecho como deseando que ella volviera y lo perdonara, que todo volviera a ser como había sido antes, que lo volviera a amar, que le volviera a sonreír y le iluminara su mundo como tantas otras veces lo había hecho.
- ¡Perdóname!
Le suplicó a la timba vacía pero obtuvo la misma respuesta que hubiera obtenido si se lo hubiera hecho a la Leanne viva: un silencio cargado de vacío y dolor.
James no volvió a ver los alegres ojos de Leanne, ni su sonrisa sincera, ni sintió de nuevo su calido cuerpo alrededor del suyo como cada vez que lo abrazaba, no, lo único que él sintió fue el frío que su ausencia había dejado. Y ocho meses más tarde vería el mismo rayo de luz verde que le había arrancado la vida a su mejor amiga, sólo para comprobar que el más allá es un lugar muy triste cuando vez que los que se quedan no son tan felices como lo eres tú.
Fin
