Clarisse entró en la cabaña 5 flaqueada por los dos chicos contra los que se habían peleado Chris y Luke, Arthur y Martin. John iba delante de ellos con una sonrisa de suficiencia plasmada en el rostro. La cabaña 5 era bastante espaciosa, como la 11, pero mejor organizada. A un lado se encontraban las literas, o más bien catres, todos en perfecto orden, a otro lado habían unas cuantas maquinas para hacer ejercicio, un par de mini cadenas y media docena de mesas llenas de mapas del bosque donde se había celebrado Captura la bandera, mostrando diferentes tácticas de ataque.
Clarisse, al cabo de unos momentos, empezó a notar el parecido entre ella y sus "hermanos". La mayoría tenían el pelo oscuro, revuelto e indomable, los ojos pequeños, algunos con pequeños destellos rojizos, la misma sonrisa perfecta y torcida. Todos tenían la misma complexión alta y delgada, oculta bajo ropa extremadamente ancha y músculos. Todos tenían cicatrices en todo el cuerpo, marcas de viejas peleas.
John les hizo una señal a las tres únicas chicas de la cabaña.
-Estas son Morgana, Alex y Victoria, se encargaran de cuidar de ti y enseñarte las normas.-Dicho esto se giró, seguramente a ocuparse de la quemadura de su brazo.
-No necesito ayuda. –le gritó, pero el rubio ya se había perdido de vista. Se giró hacía las tres chicas que había delante suyo. –Podéis iros. No necesito unas niñeras.
-Respuesta incorrecta. –Respondió Morgana. Más pequeña que la mayoría de la cabaña, Morgana tenía un pelo rojo parecido al fuego, que le daba un aspecto salvaje y despiadado. – Te humillan a ti, nos humillan a todos. Luchamos mano a mano. En la cabaña puedes hacer lo que se te antoje, pero cuando acabes recógelo, nunca tiene que haber distracciones a la vista. Una nunca sabe cuándo puede haber una emergencia y tener que montar un plan de ataque. Todos los domingos tenemos reunión, para saber cómo van nuestras alianzas y saber si hay que modificar la lista negra.
-¿La lista negra? Interesante. –Comentó Clarisse.
-Cualquiera que se atreva a humillar a alguno de los nuestros se merece estar en la lista, no lo sacamos de ahí hasta que nos hemos vengado. –Alex tenía la misma complexión que un jugador de futbol americano, pero con el mismo aspecto despiadado y salvaje de Morgana.
-Tenemos diferentes tipos de alianzas. –Comenzó Victoria. Era algo más grande que Morgana, pero menos musculada, en sus ojos rojos brillaba un destello de astucia e inteligencia de alguien a quien no le importa hundir a los demás para conseguir sus objetivos. –No nos acercamos a los hijos de Afrodita, ellos no nos molestan y nosotros no los molestamos a ellos. Con los chicos de Hefestos tenemos buena relación, ellos nos hacen armas y nosotros los ayudamos cuando lo necesitan. Las relaciones más complicadas son con los hijos de Atenea y Apolo. Ambos son grandes quereros pero no suelen compartir nuestro punto de vista sobre cómo hay que llevar una guerra. Con los chicos de Demeter y Dionisio no solemos tener problemas, son gente a la que no le gusta pelear, y con Hermes, bueno… suelen ser bastante problemáticos. Demasiada gente, poca organización. –Añadió como si ser poco organizado fuese un crimen.
-Bueno ya es tarde deberías ir a dormir, mañana tenemos la arena casi todo el día para nosotros. Te vamos a enseñar algo que merezca la pena y no las tonterías que te enseñan en la cabaña numero 11. ¡Mark! ¡Sherman! Enseñarle a Clarisse donde va a dormir. –Dos chicos aparecieron delante de ella en menos de un segundo. Ambos tendrían unos 11 o 12 años, eran de complexión pequeña y delgada, sin mucho musculo, una clara señal de que no llevaban mucho tiempo en la cabaña.
-¡Hola! Yo soy Sherman. –Sherman era larguirucho con una mata castaña rojiza en la cabeza. Mark a su lado era más bajo con el pelo negro cayéndole sobre los ojos. Por su complexión pequeña y su peinado le recordó a Chris, aunque era obvio que carecía de su carácter feliz y dicharachero. Ambos le acompañaron hasta una de las últimas literas, con cuidado Clarisse colocó sus cosas en su zona personal y sin sacarse la ropa siquiera, Clarisse se dejó caer en su catre, apretando con fuerza su viejo amuleto, dejando que Morfeo la hechizase lentamente.
Cuando Clarisse volvió a abrir los ojos ya no se encontraba en el campamento, sino en Nueva York, delante de ella se erguía un abrumador barco de metal. "El Intrépido". Con cuidado Clarisse examinó el paseo marítimo. Estaba totalmente desierto, el cielo nublado y la extraña calma le daban un aspecto terrorífico, pero no tanto como el hombre que se encontraba a los pies de aquel monstruo de metal. Llevaba una camiseta roja y tejanos negros, botas de combate y un cuchillo atado al muslo. Su cabellera negra caía sin cuidado sobre un rostro salvaje, atractivo y escalofriante. Se apoyaba sobre una gigantesca motocicleta. Clarisse sintió un escalofrió cuando el hombre la miró a los ojos. Donde tendrían que haber ojos solo había fuego. Sonrió con autosuficiencia y eso solo consiguió asustar más a Clarisse ya que conocía muy bien aquella malvada y ladeada sonrisa. Era su propia sonrisa. Clarisse volvió a comprobar si había alguien cerca antes de acercarse a su padre.
-¿Qué pasa, mocosa? ¿Es que le tienes miedo a tu propio padre? –Ares soltó una horrible carcajada. Clarisse decidió quedarse en silencio. Ares la examinó sin disimulo para luego suspirar. – Apolo me ha dicho que haría bien en reclamarte y Dionisio me ha hablado de tus dotes en el combate. Más te vale que sea verdad, si fuera por mí te habría dejado que te pudrieses en la cabaña 11. –Hizo una pausa, esperando. -¿Qué pasa, niña? ¿Se te ha comido la lengua el gato?
-No, señor. –Susurró Clarisse. – No te defraudaré. –Ares le lanzó una mirada indescifrable antes de deshacer el sueño con un chasquido.
Esa pesadilla la persiguió el resto del verano. El verano más genial y extraño que había tenido en su vida. Y antes de darse cuenta ya se encontraba sola en la furgoneta blanca, sorteando las calles de Phoenix. Agros la vigilaba por el retrovisor mientras entraba en la calle en la que Clarisse se había criado. La niña no pudo evitar que una sonrisa se plasmase en su rostro y prácticamente saltó de la furgoneta en marcha. Corrió hasta la puerta echando un vistazo en la ventana antes de llamar a la puerta, pero lo que vio hizo que cambiara todos sus planes.
Desde la ventana podía ver a su madre y a su hermana en compañía de un hombre. Su madre parecía feliz y relajada, como no la había visto en su vida. Ya no tenía que lidiar con una niña hiperactiva hija del dios de la guerra. Momentáneamente se preguntó si su madre sabía quién era su padre. Claro que lo sabía. Eso explicaba ese extraño brillo en su mirada cada vez que se metía en problemas. Un brillo de impotencia al saber que su hija iba a ser siempre así.
Su hermana también parecía muy feliz. Ya apenas se podía ver su cicatriz bajo su flequillo rubio. Una herida que Clarisse le había producido. Antes de que los recuerdos de esa noche la asaltasen Clarisse bloqueó su mente buscando algo en lo que enfocarse. En la esquina de la calle aun estaba la furgoneta blanca. Y Argos la esperaba fuera del coche.
Clarisse no dudó en correr a su encuentro sin volver la vista atrás.
