Disclaimer: Hetalia, LatinHetalia, blablablá.
Advertencia: Malas palabras.
Pareja: UKxChile. ArgxChile.
Agradecimientos: Los Simpson, Los diarios, Wikipedia-sama, y a Chibisiam por la idea. Basado en la gran gira de Europa del Presi Piraña, digo Piñera xD.
Hice unos cambios con las fechas con respecto a la Fiesta de la Cerveza en Alemania…espero que no me maten… es para calzar bien con la gira de Manu… ;.;
Asdasdasd, me salió un poquito laaaaaaaargo.
EuroTour
.-Alemania: Fiesta de la Cerveza.
―Escúcham-
―Ya dije que no quiero oírte. ―Manuel cortó la palabra. De verdad no quería saber nada, ni explicaciones. Metió sus manos en los bolsillos del pantalón, mientras fruncía el ceño.
―Tenemos que hablar ―esta vez su voz sonó alta, rogando, hasta las manos se lo pedían―. Comprendo que no me quieres ni ver, pero por último escúchame y después me golpeas y me insultas, o lo que sea. Pero escúchame…please.
Mantenía la mirada fija. Cuantas ganas tenías de golpearlo, darle patadas, hasta arrancarle las cejas para que lo dejara tranquilo de una buena vez. Cerró los ojos, tomando la decisión correcta. No, no, no tendría por qué ponerse en sus zapatos, es solo que…si a él no le escucharan, gritaría con insultos hasta que todos le tomen atención. Los consejos de Prusia también valían en esto.
―Diez minutos ―dijo árido abriendo los ojos―. Solo diez minutos.
El otro enmarcó una sonrisa de lado, nada de superioridad o cualquier sinónimo semejante, únicamente por haber aceptado. Ahora tenía que explicar… ¿Estaría bien en este lugar? No sería conveniente en el caso de que Manuel comenzara a levantar la voz, las personas escucharían y reclamarían llamando a la policía.
― ¿Te parece ir a otro lugar? No tan privado, pero por lo menos a solas…aquí es alumbrado y la gente podría reclamar. ―propuso con un deje de esperar una negativa respuesta.
―En donde sea. ―le daba exactamente igual con tal de terminar todo esto.
Inglaterra dijo que sería bueno buscar un parque o una plaza, algo parecido para estar tranquilos o por lo menos en su caso. El chileno no moduló nada, solo seguía sus pasos detrás de su espalda. Cuando aún caminaban, procedió a encender un cigarrillo. El olfato del inglés reconoció el olor, quizás también debería sacar uno, pero no tenía, que mala suerte, ya que no sería para nada bueno pedirle uno, mejor después de la conversación.
Al llegar, se sentaron en unas bancas.
No había nadie mirando, ni niños, nada. Solo las pocas estrellas y la luna creciente, estaban lejos, tal vez no oirán la conversación.
Bien, ahora… ¿por dónde comenzar aparte del principio? Palabras adecuadas, palabras adecuadas, pensaba Arthur frotando sus manos por culpa del nerviosismo y del frío.
―Nueve. ―oyó contando la regresiva de los minutos. Jamás pensó que se pondría a contar.
―Yo… ―la primera palabra salía bastante tensa. Mierda, hay que respirar― No quería que lo supieras de esta manera, tenía pensado decírtelo.
― ¿Cuándo? ―preguntó serio, botando el cigarro al suelo y pisándolo.
―Eh… ―ni siquiera sabía si lo tenía pensado. Vamos, hay que buscar algo creíble.
― ¿Mañana? ―ironizó.
―No. Te lo iba a decir.
―Después de 127 años. ¿O acaso ibai a esperar 127 años más?
―Supongo que en eso tienes razón. ―dijo cabizbajo.
―Claro que tengo razón. ―lo miró y frunció el entrecejo.
―No quería a serte daño, jamás se me pasaría eso por la cabeza.
―Lo hiciste y de la peor manera.
―Lo hice, lo hice. Lo admito, fui un maldito codicioso de poder. Te veías tan decidido en declararles la guerra, que no pude contener mis ansias como imperio de tener parte de tus ganancias. No digas que te utilicé, porque no fue así. ―corrigió lo dicho por Alfred, o por lo menos suavizar las cosas.
― ¿A no? ¿Acaso me preguntaste? No weón, no me preguntaste ni una wea ―pausó. Fijó sus oscuros orbes como la noche, había resentimiento y más―. Solo te importaba la plata, el salitre; ver pelearme con mis hermanos para ti, pero sin saberlo. Martín tiene mucha razón cuando me dice que soy tu perrito faldero.
―No eres mi perrito faldero ―sonó frágil y duro―. Solo me equivoqué, estaba ciego. Como te dije, es el poder. El poder ciega a las personas, ciega a los países. Hasta te dejaba sin nada, todo para mí. ―en las últimas palabras bajó el tono de voz, corriendo la mirada a la tierra.
― ¿Terminaste?
―Sí. ―contestó. Quizás lo trataría de la peor manera, sin embargo…Manuel se levantó dando cortos pasos alejándose― ¿Adónde vas? ―se sorprendió levantando la vista.
―Ya te escuché, ahora me voy ―siguió caminado. Escuchó el llamado de Arthur pidiéndole que se quedara un rato más. No miró para atrás, haciendo oídos sordos, como consecuencia le cogió la mano, le volteó a esos orbes verdes tomándole ahora de los hombros. Le transmitía que no el tema no se había acabado, para el inglés―. Suéltame o no respondo.
―No me importa, no te voy a soltar. Todavía me quedan cosas que decir. ―también fruncía el ceño. Era una guerra de miradas en el momento.
― ¡No me interesa! ¡No quiero oírte más! ―exclamó enojado tratando de zafarse de las manos sobre su hombro. Le apretaba para no arrancarse, arrugándole la chaqueta― Weón, ¿Qué más querí? ¿Qué te abrace por haberme usado como un títere?
―No…
―Me utilizaste, y te odio más que la cresta ―hubiese dicho más cosas, pero esto era menos alargado y sin rodeos. Vio al mayor bajar la cabeza, no le importaba lo que estuviera pensado o sintiendo―. Ahora suélta-
―Perdón ―moduló interrumpiendo, dando una pausa―. Perdón, perdón, perdón, perdón. ―repitió las disculpas dejando al menor desconcertado, arqueando una ceja, sintiendo la presión en los hombros. Acto seguido, Arthur lo abrazó. Lo abrazó presionándolo a su cuerpo, apoyando el rostro en el hombro del castaño.
―Déjame. ―murmuró sin una pisca de compasión, ni correspondió el abrazo.
―Te quiero ―dijo claro y preciso. Manuel no se lo esperaba, no esperaba una confesión, mucho menos eso. Tragó dificultosamente su saliva, ¿Qué debía decir? Podría sentir su corazón latir por culpa del inglés, y para peor lo tenía al frente junto su cuerpo―. Perdón. I'm sorry. Nosotros nos llevamos bien…no tenemos por qué pelear, ¿verdad? ―preguntó sereno, levantando el rostro sin dejar de abrazarlo, pudo darse cuenta que ya no tenía el ceño fruncido, estaba relajado o quizás nervioso― También pido perdón a tus hermanos.
―Ag… ―articuló a penas. Por todos los cielos, le pedía perdón, frente suyo, y no solo a él, a sus dos hermanos problemáticos. Bueno…cualquiera pediría perdón… ¿pero acompañado de una confesión? No, haber Manuel, esto es serio, aquí se encuentra el futuro, cualquiera de las afirmaciones cambiaría todo. Al presidente hay que dejarlo atrás, fuera del tema. Todo eso discutía en su mente. Cerró firme los ojos, luego sintió una caricia en el cabello, a la altura de la frente, que hizo mirar.
―Mi pequeño Manuel…creces rápido. ―le sonreía mientras pasaba los dedos entre las hebras del cabello.
Si eso era manipulación, lo hacía muy bien. Según lo que creía Manuel.
―Basta ―dijo deteniendo solo con esa corta y sencilla palabra―. Suficiente. Te…te perdono.
Arthur surcó los labios. Cogió el rostro del menor, quién dio un paso hacia atrás, pues lo había tomado desprevenido. Acercó su boca lentamente, mirándolo. luego la levantó al rostro del latino, y la volvió a bajar; poco a poco, hasta quedar un pequeño espacio de distancia.
Manuel cerró los ojos dejándose llevar.
Suave, sutil, cuidadoso. Sintieron sus labios al unirse. Corto, preciso, con dulzura mezclada, y cientos de mariposas desordenándose en el estómago de chileno que ni siquiera se detuvieron al separarse.
Soltó su rostro.
― ¿Quieres te vaya a dejar al hotel? ―preguntó como si nada hubiese pasado referente a la plática.
―No…bueno… ―tartamudeaba, pero no mucho, solo había que darle tiempo y aire― Está bien…solo hasta el hotel…no quiero que Martín baje y arme un escándalo.
―En ese caso, te acompaño hasta una calle antes del hotel.
―Bueno…
Y así, caminaron yendo al hotel, donde ninguno de los decía ni una sola palabra, sobre todo Chile, estando un tanto confundido por todo lo que pasó, necesitaba pensar, y menos mal que no le gustaban los hombres, ironizó dentro suyo. Tampoco lo estaba reconociendo, que quede claro.
El británico pensaba en sus dichos y se debatía en tomarle la mano o no. Tal vez no sería lo correcto después de lo sucedido, debía actuar de acuerdo a la ocasión, tensa ocasión. Dejó a Manuel cerca del hotel, se despidieron con palabras y se fue.
Manuel, entrando al hotel, buscó las llaves de la habitación. Antes de abrir suspiró pesadamente, llegaría a descansar, pero antes tenía que hablar con Martín sobre regresar a Argentina. Entró y cerró la puerta. Caminó sigiloso por la sala, todo estaba apagado, ningún ruido…oyó un murmullo… ¿provenía de la habitación del argentino? Se extrañó y fue a ella.
―Martín… ―dijo susurrando, observando al rubio tirado en la cama sosteniendo una botella de whisky ¿anduvo tomando…por su culpa? Prendió la luz y se acercó enseguida a atenderlo― Martín, weón, reacciona. ―le daba golpecitos con la palma de la mano al rostro.
―Manuuu… ¿sos vos? ―preguntó tonteado. Tenía las mejillas rojas por culpa del alcohol.
―Sí, soy yo. ¿Qué mierda hací tomando? Si tení sueño, debiste acostarte como se debe. ―le arrebató la botella…vacía. La miró…no podía creer que se lo haya tomado él solo.
―Te preocupo…que lindooo… ―con esfuerzo se incorporó mareado, abrazando al castaño― Te amoooo, te amoooo…te amo Manuuuu…
―Weón, estay borracho. Suéltame. ―logró sacar los brazos de su cuello.
―No estoy borracho…quizás un…poquito, che… ―río. Luego se colocó serio, llamándole la atención a su vecino― ¿Cómo te fue?
― ¿Eh? Bien ―dijo simplemente―. Visitamos el Muro de Berlín y escribí un poco.
―Con Arthur. ―se refería al asunto de hace unos minutos atrás.
Manuel se sorprendió, ¿cómo lo sabía?
―Bien… ―contestó disimulando la desviación de la mirada.
―Puedo estar borracho, pero no soy tonto ―decía cerrando los ojos y moviendo la cabeza hacia la izquierda con cierta indiferencia, luego la regresó y abrió los ojos―. El pirata vino a buscarte, acá. ―dijo con desprecio.
― ¿Qué? ―ahora que lo recordaba, no le preguntó cómo lo encontró.
―Me preguntó en donde podría encontrarte, no le quise decir… ―se detuvo, rememorando la escena que tuvo que pasar con ese inglés. Se sonrojó, por suerte ya las tenía, pasarían desapercibidas, y frunció el ceño― Discutimos, y le dije sin querer. ¿Solucionaron las cosas?
―Sí…sí. Conversamos y todo bien. Oye, necesito que sepas algo. ―dijo acamándose un poco en la cama.
― ¿Qué cosa? ―ladeó la cabeza, al parecer su estado de ebriedad volvía a hacerse presente. Estaba ilusionado con la supuesta declaración de amor de Manuel.
―Supuestamente mañana regresamos a Sudamérica ―asique era eso, se entristeció Martín―, en mi caso no regresaré.
― ¿Qué? ¿Te vas a quedar?
―Prusia me invitó a la Fiesta de la Cerveza…
―No me quiero ir solo… ―alegó haciendo un puchero.
―Tení que volver, tu presidenta debe estar preocupada, piensa un poco.
―Uhmmm… ¿Cuándo termine la fiestecilla, regresas?
―Cuando termine, regreso ―afirmó. En un momento Argentina lo miró incrédulo, luego exhaló―. Y…am… ¿Por qué estabai tomando? ¿Por…lo que pasó anoche?
―Por una parte sí, y por muchas cosas más… ―dijo.
―Quería…pedirte perdón, debiste sentirte mal, creo yo. ―como le había costado decirlo, después de todo era su responsabilidad.
―No importa…ya pasó ―Martín rió. El chileno no le encontraba lo gracioso―. Parece que el que está borracho, sos vos, no yo ―sonrió más. Se acercó a él volviéndolo abrazar por el cuello―. ¿Recordas cuando íbamos de paseo con nuestras superioras, te decía mil veces "te amo" y ellas me apoyaban?
―Mejor duérmete. ―nervioso intentaba alejarlo.
― ¿Recordas o no? ―se le insinuaba― Me insultabas, yo seguía insistiendo. Y ellas…te decían que debes hacerle caso al corazón… ¿Qué dice tu corazón, Manuel?
―Ya-ya, suéltame fleto ―tartamudeando, sintiéndose incomodo a la aproximación del argentino a su boca, se levantó. Ya tenía suficiente con besos y todo eso―. T-Tú…acuéstate y duérmete ―decía haciendo señas con las manos―, mañana tení que irte temprano. Iré a hablar con mi superior para que esté al tanto y te recoja afuera del hotel.
…y ahí se quedó, mirándolo.
―Buenas noches. ―hasta que Martín rompió tenso aire de Chile.
―Bu-Buenas noches. ―y salió rápidamente con el rostro más rojo que los sonrojos de Romano.
―Está loco por mí. ―sonrió con ego y decidió acostarse como correspondía en una persona normal, o sea dentro de la cama.
Saliendo de la habitación hospedada, buscó la de su superior, el número. No era tan tarde, asique debería estar despierto. Tocó tres veces y esperó a que abrieran. Por suerte no estaban en pijama…respiró aliviado. El "mayor" le sonrió y lo dejó pasar.
―Siéntate. ―le ofreció.
―No gracias, vengo a decirle algo. ―dijo estando de pie.
― ¿No quieres una taza de té? ―ahora le ofreció la primera dama. Nuevamente el castaño negó.
―Vine porque…mientras ustedes seguían en sus asuntos del recorrido, me fui con los hermanos cervezas. Ellos me invitaron a la fiesta de la cerveza, al principio me negué porque tenemos que recibir a los mineros en la Moneda. Para mi mala suerte, Prusia me convenció en ir. ―surcó los labios por un segundo.
― ¿Sabes que mañana regresamos a Chile? ―le preguntó su superior.
―Sí, lo sé. Pero…la fiesta es mañana y la ceremonia es al otro día. Puedo hacerlo, todo rápido. ―trataba de convencer en ir a la celebración.
El mandatario iba a hablar, mas su señora le interrumpió. ―Déjalo que vaya. No creo que falte a la ceremonia, es nuestro país, ¿no?
Manuel asintió con la cabeza, mirándolos.
― ¿Qué hay con Martín? ―preguntó su superior.
―Ah, él se irá con ustedes mañana a primera hora, se juntaran afuera del hotel.
―De acuerdo chico. Puedes ir ―dijo sin remedio. Vio a Chile soltar una risilla―. ¿Cuál es el chiste?
―Que…le hace caso en todo a su señora. ―sonrió.
La pareja se miró y volvió la vista en la nación.
La mujer rubia también reía despacio.
―Sucede, que soy un marido obediente. ―corrigió él, acompañado de sus tics.
Sí, claro, pensó Manuel.
―Manuel, ¿estás seguro que no quieres que Martín se quede un poco más acompañándote? ―preguntó la primera dama, a lo que hizo sonrojarlo.
― ¿Por-Por qué tendría que hacerlo? Yo solo quiero que se vire y que me deje en paz. ―con el ceño fruncido, se cruzó de brazos. Ya estaba pensando que ella sabía todo de su relación…
―Si quieres podemos conversar. ―le ofreció con una sonrisa.
― ¿Me perdí de algo? ―se preguntaba el superior mirando a ambos.
―No cariño. Hay cosas que aún no debes saber para proteger tu integridad y…puede provocar un daño mental. ―dijo, y él no comprendió.
―Si quieren pueden conversar, los dejaré solos ―dijo dando media vuelta, pero recordó algo muy importante y volteó―. Si mañana, el señor Alemania te pregunta sobre algo que escribí, pídele disculpas, no fue mi intención. ―y se fue.
Manuel quedó interrogante. ― ¿A qué se refiere?
―Solo hazle caso. Bien… ¿Qué sucede con Martín? ―preguntó con cierto semblante de maternidad, hasta le tomó las manos.
―Eh…nada, no sucede nada. ―gracias a eso se puso nervioso.
―Confía en mí. Sé que no soy tu anteriora presidenta, pero puedes confiar en mí. No creo que Sebastián esté apto para este tipo de cosas.
―Ah…bueno…no es que me interese ―y va la actitud tsundere―. Algo de confusión, pero nada más que yo pueda solucionar.
― ¿Seguro?
―Seguro ―contestó, luego quedaron en silencio hasta que habló―. No es por ofenderla, ¿Se ha juntado mucho con Hungría?
― ¿Con quién? ―se desentendió dejando las manos libres.
―Con Hungría…Elizaveta…la ex-esposa de Austria… Nooo…
―No la conozco, o por lo menos no la he conocido en persona. ―negó, incluso trataba de hacer memoria, pero jamás la ha conocido, y ahora se preguntaba cómo sería.
―Menos mal ―sintió alivio―. Le aconsejo no juntarse con ella, siempre anda acosando a ciertas parejas junto con Taiwán y Japón, si no pregúntele algún día a los hermanos Italia o a Prusia. ―después se despidieron. Manuel regresó a su habitación, no dormiría con un Martín borracho y en el sexto sueño, decidió dormir en el sillón, que cómodo.
A la mañana siguiente, se alistaron. El chileno esperaba al argentino, quien se miraba y se miraba en el espejo preguntando si se veía hermoso, después de todo eso, se preparaban para irse, no obstante, Martín le cogió el rostro, mirándolo fijamente, acercó su boca. Manuel cerró los ojos con fuerza dispuesto a patearle la entrepierna si tocaba sus labios, mas no fue así. Se sorprendió. Había besado su frente.
―Portáte bien ―le decía Martín dejando de sostenerle el rostro―. Mira que no quiero saber que te emborrachaste y te pusiste a cantar rancheras, y gritando que te querés casar conmigo.
―No me voy a emborrachar y… ¿Qué eso de querer casarme con vo? ―por supuesto, jamás en la vida diría tal atrocidad, ¿verdad?
― ¿No te acordas? Ah, siempre lo decis cuando estas en pedo ―negaba con la cabeza―. La última fiesta, Bolivia te grabó, decías a cada rato que deseabas casarte conmigo, che.
―…no es cierto… ―pobrecito, no lo podía creer. Ahora tendría más cuidado, por lo menos este día de la fiesta. Y mataría a ese boliviano, ahora sí que cagó con el mar.
―Sí. Cuando llegues a tu país, te mostraré que digo la verdad. Como sea, ¿nos vamos?
Al preguntar, Manuel regresó en sí, y fueron rumbo a afueras del hotel. Ahí yacían esperándolos el presidente y compañía, más el coche presidencial.
Se despidieron del chileno. Dieron media vuelta caminando al auto, pero Martín se regresó apresurado a despedirse como respondía, besando los labios de Manuel.
―Te amo. Chao. ―susurró y se marchó.
El castaño no tenía el habla, únicamente observaba como se iban yendo.
El celular comenzó a sonar, eso fue lo único que ayudó a volverlo a la tierra.
Contestó.
―Aló. Hola Prusia. ¿Ir a tu casa…? ¿Qué quieres qué? ¿Es necesario que me vista con eso? Oka, está bien, está bien. Pero oye… Prepárenme desayuno porque no he tomado, recién vengo a despedirme de Martín.
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Argentina contemplaba el paisaje de Berlín a través del ventanal, sonriendo sin razón aparente o por le menos para la señora del presidente.
―Martín ―le llamó y él la miró―, ¿quieres mucho a Manuel?
Parpadeó un poco ante la pregunta. ―Che, eso es re-obvio. Lo amo con todo mi corazón, señora. Pero él muy boludo no se deja querer. Lo amo, lo amo mucho desde que éramos unos pibes… ¿sabía que parecía una nenita?, ¿y que fui su primer beso? Claro que…me golpeó bien fuerte, hasta el día de hoy me sigue doliendo, che. ―mencionó acariciándose la nariz.
―Manuel es muy cerrado, pero sé que te quiere mucho.
― ¿Usted lo cree? ―preguntó emocionado.
―Claro. ―sonrió.
El mandatario solo los miraba y los oía, y se sentía extraño, pues hablaban de amor entre hombres…no, no, no. Corrección, amor entre dos naciones. Eso era comprensible…am…ahora recordó algunos dicho de la ex-presidenta Bachelet, acerca de estos dos países, que se tenían bastante cariño contradictorio. Sea como sea dejaría de pensar en eso, le hacía mal a la cabeza… ¿Manuel parecía una niña cuando era chico? No tenía idea.
― ¿Mamá Lovino? ―Martín había visualizado al italiano caminando por la vereda, bastante triste. Ordenó al chofer que se detuviera, y salió del coche― ¡Enseguida vuelvo! ―gritó corriendo hacia el italiano― ¡Mamá Lovino!
― ¿Uh? ¿Martín? ―levantó la vista a los gritos del menor.
― ¿Qué haces acá? ―preguntó curioso.
―Paseando. ―dijo sencillo y de malhumor. Argentina no le creyó, volvió a preguntar, donde le respondió que estaba peleado con España. Luego corrigió en que no estaba preocupado en arreglar las cosas porque no tendría por qué hacerlo, no le importaba. En realidad se enredaba con sus propios argumentos absurdos. En todo caso preguntó por el español.
Argentina no creía que estuviera en Alemania. Si estaba triste o quería consejos de amor, de seguro debería estar con Francis, llorando y bebiendo, porque aquí, dudaba mucho en que Prusia le pudiera echar una mano. Luego preguntó sobre la discusión de la pareja, y refiriéndose al tema de la noche pasada en su casa.
Romano no entendió. Martín le explicó. Romano se enojó, solo estaban comiendo tomates, ¿cómo se le ocurría pensar en que le haría esas barbaridades, sobre todo Antonio?
Martín río estúpidamente. Solo fue un mal entendido…para la próxima vez preguntaría antes de inventarse cosas en la cabeza.
Luego se despidieron deseándose suertes.
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Fue obligado (después de desayunar) a vestirse del típico bávaro. Los pantalones de cuero le molestaban, y como era tan flaco, no le favorecía mucho, más al mostrar las piernas, con las calcetas dos dedos debajo de la rodilla…se vía deprimente, le hacía falta varias cazuelas para esas piernas. No le apetecía, estaba más acostumbrado vestirse de huaso en vez de…esto.
―Solo te falta el gorrito. ―pronunció riéndose el prusiano colocándole la última decoración al latino, el sombrero tirolés. Ambos germanos vestían iguales para la celebración. Ludwig de color negro, y Gilbert de rojo oscuro porque combinaban con sus grandiosos ojos.
Después de esto, fueron a la cuidad de Múnich. Al llegar, era todo un carnaval de cervezas, trajes típicos, juegos, entre más. Lo primero en hacer los tres, fueron ir directo a pedir cervezas puramente alemanas. Y hablando de cervezas y alemán…
― ¿No se suponía que vendrías con Roderich? ―recordó Manuel preguntándole a Gilbert, ambos dando grandes sorbos a sus jarras.
―No quiso. Según él, es inmoral. ―respondió. Cuando le propuso ir a la celebración, se negó rotundamente, porque no era para él y, además no era para un aristócrata. Ante esto, lo obligó igual recibiendo un sartenazo de Hungría.
― ¿Y Hungría?
―Después de haber golpeado al grandioso yo, le ofrecí venir. Ella encanta aceptó, pero el señorito podrido no le dio permiso. Maldición, ni que estuvieran casados. ―alegó enojado.
―Estuvieron casados. ―mencionó Alemania, de igual manera bebiendo.
― ¡Estuvieron! Cada uno debe ir por su propio camino. ― ¿desde cuándo sabía estas cosas del amor? Se preguntaron los dos observando a Prusia.
― ¿Y qué hay de Bélgica? Creí que vendría…según me dijiste… ¿Me mentiste para venir? ―Manuel frunció el entrecejo, pobre de él si era mentira.
―Claro que no te mentí ―corrigió haciendo ademanes con la mano libre―. Fui a su casa, hablé con ella y aceptó. Pero tuve la grandiosa mala suerte, que Holanda entró a visitarla trayendo chocolates, rosas y muchas cosas más que no me interesa. El asunto es, ella le preguntó si él deseaba ir, a lo que contestó negativo, ni siquiera la dejó ir, ni que hablar sobre su patada en mi grandioso trasero.
―Entonces no vendrá. ―se sintió afligido…un poco.
Prusia negó con la cabeza como respuesta, siguiendo a beber.
―Manuel, ¿supiste lo que hizo tu superior? ―le preguntó Ludwig completamente serio.
―Em, no. ¿Qué hizo? ―quizás se refería lo mencionado por la primera dama.
―Escribió algo indebido en el libro de visitas de la presidencia.
― ¿Qué escribió? ―Manuel comenzó a tensarse. Ojala no haya escrito la famosa frase 'Pico pal que lee'. Él no era así…
―Deutschland über alles. ―contestó mirando de reojo al chileno, pero para él, no entendía.
― ¿Qué significa eso? ¿Algo muy malo?
―Alemania sobre todo. Eso significa ―respondió Prusia con indiferencia―. Es ligado al nazismo, y fue usado en el antiguo himno nacional.
―Ah… ―con razón, pensó Chile― Bueno…Él te pide mil disculpas, y yo también.
―No te preocupes ―le dijo Ludwig dándole una palmada en la espalda―, me pidió disculpas ayer y las recibí. Está todo solucionado.
Vaya metida de pata de su superior… Si era una, seguían otras más.
― ¡Hallo! (¡Hola!)―aquel saludo de voz femenina hizo voltear a los tres hombres que platicaban, se llevaron una grata sorpresa, eran ellas, Bélgica y Hungría.
― ¿Qué hacen aquí? Creí que no vendrían. ―Gilbert pestañó mil veces analizando si lo que estaba viendo era real o no.
Gilbird piaba sobre su cabeza.
― ¿Crees que nos perderíamos esto? ―decía Elizaveta con las manos en la cintura.
― ¿Les dieron permiso o se escaparon? ―le dijo Ludwig más…am…digamos solemne.
― ¿Permiso? ¡Ja! ―río― No necesitamos permisos. Nos escapamos.
― ¿Y si se escaparon, cómo lo hicieron? ―ahora preguntó Manuel.
―Eh… ―Hungría lo miró, no recordaba quien era. Se mantuvo unos segundos pensando hasta que se inclinó a abrazarlo― ¡Eres tú! ¡¿Cómo te ha ido con Martín? Yaoi, yaoi, yaoi. ¡¿Me tienen materiales? Yaoi, yaoi, yaoi.
―No, nada. ―sonrojado y con el entrecejo fruncido, la alejó. Y no era porque lo abrazó, sino por las preguntas.
― ¿Nos van a contar como se escaparon o no? ―dijo sin paciencia el albino dando sorbos a su cerveza.
―Cuando te fuiste de mi casa ―contestaba la belga―, llamé por teléfono a Hungría. Le había sucedido lo mismo y entonces planeamos una forma de venir.
―Le dije que echáramos somnífero a sus tazas de té del desayuno ―siguió Hungría―, y funcionó. Amarré al señor Austria a una silla, por cualquier cosa…se puede despertar y venir a buscarme hecho una bestia.
―En mi caso, tuve que obligarlo a tomar té ―a la rubia le había costado un mundo, pues su hermano la notó nerviosa y no confiaba en el contenido de la taza―, pero al final lo logré. Se durmió y lo amarré a la cama.
―Y luego nos juntamos y fuimos a comprarnos estos vestidos ―ambas vestían con el traje de Baviera―, pero en la tienda más barata. Íbamos a hacernos trenzas, cosa que no me viene, y me gusta el cabello suelto. ―por último se acarició las puntas de los cabellos.
―Yo también iba hacerme trenzas…pero mi cabello es muy corto… ―se acarició el cabello dando a conocer que era muy corto para ese peinado― Como sea. ¡Quiero una cerveza! ―exclamó inclinándose, y pidiendo al vendedor o cervecero o lo que sea que estuviera a cargo en vendar la bebida alcohólica, seguida de la húngara.
Y así comenzó la fiesta de la cerveza. Música, bailes, ebrios, brindis, besos entre mujeres, y muchas cosas más.
Manuel conversaba con la belga, completamente hipnotizado por su belleza, se vía hermosa con ese vestido de campesina alemana, sin trenzas o con trenzas seguía siendo hermosa.
―Te ves linda con ese vestido. ―piropeó sonriente sin dejar de tomar.
―Bedankt. ―sus pómulos se tornaron carmesí.
― ¿Qué?
―Gracias ―tradujo―. Nederland me habló que eres bueno escribiendo poemas, he leído algunos y me gustan mucho. ¿Por qué no me dices uno? Si tú quieres…es que siempre he querido que alguien me dijera uno…aparte de Antonio que…me alagó con rimas sobre tomates…
―Pero si te digo uno, tu hermano me va a golpear, ¿cierto? ―quería estar seguro primero que todo.
―No. No tiene por qué saberlo. ―dijo levantando y bajando los hombros.
―Okey. Ammm… ―pensaba. ¿Cuáles palabras podría decirle? No diría la típica "Me encantas cuando callas porque estas como ausente", esa ya estaba demasiada repetida. Vamos, hay buenas rimas, ¡Listo! Carraspeó la garganta― Para mi corazón basta tu pecho, para tu libertad bastan mis alas. Desde mi boca llegará hasta el cielo, lo que estaba dormido sobre tu alma ―al terminar, la miró fijamente… ¿acaso no le gustó?―. Eh…
―Lindo.
― ¿Eh?
―Estuvo muy lindo. ―surcó los labios haciendo sonrojar al chileno, era su día de suerte.
― ¡Vamos Gilbert! ―gritó Hungría acaparando la atención de la parejita y de Ludwig (muy solitario, extrañaba a cierto italiano), tirando los brazos del nombrado a que se levantara de la silla.
― ¡No quiero! ¡No voy a bailar con una marimacha! ―Gilbert se reusaba. Quería bailar con una chica normal, alemana y linda, y Elizaveta no era alemana ni normal…linda, si tal vez.
― ¡Vamos o te daré de sartenazos! ¡O haré todo lo posible para que no tengas ninguna noche de pasión con el señor Roderich!
― ¡Todo menos eso! ¡Y no puedes hacer eso! ―algo fuera de la realidad y de todas las leyes de Newton, Einstein y todos ellos, Prusia se afirmaba con el trasero en el asiento.
― ¡Vamos a bailar y punto! ―hasta que logró con toda su fuerza masculina sacarlo a bailar los bailes nacionales.
― ¡Alemania, Alemania! ―ahora llegaba Feliciano vestido de tirolés.
― ¿Italia, qué haces aquí? ―le preguntó desconcertado el alemán.
―Pensé que estarías solo sin pareja, entonces me pregunté "¡Ve~! ¿Cómo no venir y acompañar a Lud?" y vine. Ve~.
―Ah, eh…
― ¡Vamos a bailar! Gilbert y la señorita Elizaveta están bailando, ¡Vamos! Pero… ―de repente su ánimo desapareció.
― ¿Sucede algo malo? ―él se preocupó apoyando sus manos en el hombro del italiano.
―No… ¿Habrá pasta en esta celebración?
―…No. ― ¿eso era? Luego fueron a bailar.
Bélgica al verlos mover los pies, le dieron ganas de ir. Cogió la mano de Chile llevándolo al centro junto los países, pero él se negaba ya que no sabía bailar esos bailes. Ella le dijo que no se preocupara, le enseñaría. Le siguió los pasos completamente desorientado hasta chocar con Prusia, pidió perdón, pero el mayor, como broma le dio una patada en el trasero y salió corriendo. Hungría se enfureció por haberla dejado sola…
Manuel corrió como pudo para alcanzarlo, no le encontraba lo gracioso en ser pateado en el trasero. Gilbert reía mientras escapaba.
Mierda, lo perdió.
Regresaría con los demás, giró sobre su cuerpo chocando con Arthur.
¿Qué?
Después de tonto saludo…
― ¿Qué hací aquí?
―Celebrando, además sabía que no te perderías esta fiesta.
―Es que Prusia me invitó. ―lo miró, bajó la vista a la vestimenta del inglés, el cual estaba vistiendo normal, una polera y unos jeans. Le molestó.
―Te ves gracioso vestido así. ―Arthur soltó una risilla.
―Me obligaron. ―bufó.
Arthur enmarcó una sonrisa. ―Bueno, yo, aparte de venir, sabiendo que vendrías, tengo un tema pendiente contigo.
―Pero si…
―Seré preciso ―caminó hacia él, tomándolo de los lados de los brazos cercanos a los hombros. Por el contacto sintió nerviosismo en el menor, miró a su alrededor si alguien los estaba viendo, por suerte, nadie―. Quiero… ―fue acercando la boca lentamente a la del.
―A-Arthur…
'¿Qué dice tu corazón, Manuel?'
Recordó la frase de Martín.
Con determinación cogió los brazos del rubio y los alejó, separándose.
―Fue suficiente ―mencionó dejando desentendido a Inglaterra―. No quiero seguir con esto.
―Comprendo ―soltándose del pequeño agarre del latino, bajó la mirada y la levantó―. Ya elegis-
―No ―cortó al instante―. No he elegido nada. No quiero seguir con esto, entre tú y Martín. Quiero estar tranquilo, es todo.
―Como quieras, me alegra esa respuesta.
Luego hubo un silencio en sus voces, ya que la música seguía sonando acompañados de gritos alegres de los alemanes.
―Em… ―Manuel empezó a buscar palabras para invitarlo a celebrar― am… Tú…bueno… Como estay algo solo… ¿Querí ir con los demás? Están Hungría, Bélgica, Alemania, Italia y Prusia que me dio una pata'a en la raja y salió corriendo el muy maricón. ―sintió antipatía, después le patearía el trasero para estar iguales.
―Okay ―acertó con gusto, comenzaron a caminar de regreso―. ¿Me dijiste que está Bélgica?
―Sí.
―She is beautiful.
―Es entera rica.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Argentina.
― ¡Ay, lo siento, lo siento!
― ¡Estaba preocupada por ti! ¿Dónde estabas?
―Con mi Manu…lo acompañaba en su gira por Europa…
―Gracias que estabas a cargo del presidente Piñera y su señora…
―Em… ¿Me podes soltar la oreja?
― ¡No! ¡Nunca más se te ocurra salir sin permiso y sin avisarme!
― ¡Lo siento, lo siento! ¡Nunca más lo volveré a hacer, che! ¡Me duele! ¡Por favor mi presidenta linda, preciosa, me duele la oreja! ¡Soltame!
Continuará…
N/A: Me costó acabar el capítulo. Pobre Martín, su presi se enojó por ir así como así al viejo continente, muy mal Martín, muy mal. Y Manu…ahí coqueteándole a Belbel como todo un ponceo (?) Pobrecito, lo ridiculicé con el traje típico alemán xD.
Poema dicho por Manucito; Poema 12-Pablo Neruda. (wn engrupio xD)
Aasdasdasd, sobre un reviews que no me acuerdo el nombre, seeh, suelo equivocarme esas cositas, de repente se escapan esos detalles, incluso cuando los corrijo n.n'
Ahora sí les traigo canción! No es tan buena… hice todo a mi alcancé, intenté con otras letras como el "Rinrinrin Raja" (adaptada para Francis), "Mi muñeca me habló" (para Iggy) y "Yo opino" (para Matti), aunque el rinrinrin raja lo puedo seguir adaptando, ¡Me esforzaré! *Estilo Feliciano*
La canción es "Tangananica Tanganana" llamada ahora "Ser uno con Rusia y Ser uno con Francia.":
Rusia: A mí me gusta "ser uno con Rusia."
Francia: Y yo prefiero "ser uno con Francia."
Rusia: La mejor frase es "ser uno con Rusia."
Francia: El mejor verso es "ser uno con Francia."
Rusia: Ser uno con Rusia, Rusia, Rusia, Rusia.
Francia: Ser uno con Francia.
Rusia: Todo lo explica, ¿da?
Francia: No explica nada.
Rusia: Para alegrarme digo "ser uno con Rusia."
Francia: Para reírme digo "ser uno con Francia."
Rusia: Comí un rico "Yao siendo uno con Rusia."
Francia: A mí me dieron ganas de *censurado* con ma petit Matt. [o cualquiera]
Rusia: Ser uno con Rusia, Rusia, Rusia, Rusia.
Francia: Ser uno con Francia.
Rusia: Tienes mi grifo, grifo, grifo, grifo.
Francia: Lo único que tengo es *censurado*.
Rusia: Cómo voy a perder, ¿da? Todos serán unos con Rusia, y tu palabra es tan mala, no hay nada qué hacer, ¿da?
Francia: Cómo vas a ganar mon amour, si hay que darle amour al mundo.
Francia: Tú siempre dices "ser uno con Rusia."
Rusia: Tú siempre gritas "ser uno con Francia."
Francia: Ya no soporto el "ser uno con Rusia."
Rusia: Y yo detesto tu "ser uno con Francia."
Rusia: Ser uno con Rusia, Rusia, Rusia, Rusia.
Francia: Ser uno con Francia.
Francia/Rusia: Bielorrusia, nos va a matar.
Listo… ¿ta bien?
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