Estaba nevando fuera del ferrocarril. Los chicos reían, las chicas gritaban y el señor D. maldecía. Yo estaba mirando la ventana, alfo aburrida. Pasar el día en el Olimpo viendo como los grandes jefes discutían no era mi idea de diversión. Argos caminaba de un lado para otra tratando de tenernos a todos controlados. Una pequeña cara se reflejo en la ventana.

-¿Que quieres princesa?

-Nos estamos acercando, el señor D nos quiere a todos juntos. Annabeth era alta y atlética, aunque podría haberle pegado muy fácilmente, pero no me apetecía. Odiaba el frio con toda mi alma. Era algo antinatural para mí.

-¡Hey chicas! ¡Daos prisa! –Luke me bajo la visera de la gorra, cejándome por unos momentos. Me gire y le pegue un puñetazo en los riñones.

-¡De acuerdo mocosos! ¡A callar! ¡Vosotros tres, parar! –Dicho y hecho. Nadie quería tener que enfrentarse a un dios enfadado, y en ese momento, el señor D estaba muy cabreado. –Vamos a subir, yo iré a hablar con los otros dioses y vosotros os quedareis quietos y callados. Si os portáis mal Argos me lo dirá y os castigaré. ¿Entendido? –Todo el mundo calló, así que el señor D sonrió. –Os quiero en grupos de tres. –Con una sonrisa nos miró a Luke, Annabeth y a mí. –Vosotros tres, juntos.

-¡No! –Por primera vez, Señorita princesa y yo estábamos de acuerdo en algo. Luke suspiró.

-Vamos chicas, esto va a ser divertido. –Le pegué otro puñetazo.

Me hubiese echado una siesta si los gritos no fueran tan altos y no estuviese tan asustada. No estaba asustada de Zeus y Poseidón. Sus peleas eran como una tradición familiar. Yo estaba asustada de mi padre. Era su única hija que se pasa todo el año en el campamento y podía sentir sus ojos de fuego examinándome.

Luke estaba detrás de mí haciendo ruiditos. Tenía los puños cerrados y mis nudillos estaban blancos. Estaba realmente tentada a girarme y romperle la nariz, o darle una nueva cicatriz, al menos volvería a ser simétrico. Pero era una acción muy irrespetuosa, sobre todo cuando las diosas trataban de parar la pelea entre Zeus y Poseidón.

-¡Parar! Nos vamos a relajar, y nos vamos a tomar un descanso. Los niños os están mirando. –Hera dijo la palabra niños como si fuésemos una horrible y contagiosa enfermedad. Nos odiaba igual que yo odio a los osos amorosos. –Vosotros deberíais bajar a jugar y a hacer coas de niños, ¿vale?

-¿Acaba de decir "cosas de niños"? ¿Cuántos años cree que tenemos? ¿Cinco?

-Bueno, no estás, muy lejos de eso. Al menos eso es lo que tu actitud a entender. –me levanté y empecé a seguir a los demás.

-¿Por qué tienes que ser siempre tan mala? –Exclamó Annabeth.

-¿Quizás porque soy una hija del dios de la guerra? Pensaba que vosotros, pandilla de ratones de biblioteca, erais inteligentes. -Intentó pegarme. Ella era algo alta, un metro sesenta quizás, pero yo media más de un metro ochenta, además había nacido y había sido criada para ganar las batallas físicas. Así que en cinco segundos, Annabeth estaba en el suelo. –No intentes ser mejor que yo, por que no lo eres.

-¡Hey! El ascensor está lleno, nos vemos abajo. –Nos giramos en dirección a la voz de Luke. Me había olvidado de él. Era como si hubiese desaparecido.

Después de un par de minutos esperando (Quien hubiese pensado que un ascensor celestial tuviese una capacidad limite) me encontraba en dentro junto a Annabeth. Todo era bastante normal hasta que el ascensor empezó a sacudirse como en un terremoto.

Agarré a Annabeth y de repente, empezamos a caer. Me golpee la cabeza con el techo del ascensor y todo empezó a dar vueltas. Annabeth gritaba y la agarré aun más fuerte.

Y tan rápido como había empezado, paró, estampándonos contra el suelo. Estaba algo mareada y tenía problemas enfocando, Annabeth gimió y vi que tenía una pequeña herida en su cabeza. Las puertas se abrieron y allí se encontraban los dioses.

-¡Donde está! ¿Dónde? –Nos gritó Zeus.

-¡Zeus para! –Atenea nos ayudó a levantarnos. –No está aquí. Ellas no son las ladronas, siéntelo. –El pareció pensárselo.

-¡Apolo, Artemis, Hermes, Ares! Marchar y encontrarlo, ves con ellos Atenea. –Ellos asintieron y salieron corriendo del edificio. –Dionisio, devuelve a los chicos al campamento. Los otros subir, tenemos que hablar de esto.

Los dioses entraron en el ascensor, todos muy serios, empezamos a hacerle preguntas al señor D, pero él no dijo ni una palabra. Cuando salimos del Empire, Argos vino a nosotros corriendo.

-Han aparecido unos cuantos monstruos y he perdido a unos cuantos. Luke Castellan, Drew Baltimore, Monique Aller y Connor Stoll.

-Bah! Los hijos de Hermes y Afrodita saben cómo arreglárselas en una ciudad como Nueva York. Volvamos al campamento y si no vuelven mañana mandaremos a alguien a buscarlos. Y vosotras dos. –El señor D nos miró, y supe que estaba muy cabreado. Siempre podía decir con exactitud el grado de enfado de una persona, y en ese momento Dionisio tenía un cartel de neón donde se podía leer "Haz algo y te convertiré en una ardilla antes de que puedas decir "lo siento""-No vais a decir nada de lo que habéis visto, ¿de acuerdo? Vais a actuar como si no hubiese pasado nada. –Annabeth abrió si bocaza, pero le pegue una patada.

Había tenido la misma pesadilla que siempre. En mi sueño sobrevolaba Nueva York en un carro volador, un chico latino de unos veinte años me acompañaba. En el suelo se libraba una batalla, monstruos contra niños. Y entonces lo veía, me veía a mi misma muerta. Pero no tenía sentido, ¿cómo narices podía ver como moriría?

Pero antes de que algo empezase a cobrar sentido me despertaba con la respiración agitada y bañada en sudor. Me alegré que solo estuviese yo en la cabaña, mis hermanos llegarían hoy por la tarde y no estaba de humor como para encima tener que aguantar sus burlas porque hubiese tenido una pesadilla.

Me dirigí a las duchas, eran las seis de la mañana y no había nadie levantado, así que me duché tranquilamente. Después de cuatro años en el campamento sabía que estos momentos de tranquilidad eran tan escasos como el agua en Arizona. Mierda… céntrate en algo, céntrate en algo, céntrate en…

Un pequeño ruido me alerto. Cogí una toalla y lo que tuve más a mano.

-¿Quién es? ¡No te escondas! Tengo… jabón –Vaya Clarisse… jabón. Una gran arma. Escuché una risa que me indico donde lanzar la pastilla. Pero Chris era muy rápido. "¡Oh mis…! ¿Es que no sabes que no puedes entrar en las duchas de las chicas?

-Solo quería gastarte una broma, Rissie –Gruñí. Él sabía cuánto odiaba ese mote. El me lanzó una de sus sonrisas torcidas. –Yo también te he echado de menos, Clary –Le volvía gruñir. El sabía que aun odiaba más ese mote. – ¡Venga ya! Dame un brazo. –Y antes de que pudiese darme cuenta me había tirado al suelo con un abrazo-placaje.

-¡Pero qué estás haciendo imbécil! ¡Quítate! –Le arañé y le lancé patadas, pero él no se paraba de reír. Al cabo de unos minutos de lucha escuchamos un portazo, y ahí estaba Annabeth Chase mirándonos sin creer lo que sus ojos veían. En ese momento me di cuenta de que estaba desnuda, solo con una toalla en el suelo con el idiota de Rodríguez sobre mí.

-Dejarme adivinar, esto no es lo que parece, simplemente habéis tropezado, ¿no? Ya, yo voy y me lo creo. –Tenía los brazos cruzados sobre el pecho a la vez que se aguantaba la risa. Por los dioses… Como la odiaba.

-Esto… tengo que dejar mis cosas en mi cabaña, nos vemos después. –Y el muy cobarde huyó. Yo me levanté con cuidado con la señorita princesa mirándome.

-Dime una buena razón por la cual no debería ir corriendo a contárselo a la cabaña de Afrodita. Seguro que se mueren por un buen cotilleo.

-¿Quizás porque si lo haces te mato? De una forma muy lenta y dolorosa. –me giré y me empecé a vestir, pensando en un castigo para Chris.

-Clarisse, tenemos que hablar. –Me giré y vi que la cara de Annabeth estaba seria. – ¿Te acuerdas lo que paso este invierno? ¿En Nueva York?

-¿Y tu recuerdas que un dios nos dijo que no pensáramos en ello? –Por un momento ella sonrió.

-Algo importante ha sido robado. He hablado con Quirón, pero no me ha dicho anda, simplemente que mi momento está a punto de llegar, y el tuyo también. Hoy llegan nuevos campistas. ¡Tenemos que encontrarlo!

-Hecha el freno princesa. Primero, Dionisio dijo que no pensara en ello, y eso es lo que voy a hacer. No quiero que me convierta en una ardilla o algo parecido. Segundo, ¿porque me iría de misión contigo? Quirón nunca ha dio que debamos ir juntas. Y tercero, ¿nunca te cansas de esto? No puedes pasarte la vida esperando algo que no va a suceder nunca. –Suspiré mientras los ojos de Annabeth me taladraban.

-debemos ensañar que somos las mejores. No podemos pasarnos la vida aquí. Es afuera donde hay que enseñar que se vale la pena. –Salí del baño antes de que Annabeth siguiera hablando.

Sabía cómo se sentía. Pero me daban miedo las palabras de Quirón.

En tu misión encontraras quiénes son tus verdaderos amigos, y aquellos en los que confiabas, te traicionaran.